El escritor George Mikes (1912-1987)
nació en Siklós, una ciudad del condado de Baranya ubicado en el sur de Hungría.
Impulsado por su padre, un exitoso abogado, estudió en la Facultad de Derecho
de la Pázmány Péter Királyi Egyetem de Budapest, una de las más antiguas
universidades húngaras. Ejerció un breve tiempo esa profesión, pero rápidamente
se volcó al periodismo trabajando para el periódico “Reggel” y para la revista
“Színházi Élet”. En 1938 fue enviado a Londres como corresponsal de los
periódicos “Reggel” y “8 Órai Ujság” para cubrir el impacto que tenía por
entonces el Acuerdo de Munich, un tratado firmado entre Alemania, Francia,
Italia y el Reino Unido representados por Hermann Göring (1893-1946), Édouard
Daladier (1884-1970), Benito Mussolini (1883-1945) y Arthur Chamberlain (1869-1940)
respectivamente, mediante el cual Alemania se anexionó la región de los Sudetes
de Checoslovaquia. Fue un pacto que aceleró el estallido de la Segunda Guerra
Mundial el 1 de septiembre de 1939.
Poco después se enteró de la cantidad de ciudadanos judíos de Alemania que se habían refugiado en Hungría ante la persecución ejercida por el nazismo. Como sus antecedentes familiares eran de origen judío, poco antes de que estallara el terrible conflicto armado que duraría seis años y se convertiría en el más mortífero de la historia, decidió no regresar a su país natal y se radicó en Inglaterra, país en el cual se naturalizó como ciudadano británico y permaneció el resto de su vida. Fue allí donde trabajó en diversos periódicos y revistas británicas, entre ellos la sección húngara de la “BBC”, “The Observer”, “The Times Literary Supplement” y “Encounter”, y escribió decenas de libros, la mayoría de ellos humorísticos, desenfadados y colmados de agudas observaciones e ingeniosos y satíricos comentarios sobre la política, las costumbres sociales y las debilidades nacionales. Por nombrar sólo algunas de sus obras, se pueden citar “We were there to escape” (Estuvimos allí para escapar), “Milk and honey. Israel explored” (Leche y miel. Israel explorado), “The land of the rising yen” (La tierra del yen en alza), “Shakespeare and myself” (Shakespeare y yo), “How to scrape skies” (Cómo raspar los cielos), “How to be inimitable” (Cómo ser inimitable), “How to be decadent” (Cómo ser decadente), “How to be a guru” (Cómo ser un gurú), “How to be poor” (Cómo ser pobre), “How to be God” (Cómo ser Dios), “How to be a yank” (Cómo ser un yanqui) y “How to be a brit” (Cómo ser británico).
En este último recordó sus primeros días en Inglaterra: “Cuando me enviaron a Inglaterra en 1938, creía saber inglés bastante bien. En Budapest, mi inglés resultó ser suficiente. Podía desenvolverme bien. Al llegar a este país, descubrí que el inglés de Budapest era bastante diferente del de Londres. No quisiera parecer parcial, pero el inglés de Budapest me pareció mucho mejor en muchos aspectos. En Inglaterra, encontré dos dificultades. Primero: no entendía a la gente y segundo: ellos no me entendían. Era más fácil con textos escritos. Siempre que leía un artículo editorial en ‘The Times’, lo entendía todo perfectamente, excepto que nunca podía distinguir si ‘The Times’ estaba a favor o en contra de algo. En aquel entonces, lo atribuía a mi desconocimiento del inglés”. Y también vertió numerosos comentarios satíricos sobre sus habitantes: “Los británicos son valientes. Pueden enfrentarse a todo, menos a la realidad”, o “Los centroeuropeos se congregan en los cafés porque quieren conocer gente con intereses similares y porque les encantaba conversar. Van a los cafés porque allí pueden conversar; los ingleses van a sus clubes porque allí deben guardar silencio. La primera ley de la vida social inglesa es que no se debe hablar; la segunda, que si se debe hablar no se debe hablar de nada que pueda interesar a uno mismo o a la otra persona”, o “El instinto natural de los ingleses es el aislamiento. Por eso abandonan sus hogares y se congregan en clubes. Un club es un lugar donde cientos de ingleses pueden estar solos. Las mentes más brillantes del mundo literario, jurídico y político se reúnen, se sientan y guardan silencio sobre las cuestiones candentes del día”.
Poco después se enteró de la cantidad de ciudadanos judíos de Alemania que se habían refugiado en Hungría ante la persecución ejercida por el nazismo. Como sus antecedentes familiares eran de origen judío, poco antes de que estallara el terrible conflicto armado que duraría seis años y se convertiría en el más mortífero de la historia, decidió no regresar a su país natal y se radicó en Inglaterra, país en el cual se naturalizó como ciudadano británico y permaneció el resto de su vida. Fue allí donde trabajó en diversos periódicos y revistas británicas, entre ellos la sección húngara de la “BBC”, “The Observer”, “The Times Literary Supplement” y “Encounter”, y escribió decenas de libros, la mayoría de ellos humorísticos, desenfadados y colmados de agudas observaciones e ingeniosos y satíricos comentarios sobre la política, las costumbres sociales y las debilidades nacionales. Por nombrar sólo algunas de sus obras, se pueden citar “We were there to escape” (Estuvimos allí para escapar), “Milk and honey. Israel explored” (Leche y miel. Israel explorado), “The land of the rising yen” (La tierra del yen en alza), “Shakespeare and myself” (Shakespeare y yo), “How to scrape skies” (Cómo raspar los cielos), “How to be inimitable” (Cómo ser inimitable), “How to be decadent” (Cómo ser decadente), “How to be a guru” (Cómo ser un gurú), “How to be poor” (Cómo ser pobre), “How to be God” (Cómo ser Dios), “How to be a yank” (Cómo ser un yanqui) y “How to be a brit” (Cómo ser británico).
En este último recordó sus primeros días en Inglaterra: “Cuando me enviaron a Inglaterra en 1938, creía saber inglés bastante bien. En Budapest, mi inglés resultó ser suficiente. Podía desenvolverme bien. Al llegar a este país, descubrí que el inglés de Budapest era bastante diferente del de Londres. No quisiera parecer parcial, pero el inglés de Budapest me pareció mucho mejor en muchos aspectos. En Inglaterra, encontré dos dificultades. Primero: no entendía a la gente y segundo: ellos no me entendían. Era más fácil con textos escritos. Siempre que leía un artículo editorial en ‘The Times’, lo entendía todo perfectamente, excepto que nunca podía distinguir si ‘The Times’ estaba a favor o en contra de algo. En aquel entonces, lo atribuía a mi desconocimiento del inglés”. Y también vertió numerosos comentarios satíricos sobre sus habitantes: “Los británicos son valientes. Pueden enfrentarse a todo, menos a la realidad”, o “Los centroeuropeos se congregan en los cafés porque quieren conocer gente con intereses similares y porque les encantaba conversar. Van a los cafés porque allí pueden conversar; los ingleses van a sus clubes porque allí deben guardar silencio. La primera ley de la vida social inglesa es que no se debe hablar; la segunda, que si se debe hablar no se debe hablar de nada que pueda interesar a uno mismo o a la otra persona”, o “El instinto natural de los ingleses es el aislamiento. Por eso abandonan sus hogares y se congregan en clubes. Un club es un lugar donde cientos de ingleses pueden estar solos. Las mentes más brillantes del mundo literario, jurídico y político se reúnen, se sientan y guardan silencio sobre las cuestiones candentes del día”.
En 1946 publicó “How to be an alien” (Cómo ser un extraterrestre), obra en la cual también satirizó sobre los ingleses con sarcasmos como: “En el continente europeo la gente tiene buena comida; en Inglaterra la gente tiene buenos modales en la mesa”, “En el continente europeo las personas tienen vida sexual; los ingleses tienen bolsas de agua caliente”, “En Inglaterra es de mala educación afirmar algo con aplomo. Puedes opinar que dos y dos son cuatro, pero no debes afirmarlo rotundamente, pues en un país democrático otros pueden opinar distinto” y “Un inglés, incluso estando solo, formará una cola ordenada de una persona”. Justamente a ese libro pertenece el cuento “Tea” (Té), el cual puede leerse a continuación.
Para gloria eterna de la ciencia británica, sus esfuerzos dieron fruto. Lo que postularon fue que, si no se lo toma solo, o con limón, con ron o con azúcar, sino agregándole unas gotas de leche fría y sin endulzar, se alcanza el objetivo propuesto. Una vez que esta refrescante y aromática infusión oriental se transformó en un brebaje incoloro e insípido apto para hacer gárgaras, fue inmediatamente adoptada como bebida nacional de Gran Bretaña e Irlanda, si bien mantuvo, o mejor dicho usurpó, el altisonante título de té.
Hay ocasiones en las que no se debe rechazar una taza de té si no se quiere correr el riesgo de ser catalogado como un espécimen exótico y bárbaro sin esperanzas de poder encontrar alguna vez un lugar dentro de la sociedad civilizada.
Si te invitan a visitar un hogar inglés, a las cinco de la mañana te servirán una taza de té. Puede traértela tanto una anfitriona de franca sonrisa como una mucama de silencio casi malévolo. Cuando te hayan arrancado del más
dulce sueño matinal, no deberás decir: “Señora (o Mabel), considero que usted es una persona cruel, desalmada y maligna que no se merece vivir”. Por el contrario, deberás declarar con tu mejor sonrisa de cinco de la madrugada: “Muchísimas gracias. No sabe cuánto disfruto de la primera taza de té del día, especialmente a una hora tan temprana”. Si te dejaran solo con el líquido, podrás volcarlo en el lavatorio.
Más tarde te servirán té con el desayuno; luego, a las once de la mañana, después de almorzar, a la hora del té, al terminar de cenar y nuevamente a las once de la noche.
Por ningún motivo deberás rehusar una taza de té extra en las siguientes circunstancias: si hace calor; si hace frío; si estás cansado; antes de salir; si no estás en tu casa; si acabas de volver a tu casa; si tienes ganas; si no tienes ganas; si hace rato que no tomas té; si acabas de tomar una taza.
Y de ninguna manera deberías seguir mi ejemplo. A las cinco de la mañana siempre estoy dormido; desayuno con café; tomo innumerables tazas de café negro durante el día y como las cosas más exóticas tanto a la hora del té como fuera de hora.
El otro día, sin ir más lejos (lo menciono sólo a título de ejemplo deplorable, como para demostrar cuán bajo puede caer alguna gente), se me antojó una taza de café y un trozo de queso para la hora del té. Era uno de esos días excepcionalmente calurosos y mi esposa (que alguna vez fue una buena inglesa pero que ahora ha tomado irremediablemente por el mal camino debido a mi perversa influencia foránea) preparó un poco de café frío y lo puso en el congelador, donde se congeló hasta transformarse en un bloque sólido. Por otra parte, el queso, que había quedado sobre la mesa de la cocina, se derritió.
De modo que comí un trozo de café y tomé un vaso de queso.

