28 de julio de 2020

Pablo Picasso. Las mujeres y la política como inspiradoras de un arte singular

El 23 de abril de 1911 apareció en el periódico "Le Petit Parisien" un artículo titulado "¿Qué es un cubista?". La definición era escueta: "Un cubista es un pintor de la escuela de Braque y Picasso". Se refería, claro está, al francés Georges Braque (1882-1963) y al español Pablo Picasso (1881-1973), quienes conformaron la fase inicial del movimiento artístico denominado cubismo entre 1907 y 1909.
El poeta surrealista Guillaume Apollinaire (1880-1918) escribió en 1912: "La nueva pintura se llama 'cubismo'. El nombre corresponde a una expresión despectiva de Matisse, a quien causaron extrañeza las formas cúbicas descubiertas en un cuadro de casas". En octubre de 1911 había señalado a Picasso como iniciador del cubismo en el periódico "L'Intransigeant", publicado en París entre 1880 y 1948: "En general, el público cree que el cubismo es la pintura en forma de cubos. No es así. En 1908 vimos varios cuadros de Picasso con edificios sencillos y firmemente dibujados, que la opinión pública interpretó como cubos, y así surgió el nombre con que se designa la última tendencia de la pintura".
Como si adivinaran que se trataba de un ser complejo, los padres del pintor, José Ruiz Blasco (1838-1913) y María Picasso y López (1855-1939), hicieron abundante uso del santoral. Al niño que acababa de nacer el 25 de octubre de 1881 a las 23.15 hs. en el número 36 de las Casas de Campo, viviendas ubicadas en uno de los laterales de la plaza de la Merced ubicada en el barrio homónimo de la ciudad de Málaga, le pusieron una docena de nombres: Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispín Crispiniano de la Santísima Trinidad Mártir Patricio Clito Ruiz Picasso.
La vida del artista comenzó ya con una exageración, una desmesura, algo que sería una constante a lo largo de sus casi noventa y dos años de vida. Bastantes años después, cuando el niño así bautizado ya era una pintor reconocido, el escritor vanguardista español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), acentuó aún más -con audaz humor- el aura religiosa de ese nacimiento al recordar que Pablo (etcétera, etcétera), era hijo de María y José, comunicando que en Málaga estaba "el portal de Belén del arte moderno".
Tras su muerte en Mougins, Francia, la prensa internacional saturó acabadamente las columnas de los diarios con la media docena de anécdotas consabidas, unas dudosamente ciertas y otras totalmente prescindibles. Ridículamente se hizo hincapié en las múltiples mujeres de Picasso y sus afinidades políticas, como si éstas pudieran empañar, de algún modo, la calidad del artista.
En 1891 la familia Ruiz Picasso se trasladó a La Coruña, en cuyo Instituto da Guarda fueron requeridos los servicios del padre como profesor de Bellas Artes. Pablo inició sus ensayos pictóricos y, tres años más tarde, su progenitor y primer maestro le cedió sus propios pinceles y caballetes admirado ante el talento de su hijo. Luego se trasladaron a Barcelona, donde el padre había obtenido un puesto docente en la Escola d'Arts i Oficis de la Llotja. Allí el joven Pablo resolvió en un día los ejercicios de examen previstos para un mes, por lo que fue admitido en la escuela. En 1896, con sólo quince años, instaló su primer taller en la calle de la Plata de la Ciudad Condal. De aquella primera época española quedó el recuerdo de una prima y de una cupletista -la Bella Chelito- modelos de dibujos que son inhallables.
Dos años más tarde obtuvo una mención honorífica en la gran exposición de Madrid por su obra "Ciencia y caridad", todavía de un realismo académico, en la que su padre le sirvió de modelo para la figura de un médico. La distinción lo estimuló a cursar el curso adelantado en la Academia de San Fernando, mientras sus trabajos, influidos por Doménikos Theotokópoulos (1541-1614), conocido como el Greco, y Henri Toulouse Lautrec (1864-1901) obtenían medallas en Madrid y Málaga.
En 1898 realizó su primera muestra individual en Els Quatre Gats, una taberna barcelonesa inaugurada en 1897 en la que se realizaban exposiciones de arte y veladas literarias y musicales. Luego, en el otoño de 1900, hizo una visita a París para ver la Exposición Universal. Allí vendió tres dibujos al marchante Pere Mañach (1870-1940), quien le ofreció 150 francos mensuales por toda su obra de un año. Ya convertido en un artista profesional, fue cuando decidió firmar sólo con el apellido materno. A principios de 1901 coeditó en Madrid la efímera revista "Arte Joven", y en marzo viajó nuevamente a París donde conoció al escritor y pintor francés Max Jacob (1876-1944). Por entonces comenzó lo que luego se llamaría su "período azul".


Al año siguiente expuso su primera muestra parisiense en la galería de Berthe Weill (1865-1951) y, en 1904, decidió trasladarse definitivamente a la capital francesa. Picasso se instaló en un inmueble situado en el barrio de Montmartre, el célebre Bateau-Lavoir, en el número 13 de la calle Ravignan, un mítico alojamiento utilizado por todo tipo de artistas, entre ellos el pintor francés Paul Gauguin (1848-1903), el italiano Amedeo Modigliani (1884-1920) o el español Juan Gris (1887-1927). Allí trabó amistad con los antes mencionados Braque y Apollinaire, y reprodujo las últimas mujeres elegantes, los primeros payasos, el rosa, el azul, el cubismo. Allí pintó un autorretrato que tituló "Yo, el rey", y lo firmó tres veces para recalcarlo: "Yo, el Rey; Yo, el rey; Yo, el Rey".
También conoció, apenas llegado, a Fernande Olivier (1881-1966), con la que vivió nueve años. Mientras ella pasaba largas horas del día remoloneando en la cama, Picasso barría e iba a hacer las compras, ya que a ella no la dejaba salir de la casa, la tenía encerrada y, de hecho, cuando él salía y la dejaba a ella dentro, le escondía los zapatos para que no pudiera salir. Luego se relacionó con Marcelle Humbert, conocida como Eva Gouel (1885-1915), menuda, de rostro oriental, inspiradora de un par de cuadros, muerta prematuramente a causa de la tuberculosis. La enfermedad de su mujer no inhibió a Picasso, que mantuvo una relación con Gabrielle Lespinasse (1888-1970) primero y con Irène Lagut (1893-1994) después. Ambas fueron sus amantes y ambas rechazaron su propuesta de matrimonio.


Su amistad con Jean Cocteau (1889-1963) lo llevó a conocer el mundo del ballet y a la que sería su primera esposa, Olga Khokhlova (1891-1955), bailarina rusa, y como correspondía a la época, hija de un ex oficial zarista. Los críticos encuentran correspondencia entre las mujeres opulentas que pintó en esa época y el embarazo de Olga. El resultado fue su primogénito, Pablo (1921-1975), que acudió puntualmente -durante cincuenta años- a recibir la mensualidad de su padre. El matrimonio duró hasta 1927. Tras el divorcio, el próximo episodio fue Marie Thérèse Walter (1909-1977), a quien había conocido estando aún casado. Ella le dio una hija, Maya (1935), y le inspiró, como era habitual, cuadros y poemas. La Walter se ahorcó en el garaje de su casa de la Costa Azul cuatro años después de la muerte de Picasso.


Apenas nacida su hija, Picasso conoció gracias a Paul Eluard (1895-1952) a la fotógrafa Dora Maar (1907-1997), la que sería para siempre la mujer de los dos pares de ojos y de los tres perfiles de sus pinturas más difundidas. La relación se extendió hasta 1944, cuando la reemplazó por Francoise Gilot (1921). La fotógrafa estuvo encerrada en un manicomio cuando Picasso la abandonó y se aferró a la religión como única tabla de salvación. Murió a los noventa años, medio trastornada y sola, en una de las casas que le dejó Picasso. La Gilot -con la que tuvo dos hijos: Claude (1947) y Paloma (1949)- solía contar que Picasso la hacía posar desnuda durante más de una hora observándola incansable, sin pintar. Un par de días después, repetía, de memoria, con breves trazos, los detalles del rostro, del cuerpo, que había retenido su memoria.


La obra de Picasso estuvo presidida por una obsesión: la visión de la mujer como sexo misterioso y fascinante, una obsesión que fue haciéndose más sofisticada con el paso de los años. En los retratos de la Khokhlova por ejemplo, la mujer que puede contemplarse en los albores de su unión, en 1917, no se parece en ningún aspecto a la que pintó en la última época, cuando la relación estaba tocando a su fin. Este mismo proceso de corrupción de la imagen de la mujer se reprodujo con la Gilot, a quien, al final de su vida en común, una vez que ella le había abandonado, la retrató con el rostro partido por la mitad.
Bernardo Laniado Romero (1964), historiador ecuatoriano y ex director del Museo de Picasso en Málaga y actual del de Barcelona, sostuvo en una entrevista que "Picasso, a lo largo de su larga carrera artística, se centra en la representación del cuerpo de la mujer. Su obra incluye todo tipo de temas, pero es este el que ocupa un altísimo porcentaje de su producción. No es de sorprender que sus múltiples experimentaciones con la representación de la realidad estén centradas en el cuerpo femenino". Por su parte, en su ensayo" Picasso y las mujeres", la psicóloga madrileña Paula Izquierdo (1962) sostiene que a Picasso las mujeres le producían un entusiasmo inicial que despertaba su creatividad, pero cuando la relación decaía la imagen de la mujer retratada se deterioraba hasta convertirla en un esperpento.
Picasso, que durante la Primera Guerra Mundial había visto partir y morir amigos sin inmutarse demasiado, tuvo una postura diferente ante la Guerra Civil en España. Tras el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica el 26 de abril de 1937, simultáneamente ingresó al Partido Comunista español y comenzó el "Guernica", su cuadro más famoso. Trabajó durante dos meses, esbozando varios bocetos: en todos estaban presentes los caballos heridos, los toros, las bocas que gritan, los cadáveres. También grabó en dos planchas de cobre "Sueño y mentira de Franco", un conjunto de dieciocho pequeñas imágenes con un contenido claramente político, como denuncia contra la Guerra Civil y contra el dictador Francisco Franco (1892-1975).


Durante la Segunda Guerra Mundial permaneció en París. Sus cuadros se salvaron del saqueo nazi porque pertenecían al "arte degenerado" y no reflejaban "las imágenes tal cual son". En 1945 ingresó al Partido Comunista Francés, División Europa. Según narra el politólogo y periodista español Miguel Orozco (1953), autor del ensayo "Picasso litógrafo y militante", el pintor malagueño se afilió al Partido Comunista "como tantos españoles lo hicieron en los años ‘70, porque era el partido político más prestigioso, el que había dado la cara durante la dictadura y era como la familia que querían tener".
Sin embargo, Picasso tuvo diferencias de práctica política con el Partido, a cuyos cuadros perteneció hasta 1956, fecha en que la Unión Soviética invadió Hungría. Dolores Ibarruri "La Pasionaria" (1895-1989), presidenta del Partido Comunista español, desde Moscú adhirió a la invasión mientras que Santiago Carrillo (1915-2012), secretario general, perteneciente a la generación intermedia, se mantuvo sin definirse y los cuadros jóvenes exigían un pronunciamiento de repulsa. Picasso se identificó con esta última actitud y pidió oficialmente el relevo de militancia y nunca más participó en ningún acto oficial del Partido. No obstante, siguió aportando económicamente al partido hasta el día de su muerte.
Había habido choques anteriores. En 1948, invitado por el periodista y escritor ucraniano Ilya Ehremburg (1891-1967), participó del Congreso Mundial de la Paz en Varsovia. Cuando un delegado soviético se levantó para atacar "la pintura decadente de Pablo Picasso", los delegados polacos salieron en su defensa. En medio del escándalo, Picasso, dirigiéndose a su detractor le espetó: "Usted enséñeme de economía, yo le enseñaré de arte". En el siguiente congreso, celebrado en París en 1949, el poeta francés Louis Aragon (1897-1982) seleccionó una litografía de una paloma dibujada por Picasso, la que iba a convertirse en el más famoso símbolo de la paz en todo el mundo.


Cuatro años después, tras la muerte del dictador Iósif Stalin (1878-1953), como homenaje publicó un retrato suyo en "Les Lettres Francaises" a pedido de su director, el susodicho Aragon. El Partido Comunista Francés lo desaprobó al día siguiente: "Sin poner en duda los sentimientos del gran artista Picasso, de quienes todos conocen la adhesión a la causa de la clase obrera, la secretaría del Partido Comunista Francés lamenta que el camarada Aragon, miembro del Comité Central, que por otra parte lucha valientemente por el desarrollo del arte realista, haya permitido su publicación".
Mientras tanto, en mayo de 1951 Picasso -de setenta años- inició un romance con Genevieve Laporte (1926-2012) por entonces de tiernos veinticuatro años de edad. El vínculo se mantuvo hasta 1953, año en que tanto Laporte como Gilot abandonaron al pintor. Incansable, ese mismo año conoció a Jaqueline Roque (1926 -1986) en un taller de cerámica, entablando una relación sentimental al parecer menos conflictiva. En 1961 se casó con ella y convivieron en diversas casas de la Riviera francesa, rodeados de cercos de protección y un ejército de guardias que custodiaban su trabajo. Dentro, entre mascarillas incas, naranjas, estatuillas africanas y gatos, Picasso siguió pintando o grabando hasta el día de su muerte el 8 de abril de 1973.
La que sería su compañera durante veinte años fue una mujer muy controvertida, muy criticada por considerársela como la responsable de su aislamiento del resto del mundo, ya que ella era quien decidía si podía ver a sus amigos o no y a muchos de ellos les impedía visitarlo, lo mismo que a sus hijos y a sus anteriores amantes. Tanto es así, que no dejó ir al entierro a uno de sus nietos, Pablito. El muchacho, el mismo día en que le prohibieron la entrada, se envenenó con lejía y murió a los dos días, después de una brutal agonía. Ella se suicidó en 1986, disparándose con un arma de fuego en la cabeza.
El novelista Pío Baroja (1872-1956), uno de los grandes escritores que actuaron en la época en que Picasso comenzaba a provocar tanto críticas como elogios, recordó su encuentro con el pintor: "Me pareció un joven simpático, un poco turbulento, amigo de mixtificaciones y de exageraciones". Unos años más tarde, el autor de "La busca" y "El árbol de la ciencia" recalcó: "Es un hombre que ha intrigado al mundo entero durante mucho tiempo. Es posible que la suya haya sido la habilidad del hombre que sabe que sin disfraz no va a conseguir el éxito, y va tomando todas las máscaras que ha encontrado al paso. Creer que Picasso ha descubierto algo, como Einstein o como Plank, me parece muy cándido y muy inocente. Quedará en la historia de la pintura como un tipo raro. A mí me parece un excéntrico musical, un divo".
El escritor argentino Marco Denevi (1922-1998) fue más benevolente: "Picasso participó de todas las aventuras del arte, tocó todos los temas, hurgó en todos los escaparates. Si hay un pintor universal, ése es Picasso. Siempre fue español hasta la médula. No se concibe ni a Picasso hombre ni a su pintura sin España, sin la clave española que lo explica desde adentro, sin la pasión española violenta, vital, caprichosa, rebelde, iconoclasta, a ratos fúnebre y a ratos jocunda que lo anima como antes animó a Goya y todavía antes a Velázquez. Esto es un ejemplo para cualquier artista, porque Picasso, español hasta el tuétano, no lo es ni por pintoresquismo ni por folklore, sino por una fidelidad de carácter que, por eso mismo, no rehuyó ni el desafío ni la confrontación con el universo entero".

18 de julio de 2020

Charles Darwin: evolución y felicidad

A pesar de haber revolucionado al mundo como pocos hombres lo consiguieron, Charles Darwin (1809-1882) jamás creyó que lo suyo fuese para tanto: ni valoró en exceso los méritos de su monumental libro "The origin of species" (El origen de las especies) que lo pondría a la altura de científicos como Nicolás Copérnico (1473-1543), Galileo Galilei (1564-1642)​​ e Isaac Newton (1643-1727), ni creyó haber dado una estocada mortal a Dios. En cambio, se mostró sorprendido por el éxito cosechado y se limitó a perseguir ese estado tan valioso que, según él mismo afirmaba, tanto beneficia a la evolución: la felicidad.
En su libro "Autobiography" (Autobiografía, 1876), explicó: "Este libro (‘El origen de las especies’) desde el principio disfrutó de un tremendo éxito. La primera y corta edición integrada por 2.250 ejemplares se vendió en su totalidad el mismo día de la publicación, y una segunda edición de 3.000 ejemplares poco después. Hasta la fecha se han vendido en Inglaterra 16.000 ejemplares. Puede considerarse una gran venta. Ha sido traducido a prácticamente todos los idiomas europeos, incluso a lenguas como el español, el bohemio, el polaco y el ruso. También ha sido traducido al japonés y es objeto allí de numerosos estudios. ¡Incluso ha aparecido un ensayo en hebreo sobre el libro, en el que se demuestra que la teoría estaba ya presente en el Antiguo Testamento! Las reseñas fueron asimismo muy numerosas. Durante un tiempo coleccioné todo lo que aparecía sobre él y sobre mis libros relacionados: la cantidad asciende (excluyendo reseñas en periódicos) a 275, pero al cabo de un tiempo dejé correr el intento, desesperado. Han aparecido posteriormente muchos ensayos y libros; y en Alemania aparece cada uno o dos años un catálogo o bibliografía sobre el tema. No me cabe duda de que, en conjunto, mi obra se ha visto alabada con exceso".
Más adelante, Darwin dice con humildad: "Mis costumbres son metódicas, lo que ha resultado muy útil para mi línea de trabajo en concreto. Además, he tenido la gran suerte de no tener que ganarme el pan. Incluso la enfermedad, pese a haber aniquilado varios años de mi vida, me ha evitado las distracciones de la vida social y la diversión. Por lo tanto, mi éxito como hombre de ciencia, haya sido el que haya sido, ha venido determinado, según puedo entender, por unas cualidades y condiciones mentales complejas y variadas. De entre ellas, las más importantes han sido el amor por la ciencia, la ilimitada paciencia para reflexionar largamente sobre cualquier tema, la laboriosidad en la observación y la recolección de datos, y una buena cantidad de inventiva así como de sentido común. Con las moderadas habilidades que poseo, resulta realmente sorprendente que haya influido de un modo tan considerable en las creencias de los científicos sobre algunos importantes puntos".
Nacido en Sherewsbury, una ciudad del condado de Shropshire, en el oeste de Inglaterra, en 1825 ingresó por decisión de su padre, un acaudalado hombre de negocios, en la University of Edinburgh para estudiar medicina. Sin embargo, al cabo de apenas dos cursos, no consiguió interesarse por la carrera por lo que, también a instancias de su padre, ingresó en el Christ's College de Cambridge para seguir una carrera eclesiástica y ordenarse como pastor anglicano.
Más que de los estudios académicos que se vio obligado a cursar, de su paso por aquella universidad Darwin extrajo provecho de su asistencia voluntaria a las clases del clérigo, botánico y entomólogo John Stevens Henslow (1796-1861), cuya amistad le reportó "un beneficio inestimable". Fue él quien lo convenció de que profundizase en el estudio de las diversas disciplinas científicas que comprende la historia natural y el que tuvo una intervención directa en un acontecimiento que determinaría su futuro: la expedición a bordo del bergantín HMS Beagle que entre 1831 y 1836 recorrió el mundo capitaneado por el vicealmirante Robert Fitz Roy (1805-1865).
De allí en adelante, Darwin pasaría treinta años de su vida recopilando datos, viajando y experimentando. Tres décadas donde observó y estudió a comunidades de personas de todo el mundo y también a animales, tanto domésticos como salvajes. Cuando en 1859 formuló sobre bases científicas la moderna teoría de la evolución biológica en "El origen de las especies", despertó airadas reacciones de los estamentos eclesiásticos dado que el modelo evolutivo por él expuesto cuestionaba el origen divino de la vida y del hombre. Las implicaciones teológicas de la obra, que atribuía a la selección natural facultades hasta entonces reservadas a la divinidad, fueron causa de que inmediatamente empezara a formarse una enconada oposición de la Iglesia Católica, que señalaba que las especies eran parte inmutable de una jerarquía diseñada por Dios y que los seres humanos eran únicos, sin relación con otros animales.
El ensayo también causó una auténtica conmoción en la conservadora sociedad británica del siglo XIX, que lo consideraba como una herejía, por lo que recibió los más feroces e insultantes ataques a su persona. Darwin se mantuvo apartado de una intervención directa en la controversia pública y siguió investigando durante el resto de su vida. Sus últimos diez años, en los que se agravaron sus  problemas cardíacos que padecía desde joven, los dedicó a diversas investigaciones en el campo de la botánica.
Poco antes de fallecer, recibió una misiva del abogado Frederick McDermott (1856-1924) en la que le interrogaba sobre su postura ante las creencias fundamentales del cristianismo. "Para poder disfrutar de sus libros, necesito saber que al final no perderé mi fe en el Nuevo Testamento. El motivo de mi carta es, por lo tanto, pedirle que me responda Sí o No a la pregunta de si cree en el Nuevo Testamento". Darwin, en una carta de su puño y letra, le respondió: "Siento tener que informarle de que no creo en la Biblia como revelación divina y por lo tanto tampoco en Jesucristo como hijo de Dios".
A la hora de hablar sobre Darwin, grandes personalidades de la historia dejaron constancia de la admiración y el respeto que el científico británico había despertado en ellos. Así por ejemplo, el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883) comentó en 1861: "El libro de Darwin es muy importante y me sirve de base en ciencias naturales para la lucha de clases en la historia. Desde luego que uno tiene que aguantar el crudo método inglés de desarrollo. A pesar de todas las deficiencias, no sólo se da aquí por primera vez el golpe de gracia a la teología en las ciencias naturales sino que también se explica empíricamente su significado racional".
Para el autor de "Das kapital" (El capital), Darwin había trasladado a la biología los argumentos del economista escocés Adam Smith (1723-1790) sobre la lucha individual y egoísta, encontrando en ello similitudes entre la selección natural y la situación social en Inglaterra, por lo que escribió en una carta a su amigo y colaborador Friedrich Engels (1820-1895): "Darwin reconoce entre las bestias y las plantas a su sociedad inglesa, con su división del trabajo, su competencia, su apertura de nuevos mercados, sus ‘invenciones’ y la ‘lucha por la supervivencia’ malthusiana. Es el ‘bellum omnium contra omnes’ (la guerra de todos contra todos) de Hobbes".
Por su parte, científicos evolucionistas del siglo XX también dijeron lo suyo. El mundialmente reconocido biólogo alemán Ernst Mayr (1904-2005) explicó en "Populations, species and evolution" (Poblaciones, especies y evolución), ensayo publicado en 1970: "Darwin movió las bases del pensamiento occidental y desafió ciertas ideas mundialmente aceptadas. Sin embargo, la importancia de sus logros fue gradualmente reconocida. Hasta hace cincuenta años, el nombre de Darwin no se destacaba mucho; nadie lo leía. A pesar de la ignorancia de la mayoría, ahora es un boom. Cada vez más personas desean saber qué es lo que Darwin realmente dijo".
Y en "What makes biology unique" (Por qué es única la biología), aparecido en 2004, escribió: "Al reemplazar la ciencia divina por la laica, Darwin revolucionó profundamente las ideas del siglo XIX. Pero su impacto no se limitó a la evolución y a las consecuencias del pensamiento evolucionista, incluidas la evolución ramificada (ascendencia común) y la posición de los seres humanos en el universo (descendencia de los primates); también entrañó una serie completa de ideologías nuevas. Eran, en parte, refutaciones de conceptos venerables tales como el de teleología, y en parte, la introducción de conceptos enteramente nuevos, como el de biopoblación. En conjunto, produjeron una real conmoción revolucionaria en el pensamiento de los seres humanos actuales".
Stephen Jay Gould (1941-2002), célebre biólogo y paleontólogo estadounidense dijo en su ensayo de 1977 "Ever since Darwin" (Desde Darwin): "Una famosa historia victoriana informa de la reacción de una dama aristocrática a la principal herejía de su época: 'Confiemos en que lo que dice el señor Darwin no sea cierto; pero, si es verdad, confiemos en que no se sepa de manera general'. Los profesores continúan relatando esta historia como una humillación hilarante de los delirios de clase. Sin embargo, deberíamos rehabilitar a aquella dama como una aguda analista social y, al menos, como una profetisa menor. Porque lo que el señor Darwin dijo es, efectivamente, cierto".
Además, en uno de los artículos que componen "The panda's thumb" (El pulgar del panda) de 1980 afirmó: "Cuando conocemos su lucha personal por entender, la amplitud de esfuerzos constantes por aumentar su comprensión de sus estudios e inquietudes intelectuales, y la tenacidad de su investigación en busca de un mecanismo que explicara la evolución de los seres vivos, comprendemos por qué Pasteur afirmó que en materia científica, la diosa fortuna sólo visita a las mentes que están preparadas para recibirla".
En el mismo sentido se expresó en 1982 el etólogo británico Richard Dawkins (1941) en "The extended phonotype" (El fenotipo extendido): "Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Un hombre llamado Charles Darwin. Para ser justos debemos señalar que otros percibieron indicios de la verdad, pero fue Darwin quien formuló una relación coherente y valedera de por qué existimos".
Recientemente, en el marco del Congreso Futuro llevado a cabo en Chile en enero de 2019, Dawkins comenzó su charla diciendo: "He sido ateo desde la adolescencia y, para algunas personas, el ateísmo está inspirado por consideraciones políticas, Dios como un divino dictador de los cielos", para luego afirmar que la ciencia es la clave para entender el mundo y el origen: "El ejemplo darwiniano debiera darnos a todos coraje y valor para enfrentarnos a la realidad y decir que vamos a explicarlo, y si la ciencia no lo puede explicar, nada lo puede explicar", comentó.
Asimismo, el filósofo estadounidense Daniel Dennett (1942), que en algunos aspectos está enfrentado a Gould, reconoció no obstante en su ensayo de 1996 "Darwin's dangerous idea" (La peligrosa idea de Darwin): "Casi nadie es indiferente a Darwin, y nadie debería serlo. La teoría de Darwin es una teoría científica, pero no sólo eso. Los creacionistas que se oponen tan amargamente tienen razón en una cosa: la peligrosa idea de Darwin penetra más profundamente en el entramado de nuestras creencias fundamentales de lo que muchos de sus refinados apologistas han admitido hasta ahora. Darwin está hoy más allá de cualquier disputa científica. Es concebible que nuevos descubrimientos puedan conducir a cambios llamativos e incluso ‘revolucionarios’ en la teoría de Darwin, pero la esperanza de que sea refutada por algunos progresos fulgurantes sería casi tan poco razonable como la esperanza de retornar a la visión geocéntrica y rechazar a Copérnico".
Naturalmente, el darwinismo generó un grave problema a los fervorosos y testarudos afiliados a la derecha religiosa, quienes -sin que se les mueva un músculo de la cara- afirman que los seres vivos son demasiado complejos como para haberse creado por los mecanismos evolutivos propuestos por Darwin, por lo que sugieren la inevitabilidad de la existencia de un diseñador inteligente. Los creacionistas -así se autodenominan los miembros de esta secta- también afirman que el planeta Tierra tiene sólo seis mil años y fue creado por Dios en seis días; que Noé trasladó en su arca a los dinosaurios, los que no se extinguieron hasta hace poco y es posible que haya algunos vivos; y que las razas del mundo son el resultado de la Torre de Babel. Lo más grave de todo esto es que, semejantes disparates son avalados por el 42% de la población estadounidense.
A propósito de esto -y como una acotación al margen-, es recomendable la lectura de "A history of the world in 10½ chapters" (Una historia del mundo en 10 capítulos y medio, 1997) del novelista británico Julian Barnes (1946), quien en la primera parte de su libro traza con fina ironía una visión de la historia del arca de Noé desde el punto de vista de una carcoma, un insecto de la familia de los coleópteros que vive en las grietas superficiales de la madera, dañándola del mismo modo que otros insectos de aspecto humano -muy ornamentados ellos- dañan a la inteligencia.
Como asegura el matemático argentino Leonardo Moledo (1947) en su breve ensayo "Papá mono" (2006): "Desde ya, la religión es el principal problema que afronta el darwinismo y que le vale el odio oscurantista. Y es que ni la Iglesia Católica, ni los reaccionarios creacionistas norteamericanos se equivocan: el darwinismo le da a la religión una estocada mortal". No en vano se pretendió en Estados Unidos eliminar de los libros de texto escolares las teorías evolucionistas para sustituirlas por la pseudo ciencia creacionista.
El propio Darwin se mostraba cuidadoso por el odio oscurantista proveniente de la religión que su obra pudiese despertar. En otro pasaje de su "Autobiografía" afirmó: "Debo decir que la imposibilidad de concebir que este grandioso y maravilloso universo surgiera por casualidad, me parece el principal argumento en defensa de la existencia de Dios. Pero nunca he sido capaz de determinar si este argumento tiene validez real. En mis fluctuaciones más extremas, nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de un dios. Creo que, en general, pero no siempre, agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental. La ciencia no tiene nada que ver con Jesucristo, excepto en la medida en que la costumbre de la investigación científica hace al hombre cauteloso en lo que a admitir la evidencia se refiere".
Está claro que Darwin siguió puntillosamente los consejos de su amigo, el abogado y geólogo Charles Lyell (1797-1875), quien le había advertido encarecidamente que se cuidara de involucrarse en controversias ya que éstas rara vez servían de nada y provocaban una triste pérdida de tiempo y humor, sobre todo teniendo en cuenta los nefastos antecedentes de la Iglesia Católica en cuanto a su tradicional postura ante la ciencia.
Además de "El origen de las especies", el célebre naturalista inglés también escribió trabajos sobre las emociones. Así, la aportación que hizo con "The expression of the emotions in man and animals" (La expresión de las emociones en el hombre y los animales), publicado en 1872, enunció la idea de que todas las personas (e incluso los animales) muestran sus emociones a través de comportamientos similares. Es más, Darwin explicó en aquella época que sensaciones como la sorpresa, el miedo, la tristeza o la felicidad, se expresaban de igual manera en todo el mundo. Estas afirmaciones no fueron una opinión puntual del clásico científico que interpreta la realidad desde su despacho.
Para él, su teoría cimentaba la felicidad como un valor biológico superior al sufrimiento: "Si todos los individuos de cualquier especie sufrieran habitualmente en grado extremo, acabarían desatendiendo la propagación de su especie. El dolor o el sufrimiento de cualquier tipo, de prolongarse durante mucho tiempo, acaban provocando depresión y disminuyendo la capacidad de reacción. Por otro lado, las sensaciones placenteras pueden prolongarse durante mucho tiempo, sin provocar ningún efecto deprimente; lo que ocurre, en consecuencia, es que la mayoría o la totalidad de los seres vivos se han desarrollado de tal modo que, a través de la selección natural, esas sensaciones placenteras acaban convirtiéndose en sus guías habituales".
Ciertamente, para Darwin no tenía sentido que la evolución generase seres infelices. Era el ánima, palabra proveniente del griego "anemos", la que, aplicando el pensamiento de Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.), proveía a los integrantes del ​​​reino animal -incluidos los seres humanos- "las ganas de vivir", la alegría. Darwin era un científico feliz y siempre creyó que su teoría contribuiría a cimentar la felicidad como un valor biológico superior al sufrimiento. Para él, la proclividad a la felicidad era la mejor manera de favorecer la evolución del hombre. A pesar de los fundamentalismos religiosos...

10 de julio de 2020

Arthur Schopenhauer: el dolor de la existencia y el cansancio de vivir


"En previsión de mi muerte, hago esta confesión: desprecio a la nación alemana a causa de su necedad infinita y me avergüenzo de pertenecer a ella". Este lapidario testimonio fue escrito poco antes de su muerte por quien es considerado uno de los filósofos más brillantes del siglo XIX, no sólo de Alemania sino de todo el mundo occidental. Evidentemente, el pesimismo de Arthur Schopenhauer -de él se trata- no sólo se remitió a las mujeres, el matrimonio, la política y la moral; también abarcó a su pueblo de origen.
El precursor del pesimismo metafísico moderno nació en Danzig el 22 de febrero de 1788 en el seno de una familia adinerada. En 1793, cuando esa ciudad pasó a ser gobernada por Prusia, la familia se trasladó a Hamburgo. Allí recibió educación en una escuela especializada en capacitación para negocios ya que su padre no le permitió acceder a una formación clásico-humanista pues quería que se dedicara al comercio. Por ese motivo, el futuro filósofo tuvo la posibilidad de viajar entre 1800 y 1805 por Europa (Bohemia, Holanda, Inglaterra, Francia, Suiza, Austria, Silesia y Prusia), realizando operaciones comerciales para su progenitor. Durante esos años escribió un diario en el que ya se manifestaba su actitud pesimista ante la vida.
Sólo la muerte de su padre en 1805 le permitió finalmente entregarse al estudio del latín y del griego y, en 1809, la mayoría de edad le hizo acceder a la herencia paterna, de cuyas rentas pudo vivir cómodamente toda su vida. Ese mismo año se matriculó en medicina en la Universidad de Gotinga donde, impulsado por el  filósofo Gottlob Schulze (1761-1833), estudió también filosofía. Fue entonces cuando se sintió especialmente atraído por el pensamiento de Aristocles Podros -Platón- (427-347 a.C.) y de Immanuel Kant (1724-1804), los dos grandes inspiradores de su futura profesión. A ellos luego agregaría a Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) y a Baruch Spinoza (1632-1677).
Entre 1811 y 1813 residió en Berlín, donde se sintió decepcionado por las enseñanzas de los filósofos alemanes Johann Fichte (1762-1814) y Friedrich Schleiermacher (1768-1834). Decidió entonces radicarse en Weimar, donde vivía su madre, y allí se relacionó con el escritor Johann von Goethe (1749-1832) y experimentó la seducción por la antigua filosofía hindú de la mano del historiador orientalista Friedrich Majer (1772-1818), una seducción que no iba a durar mucho tiempo lo mismo que su amistad con el autor de "Werther".
En 1814 se doctoró en la Universidad de Jena con su tesis "Über die vierfache wurzel des satzes vom zureichenden grunde" (La cuádruple raíz del principio de razón suficiente). Por entonces ya residía en Dresden , donde en 1815 publicó "Über das sehn und die farben" (Sobre la visión y los colores) -una obra en la que quedó expuesto su distanciamiento de Goethe- y comenzó la elaboración de su obra cumbre: "Die welt als wille und vorstellung" (El mundo como voluntad y representación), que se publicaría en 1819.
Cuando esto ocurrió, resultó un fracaso económico y no suscitó ningún eco en los ámbitos académicos. En ella había escrito: "Yo no soy un grafómano, ni un fabricante de manuales, ni un buscador de honorarios; no soy alguien cuya pluma esté bajo influencia de metas personales. No aspiro más que a la verdad con la sola intención de entregar mis pensamientos en custodia, de manera que puedan ser útiles a los que sepan apreciarlos y meditar sobre ellos".


Luego de un viaje por Italia, Schopenhauer comenzó a dictar clases en marzo de 1820 en la Universidad de Berlín, en donde intentó competir y suplantar a quien era por entonces el filósofo oficial de la nación y gozaba de una inmensa popularidad: Georg W.F. Hegel (1770-1831), pero no consiguió su propósito. Su fugaz paso por los claustros duró sólo seis meses. En 1831, huyendo de una epidemia de cólera -que ese mismo año se cobró la vida de Hegel- Schopenhauer se radicó en Frankfurt, donde llevó una vida apacible y recluida durante los últimos veintiocho años de su vida, sumergido en las ideas del teólogo dominico, místico y filósofo ecléctico alemán Meister Eckhart (1260-1328) y del teósofo y místico alemán Jakob Boehme (1575-1624).
Tras instalarse definitivamente en esta ciudad, en 1836 publicó "Ueber den willen in der natur" (Sobre la voluntad en la naturaleza) y en 1841 "Die beiden grundprobleme der ethik" (Los dos problemas fundamentales de la ética). Allí, a orillas del rio Main, el filósofo tenía su casa y en sus aguas solía bañarse tanto en invierno como en verano. Ya por entonces, Schopenhauer era un hombre de vida taciturna y desolada, y según Bertand Russell (1872-1970) "incapaz, por temperamento, de ser feliz y, por consiguiente, declaró que la felicidad era inalcanzable".
De este modo vivió esporádicos amores libertinos y culposos con sirvientas y prostitutas, manifestando su misoginia y su condena del amor y del sexo. Estas experiencias serían recogidas en pequeñas publicaciones editadas muchos años después de su muerte con los nombres de "Über die weiber" (Sobre las mujeres) y "Die kunst, glücklich zu sein, oder Eudämonologie" (Eudemonología. El arte de ser feliz) en las que destilaba amargura y desazón.


En 1844 apareció la segunda edición -ampliada- de "El mundo como voluntad y representación", la que siguió sin despertar una amplia repercusión pero empezó a influir en un pequeño núcleo de entusiastas seguidores de sus obras, y un año más tarde comenzó a trabajar en "Parerga und paralipomena" (Parerga y paralipómena), una colección de ensayos y aforismos. Durante las jornadas revolucionarias de 1848 en Frankfurt, Schopenhauer adoptó una actitud contrarrevolucionaria militante y recién con la publicación en 1851 de esta obra se convirtió en famoso y reconocido. Varios de los capítulos de la misma aparecerían en idioma español muchos años después de su fallecimiento bajo el título "El  amor, las mujeres y la muerte".
La segunda edición, en 1854, de "Sobre la voluntad en la naturaleza" le permitió a Schopenhauer -que se sentía víctima de una campaña contra su obra-, exclamar: "Ha empezado a leérseme y ya no se dejará de hacerlo. Se les ha agotado el recurso, habiéndoseles delatado el secreto; el público me ha descubierto. Grande es, pero impotente, el resquemor de los profesores de filosofía, pues una vez agotado aquel recurso, único, eficaz y con éxito aplicado por tanto tiempo, no hay ya ladridos que puedan impedir la eficacia de mi palabra, siendo en vano que digan esto el uno y el otro aquello. Harto han hecho con lograr que se haya ido a la tumba la generación contemporánea de mi filosofía, sin enterarse de ésta. No era, sin embargo, más que una dilación; el tiempo ha cumplido, como siempre, su palabra".
Notable fue también la influencia ejercida por Schopenhauer sobre el compositor alemán Richard Wagner (1813-1883), quien leía con desagrado a Hegel, con dificultad a Kant y con pasión a Ludwig Feuerbach (1804-1872). Pero sin duda el gran cambio en el pensamiento de Wagner vino de la lectura, de la aportación intelectual que recibió de Schopenhauer en 1854, hecho que él mismo reconoció reiteradamente y sin recato llamando en adelante a Schopenhauer "nuestro filósofo" y manifestando su admiración y respeto absoluto por su pensamiento. "¡Parece un gato salvaje!" dijo Wagner para describir al filósofo, a quien invitó a su casa de Zurich y al que dedicó "Der ring des Nibelungen" (El anillo de los nibelungos). Como muchos artistas, Wagner se sintió arrebatado por la doctrina de Schopenhauer que, según su propia expresión, fue para el músico "un verdadero regalo del cielo".


En 1859 apareció la tercera edición de "El mundo como voluntad y representación", a la cual le añadió algunas aclaraciones y, un año más tarde, el 21 de septiembre de 1860, a los setenta y dos años falleció en Frankfurt como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio. Desde ese momento no dejó de crecer la influencia de su filosofía, de la que dijo el escritor alemán Thomas Mann (1875-1955): "Es una filosofía eminentemente artística, más aún, la filosofía por excelencia de los artistas". Esa influencia puede rastrearse con facilidad en Sigmund Freud (1856-1939), Friedrich Nietzsche (1844-1900), Emile Cioran (1911-1995) y Jorge Luis Borges (1899-1986) entre muchos otros. Este último, precisamente, escribió en "El hacedor", su obra publicada en 1960: "Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer".
Incluso el creador de la teoría de la relatividad -uno de los avances científicos más importantes de la historia- Albert Einstein (1879-1955), dejó constancia en su "Mein weltbild" (Mi visión del mundo) su admiración por Schopenhauer. "No creo en absoluto en la libertad del hombre en un sentido filosófico -escribió-. Actuamos bajo presiones externas y por necesidades internas. La frase de Schopenhauer: ‘Un hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere’, me bastó desde la juventud.  Me ha servido de consuelo, tanto al ver como al sufrir las durezas de la vida, y ha sido para mí una fuente inagotable de tolerancia. Ha aliviado ese sentido de responsabilidad que tantas veces puede volverse demasiado en serio, ni a mí mismo ni a los demás".
Para Schopenhauer el último peldaño en el camino hacia la liberación era la contemplación ascética y la renuncia del mundo. La tragedia de la vida surgía de la naturaleza de la voluntad, que incita al individuo sin cesar hacia la consecución de metas sucesivas, ninguna de las cuales puede proporcionarle satisfacción permanente a la actividad infinita de la fuerza de la vida. Así, la voluntad lleva a la persona al dolor y al sufrimiento, a un ciclo sin fin de nacimiento, muerte y renacimiento, y la actividad de la voluntad sólo puede ser llevada a un fin a través de una actitud de renuncia, en la que la razón gobierne la voluntad hasta el punto que cese de esforzarse.


En su ensayo "Schopenhauer, philosophe de l'absurde" (Schopenhauer, filósofo del absurdo), el filósofo francés Clément Rosset (1939-2018) afirmaba que Schopenhauer fue el primer filósofo que organizó su pensamiento alrededor de la idea genealógica, tal como ésta luego habría de inspirar las filosofías nietzscheana, marxista, freudiana y, sucesivamente, en una amplia medida, a toda la filosofía moderna.
"Así -explica Rosset-, tendría fundamento hablar de una ‘filosofía genealógica’, de la cual participarían filósofos tan distantes entre sí como Nietzsche, Marx y Freud: las tres trayectorias respectivas, para limitarse sólo a estos filósofos, tendrían en común un mismo valor crítico (ruptura con los análisis de tipo idealista) y un mismo valor metodológico (búsqueda de lo oculto debajo de lo manifiesto)". Esta concepción filosófica se opone a la idea de una historia lineal y propone a cambio la convicción de que ésta se desarrolla con saltos en el tiempo y con estructuras complejas que rompen con el supuesto orden lineal.
La tesis de Schopenhauer según la cual "la inteligencia obedece a la voluntad" bien podría representar el punto de partida de la filosofía genealógica, esto es, aquella que, según Friedrich Nietzsche (18944-1900), duda y cuestiona los prejuicios y valores de la moral occidental. O también aquella que, según Karl Marx (1818-1883) muestra como las ideas, los valores o las identidades sociales no son producto solamente de una filiación cronológica sino que emergen como producto de las relaciones de fuerza a lo largo de la historia o, según Sigmund Freud (1856-1939) como de una psicología de lo inconsciente.
Para sostener su tesis, Schopenhauer multiplicó los análisis psicológicos. "Entre dichos análisis -agrega Rosset-, figura un estudio de la obstinación y de la astucia de los tontos que merece una mención especial: Schopenhauer parece haber sido el primero en plantear el problema filosófico de la tontería, investigando sus rasgos fundamentales, no como una debilidad de las funciones intelectuales, sino dentro de un determinado uso de las funciones afectivas; así, se explica la ‘ingeniosa’ tontería de algunos testimonios de incomprensión y de la falsificación de las ideas y de los sentimientos por la voluntad". Algo que, hoy en día, a la luz de los acontecimientos actuales, parece tener más validez que nunca.


"Una vida feliz es imposible -escribió alguna vez Schopenhauer-; a lo máximo que puede aspirar el hombre es a una vida heroica. Obtiene una vida así quien, de alguna manera y por un motivo cualquiera, lucha con enormes dificultades por aquello que, en cierto modo, beneficia a todos y vence; pero al que luego, o bien se le recompensa pésimamente, o bien no se le recompensa en absoluto. Así pues, al final se queda con noble pose y magnánimo gesto. Su memoria permanece y se celebra como la de un héroe; su voluntad, en cambio, queda mortificada por toda una vida de fatigas y pesares, de malos resultados y de la ingratitud del mundo".
La vida, la muerte, el amor, las mujeres, la felicidad, las costumbres, la ética, la estética, la sabiduría, son todos temas sobre los que Schopenhauer se explayó a lo largo de su vida en sus numerosísimos aforismos, los que, tras su fallecimiento y a lo largo del siglo XX, fueron publicados en distintas ediciones temáticas. "La vida se presenta como una continua mentira", dijo en alguno de ellos, una aseveración que, al parecer, también tiene plena vigencia en nuestros días.

5 de julio de 2020

El supremo Augusto Roa Bastos


Augusto Roa Bastos, uno de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo XX, cuya narrativa ha recreado momentos y personajes de la vida de su país, y revelado los estragos producidos por el poder y las dictaduras militares en la región, nació en Asunción, Paraguay, el 13 de junio de 1917.
Pasó su niñez en el pueblo de Iturbe, en el Departamento de Guairá, al sureste del país, lugar que le sirvió de inspiración para muchas de sus creaciones. Cuando tenía unos trece años escribió su primer cuento, "Lucha hasta el alba", perdido y olvidado durante muchos años y recién aparecería publicado en la revista "Texto Crítico" del Centro de Investigaciones Lingüísticas Literarias de la Universidad Veracruzana en 1979. En 1932 se escapó de su casa para alistarse en el ejército, en donde trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco (1932/1935) contra Bolivia. Esos años, durante los que permaneció en la retaguardia, le proporcionaron anécdotas y vivencias que luego alimentaron su literatura.
En 1936 trabajó en Asunción como periodista para el diario "El País", del que luego fue director. Por entonces, junto a Josefina Pla (1909-1999) y Hérib Campos Cervera (1905-1953), inició la que sería la renovación poética paraguaya de la década del ‘40. Por entonces leía vorazmente a Rainer M. Rilke (1875-1926), Paul Valéry (1871-1945), Jean Cocteau (1889-1963), André Bretón (1896-1966) y, también, a algunos escritores estadounidenses. "Especialmente Faulkner, -recordó Roa Bastos- diría que ejerció una profunda influencia sobre todos los escritores latinoamericanos de mi generación, como Onetti y García Márquez. También hubo otros, como Hemingway, Hawthorne y Melville, que nos ayudaron a liberarnos de la pesadez del estilo español".
Hacia 1944 integró el grupo literario "Vy’a raity" (Nido de la alegría) junto a los escritores Josefina Pla (1903-1999), Hérib Campos Cervera (1905-1953), Hugo Rodríguez Alcalá (1917-2007), Óscar Ferreiro (1921-2004) y Elvio Romero (1926-2004), núcleo que jugará un rol fundamental en la renovación del lenguaje poético en el país. Por esa época lee mucho a los poetas Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Federico García Lorca (1898-1936) y Pablo Neruda (1904-1973), pero además se interesa por las obras de Karl Marx​​ (1818-1883) y de Sigmund Freud (1856-1939). También asume como Secretario de Redacción en el diario "El País", de corte opositor.


A fines de ese mismo año viajó a Inglaterra, invitado por el Consejo Británico, y trabajó allí como corresponsal para su periódico y también en la BBC de Londres, donde fue el primer locutor paraguayo. De regreso en Paraguay, sin afiliarse a partido político alguno, fue poniéndose del lado de las clases oprimidas de su país. Por entonces, ya había estrenado cuatro obras teatrales: "La carcajada" (1930), "La residenta" (1942), "El niño del rocío" (1942) y "Mientras llegue el día" (1946), y había publicado dos libros de poesía: "El ruiseñor de la aurora y otros poemas" (1942) y "El naranjal ardiente. Nocturno paraguayo" (1949). También reunió parte de sus artículos periodísticos en "La Inglaterra que yo vi " (1946), fruto de su primer viaje a Europa al tiempo que trabajaba en un banco de Asunción como empleado administrativo.
Cuando se produjo la revolución de 1947 el diario fue atacado y, cuando se ordenó su arresto, se ve obligado a refugiarse en la Embajada de Brasil donde permanece en calidad de asilado cerca de tres meses. Amenazado por la represión que el gobierno desató contra los derrotados en el intento de golpe de Estado, pudo abandonar Asunción cuando obtuvo un salvoconducto que le permitió viajar a la Argentina. Fue entonces que, establecido en Buenos Aires, sobrevivió con trabajos muy diversos y dio a conocer buena parte de su obra.
"El exilio fue una escuela permanente que me enseñó a ver las cosas con más seriedad. También significó dolor, como una muerte, un estado de duelo -explicó el autor años más tarde-. Me tomó de cuatro a cinco años salir de la depresión, recobrar mi dignidad como ser humano, que se había refugiado en las sombras. Me dediqué a escribir como un vehículo para recuperar mi condición humana, mi dignidad como persona".


Colaboró en las revistas literarias "El Escarabajo de Oro" y "El Grillo de Papel", que dirigían Abelardo Castillo (1935-2017) y Liliana Heker (1943), y en la más voluminosa aunque fugaz "Literatura y Sociedad" dirigida por Ricardo Piglia (1941-2017). Participó en debates, presentaciones de libros y escribió los guiones cinematográficos de las películas argentinas "Shunko", "Alias Gardelito" y "La sed" en 1960 y "Don Segundo Sombra" en 1970. Mientras tanto, consolidó su condición de narrador con las colecciones de relatos "El trueno entre las hojas" (1953), "El baldío" (1966), "Los pies sobre el agua" (1967), "Madera quemada" (1967), "Moriencia" (1969), "Cuerpo presente y otros cuentos" (1971), "El pollito de fuego" (1974), "Los congresos" (1974) y "El sonámbulo" (1976).
También abordó los problemas sociales y políticos de su país con sus novelas "Hijo de hombre" (1960) y "Yo el Supremo" (1974), en las que analizó episodios decisivos de la historia paraguaya. Esta última, una obra densa y multifacética, puede resultar abrumadora si no se tiene un sentido preliminar de su estructura. Esencialmente, Roa Bastos recopiló documentos a través de los cuales habla El Supremo: anotaciones privadas, partes de una circular perpetua que narra la historia de su país, un registro de sus orígenes familiares, transcripciones de textos dictados a su secretario privado, y un pasquín -en el que se exige que el dictador sea decapitado y sus seguidores ahorcados- que, supuestamente, está escrito por el propio Supremo, acto subversivo que persigue al dictador a lo largo de todo el libro.
Algunos comentaristas desconocidos también interrumpen la narración. En algunas notas se describe la condición de los documentos (incompletos, rotos, quemados) y se transcriben narraciones contemporáneas de la época, reales y apócrifas, que con frecuencia contradicen la versión de los hechos que narra El Supremo. El texto, de puntuación no convencional, no es fácil de leer, ya que con frecuencia los relatos combinan varias voces en una, desafiando la subjetividad en todo momento: Roa Bastos presenta varios narradores, mientras que el dictador juega con los tiempos de los verbos, hablando a veces en presente, en pasado e incluso en futuro cuando ocasionalmente habla desde la tumba.


"Esta novela es una reflexión de las tradiciones culturales del Paraguay, una expresión de la oralidad del guaraní. Porque en el guaraní la palabra es fundamental -contó Roa Bastos en 1996-. Toda creación en el cosmos guaraní se relaciona con la palabra. Mi necesidad, mi rebeldía como escritor, era levantarme contra los relatos establecidos. El escritor registra la palabra, pero no necesita entregarla como si ésta fuera la que tiene el mando. Lucho contra la palabra misma. Así, procuré inventar una forma trascendental de escritura, una metaescritura".
Otra dictadura, esta vez la del Proceso de Reorganización Nacional -que censuró y prohibió la difusión de la novela-, lo obligó en 1976 a abandonar la Argentina para trasladarse a Francia. Allí se integró al plantel de profesores de la Université de Toulouse donde enseñó literatura y guaraní hasta 1984. En esa ciudad tuvo oportunidad de participar del evento "Semana Latinoamericana" que organizó la universidad junto al escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguier (1930-2014) y los argentinos Julio Cortázar (1914-1984) y Juan José Saer (1937-2005).
De sus años en Argentina diría más tarde: "Realmente nunca me sentí exiliado en Argentina, país en que me habría gustado nacer si el Paraguay no hubiera existido. Y Buenos Aires siempre fue para mí y lo seguirá siendo hasta el fin de mis días la ciudad más hermosa del mundo, intemporal, cosmopolita y mágica. Un puro espejismo sobre el vértigo horizontal de la llanura pampeana. No comprenderé nunca por qué Borges se alejó de ella para morir".
En 1982, tras un breve viaje a su país, se le confiscó el pasaporte, fue privado de la ciudadanía paraguaya y expulsado del país acusado por el régimen dictatorial del general Alfredo Stroessner (1912-2006) de adoctrinar a la gente joven con la ideología marxista: como única prueba se presentaron documentos que demostraban que había estado en Cuba. Un año después obtendría la ciudadanía española y publicaba los libros de cuentos "Lucha hasta el alba ", "Antología personal" y "Contar un cuento y otros relatos".


Desde 1985 en adelante fue un opositor activo al gobierno de Stroessner y actuó como embajador no oficial del Acuerdo Nacional en Europa. En febrero de 1986 dio a conocer su "Carta abierta al pueblo paraguayo" donde preconizaba el fin de la dictadura y exigía el inicio de una transición a la vida democrática. Su labor de difusión de la realidad paraguaya fue intensa, recorriendo varios países y generando reacciones de apoyo a esa causa. En Buenos Aires participó del Primer Congreso Latinoamericano de Escritores junto a Juan Rulfo (1917-1986), Mario Benedetti (1920-2009) y Héctor Tizón (1929-2012) entre otros, y estableció junto a un equipo de colaboradores una agencia de noticias paraguayas para difundir a nivel internacional la labor de los sectores democráticos opuestos al régimen tiránico de su país.
En 1987 coordinó en Madrid las "Jornadas por la democracia en el Paraguay" junto a la periodista y escritora María Gloria Giménez Guanes (1948), un evento que contó con el apoyo del gobierno español, al que concurrieron más de cuarenta referentes del exilio interior y exterior paraguayos, así como personalidades políticas y culturales de Europa. Al año siguiente obtuvo el Premio de Letras del "Memorial de América Latina", otorgado en San Pablo, Brasil y, poco después de la caída de Stroessner, el 3 de febrero de 1989, regresó al Paraguay.
Ese mismo año obtuvo el Premio Cervantes, cuando ya despuntaba otro rico período en su literatura. En 1992 publicó la novela "Vigilia del Almirante" sobre Cristóbal Colón, seguida de "El fiscal" (1993), "Contravida" (1994) y "Madama Sui" (1996), uno de sus libros con mayor cantidad de paisaje paraguayo, que le valió la máxima distinción de su país: el Premio Nacional de Literatura. Evidentemente fue un escritor que nunca dejó de definirse como un campesino -"utilizo la palabra campesino con cierto orgullo, porque en mi obra he procurado recuperar la dignidad de ese término"-, que capturó el choque entre las culturas indígenas y extranjeras en su país y la rebelión y tenacidad del pueblo guaraní a través de sus obras.


Ya en su ocaso, publicaría "Los conjurados del quilombo del Gran Chaco" (2001) y "Un país detrás de la lluvia" (2002). Tras sufrir enfermedades coronarias durante largo tiempo, Augusto Roa Bastos murió en Asunción a los 87 años, el 26 de abril de 2005. "El tema del poder, en sus diferentes manifestaciones, aparece en toda mi obra, ya sea en forma política, religiosa o en un contexto familiar. El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros", dijo en una oportunidad el escritor, sintetizando el mayor de los ejes de su literatura. "Como escritor que no puede trabajar la materia de lo imaginario sino a partir de la realidad, siempre creí que para escribir es necesario leer antes un texto no escrito, escuchar y oír antes los sonidos de un discurso oral informulado aún pero presente ya en los armónicos de la memoria".
En "La narrativa paraguaya en el contexto de la narrativa hispanoamericana actual", ensayo publicado en 1984, resumió su concepción de la literatura: "La literatura se me representó siempre como una forma de vivir, una forma de realizar el conocimiento de lo incierto a través de las mutaciones y transformaciones de los múltiples aspectos de la realidad. Si la obra es válida, sus logros se realizan en el interior de la práctica misma del arte de narrar. Es aquí donde la subjetividad individual amalgamada con la conciencia histórica y social, la imaginación con la pasión moral, pueden dar a la literatura sus plenos poderes de mediación, de cuestionamiento y de iluminación de la realidad en sus ángulos más diversos y desconocidos".
En el mes de junio de 2017, con motivo de cumplirse el centenario de su nacimiento, Paraguay se volcó en la figura del escritor con una serie de conferencias, exposiciones y la reedición de "Yo el supremo". En esa oportunidad la poeta, novelista, dramaturga y Doctora en Historia por la Universidad de Asunción Renée Ferrer (1944), presidenta de la Academia Paraguaya de la Lengua Española, destacó la "excelente prosa" de Roa Bastos, su permanente "compromiso con la condición humana" y su "defensa de la libertad" que le permitió tener una "clara conciencia de las injusticias infringidas por los poderosos".

2 de julio de 2020

Entremeses literarios (CCIII)


EL JUEGO DE LA VIDA
Salvador Robles Miras
España (1956)

Era un viejo pobre y solitario que jugaba a todas horas, hasta en sueños jugaba. Y jugaba a lo único que tenía: vida vivida. Al amanecer, se imaginaba que era un mocoso que correteaba por el patio de la casa familiar; por la mañana, el mocoso se convertía en un adolescente que se comía con los ojos a la hija del tendero de su pueblo natal; al mediodía, el adolescente se transformaba en un apuesto hombre que, acompañado por la hija del tendero, ya una bella mujer, cortejaba al futuro en la orilla de la playa; por la tarde, el hombre se transmutaba en un padre primerizo que, junto a la mujer bella y amada, ahora madre, caminaba por el parque empujando la sillita en la que dormía plácidamente un hermoso bebé; al anochecer, el padre era un viejo viudo que se introducía en la cama acompañado de los recuerdos coleccionados en sus ochenta y cinco años de existencia. De madrugada, en sueños, se lo pasaba en grande jugando al juego de la vida.


OFICINA DE RECLAMACIONES
Raúl Brasca
Argentina (1948)

Oficina Estatal de Reclamaciones. El probo funcionario abre la ventanilla a las nueve en punto de la mañana. A las nueve y un minuto se presenta el primer reclamante, el segundo llega un par de segundos más tarde. Luego, con un intervalo de seis segundos, van llegando los demás. La cola es cada vez más larga. A las diez de la mañana son ya doscientos los reclamantes que esperan su turno. Los que llegan después de las diez encuentran cerrada la puerta de la calle y no se les permiten entrar en la Oficina.
A partir de este momento, por lo tanto, el cálculo es fácil: teniendo en cuenta que el probo funcionario necesita seis minutos para despachar a cada uno de los reclamantes, necesita mil doscientos minutos, es decir, veinte horas para atender a las doscientas personas que ahora esperan su turno en la cola, es decir, mucho más tiempo del que dura la jornada laboral. Muchos reclamantes, por lo tanto, se encontrarán con la ventanilla cerrada. Cuando cumpla las ocho horas dentro de su jaula, el probo funcionario cerrará la ventanilla y volverá a su casa para enfrentarse un día más con una mujer que, con los años, ha perdido todas las pestañas.
Más de cuatro ciudadanos no tendrán pues más remedio que volver mañana a la Oficina de Reclamaciones si realmente quieren que el Estado, por mediación del probo funcionario, atienda sus legítimas reclamaciones.


EL DISCURSO DEL HOMBRE INVISIBLE
Francisco Rodríguez Criado
España (1967)

- Y por lo que a mí respecta -sentenció el hombre invisible tras un largo e interesante discurso-, no soy más que lo veis.
La muchedumbre, que no veía nada, se dio media vuelta y abandonó en silencio la plaza, sintiéndose estafada. En verdad le habían gustado las palabras que allí habían escuchado, pero vivían en una sociedad -como ocurre con la actual- que premiaba no lo que se decía sino quién lo decía. Y resultaba del todo inaceptable aplaudir a un hombre que no daba la cara… El hombre invisible, avergonzado, se retiró adonde nadie pudiera verle.


LOS DOS POLÍTICOS
Ambrose Bierce
Estados Unidos (1842-1914)

Dos políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
- La recompensa que yo más deseo -dijo el primer político- es la gratitud de mis conciudadanos.
- Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el segundo político-, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el primer político murmuró:
- ¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recom­pensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.


EL ÚLTIMO BOMBÓN
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)

Ese domingo, se paró más temprano de lo usual porque al fin había llegado su día. Así que tan pronto abrió los ojos corrió a su tocador y tras rebuscar por unos minutos en sus gavetas lo encontró. El último bombón, de la caja de chocolates que había comprado hace años, antes de que la pandemia empezara, lucía tan delicado y apetitoso como siempre. Con nerviosismo lo tomó en sus manos y miró el calendario, la última vez que se había comido uno de esos había sido en su cumpleaños, meses atrás, y de tan sólo pensar que ese era el último de la caja le ponía los pelos de punta. Porque debido a la pandemia y el ataque alienígena, habían quedado confinados en sus casas viviendo de las provisiones básicas que el gobierno les daba, las cuáles nunca incluían bombones.
A pesar de que sus manos temblaban de la emoción, logró quitarle el envoltorio y apreció la belleza del chocolate por un momento, su color marrón oscuro le parecía inigualable. Luego se lo llevo a la nariz y lo olió, haciendo que su dulce y fuerte olor despertara aún más sus sentidos. Sin embargo, se tomó un momento antes de llevárselo a la boca, porque quería estar segura de que estaba preparada para disfrutarlo y degustarlo al máximo, al no saber cuándo podría tener otro de esos. Al sentirse lista, cerró los ojos y abrió la boca lentamente, pero mientras se llevaba el bombón a la boca...
- ¿Qué es eso, mami?
Su pequeño estaba parado en la puerta de la habitación mirándola lleno de curiosidad.
- ¡Ay! -gritó la mujer, pegando un brinco y casi soltando el bombón-. ¡Me asustaste, bebé! Esto es un chocolate, un dulce que comíamos y disfrutábamos hace mucho tiempo, incluso antes de que tú nacieras, -le explicó, mirando el bombón, luego a su hijo, luego al bombón de nuevo-. ¿Quieres probarlo? Es el último...
El pequeño asintió con la cabeza y corrió a donde estaba su madre, y arrancándole el bombón de la mano, muy egoístamente, se lo metió completo en su pequeña boquita en menos de un segundo. Tan pronto lo saboreó, el rostro del niño se iluminó y con una gran sonrisa anunció:
- ¡Está delicioso! ¡Nunca había probado algo tan rico!
- Sí que lo es esta, -estuvo de acuerdo la madre, quien sintió el dulce sabor del chocolate en su boca a pesar de no haberlo probado.


INFELICIDAD
Nicolás Jarque Alegre
España (1977)

Aguardaba el autobús debajo de una marquesina, cuando dos ancianos empezaron a reprocharse. La mujer no soportaba de su marido que dejase la pasta dentífrica fuera de su cubilete, que fuese tan despistado con las tareas domésticas ni sus cigarros a escondidas; el hombre le replicaba el exceso de sal en las comidas y el control férreo que sometía a todos sus actos. Entonces, recordé las disputas constantes de mis padres, la impotencia que sentía por asistir al intercambio de improperios y el miedo a que la familia se resquebrajase en cualquier momento. Por eso, al llegar a casa, le pregunté a Olga: “¿Me seguirás recriminando mi impuntualidad, que deje los platos sucios de la cena para el día siguiente o los domingos de sofá?”. “Sí, por supuesto”, me contestó con sinceridad y, por evitar que alguien en el futuro -quizás unos hijos- padeciesen nuestra infelicidad, recogí mis cosas y me marché.


LA JUSTICIA DE LOS ELEMENTOS
Henry van Dyke
Estados Unidos (1852-1933)

El asesino con corona había agotado todos sus recursos. Había contado una última mentira, pero ni sus sirvientes le creyeron. Había lanzado una última amenaza, pero ya nadie le temía. Había querido dar un último golpe de violencia y crueldad, pero ya no tenía fuerzas. Cuando vio su imagen reflejada en los ojos de los hombres, advirtió el daño causado en el mundo, sintió miedo y exclamó:
- Que la tierra me trague.
La tierra se abrió y lo tragó, pero él había hecho tanto mal y derramado tanta sangre, que la tierra volvió a abrirse y lo escupió.
El asesino gritó entonces:
- Que el mar me lleve.
Y las olas lo envolvieron. Pero él había llenado las profundidades con tantos huesos de hombres inocentes, que el mar no lo toleró y lo envió de vuelta a la orilla.
El asesino gritó entonces:
- Que el aire me lleve.
Y soplaron grandes vientos que lo remontaron. Pero el aire puro no soportó su peso y lo dejó caer.
Mientras caía, el asesino gritó:
- Que el fuego me dé refugio.
El mismo fuego con el cual él había arrasado hogares sintió un enorme regocijo, y las llamas se avivaron a medida que el asesino se acercaba.
- Bienvenido -aulló el fuego-. ¡Sé mi esclavo!
El asesino entendió entonces que no había esperanzas para él en la justicia de los elementos.


TRAGEDIA
Vicente Huidobro
Chile (1893-1948)

María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga. Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo. Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante. ¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo. Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.


MEDIA HORA LARGA
Beatriz Alonso Aranzábal
España (1963)

Dedicó veinticinco minutos a escribir un alegato a favor (o en contra) del asunto candente en su red social. Cuatro a responder a un email de trabajo. Tres a atender una llamada. Dos a pedir cita en el taller. Un minuto a compartir un curioso vídeo entre sus contactos. Treinta segundos a pedir un taxi. Quince a ponerse el abrigo. Un segundo a despedirse de su hijo con un beso.


LA DICHA DE VIVIR
Leopoldo Lugones
Argentina (1874-1938)

Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
- Yo soy el resucitado de Naim -dijo el hombre-. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?
- Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el Apóstol-. Es como si aquél volviera a nacer en la pureza del párvulo…
- Así lo creía y por eso vengo.
- ¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?
- Que me devuelva mis pecados -suspiró el hombre.