27 de marzo de 2019

Entremeses literarios (CXCVIII)


EPITAFIO
Gonzalo Salesky
Argentina (1978)

Cuando supo que se acercaba la hora, se decidió a escribir su epitafio. Para ser recordado en el lugar donde vivió siempre, para plasmar algún pensamiento agradable o simplemente para despedirse. Quería dejar algo. Lo necesitaba. Como una especie de consuelo ante su inminente partida. No sabía qué le esperaba allí, del otro lado. Por más leyendas o historias que supiera, lo aterraba el hecho de comenzar su último viaje sin saber el destino. Al fin tuvo la frase exacta entre sus labios y sólo en ese momento sintió que podía partir. Tranquilo, ligero de equipaje y sin cuentas pendientes. Cerró los ojos y, luego de esos nueve meses que le parecieron eternos, nació.


TRASPASO DE LOS SUEÑOS
Ramón Gómez de la Serna
España (1888-1963)

De pronto dejó de tener pesadillas y se sintió aliviado, pues habían llegado a ser ya una proyección obsedante en las paredes de su alcoba. Descansando y tranquilo en su sillón de lectura, el criado le anunció que quería verle el señor de arriba. Como para la visita de un vecino no debe haber dilaciones que valgan, le hizo pasar y escuchar su incumbencia:
- Vengo porque me ha traspasado usted sus sueños.
- ¿Y en qué lo ha podido notar?
- Como vecinos antiguos que somos, sé sus costumbres, sus manías y sobre todo sé su nombre, el nombre titular de los sueños que me agobian a mí, que no solía soñar… Aparecen paisajes, señoras, niños con los que nunca tuve que ver…
- ¿Pero cómo ha podido pasar eso?
- Indudablemente, como los sueños suben hacia arriba como el humo, han ascendido a mi alcoba, que está encima de la suya…
- ¿Y qué cree usted que podemos hacer?
- Pues cambiar de piso durante unos días y ver si vuelven a usted sus sueños.
Le pareció justo, cambiaron, y a los pocos días los sueños habían vuelto a su legítimo dueño.


PURA BONDAD
Pilar Ramírez Tello
España (1976)

Los seres humanos somos poco fiables. Yo, por ejemplo, siempre me he considerado una buena persona. Generosa, amable, amiga de mis amigos... Las cualidades básicas habituales asociadas al concepto. Sin embargo, aquí estoy, con un cadáver como única compañía. Y tan contenta, la verdad. Sin remordimientos. Sin malos rollos. Sin sentimiento de culpa. El cadáver con la mejilla apoyada en la mesa y yo no siento nada. Si acaso, como mucho, una leve inquietud por cuestiones logísticas. Porque, ¿qué se hace después de matar a alguien? ¿Borro mis huellas y huyo? ¿Me deshago del cadáver? ¿Llamo a la policía? Menos mal que mi madre ya no puede echarme un sermón, pobre. Aunque sigue con los ojos abiertos y diría que me mira mal. No, no me arrepiento en absoluto.


LA VIDA EN COMÚN
Augusto Monterroso
Guatemala (1921-2003)

Alguien que a toda hora se queja con amargura de tener que soportar su cruz (esposo, esposa, padre, madre, abuelo, abuela, tío, tía, hermano, hermana, hijo, hija, padrastro, madrastra, hijastro, hijastra, suegro, suegra, yerno, nuera) es a la vez la cruz del otro, que amargamente se queja de tener que sobrellevar a toda hora la cruz (nuera, yerno, suegra, suegro, hijastra, hijastro, madrastra, padrastro, hija, hijo, hermana, hermano, tía, tío, abuela, abuelo, madre, padre, esposa, esposo) que le ha tocado cargar en esta vida, y así, de cada quien según su capacidad y a cada quien según sus necesidades.


CRIMEN EJEMPLAR
Max Aub
Francia (1903-1972)

Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
- ¡Hola, amigo!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba.


AMORES ENTRE GUARDIÁN Y CASUARINA
Ana María Shua
Argentina (1951)

Plaza pública. Guardián enamorado de Casuarina (secretamente incluso para sí mismo). Recorte del presupuesto municipal. Guardián trasladado a tareas de oficina. Casuarina languidece. Guardián languidece. Patéticos encuentros nocturnos. Con el correr de los días, casuarina transformada en palo borracho. Murmuraciones en el barrio. Una noche, trágico parto prematuro: vástago discretamente enterrado. Previsible crecimiento in situ de una planta desclasada y rebelde que se niega a permanecer atada a sus raíces pero tampoco quiere estudiar y bebe desordenadamente cerveza sentada en el cordón de la vereda.


HISTORIA DEL JOVEN CELOSO
Henri Pierre Cami
Francia (1884-1958)

Había una vez un hombre joven que estaba muy celoso de una joven muchacha bastante voluble. Un día le dijo: “Tus ojos miran a todo el mundo”. Entonces, le arrancó los ojos. Después le dijo: “Con tus manos puedes hacer gestos de invitación”.  Y le cortó las manos. “Todavía puede hablar con otros”, pensó. Y le extirpó la lengua. Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes. Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”. Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea –pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”. Un día volvió a la casa y no encontró a la joven muchacha; ella había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.


PERSONALIDAD DIVIDIDA
Álvaro Menen Desleal
El Salvador (1931-2000)

- Tengo razones fundadas, doctor -dijo el hombre de impoluto traje blanco, pacientemente recostado en el diván del psiquiatra-, para suponer que padezco de una personalidad dividida.
El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la presencia de una esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta con el médico. La consulta duró casi dos horas. Hubo preguntas cortas y respuestas largas. Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó a una secretaria el valor de la consulta, y ganó la puerta. En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
- ¿Lo confirmaste? -preguntó el hombre de negro.
- No sé -fue la respuesta del hombre de blanco.
Luego se fundieron en un sólo individuo, enfundado en un traje gris.


TABÚ
Enrique Anderson Imbert
Argentina (1910-2000)

El ángel de la guarda le susurró a Fabián, por detrás del hombro:
- ¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
- ¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado. Y muere.


EL VEREDICTO
Alfonso Reyes
México (1889-1959)

La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer.
- No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?
- No señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.
- Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted viene por el alquiler, ¿verdad?
Su pregunta se volvía un poco angustiosa. Comprendí, y comprendí su angustia: una vez dispuesta al sacrificio, prefería que todo sucediera con una persona presentable y afable.
- ¿Verdad que usted es el cobrador?
- Sí -le dije resuelto a todo-, pero hablaremos hoy de otra cosa.
Me pareció lo más piadoso. Con todo, no quise dejarla engañada y, al despedirme, le dije:
- Mira, yo no soy el cobrador. Pero aquí está el precio de la renta, para que no tengas que sufrir en manos de la casualidad.
Se lo conté después a un amigo que me juzgó muy mal:
- ¡Qué fraude! Vas a condenarte por eso.
Pero el Diablo, que nos oía dijo:
- No, se salvará.

24 de marzo de 2019

Luis Sepúlveda: “La literatura siempre ha sido una constante reflexión sobre la condición humana” (4)


Luis Sepúlveda fue el primogénito de una modesta familia integrada por su padre -un militante comunista dueño de un restaurante-, su madre -una enfermera de origen mapuche- y un hermano. Nació casualmente en una habitación del hotel Chile en Ovalle, ciudad de la que hoy es hijo ilustre. “Mi madre era menor de edad y habían escapado porque su padre, que había denunciado al novio por rapto, se oponía tenazmente al romance”. Asegura que su venida al mundo durante esta fuga de amor bajo mandato de captura, lo marcó dejándole una extraña sensación: “Es raro pensar que tu patria es un hotel y ni siquiera de cinco estrellas”. Tranquilo, serio y creativo, vivió su infancia leyendo, escribiendo, aburriéndose mortalmente con los juegos infantiles de sus amigos. “Mi abuela, que era vasca, no dejaba ni una tarde, ni una noche, sin leerme un cuento de algún libro, o ella inventaba un cuento. Mi abuela era una inventora de cuentos maravillosa”, cuenta. Dio sus primeros pasos como escritor en el Instituto Nacional inspirado por una profesora de historia. Un día se sentó frente a la vieja máquina de escribir de su abuelo y escribió su primer cuento: “Las excitantes aventuras de una profesora de historia”. A los dieciséis años se empleó en un barco ballenero como ayudante de cocina y, un año después, uno de los muchos periodistas que frecuentaban el restaurante de su padre le consiguió trabajo como redactor policial del diario “El Clarín”. Desde hacía un par de años había ingresado en la “Jota”, nombre con que se conocía a las Juventudes Comunistas de Chile (JJ.CC.), de la que sería expulsado en 1968. Luego pasó a militar en los “Helenos”, una fracción del Partido Socialista llamada Ejército de Liberación Nacional (ELN). Reconoce las huellas que dejaron en su formación su abuelo paterno, “un anarquista andaluz maravilloso y un tío que fue voluntario en las Brigadas Internacionales en España y cuyo único patrimonio fue una foto donde aparece con Hemingway”. Mientras tanto trabajaba escribiendo libretos para el programa “Confidencias de un espejo” de radio Portales, cuando un amigo juntó un puñado de sus escritos y los mandó al concurso de Casa de las Américas de La Habana. Esa colección de cuentos breves llamada “Crónicas de Pedro Nadie”, salió triunfante. Por la misma época obtuvo una beca de estudios para la Universidad de Lomonosov en Moscú. Después del golpe militar de septiembre de 1973 fue encarcelado durante dos años y medio en el Regimiento Tucapel de Temuco, obteniendo la libertad condicional gracias a la sección alemana de Amnistía Internacional. Escapó de su arresto domiciliario y se mantuvo en la clandestinidad durante casi un año, pero posteriormente fue encarcelado de nuevo y condenado a cadena perpetua por traición y subversión. Esta condena fue reducida a veintiocho años de prisión. De nuevo Amnistía Internacional presionó y logró que la sentencia fuera convertida en expatriación por ocho años. Y allí comenzaría otra historia: la del exilio. Sepúlveda se declara autodidacto y la única formación de la que se siente orgulloso es de la recibida del poeta Pablo de Rokha (1894-1968), quien le contagió su pasión por el romanticismo alemán y le enseñó las posibilidades de la expresión literaria. Para finalizar, la cuarta y última parte de la edición de extractos de entrevistas concedidas por el escritor.


“El fin de la historia” parte de un acontecimiento que, aunque extraño a simple vista, es real.

Sí, sí. La novela parte de un hecho aparentemente fortuito y es, cuando en el año 1917, el que era el primer comisario del pueblo de la revolución rusa, Trotsky, le perdona la vida a un cosaco, el mandamás de los cosacos, Miguel Krassnof. Le perdona y no se imagina, no puede imaginarse, que perdonarle la vida a ese tipo iba a significar que un descendiente de él iba a sobrevivir y se iba a transformar en forma de uno de los peores torturadores de un país tan lejano como Chile, tan alejado de la realidad rusa.

La parte de ficción la protagoniza el agente Juan Belmonte, que ya creó en la novela “Nombre de torero” y que es quien trabaja para impedir la liberación de este criminal.

Belmonte, que tiene también una deuda personal con ese tipo, porque fue uno de los que torturó a la compañera de Belmonte, su mujer, se ve obligado a participar, impedir que gente que viene de Rusia lo libere y se ve enfrentado en un problema consigo mismo de conciencia, tal vez porque en su intimidad lo que desea es ajustarle cuentas. Está claro. Pero tiene esa virtud de saber diferenciar cuál es la realidad de la línea roja que separa la justicia de la venganza. Y está de parte de la mayoría de los chilenos que creo no quieren venganza, quieren justicia, que se haga realmente justicia.

“La sombra de lo que fuimos” es un friso generacional de la militancia chilena que combina el género de aventuras con el policial. ¿Esta novela nació de una anécdota real?

Hace tres años nos juntamos un grupo de amigos a comer un asado, en una casa de Santiago. Todos éramos de la misma camada, nacidos entre 1947 el mayor y 1953 el menor. Y ahí estábamos, felices hablando de hijos, de nietos, de planes. De pronto, y sin querer aguarme yo mismo la fiesta, empecé a pensar en hechos reales. Por ejemplo, estábamos en la casa de uno de los hombres más odiados y buscados por la dictadura, uno de los que participaron en el por desgracia fallido atentado a Pinochet que, por un pelo, se salvó de recibir un tiro de un lanzagranadas de mano. Yo miraba cómo ese tipo se concentraba en dorar bien los chinchulines. Todas y todos los que estábamos ahí, y que ahora éramos profesores de universidades, escritores, empresarios, abogados, teníamos el mismo pasado. Habíamos empezado a ser nosotros mismos al calor del ’68, habíamos participado en diferentes medidas del gobierno de Allende, habíamos conocido la cárcel, con todo lo que significó, el exilio, y el retorno a Chile. Entonces me propuse escribir una historia sin mayores ambiciones, que contara un día en la vida de un grupo de sesentones parecidos a los que estábamos ahí.

Abundan en el libro citas que se retrasan años o que nunca llegan, ¿cuál es su encuentro más aguardado?

Particularmente, ninguno, hasta ahora se han cumplido todas las citas que me he propuesto tener y he acudido a todas las citas que he tenido que acudir. La cita definitiva es con la muerte, eso está claro, y mientras más tarde, mejor. Pero siempre hay una sensación de que tienes que encontrarte con alguien en un lugar determinado. Ese gran misterio se llama vivir.

Conoció la cárcel y el exilio. Pero no se arrepiente. “Es más alto el precio de la traición propia”.

Claro que sí. Ya te digo que hice lo justo en el momento justo. Cuando había que hacerlo, hice lo que tenía que hacer. Y volvería a hacerlo. Si volviera a repetir la vida, la repetiría paso a paso igual, porque qué me dejó. Me dejó algo. Una satisfacción íntima que es algo muy personal y, por tanto, todas las mañanas te levantas, te vas ahí al baño y te miras al espejo y, cuando ves a un tío decente en el espejo, te sientes bien. Decirme: “Ese ha sido un tío decente”.

La lucha de aquellos años, en España, en Chile, en Argentina, ¿ha ayudado a construir un mundo mejor?

Ha intentado. No se ha conseguido. Pero sí ha dejado valores en el camino. Ha dejado valores que son heredados y que quedan ahí y que evidentemente van a ser los pilares para construir una sociedad mejor. El ejemplo de la gente no se olvida.

“Yo viví y crecí en un país que ya no existe”. ¿Tan nítida es la memoria que provoca el dolor?

Sí. Qué buena pregunta. Sí. Porque cuando la sociedad nos cambió tanto, cuando una dictadura hace cambiar la sociedad de una manera tan radical, que el país pierde su alma, el alma que era la gran sociabilidad, el sentimiento de ayuda mutuo que existía, no permitir que nadie estuviera solo, siempre existía la posibilidad de estar acompañado, un país que tenía una enorme vida gremial, sindical, una idea democrática muy intensa. Cuando todo eso se pierde, evidentemente permanece vivo en tu memoria y la recordación al contrastar con la realidad ciertamente que es algo muy triste, muy doloroso. Pero, por tanto, lo que la memoria te permite decirle a los que son más jóvenes es que este país que era así, es posible que vuelva a ser así también, ahora depende de vosotros.

¿La escritura de esta novela fue un ajuste de cuentas con el Chile que guarda en su memoria?

Sí, pero un ajuste de cuentas con el lastre ceremonioso de la izquierda. Durante ese asado, y en otros, nos reímos de lo ingenuos, hasta pelotudos que fuimos en muchas ocasiones.

Uno de los personajes recuerda que lo expulsaron del partido comunista junto a cientos de militantes acusados de “ultraizquierdismo”. La imagen de entregar los carnés, lanzarlos al aire, pero no sacarse los pañuelos rojos y conservarlos, es muy potente poéticamente. ¿Por qué la pertenencia comunista se plasma más en el pañuelo rojo que en el carné?

Así fue, en efecto. Luego del asesinato del Che en Bolivia el Partido Comunista no tuvo respuestas para las preguntas que nos hacíamos los jóvenes. La muerte del Che hizo nacer en nosotros algo desconocido y la primera consecuencia de ese nacimiento fue desconocer la rígida disciplina de las juventudes comunistas. Nos hicimos guevaristas, por fin teníamos un icono propio y en castellano. La respuesta fue declararnos traidores a la causa, expulsarnos. Desde los tiempos de Stalin no se había visto una ceremonia de depuración comunista tan grande y absurda como la que se realizó en el cine Nacional de Santiago. Más de tres mil chicos expulsados en cuestión de horas. No era necesario ser muy inteligente para entender que, a los dieciséis o dieciocho años, uno no podía ser un traidor a la Unión Soviética. Además, ¡qué les importaba a los soviéticos lo que pensábamos en un barrio proletario de Santiago! Claro que fue poético hacer volar los carnés y salir de ahí con los pañuelos rojos al cuello atados para siempre o para muchos años. Y lo más poético fue que, a la salida, los viejos del partido lloraban, nos abrazaban y nos rogaban: “Muchachos, háganse la autocrítica”.

¿Cómo se vivía el hecho de ser expulsado de un partido, de un mundo, de una identidad? ¿Se podría decir que esas expulsiones fueron el primer gran desarraigo, previo al golpe de Pinochet y los exilios?

La historia está llena de sorpresas. La mayor fue que, en lugar de aislarnos con esas expulsiones, de condenarnos a un ostracismo social, lo que el Partido Comunista logró fue que dejáramos de ser monjes shaolín rojos, y nos incorporásemos en masa o bien al MIR, o a las juventudes socialistas. Antes de la expulsión nuestras aspiraciones se encaminaban a servir a la causa, ya fuera como cosmonautas o como guardias rojos; luego de las expulsiones queríamos conocer la realidad latinoamericana, ser guerrilleros, comprender por qué los chilenos éramos un caso especial, una singularidad capaz de dar líderes tan seductores como Allende. La expulsión nos hizo más fuertes. Cuando se formó la Unidad Popular en el ’69, los expulsados convertidos en militantes socialistas fuimos muy importantes para romper la casi hegemonía comunista, lograr que retirasen la candidatura de Neruda y aceptaran el liderazgo de Allende. Se puede decir que con las expulsiones ganamos todos.

El capítulo tres de la novela, en el que una mujer lanza los ejemplares de Galeano, Fučík, Fromm y Harnecker, ¿podría relacionarse con el capítulo VI del Quijote? Aunque no se quemen libros y sólo se los arroje por la ventana, ¿esos libros serían el equivalente de los libros de caballería, algo así como los “responsables del daño”?

La novela está construida con una clave cervantina y es el humor de Cervantes. Lo que más admiro de él es que ninguno de sus personajes, en toda su obra, es ridículo o gratuitamente risible. No, Cervantes hizo que sus personajes sean divertidos, ingenuos o sabios, e incluso en los pasajes más serios siempre hay un toque de ironía, que es la base del humor inteligente. Cervantes trata a sus personajes con sana piedad. La observación cervantina es rigurosamente exacta. En eso pensé al escribir esa parte de la historia.

Hay un personaje que pide “el santo y seña” como si siguiera viviendo en la clandestinidad. ¿Qué aspectos de lo que vivió en la cárcel o en su paso por Buenos Aires, Uruguay, Brasil aparecen diseminados en los personajes de esta novela?

Hace algunos años, en una isla del archipiélago filipino encontraron a un soldado japonés que no sabía que la guerra había terminado hacía cincuenta años. Seguía luchando, a su manera, es decir esperando instrucciones y, cuando medio lo convencieron de que dejara de apuntar con su arma a los cientos de soldados filipinos que lo rodeaban, dijo que no podía rendirse si no se lo ordenaba el emperador. En muchos de nosotros las experiencias duras crearon una suerte de delirio militante que puede explicarse así: la vida se detuvo cuando el compañero que debía venir no llegó, y la vida continuará cuando llegue alguno que me diga el santo y seña para que la vida siga. Es triste, pero conozco varios casos de gente así.

Cuando estuvo por Buenos Aires, ¿le pasó como a uno de los personajes, Garmendia, que quedó entre los tiroteos de Montoneros y el ERP, la Triple A y los comandos de represión de la Argentina?

Hay mucho de eso. Yo bajé de un avión en Buenos Aires el 17 de julio de 1977, salía de la cárcel, tenía que continuar vuelo a Suecia, pero decidí quedarme. No tenía idea de la real envergadura del horror que se había desatado sobre Argentina. Busqué amigos en casas en las que no me abrían la puerta. Finalmente di con el incomparable Osvaldo Dragún, que me acogió en su casa. Intentando salvar la normalidad, la vida en definitiva, una tarde fuimos al teatro San Martín. Se estrenaba Cyrano de Bergerac, con un Oscar Bianco que transformaba el discurso de Cyrano a los cadetes gascones en una proclama revolucionaria y el teatro se venía abajo aplaudiendo. Luego fuimos a cenar al Edelweiss, y allí yo preguntaba en voz alta por mi hermano Paco Urondo, hasta que me hicieron callar y Bianco me abrazó susurrando: “Hermanito, estamos viviendo la peor tragedia, no nos jodás estos pocos minutos de comedia”. Más tarde leí en un periódico ecuatoriano que a Oscar Bianco se le había reventado el corazón durante una representación de Cyrano, justo en el discurso a los cadetes gascones.

¿Por qué recupera en la novela muchos episodios protagonizados por anarquistas? ¿Aún se sigue demonizando al anarquismo, no sólo desde la derecha sino desde la propia izquierda?

Siempre he sentido que se les debe más de un homenaje a esos anarquistas de viejo cuño, a esos que luchaban, no para ser hombres libres, sino para no olvidar que eran hombres libres. Osvaldo Bayer lo ha hecho de manera magistral, pero yo siento que me falta homenajear a los viejos anarcos de Chile. Es una materia pendiente. La izquierda chilena se nutrió de los anarquistas y luego los olvidó, por temor, y para esquivar una sentencia terrible que dice “todo el poder corrompe”. Actualmente no se demoniza al anarquismo, peor aún: se le desconoce, se le esquiva, se intenta decir que nunca existió.

“La memoria siempre tiende a la ficción”, se lee hacia el final de la novela. ¿Habría en esta reflexión un intento de “desacralizar” la memoria, de desplazarla del terreno de la realidad-verdad hacia el artificio?

La literatura es un gran ejercicio de memoria, o parodiando a Mempo Giardinelli, es el Santo Oficio de la Memoria, que finalmente crea las ficciones necesarias para la verosimilitud de lo que narro. La memoria me permite literaturizar la vida, proponer otra opción para los hechos, mejor que la mezquina versión oficial. La realidad y la verdad no van de la mano. ¿Fueron trecientos los espartanos que combatieron en el paso de las Termópilas? Si un historiador severo descubre que la pura realidad indica que fueron trecientos cinco, ¿modifica esto la belleza épica de la historia? Siempre serán trecientos. La literatura creó esa realidad. Hace algunos años, en un café de Roma se me acercó un chico, de la edad de mi hijo mayor, para decirme que había leído una novela mía, “Nombre de Torero”, y que esa lectura le había permitido acercarse a su padre, dejar de odiarlo porque le faltó durante toda la infancia y adolescencia. Yo vi morir al padre de ese chico en Nicaragua, y cuando me preguntó cómo había muerto, tomé la verdad que había en mi memoria y le narré la muerte de un hombre bueno, que jugaba fútbol y era malo en la cancha, que contaba los mejores chistes de don Otto, que antes de morir miró el agujero en su vientre por el que se le escapaba la vida y repitió su muletilla “cagamos te mandó saludos”. Entonces el chico rió y lloró al mismo tiempo y concluyó: “Qué lindo tipo era mi viejo”.

Abandonó la cárcel y se fue al exilio porque una mujer en silla de ruedas se empeñó en reunir firmas. Me parece una historia hermosa.

Es muy hermosa la historia. Era una chica de Hamburgo que colaboraba con Amnistía Internacional. Hay un montón de casualidades. Y es que yo en el año 1969, con un libro de cuentos gané el Premio Casa de las Américas de Cuentos en Cuba, “Crónicas de Pedro Nadie”. Harían mil ejemplares los cubanos. Se vendieron quinientos en Cuba. El resto fueron regalos de amigos. Pero un ejemplar llegó a Europa, a la República Democrática Alemana, y tres de esos relatos los tradujeron al alemán y los incluyeron en una antología. Nuevos escritores latinoamericanos se llamaba la antología. Y un ejemplar de esa antología llegó a esa chica en silla de ruedas allí en Hamburgo. Y cuando se dio a conocer la primera lista de los prisioneros políticos chilenos que se publicó, vio mi nombre. Empezó a preocuparse. “Este es un escritor”, dijo, “yo lo he leído”. Sola empezó la campaña de reunir firmas, redactar cartas con cortesía al dictador pidiendo mi libertad y consiguió que me cambiaran la condena de veintiocho años de cárcel por ocho de exilio. Una chica maravillosa que lamentablemente falleció. Tenía esa enfermedad terrible, degenerativa, que se llama ELA. Y la alcancé a ver, pude darle las gracias. Cuando llegué a Hamburgo, fue lo primero que hice.

22 de marzo de 2019

Luis Sepúlveda: “La literatura siempre ha sido una constante reflexión sobre la condición humana” (3)


Luis Sepúlveda tiene en su haber más de una treintena de trabajos publicados en los cuales ha cultivado diversos perfiles de la narrativa tales como el relato ecologista, la novela de intriga y la crónica de viajes. También ha incursionado en la novela policíaca y la novela negra. Entre estos últimos se pueden mencionar “Nombre de torero”, “Diario de un killer sentimental”/“Yacaré”, “El fin de la historia” y “Hot line”. Como colaborador de múltiples periódicos y revistas de España y América Latina ha escrito decenas de artículos, muchos de los cuales fueron recopilados en los tomos “La locura de Pinochet”, “Moleskine, apuntes y reflexiones”, “El poder de los sueños” y “Una Historia que debo contar”. Entre sus aportes a la literatura juvenil (fábulas “para niños de 8 a 88 años”, como él mismo las define) figuran “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar”, “Historia de un perro llamado Leal”, “Historias de Mix, de Max, y de Mex” e “Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud”. Además, en coautoría con otros escritores, ha publicado “El juego de la intriga”, “Los peores cuentos de los hermanos Grimm” y “Una idea de la felicidad”. “Nunca he ido detrás de las historias -declaró en alguna oportunidad-. Estoy convencido de que eso tan formidable que llaman vida está llena de historias, pero deciden quién tiene que contarlas y son ellas las que te eligen”. Esta idea está presente no sólo en sus crónicas y novelas, también lo está en sus libros de cuentos “La lámpara de Aladino”, “Los miedos, las vidas, las muertes y otras alucinaciones”, “Desencuentros” e “Historias marginales”. Sepúlveda trabajó como profesor invitado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander (España) y fue nombrado Doctor Honoris Causa por las facultades de Literatura de las universidades de Toulon (Francia) y Urbino (Italia). También fue distinguido como Caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa. A continuación, la tercera y última parte de la recopilación de extractos de entrevistas que el escritor chileno concediera a distintos medios periodísticos a lo largo de los últimos veinte años.


Sus relatos parten de situaciones que ha vivido y de lugares a los que ha viajado. ¿Podría ambientar un cuento en la luna?

No sé. Todos los relatos tienen siempre que ver con historias personales. Soy un escritor de ficciones pero prefiero escribir sobre referencias que tengo más próximas y que son mis experiencias personales. Incluso mis libros más propiamente de ficción siempre hay gran parte de una experiencia personal.

Recurre también a los hoteles, esos lugares de paso en los que se encuentran todo tipo de historias...

Tengo una relación muy particular con los hoteles porque nací en un hotel y supongo que eso me tiene predestinado a tener una suerte de cariño muy particular por los hoteles. Siempre me han parecido muy subjetivas las habitaciones de los hoteles, el saber que alguien estuvo antes que tú, siempre deja algo. Lo primero que hago al llegar a una habitación de un hotel es abrir todas las puertas, todos los cajones, y siempre encuentro algo, ya sea una aspirina o los cargadores del teléfono que ahora todos vamos olvidando y heredando. Eso habla de quien estuvo ahí, y eso ya es el comienzo de una historia.

Con la ciencia-ficción no, pero sí se atreve con las historias de detectives...

Sí, me encanta también indagar en todos los géneros y hay un relato que tiene el formato de una novela corta que podría ser del género negro. Me gusta indagar sobre la paradoja de ser una persona aparentemente anodina, que nunca se ha metido en nada, y que de pronto, por el simple hecho de que alguien tiene su número de teléfono, se mete en una tremenda dificultad. Lo que te va entregando la vida y se va convirtiendo en un juego literario.

Muestra también una sociedad en la que todo el mundo es sospechoso...

Sí, de alguna manera todos somos sospechosos. La presunción de inocencia no es una figura poética. Se supone que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, pero en realidad somos todos culpables, es el trato que estamos recibiendo. Si tienes que pasar por el detector de metales para entrar en el aeropuerto es porque están suponiendo que llevas un arma y puedes poner en peligro la vida de los demás. Si tienes que aceptar que en el supermercado te vigilen con cámaras es porque suponen que eres un ladrón y no una persona honrada. Somos culpables de antemano y lo aceptamos como borregos.

Usted ha escrito cuentos y novelas policíacas. A pesar de que este género tenga grandes nombres de referencia en la literatura mundial, está infravalorado por la crítica. Cuando usted opta por escribir en este género, ¿piensa en la recepción de la crítica?

La crítica me importa un soberano carajo.  No la leo, la ignoro. Yo sé que la gente encasilla la literatura: esto es policíaca, esto es comedia… es muy cómodo.  Generalmente son muy malos lectores, y como no entienden lo que han leído,  la solución más fácil que tienen es encasillar. Yo he escrito algunas novelas de pretexto, una narración de corte policíaco, pero que hace más sentido en eso que se llama la novela negra latino americana, porque es una síntesis donde hay muchos géneros: novela histórica, la policíaca, la de aventura y también la de comunidad y que ha contribuido a ser “la” memoria de América latina. En muchos aspectos la memoria de América latina, sobre todo en los países del cono sur, se ha mantenido porque los escritores tomábamos la misión de mantenerla viva en nuestros libros, en nuestra literatura. De lo que tenía que ser literatura popular nace ese género que se llama la literatura negra latinoamericana. Me gusta mucho la novela policíaca escrita a la manera televisional, pero incluso en el mundo, la novela ha evolucionado, cuando con el pretexto de contarnos una historia criminal nos cuenta el gran problema social del “apartheid” de Sudáfrica, está escribiendo una enorme literatura. Cuando Anadule Allison sale con el pretexto de contarnos una historia policíaca, nos está contando una gran reflexión sobre el problema de la violencia contra las mujeres y hace una literatura enorme. No me fío y no sigo totalmente los géneros, porque son para violarlos y  para inventarlos.

En “Nombre de torero” podemos ver reflejados aspectos de las dictaduras ¿Existiría, en su opinión, un rasgo común en las dictaduras que han sufrido diversos países a lo largo del siglo?

El éxito. Todas fueran apoyadas e incentivadas y ordenadas por Estados Unidos de América, por el imperialismo. Vea el éxito que tienen. Y luego hay la enorme bestialidad, porque si pensamos que  la única integración efectiva que existió en América latina fue la brutalidad, la de la operación Cóndor, con argentinos, chilenos y uruguayos.

Usted ha sido en Chile, en su exilio y durante toda su vida como periodista y autor, un hombre de combate. Con el cuerpo y con la palabra.

Fuimos personas que estuvimos en la primera persona de fuego, fuimos combatientes, pero no hay que hacer de esto un mito. Era la época la que lo exigía, el tiempo lo exigía.

Cuarenta años después, el panorama sociopolítico es otro. En tanto los años ‘70 se han transformado en recuerdos revividos en “El uzbeko mudo y otras historias clandestinas”, el siglo XXI presenta desafíos bien distintos.

El mundo ha cambiado evidentemente. Hoy vemos la necesidad de resistir a los nuevos mecanismos de dominación. Tal vez esto es muy duro pero creo que contra lo que más hay que resistir hoy en día es contra algo que está en nuestras propias filas y se llama corrupción. En el caso de los chilenos, las personas de izquierda nos estamos enfrentando a una corrupción terrible dentro de nuestra propia gente. Es muy amargo de decir pero no es nada nuevo y no pasa solamente en Chile. En Francia, un alcalde que había sido primero trotskista, después progresista y ahora como funcionario va con gendarmes armados llamando a las puertas de los inmigrantes para decirles que no son bienvenidos en su ciudad. Hoy hay corrupción económica y hay corrupción moral. Hay que resistirse, el resistir es una actitud vital y es una resistencia que no puede tener descanso. Me encantaría vivir en un mundo donde uno pudiera dedicarse solamente a la ficción pero, caray, la realidad está ahí y es terriblemente injusta.

“El fin de la historia” fue una sentencia dictaminada por un minipensador de origen oriental tristemente conocido como Fukushama. Juan Belmonte y otros protagonistas de su novela -que lleva ese título- no creen que la historia haya terminado. Hay mucho suspenso en la novela.

Primero tengo que decir que esta novela parte de un hecho muy real que ocurrió en un día de verano del año 2005, cuando una delegación de kosakos llegó hasta el Palacio de la Moneda -el palacio presidencial en Santiago de Chile-. Los chilenos estaban asombrados de ver a unos tipos con gorro de piel que andaban caminando por la calle con cuarenta grados de calor y pensaron que se trataba de una delegación del circo ruso, pero no: eran kosakos de verdad e iban a hablar con la presidenta Bachellet para pedirle la liberación de un tipo que era un criminal de guerra que está condenado por crímenes de lesa humanidad, torturas, asesinato, desaparición de personas, robo -todo lo que hicieron en la dictadura-. Estaba condenado  a setecientos u ochocientos años de cárcel y le esperaban todavía un montón de juicios. Van a pedir la libertad de este tipo con un argumento muy extraño: se trataba del último gran Atamán de los kosacos, nieto de Pioter Krassnov -uno de los grandes Atamanes- que fue perdonado por León Trotsky en el inicio de la revolución rusa. El nieto fue a dar a Chile y se transformó en uno de los peores torturadores de la dictadura. Cuando supe esa noticia, empecé inmediatamente a preguntarme qué pasaría si deciden hacer algo por liberarlo. Todas las novelas nacen siempre de esa pregunta que te lleva a la ucronía: ¿qué pasaría si? Ahí empecé a pensar qué es lo que harían, a quién enviarían y cuál sería el único oponente a ellos. 

Los cuentos de “La lámpara de Aladino” parecen hechos a fuego lento ¿cómo fue el proceso de escritura?

Cuando uno escribe relatos, no los escribe con la idea de hacer un libro de relatos, sabe que tarde o temprano se van a reunir. El relato es un género que me gusta porque es un género que requiere oficio, tienes que tener mucho camino recorrido como escritor para atreverte con el relato, porque al revés de la novela, en la que puedes participar muy activamente: si escribes una novela y crees que un capítulo está débil, sabes que en el siguiente lo vas a levantar. En cambio, el relato sale o no sale. El relato se instala en ti, madura dentro de ti, se sedimenta, se decanta, y cuando tiene que salir, sale entero o no sale. Hay algunos que escribes en una noche, y otros están escritos, pero tienes que esperar a que salga el resto.

El objetivo es más bien conservar su memoria...

Para que quede ese registro, sí. La literatura es eso, la literatura es la memoria de la humanidad.

¿Qué papel juega la literatura en la recuperación de la memoria?

La literatura juega un papel muy pequeño. Puede que algunos libros coayuden a que la gente reflexione sobre el tema de la memoria, pero lo que realmente logra cosas es la acción ciudadana. Como escritor puedes hacer muy poco. Puedes hacer como ciudadano, porque se es ciudadano primero y escritor después. Ser ciudadano es algo definitivo y ser escritor es algo circunstancial, pero si puedes combinar las dos cosas es mucho mejor. Yo me enfrento a la vida desde una posición rigurosamente ética, y me enfrento con la literatura desde una posición rigurosamente estética. Intento que mi literatura tenga la misma ética con que yo me enfrento con la vida e intento que la vida adquiera parte de la estética con la que yo trato mi literatura.

Escribe, como decíamos antes, para maduros y para niños, pero dice que los primeros son lectores más exigentes porque su imaginación está en estado puro.

Sí. Los niños son los más exigentes de los lectores. Los niños son surrealistas. Los niños no conocen límites a su imaginación. Si tú alguna vez ves dos chicos que están peleándose verbalmente, las cosas que se dicen son surrealistas. Un chico de trece años le dice al otro: “Voy a mi casa y te voy a traer un clavo y un martillo y te voy a clavar una oreja”. Si tú lo suavizas es horrible, no puede ser. Y el otro responde: “Yo voy a ir a mi casa y voy a traer la sierra y te voy a cortar uno a uno los dedos”. Quizá son eficientes porque les gustan las historias escritas con un lenguaje sin ambigüedades. Les gusta el lenguaje directo, inequívoco. Y al mismo tiempo les encanta que haya una dosis de poesía fuerte en lo que leen. Yo tengo seis hijos. Todos han sido lectores y siguen siendo buenos lectores. Muchas veces me preocupé de preguntarles por qué les gusta tanto tal autor. Por ejemplo, el autor de “La historia interminable”, Michael Ende. Ese autor les encantaba justamente por una serie de personajes, como pueden ser los dragones, la historia de un libro que no se termina nunca pero al mismo tiempo está escrita con un lenguaje tan directo, con una concisión del lenguaje y con una poesía que fue la clave que subyugó a los chicos y los transformó en lectores. La misma historia de Harry Potter tiene una dosis poética muy grande. A los chicos lo que no les gusta es que los aburran con moralinas. Basta con las que reciben en la casa y en la escuela.

También les atrae mucho el mundo de los animales.

Sí, sí. Les encanta sobre todo eso de que los animales adquieran ciertas características que son solamente del género humano pero que les permita ver con distancia. Y esas propias características, al ser protagonizadas por animales, les permite entender mejor al género humano, las conductas.

¿Sólo a través de fábulas podía contar que la lealtad y la libertad son valores posibles?

Sí, y para llegar a todos los lectores. Prefiero decir lectores de pocos años que lector infantil, porque es el lector más exigente al estar su imaginación en estado puro. Te exige mucho más.

¿No estamos contaminando esa imaginación por el mal uso de la tecnología?

Bueno, vivimos un momento de enajenación por el mal uso de la tecnología, pero en el mundo que a mí me rodea, tengo hijos y nietos, y han tenido consolas y han jugado a videojuegos, han terminado volviendo. Y les oyes decir: mejor voy a ver una buena película o voy a leer un buen libro.

Se hace hasta raro escuchar: voy a leer un buen libro. Porque voy a leer un libro todavía, pero voy a leer un buen libro es raro...

Sí, es raro, pero hay lectores. Somos el 5% de lectores, y ojalá no decrezca. Y es un lector que exige literatura que no sea solamente entretenimiento.

Con todo lo que usted ha vivido, cuando mira atrás ¿qué ve?

Me llevo muy bien con la nostalgia y no permito que se convierta en melancolía, que es la felicidad por estar triste. Yo nací y crecí en un país que ya no existe. Sólo lo tengo en mi memoria, pero esa es nostalgia sana, a la otra no la dejo entrar.

Y el presente, ¿cómo lo vive?

Con mucha bronca y tratando de participar en todo lo que pueda para ayudar. Hay mucha desazón y miedo. La gente se siente sola. El mundo de compartir es cada vez más pequeño, y trato de decir: es posible imaginar otro mundo, pero hemos cedido el poder de la imaginación.

Con ello y la desmemoria, estamos perdiendo demasiado...

Han confundido el presente con la actualidad y sólo si entiendes el pasado puedes entender el presente. La actualidad es como una condena, es un tiempo que no se mueve.

Si no fuera sólo un 5% el que leyera igual no nos pasaba esto...

Claro, porque leer te da muchos puntos de vista. Leer es liberador. Y por eso nos bombardean con sucedáneos.

¿Lo más importante que le han dado sus libros?

Hace unos años un chico argentino se me acercó y me dijo: soy hijo de un padre desaparecido y lo odié siempre porque nunca estaba. Odié su ausencia. Cuando leí “Nombre de torero” comprendí a mi padre. Que un libro mío consiguiera que dejara de odiar a su padre me parece de las cosas más importantes.

¿Cree que América Latina tiene solución o que está condenada desde la colonización?

El continente americano es el continente de la esperanza al sur del río Bravo. Una razón es que es un continente con una historia muy joven, donde las grandes empresas todavía no han empezado y las que han empezado han sido cercenadas violentamente, como el caso chileno, era una transición pacífica a una forma de vida mejor que no era el socialismo de los países del este, sino un estado de bienestar. Además, la gente empieza a preguntarse cómo es posible que los países de Centroamérica, donde el componente indígena es mayoritario, continúe siendo una minoría blanca o mestiza europeizada la que siga conservando el poder de forma casi eterna. En este sentido, empiezan a producirse cambios bastante rigurosos. Es difícil entender que hay sectores de la humanidad que no están luchando ni por tomar el poder, ni por el pan, sino porque el resto de la sociedad reconozca su existencia, como pasa en Chiapas. Es un continente lleno de esperanza y cuanto más débil sea el capitalismo a nivel planetario, mayores son las esperanzas para ese continente. Ahora, cuando Bush llama a suspender temporalmente la economía libre de mercado es porque algo está funcionando muy mal en el mundo, y eso es un factor esperanzador para América Latina porque tiene que tener reglas propias para su desarrollo. Queremos desarrollar nuestros países, pero de forma sostenible.

20 de marzo de 2019

Luis Sepúlveda: “La literatura siempre ha sido una constante reflexión sobre la condición humana” (2)


Muchas de las obras de Luis Sepúlveda ponen el foco en el avasallamiento del planeta por parte de un sistema capitalista que sólo piensa en los beneficios económicos. Así como en “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar” aparece el tema de los derrames de petróleo en el mar que lleva a la gaviota madre a la muerte, en “Mundo del fin del mundo” el eje está puesto en los buques factorías japoneses que depredan la riqueza ictícola del Océano Pacífico. Por otro lado, en la ya citada “Un viejo que leía historias de amor” habla de la tribu shuar en el Ecuador que debe desplazarse cada vez más hacia el interior de la Amazonia para salvar su cultura del avance de los colonos blancos, los cazadores y los buscadores de oro que no respetan ni la flora ni la fauna de la selva. Algo similar plantea en “Historia de un perro llamado Leal”, una fábula en la que narra en unas líneas la historia del pueblo mapuche en la región de la Araucanía en Chile y denuncia su exterminio por parte de una multinacional maderera que destruye la naturaleza en aras de oscuros beneficios. A su vez, en “Patagonia Express” aparece la tala indiscriminada de árboles en los bosques de la cordillera de los Andes, y también se alude a la depredación de la fauna marina en el sur del continente. La lectura de estos relatos propone preguntas morales sobre las interacciones humanas con la naturaleza. Relacionando la literatura y el medio ambiente, el escritor chileno expone sus puntos de vista en relación con la dicotomía hombre-naturaleza. Todos ellos están unidos por el carácter ético que asume su autor ante el mundo al plantear el enfrentamiento entre el exterminio irresponsable y la conservación del entorno natural, la civilización “bárbara” y la barbarie “civilizada”. Así, la literatura de Sepúlveda no está ajena a la realidad pues los contextos políticos y sociales se infiltran permanentemente en ella organizados a partir de las innumerables vivencias que le proporcionaron su condición de viajero, de perseguido político, de activista ecológico y de derechos humanos. Resulta evidente que, a lo largo de su vida, las experiencias han marcado su trabajo y la evolución de sus obras. “Soy un autor que se maravilla con la diversidad de la vida y mi obra es un reflejo de esa diversidad -ha dicho-. Me gusta la definición que una vez hiciera de mi trabajo un crítico francés cunado dijo que mi obra estaba marcada por la presencia de los más ilustres perdedores. Mis grandes personajes son perdedores, pero ilustres porque saben que perdieron”. A continuación, la segunda parte del compendio editado de numerosas entrevistas que el escritor chileno concedió a diversos medios de comunicación.


En “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar”, “Un viejo que leía novelas de amor” y en sus crónicas de viaje se nota cierta preocupación ecologista por la depredación del medioambiente y los animales, algo que evidencia aquel entrañable cariño que siente por el entorno cultural. ¿Cree que desde la literatura se puede llamar la atención sobre esta especie de problemáticas?

Hay más que una cierta preocupación ecológica. Soy un hombre y un escritor de izquierda, y como tal conozco las razones políticas de la injusticia y de la devastación del medioambiente. Ciertamente no escribo panfletos, escribo literatura, pero en todos mis libros está mi punto de vista. Además, como ciudadano, soy militante de la causa ecologista.

¿Los indios shuar del Amazonas y sus creencias generaron influjo en su obra? ¿Nos puede contar algo que recuerde especialmente sobre su cultura?

Tuve la fortuna de convivir durante siete meses en una comunidad shuar, en la Amazonía, y de esa experiencia surgió diez años más tarde Un viejo que leía novelas de amor. Fui fiel a lo que vi, escuché, conocí y respeté. Naturalmente su forma de vida, en peligro, como está en peligro toda la vida de las étnias amazónicas, no es extrapolable a otras realidades. Lo que más admiré de ellos y me marcó fue la costumbre de reunirse al final del día a contarse cómo había sido la jornada, en un formidable ejercicio de narración oral, porque entre ellos había narradores muy buenos, capaces de cautivar con sus descripciones. En los primeros meses con ellos no entendía su lengua, pero me maravillaba ver la gestualidad con que acompañaban a las palabras, el uso de los silencios como parte de la gramática narrativa, y los rostros felices de quienes escuchaban.

“Patagonia Express” es una novela de viajes, formada por anécdotas y recuerdos que, según afirma en el prólogo, escribió durante muchos años en diversos lugares y situaciones. El hilo conductor es la promesa que hace a su abuela de ir a Martos (España), el pueblo que ellos tuvieron que abandonar para viajar a América. ¿Cómo fue su llegada a España, más concretamente al pueblo de sus antepasados?

Mi abuelo paterno fue un tipo bastante duro, de una ternura fiera, de una ferocidad tierna. Era un anarquista andaluz que se fugó de la prisión de Almería en 1897, se largó a Filipinas, de ahí a Ecuador, como buen andaluz puso una fábrica de aceite, financió y organizó los primeros movimientos libertarios ecuatorianos, de nuevo lo encerraron y se fugó una vez más y de la cárcel de Guayaquil se largó a Iquique, en el desierto de Atacama. Más tarde, en Santiago, fundó una universidad popular, algo así como una escuela superior de formación profesional a la que acudían obreros gráficos, tipógrafos del cono sur latinoamericano. En su casa, en un rincón del patio, me hablaba de España, de Andalucía, de Jaén, de Martos, de sus hermanos, de los olivares, del buen aceite, del vino recio de los aceituneros altivos del poema. Cuando tuve la ocasión de ir a Martos en 1980 -por mandato de mi abuelo ningún Sepúlveda pisaba España mientras el cabrón de Franco estuviera vivo-, el viejo anarquista ya había muerto y siempre sentí que volvía en su nombre, con él, a cerrar un círculo que cuando se abrió quiso derrotarlo, vencerlo, humillarlo, hacer de él un infeliz. Pero mi abuelo era una anarquista y no se dejó derrotar, ni humillar, y fue intensamente feliz porque nunca se sintió despojado de su lar. Tenía un lema, que desde luego es también mío: “Uno es de donde mejor se siente”. Tuve la inmensa fortuna de conocer a su hermano menor, un ancianito que, al citarle el nombre de Gerardo me preguntó si era yo, y esa es una de las emociones más fuertes que he tenido. Estuve tres días en Martos. Al salir de ahí, sentí que algo mío se quedaba, y supe que era mi abuelo el que permanecía, junto a su hermano, en una conversación interrumpida en 1897 y reanudada en 1980. Y me fui feliz, sabiendo que esos dos tenían mucho de qué hablar.

“Historia de un perro llamado leal” es una novela donde cuestiona la forma en que Occidente se relaciona con las comunidades indígenas y concibe la idea de desarrollo. ¿Qué es lo que detona esta novela?

En el año 2010 un fuerte terremoto destrozó casi todo el sur de Chile. Me sumé a una campaña para reconstruir la zona mapuche y me encontré con la historia de un niño de 8 años a quien le habían quitado un perro fino, un pastor alemán. Para la policía, racista sin duda, el menor indígena sólo había podido obtener un perro de esas características mediante el robo, cuando la realidad es que había crecido con él. Ese fue el detonante para contar una historia sobre el mundo mapuche.

Utilizar a los animales es propio de un género como la fábula. ¿Se planteó la novela en estos términos?

Sí, la fábula otorgar características humanas a los animales. Ayuda para no distanciarse del comportamiento humano y mostrarlo mejor. Además la fábula siempre ha tenido ese encanto tan especial que a pesar de hablar de animales, nos hace reflexionar sobre los comportamientos y valores humanos. La realidad de los mapuches es la misma que la del resto de los pueblos indígenas: su cultura es negada, no existen a ojos del Estado y de la cultura oficial.

¿Ha convivido con el pueblo mapuche?

Sí, por parte materna tuve un abuelo mapuche y conozco muy bien su cultura, sus tradiciones, costumbres, y la difícil vida que tienen.

¿En qué condición están actualmente? ¿Qué riesgos les acechan?

Desde la independencia de Chile los mapuches y otras etnias han sido las grandes víctimas de una cierta “noción de progreso”. Es curioso el desconocimiento que la mayoría de los chilenos tienen acerca de los mapuches. Ignoran, por ejemplo, que ellos firmaron un acuerdo de paz con los conquistadores españoles, acuerdo que se respetó por más de trescientos años y que fue desconocido con la llegada de la independencia en 1810. Pocos años más tarde se decretó la "colonización de los territorios del sur" acompañada de una "pacificación de la Araucanía", y a inmigrantes llegados de Alemania, Suiza y Croacia se les entregaron tierras en la nación mapuche, ignorando los derechos de sus habitantes que estaban ahí desde mucho antes de la llegada de los europeos.

¿Hay respeto u olvido en la sociedad hacia estos pueblos?

Hay desprecio e indiferencia. El pueblo mapuche es constantemente hostigado, reprimido, y en la actualidad sus justas demandas son respondidas con represión y la aplicación de una absurda legislación antiterrorista.

¿Qué opina del reclamo que están realizando los Mapuches por las tierras que le cedieron  a Benetton?

Es uno de los reclamos más justos y largos de la historia. En la historia del pueblo mapuche hay una larga lucha de reivindicaciones que se remontan a largo tiempo. La tierra que le vendieron a precios de huevos a Benetton y a otros magnates, es algo que da mucho prestigio. Una vez escuché hablar a la Time Warner diciendo que era una tierra de mierda que no servía para nada, pero que tenerla le otorgaba algo, era una especie de conde de un territorio enorme. Es parte de una injusticia que empieza con La Conquista. En la parte chilena, después de cien años de lucha consiguen un tratado de paz los mapuches con los españoles y con fronteras delimitadas, mantienen una relación cordial y estable con la colonia y viene la Independencia, los nuevos amos del país -los criollos-, desconocen ese tratado que existía y desatan lo que llamaron la pacificación de la Araucanía, que fue la versión chilena de la Campaña del Desierto y abren el territorio de los Mapuches a la colonización extranjera y empiezan a vender tierras a precios regalados sin comprender que esas tierras son el hábitat de un pueblo determinado. De tal manera que la reclamación de los Mapuches es absolutamente legítima, que siempre se ha respondido con represión y asesinatos y es una de las materias pendientes más fuertes que tenemos. Han tenido siempre mi solidaridad.

El libro “Historia de un perro llamado Leal” es una fábula para contar que lo más importante que podemos tener y ejercer es la lealtad. El valor supremo. ¿Cuánto hay de usted y su vida de libertad con los indios en ese perro llamado Leal?

Yo también soy ese mundo mapuche. Mi abuelo era mapuche y pasaba mis vacaciones allí. Era medio extranjero pero no importaba. Era un gran espacio de libertad. Era una aventura que nada tenía que ver con las vacaciones de mis compañeros o amigos.

¿Es el lugar donde más libre se ha sentido?

Bueno, ha sido uno de los lugares donde más libre me he sentido. Ese yo que narra la historia, no lo esconde, tiene mucho de ese yo mapuche y de ese yo mayor... Por supuesto, no lo escondo, el yo narrador de esta historia es el mío.

Y es usted quien pone delante de un modo que hace imposible no verlo la mentira de la obediencia debida a la que estamos obligados...

Sí, intento explicar que no hay una obediencia debida, de hecho en su nombre se han cometido los peores crímenes. Hay otros caminos y tienen que ver con la libertad y la lealtad, con eso se construye ese otro camino. Pero tienes que saber si estás dispuesto a hacerlo.

¿Siempre se puede hacer de otra manera?

Siempre. Yo he tenido una vida muy movida, he estado en la cárcel, luego vino el exilio y, sí, el precio fue alto, la cárcel fue un precio alto, pero hice lo que tenía que hacer.

Es más alto el precio de la traición propia, ¿más amargura o frustración sentiría si no hubiera actuado como lo hizo?

Creo que sentiría frustración. No hay nada más terrible que mirarte al espejo y no ver una persona decente. Lo único que justifica que no te reconozcas frente al espejo es una resaca.

¿Recurrió a la fábula y a un perro porque era más fácil reflejar así la lealtad?

Me permitía tomar y dar distancia y comprender mejor. Pero he conocido ejemplos de alta lealtad entre los hombres. Mira Médicos sin Fronteras, eso es lealtad. Yo salí de la cárcel por una persona que trabajaba en Amnistía Internacional, y que consiguió que me lo cambiaran por el exilio. Ella fue quien escribió cartas y cartas y reunió firmas, y cuando fui a verla me encontré con una mujer en una silla de ruedas. Así fue capaz de hacer lo que hizo. Hay seres humanos extraordinarios.

¿Qué es para usted la lealtad?

Es el valor supremo.

¿Y lo peor del ser humano?

La desidia es lo peor del ser humano, ese “a mí no me importa lo que le pase al otro”.

Alguna vez ha comentado que la mejor forma de escribir es haciéndolo para los amigos.

Sí. A veces pienso en cómo le hubiera gustado a Julio Cortázar o a Álvaro Mutis. Se puede decir que nunca estoy solo en el escritorio. Eso me obliga, porque los amigos son exigentes.

Y la memoria de Cortázar, deduzco, debe ser muy exigente.

Sí. A Julio Cortázar tuve el placer de conocerlo en París, en 1982. Fue en la presentación de un disco del cuarteto Cedrón, con letras suyas, y allí nació algo grande que murió aquel 12 de febrero. A Julio le debo una bellísima referencia en mi libro de cuentos “Los miedos, las vidas, las muertes y otras alucinaciones” publicado en Estocolmo en 1986.

Opinará como él que el cuento gana por “knock-out”, mientras la novela lo logra por puntos.

Eh… más bien creo que el cuento te absorbe en un esfuerzo de síntesis, mientras en la novela participas. En el cuento no te puedes inmiscuir.

Ha hecho amistad con muchos escritores argentinos. ¿Qué semblanza no puede hacer de Julio Cortázar?

Primero que nada era un gran hombre, el cual es un privilegio decir que tuve una amistad muy cercana hasta ese 12 de febrero. Nos vimos en muchas ocasiones con el respeto debido. Era un gran  tipo que no tenía ninguna pretensión de ser reconocido como tal, de una generosidad total, compartía todo lo que sabía, hasta las dudas y eso hacía que las conversaciones fueran extraordinarias.

¿Osvaldo Soriano?

Fuimos muy amigos, nos vimos por última vez en Buenos Aires, poco antes de su muerte. Teníamos planes incluso para hacer cosas juntos. Fue una amistad muy de tú a tú, muy intensa. Yo destruí mi primera novela y la única explicación es el Gordo. Yo había escrito una novela que se llamaba “Vida, pasión y muerte del gordo y el flaco” y estaba orgulloso de haberla escrito y un día me llega un paquete del correo y el Gordo me mandaba “Triste y solitario y final”, y entonces, después de leerla, dije “no, el Gordo ganó, a la mierda mi novela”. Nunca me lo perdonó eso él.

¿Cuáles serían los escritores que hoy le interesan?

De los grandes maestros del llamado boom, me interesan fundamentalmente, siendo tan distintos entre ellos, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez. Y Juan Rulfo, que aunque siempre se ha discutido si pertenece o no pertenece al boom, para mí lo está por derecho propio. También están Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, entre otros. Respecto al “postboom” es una ensalada muy grande, nada muy claro de quienes serían sus integrantes precisos. A mí me interesan mucho los escritores chilenos contemporáneos, como por ejemplo Ramón Díaz Eterovic y algunos que jóvenes que van apareciendo en publicaciones de editoriales alternativas.

¿Qué ocurre con el tratamiento del lenguaje? ¿Le parece un aspecto secundario?

No es que me parezca secundario, pero a mí me gustan los libros que cuentan una historia y que lo hacen desde la primera línea. No sé si será un vicio de lector, pero yo tengo una manera de leer muy cruel: le doy a un libro hasta la página quince. Si entonces no me engancha, se va al canasto.

¿Descarta de plano la escritura experimental?

La verdad es que no he tenido buenas experiencias con ese tipo de registro. La mayoría de las narraciones de corte experimental que he leído me han parecido una simpática exhibición de erudición y culturalismo, pero creo que alejan a los lectores de los libros. Los aterran.

¿Pero los lee por curiosidad, al menos?

Los leo con atención, pero sé que nunca van a ser mis textos de cabecera ni voy a regalarlos a mis amigos. Esos libros no los recuerdo, los olvido. En cambio las historias bien contadas me dejan un registro, se me graban en la cabeza. Lo que voy a decir a lo mejor suena un poco arrogante, pero creo que quienes se dedican a experimentar lo hacen por un asunto de incapacidad narrativa tradicional.

Eso suena muy drástico.

Es que yo respeto al pintor abstracto siempre y cuando conozca en él un dominio de lo clásico. Cuando sea una evolución. Cuando su dominio de lo clásico sea tan grande que pueda abrir un nuevo camino para expresar ese manejo de luz y sombra, del color, de la perspectiva. Pero no acepto a aquel que siendo incapaz de dibujar una manzana se declare neofigurativo. Lo mismo en la literatura: es una prueba de fuego. Primero hay que saber contar bien una historia y luego acepto lo que venga con el lenguaje.