13 de abril de 2017

Héctor Schmucler: "El mundo de hoy, que dice haber derrotado a la utopía, es uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido" (5/5)

Prolífico investigador y ensayista, Schmucler fue autor de numerosos ensayos, entre ellos “América Latina en la encrucijada telemática”, “Miedos y memorias en las sociedades contemporáneas”, “Política y violencia”, “Memoria(s) y política”, “El obrerismo de Pasado y Presente” y “Triunfo y derrota de la comunicación”. También participó en obras colectivas como “América Latina en la encrucijada telemática”, “Sobre Walter Benjamin”, “Vanguardias, historia, estética y literatura”, “Una visión latinoamericana”, “Periodistas”, “Entre el protagonismo y el riesgo”, “Neoliberalismo, comunicación y después” y “Ciencia, periodismo y sociedad”. Asimismo publicó numerosos artículos, sobre la por entonces naciente tecnología informacional que se desplegaría notablemente en los años siguientes, en diversas revistas culturales entre los que se pueden mencionar “La utopía de la transparencia como verdad totalitaria”, “Apuntes sobre el tecnologismo y la voluntad de no querer”, “Biotecnología, cuerpo y destino. La industria de lo humano”, “Triunfo y derrota de la comunicación”, “El incierto destino de la prensa informatizada” y “Notas para recordar la revolución”. Varios de ellos fueron reunidos en 1997 en “Memoria de la Comunicación”.
En 1995 fue uno de los creadores y editores de la revista “Artefacto. Pensamientos sobre la Técnica”, una revista cultural que en sus artículos hizo una crítica al auge acelerado de la digitalización de la cultura. La idea de su creación surgió luego de la aparición del libro “Being digital” del ingeniero informático estadounidense Nicholas Negroponte (1943), por entonces director del laboratorio de medios del Massachusetts Institute of Technology. El subtítulo decía: “El futuro ya está aquí y sólo existen dos posibilidades: ser digital o no ser”. En “Sobre los efectos de la comunicación”, el artículo que publicó en 1992 en el nº 1 de “Sociedad”, la revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ya se había referido premonitoriamente a los efectos de ese proceso tecnológico. Allí expresó: “El mundo no sólo se volvió ‘funcionalista’, se fue configurando como un espacio ‘mediático’. El sistema cultural expresado por los medios se ha establecido como la ‘cultura dominante’ de nuestra época”. Vivió sus últimos años humildemente de su jubilación, radicándose en los Altos de San Ambrosio en la provincia de Córdoba.


Sobre la entrevista publicada en la página web de la Universidad Nacional de Cuyo en 2004, cuya última parte puede leerse a continuación, escribió: “Recordaba, ahora que estamos tomando whisky y mate, que hubo un tiempo en la Argentina en que era: mate sí, whisky no, para oponerse a las bebidas que venían de Estados Unidos, pero básicamente estábamos hablando del mundo anglosajón, era el antiimperialismo británico, y la reivindicación de aquello que parecía como una bebida autóctona. Y comentaba que ahora podemos hacer esto sin ningún problema, siempre se pudo hacer, pero simbólicamente ahora no significa nada. Parece en realidad una anécdota”. Finalmente, Héctor Naum Schmucler falleció el 19 de diciembre de 2018 a los 87 años de edad en la ciudad de Córdoba donde estaba internado.
 
Sin pasado, sin futuro. ¿Todas las fichas al presente?
 
Es que todos los días tenemos que estar negociando nuestra continuidad en el mundo. Esto impide la memoria, porque la memoria es esta posibilidad de saber que yo soy también mi padre, mi bisabuelo, que yo soy... Cuando digo que yo soy quiero decir que vengo, que tengo un origen y que me interno en el mundo con aquello que uno busca. Y acá viene la contradicción: todo esto pasa, todo tiende a borrar la memoria, se ejerce toda una práctica de borrar la memoria, sin embargo este señor de ochenta años, de cincuenta, el adolescente de quince, sienten cierta sensación de vacío. Aunque sean unos tilinguitos los chicos de quince, hay un momento en que... ¿viste esa especie de acto nihilista donde nada le viene bien?, digo. Decía hacía poco a un grupo de estudiantes que realmente los jóvenes son más infelices que nunca, no importa que equivocados estén; son infelices porque no tienen de que agarrarse. O casi nadie tiene de qué agarrarse, porque no tenés de que agarrarte ni en tu propio trabajo; todos los días el mundo se puede venir abajo. Y ya se sabe que, en un sentido general, el mundo se puede venir abajo, pero hay como cierto lugar en el mundo donde cada tipo y donde cada uno vive, que requiere eso, cierta memoria, tener cierto estar, tener algo de que agarrarse. Entonces digo: estos momentos se producen con frecuencia, no tanto en la conciencia sino el sentimiento de qué sentido tiene esto.
 
¿Esto tiene que ver con la tragedia en el sentido que decías hoy?
 
Si, quiero ir a eso. Esta sensación también es real, quiero decir que es cierto la adaptación del mundo; yo creo que esta otra sensación es real. Recién decíamos que tal vez la gente no está pensando en esto, sin embargo la mayor parte de la gente tiene algún momento de este hueco, esta especie de vacío. Ahí tenemos que aprovechar para decir: "esto tiene que ver con tal cosa". Quiero decir, es un hueco que se vuelve doblemente hueco, porque no se le encuentra razón. Quiero decir, cuando uno está enamorado y se va el objeto de su amor, uno siente un hueco espantoso, y uno dice: "el hueco me lo produce la ausencia de esta persona porque nadie me lo puede llenar". Y así es el amor o la muerte. Ahora, cuando uno no sabe el porqué de la huequez, es doblemente angustiante, y yo creo que esto es lo que le pasa a la gente. Y creo que este mundo ha hecho todo esto, cierto idiotismo. No ha hecho gentes más felices, salvo la felicidad del idiota que decíamos esta mañana, porque cuando un tipo es idiota, no piensa en nada, no tiene ni esta sensación de hueco, entonces, es fácil fabricar robots. No siente nada, es como un descerebrado, entonces no sufre, pero tampoco es un ser humano. Quiero decir, si evitamos el límite. La mayor parte de la gente no está en eso, y hay esta sensación. Por eso tal vez aumente el número de suicidios. Lo cual en un sentido -y Dios me perdone lo que voy a decir-, es como halagüeño. Porque si el número de suicidios tuviera que ver con cierta protesta, con el mundo, cierto desencanto, por lo menos uno se da cuenta de que la gente se ha desencantado. Habla mal del mundo, pero no de los pobres tipos que se suicidan. Ahora, ¿cuál es el punto? ¿Hay alguna posibilidad? Este es el interrogante. Hay posibilidad de decir: "y entonces, ¿cómo tendría que ser el mundo?". Bueno, creo que es muy difícil, yo no sabría. Pero si pienso, se me ocurre, que hay que aceptar una condición de los seres humanos en el mundo y es que es una situación trágica. Cuando digo esto, quiero decir: somos parte de algo que nos trasciende, no hacemos lo que se nos ocurre (no deberíamos); somos parte de algo, tenemos algo, hemos sido, estamos en el mundo fuera de nuestra voluntad de estar en el mundo y yo creo que pertenecemos a algo que por simplificación se puede decir Dios, o el Ser, o algo misterioso, realmente misterioso porque es imposible de conocerlo. Y tenemos esto, la tragedia en el sentido más tradicional: eran esto, los hombres respondían a un destino marcado por los dioses.
 
Lo curioso es que en la tragedia literaria hay un destino, pero sin embargo el tipo es responsable de lo que hace.
 
Y ésta es la paradoja, porque como puede ser: si hay un destino que me impone, yo que culpa tengo. Esta contradicción es el misterio de la responsabilidad. Esto nos pasa acá, hay un mundo que nos hace así, pero como no somos idiotas ni robots, sino que somos pensantes, o sea que podemos estar discutiendo esto, podemos no estar de acuerdo. Lo que quiere decir que lo podemos pensar, y hay una responsabilidad en nuestros actos. Estamos condicionados y sin embargo somos responsables de lo que hacemos. Este conflicto irresoluble que marca la existencia de los seres humanos. Así somos, de la misma manera para ejemplificar que somos seres de muerte; estamos destinados a la muerte. Esto hace que seamos lo que somos. Esta sensación de ser finitos, de que un día más o menos vamos a morir. Este hecho hace que seamos los seres humanos que somos. Somos conscientes de la muerte, pero sin embargo esta pequeñísima cosa que somos en el mundo es toda nuestra vida. Ahora toda nuestra vida es una responsabilidad enorme, sin embargo estamos destinados a la muerte. Y cuando morimos se acabó, quiero decir, somos todos iguales. No hay muertes con tiempo, el que murió hace dos minutos es exactamente igual que el que murió hace diez mil años. Es lo mismo, es impresionante eso. Durante la vida uno tiene dos, tres años, pero sólo para los que recuerdan dice murió hace cinco años. Y en algún sentido éste también es el pensamiento de la tragedia. Aunque hay otras ideas sobre la muerte, de tipo religioso. Este hecho trágico, y por eso el ser humano es un ser trágico, que no hace lo que le da la gana, porque ya está constituido. Y en el sentido extremo, hay un Dios que lo sostiene y le da sentido. Y sin embargo, es responsable de lo que está haciendo. Para algunos teólogos, para algunos pensamientos religiosos, diría que tiene la responsabilidad de que Dios exista. Es el hombre el que hace a Dios y no a la inversa. Pero Dios existe, ahí hay otra contradicción. Sólo existe y es lo que los hombres son, porque no somos títeres de un Dios. Sino que ese Dios en su existencia es lo que somos, la base. Eso es lo que nos da la más absoluta responsabilidad, la posibilidad de decir no. Ahora decir no es el riesgo de decir sí, pero saber que ese sí, después de decirlo, uno puede decir: "ah, me equivoqué". Te equivocaste, te la aguantás, sos responsable de tu sí.
 
¿El peso de las palabras?
 
Las palabras empiezan a tener peso, no es un sí cualquiera. Cuando digo sí, quiero decir las positividades. Yo accedo hacer esto, yo me comporto de esta manera; ésas son las maneras del decir sí. De todo esto somos responsables. ¿Por qué? Porque también podemos decir no. Y acá viene... Siempre me gusta contar una historia de Gandhi, porque decía en un librito que es del año 1904, cuando sale de Sudáfrica, vuelve a la India y empieza toda su lucha política. Y sustenta lo que se va a llamar la no violencia, que son todas malas traducciones; y hay un librito muy chiquito, en una traducción de Lanza del Vasto publicado en la Argentina en los años '50 por “Sur”, que se llama: "Nuestra independencia", donde él, a través de un diálogo con un miembro del Partido del Congreso, dialoga sobre métodos para lograr la independencia. Lo que aclara de entrada, que es muy importante, es que Gandhi en realidad nunca usaba la palabra "independencia", sino que usaba un término en su dialecto que quería decir "resplandor de sí mismo", no independencia. Porque independencia es en relación a los otros, y lo que él decía: "tenemos que ser nosotros y no independientes de otros". Porque la independencia es siempre la vinculación con el otro. Y hay un diálogo muy interesante, seguramente discutible. Pero quiero rescatar lo siguiente: el otro estaba por la independencia violenta y él decía que no. Y discutían, y tomaba este ejemplo: si nosotros armamos un ejército para combatir a los ingleses, primero que va a ser muy difícil armar un ejército para poder destruir a los ingleses, no importa, imaginemos que lo podemos hacer. Pero tenemos que hacer un ejército del tipo inglés, pues cómo lo vamos a combatir si no es con sus propias armas. Y puede ser que los venzamos, pero quedamos hecho un ejército inglés. Y lanza la consigna. Discuten todo un tema político que es el desarrollo de la burguesía nacional, generar una burguesía nacional india en competencia con la burguesía inglesa que dominaba las fábricas, sobre todo la industria textil que era muy dominante y muy grande. Y él decía: "No, no hay que hacerlo, no compitamos con lo mismo, y no hay que ir a trabajar a la fábrica de los ingleses". Entonces le preguntaban: "¿Cómo no ir a trabajar?". Y él contestaba: "No, no hay que ir a trabajar, porque si trabajamos estamos entrando en el juego de ellos, aunque sea para sacarles la fábrica". Y volvían a preguntar: "¿Y si nos obligan?". "Hay que negarse". "¿Y si lo meten preso?". "Hay que aguantarse". "¿Y si nos matan?". "Para ser uno mismo hay que estar dispuesto a morir". Creo que si no tenemos en claro esto, va mal. Tenemos que cambiar nosotros para que el mundo cambie y no al revés. El mundo nunca va a cambiar si nosotros no cambiamos. Ahora, este es un esfuerzo muy grande. Y en la vida cotidiana se va excluyendo cuando se dice no. Cada uno de nosotros puede tener esta experiencia. Personalmente puedo contar muchas anécdotas. Debo decir que me siento personalmente contento de este hecho, que todas aquellas marginaciones que se han producido en mi vida -sobre todo profesionales- producto de no decir si, son marginaciones. Ahora, no me siento héroe ni me siento dolorido. ¿Por qué? Porque si no, no sería lo que uno quiere. A cada rato a uno lo han dejado de invitar a congresos, a reuniones. ¿Por qué? Porque uno es como la mosca blanca. Entonces hay una especie de coro en el que desgraciadamente buena parte de la academia, aun crítica, ha entrado, conscientemente o no, pero en donde uno está como fuera de la realidad cuando dice estas cosas. ¿Por qué? Porque también, o se apoya esta realidad o se la quiere discutir o criticar dentro de la realidad. Cuando uno dice: "si te metés en la realidad estás haciendo lo que Gandhi decía", entonces es una persona molesta.

12 de abril de 2017

Héctor Schmucler: "El mundo de hoy, que dice haber derrotado a la utopía, es uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido" (4/5)

Como Sociólogo y Semiólogo, a lo largo de su vida Héctor Schmucler fue profesor de grado y posgrado en las universidades de Buenos Aires, de La Plata, de Córdoba y de Entre Ríos, todas ellas argentinas, y en la Universidad Autónoma de México y la Universidad de Mérida (México), en la Universidad del Valle (Colombia), en la Universidad de la República y la Universidad Católica (Uruguay), y en la Universidad Autónoma de Barcelona (España). También ha sido Investigador en el Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana de México entre 1976 y 1985, Investigador del Instituto de Latinoamérica de Estudios Transnacionales de México entre 1978 y 1984, Investigador del Centro de Estudios Sociales de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires entre 1986 y 1989, e Investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina entre 1987-2001. Incluso participó como asesor para la elaboración y reformulación de planes de estudios en las carreras de comunicación dictando cursos y seminarios tanto en Argentina como en Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela.
Otro campo temático que abordó fue el de la memoria en torno a la violencia de los años ‘60 y ‘70. Apasionado lector de la filósofa e historiadora alemana Hannah Arendt (1906-1975), la lectura de obras como “Elemente und ursprünge totaler herrschaft” (Los orígenes del totalitarismo), “Vita activa oder vom tätigen leben” (La condición humana), “Zwischen vergangenheit und zukunft. Übungen im politischen denken” (Entre el pasado y el futuro. Ejercicios de pensamiento político) y “Menschen in finsteren zeiten” (Hombres en tiempos de oscuridad), lo llevaron a meditar profundamente sobre la condición humana y sobre la imprescindible necesidad de mantener viva la memoria tras los acontecimientos vividos durante la dictadura.


En el artículo “Actualidad de los derechos humanos” que fue publicado en 1979 en la citada revista “Controversia”, al calor de un compromiso político que no eludió un examen autorreflexivo riguroso, hizo una profunda reflexión sobre sus propias experiencias durante esa época. Y otro tanto hizo en el artículo “Formas del olvido” publicado en el nº 1 de la revista “Confines” en 1995: “Estamos atravesados de olvidos que oscurecen las minucias de la historia”. En 2006 integró la primera Comisión Provincial de la Memoria de Córdoba, desde donde fomentó el compromiso ético y crítico con la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia. A renglón seguido se reproduce la cuarta parte de la entrevista publicada en la página web de la Universidad Nacional de Cuyo en 2004.
 
Esta pregunta sobre la felicidad concretamente, este tipo de preguntas, están siempre excluidas, y paradójicamente este arrinconamiento económico medio que las hacen resurgir. De eso hablábamos hoy, este sistema que finalmente impone tanta rigurosidad en todo el planeta, al mismo tiempo y por su propia imposición, le impone a cada uno aceptarlo y lo obliga a reconocerse, a cada tipo del planeta. Es una vuelta de tuerca tan importante sobre la vida que lleva, ya que destruye sus raíces étnicas, culturales, que de todos modos le impone a uno una nueva adhesión al sistema, que no tiene ya que ver si aportás al socialismo o al capitalismo. Es una nueva adhesión generada sobre la muerte anterior y en ese preciso lugar es donde uno se vuelve a preguntar de nuevo -y me parece que hay un montón de hechos que lo confirman- que de pronto uno se vuelve a preguntar qué es uno, qué hace, y te hago todo este prolegómeno, porque hoy vos hablabas de un tema que me interesó muchísimo: el de la responsabilidad de uno respecto -otra vez- del problema de la vida, es decir, qué hago con esto. Otra vez el sistema, otra vez hay una imposición y otra vez uno tiene una responsabilidad sobre lo que ocurre.
 
Creo que si la catástrofe nunca ha sido tan -para mi gusto- extrema, es porque esta pregunta que vos decís que efectivamente llega hasta un montón de gente... pero no digamos que es lo dominante, digo, mucha gente se pregunta ante esto, ante esta idea de que en realidad lo superfluo puede ser el hombre, es una idea casi de reflexión ligeramente filosófica, lo decimos en un momento de reflexión, no es el sentimiento conceptual de cada tipo que lo echan del trabajo. A un tipo lo echan del trabajo y ya está la solución, usted se tiene que reciclar, usted se tiene que readaptar a este nuevo mundo para conseguir trabajo, y en última instancia aunque esto no es lo que se dice, siempre está la expectativa. Un día va a llegar a tener trabajo; si aprende a hacer esto o lo otro va a tener trabajo, hace falta que aumente el producto bruto, que siga aumentando. Voy a dar un par de ejemplos porque son concretos: cuando a un tipo lo echan de una fábrica que tenía doscientos obreros porque sobran cien, porque hay una máquina que hace todo eso. Normalmente hay protesta, luchas sindicales, todo esto que puede haber, pero el razonamiento más que nada no es "el sistema me excluye". Esta idea de que yo sobro no está en la conciencia. Se puede sentir sobrante y de ahí vienen estados depresivos, suicidios; la gente cuando se siente sobrante, sobre todo a ciertas edades, aunque no pueda racionalizar que es un sobrante, se siente. Esta idea de que no tengo lugar en el mundo es terrible. Esto creo que es lo que mortifica a tanta gente y que hay tantos problemas de orden psíquico. Sin duda es un sentimiento aunque no se lo conceptualice. La conceptualización es un momento de reflexión. Y pensar que este sistema está concebido para gente que sobra, ya no sólo que sobra por la desocupación, sino que el elemento humano, el ser humano que durante siglos y siglos era el elemento necesario para cualquier forma de acción sobre el mundo, podría no serlo. Por ejemplo, los aviones se sabe que podrían ir sin pilotos, y si todavía se mantienen los pilotos es porque ¿quién sube a un avión sin piloto?
 
¿El sistema llena todos los huecos?
 
Sí, todos los huecos de la vida cotidiana. Cuando uno dice que la tecnología es prepotente y totalitaria como jamás, es muy difícil tener esta noción. Quiero decir que hay una pérdida de relación con cierta verosimilitud inmediata del mundo en ese sentido... Además que no se sabe cómo es la operación, pero quiero decir que hay cosas mucho más elementales. A mí me sorprende a veces como la gente no sabe que 4 más 5 es 9. Aunque esto parezca un disparate. Pero es así. Quiero decir, entonces ha sido reemplazado, todo esto que era un saber ha sido reemplazado, era un saber humano. Ha sido apropiado, esto ya lo dijo muy bien Marx, hablemos positivamente de Marx, como la máquina va expropiando el saber humano. La máquina no se inventa sola. Eso se ha expropiado. Cuando se expropia esto, se expropia la memoria. Porque todo su saber pasó básicamente por el ser humano -no hay otro- y ahora ha sido delegado y este otro aparato inventado por otro ser humano se apropia de esto, y el ser humano deja normalmente que se apropie, se va ahuecando en su potencialidad, en su saber; se va volviendo una nada, aunque parezca un poco exagerado esto. En este entregar todo a la máquina, es que el ser humano se va volviendo superfluo. Digo, hoy en día hay pocas cosas en las que el ser humano no sea reemplazable, y la idea es que cada vez va a ser más reemplazable. Y cada vez más perfeccionado... es decir, cada vez las máquinas van hacer mejor lo que creen que el ser humano tiene que hacer mejor, porque es lo que creen que el ser humano tiene que hacer mejor. Quiero decir, si el ser humano -y acá volvemos a un punto de quiebre como sustantivo- es el ser humano contemplativo o hacedor. Hemos optado por el hacer, por el ser humano constructor; nadie haría un robot para que contemple, para que viera con asombro el mundo en que las cosas existen. A nadie se le ocurriría, porque eso sólo lo hace el ser humano. Ese perder el tiempo para el sistema, el único que lo hace bien es el ser humano. Porque nadie podría imaginar que alguien lo podría hacer mejor, ni tendría ningún sentido. Salvo, el extremo... que podríamos crear seres humanos exactamente iguales al ser humano, y en ese sentido, sería redundante porque, ¿para qué querríamos tal cosa?
 
¿De qué manera se legitima esto que está pasando?
 
Por lo menos por dos cosas muy importantes, y por eso pienso que es totalitario. Está legitimado por las condiciones de existencia que se nos impone, nadie puede funcionar en el modelo si no se ajusta a todo esto, a casi todo esto; y luego por la ideología que se va creando de esto. Por ejemplo, la ideología de que las máquinas hacen las cosas más perfectas que los hombres. No es mentira. La ideología es si eso es mejor o peor para los seres humanos. Porque esta especie de velocidad, prontitud y exactitud en hacer las cosas, si el rasgo del humano es justamente esta contradicción, este tener tiempo. Segundo: un ejemplo muy interesante; recién hablábamos de lo médico, que es la idea de la prolongación de la vida. Casi todo lo que tienen que argumentar es que ahora estamos mejor que antes. Claro ahora el hombre vive veinte años más -cosa que es cierto-, promedio veinte, veinticinco años más que hasta hace no muchos años. Acá quiero hacer dos consideraciones. Primero: el criterio de la longitud como criterio de lo esperable en la vida. No importa cómo. Ya se sabe cómo. Hay gente que vive sin el corazón, sin el cerebro, sin el hígado, no importa cómo, la cuestión es la cuantificación como modelo de lo esperable; no la intensidad, la felicidad, si no la cantidad. Pero lo tremendo del sistema es que ha creado gente cada vez más vieja -ya se sabe que la pirámide demográfica es de cada vez más vejez-, y que a su vez la abandona más rápido. Porque hoy decíamos, en los cálculos de suicidio, la mayor proporción es de la gente más vieja. Porque es la gente que ya no tiene nada que hacer. Digo, el viejo que adicionalmente era como las catedrales, como la sabiduría que se acumuló ahí y era una especie de bien colectivo, era una especie de sabio colectivo, ahora es el que es desechable.
 
Lo tremendo de este sistema que invoca para existir el cortar tus relaciones históricas, tu memoria, desvincularte de tu pasado más inmediato...
 
Sí. Creo que la esencia del modelo éste es el olvido. El olvido inmediato de todo. Todo empieza en cada momento en que empezamos algo. Ese es el tema, lo cual implica una intención. Rápidamente vamos a ir a la parte específica. Es larga la esperanza de los pobres. Cuando uno dice olvido de todo. Porque es necesario que haya un olvido, aunque no esté en la idea... ¿Por qué es necesario? Porque todo tiene que aparecer como nuevo, porque en el espíritu de esta cultura, de este sistema, de este proceso, sólo lo nuevo es lo importante. En esto todo tiene que ser nuevo, y que se haga igual. Lo nuevo igual a importante, a cosa de valor. Todo lo viejo no interesa. Todo tiene que parecer como el hallazgo del momento, sin una historia que nos lleve a esto. Quiero ser más preciso cuando digo el hallazgo del momento: todo tiene que aparecer como que ocurre lo que debió ocurrir, llegó... Doy un ejemplo: nada más hablado hoy que el futuro. Es muy curioso. El futuro es lo que ya es, como la globalización, como esto, son cosas que nos llegan. Ya llegó el futuro, no estoy inventando; si leen el diario ven esto en la publicidad: "ya llegó el futuro". ¿Cómo? se puede uno preguntar. Primero que es una aberración porque si llegó ya no es futuro, es presente, pero ese es otro tema importantísimo, el del tiempo. Pero ahora dicen: "consuma esto, este es el futuro". El otro día vi una publicidad que es formidable. Porque como ya se agotó el futuro y ya está entre nosotros, hablaba del futuro del futuro. Esto es aberrante, pero tiene otra cuestión que me parece que es importante para nuestra vida. Ya no permite una reflexión filosófica: si llegó el futuro quiere decir que ya se sabe cómo será el futuro. Uno sabe qué es el futuro y dice: "mire, nos hemos adelantado". Ya sabemos que es el futuro, lo cual... y esta es la idea más fuerte: ya sabemos lo que es el futuro, y entonces ese futuro lo podemos adelantar un poco. Esa es la idea. Pero acá viene una cuestión más, el futuro rigurosamente, desde la interpretación que yo pienso por lo menos, es incognoscible. Si algo caracteriza al futuro, es su incognoscibilidad. Nadie sabe lo que puede ser el futuro. No hacia donde uno quiere marchar, sino lo que va a ser el futuro. Nadie va a saber lo que va a pasar de acá a diez minutos.
 
Ese es el terreno de la esperanza.
 
También, bueno, pero máxime cuando esto se concreta en algo material. El futuro es, justamente, el terreno de lo imprevisible. Por eso el ser humano en realidad vive de lo incognoscible del futuro. Ya vuelvo sobre esta idea... Pero cuando se dice esto se está diciendo: "ya está el futuro. Ahora. No están mintiendo". Porque en realidad el futuro ya existe, es lo que están haciendo ahora. Cuando el tipo dice: "esta es una máquina del futuro", lo que está diciendo es: yo hoy he hecho la máquina que va a ser del futuro. Por lo tanto yo sé lo que es; cómo no lo voy a saber si yo lo estoy haciendo. Yo ya tengo programado el futuro. Yo soy el que lo hace, acá está el futuro. Los tiempos se van plegando uno sobre otro, y no existe esta idea, y el pasado queda superado por todo presente. ¿Por qué? Porque esta es la idea. Si el futuro va a ser mejor, este presente que es el futuro de aquel pasado, es mejor que aquel pasado, por lo tanto todo aquello es desechable. Y además, llega. La idea es más metafísica, nadie dice: "mire, yo sé lo que es el futuro", sino dice: "nosotros sabemos lo que es el futuro", como la adivina con la bola de cristal. Este otro ya sabe lo que es el futuro y por eso puede traerlo. Ahora esta idea, ¿qué significa en la práctica? Que no tenemos casi opción. No somos producto de una historia, de un proceso de nosotros mismos como éramos antes, sino que hoy estamos decidiendo y podemos adelantar lo que nos está esperando en el futuro. Esta idea es una fuerza muy grande hoy. Todo gira alrededor de esto. "Aseguremos el futuro" no quiere decir "sigamos viviendo para poder vivir en el futuro", sino aseguremos que nosotros vamos a poder llegar a aquel futuro que nos está esperando. Y todo este mundo fantasioso de la tecnología es el mundo que nos espera. ¿Por qué? Porque así es. En ese sentido digo que es metafísico, es como que necesariamente tenemos aquello esperándonos.

11 de abril de 2017

Héctor Schmucler: "El mundo de hoy, que dice haber derrotado a la utopía, es uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido" (3/5)

En 1971 escribió el prólogo del libro “Para leer al Pato Donald” del sociólogo belga Armand Mattelart (1936-2025) y el escritor y activista de los derechos humanos argentino Ariel Dorfman (1942), un ensayo que desplegó una visión crítica del imperialismo desde los estudios comunicacionales, concretamente desde las historietas publicadas por Walt Disney (1901-1966) para el mercado latinoamericano. Dos años después, junto a ellos fundó en Santiago de Chile la revista “Comunicación y Cultura”. En el editorial del nº 1 expresó: “La función que se propone cumplir ‘Comunicación y Cultura’ es la de establecerse como órgano de vinculación y de expresión de las diversas experiencias que se están gestando en los países latinoamericanos, en el campo de la comunicación masiva. Evidentemente, no se trata de asumir cualquier experiencia, sino las que favorecen a los procesos de liberación total de nuestras sociedades dependientes. Esta norma de prioridad política será la línea de demarcación que trazará la revista para recoger sus temáticas, sus centros de interés, sus lectores y colaboradores”.
Otro de sus principales aportes a las ciencias de la comunicación fue la creación de la cátedra Introducción a los Medios Masivos de Comunicación en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, una asignatura basada en textos de Vladímir Lenin (1870-1924), Antonio Gramsci (1891-1937) y Mao Tse Tung (1893-1976), entre otros, que fue interrumpida por las persecuciones y los asesinatos durante la dictadura militar instaurada en 1976. Por esa razón se exilió en México y allí, junto con otros argentinos exiliados, entre ellos el sociólogo Juan Carlos Portantiero (1934-2007) y los filósofos Oscar Terán (1938-2008) y Nicolás Casullo (1944-2008), participó en la edición de la revista “Controversia”, un medio en el que se debatió sobre la lucha armada, el rol del sindicalismo, la dictadura, los derechos humanos, la política internacional, la economía y los exilios.


Lo que sigue es la tercera parte de la entrevista publicada en la página web de la Universidad Nacional de Cuyo en 2004.
 
¿Qué es el progreso?
 
Es el creciente dominio de los seres humanos sobre el conjunto de la naturaleza. Hacer lo que uno quiera. Dos cosas: una, la idea de progreso es común al capitalismo, y al socialismo. Si uno quiere ver un elogio al sistema capitalista, debe leer el manifiesto comunista de Marx, por esencia, anticapitalista. Nunca se ha elogiado el sistema capitalista de esta manera. ¿Por qué? Porque en esta idea de progreso y para su teoría de la historia, el momento capitalista era el momento fundamental para liberar las fuerzas del trabajo que haría posible el socialismo, o sea la destrucción de este propio sistema. Por eso hay tanto entusiasmo, porque en realidad la verdadera revolución, dicho sea de paso, es la revolución capitalista. La Revolución con mayúsculas, es esa. El momento en que el ser humano se despega de la organicidad, lo moderno. Ahora, el capitalismo no piensa lo que el socialismo: lo pone en práctica. El capitalismo en ese sentido es analfabeto, no tiene teoría previa, lo pone en práctica, es eso, el necesario e inexorable desarrollo de las fuerzas productivas; por eso se habla -aplicado a otra cosa- del necesario desarrollo de las ciencias, de la técnica, de la producción en su conjunto. Pero este es el modelo capitalista. Quiero decir: nadie lo teorizó, salvo la teoría del mercado, donde Adam Smith, con otro juego metafísico, así como Marx piensa en el inexorable desarrollo de las fuerzas productivas y en el sujeto como agente de la historia que va a liberar todo esto, que es el proletariado como ley necesaria de la historia, porque el veía una necesariedad histórica, determinada por nadie, sino que es tan necesaria como las leyes de la naturaleza, que un árbol nace, se desarrolla, etcétera.
 
Apogeo de la época científica.
 
Exacto, en el capitalismo Adam Smith lo piensa, pero lo piensa con otra resolución metafísica que es la idea de la mano invisible. Hay dos cosas que quiero señalar como curiosas, que me enseñaron cierta literatura: para Adam Smith la idea del mercado no es originariamente económica, sino una consecuencia moral; también para Marx. En realidad, para Smith, para que el hombre pueda ser libre tiene que desaparecer este modelo económico, ya que el mercado es lo que compensa una especie de defecto intrínseco del ser humano que es su egoísmo. En realidad, toda la teoría sobre el desarrollo se sustenta en un libro anterior, que es un libro sobre moral, pero además él lo dice explícitamente, el hombre es egoísta por naturaleza. Digo que tiene una presencia más vale religiosa. El presupuesto es absolutamente metafísico, el hombre es egoísta, y lo dice. Los ejemplos típicos de Adam Smith son conocidos, ningún cervecero vende cerveza para que otro tome cerveza, la vende para ganar dinero. Y entonces lo que busca es su interés personal. Lo que hay que hacer es aceptar que el ser humano es así y no lo vamos a cambiar. En su egoísmo cada uno va a buscar su propio beneficio, pero instalado en el mercado -y acá viene la mano invisible- una mano invisible que sería algo así como el destino, la metafísica, el sentido del mundo, le da a todo esto un sentido que va más allá de la voluntad de cada uno, y entonces se compensan las cosas y el tipo no solo actúa para beneficio propio sino para beneficio de toda la sociedad. En esta trama del mercado, todos constituyen una sociedad donde se interbenefician todos. Pero el sustento es el mismo, ambos están pensando en soluciones económicas. Mientras que en Smith el plus espiritual es en beneficio de la sociedad, en el caso de Marx es la desaparición de las formas del egoísmo que engendra la propiedad privada lo que posibilitaría el pleno desarrollo del hombre, la libertad, etcétera. El problema, lo destacable en esto, es que ambos están pensando en este crecimiento de las fuerzas productivas, en este papel dominante que tiene la ciencia para la mayor producción, la técnica. Ahí es donde hay una lógica, previa en Smith, por supuesto mucho más viejo que Marx, pero más claro que en Marx, una lógica que está impregnada del mundo moderno. Del mundo racional, del mundo ateológico, de este proceso de secularización, o sea de un mundo donde los seres humanos son los únicos que pueden decidir, donde no hay otras fuerzas que están actuando. Donde no hay un sentido trascendente sino esta materialidad en que el hombre vive, y que lo va a llevar a... Ahora este es el problema.
 
¿Por eso lo religioso se opone tanto a lo liberal como a lo socialista?
 
Tienen un mismo fondo materialista no trascendente. Entonces, a mí me parece que por estos caminos habría que buscar, que reflexionar sobre por qué el socialismo tenía que fracasar en el sentido del punto de llegada.
 
Un resto que aún no ha podido ser contenido. Ni por la religión primero, ni por el capitalismo después, ni por el socialismo más tarde, que sin embargo posee, y que aún hoy, a pesar de la globalización, el ser humano -aunque parezca que no-insiste que lo quiere, y es algo que porta, aunque no sepamos bien de qué se trata.
 
Ahí está. Efectivamente a esto nos lleva, siempre con los riesgos de las simplificaciones. Lo que digo: es posible pensar otra opción. Quiero decir, es posible pensar otro modelo social que tenga en cuenta esto, o en realidad lo que podríamos tal vez hacer es ver como se fueron construyendo estas opciones. Que quiero decir con esto: yo creo que el problema es previo, y en ese sentido es más grave, no se resuelve con descubrir el modelito y lo ponemos en práctica; yo creo que hemos avanzado a limites casi de catástrofe. Y acá no hay que reírse. Yo creo que estamos en el límite de la catástrofe. De la catástrofe quiero decir, de la perdida de algunos de los sentidos que han orientado... Estamos como culminando, porque todo momento futuro puede ser peor, no sé si estamos culminando, pero si estamos en un momento casi sin precedentes, de perdida de cualquier sentido de la existencia de los seres humanos como mundo, como totalidad. Quiero decir que esto se ha ido construyendo y en ese sentido digo que no habría que reírse, y tomarlo en toda su magnitud, en toda su gravedad. Yo pienso, no sé si somos un enfermo terminal, tal vez lo seamos, pero... si uno piensa que es un enfermo terminal siempre ya preanuncia la muerte, ¿no? Ahora, si nos pusiéramos en este nivel limite, a veces se pueden elegir las maneras de morir, en última instancia. Peor sería no darse cuenta de que uno se está muriendo, no tener opciones.
 
Respecto de lo que vos hablabas del suicidio hoy. A veces el suicidio es una forma de elegir no darle al sistema la posibilidad de que te mate.
 
Sí, por supuesto, yo estoy llevándolo a un límite casi literario. Podríamos llegar a eso, es muy difícil llegar a esa conclusión cuando no hay datos palpables, por eso la similitud médica con enfermo terminal puede resultar un tanto antojadiza. Sin embargo, digamos, pongámonos en esa situación. Pero todavía está el residuo, todavía hay como una espera. Yo diferenciaría un poco caprichosamente, espera y esperanza, a mí me gusta hablar más de la espera. La espera que tiene cierto sentido trascendente. La esperanza pareciera como vinculada... tengo esperanza de, tengo esperanza en; la espera es como los judíos esperaban o esperan al Mesías, que es un acto de confianza.
 
Pero hay una cuestión que tiene que ver con el acto, el de esperar es un acto concreto, en la esperanza a veces no. Como el enamoramiento y el amor, el amor es un valor y el enamoramiento es un estado, algo que nos ocurre.
 
Exacto, la espera... Como no podemos dejar de vivir sin una espera, sin esto, parecería inconcebible: creo que no estamos en situación terminal, creo que si seguimos por este camino, como decía Benjamin en algún lado, lo peor que nos puede ocurrir... no, el desastre está en que las cosas sigan como son, ahí está el desastre. Pero de todas maneras todos son gestos de espera. Cuando uno dice todo eso, cuando uno dice este mundo es realmente abominable, este mundo marcha muy mal, yo diría que contrariamente a lo que parece, que pareciera que estos son gestos de pesimismo, yo creo que es la única manera del optimismo, es paradójico. Cuando digo optimismo no es decir que bien que están las cosas, sino que mal que están las cosas, a ver si se pueden cambiar. Porque lo más grave que nos puede ocurrir, y esto sería la gran... -casi el grotesco de esto- lo más grave que nos podría ocurrir y es lo que nos ocurre, es creer que estamos en el mejor momento, como diría Bill Gates, cuando estamos en el peor momento. Porque si creemos que vamos bien, que todo es un problema de mejorar, el neoliberalismo dice: lo que hay es que ajustar tuercas, todavía no somos tan liberales, digamos y por eso los defectos que tenemos son nuestras imperfecciones.
 
¿A este proceso de globalización solo asistimos como víctimas?
 
Yo creo que el gran logro es que por primera vez se socializa la utopía por medio del pensamiento único, esta idea del pensamiento único que se impone por vías no contradictorias, todo contribuye a ese pensamiento único. En esto hay que tener en cuenta la homogeneidad política del mundo, en fin, muchas cosas. Lo que ocurre -y acá viene lo que yo decía de que este es un modelo totalitario- porque, o te margina el sistema o uno se tiene que marginar si no quiere estar en el sistema. Y después hay formas de negociación, que es lo que generalmente hace cada uno. Un poquito si, otro poquito no, como para poder seguir criticando, comiendo todos de un bife.
 
¿Del hombre no queda nada?
 
Sí, bueno, desde una concepción del hombre. Para otra concepción del hombre estamos en lo mejor, estamos en el máximo de su hacer externo. De su hacer productivo, de su hacer hacia afuera, de construir cosas. Y bueno, uno se coloca como en crítica y efectivamente, todo apunta a esto. Cuando digo todo, nunca todo apuntaba a esto. Nunca todo tanto como ahora, ¿por qué? Y quiero insistir en un aspecto que es el totalitarismo del sistema, amenazado por el totalitarismo de la técnica. No tenemos opciones técnicas, no hay libertad, todo tipo que hoy no sepa manejar una computadora se ve muy dificultado de entrar en cualquier sistema productivo. ¿Por qué? Después, dejemos a un lado lo que significa, no es una opción escribir a mano o con una máquina de escribir, como no era una opción ser alfabeto o analfabeto. Quiero decir, saber leer y escribir es, cuando la lectoescritura se pone como obligación universal, una obligación que tiene más en cuenta el modelo productivo que si el tipo va a tener cultura escrita o cultura oral. Es muy interesante, y con esto no estoy diciendo que no sea magnífico que todo el mundo escriba y lea. Esa es otra historia. Nadie ha demostrado que el hombre es más feliz, más pleno sabiendo leer o no. Todas las culturas ágrafas, por qué vamos a presuponer que eran menos fuertes culturalmente. Pero lo contrario no es verdad tampoco. "Los analfabetos son mejores" tampoco es, pero son imposiciones culturales.
 
Eso tiene que ver con la organización económica, había una organización económica, una estructura que necesitaba tener a un hombre antes sano, después alfabeto para que trabajara. En estos momentos se plantea algo inédito a lo mejor en cientos de años, que es lo que vos planteabas al principio de la charla, que es: el hombre sobra. Frente a este hecho totalmente inédito en la historia del hombre, uno debe pensar un desafío completamente nuevo.
 
Mira cuál es la lógica. Porque sobra el hombre, porque el ser humano ha inventado máquinas que lo reemplazan en casi todo. Quiero decir, el último ejemplo que hemos tenido es la "Deep Blue". Y no desaparece el juego del ajedrez. Quiero decir, ¿qué sentido tiene el juego del ajedrez si hay grandes máquinas que podrían jugar entre ellas? Podrían llegar a la perfección las máquinas. Porque el jugar es ganarle al otro, ¿sólo ganarle? Si en lo humano del juego no está el juego, el juego en sí, esto de triunfar o perder ni engrandece ni achica al hombre. Esta victoria, en la que la máquina le ganó al hombre, ¿qué quiere decir?

10 de abril de 2017

Héctor Schmucler: "El mundo de hoy, que dice haber derrotado a la utopía, es uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido" (2/5)

Héctor Schmucler ocupó un lugar central en el pensamiento de los años ’60 desde la crítica literaria participando en las revistas cordobesas “Vertical” y “Los Libros”. A esta última la dirigió entre 1969 y 1972, y en ella colaboraron destacadas personalidades como Juan Gelman (1930-2014), José Aricó (1931-1991), Eliseo Verón (1935-2014), Oscar Steimberg (1936), Nicolás Rosa (1938-2006), Ricardo Piglia (1941-2017), Beatriz Sarlo (1942-2024), Carlos Altamirano (1939) y Germán García (1944-2018). Años después, en 2011, se publicó “Los Libros (1969-1976)”, una compilación de sus artículos como crítico literario que habían aparecido en esa revista. La edición se hizo en cuatro tomos y fue prologada por el sociólogo y escritor Horacio González (1944-2021).
En 1970 creó la cátedra Semiología del Periodismo Escrito, primera cátedra de ese estilo en América Latina, en la Escuela Superior de Periodismo de la Universidad de La Plata, institución en la cual ejerció el profesorado de Sociología y Semiología. También ese año dirigió una colección en la editorial Signos, una casa editora que publicó una veintena de libros relativos a ciencias sociales, literatura y política de la autoría de, entre otros, Honoré de Balzac (1799-1850), Karl Kautsky (1854-1938), Georges Bataille (1897-1962), Jean Paul Sartre (1905-1980), Samuel Beckett (1906-1989), Juan Carlos Onetti (1909-1994), Eric Hobsbawm (19172012), Alain Touraine (1925-2023), Michel Foucault (1926-1984), Rodolfo Walsh (1927-1977) y André Gunder Frank (1929-2005).


A continuación, la segunda parte de la entrevista que le hiciera el docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo
Pablo Sevilla.
 
Estas preguntas que nos habitan, ¿habitan en la mirada utópica?
 
Las utopías en general prescinden de esto, llamémosle, esencialidad de lo humano, y entonces piensan construir algo, resuelven por las ideas (que son las más adecuadas para los seres humanos), han imaginado sociedad, mundos, relaciones de existir concretas de los seres, de la manera en que, según su presunción, es la más adecuada. Pero prescindieron de este otro conflicto, prescindieron yo diría en un sentido general de la tragedia. Prescindieron del vivir trágico, que creo, es el verdadero vivir, es lo inconmensurable y lo más profundo de los seres humanos. Al prescindir de esto construyen modelos que al definir a priori que son justos, imponen un mundo. Todo lo que hay dentro de este mundo es lo que hay que rescatar, porque todo es por el bien del ser humano futuro, y todo lo que apunte en contra hay que liquidarlo, y así se crean los sistemas totalitarios, autoritarios, etcétera. ¿Por qué? Porque se está negando este conflicto de los seres humanos. Por eso digo que las utopías, contrariamente a lo que con tan buena intención ha popularizado Serrat, yo creo que deben ser combatidas, pero combatidas en el sentido éste que estoy diciendo. No para no hacer un mundo más justo, sino para ver que un mundo más justo solo es posible si los seres humanos son distintos, este es el punto de partida.
 
Asumiendo la tragedia...
 
Exactamente, con toda esta contradicción, y que también quiere decir que todas las utopías han sido un poco "simplotas" hasta este momento. Todas estas construcciones de mundo han sido producto de la mera razón. Una razón que ha pensado como construir un mundo, un espacio terrenal, ordenado, repetible, igual, transparente, sin secretos ni misterios. Una utopía apunta a la transparencia, que no haya misterio, que todo sea visto, a que todo sea conocido, que nada aparezca como imprevisible. Porque si es imprevisible se acaban las utopías. Cuando digo que hay que luchar contra las utopías digo hay que luchar contra todas las formas totalitarias del mundo, y creo que el mundo que vivimos, que dice ser antiutópico, y que dice haber mostrado la derrota y la imposibilidad de la utopía, y que dice ser el mundo de la negación de lo totalitario, el de la libertad, etcétera, creo que estamos construyendo uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido.
 
¿Esa es una utopía triunfante?
 
Exactamente, por eso yo decía recién que hay una utopía triunfante. Creo que nunca hubo, como ahora, un pensamiento único, un único pensamiento que tiene como eje la idea del mercado... y el mercado es definido por todos estos rasgos que yo he enunciado recién: el mercado tiene que ser transparente, digo, es una de las virtudes de lo que se dice debe ser el mercado; la transparencia del mercado.
 
Una utopía también.
 
Claro, pero como ya el mercado no es sólo la transacción mercantil sino que todo se define como mercado, todo tiene que ser transparente. Pero con esto se está negando un hecho fundamental: que hay cosas que no son visibles, que hay cosas que no son comprensibles porque en su definición poseen este rasgo, de misterioso, de inasible, de no alcanzable, porque es el rasgo del espíritu humano. Bajo el rótulo de la transparencia que es una de las utopías contemporáneas, todo tiene que ser transparente, la información tiene que circular en todos los sentidos, todos tenemos que tener acceso a toda la información. Pero hay una idea más sustancial: todo está en la información.
 
¿Cómo es eso?
 
Sí, esta idea dice todo está en la información, ya todo está. Creo que -dicho sea de paso- Internet es una de las metáforas de esta utopía, una especie de mundo donde ya está todo, y de lo único que se trata es de saber cómo llegar ahí, como que ya el mundo es objetivable, digo, es el ideal de Bill Gates, este hombre que siempre digo que es el ser más feliz y más rico del mundo, porque él se expresa, es el más feliz, es el más esperanzado -que es el más rico ya se sabe- pero además es el tipo más entusiasta, logró todo lo que nunca el hombre ha logrado.
 
¿Qué estamos logrando?
 
Que todo se transforme en rasgos digitales, en señales electrónicas, todo está destinado a ser señal. El día que tengamos todo en señales, el mundo será nuestro, porque además de las señales electrónicas, accedemos instantáneamente, simultáneamente, en un concepto de tiempo, pero además en un solo lugar. Es casi la realización del Aleph de Borges. Y el problema es que no todo es transferible ni a señales digitales ni a ningún otro tipo de señales que la racionalidad nos impone. Esta idea de lo que a veces he llamado por ahí "pancomunicación", "pancomunicado". Esta es la utopía contemporánea, todo está comunicado con todo y se acabaron los problemas.
 
Esa es la utopía de la utopía triunfante.
 
Las utopías contemporáneas, las que nacieron en el Renacimiento, la de Tomás Moro en 1516, todas se sustentaron en la idea de una razón triunfante. Todas. Con matices, pero donde la razón podía ordenar las cosas a fin de que los hombres vivieran mejor. Hay que leer la "Utopía" de Tomás Moro. Ahí está todo, toda esta idea de la transparencia, está toda esta idea de la igualdad y por lo tanto de la no sorpresa. Los chicos, ya desde la escuela, empiezan a creer que hay un lugar mágico, que generalmente es la computadora por supuesto, y un lugar visible que es la pantalla, y muchos mecanismos detrás de ello, por lo cual se puede tener acceso a todo lo que se quiera, a una velocidad cada vez más sorprendente. Y uno escucha a cada rato palabras como: a ver, lo buscamos en Internet. Y esta idea de Internet como la clave del conocimiento, como garantía de verdad, se está imponiendo crecientemente. En realidad, se trata de un modelo muy puntual que después se generaliza hasta decir todo está resuelto. Entonces todo esto, que tiene muchos matices, se va volviendo también una ideología que, curiosamente, se universaliza. Te doy otro ejemplo: en los años '46-'47 se plantea por primera vez la idea del mundo desarrollado y subdesarrollado, se consagra un valor que no existía previamente, y hasta quienes se oponen al modelo de países desarrollados terminan hablando de esto. Y sin embargo la idea del socialismo es ser como los países capitalistas nada más que mucho más rápido.
 
Sin sus defectos.
 
Exacto. Cuando decimos: "tenemos que dejar el tercer mundo para alcanzar el primer mundo", es esto que vuelve a repetirse. Y lo que no se pone en cuestión es qué es ese mundo. Lo que no se pone muchas veces en cuestión, y por muchas razones, y es que en realidad si llegáramos a ser como aquellos estaríamos inmersos en los más graves problemas del mundo. Porque los problemas del mundo son los problemas del primer mundo, no los nuestros. Los nuestros son los problemas de antes, evidentemente que son, pero como problemas fundamentales en la concepción del hombre son los problemas del primer mundo. De ese mundo. También en esto hay un engaño, porque nosotros somos cada vez más del primer mundo, somos un primer mundo en las condiciones de miserabilidad que viven algunos países. Somos como los arrabales de esos países. Pero somos primer mundo, y acá viene el momento utópico que se realiza. ¿Por qué? Porque en lo esencial ya somos parte de un mundo único. Y cuando digo único, digo que somos un mundo único porque ya no podemos dejar de serlo, este mundo único actual, quiero decir, totalmente interconectado. Donde lo que se está decidiendo hoy, aquí en la Argentina, en realidad, es si será administrado por una u otra faceta política algo que ya está decidido globalmente. Los políticos, los gobernantes, se han vuelto con más claridad que nunca, desgraciadamente, gerentes locales de un proyecto mundial. Entonces, decía, somos ese mundo, y nuestros males profundos tienen que ver con ese modelo único. Cuando digo males profundos me refiero a los que son más perdurables, civilizatorios, pero esto no excluye los males concretos. La pobreza, la desocupación, la marginalidad, lo que ocurre es que este mundo único ya es con esto. El mundo único necesariamente excluye aún de sus propios valores económicos, de esta distribución, una cantidad de gente.
 
¿Por qué?
 
Porque no hay lugar para la gente. Hemos llegado al momento terrible que a Hannah Arendt le preocupaba hace cincuenta años. Un mundo donde lo que sobre es el hombre, y estamos en esto. Es de lo único que se puede prescindir. Ahora, llegaremos a un estado tal de locura, tal de chifladura, en el cual nos preguntaremos para qué queremos un mundo que funcione perfectamente, si lo que está sobrando como variable sustancial es el ser humano. Es terrible, es casi demoníaco, y no lo digo tan metafóricamente. Lo digo en serio. Qué curioso, que hayamos podido construir un mundo donde podría concebirse que existiera al margen de los seres humanos, y acá se une la idea utópica, con un ser humano creado, inventado, fabricado, construido para este mundo. Y acá se cumple la gran utopía: creemos un mundo para que el hombre sea de otra manera. Ocurre que creamos un mundo donde este hombre está sobrando y tenemos que crear otro hombre.
 
Por un lado el socialismo que miró al mundo y vio al hombre en un lugar que todavía no tenía, y por otro lado el capitalismo que vio al mundo, y dijo al hombre: es esto. ¿Qué era lo correcto? ¿O ninguna de las dos cosas era la correcta? ¿O son dos utopías? Y si ninguna de las dos cosas son correctas, ¿qué tenemos para hacer hoy... para hacer ahora?
 
Esa es la pregunta clave, porque es la que siempre surge, es cierto porque es inquietante, porque vemos que se nos viene la casa abajo y no podemos hacer nada para mantenerla. Quiero reflexionar un poquito sobre lo que vos dijiste: yo creo que estos dos como modelos, con matices a veces más o menos brutales, más o menos dogmáticos, etcétera, más irreligiosos a veces que otros, sin embargo, y acá quisiera retomar lo que dije antes, apuntan a cosas muy similares. Justamente yo decía que nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestras guerras, aspiraban a llegar a un lado, y tal vez el problema no es el fracaso, sino que nos llevaban al mismo lado, sustancialmente nos llevaban al mismo lado. Quiero decir que me parezca mejor que haya más justicia y no menos, que haya menos pobres y no más, esto es obvio. Porque me parece que es la condición mínima para la existencia de los seres humanos. Que todos los seres humanos coman casi no tendría que ser una reivindicación, sino que es la condición para que existan, es el punto de partida. Después habrá que ver qué son los seres humanos. De manera que esto, no. Y una vez más quiero enfatizar que el sistema capitalista dominante me parece que es el más terrible que haya existido nunca. Pero, aquí está la cuestión: creo que la idea de socialismo que se tenía, no nos llevaba a otro camino. Porque uno y otro tenían como sustento una palabrita: progreso.

8 de abril de 2017

Héctor Schmucler: "El mundo de hoy, que dice haber derrotado a la utopía, es uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido" (1/5)

El sociólogo y semiólogo Héctor Schmucler (1931-2018) nació en Hasenkamp, un pequeño pueblo de la provincia de Entre Ríos. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba y obtuvo su licenciatura en 1961 con una tesis sobre la obra de Julio Cortázar (1914-1984). Dos años después, cuando éste publicó “Rayuela”, Schmucler hizo lo propio con el ensayo “Rayuela: juicio a la literatura”, un estudio que generó una amistad y un contacto frecuente con el escritor de la emblemática novela. Entre 1966 y 1968 estudió semiología en la École Pratique Des Hautes Études de París bajo la dirección del semiólogo, crítico literario y filósofo estructuralista francés Roland Barthes (1915-1980). Fue fundador y miembro -junto a José María Aricó (1931-1991) y Oscar del Barco (1928-2024)- del grupo editor de la revista "Pasado y Presente", una de las publicaciones fundamentales en la renovación teórica y cultural del marxismo en la Argentina y en el abordaje de la comunicación en el país influenciado por la Escuela de Frankfurt. Esta editorial también publicó la colección de libros "Cuadernos de Pasado y Presente" la que incluyó obras de Karl Marx (1818-1883), Rosa Luxemburg (1871-1919), Nicolai Bujarin
(1888-1938), Claude Lévi Strauss (1908-2009)​​ y Louis Althusser (1918-1990) por citar sólo algunos.


Schmucler dirigió desde 2004 el “Programa de Estudios sobre la Memoria”, un programa en el que participaron diversos investigadores patrocinados por el Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía de
la Universidad Nacional de Cuyo (UNC) con el objeto de realizar una investigación sobre dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983. Pablo Sevilla (1979), docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de dicha universidad, lo entrevistó para la página web de la institución cuyana. Lo que sigue es la primera parte de la entrevista.
 
Ahora no sé por qué recuerdo un día que estuvo Osvaldo Soriano aquí, caminando por la calle, y mientras nosotros nos íbamos riendo, nos comentó, así como al pasar: "Yo los veo reír a ustedes y recuerdo que fui joven y reírse era prácticamente un pecado".
 
No habría que exagerar mucho porque me parece que en todas las épocas las cosas fueron menos estrictamente rigurosas, tal vez desgraciadamente. La época de la tragedia pasó hace mucho, y cuando digo de la tragedia lo digo en el buen sentido; cada palabra, cada gesto, cada acción tenía una resonancia definitiva. En la época de la tragedia o la época bíblica, las palabras tenían peso, tenían sentido, detrás de cada palabra había una voluntad de expresar, de decir, de afirmar, de actuar. La tragedia, la poesía, la literatura, la gran filosofía, yo no sé si en nuestra época (en la de Soriano y la mía), era tan cortante. Pero es cierto, había cosas de las que era más difícil reírse, es decir, si se la compara con nuestra época donde las palabras han llegado al máximo de su degradación, donde nada significa casi nada o cualquier cosa puede referirse a cualquier orden de concepto, de ideas y valores, donde los valores se diluyen en la medida en que no hay palabras que lo enuncien en toda su fuerza, en todo su rigor. Seguramente Soriano evocaba a esa gente para la que era serio reírse, y algunas cosas había que decirlas en serio porque no admitían ambigüedades; no quisiera reivindicarla como una época necesariamente mejor, ni para decir que esta es mejor, una época donde tal vez pecábamos de reír poco, pero de reír en serio, no reír como un acto de banalidad, de superficialidad, sino como un acto de alegría, de goce, de plenitud, de esa alegría que a veces está muy al lado de la tristeza, del dolor, pero que también es alegría, y también es la alegría del existir. Aquella época que rememoraba seguramente Soriano, un pecado nuestro era el no darnos cuenta de cuantas cosas también teníamos que alegrarnos, de cuantas cosas de la vida, de la existencia, de que debíamos alegrarnos también del hecho de que las cosas existan.
 
Bueno, un texto tuyo dice, corregime si me equivoco: "Si tengo que definir aquella época podría decir que fue la de los años en los que nos preparábamos para la guerra".
 
Sí, sí, yo hablaba tal vez de los '60, en aquellos tiempos, donde todo estaba en esos términos, los términos del enfrentamiento, que eran también los términos de la gran esperanza del triunfo, por esos nos preparábamos para el enfrentamiento; en el mejor de los casos no era sólo el enfrentamiento mismo, sino para triunfar y para consagrar una existencia más plena, más feliz, más justa. Pero para continuar la cita, yo decía: eran los años en que nos preparábamos para la guerra, me acuerdo bien a lo que te estas refiriendo, y después creo que decía: vino la guerra. Hay una alegría en el prepararse para la guerra...
 
Yo quería decir: cuando vos hablabas de la risa como una banalidad, vos también hablás de la fiesta, de la muerte.
 
Claro, sí, exacto. Vino la guerra y vino la muerte, alguien hubiera dicho vino la derrota. Yo diría vino la decepción, me gusta más la palabra, no porque no haya venido una derrota, que vino y que fue, sino porque para algunos por lo menos, la decepción fue enterarnos, comprobar, que esa guerra para la que nos preparábamos en realidad tenía algo equívoco. En realidad nos preparábamos para una victoria, que aunque hubiera sido una victoria, tal vez también hubiera contenido una derrota, es decir, creo que errábamos en muchos cosas, y acá cuando digo esto -porque ahora mucha gente dice esto, los famosos arrepentimientos, pseudoarrepentimientos, esto que se le llama autocrítica, toda esta superficialidad con que se toman las cosas-, no estoy queriendo decir que los que triunfaron tenían razón ni mucho menos. No, errábamos porque no veíamos que muchas de las cosas por las que combatíamos estaban muy cerca de aquellos de los que triunfaron. Es decir, que si nosotros triunfábamos, que si nuestras ideas seguían adelante, no era tan distinto a esto que triunfa hoy, y creo que esto que ha ido triunfando en el mundo es terrible. Y es denigrante para los seres humanos. Creo que muchas de nuestras ideas contenían esto, aunque nosotros quisiéramos lo contrario. Recién hablábamos de la tragedia, ¿esto es trágico no? Porque hay un destino, pareciera de buena parte de la historia, de la historia moderna diría, que lleva implícito esto, la aspiración de algo y cuando se llega se puede observar que en realidad es como haber arribado al polo contrario, no se llega a aquello que se aspiraba. Sino que había algo en eso que se aspiraba de equívoco, de contradictorio.
 
¿Y dónde está esa contrariedad, en los medios o en los objetivos?
 
Bueno, yo sacaría los medios. No me preocupan tanto porque si uno pensara sólo en los medios, aunque no hay que dejar de tenerlos en cuenta, por supuesto, pareciera que si hubiéramos buscado otros medios hubiéramos llegado a un buen puerto. Y al decir los objetivos se me ocurre pensar, ahora que estoy hablando, que los objetivos eran equivocados, cuando en realidad nuestros objetivos eran bastante -como principio general- abstractos. Eran abstractos en el sentido que aspirábamos a eso que decíamos recién, a un mundo justo, a un mundo libre, digno.
 
¿Hay algo que no se tuvo en cuenta? Recuerdo esa caminata, recuerdo que Osvaldo lo decía con un poco de bronca... no reivindicaba ese pasado, sino que lo decía como diciendo: la risa tendría que haber formado parte de esa revolución. Al no tenerla en cuenta, en esto la risa es sólo un símbolo subjetivo. A lo mejor el hombre era más profundo que aquella concepción.
 
Sí, yo estoy de acuerdo en eso. Seguramente es así, sabiendo lo que pensaba Soriano. Quisiera ser bastante explícito en esto, para no caer en otra ligereza, porque hay una ligereza contemporánea que es esto: la risa, la alegría, el placer, darse el gusto, ser buenito con uno, todo un lenguaje bastante de la "new age" y del mundo "light" actual. Entonces digo: la risa, pero no en ese sentido, quiero ser bien explícito y claro en esto, eso que parece una especie de cosa tranquilizante, ¡ah, mirá que lindo las cosas que existen! y entonces seamos felices... No, la risa no como una especie de carcajada ligera, sino como sonrisa donde el alma puede identificarse con el mundo, esta admiración gozosa de que las cosas existan. El problema es que haya un mundo que no permita que las cosas resplandezcan en toda su plenitud, un mundo que va como negando la posibilidad de esa plenitud.
 
¿Es eso lo que no se tiene en cuenta?
 
Voy a meter una palabra para ser casi contradictorio: utopía. Porque se puede decir por ahí que hay que reivindicar la utopía, y yo creo que ahí está el daño. ¿Qué quiere decir esto de la mirada utópica?, una mirada que era la que muchos teníamos hace muchos años y de la que me quiero empezar a sentir liberado desde hace unos cuantos años. Hay muchos tipos de utopía, pero todas tienen este pecado original para mi gusto: ponen al ser humano como el eje de la construcción de sí mismo. Quiero aclarar que digo con esto: las utopías, aún las vigentes hoy, aún las triunfantes hoy (después hablaremos sobre esto, de las utopías triunfantes), todas las utopías han girado alrededor de la idea: el hombre puede por su propia voluntad y por su propia potencia creadora hacer un mundo que condicione la situación, de un hombre con dignidad, con justicia, etcétera, ¿por qué? Porque la razón por la cual el hombre hoy vive en la indignidad, la humillación y la injusticia es el mundo que existe... Digo esta dualidad, esta dicotomía, en la cual el mismo ser humano se sale del mundo, para pensar un mundo que lo condiciona a él mismo, esto me parece que es metafísico. Cuando digo que es metafísico, quiero decir, ajeno a la realidad, metafísico en el sentido de fuera de las cosas como son realmente, y más bien como una especie de fuerza externa que actúa sobre nosotros. Entonces digo, el mundo somos nosotros, el mundo no es las cosas y además nosotros. Nosotros somos el mundo. No hay dos instancias separadas, algo así como si el mundo pudiera existir por su cuenta, digo, el mundo, la materialidad, las relaciones y allá aparecen seres que lo vienen a habitar. Algo así como si nosotros nos fuéramos a Marte.
 
Bueno, imaginemos.
 
Nosotros nos vamos a Marte, imaginemos que hubiera un mundo en Marte. Por lo tanto, nosotros vamos a sufrir la influencia de ese mundo no creado por nosotros. Y no, resulta que yo creo, me parece bastante evidente, que el mundo somos nosotros mismos. Por lo tanto, cuando se dice cambiar el mundo para que cambien los seres humanos hay una especie de hiato, de irrealidad, a eso digo metafísico... Una especie de aspiración imposible de ejecutar, por la cual vamos a cambiar nosotros el mundo siendo que nosotros somos los mismos. Si nosotros somos producto de este mundo, ¿cómo cambiamos el mundo para después ser distintos? El problema es que nosotros somos el mundo. El mundo es esta totalidad, la de nuestras relaciones, de nosotros mismos, entonces, esta idea del hombre como pura consecuencia de lo existente, es parte de todo este pensamiento utópico que dice: "cambiemos el mundo y entonces el hombre va a cambiar". Todas las utopías se sustentan en esto. Un mundo construido por el hombre, por una decisión humana, de tal manera que los hombres ahí vivan de otra manera y no como esta manera que se critica, que se niega por incorrecta, por inadecuada, por injusta. Esta idea de que los hombres pueden crear un mundo, y crear un ser humano acorde con ese mundo, prescinde de algo que es lo no cambiable del ser humano. ¿Somos meros productos de una coyuntura externa a nosotros o hay algo permanente en los seres humanos? Permanente que no quiere decir que siempre seamos los mismos. Permanente en el sentido de aquello que distingue a los seres humanos del resto de esta admirable cosa que es todo lo que ha sido creado.
 
Lo que decías hoy por ejemplo de las abejas.
 
Exacto. Esto que estamos haciendo nosotros ahora, este acto, cuyo elemento menos importante es que haya un grabador de por medio. Lo importante es que nosotros estemos pensando. Que podamos distanciarnos de nosotros mismos, para pensarnos a nosotros mismos. Y estamos repitiendo un gesto que han hecho los seres humanos desde que hay memoria, desde hace miles de años. ¿Y nosotros quiénes somos?... Y digo que es importante esa pregunta porque preguntarnos quiénes somos es distinto a preguntarse qué somos. Qué somos puede responderse con una descripción: somos habitantes de la tierra. Quiénes somos, ese "quiénes" está aludiendo a algo más personal, a la propiedad y a los sujetos. ¿Quién es este bicho que se pregunta quién es? Porque esto es muy sorprendente. Ya esto es una diferencia sustancial con todo lo que nosotros conocemos que no es ser humano, porque, que sepamos ningún otro ser viviente se pregunta quien es. Y yo siempre aquí hago un pequeño paréntesis, digo: bueno, no sabemos. A lo mejor las hormiguitas están todo el día en eso. Mientras están llevando pastito para su comida, se van preguntando... Pero no podemos saber, porque para nosotros lo único que se nos ha dado para conocer es el lenguaje, de manera que lo demás es pura fantasía. Lo cierto es que este preguntarse qué es esto que se llama ser humano lo lleva a conductas distintas. Quiero decir que el mundo también existe por estas respuestas, que van actuando, van haciéndolo. Cosa que no parece que hicieran las otras especies vivas porque repiten. Las abejas hacen algo perfecto que es el panal, el problema es que no pueden dejar de hacerlo, los seres humanos podemos dejar de hacer lo que presuntamente como especie animal estamos destinados a hacer. Podemos optar, podemos decir no, podemos decir si y que nos haga responsable de ese "decir sí", y esa posibilidad también depende, en última instancia, de la respuesta de que somos seres humanos. No estamos preguntándonos a cada rato, sin embargo todo lo que hacemos es una forma de respuesta a esta pregunta que no es explícita, pero que sin embargo funciona en el mundo.

2 de abril de 2017

Entremeses literarios (CXC)

LITERATURA
Julio Torri
México (1889 -1970)

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores. La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales y, a pesar de todo, fascinante, mágica, sobrenatural.


AZUCENA DEJÓ EL PIE
Jorge Ariel Madrazo 
Argentina (1931-2016)

El señor Litis decidió no dejarse carcomer, ya más, por su amor obsesivo a la señorita Azucena. De modo que cuando oyó el pregón del vendedor del elixir del olvido, corrió a comprarse un frasco, el último disponible. Una cucharada y la cabeza de Azucena se borró de su mente febril; otra, y se disiparon los senos deliciosos. Y así, en su alma atormentada fueron extinguiéndose los brazos de seda, la cadera pletórica, los muslos resbaladizos, una de las piernas de gacela, enseguida la otra. Y un piececito y… advirtió, con angustia, que no le quedaba más elixir. El señor Litis tuvo que cargar en su corazón, hasta el fin de sus días, el pie derecho de Azucena, el más adorable y afelpado.


LA JUSTICIA
Salvador Salazar Arrué
El Salvador (1899-1975)

- Hijo mío -decía el Rey Padre-, no debes preferir nunca la justicia humana a la divina justicia.
- Entonces, oh padre -respondió el Príncipe-, quiero comer esta noche en la mesa de mis sirvientes.
Frunció el Rey el entrecejo y apuntó:
- Pero no olvides que tu misión comprende el mantenerte en cierta posición sobre tus súbditos, para que éstos no olviden que has sido dado a ellos como Rey y Señor por la Justicia Divina.
- En tal caso -repuso el joven Príncipe-, la Justicia Divina no es la Justicia del Bien.


Y ADEMÁS CONTAGIOSO
David Moreno Sanz
España (1976)

A ver si consigue así que papá no haga más el indio porque lo suyo es patológico, obsesivo. A mí me llama "Con el puño en alto" porque soy muy belicoso, a mamá "Mujer con sonrisa hechicera" porque al verla quedó embrujado; sale a la calle provisto de arco y flechas; se pone mocasines y no zapatos y no en pocas ocasiones descubre al Séptimo de Caballería detrás de cada esquina. Nos tiene muy preocupados. Por eso doctor, si hace falta atémosle a la silla y bailemos la danza del sol cuatro días y cuatro noches. A ver si escupe de una vez los malos espíritus.


EL HORNO
Joaquín Gómez Bas
España (1907-1984)

Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo. Lo puso en práctica en seguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquiriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metió la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó justamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas. Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las cejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos.
Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le pasó con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio.


EL HORÓSCOPO
Fernando Iwasaki
Perú (1961)

Antes de disparar resaltó en mi memoria aquel mensaje definitivo que leí en el periódico: "Tenga cuidado con esa persona de su entorno que se propone arruinar todos sus planes". Pero de pronto ella se volteó y sin darme tiempo a reaccionar me clavó un cuchillo en el corazón. Nunca debí dejarle el periódico. Ella también era Tauro.


EN LA MECEDORA
Andrés Rivera
Argentina (1928-2016)

El neurólogo dice esto: dos años atrás, me leyó las conclusiones del informe añadido a una polisomnografía nocturna a la que, le consta, me sometí desdeñoso y resignado. El neurólogo que se parece, demasiado, a un caballero inglés -algo así como un jugador de polo vestido, de los hombros a los tobillos, con una bata blanca, y rubio, atildado, de estatura y edad medianas y ojos fríos y claros-, me pregunta, no muy ansioso, como fatigado, si recuerdo algo de aquella lectura. Me alzo de hombros y miro sus ojos claros y fríos, su cabello rubio y el nudo irreprochable de su corbata, y su devoción por el Martín Fierro, de la que me hizo partícipe en una lejana tarde de verano cuando se abandonó, displicente e inescrutable, a la celebración de los silencios de la pampa.
El neurólogo dice -y el tono de su voz es algo más fuerte que un susurro- que el informe elaborado a partir de esa polisomnografía nocturna (a la que me entregué, repite, dócil y abstraído), corresponde a una persona normal, salvo por una observación que él, el neurólogo, omitió mencionar en mi última visita, por razones obvias. Yo miro el humo del cigarrillo que sube, leve y lento, y blanquísimo, hacia una ventana por la que entra la luz de la tarde. ¿Es una luz de otoño? ¿Mansa? ¿Dónde se refugió la luz del verano mientras yo, por razones obvias, encendía un cigarrillo?
El neurólogo dice, sin ningún énfasis, tal vez retraído: la observación que acompaña a la polisomnografía nocturna indica que yo, persona sana, vivo una tristeza profunda. 
¿Entiendo esa observación incluida en el informe que acompaña a la polisomnografía nocturna? ¿Es mansa la luz del otoño? ¿Hacia dónde huyó la luz del verano? ¿Le digo, al neurólogo, que lo que yo deba entender de la observación que aparece en el informe agregado a la polisomnografía nocturna ha dejado de importarme? ¿Le digo que alguien escribió: la vejez, única enfermedad que me conozco, será breve, será cruel, será letal? ¿Y que escribió, también, que prefería olvidar las diez o doce imágenes que conservaba de su infancia? Enciendo otro cigarrillo.
El neurólogo, las manos cruzadas sobre su escritorio, contempla el cenicero, y dice que no demore mi próxima visita, que vuelva cuando yo lo desee. Me pongo de pie y le pregunto al neurólogo si hay alguna otra cosa que yo deba saber. El neurólogo que es, casi, un caballero inglés, sea lo que sea un caballero inglés, me abre la puerta de su consultorio. Cuando llego a casa, prendo la luz de una lámpara de pie, siento a Tristeza Profunda en la mecedora, y la mecedora se mueve de atrás para delante, lenta y en calma, y pasea a Tristeza Profunda por el silencio que ocupa la pieza de paredes pintadas a la cal.


LA OVEJA FEROZ
Jaime Alberto Vélez
Colombia (1950)

Una oveja decidió disfrazarse de lobo, para confundir a su habitual enemigo, y se encontró con un lobo que había recurrido a su vieja costumbre de vestirse de oveja. En medio de la confusión que ocasionó el encuentro, todos pudieron presenciar cómo, por primera vez en la historia, la oveja feroz devoraba al lobo indefenso.


ALEGORÍA
Luis Fernando Verissimo
Brasil (1936)

Había una vez un Rey que quiso cambiar el mundo. Llamó al mago de la Corte, Tecnocratus, y le dijo: "Todo debe cambiar. Quiero que el Sol nazca al Oeste y se ponga al Este. ¡Disponga!". El mago Tecnocratus reunió a todos los sabios del reino y transmitió el pedido del Rey. Si no lograban que el Sol naciese al Oeste y se pusiese al Este, ¡todos perderían la cabeza! Los sabios pensaron en todo: en pociones mágicas... en plegarias... en huir... Pero no hubo caso. Para estudiar mejor el problema, mandaron a un sirviente traer una Rosa de los Vientos. El sirviente la trajo, más, al entrar a la sala, dejó caer la Rosa de los Vientos y, luego, la paró cabeza abajo... ¡Ahí estaba la solución! Los sabios ordenaron que todas las Rosas de los Vientos fuesen repuestas con el Norte al Sur, el Sur al Norte, el Este al Oeste y el Oeste al Este. El Rey quedó contentísimo. Los sabios quedaron con sus cabezas. Tecnocratus quedó con un enorme prestigio. El sirviente fue decapitado para que aprenda a no dejar caer las cosas.


ESPIRAL
Enrique Anderson Imbert
Argentina (1910-2000)

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. "¿Quién sueña con quién?", exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.