10 de mayo de 2017

Leopoldo Marechal: "Los martinfierristas tratamos de restituirle al arte su frescura y su espontaneidad"

Leopoldo Marechal (1900-1970) fue maestro, profesor en la Facultad de Humanidades de La Plata, inspector general de escuelas, director general de Cultura y director de Enseñanza Superior y Estética. Cursó sus estudios en la Escuela Normal Mariano Acosta y ejerció la docencia en una escuela ubicada en la calle Trelles, en el barrio de Caballito. Durante los años '20 se empleó en la Biblioteca Popular Juan B. Alberdi de Villa Crespo, publicó sus primeros versos (“Los aguiluchos” en 1922 y “Días como flechas” en 1926), colaboró en las revistas literarias de vanguardia y fue uno de los principales miembros del grupo reunido en torno de la revista "Martín Fierro", que había sido fundada por el periodista y crítico de arte Evar Méndez (1885-1955). La revista tuvo una primera época con tres números entre marzo y abril de 1919, pero su etapa consagratoria fue la segunda época, con cuarenta y cinco números editados entre febrero de 1924 y diciembre de 1927. Por entonces tenía por costumbre recorrer librerías en el centro de Buenos Aires en las que compraba libros de los escritores franceses Alejandro Dumas (1802
1870), Victor Hugo (18021885) y Émile Zola (1840-1902), entre otros, los cuales leía con fervor.
En 1926 viajó a España, donde conoció y se relacionó con los escritores José Ortega y Gasset (1883-1955) y Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), con quienes años después se reencontraría en Buenos Aires cuando ambos escritores se instalaron provisoriamente en la capital argentina huyendo del franquismo. Luego, en 1929, se estableció en Montparnasse, París, donde inició la escritura de su novela fundamental: “Adán Buenosayres”. Durante los años ‘40 impartió clases de literatura en la Escuela de Bella Artes Manuel Belgrano y ocupó la Dirección General de Cultura Estética en el Ministerio de Educación.
Comprometido desde joven con los intereses populares, participó activamente “en la formulación teórica del peronismo, que actuó primero y concretó después su doctrina, y en la defensa y divulgación de sus postulados”, tal como recordaría muchos años después. Dada su adhesión hacia el Movimiento Nacional Justicialista, partir del golpe militar de septiembre de 1955, Marechal -al igual que otras figuras conocidas como los escritores Cátulo Castillo (1906-1975) y Juan José Hernández Arregui (1913-1974), y el director de cine, actor, guionista y cantante Hugo del Carril (1912-1989)- fue implacablemente perseguido y se autodefinió como el “poeta depuesto”. En una entrevista contó que “desde fines de 1955 soy un desterrado corporal e intelectual. Rostros amigos me negaron el saludo en la calle, se me cerraron todas las puertas vitales y literarias, en una especie de muerte civil o asesinato colectivo”. Todos los ámbitos culturales donde se había movido empezaron a resultarle inhóspitos, como la Sociedad Argentina de Escritores, o la revista “Sur”, en la que había colaborado. En ésta apareció una despiadada crítica a su novela “Adán Buenosayres” escrita por Eduardo González Lanuza (1900-1984), un escritor que, al igual que Marechal, también había escrito artículos en la revista “Martín Fierro”. Sólo Julio Cortázar (1914-1984) destacó los aportes innovadores de la obra en una nota aparecida en la revista “Realidad”.
El escritor y docente universitario argentino Mario Goloboff (1939) señalaría en una entrevista que “todavía sus amigos de Martín Fierro, de la vanguardia, de la elite, no le habían perdonado su participación en los gobiernos de Juan Domingo Perón”. Recién en los años ’60, otros escritores y críticos literarios como Noé Jitrik (1928-2022), ​​​Graciela Maturo (1928-2024)​ o Adolfo Prieto (1928-2016), en sus artículos publicados en la revista “Contorno”, revalorizaron la novela analizando su complejidad técnica dejando de lado los prejuicios políticos que durante años la rodearon.
Tras el Golpe de Estado de 1955, fue censurado y obligado al ostracismo intelectual, a la soledad y al olvido. Durante las sucesivas dictaduras de los tenientes generales Eduardo Lonardi (1896-1956) y Pedro Eugenio Aramburu (1903-1970) permaneció proscripto. Toda su obra fue censurada y eliminada de los manuales de literatura y de las librerías. Fue perseguido por el régimen de la Revolución Libertadora debido a sus ideales políticos y a sus denuncias públicas acerca de las torturas del régimen de facto, por lo que decidió exiliarse brevemente en Santiago de Chile. Recién a mediados de la década de 1960 pudo volver a publicar.
En 1965 la revista “Primera Plana” publicó su imagen en la tapa e incluyó una crítica elogiosa de “El banquete de Severo Arcángelo”, su segunda novela. Esto influyó para que fuese dejado de ser ninguneado y llevado a ser reconocido por las nuevas generaciones, incluso fuera de la Argentina. En 1966 fue convocado por la Casa de las Américas de La Habana como jurado literario junto al mencionado Cortázar y al escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976), evento en el que premiaron a la novela “Hombres de a caballo” del escritor argentino David Viñas (1927-2011).
Marechal fue autor de los poemarios "Los aguiluchos", "Días como flechas", "Odas para el hombre y la mujer", "Laberinto de amor", "Cinco poemas australes", "El centauro", "Sonetos a Sofía y otros poemas", "Heptámeron" y "Poema de Robot"; las novelas "Adán Buenosayres", "El banquete de Severo Arcángelo" y "Megafón, o la guerra"; las obras teatrales “Antígona Vélez", "Las tres caras de Venus", “La batalla de José Luna”, “Don Juan”, “Alijerandro” y “Polifemo”; y los ensayos "Descenso y ascenso del alma por la belleza", "Autopsia de Creso", "Historia de la Calle Corrientes" y "Vida de Santa Rosa de Lima". Sus novelas más conocidas -"Adán Buenosayres" y "El banquete de Severo Arcángelo"- fueron traducidas al inglés, al italiano y al francés.
En su obra predominó su preocupación por la identidad argentina y el destino del país, reflexionó sobre la misión del escritor en un país con una historia compleja, buscando una síntesis entre la cultura europea y la realidad americana, y entendió que la literatura funcionaba como una herramienta de transformación personal y colectiva. El 26 de junio de 1970 falleció súbitamente a causa de un síncope cardíaco en su departamento porteño de la calle Rivadavia al 2300. Tal como contó la escritora argentina María Rosa Lojo (1954) en el artículo que publicó en el diario “Página/12” al cumplirse el quincuagésimo aniversario de su defunción, “Marechal falleció apenas un mes antes de la publicación de su gran novela final ‘Megafón, o la guerra’, que en su multifacética impronta se convirtió en una novela profética de lo que sobrevino en la Argentina de los años '70”.
Tal vez para entender la sistemática marginación y proscripción intelectual que sufrió durante los últimos veinte años de su vida por parte de un gran número de críticos literarios, hay que destacar el hecho de que fueron muy pocas las personas que concurrieron a su velatorio en la Sociedad Argentina de Escritores. (SADE). Fueron no “más de veinte” los que estuvieron presentes aquella mañana del 27 de junio de 1970, tal como recordaron más tarde los escritores Vicente Battista (1940) y el antes mencionado Mario Goloboff, quienes fueron unos de los pocos que estuvieron presentes en el velorio. Hoy, aunque su obra resulta una pieza fundamental de la literatura nacional y es frecuente tema de investigaciones y tesis doctorales en universidades europeas y latinoamericanas, en la Argentina sólo es reconocido por estudiosos de las letras y por lectores empedernidos.
 

En la siguiente entrevista, realizada por el poeta, crítico literario, editor y periodista Alfredo Andrés (1934-2024) para su libro "Palabras con Marechal" y reproducida por la revista "La Maga" nº 178 del 14 de junio de 1995, el escritor recordó aquellos años de bohemia que lo tuvieron como principal animador.
 
¿"Martín Fierro" tuvo una etapa anterior?
 
Sí, una etapa lugoniana todavía, y sólo preparatoria de los hechos que vendrían.
 
¿Qué factor desencadenante produjo ese cambio?
 
Uno muy significativo. Los pintores Emilio Pettoruti y Xul Solar, que acababan de llegar de Europa, expusieron sus cuadros en la galería Witcomb, con escándalo de la crítica local. En tren de burla, los plásticos de "retaguardia" realizaron en la galería Van Riel una exposición paródica que fue para nosotros un llamado al combate. Una noche, nos reunimos en casa de Evar Méndez los futuros combatientes: estaban Güiraldes, Girondo, Macedonio Fernández, Borges, el pintor uruguayo Figari, Xul Solar, Francisco Luis Bernárdez y otros que no recuerdo bien. En aquella reunión decidimos iniciar la segunda época de "Martín Fierro", la única que tuvo significación histórica.
 
¿Los identificaba una estética común?
 
De ningún modo. Lo que nos identificaba era una voluntad renovadora, un imperativo de poner al día nuestras letras y nuestras artes. Oliverio Girondo, autor del "Manifiesto" revolucionario, habló de una "nueva sensibilidad", expresión errónea que nos valdría luego a todos el calificativo de "neosensibles" aplicado a nosotros por nuestros enemigos, a los que calificamos de "pasatistas" y "pompiers" en represalia. No se trataba de imponer una nueva sensibilidad artística, sino de restituirle al arte su frescura, su espontaneidad y su derecho eterno al cambio y a la manifestación de otras "posibilidades creadoras". Más que literario, el de "Martín Fierro" fue un movimiento "vital".
 
¿Qué cafés frecuentaban en especial?
 
Por las tardes el Richmond de la calle Florida, y por las noches el sótano del Royal Keller en la esquina de Esmeralda y Corrientes donde Raúl Scalabrini Ortiz descubrió a su "hombre que está solo y espera". Conocí a Raúl en la librería de Gleizer, que le editó los cuentos de "La Manga", y lo hice incorporar a la falange de "Martín Fierro". Por otra parte, no todo se resolvía en literatura: realizábamos también exploraciones de los barrios, y razias punitivas, en una de las cuales Carlos de la Púa, que llamábamos el Vate Muñoz o el Malevo Muñoz, se dedicó una noche a arrancar en la calle Corrientes las chapas de los dentistas y las parteras. Debo advertirle que el Buenos Aires de entonces aún conservaba ritmos de la "gran aldea" y no tenía el semblante impersonal y abstracto que tiene ahora. No era incómodo en aquellos días cantar en público el himno de "Martín Fierro" que compuso Oliverio Girondo sobre la música de "La donna e' mobile" (La mujer es voluble), y que decía: "Un automóvil, dos automóviles/ tres automóviles, cuatro automóviles/ cinco automóviles, seis automóviles/ siete automóviles/y un autobús".
 
¿Otro recuerdo particular de la misma época?
 
Sí, el famoso debate sobre el meridiano intelectual de Hispanoamérica. Lo provocó un flato imperialista que Guillermo de Torre soltó en la "Gaceta Literaria" de Madrid, y en el cual proponía que Madrid fuera el meridiano intelectual de la América española. Nuestra reacción fue un segundo 25 de Mayo: hubo réplicas indignadas, como la mía contra Ortega y Gasset y su tribu, réplicas humorísticas que enriquecieron al Parnaso Satírico, y réplicas furiosas como la de Nicolás Olivari que se titulaba "¡Estrangulemos al Meridiano!". Pero también se daban eventos felices, como la inauguración de la sede de "Martín Fierro" en un segundo piso de Florida y Tucumán; aquella noche, y merced a copiosas libaciones, se produjeron algunas anomalías en la ciudad. Oliverio Girondo se puso a dirigir el tránsito en la esquina de Callao y Corrientes; Francisco Luis Bernárdez, en un editorial injurioso para los oyentes, disolvió la "Revista Oral" que Alberto Hidalgo dirigía en el Royal Keller todos los sábados y de la cual los martinfierristas éramos también redactores o locutores; Evar Méndez, otros y yo, llevando a Norah Lange en una silla confiscada a un café, descendimos al sótano del Tortoni, sede -a nuestro juicio- de todo el "pasatiempo" local, y disolvimos la reunión poético declamatoria que allí se celebraba. Supe más tarde que Raúl González Tuñón había despertado al día siguiente en una quinta de Adrogué que desconocía y entre almas buenas que lo asistieron en su naufragio. Cuando al revisar aquellos "operativos" tratamos de darles una razón lógica, recordamos cierta mezcla alcohólica, preparada por el marqués de Mordini, a la cual el noble italiano habría añadido cierta droga "non sancta". El marqués de Mordini era nuestro huésped y había llegado al país con el propósito de cazar elefantes en el Chaco. Volviendo al Tortoni, justo es decir, en su reivindicación, que homenajeamos en él a Luigi Pirandello, durante su primer viaje; y que para darle una noción de nuestra música popular, Güiraldes trajo a Carlos Gardel que cantó en el sótano de la Avenida como un ángel. Me parece ver aún a Carlitos, descendiendo la escalera del sótano al frente de sus dos guitarras.
 
Marechal, se ha referido usted a la "Revista Oral". ¿Cómo era?
 
La creó Alberto Hidalgo, poeta de Arequipa, quien se encargaba de reservar todos los sábados las mesas del Royal Keller en que "se decían" sus números. Era una revista oral "a sangre", anterior por supuesto, al periodismo oral que lanzó después la radiofonía. Llegada la hora, Hidalgo se ponía de pie y anunciaba: "Revista oral, año primero, número cinco". Luego leíamos los editoriales, hacíamos las críticas o recitábamos los poemas. Recuerdo que una noche Scalabrini Ortiz, en tren de crítica, transcribió en un pizarrón un fragmento de prosa de Gerchunoff -al que se consideraba un estilista-, y fue tachando las palabras que, a su entender eran ociosas: sólo quedaron en el pizarrón tres preposiciones y una conjunción copulativa. Otra vez recibimos en el sótano la visita de algunos jóvenes poetas peruanos. Uno de ellos, en fervor vanguardista, se dirigió a Macedonio Fernández y le dijo: "¡Lucharemos! ¿Y qué nos importa que nos manden a la mierda?". "Claro -aprobó Macedonio-, ¡y habiendo tantos tranvías!".
 
¿Qué público tenía la "Revista Oral"?
 
Nuestras amistades, los parroquianos del sótano, almas noc­turnas que estaban solas y esperaban y los "calaveras" que hacían tiempo hasta que se iniciase el turno de la noche del Tabarís. Conversaciones sobre poesía se pueden lograr en cualquier sitio y con toda clase de gentes.
 
¡Buen testimonio y consejo para las nuevas generaciones!
 
Siempre creí que Oliverio Girondo debía escribir los recuerdos de esa época y publicar su documentación gráfica; lo incité algunas veces a redactar las "Memorias de Oliverio", con su estilo natural, metafórico y tremendista. No lo hizo y creo que nuestra literatura perdió una obra clásica.