22 de diciembre de 2007

El "Guernica" de Picasso o una lluvia de bombas experimentales

Alrededor de las 16,30 horas apareció un Heinkel He 111. Parecía otro de los aviones de observación de las fuerzas "nacionales" que capitaneaba el futuro dictador Francisco Franco. Sobre­voló lánguidamente la ciudad más antigua del pueblo vasco y centro de su tradición cultural, cuyo pueblo estaba atareado en los menesteres de su día de mercado. Dejó caer una bomba sobre la estación del ferrocarril que lleva a Bilbao y se alejó. Diez minutos más tarde otro Heinkel repitió la maniobra. Esta vez la bomba cayó sobre las ca­sas.
La gente incrédula, aterrada, corrió hacia los zanjones y los caminos. La clásica caravana de animales, hombres, mu­jeres, chicos y bártulos se formó una vez más, repitiendo una escena que ya se había visto antes y que se ve­ría mucho más en Euro­pa, durante los años siguientes.
Para Guernica, aquel lunes 26 de abril de 1937, el martirio apenas co­menzaba. "Después llegaron los Junkers 52", relató el padre Alberto Onaindia al diario "The Times" tiempo después, "venían a muy baja altura, en triángulos implacables, seguros de su impunidad, porque no contábamos con de­fensas antiaéreas ni con cazas. Venían en número nunca visto. Y trabajaron con lento, germánico méto­do. Primero, las bombas de explosión. Después, las incendiarias".
El periodista y corresponsal de guerra británico George Steer (1909-1944), esperó un día y volvió a la ciudad demolida. Su crónica -la más polémica de la guerra civil española- fue primera plana del "New York Times": "Pasadas las seis y media de la tarde, 19 trimotores escoltados por 10 cazas, surcaron fantasmagóricamente el cielo de la ciudad, dejando caer más de 3.000 proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras de peso cada uno. Los cazas, mientras tanto, efectuaban pasadas en vuelo rasante sobre el centro de la ciudad y ametrallaban a la población civil que buscaba refugio".
Un mes antes, el general sublevado Emilio Mola Vidal (1887-1937) uno de los líderes de la rebelión militar de 1936 que dio comienzo la Guerra Civil española, había concentrado 40.000 combatientes para la campaña del País Vasco, a las que arengó "si la rendición no es inmediata, arrasaré Vizcaya, empezando por las industrias de guerra. Tengo medios para hacerlo". Mola (quien moriría 40 días más tarde en un sospechoso accidente de aviación que dejaría a Franco como el único líder indiscutible del bando nacional), contaba con la ayuda de la Legión Cóndor, un cuerpo de voluntarios alemanes que conformaban una fuerza básicamente aérea que proporcionó a los nacionales un inestimable impulso en el conflicto y era capitaneada por Wolfram Freiherr Von Richthofen, quien le aconsejó: "No es irrazonable ninguna medida capaz de destruir la moral del enemigo y es preferible hacerlo rápidamente".

No hay cifras oficiales sobre las bajas. Las otras hablan de más de 500 muertos y 3.000 heridos. Francisco de Arregui, entonces jefe de Orden Público del país vasco, recordó: "Al enterarnos del bombardeo inmedia­tamente enviamos fuer­zas motorizadas, y sin pérdida de tiempo nos trasladamos a Guernica. En Bermeo, antes de lle­gar, empezamos a encon­trar gentes aterrorizadas con lo ocurrido, y en Sukarrieta los primeros ca­rros de fugitivos. Era una caravana constante de gente que pugnaba por alejarse de Guernica. LLegamos a la villa incendiada y allí no obser­vamos más que llamas. Entramos por la parte al­ta, por el camino que conduce a la Casa de Juntas, y el cuadro que presenciamos desde esa altura era desolador. El ambiente se poblaba con los ruidos que hacían los materiales al quemarse, el hundimiento de las vi­gas, la caída de paredes. Una opresión subía a la garganta al ver a pobres niños que miraban con asombro aquel fuego, a ancianos en cuyos róstros se notaba el terror y la tristeza. Allí saludamos al intendente de Guerni­ca, que había conseguido salir ileso del refugio del Ayuntamiento, en donde estaba encerrado con gran número de vecinos desde el comienzo del bombardeo''. Del pueblo en llamas solo quedó en pié el Ayuntamiento, la iglesia -salvada por los bomberos del vecino Bilbao- y el vie­jo roble donde juraban las leyes y los fueros vizcaínos los reyes de Es­paña.
"Teníamos que ensayar nuevos sistemas de gue­rra. Comprobar el pode­río y la preparación de la Luftwaffe (fuerza aérea)", se justificó el mariscal Hermann Göring (1893-1946) durante su proceso en Nuremberg, poco tiempo antes de suicidarse con cianuro en su celda ante la inminencia de su condena a morir en la horca.La oficina de prensa falangista se apresuró en culpar de los sucesos de Guernica al presidente de la Repúbli­ca Vasca José Antonio Aguirre (1904-1960), al asegurar tres días después del bombar­deo: "Guernica ha sido destruida por el fuego y la nafta. La han incen­diado y convertido en escombros las hordas rojas al servicio de Aguirre, quien prepa­ró con diabólica intención la destrucción de Guerni­ca a fin de atribuirla al enemigo y producir entre los vascos derrotados y desmoralizados una ola de indignación".
Los vascos estaban, efectivamente, derrota­dos. Tres días más tarde, unas tropas italianas enviadas por Benito Mussolini conocidas como los "Flechas Negras", entraron en Guernica. Poco des­pués los falangistas ocuparon el golfo de Vizca­ya. Guernica no había sido la única ciudad vasca en probar las primicias de la "guerra moderna": Marquina, Elorrio, Durango, Ceanurri, Yurra, Auntíbar y Eibar tam­bién fueron bombardea­das e in­vadidas.El país vasco, superado en armamentos, se refugió en los montes procurando protegerse con los fusiles de sus sol­dados -los "gudaris"- y la dinamita de sus mine­ros. Ya caído el país vasco, aún combatieron sus hi­jos en el frente de Ma­drid, los que volvieron derrota­dos a su tierra o se exiliaron en Francia.
Cuando el pintor, dibujante y escultor Pablo Picasso (1881-1973) contó para siempre la historia de gentes y caba­llos con las entrañas desgarradas en su cuadro más famoso, Guernica se convirtió en todo un sím­bolo.Trabajó en él durante dos meses, esbozando varios boce­tos en los que estaban presentes los caballos heridos, los toros, las bocas que gritan y los cadáveres. El mural se convirtió en la pieza más vista de la Exposición Mundial de París. Luego, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, se advirtió que cuando era momentáneamente reemplazado, la afluencia del público disminuía en un 30%. El cuadro, que no relata el bombardeo, pero sí retrata la alegoría de lo ocurrido, se expone actualmente en el Museo Reina Sofía de Madrid. Durante la Segunda Guerra Mundial permaneció en París y se salvó del saqueo de los nazis porque pertenecía al "arte degenerado" y no reflejaba "las imágenes tal cual son".