19 de mayo de 2026

Karpov-Korchnoi: guerra fría en Baguio

En la década de los ´70, el campeonato mundial de ajedrez era todavía un acontecimiento que se celebraba cada tres años, organizado por la FIDE (Fédération International Des Echecs), la Federación Mundial de Ajedrez. En 1972, Robert "Bobby" Fischer (1943-2008) apareció en los titulares de los diarios de todo el mundo cuando derrotó al entonces campeón, el ruso Boris Spassky (1937-2025). Fischer había logrado romper el monopolio soviético del mundo del ajedrez y al hacerlo, conquistó el interés de muchos millones de personas que, con anterioridad, no habían mostrado inclinación por el juego. Pero algo sucedió con Bobby Fischer y el Campeonato Mundial desde ese momento.
Según las reglas de la FIDE, Fischer tenía la obligación de defender su título tres años después, esto es, en 1975. Su contrincante iba a ser un aguerrido y emprendedor ruso llamado Anatoly Karpov (1951), quien, inesperadamente, había barrido toda oposición (incluyendo la de Spassky) en una reñida serie de torneos de calificación y de partidas, hasta convertirse en el contrincante oficial para el título. Pero, claro está, Fischer como norteamericano y Karpov como soviético -con lo que eso implicaba en los años de la Guerra Fría- empezaron a discutir sobre los términos y condiciones del próximo match. Los soviéticos negociaron hábilmente en nombre de Karpov, mientras que Fischer planteó sus exigencias -inaceptables para la reglamentación de entonces- de un modo mucho más terminante. La FIDE tuvo que arbitrar en el conflicto y decidió en contra de Fischer, despojándolo del título por incomparecencia. De este modo, Anatoly Karpov, un joven de aspecto delicado y modesto procedente de Zlatoust, una pequeña ciudad de los Urales, llegó a convertirse en campeón mundial con apenas veinticuatro años de edad y sin necesidad de tener que mover un sólo peón.
Suceder a Bobby Fischer, incuestionablemente uno de los jugadores más magnéticos de todos los tiempos, podría haber sido considerado como una perspectiva bastante desalentadora, pero Karpov demostró hallarse a la altura de la tarea. La historia había demostrado que los campeones mundiales raramente competían en grandes torneos durante sus reinados, prefiriendo descansar en sus laureles hasta que se les presentase el siguiente match por el Campeonato Mundial. Pero no fue así con Karpov. Decidido a demostrar que no era un simple campeón de papel, jugó con gran frecuencia en los grandes acontecimientos internacionales consiguiendo resultados fenomenales. Alcanzó el primer puesto prácticamente en todos los torneos donde jugó, y de sus centenares de partidas contra los mejores jugadores del mundo, sólo perdió unas pocas.
Los estudiosos del ajedrez que predijeron que Fischer podría aniquilar fácilmente a Karpov, empezaron a tragarse sus palabras. Los rusos se encontraban, una vez más, al frente del ajedrez mundial, con Karpov a la cabeza. 
Antes lo habían sido Mijaíl Botvínnik (1911-1995) entre 1948 y 1957, entre 1958 y 1960, y entre 1961 y 1963; Mijaíl Tal (1936-1992) entre 1960 y 1961; Tigrán Petrosián (1929-1984) entre 1963 y 1969; y el citado Boris Spassky entre 1969 y 1972.
En 1974, cuando Karpov estaba luchando por el derecho a ser el aspirante al Campeonato Mundial, le había ganado a Spassky con cierta facilidad y aún tenía que ganar un último match. Su contrincante era Viktor Korchnoi (1931-2016), otro ruso. Korchnoi no era ningún recién llegado al mundo del ajedrez. Había sido un importante gran maestro durante unos veinte años, pero nunca había llegado a las máximas alturas. A la edad de cuarenta y tres años, se consideraba que aquélla era su última oportunidad para ganar al Campeonato Mundial. Korchnoi quería jugar en su ciudad natal de Leningrado, pero el match se llevó a cabo en Moscú, a un total de veinticuatro partidas. Después de una durísima y prolongada contienda, Karpov se alzó victorioso con el margen más estrecho posible: 12,5 a 11,5.
Korchnoi no se sintió feliz con el resultado. Creía que las autoridades soviéticas habían favorecido injustamente a su rival. Por ejemplo, Karpov dispuso de una gran cantidad de grandes maestros para ayudarle en su preparación y análisis, mientras que Korchnoi experimentó grandes dificultades para encontrar a alguien dispuesto a hacerlo. Parece no haber dudas en cuanto a que los soviéticos deseaban que ganase Karpov, en quien depositaban sus esperanzas de recuperar el título mundial que estaba en manos del estadounidense Fischer. Karpov era por entonces una joven estrella en ascenso miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) quien desde temprana edad había formado parte de la organización juvenil del partido: la Komsomol (Unión Comunista de la Juventud).
Ante esta situación, Korchnoi expresó su desagrado en una entrevista concedida a un periodista yugoslavo. En desquite, la Federación Soviética de Ajedrez le impuso sanciones, suspendiendo sus apariciones en torneos y prohibiéndole desplazarse al extranjero para jugar. Más tarde, las restricciones fueron levantadas gradualmente y en el verano de 1976 se le permitió viajar a Amsterdam, Holanda, para jugar en el torneo internacional IBM. Ya no regresó. Una vez finalizado el torneo, en lugar de presentarse en la embajada soviética, se dirigió a una comisaría de policía y solicitó asilo político. Así pues, Korchnoi desertó, abandonando a su esposa e hijo, quienes quedaron en la Unión Soviética. La represalia impuesta por el gobierno soviético dirigido por entonces por Leonid Brézhnev (1906-1982) fue durísima; su hijo fue enviado con el ejército a Siberia y su mujer quedó incomunicada y le prohibieron la salida del país.
Allí, en la Unión Soviética, fue denunciado como traidor en una carta firmada por casi todos sus grandes maestros. Curiosamente, faltaron las firmas de Karpov y de Spassky. La Federación Soviética de Ajedrez también hizo esfuerzos para expulsar a Korchnoi del nuevo torneo de candidatos al Campeonato Mundial, pero fracasaron. Korchnoi permaneció en los Países Bajos un año, y después se trasladó a Alemania y a Suiza. Durante ese período (1977/78), ganó el derecho a ser el contrincante de Karpov con victorias alcanzadas en torneos contra Lev Polugaevsky (1934-1995) y los antes mencionados Petrosian y Spassky. Estos tres últimos, por el hecho de ser soviéticos, llevaron a que cada uno de esos torneos se caracterizase por una gran tensión política. Hubo disputas de poca monta, acusaciones y denuncias de todo tipo, desde espionaje hasta hipnotismo. Todos estos episodios hicieron recordar al match Fischer-Spassky de 1972, durante el cual los soviéticos se quejaron de que la silla de Fischer había sido "preparada" para perturbar la concentración de Spassky. La silla en cuestión fue desmontada por completo y se examinó al detalle cada tornillo y cada tuerca, hasta que la queja soviética de alguna manera quedó “comprobada”: se encontraron tres moscas muertas.
Así pues, y a pesar de todos los contratiempos, el escenario quedó montado. De un lado, Karpov, el brillante campeón; del otro, Korchnoi, el aspirante, el hombre que había desertado. Faltaba resolver el lugar en donde se iba a jugar, ya que había siete invitaciones, siete ofertas. Las cuatro sedes que ofrecieron premios más elevados -alrededor del millón de francos suizos- fueron Hamburgo (Alemania), Graz (Austria), Baguio (Filipinas) y Tilburg (Holanda). Se les pidió entonces a los jugadores que hicieran una lista con su orden de preferencia. Curiosamente, Karpov prefirió Hamburgo, aunque eso casi significaba encontrarse en el terreno de Korchnoi, que había estado jugando para un club alemán durante un corto período de tiempo. Korchnoi, por su parte, prefirió Graz, quizá porque estaba viviendo en Suiza.
Si Karpov hubiera colocado Graz en segundo lugar o Korchnoi Hamburgo, el match se habría jugado en Europa. Pero los dos prefirieron Baguio como segunda elección (en realidad, Karpov colocó Baguio en tercer lugar, dejando el segundo en blanco). A raíz de ello, el doctor Max Euwe (1901-1981), a la sazón presidente de la FIDE, adjudicó el match a las Filipinas, convirtiéndolo en el primero por el título que se jugaría fuera de Europa desde el famoso match de 1927 que enfrentó en Buenos Aires a José Raúl Capablanca (1888-1942) con Aleksandr Alekhine (1892-1946). Así pues, la organización del match recayó sobre Florencio Campomanes (1927-2010), el dinámico líder del ajedrez filipino durante más de dos décadas y representante de ese país ante la FIDE.
Baguio City se encuentra a 210 kilómetros al norte de Manila, a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar. La mayoría de los jugadores de ajedrez prefieren jugar sin verse molestados por problemas políticos. Pero la elección de Baguio hizo que surgieran algunos comentarios críticos sobre el gobierno autoritario y dictatorial de Ferdinand Marcos (1917-1989), un presidente sumamente corrupto de un país cuya deuda externa ascendía por entonces a 8.000 millones de dólares. Sonaba descabellado que se gastara tanto dinero en un acontecimiento ajedrecístico (350.000 dólares para el vencedor, 200.000 para el perdedor con todos los gastos pagos), mientras el país estaba sumido en abismales desigualdades entre pobres y ricos.
Para la realización del match se adecuaron las instalaciones del recientemente construido Centro de Congresos de Baguio y se nombró árbitro principal al gran maestro de Alemania Occidental, Lothar Schmid (1928-2013), quien ya había desempeñado esa función en Reykiavik, Islandia, durante el match Fischer-Spassky. Korchnoi constituyó su equipo de analistas con los ingleses Raymond Keene (1948) y Michael Stean (1953), el ruso Yakov Murei (1941) y el argentino Oscar Panno (1935); mientras que Karpov lo hizo con los rusos Victor Baturinsky (1914-2002), Alexander Zaitsev (1935-1971), Yuri Balashov (1949) y el citado Mijaíl Tal.


En su camino hacia Manila, antes de salir de Suiza, Korchnoi dio una conferencia de prensa donde leyó una carta abierta al Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, Brezhnev, en la que solicitaba permiso para que su esposa y su hijo abandonaran el país. Esta petición fue negada en un principio y recién cuatro años más tarde, en 1982, cuando el país era gobernado por Yuri Andrópov (1914-1984), su hijo y su esposa fueron autorizados a abandonar la URSS.
Sin embargo, la verdadera batalla diplomática comenzó tras la llegada de Korchnoi a Manila, cuando se presentó el problema de la bandera. Korchnoi quería jugar bajo la enseña suiza, pero los soviéticos se atuvieron a las reglas de la FIDE e insistieron en que ésta no podía considerar a Korchnoi como representante de Suiza ya que aún no hacía doce meses que residía allí de modo permanente. Las diferencias se superaron cuando, procedente de Estados Unidos, llegó Edmund Edmondson (1920-1982), presidente de la United States Chess Federation (Federación de Ajedrez de Estados Unidos) quien propuso eliminar las banderas sobre la mesa de juego. De todos modos, Korchnoi llevó un pequeño distintivo con la bandera suiza, pero, en lugar del himno nacional, tuvo que conformarse con la “9. Sinfonie in d-mol” (Sinfonía nº 9 en re menor) del compositor alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827).
Desde la guerra psicológica entre Fischer y Spassky, ésta se había convertido en una característica regular del ajedrez al máximo nivel, en especial cuando había de por medio un conflicto Este-Oeste. Por ejemplo, antes del match por el Torneo Candidatura entre Korchnoi y Polugaevsky en Francia, hubo dos días de negociaciones con Moscú para decidir si al jugador soviético se le permitiría estrechar la mano de Korchnoi. También hubo incidentes durante el Torneo Candidatura celebrado en Serbia entre Korchnoi y Spassky, cuando éste dejó de aparecer ante el tablero e insistió en sentarse en una cabina situada a espaldas de Korchnoi, desde la que seguía el juego a través de una pantalla gigante. Korchnoi protestó acaloradamente, aunque sin resultado alguno y perdió las cuatro partidas siguientes, aunque después se recuperó y ganó el match.
Según las reglas pactadas para esa competencia, el ganador sería el primer jugador que ganase seis partidas sin contar las tablas, lo que tal vez -según los especialistas- favoreciese ligeramente al aspirante, puesto que, al ser el contrincante de más edad, tenía más experiencia y mayor resistencia para afrontar un encuentro prolongado. Dejando de lado las intrigas y los subterfugios y a pesar de todas las dificultades el match empezó. Cualquier otra cosa habría sido absurda. Los dos hombres querían jugar ese match, que iba a extenderse hasta las treinta y dos partidas. Las primeras siete terminaron entabladas y recién en la octava, Karpov pudo ganar necesitando apenas 28 movidas. Luego de otras dos tablas, fue Korchnoi quien logró el triunfo, y, como la siguiente terminó tablas, al término de las primeras doce partidas el tanteador quedó igualado.
En la décimo tercera y décimo cuarta partidas el campeón mundial logró sendos triunfos, seguidos de dos tablas, otro triunfo y tres tablas más. Así, tras veinte partidas, Karpov aventajaba a su rival por 4 a 1. A todo esto, seguían los incidentes entre las delegaciones y el clima estaba cada vez más enrarecido, lo que se agravó cuando el retador obtuvo la vigésimo primera partida acortando una ventaja que ya parecía irreversible. Siguieron cinco tablas hasta que, en la vigésimo séptima, Korchnoi cometió una serie de errores que lo llevaron a la derrota, para recuperarse rápidamente y vencer en las dos siguientes. Ahora el tanteador estaba 5-4 y la fatiga hacía estragos en ambos jugadores. Tras entablar la trigésima, el retador venció en la siguiente e increíblemente colocó el match 5-5. Por primera vez en toda su carrera, Karpov había perdido tres sobre cuatro partidas consecutivas.


Para jugar la trigésimo segunda partida, el campeón apareció serio, con signos evidentes de cansancio. En los respectivos entornos seguían las discusiones extra ajedrecísticas que en nada ayudaban al normal desarrollo del torneo. Tras un comienzo bastante incierto, Karpov -con las piezas blancas- fue obteniendo pequeñas ventajas en el desarrollo del juego, lo que llevó a Korchnoi a tener serios problemas de tiempo. La partida se suspendió al llegar a la movida 41 del campeón, dejando el retador la suya en un sobre lacrado. Nunca se presentó a la reanudación. Después de algo más de tres meses de una competición plagada de incidentes, Karpov había vencido.
Todos estos hechos extra ajedrecísticos dieron origen a la película “La diagonale du fou” (La diagonal del loco) de 1984 dirigida por el francés Richard Dembo (1948-2004), con la cual obtuvo el premio Oscar a la mejor película extranjera. Dos años más tarde, en 1986, también basada en los tintes políticos de aquel mach ambientado en la Guerra Fría, se estrenó en el Prince Edward Theatre de Londres la ópera rock “Chess” (Ajedrez) con música de los suecos Björn Ulvaeus (1945) y Benny Andersson (1946), y letras de Ulvaeus y del compositor inglés Timothy Rice (1944), la que fue un gran éxito de carteleras en Londres y Nueva York.
Durante los años ‘80, Korchnoi continuó jugando en Suiza, país en el que ganó varias veces el campeonato nacional. Falleció en la helvética ciudad de Wohlen el 6 de junio de 2016. Por su parte Karpov perdió el título en 1985 ante el ruso Garri Kaspárov (1963) y lo recuperó en 1993 ante el neerlandés Jan Timman (1951-2026). Finalmente, en 1999 se negó a defender su título de la FIDE por no aceptar el modelo de competición adoptado por dicha organización, pero siguió participando especialmente en torneos de ajedrez rápido hasta su retiro en 2010.

11 de mayo de 2026

Cuentos selectos (XL). Esther Cross: “Matosas”

La escritora y traductora argentina (1961) nació en Buenos Aires, estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y se graduó como Licenciada en Psicología en la Universidad Católica Argentina. Se formó como escritora en el taller literario de Félix della Paolera (1923-2011), el escritor con quien editó en colaboración “Bioy Casares a la hora de escribir” y “Jorge Luis Borges, sobre la escritura”, libros que incluyeron entrevistas a Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y a Jorge Luis Borges (1899-1986) respectivamente. Su producción literaria está conformada por las novelas “La inundación”, “El banquete de la araña”, “Radiana”, “La señorita Porcel”, “La mujer que escribió Frankestein” y “Tres hermanos”; los libros de cuentos “Crónicas de alados y aprendices”, “La divina proporción y otros cuentos” y “Kavanagh”; y los tomos de ensayos “La Biblia según veinticinco escritores argentinos” en coautoría con Ángela Pradelli (1959) y “La aventura sobrenatural. Historias reales de apariciones, literatura y ocultismo” en coautoría con Betina González (1972). También participó en las antologías “La selección argentina”, “Cuentos eróticos de San Valentín”, “Cuentos de amor”, “Historias de guardarropa”, “Ciudades posibles. Arte y ficción en la constitución del espacio urbano”, “La piedra de la cordura. Historias sobre enfermedades mentales”, “Permiso para morir. Cuando el fin no encuentra su final”, “Las dueñas de la pelota”, “Gente mayor”, “Oír ese río” y “Perón vuelve”.
En 1998 obtuvo la Beca Fulbright Fondo Nacional de las Artes para estudiar cine en Nueva York, Estados Unidos, y en 2004 fue beneficiaria de la Beca otorgada por la Civitella Ranieri Foundation para realizar la residencia artística en Umbertide, Italia. Luego coparticipó en la escritura del guion, la producción y la dirección de la película documental “Humillados y ofendidos” en colaboración con Alicia Martínez Pardies (1961). Durante años ha colaborado en distintos medios de comunicación culturales, entre ellos las revistas “Lamujerdemivida” y “Ñ”, la sección “Cultura” del diario “Infobae” y el suplemento “Radar Libros” del diario “Página/12” publicando artículos y reseñas de libros.
Además, desde hace años viene realizando un importante el trabajo de traducción que incluye obras como “Nº 44. The mysterious stranger” (Nº 44. El forastero misterioso) de Mark Twain (1835-1910); “The faces of blood kindred and other stories” (La misma sangre y otros cuentos), “Ghost and flesh” (Ángeles y hombres) y “Collected stories” (Cuentos completos) de William Goyen (1915-1983) y “Eleven kinds of loneliness” (Once tipos de soledad) de Richard Yates (1926-1992), todos ellos escritores estadounidenses; “Self-portrait” (Autorretrato) y “Letters to Gwen John” (Cartas a Gwen John) de la escritora indo-británica Celia Paul (1959); y “The long dry” (Tiempo sin lluvia) del escritor galés Cynan Jones (1975).


El 10 de agosto de 2023 fue elegida miembro de número de la Academia Argentina de Letras para ocupar el sillón Fray Mamerto Esquiú. El 21 de agosto de 2025 ingresó en la corporación con el discurso de ingreso titulado “El peligro de contar una vida”, en el cual entre otros conceptos expresó: “Para escribir una vida se necesita un poco de audacia, igual que para vivir. Será por eso que en los cementerios hay tantas lápidas con un nombre, dos fechas y nada más. Las biografías y las memorias no sólo cuentan una vida. La cuentan y la transmiten. No sólo nos conectan con el pasado, el único lugar que por definición se queda siempre sin señal. Logran lo que quería Borges: un individuo despierta en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero. En eso se parecen a las traducciones, otra manera de hacer literatura que reconoce a un ausente y trata de escucharlo. No existirían sin esa colaboración. Así, estos libros tímidos, que en general pasan desapercibidos, son las más raros que hay”. 
El cuento que sigue a continuación formó parte de la mencionada antología “Las dueñas de la pelota”, la cual fue prologada por Claudia Piñeiro (1960), la reconocida escritora autora de recordadas novelas como “Las viudas de los jueves” y “Catedrales”.
 
MATOSAS
 
Estábamos en la sala de espera. Las chicas de limpieza nos habían echado del lado de nuestros seres queridos, como si fuéramos la suciedad, y nos quedamos en la sala, haciendo tiempo; todos teníamos a alguien internado. La enfermera Silvia pasó camino al ascensor y nos preguntó qué hacíamos. A mí me dijo que tenía cara de cansada.
Nunca la habíamos visto con ropa de calle. Su pelo suelto y ralo dejaba traspasar la luz. Se tomaba el franco de fin de semana. Tendría que haber salido por atrás. Quizás había mucho tráfico en los ascensores de ese lado. Silvia apoyó su bolsa de nylon en el piso para abrocharse la campera. Salió rodando un paquete de Porteñitas. Dijo que tenía que ir a la modista, a buscar el vestido de quince de su sobrina.
- Bueno, gente, que les sea leve -dijo.
Daba un poco de miedo y pena ver a los que se iban. Le deseamos buen fin de semana. El ascensor no venía, se había parado en el tercer piso. Un chico de suéter celeste entró y se sentó. Era nuevo, tenía los formularios de la administración en la mano, recién había hecho los trámites, a quién habría traído. Llevaba un libro de Química. Le di la bienvenida, con la contradicción que eso implicaba.
Oímos una puteada proveniente del fondo del pasillo.
- Es la Gorda Matosas -dijo Silvia-. Está en el cuarto del fondo. No me digan que no sabían.
Fabio, el remisero que tenía al padre internado, se puso muy contento porque era de River. Estaba con el amigo que lo acompañaba siempre y también celebró la información. Decían “no te puedo creer”. El triunfo de River en la Libertadores era el tema fijo del remisero y su amigo. En la sala y a veces en el patio, cada vez que los encontraba, hablaban de lo mismo. Un día se dieron cuenta de que estaba preocupada y me hicieron la concesión. El remisero me dijo “quedate tranquila”, y su amigo asintió, garantizándome la calma. Mataban el tiempo hablando de Burgos, de Francescoli y el lucimiento de Crespo. Ahora miraban a la enfermera Silvia, fascinados por la noticia.
Había un jubilado que cuidaba a su mujer, operada del intestino. Preguntó quién era la Gorda Matosas, pero afectaba la ignorancia, obviamente, para llevar la contra, un poco por carácter y sobre todo porque era de Boca.
- Hace tres meses, con los pulmones a la miseria, la Gorda se fue a Chile a ver a River. Volvió destruida, la internaron, se escapó para ver el desempate en el Monumental. Tiene los pulmones a la miseria -nos contó la enfermera.
El jubilado dijo:
- La pasión por River reventó a la pobre.
- No crea. La hubiera visto el otro día cuando River ganó la Libertadores. Revivió. No podíamos tenerla quieta en la cama. Y ahora la mantiene viva la obsesión de volver al Monumental -le contestó Silvia al viejo.
- Es lo que te decía -porfió el hombre-. River es dañino.
No sabíamos que ese hospital pudiera hospedar a un famoso de la magnitud de Matositas. El verdadero nombre de la diosa espiritual y física de la hinchada millonaria había quedado oculto, todo ese tiempo, por su alias, Gorda Matosas, que con los años se había convertido en su auténtica identidad. La Gorda había absorbido el nombre de un famoso jugador de los sesenta, que le había regalado su casaca para darle el gusto. De tanto verla con el 6 y el nombre Matosas en la espalda, terminaron por llamarla Gorda Matosas. Estaba ingresada en el hospital como Haydée Martínez, su nombre en los documentos, pero respondía al nombre de Gorda Matosas.
- Ella inmortalizó el apellido Matosas. Roberto Matosas le dio el apellido, pero lo glorificó ella y terminó siendo más famosa que él -dijo Silvia-. Igual, Matosas es un genio, se la banca. Ahora le preguntan si es algo de la Gorda y no le molesta, al contrario -dijo la enfermera.
Hacía días que yo sospechaba que había algún capo del deporte en nuestro piso y lo dije en ese momento. Desde el cuarto de mi madre a veces oíamos las voces de Locos por el Fútbol y a nosotras no nos dejaban ni subir la radio. Una vez me pareció ver a Fillol. A lo mejor había ido a visitarla.
- Fillol no era, seguro -me dijo Silvia-. La Gorda dice que le vendió un billete de lotería ganador y que Fillol no se lo pagó.
- Mirá si Fillol le va a deber plata a una persona de esa ralea -dijo el jubilado.
- Ella está convencida y lo persigue. Fillol no va a venir a meterse en la boca del lobo -dijo Silvia.
- Más lobo que Boca, en realidad -dijo el chico nuevo.
- Lobo tampoco -dijo Silvia.
El fútbol minaba la conversación. Tomabas un camino y enseguida pisabas terreno sensible. Pasamos las Porteñitas de la enfermera. La tarde venía bien. Si no había una desgracia mayor, ya nos parecía un buen día.
Silvia me dijo que en todo caso me habría parecido que era Fillol. Dijo que ahora íbamos a empezar a ver jugadores de River por todo el hospital. Se lo dijo al chico nuevo. Le dijo “viste cómo es la gente”, refiriéndose a nosotros, como si no estuviéramos delante.
El remisero aprovechó un silencio para hablar. Dijo que la Gorda Matosas era una gran mujer.
- Ama a River con locura. Dio todo por River -dijo-. Me acuerdo de la primera vez que la vi. Fue en el hall del Monumental. Vendía billetes de lotería. Hablaba con Mostaza Merlo. Tenía un olor a pucho impresionante.
Su amigo también ubicaba perfectamente bien a la Gorda Matosas:
- Es un ícono de la deformidad, tanto que para insultar dicen estás como la Gorda Matosas, y en realidad no es tan gorda.
Su comentario dio pie a una discusión sobre el concepto de gordura, que conmutamos por el de fortaleza cuando el remisero recordó el día en que la Gorda Matosas se robó la bandera de Boca. Había salido en revistas y diarios, emperrada, tirando de un extremo de la insignia xeneize.
El amigo del remisero contó que una vez retiraron a la Gorda de la Bombonera en una camilla. Nos reímos. El chico nuevo no se reía tanto.
Silvia sacó de la bolsa una foto de revista que le había dado su hermano. En el centro estaba la Gorda Matosas. Posaba de mocasines, medias tres cuartos, casaca, gorrito de pescador. La acompañaban dos hombres de frac.
 - Voy a pedirle a la Gorda que me firme la foto para dársela a mi hermano, él se sabe toda su historia -dijo.
Entonces conté que una vez vi a la Raulito caminando por Constitución. Sentía la bajeza de mi lugar común y había tratado de resistirlo, hubiera querido aportar algo mejor al grupo, sobre todo al remisero, a quien no iba a gustarle la mención de la contra boquense, pero era lo que había y fue más fuerte que yo.
Había sido una noche de invierno. Yo había ido a la Capital y giraba por la zona. La Raulito caminaba apurada por Martín García. Tenía una campera polar y saludaba a la gente por la calle, todos la conocían. Era la época en que vivía en el Moyano, en Brandsen y Vieytes. La vi por Martín García y más tarde la vi, más lenta, por Plaza Constitución. Alguien iba a nombrar a la Raulito y lo hice. Decías Matosas y Raulito era la masa del iceberg. Decías Raulito y avanzaba la imagen de la Gorda.
- La Raulito tiene su película, con Marilina Ross -dijo el jubilado para darle supremacía a la boquense.
- Y sí, tiene una vida más de película -le contestó el remisero-, más policial, con todas esas entradas en la cárcel.
Por suerte el remisero frenó ahí, no se dejó llevar por las provocaciones venenosas del jubilado.
Recordamos cuando las dos fanáticas fueron al programa de Susana Giménez. Terminaron a los insultos. La Gorda quería pegarle a la Raulito con ese paraguas rojo y blanco que tenía.
- Es su arma intimidatoria. Hace justicia con el paraguas. A Nimo lo atacó en el césped -contó, emocionado, el remisero.
- Yo me quedo con las chicas de los equipos de fútbol americano. El lomo que tienen esas pibas -dijo su amigo-. Le suben el ánimo a su equipo.
- Y la gordita se lo baja al rival. Les hace señas de pito corto -dijo el remisero, haciendo la mímica-. Cuando le cantaban “La Gorda, la Gorda, la Gorda adónde está / la busca San Lorenzo para cogérsela”, no llamaba a la policía ni a Defensa de la Víctima, como harían esas huecas, se paraba en el borde de la tribuna, y se cacheteaba las nalgas, desafiante. Qué maestra. Durante años fue la encargada de largar los chanchos en el césped, cuando jugábamos con los ídem. Es una gran tipa, una gran hincha y una gran gorda.
- Ahora no está gorda -dijo Silvia.
Se me puso la piel de River.
Pero el remisero había evolucionado en la conversación y estaba en su propio canal matosístico. Cuando nos dejaran pasar a los cuartos iba a contarle al padre que la Gorda estaba ahí. Pensar que el padre empezó a llevarlo a la cancha de chico, se sentaban cerca de la Gorda, decía.
- Nos protegió de la escoria hostil a River -dijo.
La Gorda se había bancado diecisiete años malos con River, levantando la moral de hinchas y plantel. En los peores momentos, estaba, siempre. Ahora, se había bancado la epopeya de la Copa de América, alentando en persona o desde su cama. Eso era lealtad. Su fidelidad había llegado al extremo de hacer un sacrificio de lenguaje. Jamás decía la palabra “boca”, en ninguna variedad, ni con b larga o corta.
- Dice “yeta” en vez de “boca” -contaba el remisero-. Dice que en su yetabulario, cruza la yetacalle y que a ella nadie la proyeta.
El chico nuevo dijo que volvía más tarde, agarró su libro de Química y se fue.
Silvia dijo:
- Ahora me doy cuenta de todas las veces que decimos boca. Piénsenlo.
- La yeta se te haga a un lado -dijo el remisero.
- Al final se va a dar el gusto -dijo Silvia-. Esta mañana el doctor Leiva me dijo: “Silvia, desgraciadamente, Matosas no va a volver al Monumental”. Pero la Gorda pidió que tiren sus cenizas en el estadio, así que va a volver.
Después Silvia guardó sus cosas en la bolsa. Mientras hablamos había sacado galletitas, caramelos, pañuelos de papel. La modista quedaba en la 44, entre 8 y 9, y se le había hecho tarde. A lo mejor le hacía el favor y le abría la puerta igual.
- Podemos comprar esmaltes rojo y blanco y el lunes le pinto las uñas de River, como le gusta -nos dijo Silvia y empezó a recolectar los fondos-. Me dijeron que, cuando entró, tenía hasta la bombacha con el escudo del equipo.
Salieron las chicas de limpieza con sus lampazos y sus baldes. Nos levantamos para entrar, pero nos mandaron de nuevo a la sala, estábamos en posición adelantada. Silvia agarró sus cosas y se fue. El jubilado bajó al kiosco, de paso recibía al hijo, que estaba por llegar. En la sala de espera quedamos el remisero, su amigo y yo haciendo tiempo tranquilos, hablando de la Gorda Matosas.
Dios la tenga en la cancha.