25 de febrero de 2026

Albert Camus: "La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa"

El escritor y filósofo Albert Camus (1913-1960) nació en Argelia cuando el país africano estaba bajo dominio francés. Su padre era un modesto agricultor galo que falleció durante la Primera Guerra Mundial en la batalla del Marne a los pocos meses de su nacimiento, y su madre era una mujer analfabeta de origen español. Su niñez transcurrió en uno de los barrios más pobres de Argel con ausencia absoluta de libros y revistas. Gracias a una beca que recibían los hijos de las víctimas de la guerra, pudo comenzar a estudiar y a tener los primeros contactos con los libros. En medio de dificultades económicas, cursó su primaria y culminó el bachillerato. Muy aplicado en los estudios, una vez terminada la educación secundaria -donde se interiorizó en la obra de filósofos como Arthur Schopenhauer (1788-1860) y Friedrich Nietzsche (1844-1900)- consiguió una beca para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Argel mientras trabajaba en diversos oficios. Allí se graduó con una tesis sobre la relación entre el pensamiento clásico griego y el cristianismo a partir de los escritos de Plotino de Licópolis (204-270) y Agustín de Hipona (354-430).
Siendo muy joven contrajo tuberculosis, lo que no le impidió comenzar a escribir y ligarse a movimientos políticos de izquierda. Sus primeros textos fueron publicados en la revista “Sud” en 1932. Dos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como corresponsal en el periódico “Alger Républicain” -órgano de la coalición de partidos políticos de izquierda franceses llamado Frente Popular- viajando por diversos países de Europa. Las impresiones recogidas durante esos viajes las plasmó en “L'envers at l'endroit” (El revés y el derecho) y “Noces” (Bodas). Allí también publicó artículos en los que denunció los crímenes cometidos por las tropas enviadas por el presidente francés Albert Lebrun (1871-1950) contra los musulmanes en Cabilia, la región ubicada en el norte de Argelia en la costa del Mar Mediterráneo, los cuales recogió en “Misére de la Kabylie” (La miseria de la Cabilia). En 1939 se presentó al ejército como voluntario, pero no lo aceptaron por su delicada salud. Al año siguiente, debido a las presiones políticas que comenzó a sufrir cuando el gobierno argelino prohibió la publicación del diario, viajó a París donde trabajó primero como redactor y luego como secretario de redacción del diario “Paris Soir”. Gran amante del teatro, creó, dirigió y actuó en una compañía llamada “Theatre du Travail”, la que luego pasó a llamarse “Theatre de l'Equipe”, una entidad formada por actores aficionados que representaba obras clásicas ante un auditorio integrado por trabajadores.
Durante la Segunda Guerra Mundial se unió a la Resistencia y dirigió el periódico “Combat”. Vinculado al denominado movimiento libertario y miembro de la Fédération Anarchiste, comenzó a escribir en publicaciones anarquistas como “Le Monde Libertaire” y “Le Révolution Proletarienne”. Su obra literaria comenzó ligada al existencialismo, como se aprecia en “L'étranger” (El extranjero), aunque luego fue alejándose tanto del marxismo como del existencialismo y se opuso también al cristianismo cultivando lo que llamó la “Filosofía del absurdo”. En los primeros años de la década del '40 escribió el ensayo “Le mythe de Sisyphe” (El mito de Sísifo)", y las obras teatrales “Le malentendu” (El malentendido) y “Caligula” (Calígula). La novela “La peste” (La peste), una alegoría sobre la ocupación nazi publicada en 1947, le valió el reconocimiento de la crítica y el público. Más tarde examinó la ideología y las formas revolucionarias en el ensayo “L'homme révolté” (El hombre rebelde).
En agosto de 1949, su editor le propuso que visitara la Argentina. En Buenos Aires tenía una admiradora que era también su traductora, Victoria Ocampo (1890-1979). La fundadora y editora de la revista “Sur” había traducido y publicado en esa revista el drama “Calígula” y lo invitó a dar algunas conferencias. Pero su salud, afectada por la tuberculosis, le impidió realizarlas. Por esa razón pasó sólo dos días en Buenos Aires, más precisamente en la residencial mansión que la familia Ocampo tenía en la localidad de Beccar, en el partido de San Isidro situado en la zona norte del Gran Buenos Aires. Allí, junto a su anfitriona escuchó óperas del compositor británico Benjamin Britten (1913-1976) y leyó poemas del escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867). Tiempo después escribió en su diario de viaje: “Hay paz, provisional, en esta casa”. Fue su único comentario sobre su experiencia en la Argentina.
Ya en plena década del '50, mientras trabajaba como periodista en el periódico “L'Express” escribió “La chute” (La caída), un largo monólogo en el que ejerció tanto la autocrítica como la crítica de la sociedad de su tiempo, y “Réflexions sur la guillotine” (Reflexiones sobre la guillotina), ensayo en el que denunció la pena de muerte. También publicó sus crónicas periodísticas bajo el título “Chroniques alegeriennes” (Crónicas argelinas) y tradujo al francés las obras teatrales “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega (1562-1635) y “La devoción de la cruz” de Pedro Calderón de la Barca. Otras obras importantes de Camus a partir de entonces fueron “L'été” (El verano) y “L'exil et le royaume” (El exilio y el reino), dejando al momento de su prematura muerte dos novelas inconclusas que serían publicadas póstumamente: “Le premier homme” (El primer hombre) y “La mort heureuse” (Una muerte feliz).
A Albert Camus la Academia Sueca le concedió en 1957 el máximo galardón de las letras, el Premio Nobel de Literatura, “por el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad”. En su discurso de aceptación del premio recalcó: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza”.
Esta condecoración se produjo apenas tres años antes de que muriera en un accidente en la Route Nationale 5 a la altura de la pequeña localidad de Villeblevin ubicada en Sens, el distrito localizado en el departamento de Yonne de la región de Borgoña. Camus había celebrado el año nuevo de 1960 en su casa de Lourmarin en la región de Provenza en compañía de su editor y amigo Michel Gallimard (1917-1960). En la mañana del 4 de enero ambos se dirigían a París y en el trayecto, cerca de las 14 hs. poco después de atravesar la comuna de Pont-sur-Yonne, el coche conducido por Gallimard chocó contra un árbol. Camus, que iba en el asiento del copiloto, murió en el acto, mientras que el director de la casa editorial Éditions Gallimard quedó gravemente herido y falleció cinco días después. Así, prematuramente, el mundo se despidió del gran filósofo que alguna vez había dicho que “juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder la pregunta fundamental de la filosofía”. Para él, la vida debía ser transitada a pesar o en convivencia con el absurdo existencial que impone.


En el ejemplar del día de Navidad de 1951, el periódico francés “Le Progrés de Lyon” publicó la siguiente entrevista a Camus en la que el escritor filosofó sobre el odio y la mentira, dos sustantivos que hoy en día bien podrían aplicarse a una buena parte de las sociedades que habitan el mundo globalizado. Viendo la situación actual de la humanidad, es muy probable que el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831) tuviese razón cuando, cien años atrás, decía en su “Vorlesungen über die philosophie der geschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia) que “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”.
 
¿Cree usted lógico relacionar las palabras “odio” y “mentira”?
 
El odio es en sí mismo una mentira. Se calla instintivamente con relación a toda una parte del hombre. Niega lo que "en cualquier hombre" merece compasión. Miente, pues, esencialmente, sobre el orden de las cosas. La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues, un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.
 
En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no toma el odio frecuentemente la máscara de la mentira? ¿Y no es la mentira una de las mejores armas del odio, quizá la más pérfida y la más peligrosa?
 
El odio no puede tomar otra máscara, no puede privarse de esta arma. No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión. De diez periódicos, en el mundo actual, nueve mienten más o menos (que no tiene nada que ver con la neutralidad). Es que en grados diferentes son portavoces del odio y de la ceguera. Cuanto mejor odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de otra cosa, mi simpatía va hacia esos, escasos, que mienten menos porque odian mal.
 
Rostros actuales del odio en el mundo. ¿Los hay nuevos, propios de las doctrinas o de las circunstancias?
 
Por supuesto, el siglo XX no ha inventado el odio. Pero cultiva una variante particular que se llama el odio frío, en maridaje con las matemáticas y las grandes cifras. La diferencia entre la matanza de los Inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que, en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, han sido privados de hogar, deportados o matados? He ahí en lo que se ha convertido la tierra del humanismo, que, a pesar de todas las protestas, es como debemos seguir llamando a esta vergonzosa Europa.
 
¿Importancia privilegiada de la mentira?
 
Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira es que siempre vence al que pretende servirse de ella. Por ello los servidores de Dios y amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre desde el momento que consienten en la mentira por razones que creen superiores. No, ninguna grandeza se ha establecido jamás sobre la mentira. La mentira, a veces, hace vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste en primer lugar en batirse en duelo. Consiste, en primer lugar, en no mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir unas prisiones para cerrar otras. Consiste, en primer lugar, en no llamar “mínimo vital” a lo que apenas si basta para hacer que viva una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.
 
¿Asistimos a una regresión del amor y de la verdad?
 
En apariencia, hoy todo el mundo ama a la humanidad (del mismo modo que uno puede amar que le sirvan un filete de ternera poco hecho) y todo el mundo posee una verdad. Pero es el extremo de una decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.
 
¿Dónde están los “justos” en el momento actual?
 
La mayor parte, en las prisiones y en los campos de concentración. Pero también están allí los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otra parte, dictando sus órdenes al mundo.
 
¿En las circunstancias actuales, no podría ser la fiesta de Navidad un motivo para reflexionar sobre la idea de una tregua?
 
¿Y por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días son también la injusticia y la verdadera rebelión.
 
¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué clase?
 
La que obtendremos al término de una resistencia sin tregua.
 
Usted ha escrito en “El mito de Sísifo”: “No hay más que una acción útil: la que rehiciese al hombre y a la tierra. Yo no reharé jamás a los hombres. Pero hay que hacer ‘como si’”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea en el marco de nuestra entrevista?
 
Yo era entonces mucho más pesimista de lo que soy ahora. Es cierto que nosotros no reharemos a los hombres. Pero no los rebajaremos. Por el contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros mismos y en los demás. No nos ha sido prometida el alba de la verdad; no hay contrato, como dice Louis Guilloux. Pero está por construirse la verdad, como el amor, como la inteligencia. En efecto: nada es dado ni prometido, pero todo es posible para quien acepta empresa y riesgo. Es esta apuesta la que hay que mantener en esta hora en que nos ahogamos bajo la mentira, en que estamos arrinconados contra la pared. Hay que mantenerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.

17 de febrero de 2026

Cuentos selectos (XXXIX). George Mikes: “Té”

El escritor George Mikes (1912-1987) nació en Siklós, una ciudad del condado de Baranya ubicado en el sur de Hungría. Impulsado por su padre, un exitoso abogado, estudió en la Facultad de Derecho de la Pázmány Péter Királyi Egyetem de Budapest, una de las más antiguas universidades húngaras. Ejerció un breve tiempo esa profesión, pero rápidamente se volcó al periodismo trabajando para el periódico “Reggel” y para la revista “Színházi Élet”. En 1938 fue enviado a Londres como corresponsal de los periódicos “Reggel” y “8 Órai Ujság” para cubrir el impacto que tenía por entonces el Acuerdo de Munich, un tratado firmado entre Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido representados por Hermann Göring (1893-1946), Édouard Daladier (1884-1970), Benito Mussolini (1883-1945) y Arthur Chamberlain (1869-1940) respectivamente, mediante el cual Alemania se anexionó la región de los Sudetes de Checoslovaquia. Fue un pacto que aceleró el estallido de la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939.
Poco después se enteró de la cantidad de ciudadanos judíos de Alemania que se habían refugiado en Hungría ante la persecución ejercida por el nazismo. Como sus antecedentes familiares eran de origen judío, poco antes de que estallara el terrible conflicto armado que duraría seis años y se convertiría en el más mortífero de la historia, decidió no regresar a su país natal y se radicó en Inglaterra, país en el cual se naturalizó como ciudadano británico y permaneció el resto de su vida. Fue allí donde trabajó en diversos periódicos y revistas británicas, entre ellos la sección húngara de la “BBC”, “The Observer”, “The Times Literary Supplement” y “Encounter”, y escribió decenas de libros, la mayoría de ellos humorísticos, desenfadados y colmados de agudas observaciones e ingeniosos y satíricos comentarios sobre la política, las costumbres sociales y las debilidades nacionales. Por nombrar sólo algunas de sus obras, se pueden citar “We were there to escape” (Estuvimos allí para escapar), “Milk and honey. Israel explored” (Leche y miel. Israel explorado), “The land of the rising yen” (La tierra del yen en alza), “Shakespeare and myself” (Shakespeare y yo), “How to scrape skies” (Cómo raspar los cielos), “How to be inimitable” (Cómo ser inimitable), “How to be decadent” (Cómo ser decadente), “How to be a guru” (Cómo ser un gurú), “How to be poor” (Cómo ser pobre), “How to be God” (Cómo ser Dios), “How to be a yank” (Cómo ser un yanqui) y “How to be a brit” (Cómo ser británico).
En este último recordó sus primeros días en Inglaterra: “Cuando me enviaron a Inglaterra en 1938, creía saber inglés bastante bien. En Budapest, mi inglés resultó ser suficiente. Podía desenvolverme bien. Al llegar a este país, descubrí que el inglés de Budapest era bastante diferente del de Londres. No quisiera parecer parcial, pero el inglés de Budapest me pareció mucho mejor en muchos aspectos. En Inglaterra, encontré dos dificultades. Primero: no entendía a la gente y segundo: ellos no me entendían. Era más fácil con textos escritos. Siempre que leía un artículo editorial en ‘The Times’, lo entendía todo perfectamente, excepto que nunca podía distinguir si ‘The Times’ estaba a favor o en contra de algo. En aquel entonces, lo atribuía a mi desconocimiento del inglés”. Y también vertió numerosos comentarios satíricos sobre sus habitantes: “Los británicos son valientes. Pueden enfrentarse a todo, menos a la realidad”, o “Los centroeuropeos se congregan en los cafés porque quieren conocer gente con intereses similares y porque les encantaba conversar. Van a los cafés porque allí pueden conversar; los ingleses van a sus clubes porque allí deben guardar silencio. La primera ley de la vida social inglesa es que no se debe hablar; la segunda, que si se debe hablar no se debe hablar de nada que pueda interesar a uno mismo o a la otra persona”, o “El instinto natural de los ingleses es el aislamiento. Por eso abandonan sus hogares y se congregan en clubes. Un club es un lugar donde cientos de ingleses pueden estar solos. Las mentes más brillantes del mundo literario, jurídico y político se reúnen, se sientan y guardan silencio sobre las cuestiones candentes del día”.


En 1946 publicó “How to be an alien” (Cómo ser un extraterrestre), obra en la cual también satirizó sobre los ingleses con sarcasmos como: “En el continente europeo la gente tiene buena comida; en Inglaterra la gente tiene buenos modales en la mesa”, “En el continente europeo las personas tienen vida sexual; los ingleses tienen bolsas de agua caliente”, “En Inglaterra es de mala educación afirmar algo con aplomo. Puedes opinar que dos y dos son cuatro, pero no debes afirmarlo rotundamente, pues en un país democrático otros pueden opinar distinto” y “Un inglés, incluso estando solo, formará una cola ordenada de una persona”. Justamente a ese libro pertenece el cuento “Tea” (Té), el cual puede leerse a continuación.
  

 
El problema con el té es que originalmente era una bebida muy buena. Por ese motivo, un grupo de los más eminentes científicos británicos juntaron sus cabezas y efectuaron complicados experimentos biológicos para encontrar una forma de echarlo a perder.
Para gloria eterna de la ciencia británica, sus esfuerzos dieron fruto. Lo que postularon fue que, si no se lo toma solo, o con limón, con ron o con azúcar, sino agregándole unas gotas de leche fría y sin endulzar, se alcanza el objetivo propuesto. Una vez que esta refrescante y aromática infusión oriental se transformó en un brebaje incoloro e insípido apto para hacer gárgaras, fue inmediatamente adoptada como bebida nacional de Gran Bretaña e Irlanda, si bien mantuvo, o mejor dicho usurpó, el altisonante título de té.
Hay ocasiones en las que no se debe rechazar una taza de té si no se quiere correr el riesgo de ser catalogado como un espécimen exótico y bárbaro sin esperanzas de poder encontrar alguna vez un lugar dentro de la sociedad civilizada.
Si te invitan a visitar un hogar inglés, a las cinco de la mañana te servirán una taza de té. Puede traértela tanto una anfitriona de franca sonrisa como una mucama de silencio casi malévolo. Cuando te hayan arrancado del más
dulce sueño matinal, no deberás decir: “Señora (o Mabel), considero que usted es una persona cruel, desalmada y maligna que no se merece vivir”. Por el contrario, deberás declarar con tu mejor sonrisa de cinco de la madrugada: “Muchísimas gracias. No sabe cuánto disfruto de la primera taza de té del día, especialmente a una hora tan temprana”. Si te dejaran solo con el líquido, podrás volcarlo en el lavatorio.
Más tarde te servirán té con el desayuno; luego, a las once de la mañana, después de almorzar, a la hora del té, al terminar de cenar y nuevamente a las once de la noche.
Por ningún motivo deberás rehusar una taza de té extra en las siguientes circunstancias: si hace calor; si hace frío; si estás cansado; antes de salir; si no estás en tu casa; si acabas de volver a tu casa; si tienes ganas; si no tienes ganas; si hace rato que no tomas té; si acabas de tomar una taza.
Y de ninguna manera deberías seguir mi ejemplo. A las cinco de la mañana siempre estoy dormido; desayuno con café; tomo innumerables tazas de café negro durante el día y como las cosas más exóticas tanto a la hora del té como fuera de hora.
El otro día, sin ir más lejos (lo menciono sólo a título de ejemplo deplorable, como para demostrar cuán bajo puede caer alguna gente), se me antojó una taza de café y un trozo de queso para la hora del té. Era uno de esos días excepcionalmente calurosos y mi esposa (que alguna vez fue una buena inglesa pero que ahora ha tomado irremediablemente por el mal camino debido a mi perversa influencia foránea) preparó un poco de café frío y lo puso en el congelador, donde se congeló hasta transformarse en un bloque sólido. Por otra parte, el queso, que había quedado sobre la mesa de la cocina, se derritió.
De modo que comí un trozo de café y tomé un vaso de queso.

7 de febrero de 2026

Daniel Feierstein: “Dentro de los movimientos populares, la reflexión estratégica es despreciada. En la nueva derecha pasa exactamente lo contrario”.

Nacido en el barrio de Villa Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires,
Daniel Feierstein (1967) es un sociólogo e investigador argentino especialista en el estudio de las prácticas sociales genocidas. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo los títulos de Licenciado en Sociología y Doctor en Ciencias Sociales en la Facultad de Ciencias Sociales. Es investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) por el Centro de Estudios sobre el Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Durante el período 2013-2015 presidió la International Association of Genocide Scholars (IAGS), una organización global, interdisciplinaria y no partidista fundada en 1994 que busca promover la investigación y la enseñanza sobre la naturaleza, las causas y las consecuencias del genocidio, y promover estudios de políticas sobre su prevención. En la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA ejerce como Director del Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) y como profesor titular regular de la materia Análisis de las Prácticas Sociales Genocidas en la carrera de Sociología. 
Ha publicado artículos en castellano, francés, inglés, alemán, italiano, hebreo y coreano, entre otras lenguas, en diversas publicaciones científicas y jurídicas sobre temas como racismo, crímenes estatales masivos y conceptualizaciones de genocidio. También ha publicado varios ensayos sobre el tema, entre los cuales se pueden mencionar “El pasado en la batalla cultural. La disputa por el sentido de los genocidios”, “La construcción del enano fascista. Los usos del odio como estrategia política en Argentina”, “Los dos demonios (recargados)”, “El genocidio como práctica social (entre el nazismo y la experiencia argentina)” y “Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión y exterminio”.


Lo que sigue es una compilación de los puntos más relevantes de las entrevistas que fueron publicadas en la página web de la Cooperativa de Trabajo “La tinta” el 31 de marzo de 2025 y en el diario “Página/12” el 7 de febrero de 2026 a cargo de Lucas Crisafulli y Luciana Bertoia respectivamente.
 
A nivel global, la derecha está avanzando. Donald Trump en Estados Unidos, Giorgia Meloni en Italia y Javier Milei en Argentina son ejemplos de ello. En el caso de las derechas latinoamericanas actuales, no se trata de movimientos nacionalistas. ¿Podemos decir que estamos ante gobiernos fascistas? ¿Existe miedo o una excesiva cautela a la hora de hablar de fascismo o neofascismo?
 
Más que analizar los gobiernos en sí, me parece más interesante reflexionar sobre lo que está ocurriendo a nivel social. Comenzaría por un punto anterior en el tiempo, porque, de hecho, empecé a notar este proceso, incluso, antes de que Milei fuera candidato. En la sociedad argentina, por primera vez en su historia, surge la posibilidad de que prácticas sociales y movimientos fascistas tengan un impacto real en la sociedad. No es que nunca haya habido fascistas, pero, a lo largo de la historia, su presencia fue bastante marginal. Yo creo que, por primera vez, los fascistas asumen una capacidad de impacto importante. Y es necesario separar lo que está pasando socialmente de los gobiernos, porque hay una articulación de fuerzas distintas. En el caso de Milei, su partido político surge de la nada, llega al poder de manera muy rápida y articula ciertos elementos fascistas. Eso no significa que sea lo único presente en su gobierno, ya que todo proceso histórico es, por naturaleza, heterogéneo. ¿Existen elementos fascistas tanto previos a Milei como en su gobierno? Sí. ¿Puede caracterizarse su gobierno como fascista? Eso es más discutible y depende del peso que le asignemos a esos elementos. Sin embargo, cada vez adquieren mayor relevancia, especialmente, después de la crisis de $Libra, que evidenció una fractura entre estos elementos fascistas y la otra gran corriente que Milei encarna con más fuerza: el minarquismo. Esta vertiente, asociada a un neoliberalismo extremo, es una de las más influyentes dentro del movimiento de Milei. A su vez, existe otra corriente, representada con mayor claridad por la vicepresidenta, que me parece más propiamente fascista en sus intenciones y en la lógica de su funcionamiento social. La categoría de fascismo ha sido muy vapuleada y nunca ha tenido una definición del todo clara. Por eso, es fundamental precisar a qué nos referimos cuando la utilizamos. En mi análisis, entiendo el fascismo como una práctica social y, en ese sentido, veo manifestaciones fascistas en el presente. Sin embargo, si hablamos del fascismo como sistema de gobierno, creo que no. Las nuevas derechas contemporáneas -no sólo Milei, sino a nivel global-, por ahora, no están implementando el sistema de gobierno que caracterizó al fascismo histórico, especialmente en lo que respecta al corporativismo.
 
¿Cree que, dadas las circunstancias políticas y sociales en Argentina, estamos ante una situación previa a un genocidio debido al avance de los discursos de odio?
 
No, no por ahora. Por eso, es importante diferenciar entre fascismo y genocidio, que son cosas distintas, aunque a veces se articulan. El nazismo combinó ambos, pero no son lo mismo. Percibo, en este momento, la urgencia de prácticas sociales fascistas, su crecimiento y el apoyo que reciben. Sin embargo, no veo, por ahora, que eso implique el riesgo de la implementación de un proceso genocida. Pero, como siempre, la historia está en constante transformación. No veo las condiciones ni la intencionalidad, ni la direccionalidad para que esto ocurra, a diferencia de lo que observo con el fascismo. No obstante, no sabemos cómo va a evolucionar. Crear un nivel tan alto de irradiación y uso político del odio y del resentimiento pavimenta las condiciones para que, en el mediano o largo plazo, de ser necesario, se implemente un genocidio. Pero no veo que haya una necesidad para el régimen de dominación, como sí la había en los ‘70, de llevar a cabo semejante nivel de destrucción para producir su victoria política. Básicamente, porque a esa victoria política ya la han alcanzado.
No creo que la sociedad argentina tenga la capacidad de organización necesaria para resistir los cambios que se quieren implementar en el patrón de acumulación y, por lo tanto, el genocidio sería absolutamente innecesario. Eso no quita que, si hubiera una recomposición real del movimiento popular con capacidad de resistir este proyecto, el genocidio no se transforme en una herramienta. El proyecto que se está imponiendo implica transformar la lógica de distribución del ingreso y del patrón de acumulación, y convertirnos en una sociedad mucho más extractivista de lo que ya somos; donde el eje del patrón de acumulación sea el extractivismo que, incluso, pueda disputar el rol de la primarización agrícola ganadera, que fue el patrón histórico de acumulación en el caso argentino.
 
¿Cómo describiría el contexto en el cual se llega a los cincuenta años del golpe?
 
Hace tiempo que vengo planteando que hay ciclos ascendentes y descendentes en la lucha por las representaciones y la elaboración del genocidio. Creo que llegamos en un momento muy duro. Ese ciclo descendente nace hacia 2012 o 2013. Veo que no estamos logrando la capacidad de revertir el ciclo descendente. Lo que identifico es que ese ciclo afectó a toda una generación, que fue la que se fue formando, y es el grupo que va de los dieciocho a los veinticinco años, que es el núcleo de apoyo de la nueva derecha. El gran desafío en estos cincuenta años es renovar las formas de pensar el problema. El tema de fondo es que un discurso que interpeló tanto a la generación que vivió esos hechos como a la generación de sus hijos claramente no interpela a la generación de los nietos. O sea, a quienes no sólo no vivieron el genocidio, sino que tampoco vivieron los ‘90 ni el 2001.
 
¿Y por qué no interpela ese discurso? ¿Puede ser porque se volvió una narrativa oficial y les resulta más atractivo polemizar o rivalizar con ella?
 
Hay varias variables. Esa es una, pero estaría cambiando porque, de hecho, el Estado ya no está apoyando nada de eso. El problema es cómo se reconstruye desde abajo. El Estado hoy está haciendo lo contrario: está avalando narrativas negacionistas. Pero hay otras variables.
 
¿Por ejemplo?
 
Está la partidización de esa experiencia plural que había sido la lucha por los derechos humanos. Eso no se ha logrado quebrar: se sigue viendo a los derechos humanos como una rama del kirchnerismo. Hay algunos destellos que son interesantes: que en 2025 haya sido, luego de diecinueve años, otra vez la marcha única es un dato interesante. Me parece que todavía falta mucho en la recuperación de esa potencia plural. Después hay una lógica de narración de la propia lucha que no ha logrado recuperar las condiciones que nos llevaron a derrotar la impunidad. Todo ese proceso de lucha fue escamoteado en la memoria popular. Esa potencia no puede conectar con las nuevas generaciones porque no les fue transmitida por las generaciones que vivieron esos hechos. El proceso quedó subsumido a que el kirchnerismo se lee a sí mismo como heredero de las luchas de los ‘70 -“somos los hijos de las Madres”- y como resultado de la crisis de 2001. Esto es: no se lee como un proceso de lucha, sino que la crisis de 2001 se ve como una explosión espontánea que salió de la nada. Si la derrota de la impunidad es resultado solamente de una decisión presidencial, entonces ese proceso de lucha desaparece. O sea, lo único que hay que hacer es votar bien para que otro presidente haga las cosas que queremos.
 
¿No está vinculado esto a que la historia se cuenta, de alguna manera, desde lo institucional, más allá de un problema del campo popular?
 
Creo que tiene que ver con las dos cosas. La historia se puede contar oficialmente de muchas maneras, pero la pregunta es cómo se la cuenta el campo popular. Lo que digo es que ahí hubo una autoamputación, que es muy importante entender por qué ocurrió. Ahí no tengo tantas respuestas. Hay algunos sectores que no participaron de esa lucha porque estaban en el menemismo, pero hay otro montón de sectores del kirchnerismo que sí estaban en esa lucha y tampoco la cuentan. Las cosas no se van a recomponer igual. Creo que, en la articulación social, la lucha contra la impunidad no va a volver a ser el eje -y quizá tiene sentido que no lo sea-, pero eso no va a ser posible sin una recuperación de esos procesos de lucha. La transmisión no es para copiar.
 
¿Se puede decir que en los primeros dos años del gobierno de Milei hubo una primera etapa de destrucción de las políticas de derechos humanos y ahora viene una etapa de construcción de una narrativa propia?
 
No lo tengo claro. En algunos campos pareciera que sí; en otros, pareciera que no. Me parece que tiene que ver con las internas del gobierno. Quien tiene más solidez en la creación de una narración alternativa es la vicepresidenta y los grupos de gente que la rodean. Esa interna no se ha terminado de saldar porque no es la preocupación central del gobierno.
 
¿Le parece que hubo el suficiente debate frente a la revalorización de las Fuerzas Armadas o la designación de un militar al frente del Ministerio de Defensa?
 
Hay una voluntad de relegitimación del poder represivo estatal que se expresa claramente en Patricia Bullrich. En esa clave está la decisión de designar a un militar al frente del Ministerio de Defensa. Hay una decisión de decir “ya fue suficiente”. El “se va a acabar la dictadura militar” es el nudo de deslegitimación del actor militar que incluso va a recorrer todo el menemismo, porque la subordinación de los militares al poder civil va a ocurrir más durante el gobierno de Menem que durante el de Alfonsín. La duda que me aparece ver en las distintas fracciones del gobierno mileísta es si, para recuperar la capacidad represiva, es necesario construir una narración de la dictadura que reivindique el uso de la estructura represiva estatal o si simplemente alcanza con referir a las nuevas amenazas y tratar de sumergir en el silencio ese pasado que ya está muy lejos.
 
¿Qué pasa con la apelación al pacto democrático?
 
Me parece que es pensar los procesos de modo estático cuando son dinámicos. Cuando alguien se pregunta cómo es posible que se rompiera el acuerdo que teníamos contra la impunidad, la respuesta es que no es que se rompió. El acuerdo que teníamos las generaciones que transitamos ese proceso y construimos esa lucha contra la impunidad no creo que se haya roto. Los miembros de nuestra generación que no están de acuerdo nunca estuvieron de acuerdo, pero eran una minoría. Hay muchos que se fueron agregando y la respuesta que podrían dar es: “Nosotros nunca firmamos ese acuerdo porque no vivimos esos hechos”. Vamos a cumplir cincuenta años del golpe. Yo siempre lo planteo con mi experiencia personal de cuando empecé a militar en 1982. Los recuerdos que puedo tener para pensar esta noción del tiempo es que el Cordobazo, que había sido trece años antes, era algo que yo sentía que no había vivido, pero que podía vincular como algo cercano. Pero cuando me hablaban del ‘55 era cosa de viejos. Y pensá que desde el ‘55 al ‘82 había menos de treinta años. Hay que entender que la realidad cambia, que hay nuevos actores y que el gran desafío es cómo los vamos a interpelar.
 
Usted plantea que una de las cuestiones a evitar es cerrar discusiones diciendo que es “cosa juzgada”.
 
Exacto. Y no hay que olvidar que la Justicia terminó haciendo justicia por la presión popular. El aparato judicial en la Argentina nunca fue gran cosa -ahora menos que nunca-. Si hubo justicia fue porque los jueces sentían que no podían hacer otra cosa, y eso lo dio la lucha popular. En el campo de los derechos humanos necesitamos que las nuevas generaciones puedan ser un poco más irreverentes. Parte de la potencia de H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) es que puso en cuestión muchas de las cosas de los ‘80: salió a desafiar a la generación anterior. Y ahora apareció Nietes, que creo que tiene algo muy interesante. Necesitamos que sean capaces de decir todo lo que no les sirve para poder desafiarnos desde ahí y, desde esa irreverencia, conectar con su generación.
 
¿Qué rol cree que tiene la academia en estas discusiones?
 
Tuvo un rol central y lo ha ido perdiendo, y es un proceso que ligo mucho a la caída del Muro, porque es internacional, no solo argentino. La academia siempre estuvo imbricada con las luchas populares. Se da un proceso que yo llamo de profesionalización, que separa a la academia de la lucha popular y, en esa separación, se produce una inversión de la lógica. Hoy, un académico articulado con los procesos populares parece que fuera menos académico. Ese proceso se acompañó con que, dentro de los movimientos populares, la reflexión estratégica también es despreciada. Entonces se generó ese quiebre que implica que hayamos dejado de tener intelectuales orgánicos. En la nueva derecha pasa exactamente lo contrario.