LA DESESPERACIÓN DE LAS
LETRAS
Ginés S. Cutillas
España (1973)
Estaba viendo la tele cuando oí un fuerte estruendo detrás de mí, justo en la biblioteca. Me levanté extrañado y fui a comprobar qué era. Una masa inconsistente de papel agonizaba a los pies de la estantería. La cogí entre mis manos y desmembrando sus partes pude adivinar que aquello había sido un libro, Crimen y castigo para ser exactos. No supe encontrar una explicación lógica a tan extraño incidente.
A la noche siguiente, estando de nuevo delante de la televisión, el inquietante ruido. Esta vez, irónicamente, había sido Ana Karenina quien se había convertido en un manojo de papel deforme que yacía a los pies de sus compañeros.
Unas noches más tarde me di cuenta de lo que ocurría: los libros se estaban suicidando. Al principio fueron los clásicos. Cuanto más clásico, más alta la probabilidad de estamparse contra el suelo. Después comenzaron los de filosofía, un día moría Platón y al otro Sócrates. Luego les siguieron autores contemporáneos como Hemingway, Dos Passos, Nabokov…
Mi biblioteca estaba desapareciendo a pasos agigantados. Había noches de suicidios colectivos y yo, por más que me esforzaba, no conseguía encontrar un rasgo común entre las obras kamikazes que me permitiera saber cuál iba a ser la siguiente. Una noche decidí no encender la televisión para vigilar atentamente los libros. Aquella noche no se suicidó ninguno.
UNA CABRIOLA
Américo Barracha
Argentina (1929-2001)
Nunca fue supersticioso. Cuando
se le cruzó el gato negro, en lugar de tomar una de las tantas actitudes anti
agoreras, le tiró un furibundo puntapié que el gato esquivó con una cabriola.
El impulso lo hizo caer hacia atrás. Se desnucó.
INTERVALO DE CINCO MINUTOS
Francis Picabia
Francia (1879-1953)
Yo tenía un amigo suizo llamado
Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió
hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de
una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a
poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara.
Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a
fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima… También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado… Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas…
ME CAIGO Y ME LEVANTO
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)
- Ella, tan famosa, se destacó
sobre todo por sus célebres caídas.
- Cuente, cuente, eso va a enriquecer mucho la biografía que estoy escribiendo.
- Como no, por una módica suma se las cuento.
- Acá tiene cien dólares y dígame, ¿fueron caídas en el vicio, en la droga, en la concupiscencia?
- Muchas gracias, pero nada de eso. En el suelo: ¡se dio cada porrazo!
DETRÁS DE LO OBVIO
Idries Shah
India (1924-1996)
Todos los viernes por la mañana
Nasrudín llegaba al mercado del pueblo con un burro que ofrecía en venta. El
precio que demandaba era siempre insignificante, muy inferior al valor del
animal. Un día se le acercó un rico mercader, quien se dedicaba a la compra y
venta de burros.
- No puedo comprender cómo lo hace, Nasrudín. Yo vendo burros al precio más bajo posible. Mis sirvientes obligan a los campesinos a darme forraje gratis. Mis esclavos cuidan de mis animales sin que les pague retribución alguna. Sin embargo, no puedo igualar sus precios.
- Muy sencillo -dijo Nasrudín-. Usted roba forraje y mano de obra. Yo robo burros.
SOMBRERO DE DOBLE COPA
Hugo López Araiza Bravo
México (1989)
El mago metió la mano en el
sombrero para realizar su acto final. Pero no logró sacarla. Una fuerza descomunal
tiró de él hasta succionarlo por completo. Del otro lado, un público de conejos
aplaudió su aparición.
A ENREDAR LOS CUENTOS
Gianni Rodari
Italia (1920-1980)
- Érase una vez una niña que se
llamaba Caperucita Amarilla.
- ¡No, Roja!
- ¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”.
- ¡Que no, Roja!
- ¡Ah!, sí, Roja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de patata”.
- No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
- Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
- ¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
- Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”.
- ¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”.
- Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
- ¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
- Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
- ¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
- Exacto. Y el caballo dijo…
- ¿Qué caballo? Era un lobo
- Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
- Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
- Bueno, toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico.
EL POBRE COCCHINO
Ludovico Domenichi
Italia (1515-1564)
El pobre Cocchino vivía en un
pequeño rancho con muy escasas pertenencias, y por lo tanto no se tomaba la molestia
de poner llave por las noches. Una vez, en medio de la noche, entró un ladrón y
fue derecho a la habitación donde Cocchino estaba durmiendo. El ladrón, en la
oscuridad, se puso a tantear con las manos en busca de algo que robar. Al
oírlo, Cocchino le dijo:
- Cuánto me alegraría que usted encontrara de noche lo que yo no logro encontrar de día.
VISÓN
Christiane Rochefort
Francia (1917-1998)
- Lo tendrás -le dice Julia-. Si
comienzas a trabajar desde ahora, podrás tenerlo para la Navidad próxima. Con
la posición que tiene Philippe, no puede llevar mucho tiempo a su mujer sin
visón: daría de qué hablar.
- El visón me importa un comino, no lo quiero.
- Vamos, no digas eso; no seas injusta. El visón está lleno de cualidades: es caliente, es ligero, es bonito, le va a todo el mundo y, además, es sólido. Y, en ciertos casos, puede durar más que el matrimonio.
UN PROBLEMA FILOSÓFICO
Blas Sewald
Argentina (1954)
Hubo un lavado estomacal. Fue
hace unos treinta años, creo. Abrí las ventanas del 5º piso en donde vivía, me
paré en la ventana y miré las hortensias del jardín, allá abajo. Quise lanzarme
al vacío, pero no lo logré. Luego vinieron las pastillas y el lavado estomacal
en el Hospital Alemán. Y la crisis posterior. Y todo lo demás. Incluso el
recuerdo de Hemingway. No hubo caso. El tiempo ha pasado, pero la angustia no.
Hoy ya hace mucho tiempo de todo aquello, pero el sentimiento reaparece una y
otra vez. Los días van pasando, bastante eufóricos por cierto, pero yo siempre
estoy alerta, esperando que el momento llegue. No sé cuándo será, pero creo que
está cada vez más cerca. El whisky no alcanza, los cigarrillos tampoco. Mi
histriónica amabilidad hacia los demás sólo sirve para autoengañarme, para
intentar autoconvencerme de que todos me aprecian, de que todos me necesitan,
pero en el fondo, muy en el fondo, sé que esto no es cierto. Me cuesta dormir por
las noches. Me despierto sobresaltado y apesadumbrado. Las preguntas retornan
una y otra vez. Y no tengo las respuestas. Sobre todo a aquella de Camus en
cuanto a cuál era el único problema filosófico verdaderamente serio. Y hasta
pensé en persuadir a mi mejor amigo, médico él, de que se convirtiese para mí
en el Max Schur de Freud, pero no me animé a transferirle tamaña
responsabilidad. De modo que tomé las pastillas, alrededor de un centenar, y
las desparramé sobre la mesa. La botella de JB está casi llena. Enciendo el
televisor y miro una vieja película de Antonioni que sólo consigue deprimirme
más. Y entonces comienzo el lento y sincopado movimiento de mi mano desde la
mesa hasta mi boca. Una pastilla, un trago, una pastilla, un trago. No sé
cuántas van, pero ya comienzo a sentir el sueño. Creo que esta vez, por fin,
será el definitivo.
Ginés S. Cutillas
España (1973)
Estaba viendo la tele cuando oí un fuerte estruendo detrás de mí, justo en la biblioteca. Me levanté extrañado y fui a comprobar qué era. Una masa inconsistente de papel agonizaba a los pies de la estantería. La cogí entre mis manos y desmembrando sus partes pude adivinar que aquello había sido un libro, Crimen y castigo para ser exactos. No supe encontrar una explicación lógica a tan extraño incidente.
A la noche siguiente, estando de nuevo delante de la televisión, el inquietante ruido. Esta vez, irónicamente, había sido Ana Karenina quien se había convertido en un manojo de papel deforme que yacía a los pies de sus compañeros.
Unas noches más tarde me di cuenta de lo que ocurría: los libros se estaban suicidando. Al principio fueron los clásicos. Cuanto más clásico, más alta la probabilidad de estamparse contra el suelo. Después comenzaron los de filosofía, un día moría Platón y al otro Sócrates. Luego les siguieron autores contemporáneos como Hemingway, Dos Passos, Nabokov…
Mi biblioteca estaba desapareciendo a pasos agigantados. Había noches de suicidios colectivos y yo, por más que me esforzaba, no conseguía encontrar un rasgo común entre las obras kamikazes que me permitiera saber cuál iba a ser la siguiente. Una noche decidí no encender la televisión para vigilar atentamente los libros. Aquella noche no se suicidó ninguno.
Américo Barracha
Argentina (1929-2001)
El impulso lo hizo caer hacia atrás. Se desnucó.
Francis Picabia
Francia (1879-1953)
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima… También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado… Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas…
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)
- Cuente, cuente, eso va a enriquecer mucho la biografía que estoy escribiendo.
- Como no, por una módica suma se las cuento.
- Acá tiene cien dólares y dígame, ¿fueron caídas en el vicio, en la droga, en la concupiscencia?
- Muchas gracias, pero nada de eso. En el suelo: ¡se dio cada porrazo!
Idries Shah
India (1924-1996)
- No puedo comprender cómo lo hace, Nasrudín. Yo vendo burros al precio más bajo posible. Mis sirvientes obligan a los campesinos a darme forraje gratis. Mis esclavos cuidan de mis animales sin que les pague retribución alguna. Sin embargo, no puedo igualar sus precios.
- Muy sencillo -dijo Nasrudín-. Usted roba forraje y mano de obra. Yo robo burros.
Hugo López Araiza Bravo
México (1989)
Gianni Rodari
Italia (1920-1980)
- ¡No, Roja!
- ¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”.
- ¡Que no, Roja!
- ¡Ah!, sí, Roja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de patata”.
- No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
- Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
- ¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
- Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”.
- ¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”.
- Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
- ¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
- Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
- ¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
- Exacto. Y el caballo dijo…
- ¿Qué caballo? Era un lobo
- Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
- Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
- Bueno, toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico.
Ludovico Domenichi
Italia (1515-1564)
- Cuánto me alegraría que usted encontrara de noche lo que yo no logro encontrar de día.
Christiane Rochefort
Francia (1917-1998)
- El visón me importa un comino, no lo quiero.
- Vamos, no digas eso; no seas injusta. El visón está lleno de cualidades: es caliente, es ligero, es bonito, le va a todo el mundo y, además, es sólido. Y, en ciertos casos, puede durar más que el matrimonio.
Blas Sewald
Argentina (1954)