24 de enero de 2021

Cuentos selectos (XVIII). Liliana Heker: "La fiesta ajena"

Sucesivamente, entre 1959 y 1986 -con algunos intervalos- tres revistas literarias marcaron un hito en la historia social de la Argentina dando a conocer buena parte de la nueva literatura nacional y latinoamericana, y comprometiéndose ideológicamente con la realidad política y cultural de su tiempo. Se trata de “El Grillo de Papel”, “El Escarabajo de Oro” y “El Ornitorrinco”. Todas ellas fueron creadas y dirigidas por el escritor Abelardo Castillo (1935-2017), y en todas ellas, también, participó la narradora y ensayista argentina Liliana Heker (1943). Empezó a escribir desde muy joven y fue justamente en “El Grillo de Papel” donde, en 1960, apareció su primer cuento: “Los juegos”. “Yo tenía seis años y me pasaba las tardes inventándome historias en el patio de mi abuela, mientras giraba en círculos -cuenta-. Mis padres, que no tenían estudios ni plata pero eran muy inteligentes y amplios, siempre nos estimularon la lectura y mi hermana, seis años y medio mayor que yo, fue una lectora precoz y apasionada, así que, cuando aprendí a leer, ya había muchos libros en casa. A los siete años, sólo porque me gustó la tapa, saqué de la biblioteca una novela de la Condesa de Segur, ‘Las niñitas modelo’: letra chica y ninguna ilustración. Me encontré sumergida en la experiencia más fascinante que había vivido hasta entonces. Desde ese día nunca paré de leer”. Heker es una de las últimas representantes de una generación de escritores que combinó talento y compromiso político, aquella que protagonizó la contracultura de los años ’60 y ’70 marcada por los principios de libertad y responsabilidad individual que promovía el existencialismo de Jean Paul Sartre (1905-1980) y Simone de Beauvoir (1908-1986). Fueron años caracterizados por la agitación ideológica de una sociedad latinoamericana que comenzaba a despertar en medio de un período de gobiernos autoritarios en la mayoría de los países. La Revolución Cubana y la frustrada intervención por parte de Estados Unidos fueron acontecimientos que lograron llamar la atención pública de todo el mundo, tiempo antes de que se originara el fenómeno literario llamado “boom latinoamericano” protagonizado, entre otros, por escritores como Julio Cortázar (1914-1984), Gabriel García Márquez (1927-2014) y Carlos Fuentes (1928-2012). Fue en ese contexto en el que Heker sostuvo polémicas, publicó ensayos y críticas y participó de los encendidos debates ideológicos y culturales de aquellos años.


Además, desde 1978 coordinó talleres literarios en los que se formaron muchos de los mejores escritores argentinos de la actualidad, entre ellos Guillermo Martínez (1962) y Samanta Schweblin (1978). Su obra comprende los libros de cuentos “Los que vieron la zarza”, “Acuario”, “Las peras del mal”, “La crueldad de la vida” y “La muerte de Dios”; el tomo de novelas cortas “Un resplandor que se apagó en el mundo”; el de entrevistas “Diálogos sobre la vida y la muerte”; las novelas “Zona de clivaje” y “El fin de la historia”; y los volúmenes de ensayos “Las hermanas de Shakespeare” y “La trastienda de la escritura”. Sus cuentos completos han sido traducidos al inglés y muchos de sus relatos se han publicado también en Alemania, Rusia, Turquía, Holanda, Canadá y Polonia. Desde que empezó a escribir, siempre renegó de términos como “literatura femenina”. La suya es una toma de posición en cuanto a que esa adjetivación implica una mirada devaluada del asunto en cuestión. “Yo tomé conciencia de que ser mujer y ser escritora era un conflicto cuando me vinieron a hacer una entrevista de un suplemento y me preguntaron qué escriben las mujeres, qué leen las mujeres. Me agarró una furia terrible. ¿Si yo no puedo dar cuenta de mí misma cómo iba a dar cuenta de todas las mujeres? ¿Quién le iba a preguntar a un hombre cómo escriben o leen los hombres?”, recuerda con indignación. El cuento que sigue a continuación -“La fiesta ajena”- forma parte de “Los bordes de lo real”, un volumen publicado en 1991 que reúne, prologados y reordenados, sus tres primeros libros de cuentos.

LA FIESTA AJENA
 
Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
– No me gusta que vayas -le había dicho-. Es una fiesta de ricos.
– Los ricos también se van al cielo -dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
– Qué cielo ni cielo -dijo la madre-. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
– Yo voy a ir porque estoy invitada -dijo-. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
– Ah, sí, tu amiga -dijo la madre. Hizo una pausa-. Oíme, Rosaura -dijo por fin-, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
– Callate -gritó-. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
– Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
– ¿Monos en un cumpleaños? -dijo-. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
– Si no voy me muero -murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
– Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
– Está en la cocina -le susurró en la oreja-. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo”. Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
– ¿Y vos quién sos?
– Soy amiga de Luciana -dijo Rosaura.
– No -dijo la del moño-, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
– Y a mí qué me importa -dijo Rosaura-, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
– ¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? -dijo la del moño, con una risita.
– Yo y Luciana hacemos los deberes juntas -dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.
– Eso no es ser amiga -dijo-. ¿Vas al colegio con ella?
– No.
– ¿Y entonces, de dónde la conocés? -dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
– Soy la hija de la empleada -dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
– Qué empleada -dijo la del moño-. ¿Vende cosas en una tienda?
– No -dijo Rosaura con rabia-, mi mamá no vende nada, para que sepas.
– ¿Y entonces cómo es empleada? -dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
– Viste -le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”.
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
– ¿Al chico? -gritaron todos.
– ¡Al mono! -gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
– No hay que ser tan timorato, compañero -le dijo el mago al gordito.
– ¿Qué es timorato? -dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
– Cagón -dijo-. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
– A ver, la de los ojos de mora -dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
– Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
– Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
– Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”.
Ahí la madre pareció preocupada.
– ¿Qué pasa? -le preguntó a Rosaura.
– Y qué va a pasar -le dijo Rosaura-. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:
– Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
– Qué hija que se mandó, Herminia.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes.
– Esto te lo ganaste en buena ley -dijo, extendiendo la mano-. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

17 de enero de 2021

Keith Richards: “Todo depende de nosotros colectivamente. Todo el mundo tiene que hacer las cosas un poco mejor, sea lo que sea” (2)

Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra se enfrentaba a una dura realidad. Sus principales ciudades mostraban las cicatrices que habían dejado los bombardeos nazis y en la mente de sus habitantes todavía estaba muy presente el racionamiento de alimentos y la austeridad general que siguió al cese de hostilidades. Ante este panorama desalentador, los adolescentes ingleses de los años ‘50 encontraron un bálsamo en el rock and roll, un género musical de ritmo marcado derivado del rhythm and blues que llegaba desde los Estados Unidos. A comienzos de la década del ’60 en Liverpool surgían los Beatles, quienes, tras su paso por un local de dudosa fama en Hamburgo llamado Kaiserkeller, comenzaron a tocar en pequeños clubes de su ciudad natal entre ellos The Cavern. A partir de allí, con una sofisticada amalgama de estilos que llevaría la música pop a todos los públicos, con sus melodías contagiosas y sus grandes armonías vocales en un par de años pusieron el mundo a sus pies. Mientras tanto, en Londres, nacía una movida diferente más influida por el delta blues del Mississippi y su versión eléctrica de Chicago. Esas melodías vibrantes y melancólicas a la vez, encontraron oídos aguzados y corazones abiertos en los jóvenes londinenses recién salidos de la adolescencia, entre ellos los futuros integrantes de los Rolling Stones. Puede decirse que entre ambos grupos se dio comienzo a una auténtica revolución social que fue demonizada por parte de la prensa y los sectores más conservadores de la sociedad. En las iglesias había capellanes en los púlpitos arengando contra esa música a la que consideraban diabólica. En ese ambiente los Rolling Stones hicieron su primera presentación el 12 de julio de 1962 en el mítico Marquee Club ubicado en el 165 de la Oxford Street, en el municipio londinense de Westminster. En aquel momento contaron con el bajista Dick Taylor (1943) y el baterista Mick Avory (1944), quienes ya no estarían en las siguientes actuaciones en el Crawdaddy Club de Richmond, en el condado de Surrey. Los primeros temas que interpretaron fueron versiones de grandes maestros del blues como Robert Johnson (1911-1938), Elmore James (1918-1963), Willie Dixon (1915-1992) y Jimmy Reed (1925-1976) y, a partir de 1963, comenzaron a publicar sus primeros discos simples con adaptaciones de temas de Willie Dixon (1915-1992), de Chuch Berry (1926-2017), de Buddy Holly (1936-1959) y hasta de los mismísimos John Lennon (1940-1980) y Paul McCartney (1942), líderes de los Beatles. La publicación en 1964 de su primer LP, “The Rolling Stones”, incluyó, además de un buen número de versiones, la primera composición de Jagger/Richards interpretada por ellos mismos, la balada “Tell Me”. Luego vendrían varias giras por Estados Unidos y una de serie de lanzamientos de discos de larga duración que se convertirían en verdaderos íconos de la historia del rock: “Beggars banquet”, “Let it bleed”, “Sticky fingers” y “Exile on Main St.”. Años más tarde, Keith Richards participó en otros proyectos acompañando a Aretha Franklin (1942-2018), a Ian McLagan (1945-2014) y a Tom Waits (1949). También formó parte de The New Barbarians junto a Ronnie Wood (1947) y, en 1987, formó junto al baterista Steve Jordan (1957) la banda The X-Pensive Winos con la que grabó tres álbumes de estudio: “Talk is cheap”, “Main ofender” y “Crosseyed heart”, y uno en vivo: “Live at the Hollywood Palladium”. En la actualidad, mientras vive el encierro al que lo obligó el coronavirus, admite que lo vive con cierta dificultad: “Estoy atravesando la pandemia de la misma manera en que la están haciendo todos: encerrados en casa, con la familia y esperando a que termine de una vez para que pueda volver a salir”, dice. “Estábamos listos para salir a tocar nuevamente con los Stones justo cuando empezó el aislamiento. Y para mí es un poco difícil parar, tener que aceptar que no voy a estar de gira”. No obstante ello Richards ha seguido trabajando. Viviendo en Estados Unidos mientras Mick Jagger se quedó en Europa, la pareja ha estado componiendo canciones de forma remota. “Nos comunicamos desde el otro lado del Atlántico y luego esperamos una vacuna”, dice el guitarrista. “Tengo miles de canciones, las suficientes como para mantenerme ocupado”. A continuación, la segunda y última parte del resumen editado de las entrevistas que concediera a Jesús Ruiz Mantilla, Eduardo Slusarczuk y Kory Grow aparecidas en los diarios “El País” y “Clarín”, y en la revista “Rolling Stone” respectivamente.


¿Está al tanto de lo que pasa en la escena musical más nueva? ¿Le presta atención?
 
No puedo decir que lo haga demasiado. Escucho radio, oigo algún material interesante, pero no puedo decir de qué cantante o banda se trata. No soy demasiado fan de la música moderna. Demasiados sintetizadores para mi gusto. Sé que hay muchas bandas y que este momento debe ser muy difícil para los grupos más jóvenes, que no pueden tocar en clubes.
 
¿Qué siente, desde sus casi setenta y siete años, cuando ve que gente de tan distintas generaciones conoce o canta canciones suyas o de los Stones?
 
Me hace sentir muy halagado. Siempre consideré que la idea de este trabajo es pasar la música de generación en generación. Es el trabajo del músico, conseguir que cuando mueras digan que lograste pasar esa posta. Es lo mejor que le podés decir a un músico. Saber que otras generaciones tomaron lo mío me hace sentir muy orgulloso. Me provoca una sensación muy fuerte de satisfacción.
 
Está trabajando en la música de los Stones y pronto se encontrará también con Steve Jordan de los Winos. ¿Cómo se está desafiando musicalmente estos días?
 
Dejé de desafiarme a mí mismo. Quiero decir, seamos sinceros, este es un año extraño hombre. No han hecho uno igual antes. Así que todo esto es improvisación y simplemente búsqueda.
 
¿Cuál ha sido la parte más difícil de la cuarentena?
 
No hay multitudes, es una maldita molestia para una banda. Pero bueno, son las bandas jóvenes las que no pueden hacer sus conciertos. Es un tirón difícil éste. De alguna manera tenemos que evitarlo, porque lo que hacemos es tocar música para la gente. Entonces, en ese caso, necesitas personas. Hay bastante falta de ellas en este momento. Así que estamos tratando de lidiar con eso como cualquier otra persona.
 
¿Qué pasó entre Steve Jordan y usted?
 
En ese momento, en los ‘80, Charlie Watts me había dicho: “Parece que va a haber un pequeño descanso para los Stones. Y si vas a trabajar con alguien más, Steve Jordan es tu hombre”. Así que puede decirse que los Winos fueron creados por Charlie de una manera indirecta. Lo que no me di cuenta cuando Steve y yo nos juntamos fue que también podríamos progresar en la composición de canciones y en muchas más áreas de las que esperaba. Así que estaba siguiendo el consejo de un baterista sobre otro baterista en ese momento. Pero una vez que Steve y yo comenzamos a trabajar, nos dimos cuenta de que teníamos mucho más espacio para maniobrar. Y que podríamos soportarnos el uno al otro.
 
En “Live at the Hollywood Palladium”, bromea diciendo que le han echado del escenario de Palladium antes. Chuck Berry lo descartó en 1972, aunque luego afirmó que no lo reconoció. ¿Es eso a lo que se refería?
 
Sí, sí, sí. Pero Chuck y yo teníamos una relación real. Terminamos queriéndonos, pero teníamos que demostrar que realmente no nos gustábamos, porque… no sé por qué. Estaba tan orgulloso de trabajar con ese hombre. Y poder darle una buena banda para su film documental fue sólo un trabajo de amor. Te encantan estas cosas y te encanta lo que otros chicos te han dado, y estás muy feliz de poder transmitirlo.
 
Una de las canciones que tocó en el Palladium, “Big enough”, tiene un ritmo genial de James Brown. Lo vio en vivo muchas veces. ¿Qué aprendió al verlo?
 
James para nosotros, especialmente para Mick, fue una verdadera atracción. Eso es porque Mick es el líder, y tiene que estar parado en un pequeño escenario y quiere moverse. Escuchar a James Brown y ver cómo manejó eso fue genial, porque James no usó mucho el escenario; usó un pequeño lugar, y Mick se enteró de que era un experto en eso. Siempre le he dicho a Mick: “Corrés demasiado. Deberías permanecer en ese pequeño círculo porque podés moverte allí". Es algo único.
Mick y James Brown automáticamente parecían hechos del mismo molde.
 
Siempre ha sido un gran defensor de los músicos negros y los artistas negros.
 
Son la razón por la que estoy aquí.
 
¿Qué opina de las protestas de Black Lives Matter en todo el mundo este año?
 
Se trata de un maldito momento. Quiero decir, en este país -Estados Unidos-, las cosas están llegando a un punto crítico. Esa es la forma en que está. Tenés que lidiar con eso. Me resulta difícil hablar de eso porque no soy estadounidense. Vivo aquí, estoy en el corazón y en el alma, soy uno de ellos, pero no puedo interferir.
 
Una vez dijo que los Winos se sentían como los Stones en los primeros días, “porque nadie respeta a nadie, excepto cuando les va bien”. ¿Qué quiere decir con eso?
 
Lo mantendré. Nadie se estaba molestando el uno al otro; todo el mundo estaba tratando de mejorar a toda la banda. Pero supongo que lo que estaba tratando de decir es que, en las bandas en las que he estado, el individuo era lo menos considerable; es la suma de las partes que cuentan. No sé si es una cuestión de ego, pero algunas de las grandes bandas son grandes bandas porque ese problema se ha resuelto.
 
En el Palladium tocó “Connection”, que fue una de las primeras canciones de los Stones que cantó. Cantó en un coro cuando era niño pero, ¿fue difícil encontrar su voz rockera?
 
Básicamente vivo escribiendo canciones con los Stones y con Mick. Yo decía: “Es así", y luego Mick se hacía cargo, pero a veces él venía y me decía: “Cantá esta”. Así que cantar fue algo muy natural para mí. Entre cantar y tocar un instrumento hay muy poca diferencia. A veces utilizás la voz, otras utilizás tus dedos o lo que sea necesario para tocar la maldita cosa.
 
Y la primera canción que cantó solo en los Stones fue “You got the silver”.
 
Sí. Ninguna de esas cosas sucedió por accidente. Lo hicimos y Mick lo intentó, y al final dijo: “Hacé esto”. No hubo problemas ni nada. Fue como subdividir el trabajo.
 
Cuando salió “Talk is cheap”, dijo que sentía un nuevo respeto por lo que hace Mick en el escenario. ¿Qué le enseñó toda la experiencia sobre ser un líder?
 
De repente, eres el líder, y de repente te das cuenta de la presión que puedes sentir con sólo ser el que está al frente. Entendí absolutamente por lo que Mick, o cualquier líder, puede pasar. En los Stones, podía avanzar o sentarme; tienes esa opción siendo el guitarrista. Con los Winos, me di cuenta de que el líder no tiene otra opción, y tienes que hacerlo, incluso si tu voz se ha ido. Entonces me di cuenta de las presiones que hay sobre un líder y nunca las he olvidado.
 
En términos generales, ¿con qué reglas vive?
 
La menor cantidad posible.
 
¿Qué reglas lo rigen cuando escribe canciones?
 
Cuando escribes canciones, no hay jodidas reglas. De hecho, estás buscando romperlas. Estás buscando encontrar el siguiente acorde que falta. Estás buscando encontrar la mejor manera de expresar las cosas. Escribir canciones no se trata de la letra por un lado y la música por el otro. Se trata de que las dos se unan. Y podés ser un gran poeta y podés escribir música encantadora, pero el arte y la belleza de escribir canciones es unir las dos hasta que parezcan amarse. Eso es escribir canciones.
 
¿Cómo se hace un gran riff?
 
Debería ser espontáneo y absolutamente el tipo que lo está haciendo no debería saber de dónde viene. Simplemente aparece en la punta de sus dedos y sale del instrumento. Y ese es un gran riff, totalmente impensable, desestructurado, sin reglas, sin nada. Es sólo que en un minuto no está y, al minuto siguiente, ahí está.
 
¿Hay mucho rock & roll nuevo que lo esté conmoviendo últimamente?
 
No hay nuevo rock & roll. Carece de sentido. Hay grandes músicos y algunos grandes cantantes y esas cosas. Desafortunadamente, para mí, en la música se ha sintetizado hasta la muerte. Una vez que comienzas a sintetizar cosas, no obtienes lo real. Pero no quiero entrar en un largo discurso sobre lo que está mal con los sintetizadores y la música en estos días, excepto para decir que son baratos y cursis.
 
Una vez dijo: “Para mí, es importante demostrar que la música rock no es sólo una mierda de adolescentes y deberías sentirte avergonzado cuando tienes más de cuarenta años y sigues haciéndolo”. Dijo que quería hacer avanzar la música y hacer avanzar las cosas. ¿Siente que ha hecho eso?
 
Bueno, no lo sé. Bobby Keys, mi gran amigo, lo llamó “música de hombres adultos” porque el rock & roll sólo se consideraba nuevo porque todo tiene que tener una especie de génesis, por así decirlo. Y supongo que el rock & roll, en el ámbito general de las cosas, se puso de moda en el '55, '56, y todo era sólo material novedoso, y muchos músicos durante bastantes años pensaron que era otra novedad. Era como el cha-cha-cha o el twist. Ahora sabemos que es diferente.
 
Es algo diferente con algo parecido al blues. Con el blues, a medida que un artista envejece, se aprecia más.
 
De eso se trata el blues y en él está todo incrustado. Toda la música popular, desde que pudieron grabarla, está basada en el blues. Pasas del ragtime al jazz, todo está basado en el blues. No significa que tengas que entender cada country blues, las canciones de Blind Lemon Jefferson, pero el orden de todo se basa en eso. Y luego progresa a partir de eso, lo cual es algo maravilloso. Quiero decir, ¿querés saber qué han hecho los negros por el mundo? Sólo escucha su música. Es una expresión y toca a todos. Toca a blancos y a amarillos y a cositas peludas, no sé, pero de eso se trata. Se trata de tocar a la gente y la grabación lo ha hecho posible. Y a lo largo de la historia de esta música, la música grabada, la influencia del blues es enorme. Sólo toma diferentes tonos.
 
¿Siente que todavía está aprendiendo cosas sobre el blues?
 
Mientras no esté muerto, siempre habrá algo que aprender al respecto.
 
A finales de los ochenta, dijo: “No es tan fácil ser Keith Richards, pero tampoco es tan difícil. Lo principal es conocerte a ti mismo". ¿Cómo se conoce a uno mismo?
 
Todos estamos atrapados aquí tratando de descubrir qué es la vida. Supongo que lo que estaba tratando de decir entonces es que, cuando inadvertidamente has estado en el ojo público desde los diecinueve años, a veces es difícil para las personas correlacionarlo con quién sos en realidad. Y me resultó increíblemente útil saber quién diablos soy. No estoy preocupado por las cosas de afuera. Este año cumpliré setenta y siete, por el amor de Dios. Lo sé, me importa una mierda. Estoy muy orgulloso de ello. Y todavía estoy tratando de conocerme un poco mejor. Y, como sabés, las cosas cambian a medida que avanzás. Nada es estático.
 
¿Recuerda cuando obtuvo ese tipo de confianza?
 
Tienes que descubrirlo por vos mismo. Todo el mundo es diferente. Y no tengo ni idea. Sé que como personas podríamos hacerlo mucho mejor y me gustaría promover eso. Pero todo depende de nosotros colectivamente. Todo el mundo tiene que hacer las cosas un poco mejor, sea lo que sea. Ese es mi sermón del día.

16 de enero de 2021

Keith Richards: “Todo depende de nosotros colectivamente. Todo el mundo tiene que hacer las cosas un poco mejor, sea lo que sea” (1)

Corre el año 1965. Los Rolling Stones están de gira por los Estados Unidos. Alojados en el hotel Fort Harrison en Clearwater, Florida, la noche del 9 de mayo su guitarrista Keith Richards (1943) dormía plácidamente en una de sus habitaciones cuando despertó en plena madrugada porque un riff inédito le sonaba en la cabeza. Se levantó, lo grabó y siguió durmiendo. Ese riff sería nada más y nada menos que el de “(I can’t get no) Satisfaction”. Al día siguiente el cantante Mick Jagger (1943) escribió la letra y, cinco días más tarde, grabarían el tema en los Chess Studios de Chicago bajo la producción del mánager del grupo Andrew Loog Oldham (1944). Esa canción sería el primer éxito de la banda a nivel mundial y, con el paso de los años, pasaría a convertirse en una de las más famosas de la historia del rock. Keith Richards había nacido en el Hospital Livingston de Dartford, un pueblo ubicado en el noroeste del condado de Kent a poco más de 20 km. de Londres (Inglaterra). Creció rodeado de música ya que su abuelo materno, gran admirador de Duke Ellington (1899-1974) y Louis Armstrong (1901-1971), tocaba el violín, el saxofón y la guitarra en la banda de jazz Gus Dupree and His Boys, y su madre era aficionada a las grandes voces negras de ese género musical y tenía constantemente la radio encendida escuchando a Billie Holiday (1915-1959), a Ella Fitzgerald (1917-1996) y a Sarah Vaughan (1924-1990). En esa misma radio, Keith escucharía por primera vez a Muddy Waters (1913-1983), a Hank Williams (1923-1953), a Chuck Berry (1926-2017) y, sobre todo, a Elvis Presley (1935-1977), algo que le resultaría revelador y le cambiaría la vida. Fue su madre quien le compró su primera guitarra y su abuelo quien le enseño los primeros acordes. Fue él quien le dijo que para ver si tenía “pasta para ser músico” debía aprender a tocar “Malagueña”, la pieza del cubano Ernesto Lecouna (1895-1963), la cual consideraba esencial porque la técnica de punteo que requería era básica para la formación de un guitarrista. Asistió a la Westhill Infants School, a la Wentworth Country Primary School (en la que coincidió con su vecino Mick Jagger) y, entre 1955 y 1959 asistió a la Dartford Technical School para pasar luego al Sidcup Art College. En 1960 se reencontró en un tren que iba de Londres a Dartford con Mick, quien por entonces estudiaba en la London Schoool of Economics. Los dos adoraban el rythm and blues y, un par de años después, junto al multiinstrumentista Brian Jones (1942-1969), al pianista Ian Stewart (1938-1985), al bajista Bill Wyman (1936) y al baterista Charlie Watts (1941), formarían los Rolling Stones, la banda más longeva de la historia del rock. Desde aquel abril de 1962 muchas cosas sucedieron y fueron contadas en numerosos libros. Incluso el propio Richards lo haría en “Life” (Vida), una obra autobiográfica escrita en colaboración con su amigo el periodista estadounidense James Fox (1945) que fuera publicado en octubre de 2010. Lo que sigue es la primera parte de un extracto editado de las entrevistas que el famoso guitarrista concediera a Jesús Ruiz Mantilla justamente tras la aparición de sus memorias (publicada en 28 de noviembre de 2010 en el diario “El País”), y las realizadas por Kory Grow y Eduardo Slusarczuk cuando estaba a punto de cumplir setenta y siete años de vida sobrellevando la cuarentena impuesta por la actual pandemia de Covid-19 en su casa de Connecticut, Estados Unidos (publicadas el 26 de octubre y el 11 de noviembre de 2020 en la revista “Rolling Stone” y el diario “Clarín” respectivamente).


En este libro ha ido usted a tumba abierta.

No tengo nada que esconder. También tenía el tiempo, encontrarlo era difícil. Después de la última gira que hicimos se dio la posibilidad, iba a tener tiempo. No fue idea mía, me lo sugirieron, además, diciéndome que James Fox se prestaba a colaborar en ello. Somos amigos de hace años, luego te planteas: es la oportunidad y si no lo hago ahora…

¿Quién sabe?

Eso, quién sabe. La vida es un misterio.

En el libro aparecen constantemente los Beatles. No sé si es algo consciente o inconsciente. Esas comparaciones, para usted, ¿qué significan?

Desde nuestro punto de vista, todo era muy obvio. Cuando escuchamos a los Beatles tocar en clubes antes de que se convirtieran en un fenómeno, para nosotros estaba claro algo: nos aliviaba saber que éramos la única banda inglesa que hacía cosas distintas. Sentimos también una afinidad por ellos. Aunque vinieran de Liverpool y nosotros les miráramos despectivamente desde nuestro origen londinense.

¿Como si fueran unos pueblerinos del norte?
 
Sí, pero eso también nos sirvió de acicate. En el sentido de que veíamos que si unos chicos de Liverpool podían hacerlo, ¿cómo no íbamos a ser capaces nosotros, que vivíamos en Londres? Si esos muchachos habían grabado un disco, ¿cómo nosotros no íbamos a conseguirlo? Meternos en un estudio y gozar de la oportunidad de explorar, trabajar y transformar lo que tocábamos en un disco. Grabar era el mayor deseo de cualquier banda. Sentíamos celos, pero también nos inspiraron.
 
¿Qué aportaron ustedes de más a esa revolución moral y de las costumbres en los ‘60 con respecto a ellos?
 
Para empezar, había una cuestión de imagen. Ellos aparecían con sus trajecillos, sus corbatas, muy peinados, muy elegantes, muy limpios. En Londres nos propusimos ser más auténticos. Durante algunas semanas intentamos lo de los trajes. Pero fue un fracaso: los perdíamos, los dejábamos por ahí. En cierto sentido todo se convirtió en una especie de película del Oeste. Los Beatles eran los buenos. Pero, ¿qué sentido tenía que existieran si no aparecían los malos?
 
Quizá ustedes iban más allá a la hora de describir cierta desesperación en canciones como “Mother's little helper”, “Paint it black” o “Satisfaction”. “Sympathy for the devil” tenía una clara intención de socavar la moral imperante.
 
Queríamos provocar, destruir clichés y colocar el espejo real enfrente de la sociedad con canciones así. En los ‘60 ocurrían muchas cosas, debíamos reflejar un estado de ánimo, más en nuestro país. Veíamos que París experimentaba la locura, había energía por todos lados, pero sin dirección concreta, que nosotros utilizábamos para canciones como “Street fighting man”.
 
Pero, ¿eso no se asemeja más a la ambición de un escritor que a la de un músico de rock? En ese aspecto, ¿fueron voluntariamente más allá que otros?
 
Nos dábamos cuenta de que el arma de hacer canciones no era una tontería. Que a través de ellas podías cargar muchas cosas, proponer ideas contundentes, otras visiones, otras formas de ver la vida y la sociedad. Tampoco ser revolucionarios, eso nos aburría. Pero nos dimos cuenta de lo que podíamos significar no gracias a nuestras intenciones, sino cuando el “establishment” empezó a ponerse nervioso. Y luego te parabas a observar, veías a los Beatles y pensabas: ¿cómo es posible que el gobierno se sienta amenazado por cuatro tipos que tocan la guitarra? ¡Era alucinante! Y nos animaba. Era la propia reacción de las autoridades la que nos enojaba. Podíamos dedicarnos a cantar pamplinas de amor todo el tiempo, era más fácil. Pero esto nos motivó.
 
Tuvo una gran idea Andrew Oldham al meterles a Jagger y a usted en aquella cocina para que compusieran su primera canción. ¿Cómo fue aquello?
 
Andrew era nuestro primer mánager y productor. El vio un potencial que nosotros ignorábamos. Nunca nos habíamos planteado escribir canciones. Había demasiados temas de “rythm and blues” que venían desde Estados Unidos y queríamos interpretarlos. Pero Andrew había trabajado con los Beatles y entendía la fuerza de la creación propia, la personalidad que daba a un grupo, era lo ideal. Así que nos dijo: “Métanse en la cocina con una guitarra y salgan con una canción”. Nos sentamos un par de horas, nos hicimos té, pedimos vino y pensamos que nos aburriríamos si no salíamos con algo. Nos pusimos a trabajar y la canción salió naturalmente: “As tears go by”. Cuando teníamos dos o tres estrofas estábamos deseando largarnos al bar y tocamos la puerta para que nos dejaran salir.
 
De drogas también habla a fondo en el libro.
 
Ah, sí. He tratado ser muy directo en ese asunto. Es una tentación muy fácil para los músicos caer en ese mundo. Cuando yo empecé era un hábito muy escondido, de trastienda. Aquello de ver a los músicos negros y plantearse cómo lo hacían era normal. Estaban tan frescos a los cuarenta y yo, con veinte, hecho polvo. Había que ver a los músicos negros de jazz con la corbata, el traje. Les preguntaba: “¿Cómo aguantan el ritmo?”. Y respondían: “Mira, te tomas un poco de esto, un poco de aquello, te fumas tal”. Era el comienzo y, además, pensabas que acababas de entrar en una especie de hermandad secreta.
 
¿Una secta?
 
Casi. Pero pronto acabó, rápidamente se empezó a comentar y a saber, era difícil mantener el secreto. Yo utilizaba la heroína porque nunca me vi capaz de afrontar bien la fama. Sabía que para ser feliz y hacer lo que quería, música, la fama era uno de los precios a pagar, y no me acostumbraba. Era más fácil meterse heroína y utilizar eso como una forma de distanciarse que afrontar la presión exterior.
 
¿Pero también habría otras razones?
 
Obviamente, era un experimento, con mi propio cuerpo, que siempre controlé bien, aunque bueno, el experimento nunca acababa: seguía, seguía. Lo terminé en 1977.
 
La verdad es que sobre ese tema, yo creo que ha exagerado bastante. No se le ve nada mal.
 
Es que no estoy seguro de que las drogas afecten tanto como dicen.
 
¿Ni siquiera al trabajo, como inspiración?
 
Tampoco. Hay dos maneras de verlo. El símbolo fue Charlie Parker. Tocaba como los ángeles, pero era un adicto. Y eso afectó a muchos saxofonistas. Creían que la droga les haría mejores, pero era mentira. El enorme talento que tenía no se agrandaba por tomar drogas. Con esas cosas te das cuenta de que estás empujando a otra gente, pero lo que en realidad les diría es que no se metan en esto solos. En mi caso fue una decisión personal y no quería arrastrar a nadie con mi ejemplo. No aumenta tu habilidad ni tu inspiración, nada. Y si tienes un buen metabolismo tampoco te lo destroza.
 
¿En qué cree?
 
Creo en mí, en mis amigos, en la gente, creo que la buena gente tiene muchas ocurrencias, muchas respuestas. Creo en la vida y en vivirla intensamente, en hacer lo que te gusta y no lo que debes solamente, aunque sé que eso es muchas veces un sueño imposible de cumplir, que hay que ganarse la vida en lo que se puede y no en lo que uno quiere. Pero, más allá, creo en que hay que abordar la vida con pasión, como yo lo he hecho, aunque los grados de eso varíen. Cada uno debería seguir lo que le interesa en la medida en que la libertad se lo permita. Lo ideal es que todo el mundo sienta en lo más hondo la libertad y que sepa qué coño hacer con ella.
 
¿Qué estuvo haciendo durante estos meses? ¿Tocó, compuso...?
 
Estuve escribiendo algunas nuevas canciones, tocando la guitarra, yendo después tal vez al piano, garabateando algunas ideas para letras en papeles, en sobres... ¡Que después termino perdiendo! Porque no soy muy organizado...  También estuve haciendo algunas sesiones de grabación, más o menos un mes atrás, con Steve Jordan. Y aparte de eso, como todo el mundo, tratando de estar alejado de los demás y pensando qué y cómo hacer para salir de aquí.
 
Se supone que es parte de la llamada “población de riesgo”. ¿Tuvo o tiene miedo de contagiarse?
 
No especialmente. Me afectó como a cualquiera, porque es un problema de todos. Traté de hacer lo que tenía que hacer, y en cuanto a lo concerniente a la pandemia he sido un muy buen chico: uso mi tapaboca, me lavo las manos, me mantengo a distancia de otra gente y trato de asegurarme de que los demás hagan lo mismo. Mientras espero que, de alguna manera, el año que viene se pueda lograr un control de esta maldita cosa.
 
Dentro del estudio es una cosa, pero sobre el escenario, su proyecto solista lo corrió de la izquierda del cantante al centro de la escena. ¿Qué tan grande le resultó ese cambio?
 
De alguna manera, para mí fue todo nuevo, y fue un proceso de aprendizaje. Sin duda, aprendí mucho del trabajo de Mick Jagger, de verlo en acción durante tanto tiempo.
 
¿Se conectó de otra manera con el público?
 
Supongo que sí. Cuando estás al frente todo el tiempo, estás en un contacto permanente con la gente, mientras que en los Stones puedo decidir cuándo avanzo y cuando me repliego. Es otra concentración, aunque una vez que el recital empieza todo se vuelve más sencillo. Y se hizo mucho más fácil aún después de los primeros dos o tres shows.
 
¿Se siente la diferencia de estar frente a público que va a escuchar y ver una banda como The X-Pensive Winos respecto del que va a adorar a la leyenda Rolling Stones?
 
Sí, hay diferencia. Con los Stones todos conocen las canciones. Por eso para mí era interesante tocar canciones absolutamente nuevas y hacerlos familiarizarse con ellas al mismo tiempo. Además, fue fantástico tener una banda así, en la que eran todos amigos míos desde mucho antes de volverse Winos. Para mí es un milagro que Steve, Waddy, Bobby, Ivan, Sarah y Charley coincidieran en una banda. Nunca la pasé tan bien en mi vida; pero tampoco nunca trabajé tanto.
 
En una entrevista decía algo así como que los Winos le contagiaban una energía diferente. ¿En algún momento se sintió aburrido de tocar con los Stones, de tocar ese repertorio y necesitaba cambiar?
 
De algún modo, tocar un material diferente era interesante; pero, al mismo tiempo, jamás me aburrió tocar las canciones de los Stones. Porque cuando salís al escenario, siempre es un desafío volver a tocarlas en vivo. Siempre encontré nuevas maneras de abordarlas, nuevas formas. De hecho, aún disfruto mucho de tocar “Satisfaction”, porque cada vez que la hacemos encuentro algo distinto para probar.

Días atrás despidió en sus redes al guitarrista Lou Pallo; el mes pasado a Toots Hibbert... ¿Cómo se lleva con las pérdidas de gente cercana? Que, tan sólo por una cuestión de edad, cada vez son más frecuentes...
 
Por supuesto. Parece que cada vez son más y más. Y un día va a ser la mía. Vos nunca esperás que pase; yo nunca espero recibir esas noticias. Y aunque sabés que todos vamos a envejecer, siempre te golpea cuando te levantás una mañana y te enterás de que un amigo falleció. Al mismo tiempo, a medida que vas envejeciendo te vas acostumbrando. Tenés que hacerlo.
 
¿Cuál es su conexión con los otros Rolling Stones y el estado de situación de la banda hoy?
 
Con los Stones estábamos a mitad de camino hacia un nuevo álbum, cuando empezó la pandemia y nos detuvo. “Ghost town” era parte de eso, y decidimos sacarlo. Pero estamos trabados igual que todo el mundo, esperando el momento de volver a entrar a un estudio. Con Mick hablamos por teléfono, con Ron nos seguimos por Instagram, porque hacemos algunos dibujos allí; y con Charlie hablamos ocasionalmente por teléfono y todo están bien. Haciendo lo mismo que yo. Preguntándonos cuándo vamos a poder estar juntos de nuevo. Aunque no puedo ver que eso vaya a suceder, por el momento. Hay quienes, como Paul McCartney están trabajando, grabando... Pero no sé cómo haríamos nosotros, que necesitamos ir a un estudio y estar “cara a cara”. Es un problema logístico, sobre todo. Y tenemos mucho material para grabar, nuevo.

2 de enero de 2021

El clásico River-Boca (2021-2030)

2021 02-Ene BOCA 2 RIVER 2 Copa Liga Profesional
2021 14-Mar BOCA 1 RIVER 1
 Copa Liga Profesional
2021 16-May BOCA 1 RIVER 1 Copa Liga Profesional
2021 04-Ago BOCA 0 RIVER 0 Copa Argentina
2021 03-Oct RIVER 2 BOCA 1 Liga Profesional



ESTADISTICA PARCIAL
PARTIDOS JUGADOS: 5
RIVER GANO: 1
BOCA GANO: 0
EMPATES: 4
 
ESTADISTICA TOTAL
PARTIDOS JUGADOS: 376
RIVER GANO: 125
BOCA GANO: 131
EMPATES: 120


Entremeses literarios (CCV)

EL LECTOR
Robert L. Stevenson
Escocia (1850-1894)
 
- Nunca leí un libro tan impío -dijo el lector, arrojándolo al suelo.
- No tienes por qué lastimarme -dijo el libro-, ganarás menos si me vendes de segunda mano, y yo no me escribí.
- Es verdad -dijo el lector-, mi desacuerdo es con quien te escribió.
- Bien -dijo el libro-, nadie te obliga a comprar sus disparates.
- Es verdad -dijo el lector-, pero yo creí que se trataba de un autor agradable.
- Yo lo juzgo así -dijo el libro.
- Estarás hecho de una sustancia distinta -dijo el lector.
- Déjame contarte una fábula -dijo el libro-. Dos hombres habían naufragado en una isla desierta. Uno de ellos fingió que estaba en su casa; el otro admitió…
- Conozco esa clase de fábulas -dijo el lector-. Ambos murieron.
- Así fue -dijo el libro-. Así les pasó a ellos y a todos.
- Es verdad -dijo el lector-. Llevemos la historia un poco más lejos. Cuando todos habían muerto…
- Estaban en manos de Dios -dijo el libro.
- Nada de que vanagloriarse -dijo el lector.
- ¿Quién es impío ahora? -dijo el libro.
El lector lo tiró al fuego.


LOS BOMBEROS
Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)
 
Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites. Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”. Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Estos tomaron por Rivera y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires. Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.


INTRUSIÓN
Miguel Ángel Zapata
España (1974)
 
De la palma de mi mano brotan arañas. Espontáneamente, casi sin previo aviso, tan sólo un cosquilleo eléctrico y ya veo salir la cabeza, el haz de patas peludas, un tarantuleo vivaz que saca pronto a la luz toda una legión de octópodos. Olga no sabe nada. Olga cree que me complazco en mordisquear traviesa y clandestinamente su cruasán cada mañana mientras lee el periódico en la cocina, que su canario murió de frío a pesar de las caricias que yo mismo le prodigaba entre mis manos, que soy el amante más experimentado del universo cuando siente mis dedos rugosos multiplicarse sobre la aureola erecta de sus pezones, por entre las humedades oscuras de su sexo extasiado.


LOS MALOS CONSEJOS DE UNA PROSTITUTA
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)
 
Cuando la prostituta entró al baño para arreglarse el seno que se salía por el escote y retocarse el maquillaje que se le había chorreado de tanto sudar mientras bailaba en el tubo, se sorprendió al encontrar en el piso a una mujer llorando desconsoladamente.
- ¡Querida, ¿qué te pasa?! -le preguntó, tirando su maquillaje a un lado y lanzándose al piso junto a la extraña para abrazarla-. ¡¿Qué tienes?! ¿Qué te pasó?
- Nada, es sólo que odio mi vida y no lo soporto más -confesó la extraña, sollozando-. Mi marido me es infiel, odio mi trabajo, siempre estoy sola en mi casa y no puedo más, odio mi vida.
- ¡Ay, querida, lo siento mucho! -trató de consolarla la prostituta, sobándole la cabeza y desbaratándole el copete que tenía-. Mira, yo sé que no te conozco, pero por lo que me cuentas estás siendo infeliz por elección propia.
- ¿Qué dices?... ¡No entiendes!
- Sí entiendo, y entiendo perfectamente. Tú tienes en tus manos la opción de ser feliz, si tu esposo te es infiel y eso te hace infeliz, pues divórciate y búscate un hombre que te respete. Si tu trabajo te hace infeliz, pues renuncia y búscate un trabajo que te guste así no sea tan oneroso, y con eso, a medida que empieces a ser más feliz con tu vida, empezarás a disfrutar incluso de la soledad.
- No es tan fácil...
- Sí, sí lo es, sólo tienes que ajustarte bien la falda y hacer lo que sea mejor para ti -continuó la prostituta, pero mientras hablaba las puertas del baño se abrieron y tres mujeres bien copetudas entraron sin ser vistas ni oídas.
- ¿Sabes qué?... Tienes razón -acordó la extraña, secándose las lágrimas-. Si todo eso me hace infeliz... Tienes razón, dejaré a mi esposo y renunciaré a mi trabajo.
- ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! -chillaron al unísono las tres mujeres que habían entrado.
- ¡Ay, amigas, están aquí! -exclamó la extraña al ver a las mujeres.
- ¿Cómo vas a dejar a tu marido? -le preguntó una.
- ¿Qué vas a hacer si renuncias a tu trabajo? -le preguntó otra.
- ¿Estás loca? ¿Qué va a decir la gente? -le preguntó la tercera.
- No sé... no había pensado en eso... Yo sólo quiero ser feliz y los consejos que esta mujer me está dando me parecen los más adecuados...
- ¡¡¡¿¿¿Y vas a seguir los consejos de una prostituta???!!! -exclamaron las tres al unísono.
- Yo... pues… -balbuceó la extraña.
- Bueno... -empezó a decir la prostituta, soltando a la extraña y poniéndose de pie al escuchar todo esto-, yo sólo te digo, querida... -continuó, mirándose en el espejo y arreglándose el seno que tenía fuera del escote-, que yo disfruto lo que hago y soy feliz en la vida.
Y sin decir más nada, la prostituta dio media vuelta y salió del baño, dejando a la extraña sola con sus tres amigas para que ellas le dieran mejores consejos que los que ella le había dado.


LA OVEJA NEGRA
Italo Calvino
Italia (1923-1985)

Había un pueblo donde todos eran ladrones. A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna, e iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada. Y así todos vivían en amistad y sin lastimarse, ya que uno robaba al otro, y este a otro hasta que llegaba a un último que robaba al primero. El comercio en aquel pueblo se practicaba solo bajo la forma de estafa por parte de quien vendía y por parte de quien compraba. El gobierno era una asociación para delinquir para perjuicio de sus súbditos, y los súbditos por su parte se ocupaban solo en engañar al gobierno. Así la vida se deslizaba sin dificultades y no había ni ricos ni pobres.
No se sabe cómo ocurrió pero en este pueblo se encontraba un hombre honesto. Por la noche en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en su casa a fumar y leer novelas. Venían los ladrones, veían la luz encendida y no entraban. Esto duró poco pues hubo que hacerle entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no permitir que los demás lo hicieran. Cada noche que él pasaba en su casa era una familia que no comía al día siguiente. Frente a estas razones el hombre honesto no pudo oponerse. Acostumbró también a salir por las noches para volver al alba, pero insistía en no robar. Era honesto y no quedaba nada por hacer. Iba al puente y miraba correr el agua. Volvía a su casa y la encontraba desvalijada.
En menos de una semana el hombre honesto se encontró sin dinero, sin comida y con la casa vacía. Pero hasta aquí nada malo ocurría porque era su culpa: el problema era que por esta forma de comportarse todo se desajustó. Como él se hacía robar y no robaba a nadie, siempre había alguien que volviendo a su casa la encontraba intacta, la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que poco tiempo después aquellos que no habían sido robados encontraron que eran más ricos, y no quisieron ser robados nuevamente. Por otra parte aquellos que venían a robar a la casa del hombre honesto la encontraban siempre vacía. Y así se volvían más pobres.
Mientras tanto aquellos que se habían vuelto ricos tomaron la costumbre también ellos, de ir al puente por las noches para mirar el agua que corría bajo el puente. Esto aumentó la confusión porque hubo muchos otros que se volvieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Los ricos mientras tanto entendieron que ir por la noche al puente los convertía en pobres y pensaron -paguemos a los pobres para que vayan a robar por nosotros-. Se hicieron contratos, se establecieron salarios y porcentajes: naturalmente siempre había ladrones que intentaban engañarse unos a otros. Pero los ricos se volvían más ricos y los pobres más pobres.
Había ricos tan ricos que no tuvieron necesidad de robar ni de hacer robar para continuar siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres los robaban. Entonces pagaron a aquellos más pobres que los pobres para defender sus posesiones de los otros pobres, y así instituyeron la policía, y constituyeron las cárceles. De esta manera pocos años después de la aparición del hombre honesto no se hablaba más de robar o de ser robados sino de ricos y pobres. Y sin embargo eran todos ladrones. Honesto había existido uno y había muerto enseguida, de hambre.


TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO
Macedonio Fernández
Argentina (1874-1952)
 
Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: “Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre”; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: “Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y deber ser así y así” y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.
Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.


EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA
Cayo Petronio Arbiter
Imperio Romano (27-65)
 
La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.
¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra en donde descanso.


EXÁMENES FINALES
Pía Barros
Chile (1956)
 
La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza. Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas vienen apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella. El hombre sonríe confiado. Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto. Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras.
- Mañana a las diez, recuerden el examen de química.
La que había levantado el brazo incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado.
- Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe.
La plaza entera vibra con el estampido. Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.


EL LIBRO
Eduardo Bieger Vera
España (1968)
 
Tumbado en el diván, leía el libro. Al pasar la página las hojas rasgaban el silencio y cuando terminaba un párrafo, una frase, a veces incluso tras detenerse -sin prisa- en una palabra, cerraba los ojos y aspiraba la fragancia del papel. Después, colocaba el libro abierto boca abajo sobre su pecho, y lo observaba moverse al ritmo acompasado de su respiración, como un pájaro raro que hubiera venido a morir junto a él. Y así hasta que la luz declinaba y se dejaba ganar por el sueño, a la espera del nuevo día que le permitiría seguir leyendo.


UNA JORNADA MELANCÓLICA
Blas Sewald
Argentina (1954)
 
Son las 8 de la mañana de un día frío y ventoso de principios del invierno en la Reina del Plata, la ciudad de la calle que nunca duerme y el río color de león. En ese momento, el hombre se despertó y ya no pudo volver a dormirse. Un sol tenue y difuso bañaba la habitación. Se levantó y miró por la ventana. La neblina, un velo diáfano atravesado por dorados destellos que cubría un cielo azul y limpio, se estaba disipando. No recordaba su habitación tan luminosa. Se desperezó y, tras vestirse, se instaló en su mente la idea de salir de su casa y caminar, caminar hasta que el agotamiento lo hiciese tumbarse a morir. No era la mejor manera de comenzar el día, pensó, pero últimamente era siempre más o menos así. La idea le daba vueltas en su cabeza una y otra vez. Sí, es mortificante morir, pero a veces lo es todavía más vivir. Es penoso eso de pasarse los días, las horas, los minutos tratando de escoger entre lo más y lo menos mortificante. Estaba cansado. Muy cansado. Las cosas no le iban bien y tenía la sensación de hundirse cada día un poco más en alguna especie de agujero sin fondo. Cada vez más lo invadía una desolación inexplicable, como de barro en el corazón y una humedad pegajosa en la garganta. Para él, la vida cotidiana se había convertido en un trabajo penoso y sin sentido. No quería pensar ansiosamente en el futuro y olvidar el presente porque sabía que acabaría por no vivir ni el presente ni el futuro y moriría como si nunca hubiese vivido. Ese hecho lo llevó, casi sin darse cuenta, a revisitar comarcas de su pasado, 
a preguntarse si todo lo que le había sucedido era producto de su orgullo o de su ingenuidad, a descubrir de sí mismo en los últimos tiempos mucho más que en toda su vida anterior. Ahora cree conocerse, y sabe muy bien que se va a morir. Y eso es mortificante, claro, tanto como lo es vivir sabiendo que se va a morir. Vaya entelequia. Un dilema, musita en el baño tras lavarse los dientes. O un dislate, piensa mientras se dirige a la cocina con el propósito de prepararse unos mates. Prueba el primero y lo encuentra frío, frío como el tiempo que reina afuera y como su propio ánimo. Un desaliento gélido marcado por sus cada vez más dolorosas y frecuentes punzadas en el pecho. Debería ir al cardiólogo, pensó. Pero... escuchar la consabida monserga sobre su edad, sus antecedentes heredofamiliares, su prolapso mitral, su estenosis aórtica irreversible, su estado de salud delicado, aspectos todos ellos que sus cavilaciones, sus trastornos emocionales, sus disgustos no hacían más que agravarlos… ¿valía la pena? Advierte que la situación lo enoja, que no tiene ganas de pensar en ese tema. Coloca otra vez la pava sobre la hornalla y espera hasta que el agua esté a punto de hervir. Mientras tanto el silencio se ha vuelto álgido. Son unos instantes apenas, pero parece que hubiese pasado una eternidad hasta que se decide a ir al living caminando de espaldas, pava y mate en mano. Entonces gira sobre sí mismo y va a tenderse en el sillón orientado hacia el ventanal que da al parque. Cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, lo primero que observa son las copas de los eucaliptus que lo pueblan. Piensa entonces que tal vez es un poco antes de morir cuando uno descubre el tiempo que se la ha pasado negociando con la verdad, inventándose historias para que no lo hieran tanto. Pero su soledad no es ninguna invención. La cercanía de la muerte tampoco. De pronto, un pensamiento afloró en su cabeza: ¿valía la pena hacerse malasangre por tanta pesadumbre? Recordó haber leído alguna vez que la muerte es un accidente en medio de un proyecto, y él había tenido muchos, muchísimos proyectos a lo largo de su vida. Los resultados habían sido favorables muchas veces, adversos otras tantas. ¿Ingratitudes? Montones, pero lealtades también. ¿Agravios? Sí, pero reconocimientos también. ¿Y el balance? Habría que sopesarlo, pensó. Hacerlo sosegadamente y en soledad. Fue entonces que evocó aquel poema en el que Brecht hablaba de sus preferencias. De las vidas, las límpidas. De las muertes, las rápidas, decía. ¿Había sido límpida su vida? Buena pregunta. Creía que sí, o que al menos lo había intentado. En cuanto a la muerte… que fuera rápida era todo lo que esperaba. Sorbió un mate y un esbozo de sonrisa afloró en sus labios. Sí, está solo. Solo y triste, pero le gusta el silencio que lo circunda.