11 de mayo de 2026

Cuentos selectos (XL). Esther Cross: “Matosas”

La escritora y traductora argentina (1961) nació en Buenos Aires, estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y se graduó como Licenciada en Psicología en la Universidad Católica Argentina. Se formó como escritora en el taller literario de Félix della Paolera (1923-2011), el escritor con quien editó en colaboración “Bioy Casares a la hora de escribir” y “Jorge Luis Borges, sobre la escritura”, libros que incluyeron entrevistas a Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y a Jorge Luis Borges (1899-1986) respectivamente. Su producción literaria está conformada por las novelas “La inundación”, “El banquete de la araña”, “Radiana”, “La señorita Porcel”, “La mujer que escribió Frankestein” y “Tres hermanos”; los libros de cuentos “Crónicas de alados y aprendices”, “La divina proporción y otros cuentos” y “Kavanagh”; y los tomos de ensayos “La Biblia según veinticinco escritores argentinos” en coautoría con Ángela Pradelli (1959) y “La aventura sobrenatural. Historias reales de apariciones, literatura y ocultismo” en coautoría con Betina González (1972). También participó en las antologías “La selección argentina”, “Cuentos eróticos de San Valentín”, “Cuentos de amor”, “Historias de guardarropa”, “Ciudades posibles. Arte y ficción en la constitución del espacio urbano”, “La piedra de la cordura. Historias sobre enfermedades mentales”, “Permiso para morir. Cuando el fin no encuentra su final”, “Las dueñas de la pelota”, “Gente mayor”, “Oír ese río” y “Perón vuelve”.
En 1998 obtuvo la Beca Fulbright Fondo Nacional de las Artes para estudiar cine en Nueva York, Estados Unidos, y en 2004 fue beneficiaria de la Beca otorgada por la Civitella Ranieri Foundation para realizar la residencia artística en Umbertide, Italia. Luego coparticipó en la escritura del guion, la producción y la dirección de la película documental “Humillados y ofendidos” en colaboración con Alicia Martínez Pardies (1961). Durante años ha colaborado en distintos medios de comunicación culturales, entre ellos las revistas “Lamujerdemivida” y “Ñ”, la sección “Cultura” del diario “Infobae” y el suplemento “Radar Libros” del diario “Página/12” publicando artículos y reseñas de libros.
Además, desde hace años viene realizando un importante el trabajo de traducción que incluye obras como “Nº 44. The mysterious stranger” (Nº 44. El forastero misterioso) de Mark Twain (1835-1910); “The faces of blood kindred and other stories” (La misma sangre y otros cuentos), “Ghost and flesh” (Ángeles y hombres) y “Collected stories” (Cuentos completos) de William Goyen (1915-1983) y “Eleven kinds of loneliness” (Once tipos de soledad) de Richard Yates (1926-1992), todos ellos escritores estadounidenses; “Self-portrait” (Autorretrato) y “Letters to Gwen John” (Cartas a Gwen John) de la escritora indo-británica Celia Paul (1959); y “The long dry” (Tiempo sin lluvia) del escritor galés Cynan Jones (1975).


El 10 de agosto de 2023 fue elegida miembro de número de la Academia Argentina de Letras para ocupar el sillón Fray Mamerto Esquiú. El 21 de agosto de 2025 ingresó en la corporación con el discurso de ingreso titulado “El peligro de contar una vida”, en el cual entre otros conceptos expresó: “Para escribir una vida se necesita un poco de audacia, igual que para vivir. Será por eso que en los cementerios hay tantas lápidas con un nombre, dos fechas y nada más. Las biografías y las memorias no sólo cuentan una vida. La cuentan y la transmiten. No sólo nos conectan con el pasado, el único lugar que por definición se queda siempre sin señal. Logran lo que quería Borges: un individuo despierta en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero. En eso se parecen a las traducciones, otra manera de hacer literatura que reconoce a un ausente y trata de escucharlo. No existirían sin esa colaboración. Así, estos libros tímidos, que en general pasan desapercibidos, son las más raros que hay”. 
El cuento que sigue a continuación formó parte de la mencionada antología “Las dueñas de la pelota”, la cual fue prologada por Claudia Piñeiro (1960), la reconocida escritora autora de recordadas novelas como “Las viudas de los jueves” y “Catedrales”.
 
MATOSAS
 
Estábamos en la sala de espera. Las chicas de limpieza nos habían echado del lado de nuestros seres queridos, como si fuéramos la suciedad, y nos quedamos en la sala, haciendo tiempo; todos teníamos a alguien internado. La enfermera Silvia pasó camino al ascensor y nos preguntó qué hacíamos. A mí me dijo que tenía cara de cansada.
Nunca la habíamos visto con ropa de calle. Su pelo suelto y ralo dejaba traspasar la luz. Se tomaba el franco de fin de semana. Tendría que haber salido por atrás. Quizás había mucho tráfico en los ascensores de ese lado. Silvia apoyó su bolsa de nylon en el piso para abrocharse la campera. Salió rodando un paquete de Porteñitas. Dijo que tenía que ir a la modista, a buscar el vestido de quince de su sobrina.
- Bueno, gente, que les sea leve -dijo.
Daba un poco de miedo y pena ver a los que se iban. Le deseamos buen fin de semana. El ascensor no venía, se había parado en el tercer piso. Un chico de suéter celeste entró y se sentó. Era nuevo, tenía los formularios de la administración en la mano, recién había hecho los trámites, a quién habría traído. Llevaba un libro de Química. Le di la bienvenida, con la contradicción que eso implicaba.
Oímos una puteada proveniente del fondo del pasillo.
- Es la Gorda Matosas -dijo Silvia-. Está en el cuarto del fondo. No me digan que no sabían.
Fabio, el remisero que tenía al padre internado, se puso muy contento porque era de River. Estaba con el amigo que lo acompañaba siempre y también celebró la información. Decían “no te puedo creer”. El triunfo de River en la Libertadores era el tema fijo del remisero y su amigo. En la sala y a veces en el patio, cada vez que los encontraba, hablaban de lo mismo. Un día se dieron cuenta de que estaba preocupada y me hicieron la concesión. El remisero me dijo “quedate tranquila”, y su amigo asintió, garantizándome la calma. Mataban el tiempo hablando de Burgos, de Francescoli y el lucimiento de Crespo. Ahora miraban a la enfermera Silvia, fascinados por la noticia.
Había un jubilado que cuidaba a su mujer, operada del intestino. Preguntó quién era la Gorda Matosas, pero afectaba la ignorancia, obviamente, para llevar la contra, un poco por carácter y sobre todo porque era de Boca.
- Hace tres meses, con los pulmones a la miseria, la Gorda se fue a Chile a ver a River. Volvió destruida, la internaron, se escapó para ver el desempate en el Monumental. Tiene los pulmones a la miseria -nos contó la enfermera.
El jubilado dijo:
- La pasión por River reventó a la pobre.
- No crea. La hubiera visto el otro día cuando River ganó la Libertadores. Revivió. No podíamos tenerla quieta en la cama. Y ahora la mantiene viva la obsesión de volver al Monumental -le contestó Silvia al viejo.
- Es lo que te decía -porfió el hombre-. River es dañino.
No sabíamos que ese hospital pudiera hospedar a un famoso de la magnitud de Matositas. El verdadero nombre de la diosa espiritual y física de la hinchada millonaria había quedado oculto, todo ese tiempo, por su alias, Gorda Matosas, que con los años se había convertido en su auténtica identidad. La Gorda había absorbido el nombre de un famoso jugador de los sesenta, que le había regalado su casaca para darle el gusto. De tanto verla con el 6 y el nombre Matosas en la espalda, terminaron por llamarla Gorda Matosas. Estaba ingresada en el hospital como Haydée Martínez, su nombre en los documentos, pero respondía al nombre de Gorda Matosas.
- Ella inmortalizó el apellido Matosas. Roberto Matosas le dio el apellido, pero lo glorificó ella y terminó siendo más famosa que él -dijo Silvia-. Igual, Matosas es un genio, se la banca. Ahora le preguntan si es algo de la Gorda y no le molesta, al contrario -dijo la enfermera.
Hacía días que yo sospechaba que había algún capo del deporte en nuestro piso y lo dije en ese momento. Desde el cuarto de mi madre a veces oíamos las voces de Locos por el Fútbol y a nosotras no nos dejaban ni subir la radio. Una vez me pareció ver a Fillol. A lo mejor había ido a visitarla.
- Fillol no era, seguro -me dijo Silvia-. La Gorda dice que le vendió un billete de lotería ganador y que Fillol no se lo pagó.
- Mirá si Fillol le va a deber plata a una persona de esa ralea -dijo el jubilado.
- Ella está convencida y lo persigue. Fillol no va a venir a meterse en la boca del lobo -dijo Silvia.
- Más lobo que Boca, en realidad -dijo el chico nuevo.
- Lobo tampoco -dijo Silvia.
El fútbol minaba la conversación. Tomabas un camino y enseguida pisabas terreno sensible. Pasamos las Porteñitas de la enfermera. La tarde venía bien. Si no había una desgracia mayor, ya nos parecía un buen día.
Silvia me dijo que en todo caso me habría parecido que era Fillol. Dijo que ahora íbamos a empezar a ver jugadores de River por todo el hospital. Se lo dijo al chico nuevo. Le dijo “viste cómo es la gente”, refiriéndose a nosotros, como si no estuviéramos delante.
El remisero aprovechó un silencio para hablar. Dijo que la Gorda Matosas era una gran mujer.
- Ama a River con locura. Dio todo por River -dijo-. Me acuerdo de la primera vez que la vi. Fue en el hall del Monumental. Vendía billetes de lotería. Hablaba con Mostaza Merlo. Tenía un olor a pucho impresionante.
Su amigo también ubicaba perfectamente bien a la Gorda Matosas:
- Es un ícono de la deformidad, tanto que para insultar dicen estás como la Gorda Matosas, y en realidad no es tan gorda.
Su comentario dio pie a una discusión sobre el concepto de gordura, que conmutamos por el de fortaleza cuando el remisero recordó el día en que la Gorda Matosas se robó la bandera de Boca. Había salido en revistas y diarios, emperrada, tirando de un extremo de la insignia xeneize.
El amigo del remisero contó que una vez retiraron a la Gorda de la Bombonera en una camilla. Nos reímos. El chico nuevo no se reía tanto.
Silvia sacó de la bolsa una foto de revista que le había dado su hermano. En el centro estaba la Gorda Matosas. Posaba de mocasines, medias tres cuartos, casaca, gorrito de pescador. La acompañaban dos hombres de frac.
 - Voy a pedirle a la Gorda que me firme la foto para dársela a mi hermano, él se sabe toda su historia -dijo.
Entonces conté que una vez vi a la Raulito caminando por Constitución. Sentía la bajeza de mi lugar común y había tratado de resistirlo, hubiera querido aportar algo mejor al grupo, sobre todo al remisero, a quien no iba a gustarle la mención de la contra boquense, pero era lo que había y fue más fuerte que yo.
Había sido una noche de invierno. Yo había ido a la Capital y giraba por la zona. La Raulito caminaba apurada por Martín García. Tenía una campera polar y saludaba a la gente por la calle, todos la conocían. Era la época en que vivía en el Moyano, en Brandsen y Vieytes. La vi por Martín García y más tarde la vi, más lenta, por Plaza Constitución. Alguien iba a nombrar a la Raulito y lo hice. Decías Matosas y Raulito era la masa del iceberg. Decías Raulito y avanzaba la imagen de la Gorda.
- La Raulito tiene su película, con Marilina Ross -dijo el jubilado para darle supremacía a la boquense.
- Y sí, tiene una vida más de película -le contestó el remisero-, más policial, con todas esas entradas en la cárcel.
Por suerte el remisero frenó ahí, no se dejó llevar por las provocaciones venenosas del jubilado.
Recordamos cuando las dos fanáticas fueron al programa de Susana Giménez. Terminaron a los insultos. La Gorda quería pegarle a la Raulito con ese paraguas rojo y blanco que tenía.
- Es su arma intimidatoria. Hace justicia con el paraguas. A Nimo lo atacó en el césped -contó, emocionado, el remisero.
- Yo me quedo con las chicas de los equipos de fútbol americano. El lomo que tienen esas pibas -dijo su amigo-. Le suben el ánimo a su equipo.
- Y la gordita se lo baja al rival. Les hace señas de pito corto -dijo el remisero, haciendo la mímica-. Cuando le cantaban “La Gorda, la Gorda, la Gorda adónde está / la busca San Lorenzo para cogérsela”, no llamaba a la policía ni a Defensa de la Víctima, como harían esas huecas, se paraba en el borde de la tribuna, y se cacheteaba las nalgas, desafiante. Qué maestra. Durante años fue la encargada de largar los chanchos en el césped, cuando jugábamos con los ídem. Es una gran tipa, una gran hincha y una gran gorda.
- Ahora no está gorda -dijo Silvia.
Se me puso la piel de River.
Pero el remisero había evolucionado en la conversación y estaba en su propio canal matosístico. Cuando nos dejaran pasar a los cuartos iba a contarle al padre que la Gorda estaba ahí. Pensar que el padre empezó a llevarlo a la cancha de chico, se sentaban cerca de la Gorda, decía.
- Nos protegió de la escoria hostil a River -dijo.
La Gorda se había bancado diecisiete años malos con River, levantando la moral de hinchas y plantel. En los peores momentos, estaba, siempre. Ahora, se había bancado la epopeya de la Copa de América, alentando en persona o desde su cama. Eso era lealtad. Su fidelidad había llegado al extremo de hacer un sacrificio de lenguaje. Jamás decía la palabra “boca”, en ninguna variedad, ni con b larga o corta.
- Dice “yeta” en vez de “boca” -contaba el remisero-. Dice que en su yetabulario, cruza la yetacalle y que a ella nadie la proyeta.
El chico nuevo dijo que volvía más tarde, agarró su libro de Química y se fue.
Silvia dijo:
- Ahora me doy cuenta de todas las veces que decimos boca. Piénsenlo.
- La yeta se te haga a un lado -dijo el remisero.
- Al final se va a dar el gusto -dijo Silvia-. Esta mañana el doctor Leiva me dijo: “Silvia, desgraciadamente, Matosas no va a volver al Monumental”. Pero la Gorda pidió que tiren sus cenizas en el estadio, así que va a volver.
Después Silvia guardó sus cosas en la bolsa. Mientras hablamos había sacado galletitas, caramelos, pañuelos de papel. La modista quedaba en la 44, entre 8 y 9, y se le había hecho tarde. A lo mejor le hacía el favor y le abría la puerta igual.
- Podemos comprar esmaltes rojo y blanco y el lunes le pinto las uñas de River, como le gusta -nos dijo Silvia y empezó a recolectar los fondos-. Me dijeron que, cuando entró, tenía hasta la bombacha con el escudo del equipo.
Salieron las chicas de limpieza con sus lampazos y sus baldes. Nos levantamos para entrar, pero nos mandaron de nuevo a la sala, estábamos en posición adelantada. Silvia agarró sus cosas y se fue. El jubilado bajó al kiosco, de paso recibía al hijo, que estaba por llegar. En la sala de espera quedamos el remisero, su amigo y yo haciendo tiempo tranquilos, hablando de la Gorda Matosas.
Dios la tenga en la cancha.

6 de mayo de 2026

María O’Donnell: “Los Montoneros eran jóvenes de veintipico de años, católicos, de clase media. Era una guerrilla muy rara porque no eran de izquierda”

La periodista y escritora argentina María O’Donnell (1970) nació en New Haven, Estados Unidos, donde su familia argentina vivió un par de años. Ya en Buenos Aires, en 1992 obtuvo la licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA), luego cursó la maestría en Relaciones Internacionales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y tomó cursos de posgrado en la School of Advanced International Studies (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins, en Washington, Estados Unidos. Lleva más de treinta años trabajando en distintos medios de comunicación, entre ellos los diarios “Página/12” y “La Nación”, en numerosos programas radiales en las radios “
Rock & Pop”, “América”, “Mitre”, “Continental”, “La 100”, “Metro”, “Urbana Play” y “Con Vos”, y en programas televisivos en los canales “CNN Argentina”, “NetTV”, “TN”, “América TV”, “La Nación Más” y “Canal 26”.
Ha publicado seis libros de investigación política: “El aparato. Los intendentes del conurbano y las cajas negras de la política”, “Propaganda K. Una maquinaria de promoción con el dinero del Estado”, “Born. 9 meses en las entrañas de Montoneros. 60 millones que corrompieron la política. 40 años del secuestro más caro de la historia”, “Aramburu. El crimen político que dividió al país. El origen de Montoneros”, “Born y Quieto. La negociación secreta entre el magnate y el montonero. Los archivos inéditos del secuestro más caro de la historia” y el reciente “Montoneros, una historia visual”, libro este último sobre el que habló en la entrevista que le realizó Pablo Javier Blanco que apareció publicada en el diario “Clarín” el pasado 25 de abril.


¿Te parece que hay una suerte de romantización del fenómeno Montoneros? Sobre todo, después del kirchnerismo.
 
Hay muchas etapas, ¿no? De la democracia para acá siempre fue una discusión muy grande las organizaciones armadas. Alfonsín también juzgó a Firmenich y compañía, no es que sólo juzgó a los militares, por eso a veces se olvida. Después hubo, bueno, todo el momento del perdón de Menem y creo que el kirchnerismo hizo simultáneamente dos cosas: por un lado, un trabajo muy importante en materia de memoria, juzgar, reabrir juicios que estaban obturados y demás, pero sí también acompañado por una especie de visión muy edulcorada respecto de lo que había sido este Montoneros y la juventud maravillosa representada en Montoneros.
 
Montoneros arranca con el asesinato de Aramburu, el expresidente de facto. Es como que se hacen conocidos a partir de eso, digo, con un asesinato.
 
Total. Ese nacimiento está marcado por eso, como decís, o sea, en el ‘70, una pequeña organización asesina a Aramburu. Eran jóvenes de veintipico de años, católicos, de clase media, eh, era una guerrilla muy rara porque no eran de izquierda. Algunos habían pasado por Cuba, sí, pero no eran comunistas, ni de izquierda, eran peronistas católicos, muchos de familia con formación nacionalista, o sea, siempre fue una guerrilla... Además, la izquierda siempre había mirado con desconfianza al peronismo, estaba la idea que el peronismo era más un obstáculo que un camino a la revolución porque contentaba a los obreros con ciertos beneficios.
 
No les permitía tomar conciencia.
 
Claro. Entonces cuando aparece Montoneros en ese acto condensa quince años de la resistencia peronista, ¿no? Cuando aparece eso, Perón lleva quince años en el exilio. Había estado la dictadura de Onganía, el Cordobazo. Era un momento que el país también era una olla a presión. Ya funcionaban otras organizaciones guerrilleras. Cuba era un factor de agitación en todo el continente, el movimiento dentro de la Iglesia, los curas de la opción por los pobres. Entonces nace con un asesinato que, bueno, un poco lo dice Beatriz Sarlo: se entiende como un acto de venganza hacia el pasado, pero que tuvo la característica también de poner en marcha la dinámica que iba a traer a Perón de vuelta a la Argentina. Fue muy particular como hecho fundante, también porque condensaba todo lo otro. Y después tuvieron un momento muy político de inserción electoral en el proceso de Héctor Cámpora, ¿no? Que eso también fue nuevo.
 
Fueron parte del Gobierno...
 
Yo digo, y muchos me critican por eso, que fue la guerrilla más importante de América del Sur. Otros me dicen, "Bueno, Sendero Luminoso, las FARC en Colombia", pero esas tenían mucho más control territorial por mucho más tiempo, pero a lo que me refiero yo es la cercanía que tuvo a llegar al poder.
 
En el ‘73 estuvieron ahí.
 
De alguna manera también, digo, en ese estilo que tenía Perón de la rama femenina, la cuota sindical, la parte para la juventud y demás, tuvieron su parte de poder, quizás no todas las que creían que merecían en el gobierno de Cámpora, pero la tuvieron.
 
Ellos idealizaron un Perón que después no conocieron o al que luego desconocieron, mejor dicho. Por eso termina como termina...
 
Yo creo que el equívoco estuvo desde el inicio, o sea cuando ellos matan a Aramburu, Perón dice “encomio lo actuado”. Lo primero que hace Perón es avalar y se da cuenta de que ahí hay una fuerza que lo puede traer de vuelta a la Argentina. Les dice: “Bueno, ustedes van a funcionar como formaciones especiales”. O sea, les da un estatus dentro de un movimiento muy verticalista, a pesar de esa tensión que había con el sindicalismo. El sindicalismo que, mientras Perón estaba fuera del país, estaba siempre a tres minutos de traicionarlo. Entonces le da a Montoneros la posibilidad de tener cierto margen de maniobra como formaciones especiales, pero a medida que se acerca la vuelta de Perón, él pretende que se encuadren y, sobre todo, que dejen las armas. Y el objetivo de Montoneros no era la vuelta de Perón y de la democracia, punto.
 
No es que el regreso de Perón era el objetivo final.
 
Hubo un movimiento que era la Tendencia, que era mucho más grande, que abarcaba todo, que movilizó a toda una generación de jóvenes, que no todos formaban parte de lo que iba a ser después la organización militar de Montoneros. De hecho, Montoneros después se rompe con Lealtad, con los que decían “no, che, nosotros no estamos para confrontar con Perón”. También es cierto que vuelve un Perón con Isabel y López Rega.
 
Era otro Perón...
 
Fue un vínculo que... Perón dice algo muy premonitorio en “Actualización doctrinaria”. Él dice “la tragedia es que yo ya estoy muy grande y ustedes son muy jóvenes” cuando habla del trasvasamiento generacional, ¿no? Montoneros se inserta dentro del peronismo hablando del socialismo nacional. En un primer objetivo coincidieron: la vuelta de Perón. Que volviera Perón al país. Pero a partir de la vuelta de Perón no querían que volviera cualquier Perón.
 
Querían al Perón de ellos, del que se habían enamorado al decir “la vida por Perón”...
 
Querían que se diera la posibilidad del encuentro con la clase obrera. El Cordobazo: estudiantes y movimiento obrero juntos. Si la identidad obrera era una identidad peronista, ¿cómo se podía ir contra el peronismo si quería generar ese encuentro? Yo tiendo a pensar siempre el 1º de mayo como la escenificación increíble de eso.
 
Cuando Perón los echa de la plaza...
 
En Plaza de Mayo, cruzándose insultos, la plaza quedando mitad vacía, la atención previa, los cantos que intercambiaban con los sindicatos, después cuando se empiezan a gritar con Perón. Todo eso es el resultado de una expresión de algo que ya estaba jugado a esa altura, no es algo que pasó en la Plaza el1º de mayo.
 
¿Cómo transitaba la gente de a pie el fenómeno montonero? Lo veía como como algo peligroso o tenía cierto consenso social...
 
Yo creo que hubo dos momentos bastante claros, ¿no? Que lo que ellos llamaban el engorde, también ese crecimiento exponencial que tuvieron en la previa del triunfo de Cámpora...
 
¿Llegaron a ser más de cincuenta mil?
 
Sí. Es un momento de incorporación masiva a las universidades, era un momento de extensión en muchos campos, de crecimiento, de sacar a la juventud a la calle, tuvieron un momento de mucho crecimiento político de superficie, como lo llamaban ellos. Después, cuando empiezan las peleas con Perón y sobre todo con la vuelta a la clandestinidad, se vuelve una organización mucho más militar que del componente político. Siempre la discusión era si habían nacido como una organización político-militar. ¿Cuál era el componente que prevalecía? Bueno, sobre todo en el ‘75, la militarización de Montoneros y el enfrentamiento con Perón genera, por un lado, la salida de Lealtad y también una organización mucho más pequeña y mucho más alejada de una sociedad. Sí, a partir del ‘75, sobre todo con alguno de los atentados de Montoneros que generaron una enorme conmoción en la sociedad. El asesinato de Cesáreo Cardozo, el jefe de la Policía Federal, que era un tipo muy importante de la Dictadura y muy cercano a Videla, que lo mata una compañera de estudio de la hija, que estudiaban juntas para ser maestras. Era una chica de clase media alta, criada en zona norte, y ahí Neustadt decía: “¿ustedes saben qué están haciendo sus hijos en este momento?”. Aparece la idea del miedo.
 
Había un debate interno por el Golpe, ¿algunos querían que llegase?
 
Sí, hay mucho debate interno, porque es el momento en el cual Rodolfo Walsh y todos ponían reparos. Había una discusión fuerte dentro de la conducción sobre si convenía el Golpe. O sea, si el escenario del Golpe era deseable o no, si la dictadura que venía era igual a otras o los iba a masacrar en poco tiempo, que es lo que finalmente pasó.
 
¿La cúpula de Montoneros subestimó a la dictadura?
 
Bueno, es lo que les dice Walsh, ¿no? La idea de que ante una dictadura todos se iban a replegar sobre el montonerismo y que el peronismo ya no existía, porque el gobierno de Isabel había terminado en un desastre y hasta la CGT le había hecho un paro. Esa es la discusión grande que daba Walsh poco antes de morir. Él decía: “los pueblos se repliegan a lo conocido. Se están replegando al peronismo, nosotros no hablamos con nadie”. Él decía que en lugar de estar hablando con dirigentes opositores que estaban sufriendo la represión, los Montoneros se estaban aislando.
 
Se terminó convirtiendo en una organización medio paranoica, ¿no? Vos un poco lo contás: los juicios que hacían, el código de conducta, esto de no podés ser infiel si sos montonero.
 
Sí. Todas las organizaciones guerrilleras de lucha armada clandestina tenían códigos internos de conducta, dado que se movían en un ámbito donde tenían que cuidar su seguridad en términos de que todo contacto con personas no integrantes de la organización, incluso de parejas, podía suponer riesgos.
 
Eso es lo que le decían a Quieto, ¿no? Que su mujer no era montonera.
 
Claro, la mujer de Quieto no era montonera. Entonces, como además era una opción de vida que comprometía una cantidad de cosas, tendían a alentar vínculos dentro de la organización, pero a la vez con un sesgo especialmente montonero muy moralista, digamos, muy católico. Un determinado tipo de familia. Siempre fueron organizaciones muy poco tolerantes a la diversidad sexual y demás.
 
Hay un episodio con el Frente de Liberación Homosexual, que se pelean con ellos, ¿no? En la plaza diciéndole: “necesitamos hombres”.
 
Bueno, el famoso “no somos putos, no somos faloperos, somos soldados de las FAR y Montoneros”. Lo que pasa ahí también es que, en la medida en que la represión se vuelve más violenta, más sistemática y más ilegal, aparece el dilema de cómo enfrentar la tortura, que era un dilema muy complejo. Ellos primero establecen una regla que tenían otros que era aguantar 48 horas para que la organización pudiese ver cómo poner a resguardo a las personas o las casas operativas que pudiesen quedar al descubierto. Después empiezan con que la tortura se puede aguantar en cualquier momento y circunstancia. Y al final establecen repartir la pastilla de cianuro como método para que no cayeran vivos y eventualmente que no hablaran con la tortura.
 
Vos en varios pasajes del libro mencionás juicios revolucionarios, como el de Quieto.
 
Fue el más emblemático. Era el número 2 de la organización, es uno de los primeros desaparecidos en democracia. O sea, eso muestra también como ya estaba muy montado el aparato represivo. Es diciembre del ‘75 y lo secuestran y nunca más aparece. Pero así y todo ellos le hacen un juicio revolucionario y lo condenan a muerte. Y a partir de ahí empieza la decisión de repartir la pastilla de cianuro.
 
Había debates internos también por la plata de Montoneros.
 
Sí, ahí también empieza toda esa discusión, sobre todo después de ‘75. Montoneros tenía mucha plata vinculada al secuestro de los hermanos Born. Entonces Galimberti empieza a decir: “Bueno, hay que repartir plata porque la vuelta a la clandestinidad dejó a los obreros vinculados a la Juventud Trabajadora Peronista”, que eran los vinculados a Montoneros o a La Tendencia que eran conocidos en la fábrica, muy expuestos. Muchos de las listas de desaparecidos son trabajadores obreros y entonces también esa fue otra discusión, ¿no? La cúpula se va al exilio a fines de ‘76 y ya de entrada arranca una pelea fuerte con Galimberti planteando que hay que proteger a los que se quedaron en el país, que eran cada vez menos.
 
Juan Gelman habla de que había un “sectarismo maníaco” en la cúpula que dirigía Firmenich. ¿Había una cuota de locura dentro de Montoneros?
 
Hay un grado creciente de desconexión con la realidad de lo que estaba realmente pasando. O sea, creo que Walsh hace una advertencia. A él lo matan a comienzos del ‘77, pero ya a fines del ‘76 venía diciendo “nos están masacrando”. Y ahí Firmenich, en un famoso reportaje con García Márquez, dice: “Bueno, hicimos nuestros cálculos de guerra...”, como diciendo que la pérdida de mil y pico de combatientes estaba en el costo que estaban dispuestos a asumir. El costo fue mucho mayor y ni hablar después con la contraofensiva, con la idea de que alcanzaba con hacer algunos atentados para mostrar que la dictadura estaba frágil y que ellos seguían vigentes, como provocar un alzamiento popular en el ‘79 y el ‘80. Terminó con otra masacre.
 
La contraofensiva fue una crónica de un suicidio anunciado, ¿no?
 
Me parece que una cosa también fue Montoneros en tanto organización militar y ese devenir que tuvo cada vez más aislado de la realidad. Y otra cosa fue claramente el momento inicial, de masiva movilización de los años del camporismo hasta la vuelta de Perón.
 
Montoneros de repente quedó en la nada. Era la cúpula y nada.
 
Sí, porque era la cúpula insistiendo desde La Habana, en un momento donde ya la militarización había llegado al punto de exigir el uso de uniformes, en un contexto en Argentina en que un papel te incriminaba.
 
Sí, sí. Ponerse una boina y un brazalete...
 
Eran condiciones de absoluta clandestinidad acá en la Argentina. Habían salido las denuncias de las organizaciones internacionales de Derechos Humanos en el ‘78, los primeros sobrevivientes de los centros clandestinos empezaban a dar una dimensión de lo que era realmente el aparato represivo que habían montado las tres fuerzas armadas y que excedía mucho, digamos, lo que era el combate a las guerrillas, que rápidamente ya a comienzos del ‘77 el propio Videla dice: “Terminamos con la amenaza a la subversión”. En el ‘78, en el Mundial, seguía la ESMA funcionando, pero en el ‘79 y el ‘80, cuando deciden la contraofensiva, ahí ya había mucha evidencia de la fortaleza del aparato represivo. Hubo preparativos en México, en España, entrenaron algunos en el Líbano y todo, era muy expuesto también en términos de la difusión que eso tenía en los círculos del exilio.
 
¿Cómo explicás eso?

Firmenich dice que él ha sido demonizado y yo creo que uno de los problemas también para conversar sobre Montoneros es que tenga un jefe como Firmenich, que Firmenich haya tenido el grado de dificultad que tiene para conversar en términos democráticos. Él seguramente va a justificar en su contexto lo que pasó porque fue protagonista de eso, pero la forma en que lo plantea genera incluso mucho rechazo entre muchos ex montoneros, en términos de ser frío, calculador y poco empático con las muertes propias. Porque ahí hay mucho dolor, mucha muerte, mucho sacrificio, de gente que creyó en ese contexto que tomar las armas era el camino para una sociedad mejor.

29 de abril de 2026

¿Es éste el país que quiere la mayoría de los argentinos? ¿No habrá llegado el momento de reflexionar?

Allá por 1942 el escritor y filósofo francés Paul Valéry (1871-1945) se lamentaba con aflicción en su obra “Mauvaises pensées et autres” (Malos pensamientos y otros): "Todo puede ser discutido, todo puede ser negado; todo puede ser sostenido, todo puede ser imitado; todo puede ser confundido, todo puede ser olvidado. ¡Oh pobre cabeza!". Estas amargas palabras han cobrado hoy -una vez más, pero con más notoriedad que nunca- una relevancia crucial en la vida cotidiana de los argentinos, quienes viven en un mundo en el que, efectivamente, todo puede ser discutido, negado, sostenido, imitado, confundido, olvidado… En fin, todo puede suceder, desde lo más absurdo y ridículo hasta lo más abyecto e inverosímil. La trivialidad del mal, el bastardeo de las palabras, la venalidad de la voluntad, la hipocresía sutil y la relatividad de la ética son moneda corriente y se manifiestan de manera asombrosa.
Ante este sombrío panorama los argentinos, sumergidos hasta el cuello en un marasmo de descomunales proporciones, asisten impávidos a su desmoronamiento como nación soberana al compás de una dirigencia cipaya, egoísta, insensible, apática e indiferente. La decadencia, al parecer irrefrenable, gana terreno día a día en desmedro de un país que alguna vez pudo mostrarse con orgullo. Los antepasados inmigrantes que abandonaron la tierra de sus orígenes huyendo de la pobreza y las guerras, podrían dar testimonio fiel de este hecho. Ellos llegaron con lo puesto y, quienes más quienes menos, lograron progresar al tiempo que hacían crecer a la Argentina como ningún otro país hispanoparlante sudamericano.
Hoy, en cambio, la usurpación de su riqueza, de su cultura, de sus ilusiones, de sus esperanzas, se ha vuelo exagerada, auténtica, hasta tal punto que, con el uso de un cinismo insensato, los gobernantes y sus sirvientes acompañados por una minoritaria clase acomodada, la alta burguesía y los grupos transnacionales que dominan sectores clave como el agro, la minería, la industria petrolera y las finanzas pretenden hacerles creer a los argentinos que tienen que tener paciencia, que este proceso es necesario e inevitable para hacer crecer al país como nunca antes en su historia. Habría que recordarles a estos rapaces y detestables personajes que esos sectores sólo suman el 10% del empleo registrado, mientras que sectores como la construcción, la industria manufacturera, el comercio y los servicios personales, entre otros, generan el 90%. Y son precisamente estos sectores los que encabezan la lista de actividades con mayor pérdida de empleos registrados, lo que ha llevado a un crecimiento exponencial del empleo informal caracterizado por la precarización, la inestabilidad, los bajos salarios, la falta de protección social y las jornadas laborales excesivas.


Esta situación no ha hecho más que crecer durante los dos años y medio de la gestión del gobierno libertario, superando los registros de cualquier administración previa desde que se cuenta con series comparables. Todo ello como producto de las políticas llevadas adelante por un régimen que dijo llegar para terminar con el modelo empobrecedor, acabar con la corrupción y deshacerse de la “casta” de los políticos, los sindicalistas, los pequeños empresarios y los periodistas inmorales que, según su visión, se benefician del Estado y arruinan al país. Un discurso propagado en nombre de la "libertad" sin aclarar, por supuesto, que se refería a la libertad de los privilegiados, no a la de los pobres encadenados a la miseria.
Tal vez habría que mencionarle al presidente autodenominado “anarco-capitalista” aquella frase que el escritor alemán Thomas Mann (1875-1955) pronunció en 1950 durante una conferencia pronunciada en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos. En esa oportunidad, el autor de famosas novelas como “Der zauberberg” (La montaña mágica) y “Der tod in Venedig” (La muerte en Venecia), manifestó que había que tener mucho cuidado “porque la libertad puede invocarse para limitar libertades”, y profetizó: “cuándo el fascismo regrese, lo hará en nombre de la libertad”. Y ante la desenfadada tergiversación de este sustantivo, algo que parece imperceptible para muchos argentinos, es lícito recordar a la filósofa, historiadora, politóloga y socióloga alemana Hannah Arendt (1906-1975) quien en 1951 en su ensayo “Elemente und ursprünge totaler herrschaft” (Los orígenes del totalitarismo) advertía que un pueblo despojado de criterio y de sentido común, se convertía en terreno fértil para los discursos de odio. Para ella, el totalitarismo no se imponía sólo con la fuerza, sino también con la anestesia del pensamiento.
¿Están adormecidos los argentinos ante la pauperización continua y progresiva de su nivel de vida? Porque como muy bien dice el abogado y psicólogo argentino Rodrigo de Echeandía (1975) en un artículo publicado en la revista digital de la Asociación civil-cultural y biblioteca popular “Tesis 11”, “la crisis actual no es sólo económica o institucional; es una crisis de ‘razón pública’, una patología de la inteligencia colectiva. La sociología moderna ya había advertido que, cuando el cálculo instrumental se impone sobre la ética y la cultura, la política degenera en administración técnica o espectáculo mediático. En ese vacío florecen los discursos mesiánicos, que prometen redención a través de exterminar al enemigo”.
El filósofo holandés Rob Riemen (1962) advirtió en “L'éternel retour du fascisme” (El eterno retorno del fascismo) sobre el peligro de la violencia política en sí, haciendo énfasis en el fracaso de la inteligencia. Cuando la cultura abdica de su función crítica, la democracia pierde sentido moral. “La cultura y la democracia son inseparables” escribió, recordando que el propósito último del sistema democrático es elevar el nivel de vida de las personas, no reducirlas a consumidores o votantes pasivos. “La democracia protege todo lo frágil, los niños, los ancianos, los enfermos, los pobres. Cuando deja de hacerlo, deja de ser democracia. La educación y la cultura juegan un papel esencial y en los últimos años la educación abandonó sobre las nuevas generaciones el incentivo del pensamiento crítico. El nuevo totalitarismo consiste en la desactivación del pensamiento crítico, en eliminar casi por goteo, de manera imperceptible, diferentes derechos”.
El presidente dice estar librando una “batalla cultural” no sólo para recortar el presupuesto del país, sino para librar una guerra ideológica y transformar la mentalidad de los argentinos. Quiere desmantelar lo que llama los conceptos “aberrantes” de justicia social e igualdad económica y hacer que los principios básicos de la nación sean el capitalismo, el libre mercado, un Estado limitado y el individualismo. En medio de esa confrontación ha calificado a las universidades públicas como promotoras del adoctrinamiento ideológico e impulsoras de la ideología de género, el igualitarismo y el colectivismo, a los investigadores y empleados financiados por el gobierno de parásitos, y al sector público de organización criminal y violenta. Ha sostenido que la igualdad de oportunidades -principio básico de la mayoría de las democracias modernas- es una farsa y que los impuestos para redistribuir los recursos son un robo del Estado. Y como si todo esto fuera poco, clasificó a la justicia social como un virus que llena a la gente de odio y resentimiento, buscando generar consenso en torno a la represión y la criminalización de la protesta, a la cual evalúa culturalmente como un delito.


En el artículo titulado “La batalla cultural de Milei: qué hay detrás de una pelea que escala todos los días” publicado el pasado 26 de abril en “Unidiversidad”, el portal digital de noticias de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, el doctor en Ciencias Sociales Mariano Salomone (1977) expresó: “Esa batalla, digamos cultural, que está dando Milei como expresión de la nueva derecha en nuestra región latinoamericana se puede reconocer cotidianamente en todos los aspectos que lleva a cabo el gobierno. Desde las entrevistas que da, los comunicados, las conferencias de prensa que da el vocero presidencial, en todo el discurso del gobierno está esta batalla cultural que tiene que ver con la necesidad de construir algún consenso por parte de la derecha que justifique y sostenga esta arremetida en contra de los trabajadores y los sectores populares”. Y añadió: “se acentúan aquellos rasgos más autoritarios del Estado y se disminuyen todos aquellos mecanismos, por ejemplo, de participación ciudadana. La velocidad con la que se implementaron nuevas políticas para contener las protestas ciudadanas vía protocolo es parte de la estrategia, al fortalecer los mecanismos y las fuerzas de represión y criminalización del derecho a la protesta. Poner este énfasis en la criminalización y la persecución de la protesta social es una necesidad estructural del proyecto”.
Frente a semejante escenario cruel y demoledor, cabe recordar a Julio Cortázar (1914-1984), el escritor argentino que medio siglo atrás decía “sólo nos queda protagonizar pequeños actos que, aunque por sí solos no resuelvan nada, por lo menos nieguen la exclusividad del despojo y la omnipotencia de la desdicha”. Cada uno de los habitantes del país se encuentra solo en la sociedad y hasta enfrentado a ella. A veces, pareciera que el único recurso que tienen a su alcance para hacerle frente a la violencia cotidiana que los oprime es oponerle su irritación, aquella que son capaces de ejercer mediante marchas, manifestaciones y movilizaciones, las cuales los conducen invariablemente a un epílogo signado por la represión, la persecución y el martirio.
¿No habrá llegado el momento de reflexionar? ¿Es éste el país que quieren la mayoría de los argentinos? La corrupción en el podar genera a cada instante más fastidio y rencor, y los pequeños logros individuales sólo calman momentáneamente el dolor que sienten, ya que las jerarquías económicas y sociales no se modifican y el sometimiento y la humillación permanecen incólumes. ¿No será necesario terminar con la dictadura de los tecnócratas que los avasalla desde el poder, la conjura de los necios que los asuela desde los medios y la ignorancia de los lúmpenes que los traiciona desde las bases, para transformar una democracia puramente formal que sólo abastece a las clases dominantes en una democracia inequívocamente popular que atienda las necesidades de las mayorías?
Está claro que los artífices de la globalización, que todo lo someten al espíritu mercantil y monetarista, están profundamente interesados en mantener al país en un estado de miserable postración del que sacan jugoso provecho. Es necesario un cambio general, y ese cambio debería empezar por las relaciones materiales de la sociedad, las mismas que hasta hoy han llevado a los argentinos a esta situación, tanto por acción como por omisión. Decía el novelista inglés Graham Greene (1904-1991) en su novela “The quiet american” (El americano impasible) que “la muerte es el único valor absoluto en el mundo. Basta perder la vida para no perder nunca nada más”. Al paso que marcha la Argentina, más temprano que tarde, va a perder la vida, pero no individualmente sino como sociedad organizada; y eso también es un valor, si no absoluto, al menos primordial, los síntomas ya están a la vista.
Basta con percatarse de que lo que impera hoy en la Argentina es una democracia que, si bien mantiene su estructura formal, no pasa un solo día en el que no desafíe las formas políticas tradicionales ya que gobernar por decreto no es democrático. El presidente -un pertinaz fantoche del presidente yanqui Donald Trump (1946)- que alguna vez ha declarado creer que “la democracia tiene muchísimos errores” en definitiva ha impuesto una falaz democracia no representativa. Con su estilo transgresor y su constante utilización de datos falaces no hace más que intentar engañar a la población y desviarle la atención sobre los numerosos casos de corrupción que proliferan en su gobierno e involucran a figuras centrales de su administración. El nepotismo, el clientelismo, el soborno, la extorsión y la malversación de fondos se han vuelto moneda corriente en la actualidad.


En los dos años y medio que lleva gobernando, el presidente “elegido por Dios” ha realizado un recorte de dimensiones inéditas. Más de cien organismos públicos en áreas clave como la salud, la educación, la cultura, la ciencia, la comunicación y los derechos humanos fueron eliminados, intervenidos o desfinanciados desde el inicio de su gestión. Quien dice utilizar la moral como política de Estado y bajo la bandera de la honestidad y la eficiencia ha centralizado con particular violencia la devastación sobre estructuras destinadas a acompañar y atender a los sectores vulnerables. Muchos organismos fueron directamente disueltos; otros, absorbidos por ministerios o convertidos en unidades menores, perdiendo autonomía, personal y recursos. Además, desde el comienzo de su mandato, han cerrado más de veintidós mil empresas, lo que generó la pérdida de más de trescientos mil empleos registrados.
Según censos realizados por diversas organizaciones sociales, hoy en día hay alrededor de trescientas setenta mil personas en situación de calle en la República Argentina. Y, según fuentes oficiales, el país registra una deuda externa bruta récord de algo más de trescientos veinte mil millones de dólares, una deuda que creció desde diciembre de 2023 en treinta y cinco mil millones de dólares, mientras hubo una fuga acumulada de más de cincuenta mil millones de dólares, una de las mayores en la historia argentina.
Hace un siglo y medio atrás, la Argentina gobernada por el presidente Nicolás Avellaneda (1837-1885) participó en lo que se conoció como “Guerra de la Triple Alianza”, un conflicto militar que, tal como explicó el destacado historiador argentino Felipe Pigna (1959), fue una “guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay entre 1865 y 1870, la que respondió más a los intereses británicos y de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un ‘mal ejemplo’ para el resto de América Latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores”. El conflicto generó una enorme crisis económica ante la cual el presidente declaró que había “dos millones de argentinos que la padecerán para responder a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros. Honraremos nuestras deudas, aunque sea con el hambre y la sed de los argentinos”. ¿Tendrán los argentinos de hoy en día tener que pagar con su hambre y su sed la fraudulenta deuda externa?
Allá por 1837 el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831) decía en “Vorlesungen über die philosophie der weltgeschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal) que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecían dos veces. Y agregaba: “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Efectivamente, parece que esta sentencia es correcta dada la situación actual de los argentinos. Es cierto que se deben pagar las deudas, pero cuando se conocen los mecanismos del endeudamiento externo llevados adelante por el gobierno actual que comprometen la capacidad de pago durante generaciones (sumados a los que implementó el presidente neoliberal que gobernó entre 2015 y 2019 con el mismo ministro de Economía), cabe preguntarse si esa deuda es legítima.
Por último, más que esperar en condiciones paupérrimas los resultados de promesas que jamás se cumplirán, aguardando en vano el fin de la estanflación, ¿es muy insensato pedir que se tornen más decentes las vidas de los desocupados, los jubilados, los discapacitados, los indigentes? Ya va siendo tiempo de darle a esas vidas un verdadero sentido enmarcado por la dignidad y los derechos y libre de los caprichos de quienes engañan al pueblo y se enriquecen con su esfuerzo. Dicho esto, ¿es muy insensato esperar que se trate a los argentinos con respeto”.

16 de abril de 2026

Entremeses literarios (CCXXII)

¡QUÉ BAILE!
Graciela Blois
Argentina (1958)
 
Esa mañana la cocina estaba tranquila. La cocinera se había ido unos días de vacaciones. Todo era silencio y tranquilidad. Nada de ruidos de ollas ni cuchillos afilados y cucharas mezclando para lograr la receta perfecta.
De pronto, en la canasta de los vegetales, comenzó un tímido movimiento.
Doña Cebolla comenzó a desperezarse después de una siesta de varios días.
- ¡Uff, qué calor! -dijo, sacándose lentamente las capas de su vestido.
Don Ají se puso Colorado y a Don Tomate las semillitas le hacían cosquillas en su estómago.
- ¡Vamos a bailar! -gritó Doña Cebolla. Al principio todos la miraron raro. Pero luego se fueron sumando a esa idea descabellada que sonaba divertida.
Don Ajo abrió su boca y los dientitos contentos fueron corriendo a golpear los cajones para despertar a los cubiertos.
Doña Cuchara, Don Cuchillo y Don Tenedor rezongaron al principio, pero luego se sumaron a la fiesta organizada en la mesada de la cocina.
Doña Papa armó la orquesta golpeando el frasco de Doña Pimienta que le servía de batería. Don Apio comenzó a frotar sus hojas y sus tallos con un escarbadientes y así la música, débil al principio, se fue haciendo cada vez más fuerte y más afinada cuando Doña Zanahoria le daba ritmo raspando al rallador.
- Vamos a bailar tango, lleno de cortes y quebradas -dijo Don Cuchillo exultante tomando a Doña Cuchara por la cintura, mientras las niñas Cucharitas se pegaban celosas a la pollera de su madre.
- ¡No, mejor bailemos rock! -gritó Doña Papa dándole a la batería con todas sus fuerzas.
Don Tomate y Doña Lechuga se ganaron la admiración de todos con sus pasitos de rock bien coordinados.
- Mejor bailemos una zamba -propuso Don Choclo, que recién se incorporaba a la fiesta, cubriendo a Doña Cebolla con una chala a mondo de poncho.
Tango, rock o zamba. Así empezó la discusión. La cocina se llenó de gritos que despertaron a Don Aceite que aún dormía.
- ¡Basta de peleas, che! ¡Dejen dormir tranquilo! -gritó mientras salía apurado de la alacena, con tanta mala suerte, que tropezó con Doña Zanahoria y su rallador. Una capa de líquido viscoso llenó toda la mesada. Uno a uno, se fueron resbalando. Se amontonaron sobre la table de picar y, deslizándose, terminaron en la olla que estaba en la hornalla de la cocina. Fue entonces cuando todos, allí dentro, comenzaron a bailar una sabrosa salsa.
 
 
EPITAFIO DE UN BOXEADOR
Ignacio Aldecoa
España (1925-1969)
 
Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: “Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.”.
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.
 
 
MIEDOS PRESTADOS
Mirta Dovidenko
Argentina (1947)
 
La distancia de rescate fijada por Luis es de 500 km., y nunca más recorrida en avión. Es el límite que se impuso después de sufrir el primer ataque de pánico en pleno vuelo. Y yo no me atrevo a dejarlo solo, si muere de miedo en mi ausencia, va a decir que fue mi falta. Sus miedos limitan mi libertad de acción. Ya no viajo en avión, y el auto aún no vuela. Quisiera decirle que, igual algún día se puede morir, aunque yo esté presente. No me atrevo, a ver si le da un ataque.
La semana próxima volaré por razones de trabajo. Mi conciencia está tranquila, no cuenta como deslealtad. Y Luis, si quiere, puede morir en esa fecha. En este viaje me acompaña Patricio, mi compañero sustituto de aventuras. Mi nueva fuente de energía duerme en mi cama. No me reprocho nada, me regala vida. Con él olvido miedos prestados, frustraciones y viajes vedados. Vuelvo a ser feliz.
Y Luis en Buenos Aires, seguro estará bien en compañía del Clonazepam.
 
 
PÉRDIDAS
Ángeles Mastretta
México (1949)
 
A veces el rumor de la nostalgia le subía desde los pies hasta la frente. Y desde las orejas hasta el ombligo algo ardiente le iba corriendo bajo la piel hasta que le brotaba un sudor tibio que en lugar de aliviarla la ponía al borde de un ataque de llanto. Todo eso empezó a pasarle cuando un hombre que era dos al mismo tiempo desapareció de su vera como de pronto amaina un temporal.
- Eso es la menopausia- le dijo su hermana tras oírla describir aquella sensación de angustia repentina-. No tiene nada que ver con la pérdida del animal esquizofrénico que se te fue. Por drástica que te parezca la pérdida de un marido, nunca devasta como la pérdida del estradiol.
 
 
NOCHE DE GALA
Ricardo Bugarín
Argentina (1962)
 
Los comensales se ubican a la mesa frente a cada tarjeta con sus nombres, como indica el protocolo. Se les trae guantes blancos para acompañar cada comida. A cada plato corresponde un nuevo juego de guantes. Lo que ignoran es que lo más incómodo viene con el menú. Los langostinos se sirven vivos, a las aves hay que desplumarlas, al cochinillo hay que cerrarle la boca para ahogar sus berrinches cuando se lo intenta tronchar y la natilla del postre viene con los huevos vivos y empollados. Hay que conservar la compostura y preservar la etiqueta. Las cámaras están encendidas y transmiten, para todo el mundo, la gala de esta noche.
 
 
NO ES UN DATO MENOR
Nicolás Fontana
Argentina (1982)
 
"Ceniza en los ojos" es el nombre del libro. Lo escribió un tal Jean Forton, de quien no tengo certezas, salvo que nació en Burdeos. Hace siete años que lo compré. Nunca lo leí. Lo compré porque me gustó la portada. Es de tapa dura. Al ser un libro de tapa dura, el precio, lógicamente, fue mayor. La portada del libro es un dibujo de una adolescente abrazando a la figura de un hombre color ceniza. En la librería leí al azar un par de párrafos y quedé cautivado. Si me consultan sobre el contenido de lo que leí. no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el tamaño de la letra me agradó. Es un libro de doscientas páginas. Cuando me encuentro ante un libro de mayor extensión, lo miro con desconfianza. Seguro se preguntarán por qué motivo aún no lo he leído. La respuesta es muy simple y nada original: estoy esperando el momento indicado. No es un dato menor. Estoy convencido de que el libro será una revelación. Sí, lo he idealizado. Las noches en que duermo junto a él, sueño con triángulos de fuego que giran en círculos. Al acariciarlo mis dedos transpiran y tengo temor de producirle daño. Lo protejo en mi despacho. Ahora lo observo, se encuentra en la parte superior, junto a otros insignificantes. De difícil acceso, para que ningún visitante amigo de lo ajeno se atreva, ni siquiera, a tocarlo, ni a leer el título. Soy muy celoso de él.
El cuerpo sin vida de Damián, que aún permanece tibio, derrumbado frente a la biblioteca, puede dar fe.
 
 
TRANSBORDO
Oscar González
Argentina (1941)
 
¡Qué hermoso atravesar los rayos del sol, sentir su tibieza en mis alas!
El campo huele a amaneceres y las flores silvestres semejen estrellas multicolores.
La brisa acompaña mi andar y no me resisto. Es tan lindo andar con ella.
Este poste de alumbrado guarda aún los murmullos del monte que lo vio nacer. Pobre tronco, qué solo ahora.
Me asombra el azul violeta de estos cardos en flor y el verde que se ralea hasta convertirse en pedregullo.
¿Qué será ese rugido lejano y este suelo negro con gotas de aceite y una línea blanca en el medio?  Ah, ya veo otra vez el verde, creo que estoy cerca. Pero ese rugido en aumento…
Esto pensaba aquella mariposa cuando el impacto. A partir de allí, continuó su camino estaqueada en el radiador de un ómnibus.
 
 
BANDERA
Gonzalo Gálvez Romano
Uruguay (1971)
 
- Eh, escuchame, mirá, yo en Semana Santa no vengo a laburar, ¿sabes? -se metió en la oficina.
- No hay problema, si no querés no vengas -dije sin dejar de mirar el monitor.
- Pero cobro igual, ¿no?
- Si no venís, no cobrás.
- ¡Eh, pará! No me podés obligar, es por un asunto de religión. No me discrimines. Yo soy católico, bautizado y todo. Te traigo el certificado. Vas a ver, mañana te lo traigo. Si te lo traigo me tenés que pagar. Además hice el curso para la comunión; al final no la tomé porque ese día mi viejo se agarró flor de tranca y empezó a hacer quilombo en la iglesia. ¡Juaaa, qué quilombo! El cura se calentó y nos echó a todos a la mierda. Se iba puteando a los gritos el viejo, no me lo olvido más; mi vieja, pobre, lloraba. Íbamos a hacer una re fiesta, con sanguchitos y todo. Al final el viejo se morfó todo, se escabió el vino y durmió como una semana, ¡juaaa! Pobre vieja, le dio culpa y me regaló veinte australes. Después no fui más a la iglesia, tenía miedo de que me maten. Pero ahora me agarró como un arrepentimiento, ¿viste? Y voy a aprovechar Semana Santa para reconciliarme con Dios, me voy a tomar unos días de recogimiento, ¡juaaa!
- Bueno, hacé lo que quieras, pero el lunes bien temprano estás acá laburando.
- Desde el lunes comprometo todos mis días con vos, como si fueran piezas de baile -dijo y lo miré.
- ¡Juaaa! -estalló-, lo leí en el libro, ese que te dejaste ayer en el escritorio. Te maté con ésa.
- Ah, sabés leer también.
- ¿Qué te pasa, atorrante? Yo hice toda la escuela, completita. Y era buen alumno, iba a ser abanderado y todo, pero viste... no queda bien, todas las madres de los pibes que vienen al acto y aparezco yo, así negro y con esta cara... ¡Juaaa! Flor de cagazo se iban a pegar las minas.
 
 
MIRANDO ENFERMEDADES
Ana María Shua
Argentina (1951)
 
En el Diccionario de Agronomía y Veterinaria había ilustraciones y muchas fotos. Una extraña tumoración nudosa deformaba la articulación de una rama.
¿Esto qué es? preguntaba yo, la niña.
Es una enfermedad de los árboles me decía papá.
¿Esto qué es? preguntaba yo, señalando, en la foto, el sexo de un toro.
Es una enfermedad de las vacas me decía papá.
Era lindo mirar enfermedades con mi papá. Como sabía que me estaba mintiendo, observaba con asombro y regocijo los desmesurados genitales que crecían deformes en los árboles machos.

 
ERNESTO EL EMBOBADO
José María Méndez
El Salvador (1916-2006)

Elena Estévez -española extremeña- era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba. Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, exembajador estoniano. Enamorose.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera. Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
- ¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén. Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.

15 de abril de 2026

César Vallejo. La inquietud política, social, introspectiva y personal

Un día como hoy, hace exactamente ochenta y ocho años, fallecía el escritor peruano César Vallejo, en quien convivieron por lo menos dos hombres: el artista genial, "creador de la profundidad", y el ciudadano lleno de mundo, solidario y luchador, enfrentado al destino de un modo trágico. Su "inquietud introspectiva y personal" le inspiró los mejores poemas de su imponente obra lírica; su "inquietud política y social", buena parte de su obra en prosa.
César Abraham Vallejo Mendoza, poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista nació en Santiago de Chuco, en la zona andina norte del Perú, el 16 de marzo de 1892. Su numerosa familia (tuvo once hermanos) tenía raíces españolas e indígenas. Desde niño conoció la miseria, pero también el calor del hogar. Estudió Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, en donde recibió el estímulo de la bohemia local formada por periodistas, escritores y políticos rebeldes. Allí publicó algunos poemas en la revista "Suramérica" antes de llegar a Lima a fines de 1917.
A principios de 1918 comienza a trabajar como maestro en el colegio Barros. Cuando en
septiembre muere su director y fundador, Vallejo consigue el cargo de director. Al año siguiente fue nombrado profesor en el Colegio Guadalupe. Por entonces, en la capital peruana publicó su primer libro, "Los heraldos negros", uno de los más representativos ejemplos del posmodernismo.
En 1920 hizo una visita a su pueblo natal, donde se vio envuelto en unos disturbios producto de una revuelta popular. A Vallejo lo acusaron de incendiario, ladrón y homicida; por ello -y sin pruebas concluyentes- fue a la cárcel por algo más de tres meses. Ciro Alegría (1909-1967), su alumno en un colegio de Trujillo allá por el año 1915, contó cómo el maestro "fue asaltado por un grupo de forajidos que trataron de cortarle la melena" y cómo los vecinos de Trujillo se referían a Vallejo diciendo: "ése que se dice poeta", sosteniendo que "le faltaba un tornillo".
Esta experiencia generó una crítica y permanente influencia en su vida y su obra, y se reflejó de modo muy directo en varios poemas de su siguiente libro, "Trilce" de 1922. Esta obra -recibida tibiamente por la crítica- mucho después fue considerada como un momento fundamental en la renovación del lenguaje poético hispanoamericano, pues en ella Vallejo se apartó de los modelos tradicionales que hasta entonces había seguido, e incorporó algunas novedades de la vanguardia. Como nunca antes, había realizado una angustiosa y desconcertante inmersión en los abismos de la condición humana.
Su cuna, su condición social y económica, sus fracasos amorosos, su deambular de aquí para allá ganándose la vida como maestro, su bohemia entre fumaderos de opio, lupanares y tabernas, su arresto, proceso y posterior reclusión en la cárcel de Trujillo, la humillación y el menosprecio de la crítica oficial, crearon en su ánimo un sentimiento de amargura.
Un tiempo antes, Vallejo le había enviado unos versos al escritor y periodista Clemente Palma (1872-1946), un renombrado escritor que pasaba por ser uno de los personajes más importantes de la escena literaria peruana de inicios del siglo XX. Cuando éste leyó "Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso; / y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, / y que hay un viernes santo más dulce que ese beso", le respondió al desolado poeta: "¿Usted cree señor Vallejo que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?... Mejor olvide la poesía".


Pobre y desamparado -más desamparado aún tras la muerte de su madre- Vallejo partió voluntariamente al exilio en un viaje que sería definitivo. A su patria no regresaría jamás. Una década después escribiría: "...le pegaban / todos sin que él les haga nada; / le daban duro con un palo y duro / también con una soga; son testigos / los días jueves y los huesos húmeros, / la soledad, la lluvia, los caminos...". En 1923, con treinta y un años de edad, abandonó el Perú y se dirigió a Francia en el vapor Oroya, con una moneda de quinientos soles por todo capital, dejando publicados antes de partir el libro de cuentos "Escalas melografiadas" y la novela corta "Fabla salvaje".
En París, vivió sus primeros años entre la miseria y el hambre, hasta que pudo encontrar su primer trabajo estable en una nueva agencia de prensa llamada "Les Grands Journaux Ibéro-Américains" al tiempo que enviaba con regularidad artículos para las revistas "Variedades" y "Mundial" de Lima. Por entonces vivía en el atelier del pintor y escultor costarricense Max Jiménez (1900-1947), en donde se entera por los periódicos de la muerte de su padre. Tiempo después conoce al pintor español Juan Gris (1887-1927) con quien establece una gran amistad. También frecuenta al novelista norteamericano Waldo Franck (1889-1967), al escultor lituano Jacques Lipchitz (1891-1973), al poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948), al filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936) y al pintor brasileño Cándido Portinari (1903-1962) entre otros.
Con el poeta español Juan Larrea (1895-1980), una de las figuras mayores de la poesía vanguardista española, funda en 1926 la revista "Favorables París Poema" y comienza a colaborar con la revista "Amauta" (del quechua "hamawt'a", "maestro") del teórico socialista peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930), al tiempo que profundiza sus estudios sobre el marxismo. También ese año obtuvo una beca menor de la universidad de Madrid, en donde continuó brevemente sus estudios de leyes.
En una crónica publicada en la revista "Variedades" del 7 de mayo de 1927, Vallejo expresó: "La actual generación de América no anda menos extraviada que las anteriores. La actual generación en América es tan retórica y falta de honestidad espiritual, como las anteriores generaciones de las que ella reniega. Levanto mi voz y acuso a mi generación de impotente para crear o realizar un espíritu propio, hecho de verdad y de vida, en fin, de sana y auténtica inspiración humana. Presiento desde hoy un balance desastroso de mi generación, de aquí a unos quince o veinte años".
En 1928 viaja por primera vez a la Unión Soviética mientras trabaja como corresponsal oficial para el diario "El comercio" de Perú. Cuando un año después regresa a la Unión Soviética, define su ideología revolucionaria profundizando sus estudios sobre el marxismo, al cual adhiere de forma definitiva, aunque por fuera del "comunismo" estalinista. Cuando vuelve a París es expulsado debido a su militancia comunista por el gobierno conservador y nacionalista de André Tardieu (1876-1945); entonces decide trasladarse a España nuevamente cuando declinaba el año 1930.


Testigo excepcional, la obra de Vallejo registra elementos claves de la vida política de España, en cuya capital escribió y publicó, en 1931, la novela "El tungsteno". El cuento "Paco Yunque", también escrito en Madrid, fue editado en fecha muy posterior. La novela fue editada por la editorial Cénit; el cuento, no. El editor lo rechazó por "demasiado triste". Juzgadas con los preceptos de la retórica vanguardista de la época, "El tungsteno" y "Paco Yunque" vendrían a ser obras fallidas, mediocres y ancladas en la estética del realismo decimonónico. Sin embargo, el tiempo demostró que ambas narraciones fueron ejemplares, paradigmáticas, en el sentido de que constituyeron el prototipo de novelas y cuentos que, años después, proliferarían en la frondosa literatura hispanoamericana.
También en Madrid publicó su ensayo "Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin", una ampliación del artículo "Un reportaje en Rusia", publicado en 1930 por la revista madrileña "Bolívar". Por estas fechas trabajó febrilmente acumulando notas, pergeñando ensayos y escribiendo artículos sobre literatura, arte y política. Vallejo tuvo el mérito de haber sido uno de los primeros escritores en lengua española que reflexionó críticamente acerca de una posible "literatura proletaria" y de un posible "arte revolucionario". En el ensayo "El arte revolucionario, arte de masas y forma específica de la lucha de clases" (publicado recién en 1973) dijo: "La forma del arte revolucionario debe ser lo más directa, simple y descarnada posible. Un realismo implacable. Elaboración mínima. La emoción ha de buscarse por el camino más corto y a quemarropa. Arte de primer plano. Fobia a la media tinta y al matiz. Todo crudo, ángulos y no curvas, pero pesado, bárbaro, brutal, como en las trincheras".
Estas afirmaciones lo llevaron a polemizar con el insigne escritor surrealista francés André Breton (1896-1966) y con el pintor cubista mexicano Diego Rivera (1886-1957), sobre quienes opinó que ocupaban y usufructuaban una posición de privilegio sin ser verdaderos trabajadores por una cultura revolucionaria.
Vallejo amaba el cine y admiraba a Sergei Eisenstein (1898-1948). Por eso su prosa narrativa tuvo mucho de guión cinematográfico. Su descripción de ambientes, personajes y situaciones fue un constante movimiento de cámara, "arte de primer plano", puesto que "la emoción ha de buscarse por el camino más corto y a quemarropa", tal como él mismo aseguró. Pese a la recomendación de su amigo Federico García Lorca (1898-1936), la obra dramatúrgica de Vallejo fue rechazada una y otra vez. Allí quedaron "Lock out", sobre un conflicto obrero en una fábrica metalúrgica; "Entre las dos orillas corre el río", ambientada en la Moscú soviética; "Colacho hermanos" una sátira que exponía a la democracia peruana como una farsa burguesa bajo presiones diplomáticas y de empresas transnacionales, y "La piedra cansada", obra de tono poético ambientada en la época incaica e influida por las tragedias griegas.


En 1932 regresó a París y contrajo matrimonio con Georgette Phillipart (1908-1984), la mujer que desarrollaría una gran labor de difusión de su obra tras su muerte, y poco tiempo después volvió a España, donde estalló la guerra civil. Este hecho le inspiró el poemario "España aparta de mí este cáliz". En 1937 asistió al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en Madrid y escribió "Poemas humanos" que se editaría de manera póstuma en 1939. También publicó "Nómina de huesos", una selección de poemas y prosas escritos durante los años 1923 y 1936, y el libro de poemas "Sermón de la barbarie". Durante la Guerra Civil, se comprometió con la causa de los republicanos y colaboró con fervor en la fundación del Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española, el régimen democrático que existía en el país hispano y que fue sustituido en 1939 por la dictadura liderada por el general Francisco Franco (1892-1975).
A comienzos de 1938 regresó a París y se alojó en el Hotel Richelieu situado en la rue Molière, muy cerca del Théâtre de la Comédie Française y del Palais Royal. Por entonces fue elegido secretario de la sección peruana de la Asociación Internacional de Escritores y comenzó a colaborar en el boletín hispanoamericano "Nuestra España" que dirigía el poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973) hasta que, en marzo sufrió un grave agotamiento físico y cayó en estado comatoso. Fue internado por una enfermedad desconocida que entró en crisis el 8 de abril. El lluvioso viernes 15 de abril, Vallejo murió sin que se estableciera ningún diagnóstico sobre su enfermedad. Sólo más tarde se supo que había sucumbido a un muy viejo paludismo que reapareció después de veinte o veinticinco años a consecuencia de su debilitado estado general.
La Embajada de Perú corrió con todos los gastos del entierro en el cementerio de Montrouge ubicado en los suburbios del sur de París, y la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, de la cual era secretario de la sección peruana desde 1937, organizó su funeral en la Maison de la Culture. Desde esta institución partió el cortejo fúnebre hacia el cementerio. Al entierro asistieron, entre otros, escritores, artistas y amigos como Ernest Bloch (1880-1959), Joan Miró (1893-1983), Juan Larrea Celayeta (1895-1980), Tristan Tzara (1896-1963), Rosa Chacel (1898-1994), Alfonso de Silva Santisteban (1902-1937), Nicolás Guillén (1902-1989) y Louis Aragon (1897-1982). Fue este último quien pronunció el discurso fúnebre ante la tumba. Los restos de César Vallejo permanecieron en el cementerio de Montrouge durante treinta y dos años hasta que, el 3 de abril de 1970, su viuda los trasladó al Cementerio de Montparnasse.
De entre la copiosa bibliografía sobre la importancia de su obra para la literatura del siglo XX se destaca el ensayo "El circo en llamas" del escritor y crítico literario chileno Enrique Lihn (1929-1988), en el cual escribió: "En otras palabras, César Vallejo cantó o escribió con los ojos puestos en un futuro mejor para la humanidad, pero lo hizo en estado casi agónico, desde el fondo de su desesperación individual, obsesionado por la enfermedad y por la muerte. Es el intérprete más impresionante y agresivo de la Guerra Civil Española, 'una epopeya -decía- única en la historia', pero no pudo soportar la violencia de España. Tampoco la violencia de su propio mundo emotivo, y murió de vida y no de muerte, en su decir, en los días mismos en que se perdía esa guerra, para entrar en la fase de la resurrección permanente de su verbo, quizá el más vivo de la poesía moderna de lengua española".


Por su parte el escritor peruano Bernardo Rafael Álvarez (1954) manifestó en 2021 en su artículo "Sobre César Vallejo: su poesía tal como yo la conozco": "En una crónica que escribí y publiqué en marzo del 2008, dije, respecto de César Vallejo, que es uno de los picos más elevados de la poesía en lengua española. Trece años después, afirmé que se trataba del 'más grande en lengua castellana'. Hoy -con absoluta convicción- me ratifico en lo dicho y, a diferencia de muchos, me atrevo a expresar que, verdaderamente, Vallejo es el pico más elevado, el poeta más completo (y creo que no sólo en nuestra lengua)". Y el escritor de relatos, novelista y poeta germano-estadounidense Charles Bukowski (1920-1994) le dedicó el poema titulado precisamente "Vallejo" que incluyó en su libro "What matters most is how well you walk through the fire" (Lo más importante es saber atravesar el fuego). En él expresó: "Es muy difícil encontrar un hombre / que escriba poemas que no te decepcionen. / Vallejo nunca me decepcionó de esa manera. /Algunos dicen que murió de tanto pasar hambre. / Como sea sus poemas sobre el terror a estar solo / son en cierto sentido amables y no gritan. / Estamos cansados de casi todo el arte. / Vallejo escribe como un hombre y no como un artista. / Está más allá de nuestro entendimiento. / Me gusta pensar que Vallejo todavía está vivo / y caminando por la habitación, / encuentro el sonido de sus pasos firmes. / Imponderable".