11 de diciembre de 2008

El libro como objeto de consumo masivo

La agencia literaria Writers House de Nueva York fue fundada en 1973 y desde entonces se ha dedicado a lograr que ignotos autores se conviertan en personajes exitosos cuyas obras se venden en todo el mundo por millones. La receta propuesta por esta prestigiosa firma representante de escritores de los Estados Unidos se basa en tres principios indispensables: imaginación, cultura y tenacidad.
La receta parece sencilla, pero la llave maestra para ingresar en el mundo de los ricos y famosos de la literatura está, al parecer, en otro sitio. Así se desprende del "manual" escrito por uno de sus agentes, un tal Albert Zuckerman, quien en 1996, bajo el didáctico título de "Writing the blockbuster novel" (Cómo escribir un best-seller), explica que "es necesario que haya un personaje con el que se puedan identificar los lectores; un ambiente que a la gente le guste visitar -en vez de desarrollar la trama en un distrito de clase obrera pobre-, y una gran cuestión dramática que sea capaz de captar la atención del lector desde el principio hasta el final".
La dichosa cuestión dramática puede girar en torno a submarinos atómicos que amenazan la presunta paz mundial, oscuras maniobras fraudulentas en el gobierno de algún país, astutos millonarios a punto de perder -o engrosar- sus enormes fortunas, o la lucha despiadada por el control del narcotráfico y/o la venta de armamentos. Los protagonistas invariablemente han de ser apuestos empresarios, desde jóvenes ambiciosos hasta inescrupulosos veteranos, y hermosas mujeres siempre de treinta años y siempre rubias, aunque se admite la variante de la chica pobre e ingenua que cae rendida a los pies de algún cruel representante del desaforado mundo de los negocios. Se aconseja mezclar con algo de violencia y bastante sexo, una pizca de intriga, algún asesinato, y agregar escenografías de mansiones espectaculares, paradisíacas playas o las oficinas de alguna poderosísima empresa multinacional. Con esta imaginación, esta cultura y esta tenacidad, ya estará listo un nuevo best-seller dispuesto a ser consumido por millones de lectores en el mundo entero.Zuckerman advierte que, como cualquier producto de consumo, también hay que pensar cuidadosamente en el envase. Para lograr un inmediato éxito en las ventas aconseja: "Mucho ayudan las notas o anuncios efusivos de un libro impresos en la contratapa o en las fajas en las que autores o personajes famosos hablan de lo magnífica que es la novela. Habitualmente, esas notas son conseguidas por los editores o agentes, pero todas las que el mismo autor pueda aportar, por cualquier medio, contribuirán a fomentar su causa".
Por las dudas, aclara que su libro "no ofrecerá ayuda a aquellos autores que traten de abrir nuevos caminos en la literatura a los lectores serios deslumbrados por un equivalente contemporáneo de Proust, Joyce, Kafka o Faulkner. Sólo intentará diseccionar e iluminar lo que en la industria editorial actual suele denominarse como un best-seller comercial".
Sin falsos pudores, el "ensayista" explica como lograr que el hecho de escribir un libro se convierta en un oficio rentable, proporcionándole a su autor una cantidad de dinero que no se cuente en miles sino en millones de dólares, aunque deba soportar el trastorno secundario de ser vituperado por todos los suplementos literarios. En definitiva, como convertir a la literatura en un mero producto comercial.
Para este agente literario, el éxito más rotundo consiste en lograr que un autor desconocido llegue a cobrar grandes sumas de dinero en concepto de adelanto, y pone como ejemplo uno de sus grandes éxitos en la materia: el protagonizado por Eileen Goudge. Esta buena señora, además de ser la propia esposa de Zuckerman, había producido una serie de novelas románticas para jóvenes. En 1986, bajo la sabia tutela de su esposo, "se puso a trabajar en una novela de mujeres, con la cual consiguió un adelanto de casi un millón de dólares, como parte de un contrato de dos libros".
Sin embargo, no siempre los best-sellers lograron esos suculentos anticipos. Por ejemplo, con "Jaws" (Tiburón), su autor Peter Blenchey (1941-2006) obtuvo 10 millones de dólares, incluidos los ingresos por ser llevada al cine; pero el anticipo pagado por la editorial que lo publicó fue de, apenas, 7.500 dólares. Otro tanto ocurrió con la famosa "The Godfather" (El Padrino) de Mario Puzo (1920-1999), a quien la casa editora le pagó 5.000 dólares. La compañía cinematográfica Paramount, basándose sólo en un esbozo y cuatro capítulos, le pagó 25 mil dólares por una opción sobre los derechos de filmación. Con el correr de los años, el libro vendió más de veinte millones de ejemplares.
Como dato anecdótico hay que agregar que Zuckerman, un genio indiscutido a la hora de vender un título de alguno de sus clientes, es autor de un par de novelas que pasaron sin pena ni gloria. En casa de herrero cuchillo de palo.
Claro, no es precisamente eso lo que pasó con el póker de ases de autores de best-sellers conformado por el australiano Morris West (1916-1999), el galés Ken Follett (1949) y los norteamericanos Sidney Sheldon (1917-2007) y Tom Clancy (1947), quienes tienen al menos dos cosas en común: sus libros se venden como pan caliente y todos sin excepción desprecian a la crítica literaria. Así opinan ellos:

Después de pasar ocho años dedicado a la enseñanza en el Christian Brothers College de Melbourne, en 1941, antes de hacer los votos definitivos para convertirse en sacerdote, se unió al ejército australiano para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Escribió su primera novela mientras cumplía guardia en un puesto de vigilancia. Por problemas económicos emigró a Inglaterra y luego a Italia, donde vivió quince años trabajando como corresponsal en el Vaticano. A mediados de los '50 abandonó todo para dedicarse a escribir bajo el seudónimo de Michael East y, a principios de la década siguiente, comenzó a tener éxito. Es autor de unas treinta novelas y de una decena de obras teatrales. Sólo en los Estados Unidos vendió más de cincuenta millones de ejemplares.

"Soy el heredero de una larga y honorable tradición que arranca en los narradores orales de las tribus, atraviesa a los trovadores y se continúa en los buenos literatos europeos: todos aquellos que contaban y cuentan historias mágicas y desean que el público esté lo suficientemente satisfecho como para pagarles la cena".
"Averiguo mucho cada tema sobre el que quiero escribir. Tengo dos investigadores fijos en Europa y corresponsales en todo el mundo a los que consulto cuando quiero información específica".
"Trabajo en mi casa, todos los días, de 9 a 17. En ese horario sufro con paciencia y me divierto medianamente. Luego me gustan el vino y las mujeres".
"No soy un crítico, leo para disfrutar de la lectura y divertirme".
"Me niego a dar opiniones públicas sobre mis colegas".

Comenzó su carrera resumiendo novelas para la Universal Pictures, en Hollywood, a los diecisiete años. Con su primera novela ganó el premio Edgar Allan Poe, pero vendió sólo tres ejemplares en la primera edición. Comenzó a ser conocido a partir de 1969 y, convertido en un escritor de éxito, la tirada inicial de sus libros alcanzó el millón y medio de ejemplares. Por cada historia que escribía llegó a cobrar diez millones de dólares. Trabajando de lunes a viernes nueve horas por día, escribió alrededor de veinticinco best-sellers. Se estima que uno de cada cuatro norteamericanos leyó, por lo menos, uno de sus libros.

"Nadie en mi familia pasó del tercer año del secundario".
"Mi éxito radica en que los personajes son reales, al punto de que el lector no puede dejar de identificarse con ellos".
"Complazco a millones de lectores porque al escribir me complazco a mí mismo".
"Siempre investigo todo antes de escribir. Si uno de mis personajes debe comer en Thailandia, viajo hasta allí y como el mismo plato. Si no lo hiciera, mis novelas resultarían poco convincentes".
"Es el público y no el editor, el que convierte un libro en best-seller".
"Parto siempre de un personaje femenino. La historia viene después, es lo menos importante". "Escribo para los lectores, no para los críticos. Ellos son, por lo general, estúpidos. Cuando un escritor llega a cierto punto, la crítica pierde importancia".

Walter Mitty, quien firma como Tom Clancy, trabajó hasta los cuarenta años como vendedor domiciliario de seguros con un sueldo que no le alcanzaba para mantener a su familia. En 1984 recibió por su primera novela, luego de recorrer sin éxito muchas editoriales, cinco mil dólares de anticipo para una tirada -arriesgada- de catorce mil ejemplares; vendió cuatro millones y medio. A partir de allí escribió unos quince best-sellers con tramas militaristas e ideológicamente conservadoras y neoliberales. Sus libros son de lectura obligatoria en el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y en los colegios militares.

"Si algún día me canso de escribir, iré a trabajar al Pentágono".
"Sólo acepto críticas de los que también escriben libros. Los críticos se limitan a ganar estatus atacando a cualquiera que haya alcanzado un nivel de éxito como el mío".
"Pueden decir lo que les dé la gana; no afectarán mis finanzas".
"El dinero no cambió mi vida. Lo único que se puede comprar con dinero es libertad. Ahora digo todo lo que se me antoja sin preocuparme por las consecuencias".

Fue periodista para todo servicio de un diario amarillo, el "Evening Standard" de Londres, donde cubría asesinatos, juicios, incendios y reporteaba a estrellas de rock. Comenzó a escribir algunos relatos por las tardes y los fines de semana, porque se le había roto el auto y no tenía dinero para hacerlo arreglar. La fama le llegó con la publicación en 1978 de su primera novela, con enorme éxito de venta. Luego vendrían una treintena de best-sellers con los que superó los cien millones de ejemplares vendidos.

"La literatura trata de contar historias maravillosas, y cuando soy yo el que las cuenta, gano un montón de dinero. No creo en la distinción entre éxito comercial y excelencia literaria".
"Los que cambiaron mi vida, y mis ingresos, fueron los asesores de imagen. Ellos me enseñaron a no vestirme de marrón ya que da a mi cara un tono amarillento de enfermo, y a no usar más jeans".
"Hay que tener disciplina, quedarse sentado frente a la máquina aunque no se te ocurra nada en vez de salir a tomar un café con los amigos".
"El lujo y la fama deben estar presentes en los best-sellers. Hay que poner todo lo que la gente quisiera tener y no tiene".
"La clave está en escribir fácil. Los lectores no deben hacer el trabajo por mí. Si alguno de ellos tiene que leer dos veces la misma frase para poder entenderla, me considero un fracasado".
"La gente quiere leer libros sobre mundos llenos de glamour, por eso no hay best-sellers sobre granjeros o porteros".
"En general, cuando se elige escribir sobre gente pobre, el escritor está buscándose problemas. Es más fácil escribir sobre multimillonarios".
"Los finales felices son obligatorios".
"La literatura clásica me aburre. Tampoco leo las críticas de mis libros, no me preocupan. La gente que lee mis libros no lee las críticas literarias. Sólo me fijo en la lista de los más vendidos".