2 de julio de 2026

Origen de la palabra bigote y figuras que lo usaron a lo largo de la historia

Antonio de Nebrija (1444-1522), uno de los grandes humanistas del Renacimiento y ciertamente el más grande de España, conquistó un sitial de honor en la historia de la lengua española como autor de la primera gramática española en 1492 y el primer diccionario de esa lengua en 1495. Precisamente en ese diccionario figuró por primera vez la palabra “bigote”, cuyo origen germánico parece indudable. A pesar de ello, la versión más difundida vincula el origen del término a los episodios acontecidos en España dos décadas más tarde cuando Carlos V (1500-1558), llamado el “César”, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se convirtió en rey de España tras la muerte de su abuelo Fernando de Aragón el “Católico” (1452-1516).
En 1518, conociendo el idioma español sólo de manera superficial, arribó a España para asumir el trono real como Carlos I. Apareció acompañado por una corte de caballeros flamencos y alemanes que llegaron a la península Ibérica con grandes ínfulas, como si entraran a un país conquistado. El bigote era una de sus características, pues empezaba a estar de moda en la sociedad alemana por influjo de los lansquenetes o soldados mercenarios, muchos de ellos de origen bajo alemán o suizo. Su aire de superioridad y su fácil blasfemia herían la sensibilidad de los españoles, los que oían continuamente la expresión “¡bey Gott!”, equivalente al españolísimo “¡Vive Dios!” o al inglés “¡Por Dios!”, al tiempo que se llevaban la mano a la zona facial comprendida entre el labio superior y el corte de la nariz. De allí la palabra “bigote”.
El bigote, normalmente es mucho más fino que el mostacho, que se define como un bigote grueso, y que deriva del francés “moustache”, que según el lingüista francés Albert Dauzat (1877-1955) en su “Dictionnaire étymologique de la langue française” (Diccionario etimológico de la lengua francesa), tiene su origen a finales del siglo XV del vocablo italiano “mostaccio”. Este llegó a Venecia con la moda del bigote proveniente de la plebe griega “mustaki”, que en griego clásico se dice “mustak” y significa labio superior. La figura más antigua que se conoce con bigote es la del mayordomo Keti, quien vivió algún tiempo durante la Sexta Dinastía de Egipto que transcurrió aproximadamente entre los años 2345 y 2171 a.C. y cuya estatua original se conserva en el Museo del Louvre en París, Francia.
El uso del bigote estuvo de moda con gran variedad de estilos durante siglos en los ejércitos de numerosas naciones. En general, los soldados de grados inferiores los llevaban pequeños, y los oficiales de alta graduación y los veteranos los portaban espesos. En algunos países fue obligatorio para los soldados dejar crecer el bigote. Por ejemplo en la Argentina (por entonces un conjunto de provincias autónomas unidas bajo el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata), se vivió una guerra civil que durante los años ’30 del siglo XIX enfrentó a un grupo diverso que incluía caudillos, terratenientes y la población rural de las provincias quienes bajo el nombre de federales, proponía las autonomías provinciales, el control de sus recursos y la defensa de sus tradiciones y de sus sectores dirigentes. Contra ellos, los unitarios conformados principalmente por la élite intelectual, comercial y militar de Buenos Aires, proponían la organización de un gobierno nacional radicado en Buenos Aires y la subordinación de las provincias a la autoridad central.
En medio de esa conflagración que enfrentó a los llamados federales y unitarios por definir la estructura del país en un conflicto alimentado por intereses económicos y visiones culturales opuestas, el Brigadier General Juan Manuel de Rosas (1793-1877), quien gobernaba desde Buenos Aires con facultades extraordinarias, impartió en 1830 la orden de “que todos los milicianos usen bigotes y los conserven mientras dure la guerra contra los pérfidos salvajes unitarios”. En ese contexto, afeitarse el bigote era considerado un acto de rebeldía o simpatía hacia el bando enemigo, lo cual podía traer serias consecuencias o castigos. Esa etapa del conflicto terminó con un triunfo federal y permitió la consolidación en el poder del que era llamado el Restaurador de las Leyes, quien gobernó la desde entonces llamada Confederación Argentina hasta su derrocamiento en 1852.
Otro ejemplo es el ocurrido en Gran Bretaña, donde era forzoso su uso en todos los grados desde el siglo XIX. Fue en 1860, durante la monarquía de la reina Alexandrina Victoria (1819-1901), cuando se emitió la orden reglamentaria nº 1695 que establecía: “Se afeitará la barbilla y el labio inferior, pero no el labio superior”. El uso del labio superior sin afeitar se convirtió en una insignia, un emblema que denotaba autoridad, y entre las personalidades que sobresalieron en el ejército británico pueden mencionarse al capitán de la Compañía de las Indias Orientales Richard Francis Burton (1821-1890), quien consiguió la fama por sus exploraciones en Asia y África; al general Frederic Thesiger (1827-1905), quien tuvo una destacada actuación durante la guerra anglo-zulú que enfrentó en 1879 a los británicos y a los zulúes en los territorios de la actual Sudáfrica; y al mariscal de campo Frederick Sleigh Roberts (1832-1914), el estratega de la victoria en la guerra anglo-bóer que se desarrolló entre 1899 y 1902 cuando el Imperio británico enfrentó en Sudáfrica a los colonos de origen neerlandés llamados bóeres que luchaban por conseguir su liberación.
El uso obligatorio del bigote en el ejército británico se extendió hasta que el reglamento fue abolido mediante una directiva dictada al Ejército Británico por el general Cecil Frederick Nevil Macready (1862-1946) el 6 de octubre de 1916 durante la Primera Guerra Mundial. La orden se basó específicamente en que, en la guerra de trincheras, el espeso bigote impedía que las máscaras de gas se ajustaran estrechamente, lo que ponía a los soldados en grave riesgo de inhalar gases tóxicos.
Más allá del origen de la palabra bigote y de su uso obligatorio en los casos citados, entre las personalidades notorias de la historia que llevaron célebres bigotes se pueden mencionar al pintor español Diego Velázquez (1599-1660), al primer ministro y jefe de gobierno francés Georges Clemenceau (1841-1929), al filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), al rey de Italia Humberto I de Saboya (1844-1900), al presidente estadounidense William Howard Taft (1857-1930), a los compositores operísticos italianos Ruggero Leoncavallo (1857-1919) y Giacomo Puccini (1858-1924), al presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), al dictador soviético Joseph Stalin (1878-1953), al dirigente socialista argentino Alfredo Palacios (1878-1965), al revolucionario mexicano Pancho Villa, al físico y matemático alemán Albert Einstein (1879-1955), al dictador alemán Adolf Hitler (1889-1945), al dictador español Francisco Franco (1892-1975), al dibujante estadounidense Walt Disney (1901-1966), al dictador chileno Augusto Pinochet (1915-2006) y al activista estadounidense por los derechos humanos Martin Luther King (1929-1968).
También fueron muchos los actores famosos que usaron bigotes, entre ellos los estadounidenses Groucho Marx (1890-1977), Clark Gable (1901-1960), Charles 
Bronson (1921-2003), Paul Newman (1925-2008) y Burt Reynolds (1936-2018). Algo que también sucedió con notables músicos que se destacaron en el rock, el blues, el jazz o el folk como son los casos de los pianistas estadounidenses Edward “Duke” Ellington (1899-1974) y Count Basie (1904-1984), los guitarristas y cantantes estadounidenses Frank Zappa (1940-1993) y David Crosby (1941-2023) y el británico George Harrison (1943-2001), o el también británico cantante y tecladista Freddie Mercury (1946-1991).
Entre los escritores renombrados cabe mencionar a los británicos William Shakespeare (1564-1616), Rudyard Kipling (1865-1936), Herbert G. Wells (1866-1946) y George Orwell (1903-1950), al escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), a los irlandeses Arthur Conan Doyle (1859-1930) y James Joyce (1882-1941), a los franceses Guy de Maupassant (1850-1893) y Marcel Proust (1871-1922), a los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), Mark Twain (1835-1910) y William Faulkner (1897-1962), al colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), al alemán Günter Grass (1927-2015) y a los argentinos Leopoldo Lugones (1874-1938), Ricardo Güiraldes (1886-1927), Ernesto Sábato (1911-2011), Juan Gelman (1930-2014) y Alberto Laiseca (1941-2016).
En el caso específico de los argentinos, también es numerosa la lista de presidentes, tanto constitucionales como de facto, que usaron bigotes durante sus mandatos. Tal es el caso de Victorino de la Plaza (1840-1919), Carlos Pellegrini (1846-1906), Roque Sáenz Peña (1851-1914), José Figueroa Alcorta (1860-1931), José Félix Uriburu (1868-1932), Marcelo T. de Alvear (1868-1942), Ramón Castillo (1873-1944), Agustín Pedro Justo (1876-1943), Héctor Cámpora (1909-1980), Juan Carlos Onganía (1914-1995), Jorge Rafael Videla (1925-2013) y Raúl Alfonsín (1927-2009). En fin, la lista de bigotudos es interminable.
Pero sin dudas los bigotes más emblemáticos o extravagantes fueron los usados por el general del Ejército de la Unión Ambrose Burnside (1824-1881) durante la Guerra de Secesión estadounidense, quien se peinaba el bigote de forma que se extendía a lo largo de cada mejilla y se unía a las patillas; los del revolucionario mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), el que con su bigote de color negro, sumamente espeso, tupido y largo que se extendía hacia los lados de las mejillas, fue uno de los ídolos de la Revolución Mexicana; los del actor británico Charles Chaplin (1889-1977), quien con su minúsculo pero espeso bigote “cepillo de dientes” sumado a su sombrero bombín y su bastón se convirtió en un ícono del cine mudo; los del pintor español Salvador Dalí (1904-1989) a los que llamaba “antenas místicas” y que, dada su forma y tamaño, se convirtieron en uno de los rasgos más icónicos del surrealismo; los que usaba la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954)
, ya que llamó la atención que por el hecho de ser mujer adoptase su uso para, tal como ella misma aseguró, “desafiar los rígidos cánones de belleza” de su época; y los que usaba el comediante mexicano Mario Moreno “Cantinflas” (1911-1993), afeitado por el medio y dejando sólo los extremos, algo que él mismo definió diciendo que el suyo no era “bigote sino bozo”, que era una “discreta sombra” y que era “algo de familia”.
Hacia comienzos del siglo pasado solía vincularse el uso del bigote con el crimen. En Estados Unidos, por ejemplo, famosos delincuentes como el asesino serial apodado Dr. Holmes Herman Webster Mudgett (1861-1896), el asaltante de bancos y trenes conocido como Butch Cassidy Robert LeRoy Parker (1866-1908), o el ladrón de ganado John Dillinger (1903-1934) lo usaban. Tal vez por esa razón en la década de los años ‘20 el bigote en el cine era un recurso estético clave para identificar a los maleantes. 
Hace sesenta años el director cinematográfico británico Alfred Hitchcock (1899-1980), recordado por películas como “The 39 steps” (Los 39 escalones), “I confess” (Mi secreto me condena) y “Rear window” (La ventana indiscreta), por citar sólo algunas, le decía a su colega francés François Truffaut (1932-1984) durante un largo reportaje reunido en el libro “Le cinéma selon Alfred Hitchcock” (El cine según Hitchcock) que “en el cine mudo los malos usaban bigote. Ese era el modo de identificarlos”, y que a él le resultaba muy infantil que para no ser un asesino bastase con una afeitada. Por eso en películas como “Psycho” (Psicosis), “Strangers on a train” (Extraños en un tren) o
“Shadow of a doubt” (La sombra de una duda), decidió que era tiempo de vulnerar la regla del bigote y los protagonistas que cubrieron el papel de criminales lucieron una apariencia completamente inofensiva con sus rostros lampiños.
En lo que va del siglo XXI, no son pocas las figuras reconocidas en sus respectivas actividades que hicieron del uso del bigote una práctica habitual. Por nombrar sólo a varias de ellas que fallecieron en los últimos años se puede mencionar al cantante y bajista británico Lemmy Kilmister (1945-2015), fundador de la banda de heavy metal Motörhead; al futbolista argentino Leopoldo Luque (1949-2021), quien fue campeón con River Plate en 1975, 1977, 1979 y 1980, y con la Selección argentina se consagró campeón en la Copa Mundial de Fútbol de 1978; y al diseñador de moda y empresario franco-español Paco Rabanne (1934-2023), conocido mundialmente no sólo por sus creaciones textiles y por la utilización de colores y texturas innovadoras, sino también por sus perfumes y cosméticos de aromas audaces y envases vanguardistas, quien de joven usaba bigotes pero abandonó esa costumbre en su adultez.
También se puede recordar al actor estadounidense Dabney Coleman (1932-2024), protagonista de renombradas películas como “The man with one red shoe” (El hombre del zapato rojo), “War games” (Juegos de guerra) y
“Never forget” (Nunca olvides); al actor también estadounidense Gene Hackman (1930-2025), quien ganó fama por su interpretación de Lex Luthor en tres de las películas de Superman, además de su desempeño en “Bonnie and Clyde” (Bonnie y Clyde) y “The Poseidon adventure” (La aventura del Poseidón); y al presidente de la República Oriental del Uruguay entre 2010 y 2015 José “Pepe” Mujica (1935-2025), quien durante su paso por el poder y su militancia posterior rompió moldes, al punto de que hoy es recordado como un referente ético y político de una izquierda austera, honesta y profundamente democrática.
En fin, los años pasan pero el uso del bigote sigue siendo, con altibajos, una costumbre, un símbolo de auténtica masculinidad. Para muchos analistas del tema, hoy en día es una moda que está disfrutando de uno de sus renacimientos periódicos. Es más, el 27 de noviembre de 2004 se fundó en la localidad de Höfen an der Enz de Alemania la Asociación Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Association), la cual cada dos años organiza el Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Championship), una competencia que premia la creatividad y la maestría en el cuidado del vello facial.

26 de junio de 2026

Raúl Montenegro: “No recuerdo un presidente que tenga tanto odio a los ambientalistas. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia”

Raúl Montenegro (1949) es un biólogo, ambientalista y activista argentino que trabaja en la protección del medio ambiente en estrecha colaboración con sus habitantes. Conectando el activismo, la academia, el derecho y los medios de comunicación, ha participado en una amplia gama de temas ambientales urgentes en su país y en el extranjero. La minería, la energía nuclear, la deforestación, la agricultura, los derechos territoriales indígenas y la gestión de residuos son algunos de los temas de los que se ocupa la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM), una organización no gubernamental ecologista sin fines de lucro con sede en la ciudad de Córdoba, fundada por él en 1982.
Ha trabajado como profesor de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba y en diversas instituciones educativas. Entre 1986 y 1988 fue vicepresidente de Greenpeace Argentina, la primera oficina de la organización internacional en el Tercer Mundo. En 1998 fue galardonado en Salzburgo, Austria, con el Nuclear Free Future Award (Premio Futuro Libre de Energía Nuclear), y en 2004 recibió en Estocolmo, Suecia, el premio Right Livelihood Award (Premio Sustento Justo), conocido como el Nobel Alternativo por su trabajo con comunidades locales e indígenas de la región, con el propósito de ayudarlas a desarrollar herramientas e instrumentos que les permitiesen proteger sus territorios, defender el ambiente y promover la sostenibilidad.
Junto a otros investigadores ambientalistas y ecologistas ha participado en las antologías “Biología humana”, “Medio ambiente y urbanización” y “Biología evolutiva humana”, libros en los que se analizó la incidencia de las ciencias biológicas en la estructura y el funcionamiento del organismo humano. Montenegro contribuyó a la redacción de varias leyes ambientales y ha presentado más de cuarenta demandas judiciales contra entidades públicas y privadas por su implicancia en la destrucción ecológica.
En un artículo publicado en el diario “Perfil” el 17 de marzo de 2026, criticó los insultos del presidente argentino a los ambientalistas durante su discurso dado el día anterior en la Bolsa de Comercio de Córdoba al sostener que “no recuerda un presidente que tenga tanto odio. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia. Si alguien quiere saber por qué Milei se ve tan interesado en los glaciares, es porque le dijeron que iban a invertir miles de millones de dólares. Esa es la verdadera explicación de lo que hay detrás”. Más adelante expresó: “Los glaciares no son cubitos de hielo, sino que es todo un sistema que tiene que ver con el clima. Son cajas de ahorro milenarias en donde con esa agua se alimentan todos los ciclos productivos donde son millones de personas las que dependen del buen funcionamiento de los glaciares para su vida cotidiana”. Y agregó: “Lo más terrible creo, y no sé si ha quedado claro en su discurso, es que al presidente no le importan las generaciones que vienen”. Con respecto a la nueva ley de glaciares instaurada por el gobierno, opinó que era una ley que iba hacia atrás, y sentenció que la próxima víctima era la ley de bosques nativos.


Lo que sigue a continuación es un compendio resumido de las entrevistas publicadas en los medios digitales de la revista de análisis de la actualidad y exploración de las ideas, artes y libros que influyen en el ámbito iberoamericano “Coolt” (el 30 de agosto de 2021), y de la agencia de noticias tecnológicas y políticas científicas “Tecnología Sur-Sur” (el 12 de marzo de 2026) a cargo de Rodolfo Chisleanschi y Vanina Lombardi respectivamente.
 
¿Por qué es tan crítico con el estilo de vida de buena parte de la humanidad?
 
Porque no se plantea que la pobreza extrema es tan mala como la riqueza extrema. Las sociedades toleran que haya pobreza, la tienen asimilada casi como una molestia, pero la mayoría asume la riqueza como objetivo a alcanzar, aspira a ser Bill Gates. Los estilos de vida, igual que el modelo demográfico, no están dentro de los cuestionamientos cuando son los pilares esenciales del suicidio colectivo. Están fuera de la agenda, nadie los cuestiona, nadie los discute. Desmontar el modelo cultural es imposible y peligroso. Uno busca atenuarlo, pero no se puede hacer mucho más. Las cartas parecen echadas.
 
Eso suena muy terminante, como si ya hubiéramos traspasado el famoso “punto de no retorno”.
 
En cierto sentido es así. La curva predominante que define nuestro funcionamiento socioambiental es exponencial: 2...4…8...16…32, cuando para que exista cierta armonía entre la biodiversidad, el ambiente y la cultura esa curva debería ser sigmoide, una S, tener un límite: crezco hasta donde el sistema me permite crecer sin afectarme a mí mismo ni a mis descendientes. El problema es que todos los países de la Tierra son exponencialistas, sin excepción. Por eso el lenguaje es cuánto creció la economía; se privilegia el crecimiento a la distribución. Si hay pobres, lo que se busca es aumentar la exponencial para darles algo en lugar de distribuir lo mucho que tienen los ricos. Nadie apuesta a la sigmoide ni a los límites, sino al crecimiento. En los ecosistemas ocurre lo contrario. La biodiversidad no se pregunta cuánto crecimos sino cómo logro mantenerme, pero ninguno de nuestros modelos de convivencia con el ambiente, ni siquiera los más benignos, siguen ese camino.
 
Y según su punto de vista es imposible recuperar esa curva sigmoide...
 
No hay forma de vivir sin producir impacto ambiental. Aun la más delicada agricultura orgánica termina quitando nutrientes del suelo, y mientras la producción fue al mismo ritmo que el resto de la biodiversidad la cosa funcionó. Cuando se puso en marcha la agricultura a gran escala el sistema se hizo insustentable, y hoy estamos metidos en una trampa. Volver a la sigmoide implicaría cambios tan dramáticos que, en principio, quien lo intente acabará en una zanja. Se van a pelear para pegarle un tiro. La lucha actual pasa por atenuar la curva, no por cambiarla, y eso ya es una tarea inmensa.
 
Sigo sin entender bien dónde está la trampa.
 
Llegamos a tal tamaño de la población mundial que su subsistencia depende de un sistema agrícola que ya definimos como insostenible y condena a muerte a mucha gente. Ahora vamos a suponer que ese sistema se transforma íntegramente en uno más blando, orgánico, sin fertilizantes ni plaguicidas. Debe enfrentarse con una población inmensa que quiere comer todos los días, por lo que necesitará más superficie y que los suelos se mantengan en condiciones. Inexorablemente habrá menos alimentos y también morirá más gente. Ahí está la trampa: el sistema que adoptamos no tiene probabilidades de supervivencia, pero es muy difícil salir de él.
 
El eje de su visión está en la biodiversidad, en que la humanidad va dejando que desaparezca por pura aprensión o ignorancia.
 
En términos de proyección, la única herramienta que el ser humano tiene para sobrevivir es la biodiversidad. No hay sustituto. El cambio climático, que es la cuestión ambiental que con más éxito ha logrado penetrar en la vida cotidiana de la gente, se puede solucionar con tecnología. La biodiversidad, no. Cada cosa que se pierde no se recupera. Nosotros podemos volver a plantar árboles en un lugar determinado, pero no se pueden plantar ecosistemas. Esto solo puede hacerlo la propia biodiversidad remanente, lo que quedó de lo que había originalmente, y eso demora muchísimo tiempo, cada vez más. Si el mismo asteroide que hizo desaparecer a los dinosaurios hace millones de años volviera a golpear la Tierra la recuperación sería espantosamente más larga porque hay menos biodiversidad disponible para producir la regeneración.
 
¿Es negligencia? ¿O quizás no sepamos del todo bien de qué estamos hablando?
 
Sabemos poco. Se ve lo más grueso, los árboles de un bosque, pero no los virus, los hongos y las bacterias que lo habitan. Por ejemplo, en los océanos hay organismos predadores de virus que ejercen un control natural y ejercen de “vacuna ecosistémica”. Al simplificar la ecología vamos eliminando esas especies raras que se encuentran en la base del sistema y son claves para cambiar líneas evolutivas y dar respuesta a nuevas situaciones ambientales. Y le aseguro que no hay especie más simplificadora que nosotros: más que “homo sapiens” somos “homo simplificans”. Ni siquiera hemos aprendido a coexistir con la biodiversidad.
 
¿Hay alguna solución a mano para empezar a hacer mejor las cosas?
 
El tema demanda inteligencia, colectiva y gubernamental. La caza, la pesca, los cultivos, las explosiones nucleares, los incendios, las deforestaciones, son factores de reducción de la biodiversidad. Ahora mismo habría que conservar todo lo que se pueda de la mejor manera posible. No se debería tocar ni una hectárea más de ambiente nativo, ni en las áreas protegidas ni en las que no lo están. Ya no alcanza solo con tener parques nacionales.
 
Europa decretó que 2035 es el año límite para los vehículos que utilizan combustibles fósiles y varios países punteros están cerrando sus centrales nucleares, ¿no le parece buena noticia?
 
Está bien que crezcan las fuentes no convencionales y más sustentables, pero donde realmente habría que apuntar es hacia la inequidad y el despilfarro. La megaminería consume energía a niveles absurdos y en las casas el que tiene dinero puede mantener encendidos todos sus dispositivos y sus luces durante las 24 horas que nadie le pondrá un límite. Así, sólo ahorran los sectores que deben hacer malabarismos para poder pagar la poca electricidad que consumen. Buscar más energía limpia es apenas una parte de la realidad, pero mientras las decisiones se tomen solo en función de compartimentos estancos, separados e incompletos va a seguir siendo un ensayo de prueba y error disfrazado de capacidad experta, y continuaremos fallando. No hay miradas integrales y no creo que sea casual, porque es un sistema que termina conviniendo a los gobiernos o a los intereses que representa.
 
¿Qué debería abarcar una mirada integral?
 
Al plantearse una obra o una infraestructura no habría que tener en cuenta solo la obra en sí misma sino también su relación con el resto. Para hacer una central hidroeléctrica hay que mirar cómo funcionan las fuentes hídricas, si se propone usar lámparas LED se tendrá que estudiar qué pasa con los metales usados en su fabricación, y lo mismo en cada caso. Pero los gobiernos, en general, tienden a eludir estos mecanismos.
 
¿Qué es lo más preocupante de las modificaciones que incorpora la Ley de Glaciares?
 
Las modificaciones rompen el espíritu muy solvente de la ley anterior, así como con el criterio de glaciares como ecosistemas y de su conjunto como un gran sistema nacional. No se puede entender lo que está pasando ahora si no se entiende cuál fue la filosofía subyacente en la aprobación original de la ley en 2010, que asume que todas las masas glaciares del país asociadas a la Cordillera de los Andes arman un sistema que no se puede particionar en los glaciares de San Juan, los de Mendoza o los de Neuquén, por ejemplo. Además, se basa en un relevamiento con muy buena ciencia, hecho por el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales. Y no solo eso: esta Ley, que fue modelo para América Latina, se aprobó con un consenso muy fuerte, ya que en su elaboración participaron universidades, centro de investigación, ONGs y asambleas. Y hay que tener en cuenta que, en esa época, el gobierno también era pro megaminería y pro agricultura industrial.
 
¿Cuál es el riesgo ecosistémico de flexibilizar esa protección y delegarla en las provincias?
 
Es que los glaciares no son solamente hielo. Son ecosistemas muy complejos, con su propia biodiversidad, que se formaron a lo largo del tiempo y que vienen teniendo ciclos en los que la nieve los hace crecer y renovarse, mientras que el derretimiento los hace bajar de volumen. Son como cajas de ahorro milenarias de recursos hídricos, que tienen un efecto geomorfológico muy importante, ya que terminan modificando los ambientes donde funcionan, en las zonas altoandinas de toda la zona cordillerana, en las que hay sistemas climáticos diferentes. Por ejemplo, no es lo mismo un glaciar ubicado en el norte del país que uno ubicado en la zona patagónica. Y la lista podría ser mucho más amplia, pero lo que quiero decir que este sistema glacial no puede dividirse en trozos.
 
¿En qué sentido se refiere a los glaciares como cajas de ahorro milenarias?
 
Pensemos en cómo se forman: los glaciares “comen” nieve, es decir, que reciben la nieve que los va alimentando, y a su vez, tienen movimiento, particularmente los glaciares descubiertos. Eso quiere decir que hay una especie de mezcla dentro de los glaciares, con partes de hielo que han sido fabricadas con nieve más antigua y partes mucho más recientes alimentadas con la nieve más actual. Por lo tanto, un glaciar también es tiempo, no hay glaciares instantáneos. Por eso decía que son cajas de ahorro milenarias, lo que no quiere decir que la nieve más profunda tenga miles de años necesariamente, sino que ese ciclo de formación y derretimiento, que en general ha sido de aumento, o por lo menos de mantenimiento, y que ya está siendo afectado por el cambio climático global, ahora se ve amenazado por lo que representan las modificaciones que introduce el proyecto de La Libertad Avanza, que reduce los glaciares a meros proveedores de agua y deja que las provincias sean las que decidan si vale la pena o no mantenerlos.
 
¿Uno de los temores es que con la nueva ley se genere una flexibilización en los permisos para el desarrollo de actividades megamineras?
 
Claro. Y el problema es que las provincias que tienen glaciares importantes tienen antecedentes vinculados a la megaminería, como Mendoza y San Juan, y estas modificaciones le abren las puertas a la megaminería en lugares adonde hoy no está permitida. Más alarmante aún es que estas modificaciones han sido propuestas por empresas cuyas casas matrices están en otros países. Particularmente, la clave de esto es el denominado Proyecto Vicuña, que surge tras la alianza de dos empresas, la canadiense Lundin Mining y la australiana BHP, que en enero de 2025 formaron Vicuña Corp para la extracción de cobre, oro y plata de los yacimientos en el norte de San Juan. Se dice que las empresas mineras en su conjunto habrían asegurado que invertirían cuarenta mil millones de dólares en la Argentina, siempre en el marco del RIGI.
 
Esto se suma a otros proyectos megamineros que desde hace años generan controversias en el país. Incluso, existen antecedentes de accidentes ambientales vinculados a empresas extranjeras, como la canadiense Barrick Gold, también en San juan.
 
Sí. Es muy interesante ver el comportamiento de Barrick Gold en Veladero, en la mina de oro que en este momento opera en San Juan y tiene un récord impresionante de desmanejos ambientales, de contaminación, de escapes de cianuro. Esto es ejemplo de que cuando se le abren las puertas a las megamineras, sobre todo las que tienen sus casas centrales fuera del país, no solamente se está haciendo una geopolítica de la dependencia, sino también algo mucho más peligroso, que es desarticular los mecanismos de regulación de una cantidad de funciones estatales que protegen a los ciudadanos. Los controles internos que deberían tener esas empresas megamineras, que ya en los gobiernos anteriores eran muy endebles, lo van a ser todavía más y con menor capacidad de proteger a los ciudadanos.
 
¿Qué riesgos implica esto para la población?
 
Al no haber una suerte de salvaguarda en base al manejo de los glaciares, los riesgos sobre la población serán mucho mayores porque el funcionamiento de los glaciares no solamente tiene que ver con el lugar en el que se encuentran los recursos, sino que muchas veces incide en otras provincias, ya que el funcionamiento del sistema de cuencas hídricas pasa fuera de los límites provinciales. Además, también incide en términos climáticos, en todo lo que tiene que ser un adecuado funcionamiento de los distintos ecosistemas.
 
¿Por qué es importante conocer el funcionamiento de los glaciares?
 
Para que sea compatible con nuestra propia supervivencia. Asumamos que esas actividades de megaminería hacen desaparecer los glaciares. No solamente puede desaparecer una reserva de agua para distintas generaciones, sino que también hay una cantidad de otras funciones muy importantes que cumplen los glaciares y que van a dejar de estar si se avanza con esto. Necesitamos glaciares en buen funcionamiento, aunque de ellos no saquemos el cobre o el oro que pueda haber debajo porque, en última instancia, la contribución de estos minerales a la supervivencia de nuestra especie será irrelevante.