Leopoldo Marechal
(1900-1970) fue maestro, profesor en la Facultad de Humanidades de La Plata,
inspector general de escuelas, director general de Cultura y director de
Enseñanza Superior y Estética. Cursó sus estudios en la Escuela Normal Mariano
Acosta y ejerció la docencia en una escuela ubicada en la calle Trelles, en el barrio
de Caballito. Durante los años '20 se empleó en la Biblioteca Popular Juan B.
Alberdi de Villa Crespo, publicó sus primeros versos (“Los aguiluchos” en 1922
y “Días como flechas” en 1926), colaboró en las revistas literarias de
vanguardia y fue uno de los principales miembros del grupo reunido en torno de
la revista "Martín Fierro", que había sido fundada por el periodista
y crítico de arte Evar Méndez (1885-1955). La revista tuvo una primera época
con tres números entre marzo y abril de 1919, pero su etapa consagratoria fue
la segunda época, con cuarenta y cinco números editados entre febrero de 1924 y
diciembre de 1927. Por entonces tenía por costumbre recorrer librerías en el
centro de Buenos Aires en las que compraba libros de los escritores franceses Alejandro
Dumas (1802‑1870), Victor Hugo (1802‑1885) y Émile Zola (1840-1902),
entre otros, los cuales leía con fervor.
En 1926 viajó a España, donde conoció y se relacionó con los escritores José Ortega y Gasset (1883-1955) y Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), con quienes años después se reencontraría en Buenos Aires cuando ambos escritores se instalaron provisoriamente en la capital argentina huyendo del franquismo. Luego, en 1929, se estableció en Montparnasse, París, donde inició la escritura de su novela fundamental: “Adán Buenosayres”. Durante los años ‘40 impartió clases de literatura en la Escuela de Bella Artes Manuel Belgrano y ocupó la Dirección General de Cultura Estética en el Ministerio de Educación.
Comprometido desde joven con los intereses populares, participó activamente “en la formulación teórica del peronismo, que actuó primero y concretó después su doctrina, y en la defensa y divulgación de sus postulados”, tal como recordaría muchos años después. Dada su adhesión hacia el Movimiento Nacional Justicialista, partir del golpe militar de septiembre de 1955, Marechal -al igual que otras figuras conocidas como los escritores Cátulo Castillo (1906-1975) y Juan José Hernández Arregui (1913-1974), y el director de cine, actor, guionista y cantante Hugo del Carril (1912-1989)- fue implacablemente perseguido y se autodefinió como el “poeta depuesto”. En una entrevista contó que “desde fines de 1955 soy un desterrado corporal e intelectual. Rostros amigos me negaron el saludo en la calle, se me cerraron todas las puertas vitales y literarias, en una especie de muerte civil o asesinato colectivo”. Todos los ámbitos culturales donde se había movido empezaron a resultarle inhóspitos, como la Sociedad Argentina de Escritores, o la revista “Sur”, en la que había colaborado. En ésta apareció una despiadada crítica a su novela “Adán Buenosayres” escrita por Eduardo González Lanuza (1900-1984), un escritor que, al igual que Marechal, también había escrito artículos en la revista “Martín Fierro”. Sólo Julio Cortázar (1914-1984) destacó los aportes innovadores de la obra en una nota aparecida en la revista “Realidad”.
El escritor y docente universitario argentino Mario Goloboff (1939) señalaría en una entrevista que “todavía sus amigos de Martín Fierro, de la vanguardia, de la elite, no le habían perdonado su participación en los gobiernos de Juan Domingo Perón”. Recién en los años ’60, otros escritores y críticos literarios como Noé Jitrik (1928-2022), Graciela Maturo (1928-2024) o Adolfo Prieto (1928-2016), en sus artículos publicados en la revista “Contorno”, revalorizaron la novela analizando su complejidad técnica dejando de lado los prejuicios políticos que durante años la rodearon.
En 1926 viajó a España, donde conoció y se relacionó con los escritores José Ortega y Gasset (1883-1955) y Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), con quienes años después se reencontraría en Buenos Aires cuando ambos escritores se instalaron provisoriamente en la capital argentina huyendo del franquismo. Luego, en 1929, se estableció en Montparnasse, París, donde inició la escritura de su novela fundamental: “Adán Buenosayres”. Durante los años ‘40 impartió clases de literatura en la Escuela de Bella Artes Manuel Belgrano y ocupó la Dirección General de Cultura Estética en el Ministerio de Educación.
Comprometido desde joven con los intereses populares, participó activamente “en la formulación teórica del peronismo, que actuó primero y concretó después su doctrina, y en la defensa y divulgación de sus postulados”, tal como recordaría muchos años después. Dada su adhesión hacia el Movimiento Nacional Justicialista, partir del golpe militar de septiembre de 1955, Marechal -al igual que otras figuras conocidas como los escritores Cátulo Castillo (1906-1975) y Juan José Hernández Arregui (1913-1974), y el director de cine, actor, guionista y cantante Hugo del Carril (1912-1989)- fue implacablemente perseguido y se autodefinió como el “poeta depuesto”. En una entrevista contó que “desde fines de 1955 soy un desterrado corporal e intelectual. Rostros amigos me negaron el saludo en la calle, se me cerraron todas las puertas vitales y literarias, en una especie de muerte civil o asesinato colectivo”. Todos los ámbitos culturales donde se había movido empezaron a resultarle inhóspitos, como la Sociedad Argentina de Escritores, o la revista “Sur”, en la que había colaborado. En ésta apareció una despiadada crítica a su novela “Adán Buenosayres” escrita por Eduardo González Lanuza (1900-1984), un escritor que, al igual que Marechal, también había escrito artículos en la revista “Martín Fierro”. Sólo Julio Cortázar (1914-1984) destacó los aportes innovadores de la obra en una nota aparecida en la revista “Realidad”.
El escritor y docente universitario argentino Mario Goloboff (1939) señalaría en una entrevista que “todavía sus amigos de Martín Fierro, de la vanguardia, de la elite, no le habían perdonado su participación en los gobiernos de Juan Domingo Perón”. Recién en los años ’60, otros escritores y críticos literarios como Noé Jitrik (1928-2022), Graciela Maturo (1928-2024) o Adolfo Prieto (1928-2016), en sus artículos publicados en la revista “Contorno”, revalorizaron la novela analizando su complejidad técnica dejando de lado los prejuicios políticos que durante años la rodearon.
Tras el Golpe de Estado de 1955, fue censurado y obligado al ostracismo
intelectual, a la soledad y al olvido. Durante las sucesivas dictaduras de los
tenientes generales Eduardo Lonardi (1896-1956) y Pedro Eugenio Aramburu
(1903-1970) permaneció
proscripto. Toda su obra fue censurada y eliminada de los manuales de
literatura y de las librerías. Fue perseguido por el régimen de la Revolución
Libertadora debido a sus ideales políticos y a sus denuncias públicas acerca de
las torturas del régimen de facto, por lo que decidió exiliarse brevemente en
Santiago de Chile. Recién a mediados de la década de 1960 pudo volver a
publicar.
En 1965 la revista “Primera
Plana” publicó su imagen en la tapa e incluyó una crítica elogiosa de “El
banquete de Severo Arcángelo”, su segunda novela. Esto influyó para que fuese
dejado de ser ninguneado y llevado a ser reconocido por las nuevas generaciones,
incluso fuera de la Argentina. En 1966 fue convocado por la Casa de las
Américas de La Habana como jurado literario junto al mencionado Cortázar y al
escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976), evento en el que premiaron a la
novela “Hombres de a caballo” del escritor argentino David Viñas (1927-2011).
Marechal fue autor de los poemarios "Los aguiluchos", "Días como flechas", "Odas para el hombre y la mujer", "Laberinto de amor", "Cinco poemas australes", "El centauro", "Sonetos a Sofía y otros poemas", "Heptámeron" y "Poema de Robot"; las novelas "Adán Buenosayres", "El banquete de Severo Arcángelo" y "Megafón, o la guerra"; las obras teatrales “Antígona Vélez", "Las tres caras de Venus", “La batalla de José Luna”, “Don Juan”, “Alijerandro” y “Polifemo”; y los ensayos "Descenso y ascenso del alma por la belleza", "Autopsia de Creso", "Historia de la Calle Corrientes" y "Vida de Santa Rosa de Lima". Sus novelas más conocidas -"Adán Buenosayres" y "El banquete de Severo Arcángelo"- fueron traducidas al inglés, al italiano y al francés.
En su obra predominó su preocupación por la identidad argentina y el destino del país, reflexionó sobre la misión del escritor en un país con una historia compleja, buscando una síntesis entre la cultura europea y la realidad americana, y entendió que la literatura funcionaba como una herramienta de transformación personal y colectiva. El 26 de junio de 1970 falleció súbitamente a causa de un síncope cardíaco en su departamento porteño de la calle Rivadavia al 2300. Tal como contó la escritora argentina María Rosa Lojo (1954) en el artículo que publicó en el diario “Página/12” al cumplirse el quincuagésimo aniversario de su defunción, “Marechal falleció apenas un mes antes de la publicación de su gran novela final ‘Megafón, o la guerra’, que en su multifacética impronta se convirtió en una novela profética de lo que sobrevino en la Argentina de los años '70”.
Tal vez para entender la sistemática marginación y proscripción intelectual que sufrió durante los últimos veinte años de su vida por parte de un gran número de críticos literarios, hay que destacar el hecho de que fueron muy pocas las personas que concurrieron a su velatorio en la Sociedad Argentina de Escritores. (SADE). Fueron no “más de veinte” los que estuvieron presentes aquella mañana del 27 de junio de 1970, tal como recordaron más tarde los escritores Vicente Battista (1940) y el antes mencionado Mario Goloboff, quienes fueron unos de los pocos que estuvieron presentes en el velorio. Hoy, aunque su obra resulta una pieza fundamental de la literatura nacional y es frecuente tema de investigaciones y tesis doctorales en universidades europeas y latinoamericanas, en la Argentina sólo es reconocido por estudiosos de las letras y por lectores empedernidos.
Marechal fue autor de los poemarios "Los aguiluchos", "Días como flechas", "Odas para el hombre y la mujer", "Laberinto de amor", "Cinco poemas australes", "El centauro", "Sonetos a Sofía y otros poemas", "Heptámeron" y "Poema de Robot"; las novelas "Adán Buenosayres", "El banquete de Severo Arcángelo" y "Megafón, o la guerra"; las obras teatrales “Antígona Vélez", "Las tres caras de Venus", “La batalla de José Luna”, “Don Juan”, “Alijerandro” y “Polifemo”; y los ensayos "Descenso y ascenso del alma por la belleza", "Autopsia de Creso", "Historia de la Calle Corrientes" y "Vida de Santa Rosa de Lima". Sus novelas más conocidas -"Adán Buenosayres" y "El banquete de Severo Arcángelo"- fueron traducidas al inglés, al italiano y al francés.
En su obra predominó su preocupación por la identidad argentina y el destino del país, reflexionó sobre la misión del escritor en un país con una historia compleja, buscando una síntesis entre la cultura europea y la realidad americana, y entendió que la literatura funcionaba como una herramienta de transformación personal y colectiva. El 26 de junio de 1970 falleció súbitamente a causa de un síncope cardíaco en su departamento porteño de la calle Rivadavia al 2300. Tal como contó la escritora argentina María Rosa Lojo (1954) en el artículo que publicó en el diario “Página/12” al cumplirse el quincuagésimo aniversario de su defunción, “Marechal falleció apenas un mes antes de la publicación de su gran novela final ‘Megafón, o la guerra’, que en su multifacética impronta se convirtió en una novela profética de lo que sobrevino en la Argentina de los años '70”.
Tal vez para entender la sistemática marginación y proscripción intelectual que sufrió durante los últimos veinte años de su vida por parte de un gran número de críticos literarios, hay que destacar el hecho de que fueron muy pocas las personas que concurrieron a su velatorio en la Sociedad Argentina de Escritores. (SADE). Fueron no “más de veinte” los que estuvieron presentes aquella mañana del 27 de junio de 1970, tal como recordaron más tarde los escritores Vicente Battista (1940) y el antes mencionado Mario Goloboff, quienes fueron unos de los pocos que estuvieron presentes en el velorio. Hoy, aunque su obra resulta una pieza fundamental de la literatura nacional y es frecuente tema de investigaciones y tesis doctorales en universidades europeas y latinoamericanas, en la Argentina sólo es reconocido por estudiosos de las letras y por lectores empedernidos.
En la siguiente entrevista, realizada por el poeta, crítico literario, editor y periodista Alfredo Andrés (1934-2024) para su libro "Palabras con Marechal" y reproducida por la revista "La Maga" nº 178 del 14 de junio de 1995, el escritor recordó aquellos años de bohemia que lo tuvieron como principal animador.

