22 de junio de 2026

Cuentos selectos (XLI). Laura Fava: “Verle la cara a Dios”

La escritora argentina Laura Fava nació en 1942 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Historia y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y coordinó numerosos talleres literarios de lectura e interpretación de cuentos tanto a nivel particular como institucional. En 1987 recibió el Premio Iniciación a la Producción Nacional otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación por su libro de cuentos “Algunas víctimas”. Por ese libro sería luego distinguida con el Segundo Premio del Certamen Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 1993/1995. Con “Partirse en dos”, su segundo libro también de cuentos, obtuvo el Primer Premio del Certamen Eduardo Mallea, género novela y cuento, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires correspondiente a la producción del bienio 1999/2001. Además, con el cuento “La exactitud de la memoria” fue premiada en el Concurso Nacional de Cuentos Desde la gente, la editorial del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, el cual apareció publicado en la antología “El libro de los premiados” en 1995.
Laura Fava junto a Raúl Brasca (1948), entre otros escritores y escritoras, fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria “Maniático textual”, en la que colaboró desde su aparición en el año 1989 hasta el año 1991. Sus relatos, caracterizados por una atmósfera de angustia y desolación que envuelve a sus personajes a los que describe mediante un lenguaje conciso y una síntesis precisa, obtuvieron numerosas distinciones y algunos de ellos fueron incluidos en diferentes antologías tanto en Argentina como en el extranjero. Entre ellas se pueden mencionar “Nuestros cuentos. Una antología de la narrativa argentina” publicada en 1998 y “Mujeres con pelotas. Cuentos inspirados en el fútbol” publicada en 2010.
Fue a partir de fines del siglo pasado cuando en la Argentina comenzaron a aparecer varias antologías que reunieron textos eróticos escritos por autores consagrados de la literatura argentina. El cuento “Verle la cara a Dios” formó parte de la compilación de cuentos eróticos argentinos que hicieron Mempo Giardinelli (1947) y Graciela Gliemmo (1957) también en 1998. En él incluyeron narraciones que incluyeron al erotismo de modo sensual, fantástico, lúdico o trágico. Bajo el título “La Venus de papel”, además del cuento de Laura Fava hay otros de reconocidos escritores como Dalmiro Sáenz (1926-2016), Angélica Gorodischer (1928-2022), Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002), Abelardo Castillo (1935-2017), Juan José Saer (1937-2005), Luisa Valenzuela (1938), Tununa Mercado (1939), Ricardo Piglia (1941-2017), Liliana Heker (1943) y Reina Roffé (1951), por citar sólo a algunos.
Como bien explicó la citada escritora y editora Graciela Gliemmo en el posfacio de “La Venus de papel”, “en la narrativa erótica se presentan distintas representaciones del cuerpo, construido en los bordes del placer o del goce. Se trata de un tipo de narración que deja entre paréntesis o excluye el saber científico, y ofrece plurales imágenes del cuerpo -vestido o desnudo, gimiente o silencioso- a partir del despliegue sensorial de los personajes y de descripciones muy específicas o sugerentes. En esos relatos que detallan, aluden, insinúan o explicitan encuentros físicos, fantasías de contactos, transgresiones y deseos, el gran protagonista es el cuerpo. El cuerpo y los deseos, el cuerpo y los interdictos, el cuerpo y las transgresiones, el cuerpo y los desenfrenos”.


“La narrativa erótica hace del cuerpo, y también del relato, un bien en sí mismo -continuó-. El erotismo es algo más que un toque de color. Es la materia misma del relato, su médula jugosa. Sin él las historias se desvanecerían en una página en blanco. El cuerpo es el detonante de la ficción y el objetivo hacia el cual avanza el conjunto de las secuencias. Siempre el cuerpo como centro: tocado, visto, oído, soñado, imaginado, deseado. A veces tomado en toda su extensión o enfocado por partes. En algunos relatos prevalecen las bocas y las lenguas. En otros, actúan con exclusividad las manos, en especial los dedos ágiles. Muchos cuentos coinciden en recuperar la fuerza de una mirada espía o la infidencia de alguien que escucha. Algunos se concentran, con exclusividad, en las zonas erógenas, respetando la tradición del imaginario cultural, invirtiendo los roles u ofreciendo objetos sustitutos. A varias voces, se exhibe un imaginario plagado de sonidos, sabores, fantasías, contactos, escamoteos, penetraciones, caricias, confidencias, silencios. Sobre los impulsos -desatados o contenidos- todos los personajes esperan o buscan un roce físico, a veces mínimo”. Y concluyó: “Siempre se deja entrever que existe un pacto, una suerte de acuerdo tácito, algún tipo de consentimiento entre los personajes. Esta complicidad permite que la narración avance hacia su objetivo”.
En cuanto al título del cuento de Laura Fava, cabe recordar que la expresión coloquial y cultural rioplatense “verle la cara a Dios”, en el lenguaje cotidiano y popular suele utilizarse para expresar una situación extremadamente peligrosa o traumática como haber estado al borde de la muerte y también, desde un punto de vista sensual, para exteriorizar el hecho de haber llegado a la cúspide del placer sexual. Es precisamente esta última alternativa la que eligió la autora de “Verle la cara a Dios”, la escritora que falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 2013.

 
VERLE LA CARA A DIOS
 
Natalio se había casado virgen. Después de muchas vueltas y conciliábulos entre las dos familias por el asunto de la dote, él y Lidia se habían casado. El día anterior a la boda, Natalio había soportado bromas terribles por parte de los otros muchachos solteros, incluida una visita al prostíbulo en la que los amigos se empeñaron en encerrarlo solo en una habitación con una de las pupilas, a ver “si éste puede verle la cara a Dios de una buena vez”. Pero Natalio no podía; era peor, no le interesaba ni la cara de Dios ni ninguna otra cara.
“Así debe ser -decía la madre-, así dice el señor cura que uno debe llegar al matrimonio. Mi Natalio es un santo, eso es lo que es y no un marica ni un impedido como andan por ahí diciendo”. En parte, era cierto lo que decía la vieja. Natalio no tenía ningún tipo de debilidad por personas de su mismo sexo; muy amigo de sus amigos, había compartido cuanta cosa de varones hay entre la gente de un pueblo; partidos de fútbol y de bochas, carreras, bailes, bromas pesadas, alguno que otro desmán en el prostíbulo, y todo eso. Buen mozo, bien plantado, hacía suspirar a más de una, incluidas las señoras. Y en lo que respecta a su impotencia, bien sabía él que nada de cierto había en todo eso: más de una vez había sentido su sexo avergonzándolo por entre los pantalones, enhiesto como el asta de la bandera en los desfiles del 25 de Mayo. Pero eran circunstancias muy particulares y no alcanzaba a definirlas con claridad. No importaba qué clase de hembra se le pusiera por delante, ni cuánto la desearan los compañeros, ni cuánto ella manifestara desearlo a él; no había caso; podía apretarla contra una pared, sentir su cuerpo turgente, su sudor, iniciar las caricias... poro todo transcurría apaciblemente entre sus piernas; su sexo, laxo y tranquilo, no manifestaba alteración alguna, Y a él parecía no importarle. Así que Natalio se casó virgen.
Los primeros tiempos de su matrimonio parecían perfectos. Cuando Lidia y él bajaban al pueblo para las misas o las fechas patrias, era tal la cara de felicidad que tenían que a nadie se lo ocurría preguntarles si les iba bien o mal o que tal hombre era Natalio o si cumplía: el vientre hinchado de Lidia y su aspecto radiante y satisfecho eran más que suficientes para contestar cualquier pregunta. Natalio tomaba unas ginebras en el boliche, se reía cuando los amigos lo palmoteaban y, cuando atardecía, ayudaba a Lidia a trepar al sulky y juntos volvían a la casa.
Pero el pueblo nunca supo la verdad, ni siquiera intuyó una aproximación a ella, porque, en este asunto de verle la cara a Dios, se jugaban varias barajas.
La primera noche de casados, Natalio llegó tan borracho a su casa que ni siquiera las botas pudo sacarse; se tiró con ropa y todo arriba de la cama y no se movió hasta el mediodía siguiente; fue Lidia la que lo desvistió pero púdicamente: el calzado y la camisa, nomás; los pantalones se quedaron puestos. La segunda noche tenía el hígado al revés y sólo servía para quejarse y aguantar las compresas frías en la cabeza. La tercera se le escaparon los chanchos del chiquero y Cristo sabe que anduvo hasta la madrugada buscando a los malditos entre pajonales y cuando encerró al último, estaba tan cansado que ni hablar podía. La cuarta noche apareció el turco.
Saúl vendía ropa de pueblo en pueblo desde que era muy chico, acompañando a su padre, “El turco viejo y el turco chico”, los decían.
Hacía rato que don Elías, el viejo, se había retirado del negocio dejándole la mercadería y una camioneta Estanciera bastante destartalada a su hijo. En realidad, Saúl no tenía alma de mercachifle; le gustaba jugar al truco, al mus, al monte, a las bochas, al fútbol y con las mujeres. Para con estas últimas tenía particular debilidad: a todas les regalaba su sonrisa de dientes blanquísimos, su simpatía, sus dotes de bailarín y, según el favor recibido, algún par de medias o ropa interior con puntillas. Era un hombre querido por la gente del pueblo, porque daba crédito y sabía esperar a los que estaban pasando malos ratos, contrariando así la opinión de su padre que, en los momentos de furia, pisoteaba la gorra y lo gritaba que nunca se haría rico.
Natalio recibió con alegría a la Estanciera que se apareció por el camino que llevaba a la casa dando coces como una mula arisca; acababa de lavarse, cansado por el trabajo; y chupaba la bombilla concentrando su pensamiento en la vaca que estaba por parir y que, con seguridad, lo haría esa noche.
Saúl bajó del vehículo y dio unas palmadas al capot que humeaba, se sacudió la tierra de los pantalones y aceptó el mate que Natalio le tendía. Se sentaron juntos afuera y estuvieron hablando un rato largo de la gente, de las carreras, de la política y del comisario, hasta que Lidia apareció, reluciente y bien peinada y, después de intercambiar saludos, pidió ver alguna mercadería. El turco, solícito, la acompañó hasta la camioneta y ahí estuvieron un buen rato, charlando y revolviendo cosas hasta que se hizo oscuro y Natalio entró a la casa para encender las lámparas. 
Se comió bien esa noche; Lidia se esmeró y no estaba en el ánimo de Saúl decir que no, porque el guiso olía muy sabroso. Correspondía después invitar al huésped a pasar la noche; no tenía caso que anduviera por esos caminos en una noche tan fría; así que se lo podía tender un catre en la cocina, como se acostumbraba, y entre los “Quedate, hombre” de Natalio y los “Si no es molestia, quédese”, de Lidia, Saúl aceptó.
Hubo vino y unas cuantas ginebras y se rieron a rienda suelta de doña Ingrasia, que quería casar a la última de sus hijas, “más fea que un cólico, fíjese doña Lidia” decía Saúl y Lidia se reía y se reía.
Natalio no ignoró las miradas oscuras y ardientes que Saúl depositaba en su mujer; a medias molesto y a medias divertido, vio cómo ella le arrimaba la cadera al hombro cuando le servía y cómo el turco apretaba los dientes y lo miraba de soslayo. Pero quizás porque era demasiado abúlico para ofenderse o quizá porque tenía una idea muy particular respecto de los afectos, hizo como que no veía nada. Jugaron a las cartas y, de pronto, se acordó de Margarita, la vaca. Buscó una manta y no quiso que Saúl lo acompañara. “No -le dijo- andate a dormir nomás; yo me arreglo solo”. Y se fue para el establo.
La vaca parió un ternero macho. Costó, porque no venía bien, pero él forcejeó a la par de la madre ya eso de las cuatro o cinco de la mañana el animalito ya estaba en pie, tembloroso en sus patitas enclenques. Natalio se puso la manta sobre los hombros, y cansadísimo, se fue para la casa. Había helado y la tierra crujía bajo sus pies. Respiró hondo y el aire le dolió en los pulmones; pronto iba a amanecer.
Cuando abrió la puerta, lo primero que le llamó la atención fue el catre vacío que habían dispuesto para Saúl; lo segundo fue ver a Lidia y al Turco desnudos, todavía acariciándose, en la cama. No se atrevió a hacer ruido y se sentó en la silla más próxima, mirándolos.
Sin que supiera cómo, sin aviso ni señal de ningún tipo, desde esa silla en la que lo único que hacía era mirar, esa noche Natalio le vio la cara a Dios. 

12 de junio de 2026

Amadeo Carrizo, el mejor arquero de la historia (2/2)

Amadeo Carrizo también custodió el arco de la Selección argentina durante diez años. Jugó en total veintidós partidos: dieciséis amistosos, tres en la Copa Mundial de Suecia 1958 y tres en Copa de las Naciones de 1964. En el Mundial jugado en el país escandinavo ocurrió un hecho inédito. Por primera vez una Selección Nacional, de los veintidós jugadores convocados, trece pertenecieron a un mismo club: River Plate. El seleccionado era dirigido técnicamente por Guillermo Stábile (1906-1966), un futbolista que había jugado en Huracán de Argentina entre 1924 y 1930, en el Génova y el Napoli de Italia entre 1930 y 1935 y entre 1935 y 1936 respectivamente, y en el Estrella Roja de Francia entre 1936 y 1939. En este último también se desempeñó como director técnico y luego lo hizo en los equipos argentinos Huracán, San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferro Carril Oeste y Racing. El grupo en el que participó Argentina estaba conformado además por las selecciones de Alemania Federal, Irlanda del Norte y Checoslovaquia.
Gran parte de los periodistas deportivos europeos consideraban que Argentina era un firme candidato al título. Sin embargo no fue así. Tras perder con Alemania Federal por 3 a 1 y vencer a Irlanda por 3 a 1, llegó la catastrófica derrota ante Checoslovaquia por 6 a 1, un nefasto resultado que provocó un decaimiento en el rendimiento de todos los integrantes del equipo que participaron en ese evento y principalmente en Amadeo, quien fue el más vapuleado. El hostigamiento fue una constante y el periodismo argentino fue despiadado con él a pesar de que los medios de prensa de Europa después de observar películas de los partidos jugados por el Seleccionado Nacional, concluyeron que la responsabilidad de Amadeo por las derrotas sufridas no había sido sólo suya, sino que el motivo desencadenante era indudablemente la parte atlética, la velocidad y los cambios de ritmo de los equipos europeos que eran demoledores.
El propio Carrizo declararía tiempo después: “Estoy convencido de que no fui el único culpable de las goleadas, yo no jugaba solo; cuando un equipo pierde por varios goles, evidentemente no hay funcionamiento de conjunto. Nos vimos superados físicamente de manera notoria. Los alemanes y los checoslovacos nos pasaron por encima. Tenían una preparación física excelente, totalmente superior a la nuestra. Jamás olvidaré el recibimiento durísimo de Ezeiza, me sentí realmente mal. Yo admito la cuota de culpa que me corresponde, pero nunca fui el único causante como casi todos opinaron. Fue peliagudo para mí, siempre acostumbrado a tener actuaciones buenas y sobresalientes, debí soportar tantos goles; algo realmente penoso”.
Quedó tan afectado que cuando el nuevo técnico, Juan Carlos “Toto” Lorenzo (1922-2001), lo volvió a convocar como titular para el Mundial de 1962 en Chile, no aceptó. Tras este episodio, el reconocido periodista deportivo Julio César Pasquato “Juvenal” (1923-1998), redactor especial de la revista “El Gráfico”, publicó un artículo en el que expresó: “Amadeo no tuvo más responsabilidad que el resto del equipo. Él no salvó nada pero los demás tampoco lo salvaron a él. Nadie hizo nada para hacer mejor las cosas. Fueron a Suecia con una venda en los ojos, como ellos lo dijeron en su momento. Sin la debida preparación física sobre todo sin la debida preparación mental y táctica. Nunca habían jugado un Mundial, entonces ni sabían de qué se trataba. Brasil para ganar ese Mundial ya había tenido tres fracasos sucesivos (‘38, ‘50 y ‘54). Ellos habían tenido participación y sabían de qué se trataba. Sus dirigentes estaban alertados de cómo era la cosa, de cómo había que jugar, lo que no ocurría entre los nuestros”.


Ese rechazo fue transitorio ya que en 1963 aceptó la convocatoria del técnico José D'Amico (1914-1994) para enfrentar a Paraguay por la Copa Chevallier Boutell, un certamen de fútbol disputado por las selecciones nacionales de Argentina y Paraguay entre 1923 y 1971. En esa oportunidad Argentina ganó 4 a 0. Ese partido fue el prólogo para su despedida triunfal de la Selección cuando ganó la Copa de las Naciones disputada en Brasil en 1964, terminando con la valla invicta ante equipos de envergadura como Portugal, Inglaterra y Brasil en los cuales había figuras muy reconocidas como el luso Eusébio da Silva Ferreira (1942-2014), el británico Robert “Bobby” Charlton (1937-2023) y el brasileño Edson Arantes do Nascimento “Pelé” (1940-2022). Nadie se había atrevido a pronosticar que Argentina iba a ser capaz de quedarse con el título, pero tras empatar 0 a 0 con Portugal y golear 3 a 0 a Brasil, superó 1 a 0 a Inglaterra y ganó el torneo. Carrizo resultó un pilar decisivo en esa exitosa campaña.
Pero aún le faltaba vivir una de las mayores frustraciones de su prolongada carrera: la final de la Copa Libertadores de América de 1966 que River disputó contra el equipo uruguayo Peñarol. Tras perder 2 a 0 en el estadio Centenario de Montevideo y ganar 3 a 2 en el estadio Monumental de Buenos Aires, River viajó a Chile para jugar el partido definitorio contra los uruguayos. El encuentro se disputó en el Estadio Nacional de Santiago y, al cabo del primer tiempo, River ganaba 2 a 0. En el segundo tiempo Peñarol logró empatarlo por lo que fue necesario jugar un tiempo suplementario. El desenlace fue fatal para el “Millonario”: el “Carbonero” -tal el apodo con el que se conocía a Peñarol debido a que fue fundado por trabajadores de una compañía ferroviaria inglesa que operaban locomotoras a vapor que utilizaban carbón-, marcó otros dos goles y terminó venciendo por 4 a 2 a un River desconcertado que había acariciado la gloria pero se fue humillado y con las manos vacías.
Ese fracaso propició un clima de desaliento en los jugadores riverplatenses, sobre todo en Amadeo Carrizo a quien tanto el presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) como el director técnico Renato Cesarini (1906-1969) responsabilizaron por la derrota. Ambos sostuvieron que la remontada uruguaya tuvo su origen en la furia que despertó en sus rivales el hecho de que Carrizo con su equipo en ventaja parara un envío largo con el pecho, como burlándose de los jugadores dirigidos por Roque Máspoli (1917-2004). Esta jugada fue elegida como la amargura más grande de su carrera según su propio testimonio. En un reportaje del año 1969 declaró: “Es cierto, estuve mal, pero porque no tenía quienes me respaldaran”. Años después, en 2012, en otro reportaje manifestó: “Fue algo rápido, me pateó un tipo desde cuatro metros, un balazo que me vino directo al pecho. No fue compadreada, hice lo que me pareció más seguro y enseguida la agarré. ¡Dicen que los de Peñarol se enojaron y por eso nos ganaron! Es cuento viejo. Ellos encontraron el partido después”. Lo concreto es que ese lacerante fracaso sucedió en medio de una nefasta racha de casi dieciocho años sin obtener títulos. Tras un ciclo brillante de cinco campeonatos en seis años en la década del ’50, recién volvió a salir campeón en 1975. Por entonces Amadeo ya no estaba en el club.


Indudablemente Amadeo Carrizo fue un revolucionario del fútbol, un pionero en la innovación de técnicas y estrategias en su puesto de arquero, tales como salir de su área para participar en la defensa, salir
esquivando al jugador rival, lanzarse a los pies del contrario para arrebatarle el balón en un ataque, descolgar los centros con una mano y utilizar el saque de meta como estrategia para iniciar contraataques. También fue el primer arquero argentino en usar guantes, siguiendo el ejemplo del italiano Giovanni Viola (1926-2008). El propio Amadeo contó mucho después en una entrevista publicada en la revista “El Gráfico” en 2012: “En el ‘57 fuimos a jugar un partido con la Selección a Italia, y el arquero de ellos, un tal Viola, usaba guantes. Le pregunté si daban resultado favorable, y me contestó ‘Buono, buono’ y me regaló un par. Me compré unos más y a la vuelta, contra Racing, los estrené. Acá nadie usaba y me daba un poco de vergüenza, entonces me los chanté en el elástico del pantalón para no deschavar, y antes de tocar el silbato, chan, me los puse”.
Poco tiempo después de colgar los guantes, gracias a la fama obtenida en el deporte y a su sencilla y cálida personalidad, Carrizo recibió ofrecimientos de varios empresarios. Fue así que se dedicó a trabajar en el área de promoción y relaciones públicas de Adidas, la empresa alemana dedicada a la fabricación de equipamiento deportivo y también incursionó como modelo publicitario tras jugar un partido que enfrentó a actores y jugadores veteranos a beneficio de un colegio de Santa Fe, el cual se jugó en la cancha de Colón enfrentando a Unión. Entre los actores estaba el modelo y diseñador croata-argentino Ante Garmaz (1928-2011) quien le hizo la propuesta diciéndole “qué bien que te mantenés Amadeo. Sería genial que trabajáramos juntos. Tu estampa es ideal para modelo, y además tu popularidad... ¿Qué tal?”. “¿Te parece Ante? Yo no sé nada de esto”, le respondió. Tal como el propio Amadeo contaría mucho después, el desafío le gustó y comenzó desfilar por el interior del país. Córdoba, Jujuy, Salta, Tucumán...
“No ganaba mucho dinero -contó-, pero era algo distinto que me permitía estar en contacto con la gente. En mi primera salida no advertí que la alfombra tenía arrugas. Había mucho público y justo que salgo, tropiezo en la pasarela y dio la impresión de que entré saltando. El locutor observó lo sucedido y dijo: ‘Es tan atlético Amadeo que, para demostrarnos su agilidad, entra dando saltos’. Fue una risa generalizada que me hizo superar el momento difícil. Luego tuve cinco o seis salidas más, fui aplaudido y noté el cariño de la gente, que perdonaba mi falta de práctica. Luego de un año y medio me desvinculé de toda esa actividad, pero fue una linda experiencia”. Más adelante, en distintas entrevistas comentó que jugó al paddle, un deporte que practicó hasta los 75 años, y que en Villa Devoto, donde vivía y en donde pasó sus últimos años, utilizaba su bicicleta para recorrer el barrio y visitar a sus amigos en los bares de la zona, alternando a veces con su moto.
Durante los últimos años de su vida siempre volvió a River, su lugar en el mundo. Lo hizo tanto para ver al equipo en acción como para recibir los homenajes de un club y una hinchada que habían tenido el privilegio de disfrutar las proezas del mejor arquero que pasó por las canchas argentinas. Como homenaje, el 17 de agosto de 2008 el sector bajo de la Platea General Belgrano del Estadio Monumental fue bautizado con su nombre. En su honor, en 2011 el Senado de la Nación instituyó el 12 de junio (día de su nacimiento) como el “Día del Arquero”. Luego, el 27 de diciembre de 2013 fue nombrado presidente honorario del club. Y en noviembre de 2019 fue declarado Ciudadano Ilustre por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en reconocimiento por ser “considerado una leyenda dentro del mundo futbolístico”.


Ese mismo año se estrenó la película “River, el más grande siempre”, un documental que narra la historia del club
desde sus orígenes, para el cual fue entrevistado junto a otras figuras que dejaron una marca exitosa en el equipo riverplatense como Héctor “Bambino” Veira (1946), Ubaldo “Pato” Fillol (1950), Norberto “Beto” Alonso (1953), Enzo “Príncipe” Francescoli (1961), Ariel “Burrito” Ortega (1974), Marcelo “Muñeco” Gallardo (1976), Pablo “Payasito” Aimar (1979) y Fernando “Torito” Cavenaghi (1983). Carrizo ya había tenido un rol protagónico muchos años antes, en 1950, cuando actuó en el filme “Cinco grandes y una chica” dirigida por Augusto César Vatteone (1904-1979), una película en blanco y negro cuya trama estaba centrada en el descubrimiento por parte de cinco integrantes de un equipo de fútbol de un caso de soborno.
Ciertamente Amadeo Carrizo, un arquero innovador, rápido, audaz y emblemático, cambió la historia de los guardavallas y se convirtió en un miembro célebre de la cultura popular argentina. Según reprodujo el periodista y escritor Alfredo Di Salvo (1950) en “Amadeo Carrizo” una excelente biografía publicada en 1992, precisó Amadeo: “Yo quise hacer que al arquero lo observaran más, que vieran que era importante, porque en él empieza la seguridad del equipo. El que sabe que tiene un buen arquero juega respaldado. El principal atributo de un buen arquero es tener reflejos rápidos para salir a buscar el remate apenas viene y simplificar, que era mi fuerte. Yo pensaba: cuanto menos me patean al arco, mejor. ¿Cómo lo impido? Intuyendo que va a hacer el contrario cuando viene con la pelota, salir lentamente del arco para anticipar la jugada”.
Diez días después de someterse a una cirugía en la espalda, a las 4.40 de la madrugada del 20 de marzo de 2020 falleció en la Clínica Zabala de Buenos Aires. Tenía 93 años y siempre sostuvo que el secreto para superar los 90 años de vida era el vino tinto. “Tengo problemitas en las piernas -decía- pero no puedo pedir más a esta edad. Ya estoy grande. El problema es el alma, el alma... naque”. Debido a la pandemia del coronavirus, no hubo funeral ni despedida por parte de sus admiradores, y su cuerpo fue enterrado en el cementerio de su natal Rufino.

Amadeo Carrizo, el mejor arquero de la historia (1/2)

Un día como hoy, hace exactamente cien años, nacía en el Barrio General San Martín de la ciudad de Rufino, provincia de Santa Fe, quien sería con el paso de los años reconocido por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (International Federation of Football History and Statistics) como el mejor arquero sudamericano del siglo XX: Amadeo Carrizo. Hijo de un trabajador ferroviario, alternó su infancia entre los paseos en bicicleta e ir junto a su padre a observar las maniobras de las máquinas del ferrocarril. Además, asistía los domingos junto a su hermana o algún amigo a “El Condal” y a la “Sala Marconi”, los cines que había por aquella época en la ciudad. Las entradas costaban 20 centavos y con el número de las mismas al final de la función se rifaba una muñeca o una pelota, un premio que se otorgaba según el ganador fuera nena o nene. En una oportunidad resultó ganador y consiguió así su primera pelota de fútbol.
No fue necesario que pasase mucho tiempo para que comenzara a ir a los partidos de fútbol informales y amistosos que se jugaban cerca de su casa en los que participaba como jugador de campo. Su papá, amante del fútbol e hincha de River, en el fondo de su casa pasaba largo rato tirándole la pelota de un costado al otro para hacerlo volar y atajarla porque veía en su hijo una mayor capacidad como arquero que como delantero. En 1938, aprovechando el boleto gratis que tenía por su condición de empleado ferroviario, viajó con su hijo a Buenos Aires a visitar a su hermano. El 7 de agosto de ese año llevó a Amadeo a la cancha de River. Por entonces el equipo era dirigido por técnico húngaro Emérico Hirschl (1900-1973) y ese día enfrentó a Racing por la fecha 15 del Torneo Argentino de Primera División. La “Academia” -tal el apodo con el que se conocía al club de Avellaneda desde mediados de la década de los años ‘10 cuando ganó siete campeonatos de Primera División consecutivos entre 1913 y 1919 durante la era del amateurismo- dominó el primer tiempo y se fue al entretiempo con una ventaja de 2 a 0. Pero en la segunda etapa, gracias a la habilidad y la destreza goleadora de Luis María Rongo (1915-1981), River dio vuelta el resultado y ganó 3 a 2. Mientras su padre, feliz por la compañía de su hijo en la tribuna, festejaba los goles, Amadeo miraba a los arqueros y pensaba si alguna vez él podría jugar en esa posición.
Un año después, ya en Rufino dio sus primeros pasos como futbolista formal en el club barrial El Fortín, en el que jugaban varios chicos que vivían en la misma cuadra en la que estaba su casa. Jugaban de locales en las instalaciones del club Matienzo, y allí Amadeo demostraba un gran dominio de la pelota desenvolviéndose como centrodelantero. A ese club llegó luego de ser visto por el director técnico de la división infantil jugando en una plaza con los amigos.
El equipo confrontaba con otros de diferentes barrios y, luego de varios partidos, se mantenía invicto. Un domingo debió enfrentar a un conjunto de un barrio cuyo equipo se denominaba Los Panta, un cuadro aguerrido y de buenos jugadores que contaba con un campo de juego que tenía hasta los arcos con red y travesaño. Faltaba poco para el comienzo del partido y el arquero de El Fortín no llegaba, por lo que el capitán del equipo estaba muy nervioso. Fue cuando Amadeo se le acercó y le ofreció jugar como arquero. Luego de dudar un poco se decidió a aceptar la propuesta. El principiante arquero tenía 13 años y no llegaba al metro setenta de altura, sin embargo desvió todos los tiros que le hicieron, con la punta de los dedos los que llegaban por arriba y estirándose con esfuerzo los que llegaban por abajo. El Fortín mantuvo el invicto y Amadeo fue la revelación.


En simultáneo mantenía su afición por el ciclismo, llegando incluso a competir en distintas carreras tanto en pistas como en carreteras, y causó asombro en Rufino cuando ganó una carrera consistente en treinta y cuatro kilómetros entre ida y vuelta. Este suceso lo llevó a dudar si seguía corriendo con la bicicleta o si jugaba al fútbol. Pero optó por esto último cuando unos hermanos que jugaban en El Fortín y ya eran profesionales en el B.A.P., el club de los ferrocarriles Buenos Aires Al Pacífico, le ofrecieron jugar allí como arquero. Con la anuencia de su padre que era socio del club que los empleados de ese ferrocarril (el actual Ferrocarril General San Martin que por entonces estaba en posesión de Gran Bretaña y recién fue nacionalizado en 1946) habían fundado el 9 de agosto de 1924 y era por entonces el más importante de la liga rufinense, allí debutó en la reserva en 1942.
En el primer partido el equipo perdió 4 a 0 y Amadeo salió cabizbajo de la cancha. Estando amargado en el vestuario, se le acercó el capitán del equipo de primera y le dijo que no se cambiara porque iba a jugar el partido principal. Sorprendido, ya que le habían hecho cuatro goles, no podía entender la propuesta y bajo ese estado emocional debutó en la primera división. El equipo ganó ese partido, él tuvo una buena actuación y quedó como titular para toda la temporada de 1942. En la década de los años ‘40 su padre era compañero de trabajo de Héctor Berra (1909-1977), un atleta de River que había participado en varias disciplinas en los Juegos Olímpicos de Verano de 1932 llevados a cabo en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, y que había participado en los Campeonatos Sudamericanos de Atletismo representando a la Argentina en 1929, 1931, 1933 y 1937.
Por entonces Berra, además de trabajar en el ferrocarril colaboraba con el por entonces director técnico de las divisiones inferiores de River Plate, Carlos Peucelle (1908-1990), en la búsqueda de jugadores talentosos en los clubes del interior. Por esa razón el padre de Amadeo le propuso que lo recomendase. Berra aceptó el pedido, pero quiso verlo en acción antes de recomendarlo. Se jugó entonces un amistoso que el B.A P. le ganó 1 a 0 al Sporting de Laboulaye. Cuando lo vio jugar le sugirió ir a probarse al club de Núñez y le escribió una carta de recomendación dirigida al técnico del “Millonario”, apodo que el club había recibido en 1931 -cuando se inició el fútbol profesional en Argentina- debido al número de contrataciones costosas que realizó con el fin de conformar un equipo competitivo. Entre esas incorporaciones figuraron jugadores como el mencionado Peucelle, adquirido al Sportivo Buenos Aires por 10.000 pesos, Angel Bossio (1905-1978) de Talleres de Remedios de Escalada por 22.000 pesos, Alberto Cuello (1908-1993) de Tigre por 18.000 pesos, Carlos Santamaría (1912-1998) de Platense por 15.000 pesos y, sobre todo, la del gran goleador Bernabé Ferreyra (1909-1972) de Tigre por 35.000 pesos, un futbolista reconocido como uno de los más destacados goleadores del fútbol mundial en los años ’30 y que ostenta el histórico récord de tener más goles que partidos disputados: 200 goles en 185 partidos oficiales.
Con el alistamiento a lo largo de esa década de otros grandes jugadores como Renato Cesarini (1906-1969), José María Minella (1909-1981), José Manuel Moreno (1916-1978), Ángel Labruna (1918-1983), Adolfo Pedernera (1918-1995), Juan Carlos Muñoz (1919-2009) y Alberto Gallo (1920), el equipo riverplatense vivió una etapa victoriosa consagrándose campeón de los torneos de Primera División en 1932 y 1937, de la Copa de Competencia en 1932, de la Copa Campeonato en 1936, de la Copa de Oro en 1936, de la Copa Ibarguren en 1937 y de la Copa Aldao en 1936 y 1937.


Por entonces había pasado de su pequeña cancha en la calle Aristóbulo del Valle en el barrio de la Boca a un nuevo estadio sobre la avenida Alvear (hoy Av. Del Libertador) entre Tagle y Austria. Luego, en 1934, dado que ese terreno no le pertenecía al club y el contrato de alquiler vencía y no le sería renovado, la Municipalidad le reclamó el predio y, gracias a la intermediación del propio Intendente de la ciudad Mariano Vedia y Mitre (1880-1958), consiguió comprar unos terrenos en las anegadizas tierras del barrio de Belgrano muy cerca del Río de la Plata con un préstamo del Banco Hipotecario Nacional. El por entonces presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) escrituró esas tierras y en mayo de 1935 comenzó la construcción del que sería llamado Estadio Monumental, el cual se inauguró tres años más tarde el 25 de mayo de 1938, el día que se cumplía el 37º aniversario de la fundación del club.
El 6 de marzo de 1942, llevando en su bolso la carta de Berra, con apenas 16 años Amadeo Carrizo emprendió el viaje hacia Buenos Aires en un tren nocturno que tardó más de quince horas en llegar a destino. Fue un viaje que le resultó larguísimo y, a pesar de las ilusiones que tenía, se sintió triste por haber dejado en Rufino a su familia y sus amigos. Cuando llegó a la estación Retiro lo recibió su tío, el hermano de su madre, quien le dio un cálido y afectuoso recibimiento y lo llevó a su humilde casa en Villa Devoto, la que se constituyó en un sólido refugio para sus sueños y donde se propuso dejar de lado la nostalgia y la melancolía por todo lo que había dejado en su ciudad natal.
Un par de días después, el tío lo llevó a River, se lo presentó a Peucelle y le extendió la carta de recomendación que había redactado Héctor Berra. El entrenador la leyó con mucha atención, demostrando un alto respeto por el ex atleta riverplatense que le pedía la prueba, y enseguida le dio fecha para el día siguiente. Amadeo estaba impresionado por las instalaciones de River; acostumbrado a las dimensiones de su pueblo, River le parecía una verdadera ciudad dentro de otra. Además, había estado espiando la cancha y, a pesar de los nervios que lo hacían temblar, un tremendo entusiasmo lo embargaba. Al ver los arcos del Monumental, ansioso pensó que tenía la fuerza suficiente para lograr triunfar en el desafío que le esperaba al día siguiente.
Acompañado por su tío, quien lo alentó durante todo el viaje entre su casa y el club, fue probado entre cientos de chicos y su destino quedó sellado cuando, con su baja edad y su alta estatura, pudo escuchar: “El grandote de Rufino se queda”. Efectivamente la prueba resultó exitosa y, según relató en una entrevista con la revista “El Gráfico”, alguien llamó a Rufino para comunicarle a su familia que el chico se quedaba en el club: “Díganle al padre que Amadeo se queda en River, en la prueba lo aceptaron”. Peucelle le había dicho: “bueno, pibe, mándele decir a su padre que se queda acá”. Y el propio Amadeo llamó a su papá y le dijo: “Viejo, no vuelvo a Rufino, fiché para el club de tus amores”.
En ese momento se conmovió hasta la médula cuando sintió la voz de su papá quebrarse por la emoción en la línea telefónica, y comprendió en seguida que junto a la felicidad que significaba la noticia que estaba comunicando, en ese momento nacía también para él una enorme carga de responsabilidad. Porque a partir de allí, el padre comenzó a mandarle dinero desde Rufino para afrontar sus gastos y para ayudar a su cuñado. Comidas, viáticos y cualquier otro compromiso que significara para el tío albergar a su hijo en su casa de Villa Devoto.
El 3 de junio de 1943 comenzó su trayectoria riverplatense en la Cuarta división y doce meses más tarde pasó a la Tercera con la que fue campeón junto a dos jugadores que serían famosos con el paso del tiempo: Néstor “Pipo” Rossi (1925-2007) y Alfredo Di Stéfano (1926-2014). Cuando Peucelle se hizo cargo de la Primera División en 1945, el 6 de mayo de ese año decidió que había llegado la hora de darle una oportunidad al arquero nacido en Rufino. Fue así que debutó en el partido que River venció a Independiente de Avellaneda por 2 a 1. En su niñez Carrizo había sido hincha de Independiente y pasaba la tarde de los domingos pegado a la radio en su ciudad natal escuchando sus partidos, y en el debut se enfrentó con varios de sus ídolos como lo eran Arsenio Erico (1915-1977) y Vicente de la Mata (1918-1980). Su invicto como arquero duró apenas 17 minutos y cayó cuando Camilo Cerviño (1926-2017), el puntero derecho del Rojo -apodo que el equipo de Avellaneda recibió por el color de su camiseta- le marcó un gol con un fuerte tiro cruzado. Luego los citados Labruna y Gallo revertieron el resultado y River se quedó con los dos puntos en disputa.


Una semana más tarde volvió a ser titular en la victoria por 2 a 1 sobre San Lorenzo de Almagro, equipo en el que brillaban jugadores como Armando Farro (1922-1982), Rinaldo Martino (1921-2000) y René Pontoni (1920-1983). Fue justamente este último quien le hizo un gol antes de la media hora de juego para poner al Ciclón en ventaja. Ese apodo con el que era conocido San Lorenzo había nacido en 1930 cuando un periodista del diario “Crítica” lo comparó con un ciclón por la velocidad y la contundencia de sus ataques. En aquel partido, finalmente Muñoz y Pedernera sentenciaron el triunfo de River. Si bien no volvió a actuar en el resto del certamen, Amadeo se dio el gusto de celebrar su primer título en 1945, ya que el Millonario salió campeón con cuatro puntos de ventaja sobre su clásico rival Boca Júniors.
Fue la época en que había nacido la mítica “Máquina”, el equipo que protagonizó una de las etapas más brillantes de la historia del club. Ese apodo nació el 7 de junio de 1942 tras un contundente triunfo por 6 a 2 sobre Chacarita Juniors por el torneo local, una goleada que el reconocido periodista deportivo Ricardo Lorenzo “Borocotó” (1902-1964) analizó en su crónica aparecida en la revista “El Gráfico” bajo el título “Jugó una máquina el puntero”. Por entonces el arquero titular era José Soriano (1917-2011) y los suplentes eran Héctor Grisetti (1923-1998) y Amadeo Carrizo, quien en 1946 jugó apenas una vez como titular. Fue el 10 de noviembre de ese año en la derrota por 2 a 1 que River sufrió ante Lanús en Núñez.
En 1947 le tocó hacer el servicio militar en la Fuerza Aérea haciendo la etapa de instrucción en la base de El Palomar, por lo que formó parte del plantel pero sólo pudo jugar algunos partidos en la Reserva. Ese año, en el que River se consagró campeón con seis puntos de ventaja sobre Boca, asumió la dirección técnica el citado José María Minella, quien consideró que Amadeo tenía condiciones suficientes para convertirse en el guardavalla titular. Fue entonces cuando, al año siguiente, comenzó su exitosa carrera como arquero titular ininterrumpida hasta 1968.
Su salida de River no fue como él hubiera querido. Ese año el director técnico Ángel Labruna consideró que dada su edad ya no estaba en condiciones para seguir jugando. Amadeo fue citado a una reunión con los dirigentes Plinio Garibaldi (1908-1983) y Julián William Kent (1917-2005), quienes fueron los encargados de comunicarle que su ciclo estaba cumplido. El arquero abandonó la reunión con lágrimas en los ojos y el corazón hecho pedazos. Atrás había quedado un vínculo de veintitrés años ininterrumpidos en los que disputó quinientos veintiún partidos de la Asociación del Fútbol Argentino y conquistó diez títulos: siete campeonatos de Primera División (1945, 1947, 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957), una Copa Ibarguren (1952) y dos Copas Aldao (1945 y 1947). Había pasado gran parte de su vida en el club, por eso le dolía ese abrupto final. Sin embargo siguió adelante. Él se sentía capaz de seguir en el fútbol. No quería irse así nomás. Recibió un llamado de Perú para jugar un par de amistosos para Alianza Lima contra el Dínamo de Moscú. En esos dos encuentros estuvo cara a cara con el soviético Lev Yashin (1929-1990), otro de los grandes arqueros del siglo XX.
Su buen nivel en esos partidos despertó el interés de Alfonso Senior Quevedo (1912-2004), dirigente del club Millonarios de Colombia, quien lo contrató. Allí, en apenas dos temporadas se convirtió en ídolo. Lo apodaron “Tarzán” por sus salidas temerarias y su capacidad para jugar con los pies a una edad en la que casi ningún futbolista profesional seguía activo. Completó sesenta partidos en ese conjunto y se retiró con el título de campeón del certamen colombiano bajo el brazo. Finalmente abandonó el fútbol profesional como jugador en abril de 1970 a los 43 años. Luego se desempeñó como director técnico en el Porvenir Miraflores de Perú en 1971, en el Deportivo Armenio de Argentina en 1972 y en el Once Caldas de Colombia en 1973.

10 de junio de 2026

Indio Solari: “No resulta aventurado pensar que el psicópata es un tipo de vanguardia, un nuevo modelo de personalidad que en el siglo XXI podría ser la expresión central de la naturaleza humana”

Acaba de fallecer un verdadero pionero de la escena contracultural del rock argentino, autor de algunas de las letras más apreciadas y discutidas de la música nacional: Carlos Alberto Solari (1949-2026). Conocido artísticamente como el Indio Solari, el mítico músico considerado como uno de los más importantes de la historia de la música del país, nació en la ciudad de Paraná en la provincia de Entre Ríos y al poco tiempo de su nacimiento su familia se mudó a la ciudad de La Plata donde pasó su infancia y adolescencia. Allí cursó algunas materias en el Instituto de Bellas Artes, comenzó a pintar y a leer libros de política, historia y geografía. Luego se trasladó a Valeria del Mar, en la costa atlántica, donde instaló un pequeño taller de estampado de telas junto al hermano de Eduardo “Skay” Beilinson (1952), el guitarrista con quien fundaría en 1976 el grupo de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Por esa época estaba instalado en City Bell, una pequeña localidad ubicada al oeste de La Plata. Se vivían por entonces los comienzos de la cruel dictadura cívico-militar y la banda, tras numerosos ensayos en el Teatro Lozano de La Plata, hizo sus primeros recitales en pequeños locales y recién en 1978 realizó su primera presentación en la ciudad de Buenos Aires, manteniéndose siempre en las orillas del circuito de la cultura oficial e independiente de la industria musical, componiendo e interpretando canciones caracterizadas por un sonido oscuro y contracultural, la crítica política y social, y la afinidad con las clases sociales marginales. Con el paso de los años, la banda se convirtió en uno de los fenómenos socio-culturales más importantes que dio forma al rock nacional. Hasta su disolución en 2001 editó nueve álbumes de estudio: “Gulp!”, “Oktubre”, “Un baión para el ojo idiota”, “¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado”, “La mosca y la sopa”, “Lobo suelto, cordero atado”, “Luzbelito”, “Último bondi a Finisterre” y “Momo sampler”.
Luego siguió su carrera solista de vocalista y compositor con una agrupación a la que denominó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, con la cual editó “El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel)”, “Porco Rex”, “El perfume de la tempestad”, “Pajaritos, bravos muchachitos” y “El ruiseñor, el amor y la muerte”. La banda realizó recitales en ciudades argentinas como Baradero, Comodoro Rivadavia, Gualeguaychú, Jesús María, Junín, La Plata, Libertador General San Martín, Salta, San Luis y Tandil entre otras, y también lo hizo en Barcelona, Bilbao, Madrid y Palma de Mallorca (España), Londres (Inglaterra) y
Montevideo (Uruguay).


En junio de 2015, el Indio Solari contó en una entrevista que padecía Parkinson y reveló que su salud se debilitaba al punto de alejarlo definitivamente de los escenarios. No obstante ello, en marzo de 2017 dio un recital en la ciudad bonaerense de Olavarría, un show al que asistieron cerca de cuatrocientas mil personas batiendo un récord en toda la historia del rock argentino tanto para shows pagos como gratuitos. Dicho recital fue el último en su carrera. Ese mismo año publicó su libro “Escenas del delito americano”, una novela distópica con ilustraciones del historietista argentino Guillermo Serafín (1976), y en 2019 lanzó su libro de memorias “Recuerdos que mienten un poco”. Desde entonces realizó muy pocas apariciones en algunas notas periodísticas y en las redes sociales. Falleció el pasado 5 de junio en su casa de Parque Leloir a raíz de un ACV hemorrágico. Durante ese fin de semana, miles de fanáticos lo despidieron en distintas plazas del país y aproximadamente un millón de personas participaron de la despedida pública realizada en el Polideportivo José María Gatica ubicado en el Parque Domínico de Avellaneda, formando una fila que se extendió hasta ocho kilómetros. Todo esto en medio del estricto silencio del gobierno nacional que decidió no habilitar edificios gubernamentales como el Congreso para la despedida del músico y no declaró día de duelo nacional.
Casi cuarenta años atrás, en diciembre de 1986, el Indio Solari concedió una entrevista al periodista y escritor Enrique Symns (1945-2023) en la cual, de manera luminosa habló sobre la condición de los seres humanos y de alguna manera predijo la actualidad. La conversación apareció publicada en el n° 7 de la revista “Cerdos & Peces” y es la que se reproduce a continuación.
 
Te escuché decir que no creés en la aventura del hombre.
 
Parto del hecho de que el hombre común tiene una noticia muy parcial de la vida, es un prejuicio que se comparte con otros. Esta convención informativa depende de la altura que se ocupe dentro de la escala de rangos de este modelo imperial-mafioso. La lectura de la realidad que tenés, entonces, depende de las terminales de información a las que tenés acceso. La gente termina brindando obediencia a la información que el modelo sistémico le ofrece.
 
Aclarame el concepto de “imperial-mafioso” y “modelo sistémico”.
 
Es un modelo que se ha ido alimentando de todas las interrelaciones. Fijate que el problema actual del estado de esclavitud del hombre depende exclusivamente de la ignorancia, el desconocimiento que se tiene sobre este orden internacional mafioso. Lo llamo así porque los capitales que sustentan el sistema son los que quedaron en pie después de la segunda guerra mundial. El dinero de la mafia en Estados Unidos reemplaza internacionalmente a las famosas bancas europeas...
 
¿El mundo está gobernado por una mafia, una sociedad ilícita y delictiva?
 
No si uno lo ve como esa historia italiana de Don Corleone y toda esa patraña hollywoodense. La mafia es el sistema, el dueño del imperio, las corporaciones que gobiernan, y que gobiernan el mundo a través de la tecnocracia...
 
¿Cuál es tu concepto de la ciencia desde ese punto de vista?
 
La religión oficial, hoy día, son la tecnología y la ciencia. Los científicos son empleados de fundaciones manejadas por la mafia y sus inventos serán utilizados por el poder para sus propios fines. La apuesta religiosa más grande que propone este orden sistémico es la supuesta aventura del hombre en el espacio. Este no es un plan nuestro, de la humanidad. Es un plan de las corporaciones, el hombre no va al espacio, va la mafia. Te tiran siempre espejitos, como a los indios, este espejito es el del hombre montado en una nave espacial.
 
¿Espejito en el sentido de que cada hombre se proyecte en el cosmonauta?
 
No digo sólo eso. Creo que la propia tecnología va a rechazar al hombre del espacio. La tecnología se controla a sí misma, la tecnología ha creado un ámbito que rechaza al hombre, la tecnología se ha hecho a imagen y semejanza de sí misma, no es el hombre la imagen sino otra máquina. Una máquina que resiste mejor que el hombre los cambios de presión, de temperatura, el vacío, las radiaciones. Vivimos la ficción a través del comic y del cine, el hombre será el cowboy del espacio y la nave su caballo. Yo creo que el hombre no va a ir, va a mandar eso a explorar el universo, pero él no va a ir. Al menos de esa manera.
 
Sin aventuras que lo incluyan, con un futuro dominado por la tecnología, casi ya de más, ¿cómo va a sobrevivir el hombre?
 
De prosperar en el tiempo este orden sistémico en el que vivimos, la personalidad más apta para la supervivencia es el psicópata. Quizá los psicópatas sean la desgraciada vanguardia de un nuevo sistema nervioso, aquel que va a poder soportar las rígidas tensiones del orden sistémico...
 
¿Quiénes? ¿Cómo son los psicópatas?
 
Para mí son héroes urbanos potenciales que no han tenido mucho éxito en su relación con los demás. No resulta aventurado pensar que el psicópata es un tipo de vanguardia, un nuevo modelo de personalidad que en el siglo XXI podría ser la expresión central de la naturaleza humana. Hay que tener en cuenta la poderosa influencia que el estado psicopático ejerce sobre esta sociedad. No veo a los psicópatas como casos extremos, es más, creo que muchos de ellos ocupan importantes jerarquías sociales: son políticos, militares, periodistas, actores, artistas, músicos de rock, homosexuales prominentes, ejecutivos de la televisión y ahí ves que aumenta el poder del psicópata según el lugar que ocupe en la jerarquía social. Los psicópatas que bajan línea desde su cargo social ejercen más poder que el psicópata cotidiano porque se transforman en la lectura oficial de la realidad.
 
Desde ese punto de vista la salud social sufre un canceroma, esos psicópatas enferman el mundo...
 
El problema de la enfermedad es complejo. El viejo chamán, que tenía el poder de comerse tu dolor, de absorber tus pecados a través de la semejanza, de ponerse tan loco como vos para saber sobre qué cosas tenía que efectuar su cura. El chamán ha sido reemplazado por el psiquiatra o por el psicoanalista y ellos se encuentran con su propia incapacidad para manejar a los psicópatas actuales que son pacientes muy complejos, mucho más complejos que el curador. Son más experimentados en la locura que el terapeuta, que sólo tiene informaciones. El paciente es un tipo mucho más aventurero, más avanzado que el terapeuta. Desde ahí, yo veo al psicoanálisis como una especie de sangría psíquica. El resultado es que el paciente es domesticado en sus vicios más interesantes. No se lo modifica sino que se lo desgasta y se lo transforma en un espécimen menos malo pero también menos de todo. Menos agresivo, pero menos brillante. Menos destructivo, pero menos voluntarioso. Menos reactivo, y también menos creativo. La terapia apunta sólo a la mera reinserción social del espécimen. Lo readaptan a la condición que, casualmente, lo enfermó y el paciente se adecúa a aquello que aborrece.
 
¿Hay que convertirse en un psicópata?
 
La vida personal de uno se dirige en varias líneas hacia el porvenir, nadie está vivo en una linealidad, comprendiendo esto es posible integrar las informaciones que vas recibiendo y que, al mismo tiempo, sabés que te están moldeando. No me gustaría convertirme en un psicópata, yo preferiría que este sistema no prosperase. Hay que ir leyendo entre líneas las informaciones que el orden nos propone y desconfiar. Porque la ciencia, por ejemplo, no es presentada como un punto de vista más, o como un prejuicio compartido o una convención arbitraria que se comparte. No, la ciencia se instaura como un modelo tiránico de la verdad. Pero no hay que admitirlo. La ciencia es sólo una óptica, un punto de vista, una lectura parcial de toda la estructura.
 
¿La alternativa contracultural de la década del ‘60/‘70 se presentó como una actitud de rechazo a ese orden sistémico?
 
Hubo un tiempo en que las ideas que se nucleaban alrededor del rock eran una comprensión ideológica del mundo y daba para mandar brasa unos a otros. Cuando la lectura primitiva fue modificada por lecturas más complejas y afinadas, como por ejemplo la creencia de que se pierde la espontaneidad cuando algo se institucionaliza, cuando algo se transforma en ideología, entonces el fenómeno pareció entrar en decadencia. Pero cuando se produjo la diáspora, la explosión de la individualidad, los jóvenes rechazaron la villanía acumulada por el orden sistémico y esto hizo que fueran a escarbar en las informaciones desechadas por el sistema, ya sea por pecaminosas o por erradas. Cuando se dieron cuenta de que el sistema de vida no les gustaba, fueron a escarbar en el tacho de basura de ese mismo sistema para ver si en lo desechado y prohibido encontraban la posibilidad de reencauzar el mundo. A partir de ahí surgió todo el tema del reencuentro con los poetas malditos, con las religiones universalistas...
 
El modernismo actualmente rechaza aquel fenómeno, se dice “70” y parece que se dijera fracaso.
 
A pesar de que “Oktubre”, el disco que grabamos con los Redondos, es sólo un disco, tiene como planteo básico alinearse en cualquier otra dinámica que escape de la lectura postmodernista. Porque la postmodernidad es una lectura pseudo filosófica nacida en la misma usina de la industria del disco y difundida, casualmente, en todo el mundo por los embajadores itinerantes cuya función es trasladar esa información. El postmodernismo es un punto de vista neoliberal, pretende que ya no hay un sistema de objetos y como consecuencia todo queda como está, a mí me parece descabellado. Allá ellos con su miseria, a mí me nefrega la modernidad. Entiendo sí que hay modas internacionales que salen de usinas en donde los creadores son los expertos en marketing. Son estéticas superelaboradas pero consumistas. Como ese avance de la estética efectista llena de máquinas, chispas e impactos audiovisuales.
 
Parece que siempre estuviéramos hablando de “ellos”. Se asemeja a una paranoia descomprometedora de nosotros, ¿no hay complicidad de nuestra parte con ese sistema?
 
No se puede cargar al pobre humano esclavizado con la complicidad. Encima uno, por pertenecer a esa clase de paranoia social, por tener ese rol de ser indicador social. Toda esa sospecha que uno puede ejercer sobre uno es la misma que ejerce tu vecino porque, cuando te ve, lo que ve es un testimonio real del manipuleo. Los paranoicos, de cualquier tipo y rol, siempre tienen algún tipo de popularidad en el barrio porque terminan comportándose de acuerdo con su creencia. Ese hombre, ese pobre paranoico que se dedica full time a la emoción, está recibiendo todo el tiempo una noticia ingrata sobre el estado de las cosas. Ese paranoico no es cómplice y mucho menos el otro, el que ni se entera, a ese no se le puede adjudicar ninguna clase de complicidad sistémica...
 
¿Es posible que este orden sistémico, como vos lo llamás, sea derrotado?
 
No estamos solos, no nos olvidemos de que en este cascote conviven con nosotros otros coetáneos que participan de una lectura similar a la nuestra. No me veo solo en esta pulsión, tengo la impresión de que es una pulsión internacional aun cuando nos refiramos en términos de una minoría internacional. Eso, por un lado. Por otra parte, ni bien la humanidad entre a desconfiar de la bonanza de este sistema, toda esta información que ha sido considerada marginal o alternativa, todo aquello que ha sido dejado de lado tomará importancia, se convertirá en central. Por ahora nada podemos decidir, ni vos, ni yo, ni nadie de nosotros. Ni siquiera lo puede decidir una cámara de diputados porque la independencia de un país es una ficción. La única que comanda el viaje es la mafia. Y sus brazos armados son los científicos. Los genetistas, por ejemplo, están convencidos también de que el hombre tal como lo conocemos hasta hoy no podrá sobrevivir mañana. La información extra genética, como suelen llamar ellos a la cultura, no le servirá al hombre para el futuro. Ellos proponen entonces intervenir directamente en la genética, hacer modificaciones en esa estructura para producir una mutación real, producir otro tránsito de procónsul al homo sapiens de un día para otro. Y ahí surge otro problema: alguien va a arrogarse el derecho a elegir el modelo de ese experimento. Por ahora todo está mal. Los pueblos no se comunican con los pueblos, la comunicación es de Estado a Estado. Hay un filtro burocrático que separa a los hombres. La cuenta de la muerte se va engrosando. La vida es considerada un instrumento. Nada es un fin en sí mismo. Nadie puede cobrar su vida al contado, siempre hay que proyectar la vida dentro de un orden, nos obligan a firmar todo el tiempo cheques a favor de la muerte.

7 de junio de 2026

La Orden de los Nuevos Templarios: el huevo de la serpiente

La ambición por el poder tiene a sus mayores representantes en el mundo de la política, donde muchos individuos se han sometido a las leyes de diversas sociedades secretas con el objeto de alcanzar sus objetivos. Es una vieja historia que se repite con cierta continuidad e involucra a ciertos cultos que ofrecen a sus miembros el sentimiento gratificante de superioridad sobre los demás. En este plano se inscribe la sociedad secreta Ordo Novi Templi (Los Nuevos Templarios), fundada en Austria el 25 de diciembre de 1907 por el ex monje cisterciense Adolf Lanz (1874-1954).
Lanz fue muy religioso durante su juventud cuando tuvo su experiencia como monje cristiano en la Ordo Cisterciensis (Orden del Císter), una orden religiosa fundada en 1098 por Robert de Molesme (1029-1111) en la abadía francesa de Cíteaux (la antigua ciudad romana de Cistercium, próxima a Dijón). Durante ese tiempo, Jörg Lanz Von Liebenfels -como se hacía llamar- realizó investigaciones sobre textos gnósticos y apócrifos. Cuando renunció a sus votos en 1899, continuó con la elaboración de una teoría teológica en la cual el mal era atribuido a las razas no arias y el bien a la pureza de los rasgos raciales arios. Según esta teoría, en el origen de la humanidad existieron dos razas absolutamente diferenciadas y ajenas la una de la otra. Por una parte, los “hijos de los dioses” y por otra los “hijos de los hombres”. A la primera pertenecían los arios, dotados de una espiritualidad pura; en cambio, las otras razas procedían de la evolución biológica de los animales.
Así, Lanz intentó explicar la expulsión del “paraíso terrenal” como producto de la unión sexual de unos (Adán) con otros (Eva). A raíz de esto, la raza aria habría degenerado en el mestizaje, perdiendo sus facultades divinas, el orden superior y ciertas capacidades paranormales como la clarividencia y la telepatía, entre otras. Ese proceso de mezcla racial limitó esas cualidades a unos pocos descendientes de arios, de modo que recuperar la pureza racial aria equivalía a recuperar el carácter espiritual de los primeros arios. Cuando Lanz se abocó a la creación de la Orden de los Nuevos Templarios impuso requisitos muy severos para quienes quisieran ingresar. Estos debían pertenecer a la raza aria, ser rubios, de piel clara y ojos grises o azules. Si además su nariz era aguileña y estrecha, y sus miembros delicados, mucho mejor para los fines de la sociedad.


El nombre de esta sociedad tuvo su antecedente en otra secta de características diferentes, esta sí muy poderosa, que surgió en durante el siglo XI en plena época de las Cruzadas. La sociedad de los Templarios nació con el fin de proteger a los peregrinos hacia Tierra Santa, pero con el tiempo se transformó en una orden de caballeros que bajo el mando de su primer Gran Maestre Hugues de Payns (1070-1136), combatió a los sarracenos. Tras el éxito inicial, el número de templarios aumentó y De Payns decidió constituir una orden religiosa. El primer donativo importante fue realizado por el rey de Jerusalén Balduino II (1079-1131), quien les permitió utilizar una parte del palacio real.
Más tarde, Bernando de Claraval (1090-1153) de la orden Cisterciense, le escribió a De Payns: “Ruego la cooperación de los Templarios con objeto de rehabilitar a los hombres impíos y empedernidos, ladrones y sacrílegos, asesinos, perjuros y adúlteros”. Esto bastó para que la secta buscase su reconocimiento en el Concilio de Troyes (1128), convocado por el papa Honorio II cuyo nombre secular era Lamberto Scannabecchi (1060-1130). Bajo la vigilancia de Claraval se estableció un ritual muy complejo que distinguía a la orden de cualquier otra sociedad secreta. Protegidos por los poderosos de la época, los templarios prosperaron económicamente, recibiendo tierras, granjas, pueblos y castillos. La máxima distinción les fue conferida por el papado, que los autorizó a mantener sus propios templos y su propio clero. Si alguien se atrevía a perseguir a un templario, podía ser excomulgado, de manera que el poder de la secta aumentó amparado por la religión católica.


Las actividades de los Templarios fueron celebradas en toda Europa, al combatir en numerosas batallas que fueron decisivas para la victoria de la segunda Cruzada (1146-1150). Los templarios -inmersos en la política de su tiempo- provocaron ellos mismos algunas guerras con el fin de sostener su estrategia. Su lema era: “Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam” (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Ti sea dada toda la gloria). No obstante, aunque muchos lo creyeran así, el éxito de la Orden no se debió a su genio político, sino más bien a las habilidades financieras de sus integrantes. Estos se habían hecho inmensamente ricos con los donativos y utilizaban sus fondos en la concesión de préstamos usurarios y la práctica de diversos negocios.
Todo ello terminó el viernes 13 de octubre de 1307, cuando el rey de Francia Felipe IV el Hermoso (1268-1314) -uno de sus enemigos más encarnizados- mandó apresar a los templarios. Esa noche cayeron más de quince mil caballeros en el continente europeo, acusados de perversiones sexuales, cultos satánicos y blasfemias. La Inquisición no perdió el tiempo e hizo “confesar” a muchos de ellos sus supuestos delitos. Tres años después se inició el proceso público en Vienne, Francia, y sesenta y siete templarios fueron quemados por herejes, luego de negar sus anteriores declaraciones. El resultado final fue que el papa Clemente V, cuyo nombre secular era Bertrand de Got (1264-1314), expidió una bula ordenando la disolución de la orden en 1312.
Los que habían confesado quedaron en libertad; los que no lo hicieron fueron castigados con prisión perpetua. El último Gran Maestre, Jacques Bernard de Molay (1240-1314) declaró en París: “Confieso que en verdad soy culpable de la mayor infamia. Pero la infamia es que he mentido... admitiendo los cargos repugnantes presentados contra mi orden. Por tanto, declaro que la Orden es inocente. Su pureza y santidad nunca han sido mancilladas. En el tribunal, yo había declarado de otra manera; pero lo hice por temor a las terribles torturas... Se me ofreció la vida, pero a cambio de la perfidia. A este precio la vida no merece vivirse”. El 19 de marzo de 1314 Molay y su camarada, el Preceptor de Normandía, Geoffroy de Charnay (1251-1314) fueron enviados a la hoguera. La multitud congregada sintió escalofrió cuando Molay gritó al rey y al papa: “¡Os convoco al tribunal de los Cielos antes de que termine el año, para que recibáis vuestro justo castigo, malditos!”. Probablemente, todo fue una terrible coincidencia, pero Clemente V murió un mes después y Felipe IV lo siguió a la tumba en noviembre de ese mismo año.


A comienzos del siglo XX, la Orden de los Nuevos Templarios fundada por Lanz tenía varios enemigos, entre ellos el socialismo, la democracia y el feminismo. Entre sus seguidores más notorios estaban Adolf Hitler (1889-1945) y Johann Dietrich Eckart (1868-1923), futuros baluartes del nazismo. En 1913 Lanz publicó en su revista “Ostara” (de la cual Hitler era lector) el artículo “Der Heilige Gral des mysteriums der arisch-christlichen rassenreligion” (El Santo Grial del misterio de la religión racial ario-cristiana). En él afirmó que “la leyenda del Grial es una representación del culto a la pureza racial de los antiguos caballeros templarios” y que “el Grial es el Dios-hombre llevado y mantenido por la mujer casta de clase superior”. Hay versiones que indican que el mito del origen bestial de las razas habría sido incluido por Hitler en la primera edición de su libro “Mein kampf” (Mi lucha). La teoría de Lanz incluía también el tema del “tercer ojo”, divulgado por el naturalista y arqueólogo alemán Wilhelm Bölsche (1861-1939) en su obra “Vom bazillus zum affenmenschen” (Del bacilo a los hombres-mono, 1900) en donde hacía mención de los misteriosos rayos N, que supuestamente habían sido descubiertos en 1903 por el francés Prosper René Blondlot (1849-1930).
Los arios primitivos de Lanz poseían órganos sensoriales que les permitían emitir rayos N y recibir señales eléctricas. A raíz de la degeneración racial, estos órganos se habían atrofiado, reduciéndose a la pituitaria y la glándula pineal.
Proféticamente, Lanz anunció: “No pasará mucho tiempo antes que surja un nuevo sacerdocio en la tierra del electrón y el Santo Grial”. Para impulsarlo, en 1905 aportó algunas ideas: maternidades estatales para madres arias solteras, educación de mujeres elegidas y poligamia de las elites para asegurar la pureza de la raza aria. Además, propuso medidas a tomar con las “razas inferiores”: esterilización, esclavitud, uso como bestias de carga, deportación a Madagascar e incineración como sacrificio al dios pagano Wotan. Treinta años más tarde Heinrich Himmler (1900-1945), Comandante en Jefe de los Escuadrones de Protección Schutzstaffel (SS), tomó bastante al pie de la letra estas recomendaciones.


El nexo entre la Orden de los Nuevos Templarios y el nazismo fue Rudolf von Sebottendorf, el alias que utilizaba el alquimista, numerólogo y astrólogo Adam Alfred Glauer (1875-1945), fundador de la Thule Gesellschaft (Sociedad Thule), una organización político-esotérica precursora del NSDAP, Nationalsozialistischen Deutschen Arbeiterpartei (Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores). Admirador de Lanz, von Sebottendorf se identificaba con la cruz esvástica y situaba el origen de la raza aria en un continente perdido, la escandinava isla de Thule. Sebottendorf y Eckhart participaron -junto con el cabo Hitler- en operaciones militares contra los espartaquistas en Munich y en el asesinato del dirigente socialista Kurt Eisner (1867-1919).
También fue templario el vienés Karl Maria Wiligut (1866-1946), mano derecha de Himmler y activo participante en los campos de exterminio nazis. En 1933, Wiligut cambió su apellido por el de Weisthor y creó para las SS un ritual disciplinario inspirado en las órdenes guerreras medievales y las leyendas del Grial y la Mesa Redonda. Asimismo, proyectó la construcción del castillo de Wewelsburg, con la idea de convertirlo en la Santa Sede de las SS y polo mágico para la conquista del mundo. Weisthor también se dedicó a reescribir toda la historia conocida, fraguando pruebas arqueológicas e intentando probar la superioridad de la raza aria mediante la utilización de una hipotética “ciencia racial” desarrollada por los antropólogos Lucian Scherman (1864-1946), Ludwig Woltmann (1871-1907) y Hans Günther (1891-1968).
Si bien la creencia en el esoterismo era frecuente en los círculos de poder nazis, el mismo Hitler -ya en el poder- limitó la actividad de los Nuevos Templarios al considerar que su intención era lograr el monopolio de las fuerzas ocultas. Para el Führer, “la ciencia pura y aplicada es un logro casi exclusivamente ario”. Sólo “cuando el conocimiento recobra el carácter de secreto, de conocimiento para iniciados, y deja de ser accesible para todos y para cualquiera, cumple de nuevo su función normal, que es proporcionar los medios y el poder de controlar la naturaleza humana y no humana”.
Cuarenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1985 el historiador británico Nicholas Goodrick Clarke (1953-2012) publicó “The occult roots of nazism” (Las oscuras raíces del nazismo), ensayo en el cual escribió sobre el ocultismo y detalló las conexiones entre el nazismo y el esoterismo en Alemania y Austria entre 1880 y 1945. Ya en 1960 los escritores franceses Jacques Bergier (1912-1978) y Louis Pauwels (1920-1997) habían escrito en colaboración “Le matin des magiciens” (El retorno de los brujos), obra en la que, además de tratar temas por entonces novedosos como los fenómenos parapsicológicos, hablaron del esoterismo y su conexión con el nazismo.
Uno de los ejemplos más elocuentes del nexo entre los neotemplarios -tal como se los conoce hoy en día- y el nacionalsocialismo (nazismo) ha sido el escritor chileno Miguel Serrano (1917-2009), un fervoroso defensor en los años ‘70 y ‘80 del siglo pasado del supremacismo blanco, promotor del neonazismo en Chile y negacionista tanto del Holocausto como de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1915-2006) que se inició en ese país el 11 de septiembre de 1973 tras el derrocamiento del presidente Salvador Allende (1908-1973), quien había sido elegido democráticamente en noviembre de 1970.


Gran exponente del hitlerismo esotérico, en obras como “El cordón dorado. Hitlerismo esotérico” y “Nacionalsocialismo, única solución para los Pueblos de América del Sur” sostuvo que Hitler era la encarnación de una divinidad, un salvador y guía de la raza aria, y agrupó a los templarios junto a otros grupos surgidos a fines del siglo pasado a los que adjudicó una superioridad espiritual y heroica. También afirmó que toda la civilización americana fue producto de la única “raza auténtica”, la del “hombre blanco”, ya que los negros, los amarillos y los rojos, sólo eran hombres animales y esclavos nacidos en la mítica isla Atlántida mencionada por el filósofo griego Platón de Atenas (427-347 a.C.) en algunos de sus famosos “Diálogos”. E incluso aseguró que “el hitlerismo resurge imparable y en el futuro será, más que un sistema político, una religión”.
En 1981 el Vaticano, por entonces gobernado por el Papa Juan Pablo II -Karol Wojtyła (1920-2005)-, confeccionó una lista de cerca de medio millar de organizaciones que se declaraban sucesoras de los templarios. Y en 2006 se publicó en el diario británico “Daily Telegraph” una solicitada en la que se le pedía al Papa Benedicto XVI -Joseph Ratzinger (1927-2022)- que “restaure la Orden con los deberes, derechos y privilegios para el siglo XXI y los venideros”. En la misma se alentaba a “los grupos templarios y los compañeros de armas de todo el mundo” a ponerse en contacto con la Orden para organizar “a su debido tiempo” una reunión con el fin de renovar esa sociedad esotérica.
Hoy en día aún existen diseminados por el mundo discípulos de la Orden de los Nuevos Templarios, los neotemplarios, organizados en diversas hermandades y organizaciones. Su tradicional racismo ha prevalecido menos que su afición por el esoterismo, pero sigue siendo amparada por la opulencia y la desinhibición del moderno capitalismo. No son pocos los historiadores que desde hace bastante tiempo vienen estudiando la fascinación que ejercen estas organizaciones sobre la extrema derecha contemporánea.