20 de mayo de 2008

Tahuantinsuyo: el peón, la mujer, la burocracia.

La sociedad incaica tenía una rígida estructura piramidal, en cuyo vértice superior estaba el Sapa Inca, el emperador de todo, el hijo del Sol, susten­tado por un estrato de administradores de sangre real, los "curacas", quienes obraban como jefes políticos de los "ayllus" o comunidades.
Entre éstos, los "suyuyuc apus" o "apocunas" se responsabilizaban del gobierno de cada una de las cuatro regiones o "suyus". Por cada diez mil súbditos había un funcionario conocido co­mo "honocuraca" y así sucesivamente hasta llegar a la autoridad mínima, el "canchaca mayoc". De este modo, mediante una perfecta ramificación nadie escapaba al control del Sapa Inca. Inca sólo ha­bía uno, el Sapa Inca, y si se aplica el nom­bre al pueblo por él gobernado es por exten­sión. La casta gobernante creó su propia historia e hizo desaparecer todo recuerdo anterior a ella.
Lo que se sabe de civilizaciones previas, es por los restos encontrados en las tumbas preincaicas que hay en la región. Esas culturas anteriores habían alcanzado un buen grado de desarrollo, como las construcciones con piedra seca (sin argamasa ). Entre esas culturas se puede mencionar la de Chavín; la de Paracas, con sus soberbios tex­tiles; la Máchica, donde aparecen los patro­nes sociales que habrían de refinar los incas; la Nazca (o Nasca), famosa por su cerámica y el trazo de las gigantescas y misteriosas figuras del desierto y los imperios de Tiahuanaco y Chimor, contemporáneos de los comienzos de la expansión inca y derrotados por ésta.
Los incas aportaron importantes innova­ciones. La primera de ellas fue quizá la im­posición del quechua como lengua oficial, que hasta la fecha es la lengua indígena que cuenta con más hablantes en América. Pero la base del imperio era el rígido control de los dominados. La propiedad privada no existía: la uni­dad de trabajo era la organización básica llamada "ayllu", que ocupaba un área determi­nada en donde se practicaba un tipo de tra­bajo colectivista en el que algunos autores han pretendido ver un principio socialista; aunque la propiedad no era comunal sino que por el contrario descansaba exclusiva­mente en las manos del emperador, dueño del Tahuantinsuyo (imperio).
En una sociedad que no tenía propiedad individual ni una economía monetaria, el concepto del valor estaba re­presentado por la "mita", la obligación de todo individuo de ejecutar una determinada tarea de trabajo, ya fuera agrícola, artesanal, en las minas o en las obras públicas. Los alimentos eran almacenados para su reparto entre toda la población. Ya fuera maíz, pescado seco, algodón, telas, sandalias o cuerdas, todo era conservado en los graneros reales y así lo vieron los primeros cronistas españoles como Francisco de Jerez (1504-1554), quien citaba que estos bienes estaban ordenados en cestos apilados hasla el techo como en las bodegas europeas.
En ocasiones, todos los habitantes de un "ayllu" estaban destinados a una mita especial; por ejemplo, ser portadores de las literas reales, llevar mensajes o conservar los gran­des puentes, como era el caso de quienes vi­vían en la aldea de Curahuasi, encargados de mantener en buenas condiciones el gran puente colgante Huacachaca sobre la gar­ganta del Apunmac. Tan profundamente arraigada estaba esta costumbre, que siguie­ron cuidando del puente hasta 1840, años después de establecido el régimen republi­cano.
Componían el "ayllu" los "puric" o peones, es decir, todos los varones cuya edad y salud fuesen compatibles con el trabajo agrícola, y sus familias, los "hantunruna". No existía la posibilidad de que un "puric" saliera de su "ayllu". Allí donde nacía, allí moría. Con ellos, esto es, con la explotación de su mano de obra, se cimentó el crecimiento del imperio.
El sistema funcionaba en base a un es­tricto patrón decimal, cuya herramienta de cómputo era el "quipu", un conjunto de nudos que hábiles contadores manejaban con gran destreza. El cronista español Pedro Cieza de León (1520-1554), que escribió inmediatamente después de la sanguinaria conquista, afir­mó que en la capital de cada provincia había contables que eran llamados "quipu camayocs" los cuales al cabo de uno, diez o veinte años daban cuenta al supervisor del Estado de una manera tan exacta que "ni siquiera fal­taba un par de sandalias".Este cálculo decimal comenzaba ya desde el "puric": diez de ellos estaban sometidos a un capataz; diez capataces estaban a las órdenes de un encargado y diez encargados obedecían a un jefe, y así sucesivamente por aldeas, tribus, provincias, por cuartas partes del imperio hasta el Inca mismo. Esta organización demandó una impresionante burocracia calculada en unos 1.331 funcionarios por cada 10.000 habitantes.
También en la élite ocurría otro tanto. Los "orejones" eran de sangre real, pero nacían y morían dentro del "ayllu" del Inca, aunque su vida era mejor. Para distinguirse del vulgo se perforaban las orejas y el orificio era en­sanchado para que en él cupiera un adorno de oro o joyas, según su posición. En cuanto al resto de los varones, se podía alcanzar la posición de "curaca" o administra­dor, pero no más.
El caso de las mujeres resultaba muy dis­tinto. Al llegar a la pubertad se las sometía a la ceremonia de peinar sus cabellos. Cuan­do alguna era particularmente hermosa o poseedora de cierta habilidad, como tejer, podía ser destinada a cualquiera de los colegios internados de las provincias y aun del propio Cusco (o Cuzco). Así se le abría la po­sibilidad de contraer matrimonio con algún noble o incluso llegar a convertirse en hija del Sol, o sea, concubina del Inca.
El Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), hijo de la princesa Isabel Chimpu Ocllo y del capitán conquistador Sebastián Garcilaso de la Vega, en sus "Comentarios reales" (1609) describió detalladamente la condición femenina en el Imperio Inca.Las "vírgenes del Sol" constituían la flor y la nata, eran de sangre real y se alojaban cerca del Templo del Sol, en Cusco. Se las elegía desde la pubertad para que no hu­biera dudas de su doncellez, y tenían que ser bellísimas. Sumaban unas 1.500. Al lle­gar a la madurez, algunas eran nombradas "mamaconas" y se hacían cargo de 500 vír­genes. Todos los utensilios de mesa eran de oro, y además las doncellas tenían derecho a poseer un jardín enrejado con muebles preciosos. Si alguna faltaba a su voto de castidad se la enterraba viva, y su cómplice, con mu­jer, hijos, servidumbre y parientes próximos eran condenados a la horca. Pero además se daba muerte a sus llamas, se derribaba su casa y sobre su campo se esparcían piedras para que nada se volviera a cultivar. Las "vírgenes del Sol" tenían por come­tido tejer las ropas del Inca y de su Coya, que era su esposa, elegida entre sus herma­nas. Si alguna de estas vírgenes provincianas lle­gaba a acostarse con el Inca, era llevada al palacio real para servir a la reina, hasta el día en que fuera devuelta a su provincia, rica­mente dotada de tierras y privilegios.
La mujer común, mientras tanto, se dedicaba al cuidado de la casa, hilaba y tejía, aunque poco, pues la vestimenta india -según cuenta Garcilaso- tenía una sola pieza. Hombres y mu­jeres trabajaban juntos en los campos. Estaba permitida la prostitución, pero las rameras vivían solas en el campo en misera­bles chozas y se les prohibía acudir a poblado para que ninguna mujer pudiera verlas.La disciplina impuesta por la organización social de los incas era tan poderosa que creó verdaderos reflejos condicionados, capa­ces de operar independientemente de cual­quier otra motivación. La agricultura forma­ba parte de esa disciplina y estaba tan arrai­gada que cuando en el año 1536 los indíge­nas reaccionaron ante los conquistadores sitiando la ciudad de Cusco donde se habían hecho fuertes los espa­ñoles, al llegar la época de la siembra el ejército inca se desbandó porque sus in­tegrantes partieron hacia los campos de cul­tivo.