Prolífico investigador y
ensayista, Schmucler fue autor de numerosos ensayos, entre ellos “América
Latina en la encrucijada telemática”, “Miedos y memorias en las sociedades
contemporáneas”, “Política y violencia”, “Memoria(s) y política”, “El obrerismo
de Pasado y Presente” y “Triunfo y derrota de la comunicación”. También
participó en obras colectivas como “América Latina en la encrucijada
telemática”, “Sobre Walter Benjamin”, “Vanguardias, historia, estética y
literatura”, “Una visión latinoamericana”, “Periodistas”, “Entre el
protagonismo y el riesgo”, “Neoliberalismo, comunicación y después” y “Ciencia,
periodismo y sociedad”. Asimismo publicó numerosos artículos, sobre la por
entonces naciente tecnología informacional que se desplegaría notablemente en
los años siguientes, en diversas revistas culturales entre los que se pueden
mencionar “La utopía de la transparencia como verdad totalitaria”, “Apuntes
sobre el tecnologismo y la voluntad de no querer”, “Biotecnología, cuerpo y
destino. La industria de lo humano”, “Triunfo y derrota de la comunicación”,
“El incierto destino de la prensa informatizada” y “Notas para recordar la
revolución”. Varios de ellos fueron reunidos en 1997 en “Memoria de la
Comunicación”.
En 1995 fue uno de los creadores y editores de la revista “Artefacto. Pensamientos sobre la Técnica”, una revista cultural que en sus artículos hizo una crítica al auge acelerado de la digitalización de la cultura. La idea de su creación surgió luego de la aparición del libro “Being digital” del ingeniero informático estadounidense Nicholas Negroponte (1943), por entonces director del laboratorio de medios del Massachusetts Institute of Technology. El subtítulo decía: “El futuro ya está aquí y sólo existen dos posibilidades: ser digital o no ser”. En “Sobre los efectos de la comunicación”, el artículo que publicó en 1992 en el nº 1 de “Sociedad”, la revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ya se había referido premonitoriamente a los efectos de ese proceso tecnológico. Allí expresó: “El mundo no sólo se volvió ‘funcionalista’, se fue configurando como un espacio ‘mediático’. El sistema cultural expresado por los medios se ha establecido como la ‘cultura dominante’ de nuestra época”. Vivió sus últimos años humildemente de su jubilación, radicándose en los Altos de San Ambrosio en la provincia de Córdoba.
En 1995 fue uno de los creadores y editores de la revista “Artefacto. Pensamientos sobre la Técnica”, una revista cultural que en sus artículos hizo una crítica al auge acelerado de la digitalización de la cultura. La idea de su creación surgió luego de la aparición del libro “Being digital” del ingeniero informático estadounidense Nicholas Negroponte (1943), por entonces director del laboratorio de medios del Massachusetts Institute of Technology. El subtítulo decía: “El futuro ya está aquí y sólo existen dos posibilidades: ser digital o no ser”. En “Sobre los efectos de la comunicación”, el artículo que publicó en 1992 en el nº 1 de “Sociedad”, la revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ya se había referido premonitoriamente a los efectos de ese proceso tecnológico. Allí expresó: “El mundo no sólo se volvió ‘funcionalista’, se fue configurando como un espacio ‘mediático’. El sistema cultural expresado por los medios se ha establecido como la ‘cultura dominante’ de nuestra época”. Vivió sus últimos años humildemente de su jubilación, radicándose en los Altos de San Ambrosio en la provincia de Córdoba.
Sin pasado, sin futuro. ¿Todas las fichas al presente?
Es que todos los días tenemos que estar negociando nuestra continuidad en el mundo. Esto impide la memoria, porque la memoria es esta posibilidad de saber que yo soy también mi padre, mi bisabuelo, que yo soy... Cuando digo que yo soy quiero decir que vengo, que tengo un origen y que me interno en el mundo con aquello que uno busca. Y acá viene la contradicción: todo esto pasa, todo tiende a borrar la memoria, se ejerce toda una práctica de borrar la memoria, sin embargo este señor de ochenta años, de cincuenta, el adolescente de quince, sienten cierta sensación de vacío. Aunque sean unos tilinguitos los chicos de quince, hay un momento en que... ¿viste esa especie de acto nihilista donde nada le viene bien?, digo. Decía hacía poco a un grupo de estudiantes que realmente los jóvenes son más infelices que nunca, no importa que equivocados estén; son infelices porque no tienen de que agarrarse. O casi nadie tiene de qué agarrarse, porque no tenés de que agarrarte ni en tu propio trabajo; todos los días el mundo se puede venir abajo. Y ya se sabe que, en un sentido general, el mundo se puede venir abajo, pero hay como cierto lugar en el mundo donde cada tipo y donde cada uno vive, que requiere eso, cierta memoria, tener cierto estar, tener algo de que agarrarse. Entonces digo: estos momentos se producen con frecuencia, no tanto en la conciencia sino el sentimiento de qué sentido tiene esto.
¿Esto tiene que ver con la tragedia en el sentido que decías hoy?
Si, quiero ir a eso. Esta sensación también es real, quiero decir que es cierto la adaptación del mundo; yo creo que esta otra sensación es real. Recién decíamos que tal vez la gente no está pensando en esto, sin embargo la mayor parte de la gente tiene algún momento de este hueco, esta especie de vacío. Ahí tenemos que aprovechar para decir: "esto tiene que ver con tal cosa". Quiero decir, es un hueco que se vuelve doblemente hueco, porque no se le encuentra razón. Quiero decir, cuando uno está enamorado y se va el objeto de su amor, uno siente un hueco espantoso, y uno dice: "el hueco me lo produce la ausencia de esta persona porque nadie me lo puede llenar". Y así es el amor o la muerte. Ahora, cuando uno no sabe el porqué de la huequez, es doblemente angustiante, y yo creo que esto es lo que le pasa a la gente. Y creo que este mundo ha hecho todo esto, cierto idiotismo. No ha hecho gentes más felices, salvo la felicidad del idiota que decíamos esta mañana, porque cuando un tipo es idiota, no piensa en nada, no tiene ni esta sensación de hueco, entonces, es fácil fabricar robots. No siente nada, es como un descerebrado, entonces no sufre, pero tampoco es un ser humano. Quiero decir, si evitamos el límite. La mayor parte de la gente no está en eso, y hay esta sensación. Por eso tal vez aumente el número de suicidios. Lo cual en un sentido -y Dios me perdone lo que voy a decir-, es como halagüeño. Porque si el número de suicidios tuviera que ver con cierta protesta, con el mundo, cierto desencanto, por lo menos uno se da cuenta de que la gente se ha desencantado. Habla mal del mundo, pero no de los pobres tipos que se suicidan. Ahora, ¿cuál es el punto? ¿Hay alguna posibilidad? Este es el interrogante. Hay posibilidad de decir: "y entonces, ¿cómo tendría que ser el mundo?". Bueno, creo que es muy difícil, yo no sabría. Pero si pienso, se me ocurre, que hay que aceptar una condición de los seres humanos en el mundo y es que es una situación trágica. Cuando digo esto, quiero decir: somos parte de algo que nos trasciende, no hacemos lo que se nos ocurre (no deberíamos); somos parte de algo, tenemos algo, hemos sido, estamos en el mundo fuera de nuestra voluntad de estar en el mundo y yo creo que pertenecemos a algo que por simplificación se puede decir Dios, o el Ser, o algo misterioso, realmente misterioso porque es imposible de conocerlo. Y tenemos esto, la tragedia en el sentido más tradicional: eran esto, los hombres respondían a un destino marcado por los dioses.
Lo curioso es que en la tragedia literaria hay un destino, pero sin embargo el tipo es responsable de lo que hace.
Y ésta es la paradoja, porque como puede ser: si hay un destino que me impone, yo que culpa tengo. Esta contradicción es el misterio de la responsabilidad. Esto nos pasa acá, hay un mundo que nos hace así, pero como no somos idiotas ni robots, sino que somos pensantes, o sea que podemos estar discutiendo esto, podemos no estar de acuerdo. Lo que quiere decir que lo podemos pensar, y hay una responsabilidad en nuestros actos. Estamos condicionados y sin embargo somos responsables de lo que hacemos. Este conflicto irresoluble que marca la existencia de los seres humanos. Así somos, de la misma manera para ejemplificar que somos seres de muerte; estamos destinados a la muerte. Esto hace que seamos lo que somos. Esta sensación de ser finitos, de que un día más o menos vamos a morir. Este hecho hace que seamos los seres humanos que somos. Somos conscientes de la muerte, pero sin embargo esta pequeñísima cosa que somos en el mundo es toda nuestra vida. Ahora toda nuestra vida es una responsabilidad enorme, sin embargo estamos destinados a la muerte. Y cuando morimos se acabó, quiero decir, somos todos iguales. No hay muertes con tiempo, el que murió hace dos minutos es exactamente igual que el que murió hace diez mil años. Es lo mismo, es impresionante eso. Durante la vida uno tiene dos, tres años, pero sólo para los que recuerdan dice murió hace cinco años. Y en algún sentido éste también es el pensamiento de la tragedia. Aunque hay otras ideas sobre la muerte, de tipo religioso. Este hecho trágico, y por eso el ser humano es un ser trágico, que no hace lo que le da la gana, porque ya está constituido. Y en el sentido extremo, hay un Dios que lo sostiene y le da sentido. Y sin embargo, es responsable de lo que está haciendo. Para algunos teólogos, para algunos pensamientos religiosos, diría que tiene la responsabilidad de que Dios exista. Es el hombre el que hace a Dios y no a la inversa. Pero Dios existe, ahí hay otra contradicción. Sólo existe y es lo que los hombres son, porque no somos títeres de un Dios. Sino que ese Dios en su existencia es lo que somos, la base. Eso es lo que nos da la más absoluta responsabilidad, la posibilidad de decir no. Ahora decir no es el riesgo de decir sí, pero saber que ese sí, después de decirlo, uno puede decir: "ah, me equivoqué". Te equivocaste, te la aguantás, sos responsable de tu sí.
¿El peso de las palabras?
Las palabras empiezan a tener peso, no es un sí cualquiera. Cuando digo sí, quiero decir las positividades. Yo accedo hacer esto, yo me comporto de esta manera; ésas son las maneras del decir sí. De todo esto somos responsables. ¿Por qué? Porque también podemos decir no. Y acá viene... Siempre me gusta contar una historia de Gandhi, porque decía en un librito que es del año 1904, cuando sale de Sudáfrica, vuelve a la India y empieza toda su lucha política. Y sustenta lo que se va a llamar la no violencia, que son todas malas traducciones; y hay un librito muy chiquito, en una traducción de Lanza del Vasto publicado en la Argentina en los años '50 por “Sur”, que se llama: "Nuestra independencia", donde él, a través de un diálogo con un miembro del Partido del Congreso, dialoga sobre métodos para lograr la independencia. Lo que aclara de entrada, que es muy importante, es que Gandhi en realidad nunca usaba la palabra "independencia", sino que usaba un término en su dialecto que quería decir "resplandor de sí mismo", no independencia. Porque independencia es en relación a los otros, y lo que él decía: "tenemos que ser nosotros y no independientes de otros". Porque la independencia es siempre la vinculación con el otro. Y hay un diálogo muy interesante, seguramente discutible. Pero quiero rescatar lo siguiente: el otro estaba por la independencia violenta y él decía que no. Y discutían, y tomaba este ejemplo: si nosotros armamos un ejército para combatir a los ingleses, primero que va a ser muy difícil armar un ejército para poder destruir a los ingleses, no importa, imaginemos que lo podemos hacer. Pero tenemos que hacer un ejército del tipo inglés, pues cómo lo vamos a combatir si no es con sus propias armas. Y puede ser que los venzamos, pero quedamos hecho un ejército inglés. Y lanza la consigna. Discuten todo un tema político que es el desarrollo de la burguesía nacional, generar una burguesía nacional india en competencia con la burguesía inglesa que dominaba las fábricas, sobre todo la industria textil que era muy dominante y muy grande. Y él decía: "No, no hay que hacerlo, no compitamos con lo mismo, y no hay que ir a trabajar a la fábrica de los ingleses". Entonces le preguntaban: "¿Cómo no ir a trabajar?". Y él contestaba: "No, no hay que ir a trabajar, porque si trabajamos estamos entrando en el juego de ellos, aunque sea para sacarles la fábrica". Y volvían a preguntar: "¿Y si nos obligan?". "Hay que negarse". "¿Y si lo meten preso?". "Hay que aguantarse". "¿Y si nos matan?". "Para ser uno mismo hay que estar dispuesto a morir". Creo que si no tenemos en claro esto, va mal. Tenemos que cambiar nosotros para que el mundo cambie y no al revés. El mundo nunca va a cambiar si nosotros no cambiamos. Ahora, este es un esfuerzo muy grande. Y en la vida cotidiana se va excluyendo cuando se dice no. Cada uno de nosotros puede tener esta experiencia. Personalmente puedo contar muchas anécdotas. Debo decir que me siento personalmente contento de este hecho, que todas aquellas marginaciones que se han producido en mi vida -sobre todo profesionales- producto de no decir si, son marginaciones. Ahora, no me siento héroe ni me siento dolorido. ¿Por qué? Porque si no, no sería lo que uno quiere. A cada rato a uno lo han dejado de invitar a congresos, a reuniones. ¿Por qué? Porque uno es como la mosca blanca. Entonces hay una especie de coro en el que desgraciadamente buena parte de la academia, aun crítica, ha entrado, conscientemente o no, pero en donde uno está como fuera de la realidad cuando dice estas cosas. ¿Por qué? Porque también, o se apoya esta realidad o se la quiere discutir o criticar dentro de la realidad. Cuando uno dice: "si te metés en la realidad estás haciendo lo que Gandhi decía", entonces es una persona molesta.









