25 de agosto de 2007

Acerca del origen de la nacionalidad argentina

El nacimiento del Virreinato del Río de la Plata, el 1° de agosto de 1776, provoca algunas consideraciones que aún no forman parte de la conciencia histórica de los argentinos, en quienes nunca ha sido posible introducir en su mente, influida por la escuela primaria, la elemental idea de que su nacionalidad es anterior a su independencia. Es como si los italianos pensaran que no son una nación sino desde 1860, cuando los Saboya crearon un Reino unitario, o los alemanes desde 1870, cuando Bismarck colocó la corona impe­rial en la cabeza de un Hohenzollern.
Lo que nace en 1816 es una República inde­pendiente, meta inconsciente de la insurrección municipal de 1810, cuyos mentores juraron lealtad a España -su patria- y eran -sin excepción- monárquicos. Pero el sentimiento nacio­nal se había formado en los dos siglos anterio­res. Antes de la Independencia hubo un período poblacional, desde la llegada del primer Adelan­tado, Pedro de Mendoza, en 1534 (o, si se quiere, desde el descubrimiento del territorio en 1502); luego un período colonial, desde 1618, cuando la Corte designa al primer Gobernador de Buenos Aires, Diego de Góngora; y por fin un período virreinal, que comienza con el nombramiento de Pedro de Cevallos en 1776.
Los argentinos empezaron a llamarse así -y a reconocerse como tales- a partir de 1537, cuando Domingo Martínez de Irala fundó Asunción con el propósito de mandar expediciones a los montes de plata que los indios situaban hacia el oeste: se referían al cerro de Potosí (en la actual Bolivia). La primera idea de una con­ciencia localista aparece en 1544, con la revolución que aprisionó a Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y puso en su lugar a Irala, cuya influencia se prolongaría hasta su muerte en 1556, y se afianza con la segunda fundación de Buenos Aires, por Juan de Garay, en 1580. Esa concien­cia se torna incontrastable en 1592, con otra revolución, de la que surge Hernando Arias de Saavedra, nativo de Asunción, el primer criollo que gobernó en América, reelegido por sus paisanos y confirmado por la Corte durante casi treinta años.
Los gobernadores -todos oriundos de la me­trópoli- se suceden durante un siglo y medio; pero ya su poder está limitado por uno superior, el del Consejo de Indias, y otro inferior, el de los Cabildos, formados por "la parte principal y sana del vecindario", cuya creciente autonomía garantiza los intereses locales. La creación del cuarto Virreinato indiano, después del de Nueva España o México en 1535, el del Perú en 1542 y el de Nueva Granada o Colombia en 1739, obedece no sólo a causas circunstanciales -la necesidad de rechazar las invasiones portuguesas a la Banda Oriental y a las Misiones (1767) y la británica en Malvinas (1764)- sino a la nueva política internacional borbónica y al impetuoso desarrollo de Buenos Aires y el país interior.
El Río de la Plata era un centro orienta­do hacía Europa que España había querido hasta entonces mantener en un relativo aisla­miento, pero que ella misma se vio obligada a defender cuando advirtió que era codiciado tanto por los portugueses como por los ingleses. Los gobernantes españoles habían intuido el valor geopolítico, estratégico y económico del Atlántico Sur, donde se iba a disputar el dominio del mundo, con ventajas para Gran Bretaña, en donde la Revolución Industrial ya había comenzado. Pero los colonos y sus descendientes habían merecido -y exigían- la autonomía institucio­nal, administrativa y militar. La ciudad de Buenos Aires -en cuyas inmediaciones prospe­raba maravillosamente la ganadería- se distinguió desde temprano por tener una pujante vocación mercantil, radicada en un puerto que se había convertido en un paraíso del contrabando y su clase dirigente había con­traído un espíritu cosmopolita y tendencias democráticas. La provincia era inmensa: abar­caba desde Río Grande -comarca disputada por los portugueses- hasta el Cabo de Hornos, en la ruta magallánica.
Hasta entonces dependía del Virreinato del Perú, pero al segregarla, los consejeros de Carlos III le añadieron territorios aún más dilatados que el suyo propio. No sólo las gobernaciones de Montevideo, Misiones y Malvinas, sino también la del Paraguay (de donde había bajado la primera corriente colonizadora), las de Tucumán y el Alto Perú (estrechamente vinculadas a Lima) y la de Cuyo, aún integrada en la capita­nía general de Chile. La población no estaba repartida como aho­ra: cuando la de Buenos Aires se estimaba en 30.000, la del Alto Perú era veinte veces mayor. En total, medio millón de blancos y tal vez el doble entre negros, mulatos, zambos, mestizos e indios, poblaban unas quince ciuda­des. Las más antiguas eran Santiago del Estero (1544-53) y Córdoba (1574), sede de la primera Universidad. También tenía la suya Chuquisaca, desde donde la Audiencia administraba jus­ticia. Próxima estaba Potosí, con su cerro colmado de plata.
El Virreinato del Río de la Plata cubría la cuarta parte de América del Sur. Quizá no hubo en el mundo un Estado más vasto, con tantos climas diferentes y tan variados recursos naturales. El primer Virrey, Pedro de Cevallos, al frente de la más fuerte y numerosa expedición que haya zarpado desde España, escarmentó definitiva­mente a los portugueses y sólo una componenda diplomá­tica urdida a sus espaldas, en Europa, le impidió recuperar Río Grande, mientras las tropas porteñas aplasta­ban las revueltas indígenas en tierras lejanas. Españoles y criollos, unidos, vencieron por dos veces a la primera potencia del mundo -Gran Bretaña-, que pretendía explotar en estas regiones su dominio del Atlán­tico Sur, conquistado en la batalla de Trafalgar en 1805. Bajo el mando consecutivo de diez virreyes -el undécimo, Baltasar Hidalgo de Cisneros, no duró sino nueve meses-, la gloria militar fue tan constante como el progreso cultural y económico.


Pero sólo se mantuvo a lo largo de cuarenta años. El derrum­be del Imperio Español y los errores políticos cometidos en Buenos Aires desde 1810 -que condujeron a la momentánea extinción del Estado en 1820-, despedazaron ese grandioso Estado. Uno tras otro, se perdieron la Banda Oriental, el Paraguay y el Alto Perú. Dos siglos más tarde, subsisten aún las agudas tensiones entre la ciudad-puerto y el interior, entre la Capital poderosa y las provincias -la mayoría de ellas- empobrecidas, como un vestigio de la Argentina que alguna vez fue.