10 de julio de 2026

Alice Munro: “Nunca sé la extensión que tendrá un relato. No me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento u otra cosa. Es ficción y punto”

Un día como hoy, hace noventa y cinco años, venía al mundo la cuentista Alice Munro,
una de las escritoras contemporáneas en lengua inglesa más reconocidas por su maestría en el relato y su visión personal de la condición humana. Nacida como Alice Ann Laidlaw en Wingham, un pueblo de la provincia de Ontario, Canadá, en donde se asentaron sus antepasados migrantes de Escocia, sobrellevó una infancia y una adolescencia enrevesadas debido a una compleja relación con sus padres, una situación para la cual encontró en la lectura una vía de escape. Mientras recibía la educación primaria en la Lower Town School y la secundaria en la F.E. Madill Secondary School, ambas escuelas públicas de su ciudad natal, ya se había convertido en una ávida lectora de los cuentos de hadas del danés Hans Christian Andersen (1805-1875), de los relatos de misterio y suspenso para niños del inglés Charles Dickens (1812-1870), de los cuentos infantiles del estadounidense Thornton Burgess (1874-1965), de las leyendas mitológicas y medievales del inglés Alfred Tennyson (1809-1892), de los cuentos realistas del ruso Anton Chéjov (1860-1904) y de los relatos sutiles e irónicos de la canadiense Lucy Maud Montgomery (1874-1942). En 1949, gracias a obtener la calificación más alta en inglés de todos los estudiantes que la solicitaron, consiguió una beca de dos años en la University of Western Ontario ubicada en London, una ciudad ubicada en el suroeste de esa provincia. Inicialmente estudió periodismo, pero en su segundo año se cambió a Literatura Inglesa, aunque abandonó la carrera antes de graduarse para contraer matrimonio. Durante su período universitario ya dedicaba buena parte de su tiempo a escribir, y en la primavera de 1950 publicó sus primeros relatos en “Folio”, la revista literaria para estudiantes de esa universidad.
Ya casada, se instaló en Vancouver con su esposo. Mientras éste trabajaba en una de las tiendas de la empresa Eaton's, ella se ocupaba de las tareas de la casa al tiempo que leía y escribía. Durante los años siguientes publicó varios textos en periódicos canadienses como “Chatelaine”, “Mayfair”, “Montrealer”, “Queen's Quarterly”, “Tamarack Review” y “The Canadian Forum”. Recién en septiembre de 1968 apareció su primer libro: “Dance of the Happy Shades” (Danza de las sombras). En 1972 se divorció y regresó a su provincia natal donde se convirtió en una fecunda escritora como residente en su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976 y a partir de entonces consolidó su carrera literaria.
En los años siguientes publicó “Who do you think you are?” (¿Quién te crees que eres?), “The moons of Jupiter” (Las lunas de Júpiter), “The love of a good woman” (El amor de una mujer generosa), “Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage” (Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio) y “Too much happiness” (Demasiada felicidad), por citar sólo algunas de sus obras. En simultáneo, muchos de sus relatos aparecieron en prestigiosas revistas como “The New Yorker”, “Toronto Life”, “Granta” y “Paris Review”, y varios de ellos fueron adaptados para el cine.
Alice Munro fue premiada en 1968 con el galardón literario más importante de su país, el Governor's General Award, y en 2009 con el International Booker Prize, un premio literario bienal otorgado en el Reino Unido a escritores con obras de ficción publicadas en inglés. Luego, en 2013, recibió el Premio Nobel de Literatura como “maestra del relato corto contemporáneo”, el cual no pudo recoger en persona ya que por entonces había comenzado a padecer una demencia senil, la enfermedad que la llevaría a la muerte en una residencia para ancianos en Port Hope, Ontario, la noche del 13 de mayo de 2024 a los noventa y dos años.
 

Lo que sigue es una compilación de fragmentos de la entrevista que le hizo la periodista estadounidense Lisa Dickler Awano pocos días después de que se anunciara que era la ganadora del Nobel y que fue publicada el 18 de octubre de 2013 en la revista literaria estadounidense “Virginia Quarterly Review”, y de la conversación en video que mantuvo con el periodista sueco Stefan Åsberg que sirvió como discurso de recepción del Nobel, la cual fue proyectada en la Academia Sueca el 7 de diciembre de 2013.
 
¿Cuál es su proceso de escritura?
 
Trabajo con lentitud. Siempre es difícil… Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo, apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas. Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra cosa. Es ficción y punto.
 
Justamente me pregunto si esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve… ¿O el relato breve la eligió a usted?
 
Podría ser. Me encanta trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí. En uno de mis cuentos (“Escapada”), una mujer que tiene un matrimonio complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser? Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe “cómo puede ser”. Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.
 
En el relato “Mi vida querida”, usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la memoria?
 
Es interesante lo que sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo antes. Ciertamente, si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: “Bueno, ésta es mi versión de la historia… Esto es lo que yo recuerdo”.
 
Usted me ha dicho algunas veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos superarlas.
 
Creo que eso es particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa “superarlo”? ¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos. Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la historia de ellos, y el “tú” de esas historias será un “tú” en el que tal vez no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos. Pero ese esfuerzo es valioso.
 
Cuando uno es escritor, de alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más extraño.
 
Una se dedica toda su vida a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo, y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto desesperanzada.
 
¿Cómo aprendió a contar una historia y a escribirla?
 
Yo inventaba historias constantemente; el camino de casa a la escuela era largo, y por regla general durante ese trayecto inventaba historias. Conforme fui creciendo los cuentos versaban cada vez más sobre mí misma, era como una heroína en una u otra situación; no me molestaba que los cuentos no se publicaran enseguida y no sé si pensaba siquiera en que otras personas los conocieran o los leyeran. Lo importante era la propia historia, generalmente una historia muy satisfactoria desde mi punto de vista, teniendo en mente la valentía de la sirenita, que ella era inteligente, que era capaz de hacer un mundo mejor, porque actuaba y tenía poderes mágicos y habilidades por el estilo.
 
¿Era importante que la historia se contara desde la perspectiva de una mujer?
 
No creía que eso fuera importante, pero tampoco pensaba nunca en mí misma como en algo que no fuera una mujer, y hubo muchas buenas historias sobre niñas y mujeres. Quizá al llegar a la adolescencia el asunto tenía más que ver con ayudar al hombre a satisfacer sus necesidades, etcétera, pero de niña yo no tenía absolutamente ningún sentimiento de inferioridad por ser mujer. Y es posible que eso se debiera al hecho de haber vivido en una parte de Ontario donde eran sobre todo las mujeres las que leían, las que contaban la mayoría de las historias, mientras los hombres estaban fuera haciendo cosas importantes; ellos no se dedicaban a las historias. De modo que me sentía como en casa.
 
¿Qué es lo importante para usted cuando cuenta una historia?
 
Bueno, en aquellos primeros días lo importante era, sin duda, el final feliz, pues yo no toleraba finales infelices para mis heroínas. Más adelante empecé a leer obras como Cumbres borrascosas, y había finales muy, muy infelices, de modo que cambié mis ideas por completo y opté por lo trágico, y me gustó.
 
¿Qué puede haber tan interesante en la descripción de la vida provinciana canadiense?
 
Hay que estar allí. Pienso que cualquier vida puede ser interesante, cualquier entorno puede ser interesante. Creo que no habría sido tan osada si hubiera vivido en una ciudad, compitiendo con personas con lo que puede denominarse un nivel cultural, en general, más alto. Yo no tuve que enfrentarme a eso. Era la única persona que conocía que escribía cuentos, aunque no se los contara a nadie, y hasta donde sabía, al menos durante un tiempo, la única persona capaz de hacerlo en el mundo.
 
¿Siempre ha tenido esa seguridad en su escritura?
 
La tuve durante mucho tiempo, pero me volví muy insegura cuando crecí y conocí a otras personas que también escribían. Entonces me di cuenta de que el trabajo era un poco más difícil de lo que creía. Pero nunca me rendí, aquello era mi vida.
 
Cuando empieza un cuento, ¿tiene siempre desarrollado el argumento?
 
Sí, pero luego a menudo cambia. Empiezo con un argumento y trabajo en él, y luego veo que sigue otro camino y que pasan cosas mientras escribo, pero tengo que empezar con una idea bastante clara de por dónde va la historia.
 
¿Hasta qué punto le absorbe la historia cuando está escribiendo?
 
¡Ah, por completo! Pero siempre daba de comer yo a mis hijos, ¿eh? Yo era un ama de casa, de modo que aprendí a escribir en los ratos libres, y creo que nunca lo dejé, aunque hubo momentos en que me sentí muy desalentada, porque empecé a ver que los cuentos que escribía no eran muy buenos, que tenía mucho que aprender y que era un trabajo muchísimo más difícil de lo que yo esperaba. Pero no me detuve, no creo que lo haya hecho nunca.
 
¿Qué parte es la más difícil cuando quiere contar una historia?
 
Creo que probablemente cuando terminas la historia y te das cuenta de lo mala que es. Ya sabe: la primera parte, entusiasmo; la segunda, ¡bastante bueno!; pero luego te levantas una mañana y piensas “Qué disparate”, y es entonces cuando realmente tienes que ponerte a trabajar en ello. A mí siempre me parecía que eso era lo que tenía que hacer: si la historia no funcionaba era culpa mía, no de la historia.
 
Pero, ¿cómo le da la vuelta a la historia si no se siente satisfecha?
 
Trabajando duro. Intento pensar en un modo mejor de contarla. Tienes personajes a los que no has dado una oportunidad, y tienes que pensar en ellos o hacer algo completamente distinto con ellos. En mis primeros días era propensa a utilizar una prosa muy florida, y poco a poco aprendí a eliminar muchas cosas. Solo hay que seguir pensando en ello y averiguar cada vez más de qué iba la historia, al principio creías que la habías entendido, pero en realidad tenías mucho más que aprender de ella.
 
¿Alguna vez dudó, alguna vez pensó que no era lo suficientemente buena?
 
¡Todo el tiempo, todo el tiempo! Tiré más cosas de las que envié o terminé, y eso continuó durante mis veintitantos años. Pero todavía estaba aprendiendo a escribir como quería escribir. No, no fue algo fácil.
 
Leí en alguna parte que quiere que las cosas se expliquen de forma fácil.
 
Sí. Pero nunca pienso que quiero explicar las cosas más fácilmente, así es como escribo. Creo que escribo con naturalidad y de forma fácil, sin pensar que esto iba a ser más fácil.
 
¿Alguna vez se ha encontrado con períodos en los que no ha podido escribir?
 
Sí. Dejé de escribir, tal vez hace un año, pero eso fue una decisión que fue no querer escribir y no poder, una decisión porque quería comportarme como el resto del mundo. Porque cuando escribes estás haciendo algo que otras personas no saben que estás haciendo, y realmente no puedes hablar de ello. Siempre estás encontrando tu camino en este mundo secreto, y luego estás haciendo otra cosa en el mundo normal. Y ya me estoy cansando de eso, lo he hecho toda mi vida, absolutamente toda mi vida. Cuando me encontraba con escritores que eran, en cierto modo, más académicos, me ponía un poco nerviosa, porque sabía que no podía escribir de esa manera, que no tenía ese don.

6 de julio de 2026

Gabriel García Márquez y los platillos voladores

Nacido en Los Ángeles, California, tras graduarse en la universidad privada Dartmouth College ubicada en Hanover, Nuevo Hampshire, John Skirius (1948-2010), obtuvo su doctorado en la Harvard University para luego desempeñarse como Profesor de tiempo completo de Literatura Hispanoamericana en la University of California, Los Angeles, durante más de treinta años. Siendo director del Departamento de Literatura Española y Portuguesa de dicha universidad, organizó conferencias y simposios dedicados a la cultura de América Latina, pero sobre todo a la de México. En ese sentido, en 1978 publicó el ensayo “José Vasconcelos y la cruzada de 1929”, obra en la que documentó y analizó la histórica y fallida campaña presidencial en 1929 del abogado, pedagogo y filósofo mexicano José Vasconcelos (1882-1959). Tiempo después publicó en la “Revista de la Universidad de México” el artículo “Vasconcelos: de la revolución a la educación”, en el cual hizo un rescate de la faceta educativa y destacó la gran labor que como Secretario de Educación Pública desarrolló el autor de obras que dejaron un profunda marca en la vida cultural mexicana como, por ejemplo, “Breve historia de México”, “Tratado de metafísica”, “Historia del pensamiento filosófico” y “Divagaciones literarias”.
En la misma revista también publicó un artículo sobre la escritora mexicana Carmen Boullosa (1954), e hizo lo propio escribiendo columnas dedicadas a los escritores también mexicanos José Fernández de Lizardi (1776-1827) en la “Nueva Revista de Filología Hispánica”, y a Agustín Yáñez (1904-1980), Enrique Krauze (1947) y Eloy Urroz (1967) en la “Revista de Literatura Mexicana Contemporánea”.
En 1982, compiló en un libro algunos de los que -según su criterio- eran los mejores ensayos escritos por autores hispanoamericanos hasta ese momento. La obra en cuestión, publicada por la editorial del Fondo de Cultura Económica, se llamó “El ensayo hispanoamericano del siglo XX”. En ella reprodujo un centenar de textos fundamentalmente literarios de talentosos escritores entre los que se pueden mencionar al citado José Vasconcelos, al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), a los cubanos José Martí (1853-1895) y Alejo Carpentier (1904-1980), al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), a los chilenos Gabriela Mistral (1889-1957) y Pablo Neruda (1904-1973), a los argentinos Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), Jorge Luis Borges (1899-1986), Enrique Anderson Imbert (1910-2000), Ernesto Sabato (1911-2011) y Julio Cortázar (1914-1984), al venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), a los peruanos José Carlos Mariátegui (1894-1930) y Mario Vargas Llosa (1936-2025), a los mexicanos Alfonso Reyes (1889-1959), Octavio Paz (1914-1998), Carlos Fuentes (1928-2012), Elena Poniatowska (1932) y Carlos Monsiváis (1938-2010), y a los colombianos Germán Arciniegas (1900-1999) y Gabriel García Márquez (1927-2014).
Este último, sin dudas, junto a los citados Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, fue uno de los máximos exponentes del llamado Boom Latinoamericano, un fenómeno literario y editorial que tuvo lugar en las décadas del ‘60 y ’70 del siglo pasado, el cual contribuyó notablemente a que las obras de estos autores -a los que se sumaron luego el cubano José Lezama Lima (1910-1976), el mexicano Juan Rulfo (México, 1917-1986), el paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), el uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), el chileno José Donoso (1924-1996) y el argentino Manuel Puig (1932-1990) entre varios otros- fueran ampliamente distribuidas y alcanzasen una proyección internacional sin precedentes.
Entre los muchos textos que el profesor Skirius incluyó en “El ensayo hispanoamericano del siglo XX” se destacan “Los habitantes de la ciudad”, “Sobre el fin del mundo”, “Nuestra música en Bogotá”, “La Marquesita de la Sierpe”, “La sociedad de América Latina” y “Los pobres platillos voladores” del autor de novelas inolvidables como “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cien años de soledad”. De los seis textos del colombiano, tal vez el más sugestivo sea “Los pobres platillos voladores”, el cual fue escrito en 1950 y seleccionado años después en la revista mexicana “La Gaceta” como uno de los mejores cuentos sobre ese tema.
 

Cualquiera que haya leído “Cien años de soledad”, publicada en 1967, recordará que en ella se narra la historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo ficticio de Macondo. En esta emblemática obra se hizo presente en varias ocasiones la fascinación que García Márquez sentía por los ovnis y la vida extraterrestre, un embeleso que le nació en 1938 tras ver en el cine-teatro “Colombia” de Barranquilla “La invasión de Mongo”, la primera parte de la versión cinematográfica dirigida por el alemán Frederick Stephani (1903-1962) de la historieta de ciencia ficción creada por el dibujante estadounidense Alex Raymond (1909-1956).
En dicha novela, los platos voladores aparecen surcando el cielo para presagiar la muerte o anunciar que algo terminaba. La primera en observarlos fue Úrsula Iguarán, esposa de José Arcadio Buendía, una noche en que el Coronel Aureliano Buendía se disparó en el pecho después de haber firmado su rendición ante el Gobierno: “‘Lo han matado a traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos’. Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte”, escribió García Márquez.
Más adelante, otra noche los vio Santa Sofía de la Piedad, pareja de José Arcadio Buendía, a pocas horas de la muerte de su madre Úrsula: “Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados”.
El último personaje de la novela que los vio fue Amaranta Úrsula, la hija de Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio, estando en la cama batallando desnuda contra el ímpetu sexual de Aureliano Babilonia, su sobrino, con quien finalmente consuma el incesto: “Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte”, narró García Márquez.
En “Los pobres platillos voladores” relató: “La humanidad resolvió -al fin- faltarle al respeto a los platillos voladores. Aquellos que un día fueron lejanos y misteriosos huéspedes de los más extraños cielos, han entrado en una lamentable decadencia, precisamente por haber perdido su primitivo carácter de eventualidad y lejanía. En un principio, algún modesto granjero de Arkansas vio cruzar, por su estrellato campesino ‘una estrella más grande que ninguna’, sólo que a diferencia de la del inspirado poeta, la que vio el granjero no era, técnicamente, la luna, sino una estrella móvil y esférica que se precipitó a una velocidad indecorosamente supersónica, hacia un horizonte que, por la mala noche que debió pasar el granjero, era un auténtico y nada lorquiano horizonte de perros”.
“A la mañana siguiente, cuando el asombrado campesino de Arkansas llegó al poblado y dijo en la farmacia que la noche anterior vio un extraño cuerpo circular volando no propiamente hacia Río de Janeiro, como aconteció en alguna película, sino hacia ‘el infinito abismo donde nuestra voz no alcanza’, como aconteció en un poema, el farmacéutico debió prescribirle un purgante eficaz para regularizar el alucinado aparato digestivo del granjero. Sin embargo, los misteriosos huéspedes siguieron realizando sus luminosas incursiones nocturnas, hasta el extremo de que no sólo perturbaron también la tranquilidad de los cielos europeos, seguidos desde abajo por millares de pupilas asombradas, sino que se arriesgaron a jugar un celeste escondite con algunos aviadores norteamericanos, de cuya sobriedad en sustancias destiladas no cabe la menor duda”.
“Es así como la humanidad, en cierta manera, ha empezado a sufrir las consecuencias de la purga que en mala hora se administró al granjero de Arkansas. Los platicos voladores, antes discretos e inofensivos, empezaron a perder la vergüenza. Se familiarizaron con los halagos de la publicidad y volaron cada vez a menor altura sobre los tejados, hasta el límite de que un ciudadano de Texas se viera en la necesidad de asegurar sus propiedades contra sus incursiones y de que una modesta empleada boliviana declarara, el último domingo, que ha formalizado compromiso matrimonial, de acuerdo con las leyes de Bolivia, con el copiloto de un platillo volador que una romántica noche de febrero sufrió un accidente junto a su ventana, de ella”.
“Personalmente me conmueve esta dolorosa decadencia en que van hundiéndose los que en mejores tiempos fueron identificados como diminutos visitantes interplanetarios. Me conmueve, porque la humanidad se vengará ahora de todas esas noches de sobresalto que le hicieron vivir los platillos voladores. Ramona, la novelera esposa de mi buen amigo Pancho, amanecerá un día de éstos exigiendo a su paciente cónyuge que modernice la vajilla doméstica no sólo ya con platillos, sino con tazas, bandejas y cafeteras voladoras. Y llegará el día -doloroso día- en que tendremos ceniceros fabricados con el material sobrante de los que fueron dignos y serviciales exploradores celestes. Porque todo es capaz de hacerlo la humanidad, hasta de permitir que se les castigue al musical escarnio de complementar el instrumental de la banda de Gustavita, cuyo orgulloso platillero tendrá la satisfacción de acompañar dentro de algunos meses la misma pieza milenaria, con el sonoro y metálico compás de los platillos voladores”.
Este breve y divertido texto fue escrito por García Márquez en 1950 para “El Heraldo”, un diario de Barranquilla donde trabajaba como periodista luego de sus inicios en 1948 en “El Universal” de Cartagena. En abril de 1968 se estrenó “2001: A space odyssey” (2001: Odisea del espacio) dirigida por el estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), una película que también impresionó al escritor colombiano. Poco más de un año después, se llevó a cabo la misión aeroespacial norteamericana que logró el primer alunizaje de seres humanos en la Luna mediante la nave espacial Apolo 11, un viaje propiciado por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (National Aeronautics and Space Administration - NASA).
El mismo año del histórico alunizaje, la revista española “Cíclope” publicó en su nro. 16 una entrevista en la que el escritor habló sobre la vida extraterrestre y las naves espaciales. Cuando se le preguntó su opinión sobre los ovnis, respondió: “Mi opinión sobre los ovnis es de sentido común: creo que son naves procedentes de otros planetas, pero cuyo destino no es la Tierra”. “Es conmovedora la soberbia de quienes afirman que nuestro planeta es el único habitado -agregó-. Creo más bien que somos algo así como una aldea perdida en la provincia menos interesante del Universo, y que los discos luminosos que vemos pasar en la noche de los siglos nos miran a nosotros como nosotros miramos a las gallinas”. Ante la pregunta sobre de donde creía que procedían y quién los dirigía, contestó: “Los ovnis deben de estar tripulados por seres cuyo ciclo biológico es desmesuradamente más amplio y fructífero que el nuestro. No se ocupan de nosotros porque acabaron de estudiarnos hace miles de años, cuando se hicieron las últimas exploraciones del Universo, y no sólo saben de nosotros mucho más que nosotros mismos, sino que conocen inclusive nuestro destino. En realidad, la Tierra debe de ser para ellos una isla de emergencia en los azares de la navegación espacial”.
 

Y cuando se le preguntó su parecer sobre la persistencia de algunos científicos en negar, no ya la posibilidad de que existan naves extraterrestres, sino también el fenómeno en sí, manifestó: “Lo que pasa es que la humanidad no supo merecer la sabiduría de los alquimistas, que consideraban el laboratorio como una simple cocina de la clarividencia, y ahora estamos a merced de una ciencia reaccionaria cuyo dogmatismo ramplón no admite las evidencias mientras no las tenga dentro de un frasco. Son científicos regresivos que niegan la existencia de los marcianos porque no los pueden ver. Seguiremos viendo con la boca abierta esos discos luminosos que ya eran familiares en las noches de la Biblia, y seguiremos negando su existencia aunque sus tripulantes se sienten a almorzar con nosotros, como ocurrió tantas veces en el pasado, porque somos los habitantes del planeta más provinciano, reaccionario y atrasado del Universo”.
Años después, en marzo de 1977, en una entrevista concedida al periódico colombiano “El Espectador” comentó: “Mientras no encuentren otro ser humano en algún lugar del universo, la conquista del espacio será un fracaso. Es exactamente el problema de la literatura, el problema del arte. Mientras el arte y la literatura no le transmitan a los lectores, a los espectadores, un problema de la vida, un problema de los seres humanos, será un fracaso completo”. Con estas ideas, García Márquez mostró no sólo su oficio literario, su papel como periodista, su labor como defensor de los Derechos Humanos, sino que fue más allá y exhibió su propia carrera espacial, librada contra sí mismo y para sí mismo en favor de la literatura.

4 de julio de 2026

Entremeses literarios (CCXXIII)

¿VALES LO QUE TIENES?
Gustavo Fingier
Argentina (1964)
 
Felipe era un hombre humilde que trabajaba en su pequeña herrería. En su pueblo era marginado por su situación social.
Cansado de los desprecios, un día confió a su amigo Pedro, con la condición de que guardara muy bien su secreto, que había heredado una gran fortuna, que seguía con la herrería porque le gustaba el trabajo, y que nadie debía enterarse de su herencia puesto que todos recurrirían a él por su dinero. Pedro esa misma noche se lo comentó a su esposa, pidiéndole antes discreción.
En pocos días todo el pueblo lo sabía, pero nadie decía nada porque era un secreto.
Felipe comenzó a ser invitado a las fiestas del pueblo, pero se negaba a concurrir. Finalmente, por pedido de un grupo representativo y del propio Alcalde, comenzó a participar de las distintas reuniones.
La forma en que era tratado distaba mucho del que recibía el humilde herrero. Más tarde fue elegido para integrar el Consejo del pueblo. El Banco le dio un préstamo para modernizar su taller sin pedirle garantías. Cada vez tenía más trabajo y con su vida sencilla llegó a ser una persona adinerada. Con el tiempo se hizo tan importante que se convirtió en Alcalde.
Un día, en una conversación entre amigos, con las personalidades más importantes del pueblo, uno de ellos se animó y le confesó:
- Debo ser sincero con vos, todos conocemos tu secreto, sabemos de la fortuna que heredaste.
- En honor a tu sinceridad, les diré la verdad. Nunca existió dicha fortuna.
 
 
BUENA ACCIÓN
Roland Topor
Francia (1938-1997)
 
El anciano señor Scrouge no conseguía dormirse. Le atormentaban toda clase de pensamientos extraños, cosa a la que no estaba acostumbrado. Era como si una bolsa de ideas, guardada intacta durante setenta y cinco años hubiera reventado de repente.
El anciano señor Scrouge daba vueltas en la cama. Al ritmo de sus movimientos, las imágenes surgían ante ojos abiertos. Pasaba revista, una tras otra, a todas las personas con las que se había relacionado a lo largo de su existencia, sin haber conseguido nunca hacerse un sólo amigo. Volvía a ver los rostros de las mujeres con las que nunca quiso mantener una relación íntima, por miedo a perder su precioso y pequeño confort. Recordaba al mendigo al que había rehusado un pedazo de pan, al ciego, perdido en el centro de la calzada, al que deliberadamente había fingido no ver. Ahogó un sollozo.
Tuvo de repente tanto frío que se estremeció. Se envolvió en las mantas e introdujo la cabeza en su interior para reconfortarse con su propio calor. Las doce campanadas de la medianoche llegaron a él, amortiguadas por el espeso tejido de lana. Después le pareció oír que alguien gritaba.
Retiró las mantas bruscamente y escuchó con la máxima atención. No se había equivocado. Una voz que se debilitaba rápidamente gritó aún varias veces: “¡Socorro!”.
El señor Scrouge vivía en un apartamento situado junto al río. La voz provenía, sin duda, de un desgraciado caído al Sena. Sin hacer caso al frío que hacía temblar sus resecos miembros, se puso apresuradamente el batín y las zapatillas y se precipitó al exterior. Atravesó la calzada y apoyado en el parapeto escrutó el agua negra. Un hombre, como cogido en una trampa de líquido viscoso, se debatía débilmente.
“Soy viejo -se dijo el señor Scrouge-. ¿Qué puedo esperar ya de la vida? Si salvo a este hombre que se está ahogando, obtendré más satisfacciones que las que puedan darme algunos años de vida miserable”.
Franqueó valientemente el parapeto y se lanzó al agua. Se fue al fondo, porque tenía un corazón de piedra.
 
 
EL COMPONEDOR DE CUENTOS
Mariano Silva y Aceves
México (1886-1937)
 
Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.
 
 
EL AMOR PARALELO
Carlos Eduardo Zavaleta
Perú (1928-2011)
 
¿Conoce el hombre a su mujer?
Una pareja de esposos solía ir cumplidamente a la misa dominical. Un domingo, el último, en medio de la música del coro ella salió de la banca y avanzó a comulgar junto con decenas de creyentes; el marido quedó sentado y desde esa comodidad miró vagamente la cola de fieles, que finalmente se adelgazó y como que desapareció ante el marido distraído y rutinario, para quien casi no había sorpresas.
Pasaron los minutos y él empezó a preocuparse, pues la mujer no volvía a la banca, cuyo sitio vacío comenzó de súbito a crecer y quizá a brillar, mientras el hombre hacía lo imposible por detener sus nervios, su desazón. Cuando comprobó que ella no había salido por ninguna de las grandes puertas, corrió a la sacristía y pudo trasmitir su miedo y al fin su desesperación.
El sacristán, hombre austero y paciente, le ayudó a buscarla nuevamente, esta vez en torno al templo y preguntando a los últimos fieles que ya tomaban taxis o se alejaban a pie.
- Tranquilícense -dijo el sacristán-. Nada ganamos con los nervios. Antes de avisar a la policía, dígame si es ésta la primera vez que ella…
- Sí, así es; nunca antes había sucedido.
- ¿Dice usted la verdad?
- Por supuesto,
- Pues no quiero asustarlo, pero hay algunas esposas que salen y toman un curioso camino paralelo, paralelo a éste
- ¿Qué quiere usted decir?
- Que siguen muy cerca de sus maridos, que quizá los ven a diario, pero como siguen un camino paralelo es imposible que vuelvan a encontrarse.
 
 
UN AUTÉNTICO FANTASMA
Thomas Carlyle
Escocia (1795-1881)
 
¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos. ¿Qué otra cosa era Johnson? ¿Qué otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?
 
 
LOS BESOS
Juan Carlos Onetti
Uruguay (1909-1994)
 
Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres le habían besado con lenguas en la garganta y se habían detenido sabias y escrupulosas para besarle el miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser. Después la sorpresiva entrada de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos, amigos llorones suspirantes. Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida, para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha carmín.
 
 
JERSEYS Y CAZADORAS 
Beatriz Alonso Aranzábal
España (1963-2026)
 
En el armario familiar las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, lo cambiaron y compraron uno de dos cuerpos, y de paso sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de látex. Ahora cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.
 
 
LÁMPARAS DE HOJALTA
Álvaro Mutis
Colombia (1923-2013)
 
Mi labor consiste en limpiar cuidadosamente las lámparas de hojalata con las cuales los señores del lugar salen de noche a cazar el zorro en los cafetales. Lo deslumbran al enfrentarle súbitamente estos complejos artefactos, hediondos a petróleo y a hollín, que se oscurecen en seguida por obra de la llama que, en un instante, enceguece los amarillos ojos de la bestia.
Nunca he oído quejarse a estos animales. Mueren siempre presas del atónito espanto que les causa esta luz inesperada y gratuita. Miran por última vez a sus verdugos como quien se encuentra con los dioses al doblar una esquina. Mi tarea, mi destino, es mantener siempre brillante y listo este grotesco latón para su nocturna y breve función venatoria. ¡Y yo que soñaba ser algún día laborioso viajero por tierras de fiebre y aventura!
 
 
LA MONJA Y EL FRAILE
François Rabelais
Francia (1494-1553)
 
La monja Fessue fue embarazada por el fraile Roidmet. Una vez conocido el embarazo, fue llamada por la abadesa a capítulo y acusada de incesto. Ella se excusó alegando que aquello había ocurrido sin su consentimiento, que había sido por la violencia y por la fuerza del fraile. La abadesa replicó diciendo:
- Malvada, si esto sucedió en el dormitorio, ¿por qué no gritaste? Todas nosotras habríamos corrido en tu ayuda.
Ella repuso que no osó gritar en el dormitorio porque en él siempre reina un completo silencio.
- Pero -dijo la abadesa-, ¿por qué no hiciste signos a tus vecinas de habitación?
- Yo les hice señas con el culo tanto como podía, pero nadie me socorrió.
- Pero, malvada -preguntó la abadesa-, ¿por qué no viniste enseguida a decírmelo y a denunciarlo? Eso hubiera hecho yo, en caso semejante, para demostrar mi inocencia.
- Porque temía quedar en pecado y condenarme si moría de repente. Me confesé con el hermano Roidmet antes de que saliera de la habitación y me impuso como penitencia que no dijera nada a nadie. Demasiado grande habría sido el pecado si yo hubiera revelado mi confesión y altamente detestable ante Dios y los ángeles. Quizá esto habría sido causa de que el fuego del cielo hiciera arder toda la abadía y de que todas nosotras cayéramos en el abismo con Dathan y Abiron.
 
 
A UN PASO DEL SUEÑO ETERNO
Blas Sewald
Argentina (1954)
 
Una mañana, muerto de sueño ya que no había podido dormir bien, un hombre ya bastante avejentado salió a hacer unas compras y, cuando el semáforo peatonal lo habilitó a cruzar la avenida sobre la cual estaba el departamento en el que vivía, no hizo más que dar un par de pasos cuando por unos centímetros no lo atropelló un auto que, a alta velocidad, sin dudas había cruzado la avenida transversal con el semáforo vehicular en rojo. Algunos peatones que venían detrás de él putearon indignados al conductor, quien seguramente no escuchó los insultos. Este episodio lo llevó a pensar en las irracionalidades que veía todos los días en los conductores de autos, camiones y colectivos que no respetaban las más elementales normas de tránsito. Semejante caos llevaba a muchos conductores a insultarse, a amenazarse e, inclusive, a agarrarse a trompadas en medio de la calle. Esto le recordó, mientras entraba en el supermercado, una sentencia que alguna vez había leído del filósofo Leontyev, quien decía que excluir la violencia de la vida humana equivaldría a eliminar un color en el espectro del arco iris. Tenía razón el ruso, pensó.
Cuando salió del supermercado pensó en volver a acostarse para ver si podía dormir un rato más. Caminando hacia su casa se cruzó con una vecina que había visto como casi lo atropellaba aquel auto. ¿Cómo está?, le preguntó ella. Bien, bien, no pasa nada, le respondió. ¡Sí, gracias a Dios no le pasó nada! ¡Estuvo a un paso del sueño eterno!, le dijo la vecina. Sí, sí, masculló él, hasta luego. Y siguió caminando hacia su casa al tiempo que trataba de recordar la inscripción que los soldados nazis llevaban en la hebilla del cinturón de sus uniformes. Gott… gott… ¿cómo era?, se preguntó. Se acordó que los nazis invocaban a Dios, pero no podía recordar la frase completa, así que cuando llegó a su casa, tras acomodar las cosas que había comprado, buscó en internet y allí la encontró: “Gott mit uns”, que significaba “Dios está con nosotros”. Bueno, pensó, tenía razón la vecina porque, aunque yo no sea nazista y sea agnóstico, Dios estuvo conmigo, ¡ja, ja! Y se acostó a dormir mientras pensaba: ya que zafé del sueño eterno espero que por lo menos este sea un sueño reparador. Y se quedó profundamente dormido.

2 de julio de 2026

Origen de la palabra bigote y figuras que lo usaron a lo largo de la historia

Antonio de Nebrija (1444-1522), uno de los grandes humanistas del Renacimiento y ciertamente el más grande de España, conquistó un sitial de honor en la historia de la lengua española como autor de la primera gramática española en 1492 y el primer diccionario de esa lengua en 1495. Precisamente en ese diccionario figuró por primera vez la palabra “bigote”, cuyo origen germánico parece indudable. A pesar de ello, la versión más difundida vincula el origen del término a los episodios acontecidos en España dos décadas más tarde cuando Carlos V (1500-1558), llamado el “César”, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se convirtió en rey de España tras la muerte de su abuelo Fernando de Aragón el “Católico” (1452-1516).
En 1518, conociendo el idioma español sólo de manera superficial, arribó a España para asumir el trono real como Carlos I. Apareció acompañado por una corte de caballeros flamencos y alemanes que llegaron a la península Ibérica con grandes ínfulas, como si entraran a un país conquistado. El bigote era una de sus características, pues empezaba a estar de moda en la sociedad alemana por influjo de los lansquenetes o soldados mercenarios, muchos de ellos de origen bajo alemán o suizo. Su aire de superioridad y su fácil blasfemia herían la sensibilidad de los españoles, los que oían continuamente la expresión “¡bey Gott!”, equivalente al españolísimo “¡Vive Dios!” o al inglés “¡Por Dios!”, al tiempo que se llevaban la mano a la zona facial comprendida entre el labio superior y el corte de la nariz. De allí la palabra “bigote”.
El bigote, normalmente es mucho más fino que el mostacho, que se define como un bigote grueso, y que deriva del francés “moustache”, que según el lingüista francés Albert Dauzat (1877-1955) en su “Dictionnaire étymologique de la langue française” (Diccionario etimológico de la lengua francesa), tiene su origen a finales del siglo XV del vocablo italiano “mostaccio”. Este llegó a Venecia con la moda del bigote proveniente de la plebe griega “mustaki”, que en griego clásico se dice “mustak” y significa labio superior. La figura más antigua que se conoce con bigote es la del mayordomo Keti, quien vivió algún tiempo durante la Sexta Dinastía de Egipto que transcurrió aproximadamente entre los años 2345 y 2171 a.C. y cuya estatua original se conserva en el Museo del Louvre en París, Francia.
El uso del bigote estuvo de moda con gran variedad de estilos durante siglos en los ejércitos de numerosas naciones. En general, los soldados de grados inferiores los llevaban pequeños, y los oficiales de alta graduación y los veteranos los portaban espesos. En algunos países fue obligatorio para los soldados dejar crecer el bigote. Por ejemplo en la Argentina (por entonces un conjunto de provincias autónomas unidas bajo el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata), se vivió una guerra civil que durante los años ’30 del siglo XIX enfrentó a un grupo diverso que incluía caudillos, terratenientes y la población rural de las provincias quienes bajo el nombre de federales, proponía las autonomías provinciales, el control de sus recursos y la defensa de sus tradiciones y de sus sectores dirigentes. Contra ellos, los unitarios conformados principalmente por la élite intelectual, comercial y militar de Buenos Aires, proponían la organización de un gobierno nacional radicado en Buenos Aires y la subordinación de las provincias a la autoridad central.
En medio de esa conflagración que enfrentó a los llamados federales y unitarios por definir la estructura del país en un conflicto alimentado por intereses económicos y visiones culturales opuestas, el Brigadier General Juan Manuel de Rosas (1793-1877), quien gobernaba desde Buenos Aires con facultades extraordinarias, impartió en 1830 la orden de “que todos los milicianos usen bigotes y los conserven mientras dure la guerra contra los pérfidos salvajes unitarios”. En ese contexto, afeitarse el bigote era considerado un acto de rebeldía o simpatía hacia el bando enemigo, lo cual podía traer serias consecuencias o castigos. Esa etapa del conflicto terminó con un triunfo federal y permitió la consolidación en el poder del que era llamado el Restaurador de las Leyes, quien gobernó la desde entonces llamada Confederación Argentina hasta su derrocamiento en 1852.
Otro ejemplo es el ocurrido en Gran Bretaña, donde era forzoso su uso en todos los grados desde el siglo XIX. Fue en 1860, durante la monarquía de la reina Alexandrina Victoria (1819-1901), cuando se emitió la orden reglamentaria nº 1695 que establecía: “Se afeitará la barbilla y el labio inferior, pero no el labio superior”. El uso del labio superior sin afeitar se convirtió en una insignia, un emblema que denotaba autoridad, y entre las personalidades que sobresalieron en el ejército británico pueden mencionarse al capitán de la Compañía de las Indias Orientales Richard Francis Burton (1821-1890), quien consiguió la fama por sus exploraciones en Asia y África; al general Frederic Thesiger (1827-1905), quien tuvo una destacada actuación durante la guerra anglo-zulú que enfrentó en 1879 a los británicos y a los zulúes en los territorios de la actual Sudáfrica; y al mariscal de campo Frederick Sleigh Roberts (1832-1914), el estratega de la victoria en la guerra anglo-bóer que se desarrolló entre 1899 y 1902 cuando el Imperio británico enfrentó en Sudáfrica a los colonos de origen neerlandés llamados bóeres que luchaban por conseguir su liberación.
El uso obligatorio del bigote en el ejército británico se extendió hasta que el reglamento fue abolido mediante una directiva dictada al Ejército Británico por el general Cecil Frederick Nevil Macready (1862-1946) el 6 de octubre de 1916 durante la Primera Guerra Mundial. La orden se basó específicamente en que, en la guerra de trincheras, el espeso bigote impedía que las máscaras de gas se ajustaran estrechamente, lo que ponía a los soldados en grave riesgo de inhalar gases tóxicos.
Más allá del origen de la palabra bigote y de su uso obligatorio en los casos citados, entre las personalidades notorias de la historia que llevaron célebres bigotes se pueden mencionar al pintor español Diego Velázquez (1599-1660), al primer ministro y jefe de gobierno francés Georges Clemenceau (1841-1929), al filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), al rey de Italia Humberto I de Saboya (1844-1900), al presidente estadounidense William Howard Taft (1857-1930), a los compositores operísticos italianos Ruggero Leoncavallo (1857-1919) y Giacomo Puccini (1858-1924), al presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), al dictador soviético Joseph Stalin (1878-1953), al dirigente socialista argentino Alfredo Palacios (1878-1965), al revolucionario mexicano Pancho Villa, al físico y matemático alemán Albert Einstein (1879-1955), al dictador alemán Adolf Hitler (1889-1945), al dictador español Francisco Franco (1892-1975), al dibujante estadounidense Walt Disney (1901-1966), al dictador chileno Augusto Pinochet (1915-2006) y al activista estadounidense por los derechos humanos Martin Luther King (1929-1968).
También fueron muchos los actores famosos que usaron bigotes, entre ellos los estadounidenses Groucho Marx (1890-1977), Clark Gable (1901-1960), Charles 
Bronson (1921-2003), Paul Newman (1925-2008) y Burt Reynolds (1936-2018). Algo que también sucedió con notables músicos que se destacaron en el rock, el blues, el jazz o el folk como son los casos de los pianistas estadounidenses Edward “Duke” Ellington (1899-1974) y Count Basie (1904-1984), los guitarristas y cantantes estadounidenses Frank Zappa (1940-1993) y David Crosby (1941-2023) y el británico George Harrison (1943-2001), o el también británico cantante y tecladista Freddie Mercury (1946-1991).
Entre los escritores renombrados cabe mencionar a los británicos William Shakespeare (1564-1616), Rudyard Kipling (1865-1936), Herbert G. Wells (1866-1946) y George Orwell (1903-1950), al escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), a los irlandeses Arthur Conan Doyle (1859-1930) y James Joyce (1882-1941), a los franceses Guy de Maupassant (1850-1893) y Marcel Proust (1871-1922), a los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), Mark Twain (1835-1910) y William Faulkner (1897-1962), al colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), al alemán Günter Grass (1927-2015) y a los argentinos Leopoldo Lugones (1874-1938), Ricardo Güiraldes (1886-1927), Ernesto Sábato (1911-2011), Juan Gelman (1930-2014) y Alberto Laiseca (1941-2016).
En el caso específico de los argentinos, también es numerosa la lista de presidentes, tanto constitucionales como de facto, que usaron bigotes durante sus mandatos. Tal es el caso de Victorino de la Plaza (1840-1919), Carlos Pellegrini (1846-1906), Roque Sáenz Peña (1851-1914), José Figueroa Alcorta (1860-1931), José Félix Uriburu (1868-1932), Marcelo T. de Alvear (1868-1942), Ramón Castillo (1873-1944), Agustín Pedro Justo (1876-1943), Héctor Cámpora (1909-1980), Juan Carlos Onganía (1914-1995), Jorge Rafael Videla (1925-2013) y Raúl Alfonsín (1927-2009). En fin, la lista de bigotudos es interminable.
Pero sin dudas los bigotes más emblemáticos o extravagantes fueron los usados por el general del Ejército de la Unión Ambrose Burnside (1824-1881) durante la Guerra de Secesión estadounidense, quien se peinaba el bigote de forma que se extendía a lo largo de cada mejilla y se unía a las patillas; los del revolucionario mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), el que con su bigote de color negro, sumamente espeso, tupido y largo que se extendía hacia los lados de las mejillas, fue uno de los ídolos de la Revolución Mexicana; los del actor británico Charles Chaplin (1889-1977), quien con su minúsculo pero espeso bigote “cepillo de dientes” sumado a su sombrero bombín y su bastón se convirtió en un ícono del cine mudo; los del pintor español Salvador Dalí (1904-1989) a los que llamaba “antenas místicas” y que, dada su forma y tamaño, se convirtieron en uno de los rasgos más icónicos del surrealismo; los que usaba la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954)
, ya que llamó la atención que por el hecho de ser mujer adoptase su uso para, tal como ella misma aseguró, “desafiar los rígidos cánones de belleza” de su época; y los que usaba el comediante mexicano Mario Moreno “Cantinflas” (1911-1993), afeitado por el medio y dejando sólo los extremos, algo que él mismo definió diciendo que el suyo no era “bigote sino bozo”, que era una “discreta sombra” y que era “algo de familia”.
Hacia comienzos del siglo pasado solía vincularse el uso del bigote con el crimen. En Estados Unidos, por ejemplo, famosos delincuentes como el asesino serial apodado Dr. Holmes Herman Webster Mudgett (1861-1896), el asaltante de bancos y trenes conocido como Butch Cassidy Robert LeRoy Parker (1866-1908), o el ladrón de ganado John Dillinger (1903-1934) lo usaban. Tal vez por esa razón en la década de los años ‘20 el bigote en el cine era un recurso estético clave para identificar a los maleantes. 
Hace sesenta años el director cinematográfico británico Alfred Hitchcock (1899-1980), recordado por películas como “The 39 steps” (Los 39 escalones), “I confess” (Mi secreto me condena) y “Rear window” (La ventana indiscreta), por citar sólo algunas, le decía a su colega francés François Truffaut (1932-1984) durante un largo reportaje reunido en el libro “Le cinéma selon Alfred Hitchcock” (El cine según Hitchcock) que “en el cine mudo los malos usaban bigote. Ese era el modo de identificarlos”, y que a él le resultaba muy infantil que para no ser un asesino bastase con una afeitada. Por eso en películas como “Psycho” (Psicosis), “Strangers on a train” (Extraños en un tren) o
“Shadow of a doubt” (La sombra de una duda), decidió que era tiempo de vulnerar la regla del bigote y los protagonistas que cubrieron el papel de criminales lucieron una apariencia completamente inofensiva con sus rostros lampiños.
En lo que va del siglo XXI, no son pocas las figuras reconocidas en sus respectivas actividades que hicieron del uso del bigote una práctica habitual. Por nombrar sólo a varias de ellas que fallecieron en los últimos años se puede mencionar al cantante y bajista británico Lemmy Kilmister (1945-2015), fundador de la banda de heavy metal Motörhead; al futbolista argentino Leopoldo Luque (1949-2021), quien fue campeón con River Plate en 1975, 1977, 1979 y 1980, y con la Selección argentina se consagró campeón en la Copa Mundial de Fútbol de 1978; y al diseñador de moda y empresario franco-español Paco Rabanne (1934-2023), conocido mundialmente no sólo por sus creaciones textiles y por la utilización de colores y texturas innovadoras, sino también por sus perfumes y cosméticos de aromas audaces y envases vanguardistas, quien de joven usaba bigotes pero abandonó esa costumbre en su adultez.
También se puede recordar al actor estadounidense Dabney Coleman (1932-2024), protagonista de renombradas películas como “The man with one red shoe” (El hombre del zapato rojo), “War games” (Juegos de guerra) y
“Never forget” (Nunca olvides); al actor también estadounidense Gene Hackman (1930-2025), quien ganó fama por su interpretación de Lex Luthor en tres de las películas de Superman, además de su desempeño en “Bonnie and Clyde” (Bonnie y Clyde) y “The Poseidon adventure” (La aventura del Poseidón); y al presidente de la República Oriental del Uruguay entre 2010 y 2015 José “Pepe” Mujica (1935-2025), quien durante su paso por el poder y su militancia posterior rompió moldes, al punto de que hoy es recordado como un referente ético y político de una izquierda austera, honesta y profundamente democrática.
En fin, los años pasan pero el uso del bigote sigue siendo, con altibajos, una costumbre, un símbolo de auténtica masculinidad. Para muchos analistas del tema, hoy en día es una moda que está disfrutando de uno de sus renacimientos periódicos. Es más, el 27 de noviembre de 2004 se fundó en la localidad de Höfen an der Enz de Alemania la Asociación Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Association), la cual cada dos años organiza el Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Championship), una competencia que premia la creatividad y la maestría en el cuidado del vello facial.

26 de junio de 2026

Raúl Montenegro: “No recuerdo un presidente que tenga tanto odio a los ambientalistas. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia”

Raúl Montenegro (1949) es un biólogo, ambientalista y activista argentino que trabaja en la protección del medio ambiente en estrecha colaboración con sus habitantes. Conectando el activismo, la academia, el derecho y los medios de comunicación, ha participado en una amplia gama de temas ambientales urgentes en su país y en el extranjero. La minería, la energía nuclear, la deforestación, la agricultura, los derechos territoriales indígenas y la gestión de residuos son algunos de los temas de los que se ocupa la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM), una organización no gubernamental ecologista sin fines de lucro con sede en la ciudad de Córdoba, fundada por él en 1982.
Ha trabajado como profesor de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba y en diversas instituciones educativas. Entre 1986 y 1988 fue vicepresidente de Greenpeace Argentina, la primera oficina de la organización internacional en el Tercer Mundo. En 1998 fue galardonado en Salzburgo, Austria, con el Nuclear Free Future Award (Premio Futuro Libre de Energía Nuclear), y en 2004 recibió en Estocolmo, Suecia, el premio Right Livelihood Award (Premio Sustento Justo), conocido como el Nobel Alternativo por su trabajo con comunidades locales e indígenas de la región, con el propósito de ayudarlas a desarrollar herramientas e instrumentos que les permitiesen proteger sus territorios, defender el ambiente y promover la sostenibilidad.
Junto a otros investigadores ambientalistas y ecologistas ha participado en las antologías “Biología humana”, “Medio ambiente y urbanización” y “Biología evolutiva humana”, libros en los que se analizó la incidencia de las ciencias biológicas en la estructura y el funcionamiento del organismo humano. Montenegro contribuyó a la redacción de varias leyes ambientales y ha presentado más de cuarenta demandas judiciales contra entidades públicas y privadas por su implicancia en la destrucción ecológica.
En un artículo publicado en el diario “Perfil” el 17 de marzo de 2026, criticó los insultos del presidente argentino a los ambientalistas durante su discurso dado el día anterior en la Bolsa de Comercio de Córdoba al sostener que “no recuerda un presidente que tenga tanto odio. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia. Si alguien quiere saber por qué Milei se ve tan interesado en los glaciares, es porque le dijeron que iban a invertir miles de millones de dólares. Esa es la verdadera explicación de lo que hay detrás”. Más adelante expresó: “Los glaciares no son cubitos de hielo, sino que es todo un sistema que tiene que ver con el clima. Son cajas de ahorro milenarias en donde con esa agua se alimentan todos los ciclos productivos donde son millones de personas las que dependen del buen funcionamiento de los glaciares para su vida cotidiana”. Y agregó: “Lo más terrible creo, y no sé si ha quedado claro en su discurso, es que al presidente no le importan las generaciones que vienen”. Con respecto a la nueva ley de glaciares instaurada por el gobierno, opinó que era una ley que iba hacia atrás, y sentenció que la próxima víctima era la ley de bosques nativos.


Lo que sigue a continuación es un compendio resumido de las entrevistas publicadas en los medios digitales de la revista de análisis de la actualidad y exploración de las ideas, artes y libros que influyen en el ámbito iberoamericano “Coolt” (el 30 de agosto de 2021), y de la agencia de noticias tecnológicas y políticas científicas “Tecnología Sur-Sur” (el 12 de marzo de 2026) a cargo de Rodolfo Chisleanschi y Vanina Lombardi respectivamente.
 
¿Por qué es tan crítico con el estilo de vida de buena parte de la humanidad?
 
Porque no se plantea que la pobreza extrema es tan mala como la riqueza extrema. Las sociedades toleran que haya pobreza, la tienen asimilada casi como una molestia, pero la mayoría asume la riqueza como objetivo a alcanzar, aspira a ser Bill Gates. Los estilos de vida, igual que el modelo demográfico, no están dentro de los cuestionamientos cuando son los pilares esenciales del suicidio colectivo. Están fuera de la agenda, nadie los cuestiona, nadie los discute. Desmontar el modelo cultural es imposible y peligroso. Uno busca atenuarlo, pero no se puede hacer mucho más. Las cartas parecen echadas.
 
Eso suena muy terminante, como si ya hubiéramos traspasado el famoso “punto de no retorno”.
 
En cierto sentido es así. La curva predominante que define nuestro funcionamiento socioambiental es exponencial: 2...4…8...16…32, cuando para que exista cierta armonía entre la biodiversidad, el ambiente y la cultura esa curva debería ser sigmoide, una S, tener un límite: crezco hasta donde el sistema me permite crecer sin afectarme a mí mismo ni a mis descendientes. El problema es que todos los países de la Tierra son exponencialistas, sin excepción. Por eso el lenguaje es cuánto creció la economía; se privilegia el crecimiento a la distribución. Si hay pobres, lo que se busca es aumentar la exponencial para darles algo en lugar de distribuir lo mucho que tienen los ricos. Nadie apuesta a la sigmoide ni a los límites, sino al crecimiento. En los ecosistemas ocurre lo contrario. La biodiversidad no se pregunta cuánto crecimos sino cómo logro mantenerme, pero ninguno de nuestros modelos de convivencia con el ambiente, ni siquiera los más benignos, siguen ese camino.
 
Y según su punto de vista es imposible recuperar esa curva sigmoide...
 
No hay forma de vivir sin producir impacto ambiental. Aun la más delicada agricultura orgánica termina quitando nutrientes del suelo, y mientras la producción fue al mismo ritmo que el resto de la biodiversidad la cosa funcionó. Cuando se puso en marcha la agricultura a gran escala el sistema se hizo insustentable, y hoy estamos metidos en una trampa. Volver a la sigmoide implicaría cambios tan dramáticos que, en principio, quien lo intente acabará en una zanja. Se van a pelear para pegarle un tiro. La lucha actual pasa por atenuar la curva, no por cambiarla, y eso ya es una tarea inmensa.
 
Sigo sin entender bien dónde está la trampa.
 
Llegamos a tal tamaño de la población mundial que su subsistencia depende de un sistema agrícola que ya definimos como insostenible y condena a muerte a mucha gente. Ahora vamos a suponer que ese sistema se transforma íntegramente en uno más blando, orgánico, sin fertilizantes ni plaguicidas. Debe enfrentarse con una población inmensa que quiere comer todos los días, por lo que necesitará más superficie y que los suelos se mantengan en condiciones. Inexorablemente habrá menos alimentos y también morirá más gente. Ahí está la trampa: el sistema que adoptamos no tiene probabilidades de supervivencia, pero es muy difícil salir de él.
 
El eje de su visión está en la biodiversidad, en que la humanidad va dejando que desaparezca por pura aprensión o ignorancia.
 
En términos de proyección, la única herramienta que el ser humano tiene para sobrevivir es la biodiversidad. No hay sustituto. El cambio climático, que es la cuestión ambiental que con más éxito ha logrado penetrar en la vida cotidiana de la gente, se puede solucionar con tecnología. La biodiversidad, no. Cada cosa que se pierde no se recupera. Nosotros podemos volver a plantar árboles en un lugar determinado, pero no se pueden plantar ecosistemas. Esto solo puede hacerlo la propia biodiversidad remanente, lo que quedó de lo que había originalmente, y eso demora muchísimo tiempo, cada vez más. Si el mismo asteroide que hizo desaparecer a los dinosaurios hace millones de años volviera a golpear la Tierra la recuperación sería espantosamente más larga porque hay menos biodiversidad disponible para producir la regeneración.
 
¿Es negligencia? ¿O quizás no sepamos del todo bien de qué estamos hablando?
 
Sabemos poco. Se ve lo más grueso, los árboles de un bosque, pero no los virus, los hongos y las bacterias que lo habitan. Por ejemplo, en los océanos hay organismos predadores de virus que ejercen un control natural y ejercen de “vacuna ecosistémica”. Al simplificar la ecología vamos eliminando esas especies raras que se encuentran en la base del sistema y son claves para cambiar líneas evolutivas y dar respuesta a nuevas situaciones ambientales. Y le aseguro que no hay especie más simplificadora que nosotros: más que “homo sapiens” somos “homo simplificans”. Ni siquiera hemos aprendido a coexistir con la biodiversidad.
 
¿Hay alguna solución a mano para empezar a hacer mejor las cosas?
 
El tema demanda inteligencia, colectiva y gubernamental. La caza, la pesca, los cultivos, las explosiones nucleares, los incendios, las deforestaciones, son factores de reducción de la biodiversidad. Ahora mismo habría que conservar todo lo que se pueda de la mejor manera posible. No se debería tocar ni una hectárea más de ambiente nativo, ni en las áreas protegidas ni en las que no lo están. Ya no alcanza solo con tener parques nacionales.
 
Europa decretó que 2035 es el año límite para los vehículos que utilizan combustibles fósiles y varios países punteros están cerrando sus centrales nucleares, ¿no le parece buena noticia?
 
Está bien que crezcan las fuentes no convencionales y más sustentables, pero donde realmente habría que apuntar es hacia la inequidad y el despilfarro. La megaminería consume energía a niveles absurdos y en las casas el que tiene dinero puede mantener encendidos todos sus dispositivos y sus luces durante las 24 horas que nadie le pondrá un límite. Así, sólo ahorran los sectores que deben hacer malabarismos para poder pagar la poca electricidad que consumen. Buscar más energía limpia es apenas una parte de la realidad, pero mientras las decisiones se tomen solo en función de compartimentos estancos, separados e incompletos va a seguir siendo un ensayo de prueba y error disfrazado de capacidad experta, y continuaremos fallando. No hay miradas integrales y no creo que sea casual, porque es un sistema que termina conviniendo a los gobiernos o a los intereses que representa.
 
¿Qué debería abarcar una mirada integral?
 
Al plantearse una obra o una infraestructura no habría que tener en cuenta solo la obra en sí misma sino también su relación con el resto. Para hacer una central hidroeléctrica hay que mirar cómo funcionan las fuentes hídricas, si se propone usar lámparas LED se tendrá que estudiar qué pasa con los metales usados en su fabricación, y lo mismo en cada caso. Pero los gobiernos, en general, tienden a eludir estos mecanismos.
 
¿Qué es lo más preocupante de las modificaciones que incorpora la Ley de Glaciares?
 
Las modificaciones rompen el espíritu muy solvente de la ley anterior, así como con el criterio de glaciares como ecosistemas y de su conjunto como un gran sistema nacional. No se puede entender lo que está pasando ahora si no se entiende cuál fue la filosofía subyacente en la aprobación original de la ley en 2010, que asume que todas las masas glaciares del país asociadas a la Cordillera de los Andes arman un sistema que no se puede particionar en los glaciares de San Juan, los de Mendoza o los de Neuquén, por ejemplo. Además, se basa en un relevamiento con muy buena ciencia, hecho por el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales. Y no solo eso: esta Ley, que fue modelo para América Latina, se aprobó con un consenso muy fuerte, ya que en su elaboración participaron universidades, centro de investigación, ONGs y asambleas. Y hay que tener en cuenta que, en esa época, el gobierno también era pro megaminería y pro agricultura industrial.
 
¿Cuál es el riesgo ecosistémico de flexibilizar esa protección y delegarla en las provincias?
 
Es que los glaciares no son solamente hielo. Son ecosistemas muy complejos, con su propia biodiversidad, que se formaron a lo largo del tiempo y que vienen teniendo ciclos en los que la nieve los hace crecer y renovarse, mientras que el derretimiento los hace bajar de volumen. Son como cajas de ahorro milenarias de recursos hídricos, que tienen un efecto geomorfológico muy importante, ya que terminan modificando los ambientes donde funcionan, en las zonas altoandinas de toda la zona cordillerana, en las que hay sistemas climáticos diferentes. Por ejemplo, no es lo mismo un glaciar ubicado en el norte del país que uno ubicado en la zona patagónica. Y la lista podría ser mucho más amplia, pero lo que quiero decir que este sistema glacial no puede dividirse en trozos.
 
¿En qué sentido se refiere a los glaciares como cajas de ahorro milenarias?
 
Pensemos en cómo se forman: los glaciares “comen” nieve, es decir, que reciben la nieve que los va alimentando, y a su vez, tienen movimiento, particularmente los glaciares descubiertos. Eso quiere decir que hay una especie de mezcla dentro de los glaciares, con partes de hielo que han sido fabricadas con nieve más antigua y partes mucho más recientes alimentadas con la nieve más actual. Por lo tanto, un glaciar también es tiempo, no hay glaciares instantáneos. Por eso decía que son cajas de ahorro milenarias, lo que no quiere decir que la nieve más profunda tenga miles de años necesariamente, sino que ese ciclo de formación y derretimiento, que en general ha sido de aumento, o por lo menos de mantenimiento, y que ya está siendo afectado por el cambio climático global, ahora se ve amenazado por lo que representan las modificaciones que introduce el proyecto de La Libertad Avanza, que reduce los glaciares a meros proveedores de agua y deja que las provincias sean las que decidan si vale la pena o no mantenerlos.
 
¿Uno de los temores es que con la nueva ley se genere una flexibilización en los permisos para el desarrollo de actividades megamineras?
 
Claro. Y el problema es que las provincias que tienen glaciares importantes tienen antecedentes vinculados a la megaminería, como Mendoza y San Juan, y estas modificaciones le abren las puertas a la megaminería en lugares adonde hoy no está permitida. Más alarmante aún es que estas modificaciones han sido propuestas por empresas cuyas casas matrices están en otros países. Particularmente, la clave de esto es el denominado Proyecto Vicuña, que surge tras la alianza de dos empresas, la canadiense Lundin Mining y la australiana BHP, que en enero de 2025 formaron Vicuña Corp para la extracción de cobre, oro y plata de los yacimientos en el norte de San Juan. Se dice que las empresas mineras en su conjunto habrían asegurado que invertirían cuarenta mil millones de dólares en la Argentina, siempre en el marco del RIGI.
 
Esto se suma a otros proyectos megamineros que desde hace años generan controversias en el país. Incluso, existen antecedentes de accidentes ambientales vinculados a empresas extranjeras, como la canadiense Barrick Gold, también en San juan.
 
Sí. Es muy interesante ver el comportamiento de Barrick Gold en Veladero, en la mina de oro que en este momento opera en San Juan y tiene un récord impresionante de desmanejos ambientales, de contaminación, de escapes de cianuro. Esto es ejemplo de que cuando se le abren las puertas a las megamineras, sobre todo las que tienen sus casas centrales fuera del país, no solamente se está haciendo una geopolítica de la dependencia, sino también algo mucho más peligroso, que es desarticular los mecanismos de regulación de una cantidad de funciones estatales que protegen a los ciudadanos. Los controles internos que deberían tener esas empresas megamineras, que ya en los gobiernos anteriores eran muy endebles, lo van a ser todavía más y con menor capacidad de proteger a los ciudadanos.
 
¿Qué riesgos implica esto para la población?
 
Al no haber una suerte de salvaguarda en base al manejo de los glaciares, los riesgos sobre la población serán mucho mayores porque el funcionamiento de los glaciares no solamente tiene que ver con el lugar en el que se encuentran los recursos, sino que muchas veces incide en otras provincias, ya que el funcionamiento del sistema de cuencas hídricas pasa fuera de los límites provinciales. Además, también incide en términos climáticos, en todo lo que tiene que ser un adecuado funcionamiento de los distintos ecosistemas.
 
¿Por qué es importante conocer el funcionamiento de los glaciares?
 
Para que sea compatible con nuestra propia supervivencia. Asumamos que esas actividades de megaminería hacen desaparecer los glaciares. No solamente puede desaparecer una reserva de agua para distintas generaciones, sino que también hay una cantidad de otras funciones muy importantes que cumplen los glaciares y que van a dejar de estar si se avanza con esto. Necesitamos glaciares en buen funcionamiento, aunque de ellos no saquemos el cobre o el oro que pueda haber debajo porque, en última instancia, la contribución de estos minerales a la supervivencia de nuestra especie será irrelevante.