30 de diciembre de 2007

El fandango: un antecedente del tango rioplatense

Cuentan las crónicas de antaño que en el año 1584, apenas cuatro años después de la segunda fundación de Buenos Aires por el vizcaíno Juan de Garay (1528-1583), se realizó en el rudimentario caserío la primera venta de un terreno cuya ubicación era la de la actual esquina sudoeste de las calles Bolívar e Hipólito Yrigoyen, justo enfrente de la Plaza de Mayo. El precio de la transacción fue un caballo y una gui­tarra. Sin saberlo, "las huestes de Garay fundaban, al mismo tiempo que la inimaginable ciudad, su pre­sunta melodía", como dice el historiador porteño Francisco García Jiménez (1899-1983) en "El tango. Historia de medio siglo. 1880/1930" publicado en 1964.
Doscientos años más tarde, a fines del siglo XVIII, muy cerca de aquél lugar, en la esquina de San José y San Carlos (hoy Perú y Alsina, respectivamente), se alzaba el Teatro de la Ranchería . Como los espectáculos de comedia habían dejado de interesar, el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo (1719-1799) resolvió insti­tuir bailes públicos, autorizando en ellos el uso del disfraz, una artilugio muy usado desde siempre para amparar relaciones subrepticias. Entendía el gobernante que de ese modo le daba un golpe mortal a los muy concurri­dos "piringundines" suburbanos, esos lugares a donde iba a bailar la gente de dudosa moralidad.
"Pues así como abundaban los tradicionales ho­gares chapados a la antigua española -continúa García Jiménez- había también un no menos ibérico desliz hacia la juerga, los pellejos de vino de los despachos y las equívocas aventuras de amor y, a veces, de muerte violenta en la calle del Pe­cado, vecina de la iglesia de Montserrat". Aquella calle era una cortada, chata y sórdida, arrinconada por una plaza de toros, que se llamó después Aro­ma y estaba ubicada en el sitio en donde hoy se alza el edificio de Obras Públicas, en medio de la Avenida 9 de Julio.
Hacia el céntrico Teatro de la Ranchería se encaminaban los baila­rines enmascarados para bailar la danza favorita de la época: el fan­dango, una danza de parenteso cercano con la "jota" andaluza y lejano con el "cordax" romano, cuyo aire sensual y su compás irresistible anticipaban el juego entrelazado de la futura danza rioplatense: el tango.
Aquel baile de pareja -con giros propios de los bailes de galanteo- mereció la rápida reprobación de la Iglesia, que no veía con buenos ojos las flexibles ondulaciones del cuerpo de los bailarines que seguían la cadencia de la música; algo similar a lo que ocurrió con el tango a comienzos del siglo XX, cuando fue condenado por el mismísimo papa Pío X.
Sin embargo, la tentación fandan­guera había impregnado el gusto popular, aún de aquellas gentes que decían ubicarse socialmente más alto que el común denominador del pue­blo: por ir tras el picante llamado de su me­neo había quedado postergada más de una selecta reunión casera de la incipiente burguesía porteña.
Como si hubiese provocado la ira del cielo, el Teatro de la Ranchería acabó sus días el 16 de agosto de 1792 cuando el petardo de unos festejos cercanos cayó sobre su techo de paja y lo redujo a cenizas. Así, la danza de moda volvió a los "piringundines".
La Corte de Madrid -entretanto- se escandalizó con el frenesí del fandango y re­solvió abolirlo, para lo que reunió a su consejo ministe­rial. "Alguien atrevióse a significar al rey que no debía condenarse al culpable sin oírlo -cuenta García Jiménez-. Le pareció justa la observación al soberano, se requirió la presencia de una pareja avezada, vibró el son, repiquetearon las castañuelas, se movieron los cuerpos juncales y a los pocos minutos la severidad real y la ministerial des­aparecieron: los ceños se alisaron y los sitiales quedaron vacíos porque los circunstantes se acercaron marcando el compás con las manos y luego con los pies".
De esta manera, el fandango continuó gozando de buena salud y, ya entrado el siglo XIX, un cronista anónimo escribió: "esta danza de Cádiz, famosa de tantos siglos, hoy se la ve ejecutar todavía en los arrabales y en las casas de esta ciudad, en medio del entusiasmo de los circunstantes; no es solamente muy estimada entre la gente y el pueblo bajo, si no también entre las mujeres honestas y las damas de alta jerarquía. El fandango lo baila a veces un hombre solo, a veces una mujer sola, o lo bailan muchas parejas''.Corrió desde entonces, mucha agua bajo el puente. Un día de 1911, el ministro de gobierno del zar de Rusia Nicolás Romanov (1868-1918), le informó a éste que dos jóvenes duques, sobrinos del monarca, es­taban mezclados en un incidente ocurrido en un elegante local nocturno de San Petersburgo "donde se exhibía una nueva danza per­turbadora". La danza a que hacía referencia el ministro era un baile desconocido, de la América meridio­nal, al que llamaban "tango argentino".El zar se interesó por conocer el baile y, cuando lo hizo, quedó encantado. Tanto le gustó a Nicolás II y tan patente recuerdo le quedó de su legítima procedencia, que dos años más tarde, al saludar en una recepción a los representantes de distintos países, acompa­ñando cada saludo con una referencia a la respectiva nación, dijo al llegar al diplomático argentino: "Argentina.... ¡oh, el tango!".