30 de diciembre de 2017

Entremeses literarios (CXCI)

CIERTOS PESCADORES SACARON DEL FONDO UNA BOTELLA
Wislawa Szymborska
Polonia (1923-2012)

Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella. Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras: "¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!".
- No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo -dijo el pescador primero.
- Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano -dijo el pescador segundo.
- Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla "Aquí" está en todos lados -dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las verdades generales tienen ese problema.


HERIDAS INVISIBLES
Javier López
España (1964)

Se derrumbó en mitad de la calle. Algunos transeúntes lo miraron sin acercarse siquiera. Hoy día ya se sabe, nadie quiere meterse en asuntos ajenos. Pero alguien llamó a una ambulancia. Tardó pocos minutos en llegar, y en el mismo vehículo le aplicaron los protocolos habituales: una vía intravenosa, inyección de adrenalina, masaje cardíaco. Sólo experimentó una leve mejoría que lo mantuvo con vida. Una vez en el centro hospitalario, le hicieron todo tipo de pruebas. Sus constantes estaban bajo mínimos y seguía sin reaccionar a los tratamientos. Sólo su naturaleza fuerte hizo que se recuperara con el paso de los días. Al fin le dieron el alta. No había ningún daño físico, ni los médicos habían logrado encontrar explicación alguna al extraño padecimiento de ese hombre en el transcurso de las pruebas a las que fue sometido. El informe médico fue igual de poco concluyente: "Diagnóstico: traumatismo producido por heridas invisibles. Presumiblemente causadas por la vida".


LA PARTIDA
Leónidas Barletta
Argentina (1902-1975)

Trajeron agua del río y se lavó, despacio.
- Mire, Adelina, deme una camisa limpia -dijo con voz ahogada-, quiero irme decente.
La mujer le anudó el pañuelo al cuello y le peinó el cabello largo alrededor de las orejas.
- Bueno; me voy -dijo con una exaltación ahogada-. Tráigame el rebenque grande, ¿quiere?
Los ojos, chiquitos, con un anillo de agua en la pupila, brillaron agudos por un instante.
- Bueno; me voy -repitió, ensimismado.
La mujer se movió; fija la mirada triste, las manos, cruzadas sobre el vientre.
- Bueno; me voy -tornó a decir, y agregó con cierta firmeza: -Déjela entrar nomás a la Elenita.
La muchacha entró, demudada. Quedó inmóvil junto a su padre y gruesas lágrimas empezaron a mojarle la cara.
- ¿Por qué llora, pues? -dijo él suavecito-. Enjúguese. Acérquese a besar a su padre. No pierda el tiempo. Ya tendrá ocasión de llorar. Béseme de una vez y hágalo entrar al Emilio.
La separó despacito de su rostro y la muchacha salió, hipando. Afuera se detuvo frente a su hermano y a su madre y dijo, aspirando las sílabas:
- ¡Se va!
La puerta del rancho volvió a chirriar y entró el varón, serio, indeciso, mirando con insistencia al suelo, balanceándose como si tuviese que tomar impulso para dar un salto. El padre lo miró de hito en hito, y de repente, exclamó con la voz alterada:
- Vea, muchacho… Deme su mano… ¡Qué embromar…! ¡Si es un alivio…! -y al apretar la mano, añadió…- ¡Esto me basta!
Y como sabía que su hijo no iba a soltar palabra, dijo por él:
- ¡Y que me vaya lindo!
Fue un apretón de manos corto, firme.
- Deje entrar ahora a su madre, que está esperando.
Salió el mozo, con la boca apretada, respirando fuerte y esquivando los ojos. Se plantó frente a su madre y a su hermana y masculló entre dientes, como con rabia:
- ¡Se va!
Y entró la madre. Se aproximó lentamente al hombre; los ojos colorados, la boca estremecida.
- Siéntese -murmuró él-. Quédese un ratito así. No me diga nada. ¿Comprende?
Varillas de luz caían desde el techo del rancho. Oían distintamente el ruido que hacían los dos al respirar. Él no necesitó mirarla para saber que tenía los ojos llenos de lágrimas. Le dijo con dulzura:
- Mire, Adelina, usté no pudo ser mejor de lo que fue… Mire… ¡y ojalá yo hubiese sido como usted quiso que fuera…! ¡Verdá…! ¡Verdá…!
Hizo un instante de silencio y luego:
- ¡Está bueno…! Mire, Adelina, prepárese nomás. Y déjese de andar lloriqueando. Todas las partidas son lo mesmo. Verdá. Y ahora, con su licencia, déjeme que me vaya.
Entonces la mujer se arrodilla y barbota entre sollozos:
- No, Bautista, si usté no se me va. ¡Qué se me va a ir! ¡Cómo me va a dejar a mí solita! ¡Hemos andado tanto tiempo acollarados! ¡No, si usté no se me va!
Pero se interrumpe de golpe porque la mano de su hombre ha caído inerte fuera del camastro. Ahora se enjuga los ojos, sale del rancho, enfrenta desesperada a sus hijos y dice con voz ronca:
- ¡Se jue!


MI ABUELITO TENÍA UN RELOJ DE PARED
Beatriz Alonso Aranzábal
España (1963)

Cuando tenía seis años me dijeron que el corazón de mi abuelo se había parado. Mi padre me llevó al pueblo, a su casa vacía, donde un enorme reloj de pared estaba detenido a las siete. Se acercó y, dándole a una pequeña manivela, subió lentamente las pesas. Luego me dijo que empujara el péndulo. El reloj se puso en marcha. Pero mi abuelo no.


LA MANO
Patricia Highsmith
Estados Unidos (1921-1995)

Un joven le pidió a un padre la mano de su hija y la recibió en una caja; era su mano izquierda.
PADRE: Me pediste su mano y ya la tienes. Pero, en mi opinión, querías otras cosas y las tomaste.
JOVEN: ¿Qué quiere usted decir con eso?
PADRE: ¿Tú qué crees que quiero decir? No me negarás que soy más honrado que tú, porque tú cogiste algo de mi familia sin pedirlo, mientras que cuando me pediste la mano de mi hija, yo te la di.
En realidad, el joven no había hecho nada deshonroso. Simplemente, el padre era suspicaz y mal pensado. El padre consiguió legalmente hacer responsable al joven del mantenimiento de su hija y le exprimió económicamente. El joven no pudo negar que tenía la mano de la hija… aunque, desesperado, la había enterrado ya, después de besarla. Pero la mano iba para dos semanas. El joven quería ver a la hija, e hizo un esfuerzo, pero se encontró bloqueado por los comerciantes que la asediaban. La hija estaba firmando cheques con la mano derecha. Lejos de haberse desangrado, estaba lanzada a toda marcha. El joven anunció en los periódicos que ella había abandonado el domicilio conyugal. Pero tenía que probar que lo hubiera compartido antes. Aún no era "un matrimonio", ni en el juzgado ni por la iglesia. Sin embargo, no había duda de que él tenía su mano y había firmado un recibo cuando le entregaron el paquete.
- Su mano, ¿para qué? -preguntó el joven a la Policía, desesperado y sin un céntimo-. Su mano está enterrada en mi jardín.
- ¿Es que, encima, es un criminal? ¿No solamente desordenado en su manera de vivir, sino, además, un psicópata? ¿No le habrá usted cortado la mano a su mujer?
- ¡No! ¡Y ni siquiera es mi mujer!
- ¡Tiene su mano, pero no es su mujer! -se burlaron los hombres de la ley-. ¿Qué podemos hacer con él? No es razonable, puede que incluso esté loco.
- Enciérrenlo en un manicomio. Además, está arruinado, por tanto tendrá que ser en una institución del Estado.
Así que encerraron al joven y, una vez al mes, la chica cuya mano había recibido venía a mirarlo a través de la alambrada, como una esposa sumisa. Y, como la mayoría de las esposas, no tenía nada que decirle. Pero sonreía dulcemente. El trabajo de él comportaba una pequeña pensión que ella cobraba ahora. Ocultaba su muñón en un manguito. Debido a que el joven llegó a estar tan asqueado de ella que no podía ni mirarla, lo trasladaron a una sala más desagradable, privado de libros y de compañía, y se volvió loco de verdad. Cuando se volvió loco, todo aquello que le había sucedido, el haber pedido y recibido la mano de su amada, se le hizo inteligible. Comprendió la horrible equivocación, crimen incluso, que había cometido al pedir algo tan bárbaro como la mano de una chica. Habló con sus captores, diciéndoles que ahora comprendía su error.
- ¿Qué error? ¿Pedir la mano de una chica? Lo mismo hice yo cuando me casé.
El joven, sintiendo entonces que estaba loco sin remedio, puesto que no podía establecer contacto con nada, se negó a comer durante muchos días y, al fin, se tumbó en la cama de cara a la pared y murió.


DÍSELO CON FLORES
Juan Naranjo García
España (1986)

Llevan más de sesenta años casados y don Rodrigo nunca le ha regalado un ramo o un centro de mesa a su esposa. Pero hoy se ha levantado dispuesto a remediar su falta de sensibilidad pasada. “Tengo que ser más detallista”, rumia entre dientes, “¿cómo he podido ser tan desconsiderado?”. Entra apresurado en la floristería del soportal de su casa y pide que le den las más grandes y las más caras. Su corazón palpita a toda prisa, está emocionado. Media hora después ya tiene hecha la selección: rosas, lirios y orquídeas en tonos rojo, salmón y crema. Mira una última vez el conjunto y no puede esconder una sonrisa cómplice. Sin duda su corona de flores será la más bonita del sepelio.


EL DIENTE ROTO
Pedro Emilio Coll
Venezuela (1872-1947)

A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña. Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo. Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan. Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
- El niño no está bien, Pablo -decía la madre al marido-, hay que llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
- Señora -terminó por decir el sabio después de un largo examen- la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted…
- ¿Qué, señor doctor de mi alma? -interrumpió la angustiada madre.
- Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible -continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar. Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison… etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar. Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar. Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua. Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.


POLÍGLOTA
Araceli Esteves
España (1960)

Siempre lloro en catalán, las lágrimas se desprenden mejor en esa lengua. Estornudar y toser lo hago en vasco, no consigo constiparme en ningún otro idioma. Lo de rascar me sale mejor en castellano, si lo intento en otro idioma el picor no cesa. Dormir, duermo en alemán, con el pijama limpio y siempre a la misma hora. Aunque los sueños siempre me salen en italiano, en blanco y negro y en el neorrealismo más puro. Ronco en checo, mastico en portugués y me peino y depilo en francés, el mismo idioma con el que me pinto las uñas. Pero amar, ya lo habrás notado, eso siempre en morse.


ELLA NO ME TOCA
Blas Sewald
Argentina (1954)

Ella tenía un pasado complicado, traumático, intenso (por decirlo de alguna manera) y yo lo sabía. Pero no me importó. Es una vergüenza, me dijeron. ¡A la mierda con la vergüenza!, les dije. El sexo era maravilloso, gestual, furioso, innovador. Y así siguió por un largo tiempo. No sé lo que pasó después. De pronto dejó de tocarme. Sus estados de ánimo se volvieron erráticos. Ahora se levanta y cae, y me arrastra consigo. Sus ojos se confunden en los cristales de lluvia. Sus manos, quietas, ya no fían. Y se va. Se va y vuelve. Se resigna y se rebela, provocando mil aludes de desprecio y de basura. Imagino que ella sabe que mi amor es verdadero, pero aún así se va. Es mi culpa, me dije. Fui al psicoanalista sólo para oírlo decirme que lo mío era una clara manifestación de sentimiento de culpa. Mencionó locuciones como disociación, reproches, deflexión. No me solucionó nada. Será porque me voy a morir pronto que ahora me invade una desolación inexplicable, como de barro en el corazón y una humedad pegajosa en la garganta. Sé que inevitablemente desapareceré de este trabajo penoso y sin sentido que es la vida. La neuropatía paraneoplásica hace su trabajo silencioso. A veces pienso que es eso lo que ha producido su brutal cambio, que vive la eventualidad de mi muerte como una traición de mi parte. Otras, pienso que soy un ingenuo. Hice, creo, todo lo posible por llegar a conocer sus secretos; nunca lo logré. Por eso volví al psicoanalista, para intentar comprender la situación de ella. Esta vez me habló de cierta estructura forclusiva de la psicosis, y utilizó términos como repudio primordial, represión de la aceptación, desmentida de la certeza. Me fui más confundido que antes de entrar a su consultorio. Y triste, claro, ya que lo único que saqué en limpio es que lo de ella son manifestaciones de una personalidad disfuncional. Vaya consuelo… Entonces sólo pienso en una cosa: quisiera volver a ser la nada, el infinito silencio. Y comenzar, comenzar de nuevo. En fin, ya falta poco.


EL VIEJO
Gonçalo M. Tavares
Portugal (1970)

Ya que no tenía tiempo para leer su contenido, el viejo quería por lo menos leer el título de todos los libros que existían en la mayor biblioteca del mundo. Es que, gradualmente, semana a semana, se estaba quedando ciego. Como no tenía tiempo para más su opción le pareció acertada. Si el título concentra lo esencial del libro y él leyese todos los títulos, se quedaría con lo esencial de una biblioteca entera. Comenzó el día 1 de enero alrededor de las 8 de la mañana. Lo hizo por el ala Norte. Con la cabeza inclinada, ora hacia un lado, ora hacia el otro, como si estuviese loco o tuviese una enfermedad, leía el título del libro en el lomo. Para las estanterías más altas se colocaba encima de los escalones de una escalera de metal que existía a tal efecto. Con rigor exhaustivo iba arrastrando la escalera ligeramente hacia un lado para que ningún libro de las estanterías altas escapase a su mirada. Era exhaustivo -no salteó ni un libro- pero era lento. Sólo en junio entró en el ala Sur de la Biblioteca y su vejez mientras tanto había avanzado: estaba casi ciego. A aquel ritmo probablemente no conseguiría llegar al final de la segunda ala de la biblioteca. La muerte y la ceguera se acercaban al mismo ritmo.
Los bibliotecarios y los usuarios, en los últimos días lo incentivaban, algunos le ayudaban a transportar la escalera. "Casi me estoy quedando ciego", repetía el viejo. Y todos en aquella frase oían "casi me estoy muriendo". Pero el viejo aún conseguía leer, aunque cada vez con mayor dificultad. Leía ahora como un niño que estuviese aprendiendo: letra a letra. Llegó al último libro de la biblioteca. Con una extraordinaria dificultad leyó su título. Después se sentó, con la respiración jadeante. Instintivamente sonaron aplausos: los funcionarios y los usuarios de la biblioteca manifestaban su admiración por el hecho, por la perseverancia. El viejo se quedó en la silla y allí se dejó estar. Aún permanece allí, sin moverse, sentado en la misma posición. Habrá quien diga que está tan feliz que ya no se muere.

24 de diciembre de 2017

Edgar Allan Poe por Julio Cortázar. El bostoniano maldito según el cronopio trujamán (X)

En la edición del 14 de diciembre de 1978 del diario "Clarín", apareció un breve texto de Cortázar -hasta entonces inédito- titulado “Translate, traduire, tradurre: traducir”. En él, entre otros temas, comparaba el “placer” de traducir con el “trabajo” de traducir: “Trujamán silencioso, en mi juventud viví tiempos de delicia mientras traducía libros como Mémoires d’Adrien, de Marguerite Yourcenar, o L’immoraliste, de André Gide, y años después los pagué con jornadas de horror o de letargo frente a los informes de algunos expertos de las Naciones Unidas en las esferas (ellos lo escriben así) de la sociología / alfabetización / regadío / medios masivos de comunicación (sic) / biblioteconomía / reactores atómicos de agua pesada, etcétera, que en general merecían su denominación de informes pero en segunda acepción”. En la misma dirección pero mucho más jocoso fue el texto “Posibilidades de la abstracción”, incluido en su libro “Historias de Cronopios y de Famas” que publicó en 1962: “Trabajo desde hace años en la Unesco y otros organismos internacionales, pese a lo cual conservo algún sentido del humor y especialmente una notable capacidad de abstracción, es decir, que si no me gusta un tipo lo borro del mapa con sólo decidirlo, y mientras él habla y habla yo me paso a Melville y el pobre cree que lo estoy escuchando. De la misma manera, si me gusta una chica puedo abstraerle la ropa apenas entra en mi campo visual, y mientras me habla de lo fría que está la mañana yo me paso largos minutos admirándole el ombliguito. A veces es casi malsana esta facilidad que tengo”.
Resulta evidente que la propuesta de traducir a Poe le vino como anillo al dedo, tanto para terminar con las “jornadas de horror o de letargo” vividas como traductor temporario en la UNESCO como para profundizar en la obra de aquel escritor que había comenzado a leer a los nueve años y que “con sus terroríficas historias no me dejaba dormir por las pesadillas que sufría”. De modo que, durante aquel verano de 1953, su primera decisión con la carta de Ayala aprobando su propuesta en la mano, fue dejar su trabajo en la distribuidora de libros con el argumento de que Roma “bien vale un ‘laissez-passer’ y dos o tres beneficios estudiantiles”. En ese momento Cortázar quedaba atrapado en la “graciosa situación de un individuo que es millonario”, ya que lo que cobraría por traducir a Poe rondaba el millón de francos, aunque al mismo tiempo se preguntaba cómo se las iba a arreglar para vivir durante el tiempo que le llevase semejante tarea pues, entre las tradiciones de la Universidad de Puerto Rico, estaba no adelantar un centavo hasta la entrega de la traducción. La salida, una vez más, fue pedir dinero prestado a los amigos.
La génesis, el progreso y el desenlace de la traducción cortazariana de la obra en prosa de Poe apareció minuciosamente narrada por el periodista español Juan Tallón (1975) en el suplemento cultural “Babelia” del diario “El País” en su edición del 11 de noviembre de 2016 bajo el título “Cortázar y un tal Poe”. “Como si fuese una parte más del viaje o un trámite de la traducción -cuenta Tallón-, el 22 de agosto de 1953 Julio se casó con Aurora. Después desarrendaron su habitación de la Rue de Gentilly, vendieron la Vespa, almacenaron sus libros en un guardamuebles, y sin más, el 16 de septiembre partieron de París en tren hacia una Roma veraniega. Durante los primeros días se instalaron en el Albergo Pelliccioni, junto a la estación Termini, para después trasladarse a la Via di Propaganda Fide, a una pensión a cien metros de la Piazza di Spagna, cerca de la casa en la que vivió y murió su amado John Keats, circunstancia que hizo las delicias de ambos. Pagarían 20.000 liras al mes”.
“Yo estoy ya hasta las orejas en Poe. Hoy traduje diez páginas de los crímenes de la Rue Morgue. ¡Br…!”, le escribe a su amigo Eduardo Jonquières quien, desde Buenos Aires, les prometió enviarles algo de dinero. Sólo contaban con 36.000 liras, pocas para la Roma de entonces. Ello implicaba almorzar con modestia renunciando a la pizza -aquella que “aparte de deliciosa, aparte de ser la locura más inconmensurable del sistema solar, es barata y nos deja repletos y felices como gatos”-, traducir sin descanso y de noche comer un huevo pasado por agua y un sándwich de queso. “Como simultáneamente yo andaba traduciendo las aventuras de A. Gordon Pym, el tema del canibalismo volvía muchas veces a nuestros diálogos, y se adecuaba lúgubremente a nuestra situación”, le contaría a Jonquières. Los problemas económicos de disiparon cuando el 9 de diciembre el cartero tocó el timbre y, en un sobrecito azul, recibieron las liras que les enviaba su amigo desde Argentina.


Cortázar se consagró exclusivamente a Poe, sin embargo, cuando está a punto de llegar 1954, la traducción entra “en lo que un mal escritor llamaría el período crucial pero que yo, más purista, califico de quilombo desatado. Poe se ha propuesto escribir conmigo su mejor cuento fantástico, el del escritor que no se deja traducir del todo. Hace dos meses calculé que me faltaban unas seiscientas páginas. Traduzco diez diarias como promedio. Anoche saqué cuentas y me falta unas… seiscientas (exagero un poco en beneficio de tu sonrisa, pero la verdad es que el Edgardo tiene una elasticidad que ya la quisiera mi cuñadísimo-escritor prolífico)”, diría en otra carta a su amigo Jonquières. “Un traductor se parece a una persona que hace la maleta. Tiene la maleta abierta delante de él, mete un objeto dentro, después piensa que a lo mejor otro podría ser más útil, saca el objeto, pero lo vuelve a meter dentro, porque, pensándolo mejor, piensa que es imprescindible. En realidad, siempre existirá ese ‘algo’ que le escapa a la traducción, y el arte del traductor consiste en no permitir que se pierda nada”. Estas palabras pronunciadas por la escritora francesa Marguerite Yourcenar (1903-1987) seguramente habrán resonado en los oídos de Cortázar en aquellos días.
A fines de febrero de 1954 viajaron a Florencia donde permanecieron dos meses y, en jornadas de nueve horas de trabajo, terminaron la ciclópea tarea. Más de 2.000 páginas, incluidos prólogos, notas, biografía y otros adornos críticos que mandaron a mediados de mayo a la Universidad de Puerto Rico. Después de enviar sus maletas a París y quedarse con lo imprescindible, viajaron a Venecia y, luego de visitar algunas ciudades más, pasaron sus últimos cinco días italianos en Milán y el 9 de junio regresaron a París. Cortázar pensaba que la liquidación sería cuestión de un par de semanas; tardaría cuatro meses. Mientras tanto, ambos retomaron su trabajo en la UNESCO (donde les ofrecieron plazas de traductor fijo pero prefirieron mantener la misma relación laxa que habían conservado hasta la fecha) y aliviaron así sus apuros económicos. La obra no estuvo lista hasta 1956, cuando apareció en dos tomos en la editorial de la Universidad de Puerto Rico en colaboración con la “Revista de Occidente”. En mayo de 1957, en una carta que le envió al escritor Jean Bernabé (1942-2017), le contó que “los libros me llegaron cuando ya ni me acordaba de todo el trabajo que me había dado esa traducción”. Durante ese tiempo Cortázar retomó la escritura y siguió traduciendo. En 1955 lo hizo con “Mémoires d'Hadrien” (Memorias de Adriano) de Marguerite Yourcenar (obra que se convertiría en el otro gran hito de su trayectoria profesional como traductor), y con “Life and letters of Keats” (Vida y cartas de John Keats) de Lord Houghton (1809-1885). También publicaría sus libros de cuentos “Final del juego” en 1956 y “Las armas secretas” en 1959. “La traducción debe tender a impresionar al público a que va dirigida como impresiona el original al público que lo ha leído”, escribió Poe alguna vez. Cortázar cumplió con este principio al pie de la letra.


De enero a junio de 1849 pareció agazaparse, esperar. Pero hay un poema, “Para Annie”, en el que Poe se describe a sí mismo muerto, feliz y abandonadamente muerto, por fin y definitivamente muerto. Era demasiado lúcido para engañarse sobre la verdad, y cuando iba a Nueva York se entregaba al láudano con desesperada avidez. Un admirador le escribió entonces ofreciéndose a financiar la revista que tanto había deseado. Era la última oportunidad de su vida, era la última carta. Pero Edgar, como Pushkin, perdía siempre en el juego y también perdió esta vez. El final comprende dos terribles etapas con un interludio amoroso.
En julio de 1849, Poe abandonó Nueva York para volver a su ciudad de Richmond. No se sabe por qué lo hizo, como no fuera movido por un oscuro instinto de refugio, de protección. Lleno de presentimientos, se despidió de la pobre “Muddie”, que no volvería a verlo. De una amiga se separó diciéndole que estaba seguro de no regresar; lloraba al decirlo. Era un hombre con los nervios a flor de piel, que temblaba a cada palabra. No se sabe cómo llegó a Filadelfia, interrumpiendo su viaje al Sur, hasta que a mediados de julio, probablemente después de muchos días de intoxicación continua, Edgar entró corriendo en la redacción de una revista donde tenía amigos y reclamó desesperadamente protección. La manía persecutoria estallaba en toda su fuerza. Estaba convencido de que “Muddie” había muerto; probablemente quiso matarse a su vez, pero el “fantasma” de Virginia lo había detenido... La alucinante teoría duró semanas enteras hasta que Edgar empezó a reaccionar.
Entonces pudo escribir a Mrs. Clemm, pero el párrafo central de su carta decía: “Apenas recibas ésta ven inmediatamente... Hemos de morir juntos. Inútil tratar de convencerme: debo morir...”. Sus desolados amigos reunieron algún dinero y lo embarcaron rumbo a Richmond; durante el viaje, sintiéndose mejor, escribió otra carta a “Muddie” reclamando su presencia. Lejos de ella, lejos de alguien que lo acompañara y cuidara, Edgar estaba siempre perdido. El más solitario de los hombres no sabía estar solo. Apenas llegado a Richmond escribió otra vez. La carta es horrible: “Llegué aquí con dos dólares, de los cuales te mando uno. ¡Oh, Dios, madre mía! ¿Nos veremos otra vez? ¡Oh, VEN si puedes! Mis ropas están en un estado tan horrible y me siento tan mal...”.


Pero los amigos de Richmond le proporcionaron sus últimos días tranquilos. Bien atendido, respirando la atmósfera virginiana que, después de todo, era la única verdaderamente suya, Edgar nadó una vez más contra la corriente negra, como había nadado de niño para asombro de sus camaradas. Se le vio de nuevo paseando reposadamente por las calles de Richmond, visitando las casas de los amigos, asistiendo a las tertulias y a las veladas, donde, claro está, lo asediaban cordialmente para que recitara “El cuervo”, que en su boca se convertía en “el poema inolvidable”. Y luego estaba Elmira, su novia lejana, convertida en una viuda de respetable apariencia, y a quien Edgar buscó de inmediato como quien necesita cerrar un círculo, completar una forma imperfecta. Luego se diría que Edgar no ignoraba la fortuna de Elmira. Sin duda no la ignoraba; pero es tan gratuito como sórdido ver en su retorno al pasado una maniobra de cazador de dotes.
Elmira aceptó de inmediato su compañía, su amistad, su pronto galanteo. En la adolescencia había prometido ser su mujer; los años habían pasado y Edgar estaba otra vez ahí, fatalmente bello y misterioso, aureolado por una fama donde el escándalo era una prueba más del genio que lo provocaba. Elmira aceptó casarse con él, y aunque hubo una etapa de malentendidos y algunas recaídas de Edgar, hacia septiembre de 1849 el matrimonio quedó definitivamente concertado para el mes siguiente. Decidióse que Edgar viajaría al Norte en busca de “Muddie”, y para entrevistarse con Griswold, quien había aceptado ocuparse de la edición de las obras del poeta. Edgar pronunció una última conferencia en Richmond, repitiendo su famoso texto sobre “El principio poético”, y la delicadeza de sus amigos halló la manera de proporcionarle el dinero necesario para el viaje. A las cuatro de la madrugada del 27 de septiembre de 1849, Edgar se embarcó rumbo a Baltimore. Como siempre en esas circunstancias, estaba deprimido y lleno de presentimientos. Su partida a hora tan temprana (o tan tardía, pues había pasado la noche en un restaurante con sus amigos) parece haber obedecido a un repentino capricho suyo. Y desde ese instante todo es niebla, que se desgarra aquí y allá para dejar entrever el final.
Se ha dicho que Poe, en los períodos de depresión derivados de una evidente debilidad cardiaca, acudía al alcohol como un estimulante imprescindible. Apenas bebía, su cerebro pagaba las consecuencias. Este círculo vicioso debió cerrarse otra vez a bordo durante la travesía a Baltimore. Los médicos le habían asegurado en Richmond que otra recaída sería fatal, y no se equivocaban. El 29 de septiembre el barco atracó en Baltimore; Poe debía tomar allí el tren para Filadelfia, pero se hacía necesario esperar varias horas. En una de estas horas se selló su destino. Se sabe que cuando visitó a un amigo ya estaba ebrio. Lo que pasó después es sólo materia de conjetura. Se abre un paréntesis de cinco días, al final de los cuales un médico, conocido de Poe, recibió un mensaje presurosamente escrito a lápiz, informándolo de que un caballero “más bien mal vestido” necesitaba urgentemente su ayuda. La nota procedía de un tipógrafo que acababa de reconocer a Edgar Poe en un borracho semiinconsciente, metido en una taberna y rodeado por la peor ralea de Baltimore. Eran días de elecciones, y los partidos en pugna hacían votar repetidas veces a pobres diablos, a quienes emborrachaban previamente para llevarlos de un comicio a otro. Sin que exista prueba concreta, lo más probable es que Poe fuera utilizado como votante y abandonado finalmente en la taberna donde acababan de identificarlo. La descripción que más adelante haría el médico muestra que estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infierno en vida, entregado definitivamente a sus visiones.


El resto de sus fuerzas (vivió cinco días más en un hospital de Baltimore) se quemó en terribles alucinaciones, en luchar con las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de “Gordon Pym” y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela. Ni “Muddie”, ni Annie, ni Elmira estuvieron junto a él, pues lo ignoraban todo. En un intervalo de lucidez, parece haber preguntado si quedaba alguna esperanza. Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: “No quiero decir eso. Quiero saber si hay esperanza para un miserable como yo”. Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. “Que Dios ayude a mi pobre alma”, fueron sus últimas palabras. Más tarde, biógrafos entusiastas le harían decir otras cosas. La leyenda empezó casi en seguida, y a Edgar le hubiera divertido estar allí para ayudar, para inventar cosas nuevas, confundir a las gentes, poner su impagable imaginación al servicio de una biografía mítica.

16 de diciembre de 2017

Edgar Allan Poe por Julio Cortázar. El bostoniano maldito según el cronopio trujamán (IX)

A mediados de 1951, Cortázar obtuvo una beca del gobierno francés para estudiar la literatura francesa contemporánea -tanto narrativa como poética- y sus influencias y vinculaciones con las letras inglesas. La subvención comprendía su estadía en París durante de diez meses, esto es, desde octubre de ese año hasta julio de 1952. Concluida esa labor, y con la firme intención de quedarse allí, gracias a un aviso en el diario Cortázar consigue un empleo en una distribuidora de libros. Su trabajo consistía en empaquetarlos y llevarlos a distintas librerías de la ciudad, para lo cual le compró una moto Vespa de segunda mano a un médico argentino. Si bien el sueldo no era gran cosa, lo que más le importó fue la flexibilidad horaria, lo que le dejaba tiempo libre para vagar por la “ville lumière” (ciudad luz), leer y, por supuesto, escribir. También, y gracias a las gestiones de la escritora y editora argentina Victoria Ocampo (1890-1979) -fundadora de la revista “Sur” en la que Cortázar publicó entre 1948 y 1953 ensayos y reseñas literarias- pudo establecer una vinculación profesional como traductor de documentos públicos y técnicos en la UNESCO.
Así, repartiendo su tiempo entre los dos empleos, Cortázar pudo superar al fin la agobiante situación que atravesaba por aquellos años, algo que deja entrever en la copiosa correspondencia que mantuvo con su amigo el artista plástico argentino Eduardo Jonquières (1918-2000): “Todo el cariño de mis amigos no hubiera podido salvarme de la soledad de Buenos Aires, esa entrañable enemiga que puedo vencer poéticamente, pero que me destroza en lo personal”. Para él, en la Argentina de entonces se respiraba una atmósfera de fraude, violencia y fascismo intolerable. Sus continuas migrañas y alergias lo llevaron a visitar a un médico quien, después de escucharlo atentamente, le dijo: “Lo suyo no es una enfermedad, es una opinión. Váyase”. Y Cortázar se fue. En París, mientras iba dándole forma a sus “Cronopios”, sigue traduciendo para la editorial “Sudamericana”. Así, fueron sucediéndose entre 1952 y 1953 las traducciones de “La vouivre” (La víbora), de Marcel Aymé (1902-1967); “La vie des autres” (La vida de los otros), de Ladislas Dormandi (1898-1967), y "Ainsi soit-il ou Les Jeux sont faits” (Así sea o la suerte está echada), de André Gide (1869-1951). Lo que obtenía con el oficio de traductor le alcanzaba para vivir, pero, también, como decía bromeando, le facilitaba papel, una máquina y tiempo para escribir.
Mientras tanto, a fines de diciembre de 1952, en medio de una descomunal ventisca llegaba a París Aurora Bernárdez (1920-2014), con quien se había conocido a fines de la década del ‘40 en Buenos Aires. Los había presentado una amiga en común, la escritora y periodista Inés Malinow (1922-2016), en una confitería de la calle Florida. Bernárdez, traductora literaria también ella, se convertiría en la compañera incondicional de Cortázar. “Comíamos kilos de papas fritas, hacíamos los bifes casi clandestinamente porque en la pieza del hotel no había cocina ni se nos autorizaba a cocinar; abríamos la ventana del cuarto para que no humeara tanto”, recordaría muchos años después. A poco de llegar consiguió varios trabajos de traducción independiente (Flaubert, Faulkner, Sartre y Camus, entre muchos otros) y también en la UNESCO, lo que le permitió a la pareja mantenerse económicamente. En una carta a su amigo Jonquières fechada el 16 de marzo de 1953 diría Cortázar: “Me resulta muy extraordinario pensar que, antes de salir de Buenos Aires, exactamente un mes antes, descubrí lo que nunca hubiera creído posible descubrir en mí sin sospecha de mentira o autoengaño. Tuve el valor de hacerme las preguntas esenciales y salí limpio de la prueba. Pude hablar, pude decirle a Aurora lo que tenía que decirle, y pude venirme a Francia sin ninguna esperanza, pero con la serenidad que era por sí sola una altísima recompensa a mi cariño. El resto lo sabes, ella ha venido a su vez, está aquí, su mano duerme de noche entre las mías. Y esta felicidad se parece tanto a un huracán que me da miedo”.


En el verano de 1952, Cortázar había planeado tomarse unas vacaciones en Italia. Su plan incluía llevar su moto en tren hasta Milán y, desde allí, recorrer el país durante un mes. Pero eso fue antes de que el 14 de abril de 1953 se cruzase una viejecita en su camino y, para no atropellarla, se cayese de la Vespa y se rompiese una pierna. En julio de ese año, aún convaleciente, recibió en su departamento de la Rue de Gentilly una carta con lo que denominó un “notición”: el escritor español Francisco Ayala (1906-2009), por entonces profesor en la Universidad de Puerto Rico y director de su editorial, le comunicaba que la institución le encargaba la traducción al español de la obra narrativa y ensayística de Edgar Allan Poe. Por el trabajo le pagarían 2.500 dólares (que al final fueron 3.000), una cantidad muy apreciable para la época y que le permitiría organizar su vida durante un tiempo relativamente prolongado. “Es para que a uno se le caigan las medias, realmente”, le confesaría lleno de felicidad a su amigo Jonquières en una de sus cartas.
Ayala, traductor al español de autores como Mann, Moravia, Rilke y Zweig, había conocido a Cortázar a finales de los años ‘40 en Buenos Aires, durante su exilio como consecuencia de la Guerra Civil en su país natal. En su libro de memorias “Recuerdos y olvidos”, publicadas en 1983, evocó cómo en aquellas fechas nadie hacía caso del joven Cortázar: “Yo tomaba café a veces con Daniel Devoto, Luis Baudizzone y algún otro, y Cortázar se nos sumaba, apresurado, jovial, irritado, asertivo”. Ya por entonces el escritor argentino alababa la obra de Poe por “esa particular manera de ver y de sentir unas realidades diferentes a la realidad cotidiana” y confesaba “estar sometido, desde muy temprana edad, a la magia de los relatos” del escritor bostoniano, algo que lo llevó a “ver el mundo de una manera distinta”. Años después, instalado en el pequeño archipiélago caribeño, Ayala recordó aquellas conversaciones en Argentina y le ofreció la traducción de Poe.
El idilio de Cortázar con el autor de “The gold bug” (El escarabajo de oro), efectivamente, había comenzado en su juventud, tal como recuerda el escritor español Miguel Herráez (1957) en su “Julio Cortázar, una biografía revisada”: “Sin directrices ni maestros, empezó a devorar toda la literatura fantástica que tenía a su alcance: Horace Walpole, Joseph Sheridan Le Fanu, Charles Maturin, Mary Shelley, Ambrose Bierce, Gustav Meyrink y Edgar Allan Poe, este en la edición española de Blanco Belmonte”. Idéntico hechizo puede apreciarse en los testimonios recogidos por la escritora mexicana Elena Poniatowska (1932) en su “La vuelta a Julio Cortázar en (cerca de) 80 preguntas”. Allí Cortázar cuenta que “Poe me enseñó lo que es una gran literatura y lo que es el cuento. Ya adulto me preocupé por completar mis lecturas de Poe, es decir, leer los ensayos que son poco leídos en general, salvo los dos o tres famosos”. Y más adelante: “Francisco Ayala, en la Universidad de Puerto Rico, muy amigo mío en Argentina, se acordó de nuestras conversaciones y me escribió preguntándome si yo quería hacer la traducción”. En el verano de 1953 Cortázar no lo dudó y, siguiendo las formalidades, aceptó la propuesta.


Los Poe seguían mudándose de casa una y otra vez, hasta que, en mayo de 1846, buscando aire puro para la moribunda Virginia, dieron con un cottage en Fordham, en las afueras de la ciudad. Edgar debió de refugiarse en él como un animal acosado. Las semanas anteriores habían sido horribles. Querellas (una de las cuales acabó a golpes), acusaciones, deudas apremiantes y el alcohol y el láudano como vanos paliativos. Mrs. Osgood se había apartado de la escena. Virginia se moría y faltaba el dinero. La única carta que se conserva de Poe a su mujer tiene acentos desgarradores: “Mi corazón, mi querida Virginia, nuestra madre te explicará por qué no vuelvo esta noche. Confío en que la entrevista que debo sostener será beneficiosa para nosotros... Hubiera perdido yo todo coraje si no fuera por ti, mi mujercita querida... Eres mi mayor y mi único estímulo ahora para batallar contra esta vida inconciliable, insatisfactoria e ingrata... Que duermas bien y que Dios te dé un agradable verano junto a tu devoto Edgar”.
Virginia se moría. Edgar la sabía muerta, y así nació “Annabel Lee”, que es la visión poética de su vida junto a ella. “Yo era un niño y ella una niña, en un reino a orillas del mar...”. El verano y el otoño pasaron sin que encontraran tranquilidad. Su fama traía numerosos visitantes al placentero ‘cottage’, y de ellos quedan testimonios de ternura, la delicadeza de Edgar para con Virginia y de los esfuerzos de “Muddie” para darles de comer. Con el invierno la situación se volvió desesperada. Los círculos literarios de Nueva York supieron lo que ocurría, y la muerte inminente de Virginia ablandó muchos corazones que, de tratarse sólo de Poe, no se hubieran mostrado tan accesibles. La mejor amiga en ese trance fue Marie Louise Shew, vinculada indirectamente a los ‘literati’, mujer sensible y sensata a la vez. Herido en su orgullo, Poe debió de rebelarse al comienzo; luego tuvo que aceptar los socorros y Virginia recibió lo indispensable para no pasar frío y hambre. Murió a fines de enero de 1847. Los amigos recordaban cómo Poe siguió el cortejo envuelto en su vieja capa de cadete, que durante meses había sido el único abrigo de la cama de Virginia.


Después de semanas de semiinconsciencia y delirio, volvió a despertar frente a ese mundo en el que faltaba Virginia. Y su conducta desde entonces es la del que ha perdido su escudo y ataca, desesperado, para compensar de alguna manera su desnudez, su misteriosa vulnerabilidad. Al principio fue el miedo. Se sabe que Edgar temía la oscuridad, que no podía dormir, que “Muddie” debía quedarse horas a su lado, teniéndole la mano. Cuando se apartaba al fin de su lado, él abría los ojos. “Todavía no, Muddie, todavía no...”. Pero de día se puede pensar con ayuda de la luz, y Edgar es todavía capaz de asombrosas concentraciones intelectuales. De ellas va a nacer “Eureka”, así como del fondo de la noche, del balbuceo mismo del terror, rezumará la maravilla de “Ulalume”.
El año 1847 mostró a Poe luchando contra los fantasmas, recayendo en el opio y el alcohol, aferrándose a una adoración por completo espiritual de Marie Louise Shew, que había ganado su afecto durante la agonía de Virginia. Ella contó más tarde que “Las campanas” nacieron de un diálogo entre ambos. Contó también los delirios diurnos de Poe, sus imaginarios relatos de viajes a España y a Francia, sus duelos, sus aventuras. Mrs. Shew admiraba el genio de Edgar y tenía una profunda estima por el hombre. Cuando sospechó que la presencia incesante del poeta iba a comprometerla, se alejó apenada, como lo había hecho Frances Osgood. Y entonces entra en escena la etérea Sarah Helen Whitman, poetisa mediocre pero mujer llena de inmaterial encanto, como las heroínas de los mejores sueños vividos o imaginados por Edgar, y que además se llama Helen, como él había llamado a su primer amor de adolescencia. Mrs. Whitman había quedado tempranamente viuda, pertenecía a los ‘literati’ y cultivaba el espiritismo, como la mayoría de aquéllos. Poe descubrió de inmediato sus afinidades con Helen, pero el mejor índice de su creciente desintegración lo da el hecho de que, en 1848, mientras por una parte mantiene correspondencia amorosa con Mrs. Whitman, que aún hoy conmueve a los entusiastas del género, por otra parte conoce a Mrs. Annie Richmond, cuyos ojos le causan profunda impresión (uno piensa en los dientes de Berenice), y de inmediato la visita, gana la confianza de su esposo, de toda la familia, la llama “hermana Annie” y descansa en su amistad, encuentra ese alivio espiritual que requería siempre de las mujeres y que una sola era ya incapaz de darle.
Los movimientos de Edgar en estos últimos tiempos son complicados, fluctuantes, a veces desconocidos. Dio alguna conferencia. Volvió a “su” Richmond, donde bebió terriblemente y recitó largos pasajes de “Eureka” en los bares, para estupefacción de honestos ciudadanos. Pero también en Richmond, cuando recobró la normalidad, pudo vivir sus últimos días felices porque tenía allí viejos y leales amigos, familias que lo recibían con afecto mezclado de tristeza, y quedan crónicas de paseos, bromas y juegos en los que “Eddie” se divertía como un chico. Asoma entonces (parece que en una de sus conferencias) la imagen de Elmira, su novia de juventud, que había quedado viuda y no olvidaba al hombre de quien la apartara una conjura familiar. Edgar debió de verla y pensar en ella. Pero Helen lo atraía mágicamente y volvió al Norte con expresa intención de proponerle matrimonio. Helen era incapaz de resistir la fascinación de Poe, pero no se sentía muy dispuesta a casarse de nuevo. Prometió reflexionar y decidirse. Edgar se fue a esperar su decisión a casa de Annie Richmond, lo cual es perfectamente característico.


El resto se vuelve cada vez más brumoso. Poe recibe una carta indecisa de Helen y, entretanto, su afecto por Annie parece haber aumentado tanto que, al separarse de ella, le arrancó la promesa de que acudiría a su lecho de muerte. Desgarrado por un conflicto entre imaginario y real, Edgar partió dispuesto a visitar a Helen, sin llegar a su destino. “No me acuerdo de nada de lo sucedido”, diría luego en una carta. Pero él mismo narra su tentativa de suicidio. Compró láudano y bebió la mitad del frasco en Boston. Antes de tener tiempo de tomar la otra mitad (que lo hubiera matado) sobrevino la reacción de un organismo ya habituado al opio, y Edgar vomitó el exceso de láudano. Cuando más tarde llegó a casa de Helen tuvo lugar una escena desgarradora, hasta que ella consintió en el matrimonio si Edgar le prometía abstenerse para siempre de toda droga o estimulante. Poe lo prometió, volviendo al ‘cottage’ de Fordham, donde Mrs. Clemm lo esperaba angustiada por su larga ausencia y los rumores que llegaban sobre las locuras de “Eddie”.
Quien quiera asomarse al Poe de esos días deberá leer la correspondencia enviada desde ese momento a Helen, a Annie, a algunos amigos; la miseria, la inquietud, una angustia que la promesa de Helen no alcanza a borrar -se diría que todo lo contrario-, configuran el clima indefinible de las pesadillas. Edgar sabía que los ‘literati’ batallaban para disuadir a Helen y que la madre de ésta temblaba por las consecuencias del matrimonio. Le disgustó profundamente que en la redacción del contrato de bodas los escasos bienes de Mrs. Whitman fueran puestos deliberadamente a salvo de su alcance, como si le creyeran un aventurero. En vísperas de la boda pronunció una conferencia que fue aplaudida con entusiasmo, pero simultáneamente Helen se enteró de las visitas de Edgar a casa de Annie y de los rumores, por lo demás perfectamente falsos, que circulaban al respecto. Edgar había bebido con unos amigos, aunque sin embriagarse. Todo ello provocó a último momento la negativa de Helen. Edgar suplicó en vano. Ella volvió a decirle que le amaba, pero se mantuvo firme, y el poeta retornó a Fordham en un infierno de desesperación.
Quizá este mismo infierno le ayudó a levantarse una vez más, la última. Asqueado por los rumores, la maledicencia, la sociedad de los ‘literati’ y sus mezquinas querellas, se encerró en el ‘cottage’ con Mrs. Clemm y luchó con los restos de su energía para salir adelante, editar, por fin, su nunca olvidada revista y reanudar el trabajo creador.

5 de diciembre de 2017

Edgar Allan Poe por Julio Cortázar. El bostoniano maldito según el cronopio trujamán (VIII)

Es indudable que la traducción ocupó un lugar relevante tanto en la vida como en la obra de Cortázar. En la década de los ’40 estudió varias lenguas extranjeras convencido de que el oficio de traductor no sólo era un excelente observatorio que le ofrecía la oportunidad de asimilar modelos literarios, sino también un laboratorio que podía otorgarle soltura rítmica a su condición de escritor incipiente. Fueron muchos los años que dedicó a esa profesión, ya sea en carácter de traductor literario para distintas editoriales o como traductor profesional de organizaciones nacionales e internacionales. Durante los primeros tiempos en que ejerció esa actividad, indudablemente la valoró como un original y provechoso recurso para asimilar las particularidades de la literatura universal, pero sin incorporarla todavía a sus propios cuentos. En ellos se limitó a intercalar de tanto en tanto vocablos, frases o giros idiomáticos en francés o en inglés, tal como hizo en, por ejemplo, “Lejana”, “Carta a una señorita en París”, “Las puertas del cielo” o “Las ménades”.
Esta modalidad cambiaría cuando ya llevaba más de una década viviendo en París y publicó, en 1963, la que sería considerada su obra cumbre: “Rayuela”. En ella se ponen de manifiesto dos técnicas frecuentes en toda su obra: el tema del desdoblamiento como búsqueda de “una realidad en la que lo fantástico irrumpe en lo cotidiano”, y la autorreferencialidad narrativa. El protagonista, Horacio Oliveira, es un traductor que trabaja en París. Intelectual argentino exiliado en París, divide su tiempo entre recolectar todo tipo de desechos y alambres en sus paseos por la ciudad para armar esculturas, reunirse con un grupo de amigos en el Club de la Serpiente -por él fundado- para charlar sobre temas existenciales y escuchar jazz, y llevar adelante una tormentosa relación con su amante, La Maga. En todo momento sobrevuela la acción la figura de un anciano escritor llamado Morelli, “un artista que tiene una idea especial del arte, consistente más que nada en echar abajo las formas usuales, cosa corriente en todo buen artista” y cuya presencia domina la última parte del libro. Además, la novela contiene palabras, frases, títulos de libros y revistas, títulos y letras de canciones y citas de otros autores en nueve lenguas diferentes. Así, el oficio de traductor aparece por primera vez en la obra de Cortázar, quien además, se desdobla en Oliveira en su gusto por el jazz, y en Morelli en cuanto a la ruptura de las formas lingüísticas habituales.
Una década más tarde publicaría “Libro de Manuel” -una novela inscripta en la estética vanguardista típica de la época- en la que la traducción desempeña múltiples y decisivas funciones y pasa a constituir un recurso narrativo de primer orden. El “Libro de Manuel”, es una obra experimental en la que la disparidad, el contraste, la desigualdad entre Europa y América Latina constituyen el eje central de la trama. La acción se desarrolla en París, pero los personajes -en gran parte intelectuales revolucionarios exiliados- mantienen un contacto constante con el mundo latinoamericano. La idea predominante de la novela es la de articular una concepción de una “sociedad nueva” en la que se desenvuelva el “hombre nuevo” encarnado por Manuel, un niño de tres años, hijo de la única pareja estable del grupo de personajes. Insertado en el cuerpo novelístico, aparecen recortes de diarios, cartas, documentos, informes, artículos de periódicos franceses y latinoamericanos en su idioma de publicación original, los que los protagonistas recopilan entre todos para Manuel con la idea de que algún día él vivirá la historia a través de éstos. La temática de esos documentos ronda prioritariamente en torno a las acciones represivas que se venían ejecutando en Argentina y el resto de los países latinoamericanos (aunque también hay algunos recortes sobre sucesos en Alemania, Francia y Vietnam): casos de tortura y desapariciones, lucha social e injusticias, violencia urbana y secuestros, acciones que, en pocos años, degenerarían en Terrorismo de Estado en varios de los países del Cono Sur. Quien se encarga de organizar y traducir todos esos textos es Susana, madre de Manuel y traductora profesional. Traduciendo buena parte de ellos del francés, no sólo se dirige a su hijo sino también a los lectores de carne y hueso. De esta manera, la traducción se suma al tejido novelesco y se convierte en táctica narrativa.


En “Diario para un cuento”, relato que integra “Deshoras”, su libro póstumo, Cortázar retomó el tema de la traducción en un contexto autobiográfico y real. En una entrevista que le concedió en París al escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano (1943-1997) -que aparecería publicada en el nº 113 de la revista “Humor” en septiembre de 1983- decía Cortázar: “Yo fui traductor público nacional y lo más interesante del cuento es la parte autobiográfica porque tal como lo cuento en el ‘Diario’, entre la clientela que me dejó mi socio cuando se marchó de la oficina que teníamos en San Martín y Corrientes, me encontré con cuatro o cinco clientas que eran prostitutas del puerto a quienes él les traducía y escribía cartas en inglés y en francés. Entonces yo me encontré con ese problema. Recuerdo que él les cobraba cinco pesos, más por la forma que por el trabajo. Entonces, cuando yo heredé eso, me pareció cruel decirles que porque yo era el nuevo traductor no iba a hacer ese trabajo. Por otra parte era una experiencia psicológica interesante y durante un año les traduje cartas de los marineros que les escribían desde otros puertos”.
El autor de “No habrá más penas ni olvido” había conocido a Cortázar diez años antes cuando le hizo una entrevista para el diario “La Opinión” en Mendoza. En 1973 ese periódico había organizado junto con la Editorial Sudamericana un concurso de novela latinoamericana cuyos jurados eran Juan Carlos Onetti (1909-1994), Augusto Roa Bastos (1917-2005), Rodolfo Walsh (1927-1977) y el propio Cortázar. Luego, con el advenimiento de la dictadura militar, Soriano marchó al exilio, primero en Bruselas y después en París, en donde trabó amistad con Cortázar. Ambos, junto a otros exiliados argentinos, fundaron el periódico “Sin Censura” e, incluso, Cortázar escribió el prólogo de la edición francesa de “Triste, solitario y final”. Por ese entonces, en una entrevista aparecida en mayo de 1975 en el n°44 de la revista mexicana “Plural”, Cortázar manifestaba que había comenzado a escribir cuentos por Edgar Allan Poe quien le había enseñado “lo que es la gran literatura y lo que es el cuento”.


El período de Nueva York señala el resurgimiento del poeta en Edgar, a quien el tema de “El cuervo” seguía obsesionando de continuo. El poema habría de adquirir pronto forma definitiva, y las circunstancias fueron por una vez favorables. El calor del verano hacía daño a la desfalleciente Virginia, y Edgar buscó, reuniendo dinero con su trabajo periodístico, algún lugar en las afueras de Nueva York donde pasar los meses de estío. Lo encontró en una granja de Bloomingdale, que habría de convertirse para los Poe en un pequeño y efímero paraíso. Allí había aire puro, praderas, alimento en abundancia, hasta alegría. Edgar halló un poco de paz lejos de Nueva York y su mundo inconciliable con el suyo. El famoso busto de Palas, inmortalizado en “El cuervo”, estaba sobre una puerta interior de la casa. Edgar empezó a escribir regularmente, y los cuentos y artículos se sucedían y hasta se publicaban en seguida, porque el nombre del autor bastaba para interesar a los lectores de todo el país. “El entierro prematuro”, mezcla de crónica y cuento, fue escrito en el “perfecto cielo” de Bloomingdale y prueba la ambivalencia invariable de la mente de Poe; es uno de sus relatos más mórbidos y angustiosos, lleno de una malsana fascinación por los horrores de la tumba, que el pretexto del tema disfraza malamente.
“El cuervo” alcanzó aquel verano su versión casi definitiva -pues los retoques de Edgar a sus poemas eran infinitos y se multiplicaban en tas diferentes publicaciones de cada uno-. El autor lo leyó a muchos amigos, y hay anécdotas que lo muestran recitando el poema y pidiendo luego la opinión de los presentes con vistas a posibles cambios. Todo ello está muy lejos de su propia versión en el ensayo titulado “Filosofía de la composición”, aunque éste pueda estar más cerca de la verdad de lo que se suele creer. Que el poema pasó por diversos “estados” es cierto; pero la estructura central, a la que se alude en el ensayo, pudo nacer de un proceso lógico (poéticamente lógico, mejor, y todo poeta sabe que no hay contradicción en los términos) como el que se describe en el ensayo.
Se acercaba el invierno y había que volver a Nueva York, donde Poe acababa de obtener un modesto empleo en el flamante “Evening Mirror”. El año 1845 -Edgar tenía treinta y seis años- se abrió con su amistosa separación del “Mirror” y su ingreso en el “Broadway Journal”. De pronto, inesperadamente para todos, pero quizá no para él, la fama habría de difundir su nombre más allá de las fronteras de su patria y convertido en el hombre del día. Hábilmente preparada por Poe y sus amigos, la publicación de “El cuervo” conmovió los círculos literarios y todas las capas sociales, hasta un punto que actualmente resulta difícil imaginar. La misteriosa magia del poema, su oscuro llamado, el nombre del autor, satánicamente aureolado con una “leyenda negra”, se confabularon para hacer de “El cuervo” la imagen misma del romanticismo en Norteamérica, y una de las instancias más memorables de la poesía de todos los tiempos.


Las puertas de los salones literarios se abrieron inmediatamente para Poe. El público acudía a sus conferencias con el deseo de oírle recitar “El cuervo” -experiencia memorable para muchos oyentes y de la cual quedan testimonios inequívocos-. Las damas, sobre todo, estaban fascinadas oyéndolo hablar.
Edgar lo hacía admirablemente, seguro de sí mismo, pisando, por fin, el terreno que durante tantos años había tanteado. “Su conversación -habrá de decir Griswold con florida retórica- alcanzaba a veces una elocuencia casi sobrenatural. Modulaba la voz con asombrosa destreza y sus grandes ojos, de variable expresión, miraban serenos o infundían una ígnea confusión en los de sus oyentes, mientras su rostro resplandecía o manteníase inmutablemente pálido, según que la imaginación apresurara el correr de su sangre o la helara en torno al corazón. Las imágenes que empleaba procedían de mundos que un mortal sólo puede ver con la visión del genio. Partiendo bruscamente de una proposición planteada exacta y agudamente en términos de máxima sencillez y claridad, rechazaba las formas de la lógica habitual y, en un cristalino proceso de acumulación, alzaba sus demostraciones oculares en formas de grandeza tan lúgubre como fantasmal o en otras de la más aérea y deliciosa belleza, tan detallada y claramente y con tanta rapidez, que la atención quedaba encadenada en medio de sus asombrosas creaciones; todo ello hasta que él mismo disolvía el embrujo y traía otra vez a sus oyentes a la existencia más baja y común mediante fantasías vulgares o exhibiciones de las pasiones más innobles...”.
Hasta por el mismo zarpazo final el testimonio es válido viniendo de quien viene.
Edgar magnetizaba a su público, y su altanera confianza en sí mismo podía explayarse ahora sin provocar el ridículo. En cuanto a los rencores ajenos, se hicieron naturalmente más profundos. Él mismo colaboraba con los odios y las calumnias. En marzo de 1845, en plena apoteosis, se dejó llevar otra vez por el alcohol. La creciente agravación de Virginia y ese oscilar entre esperanza y desesperación que el poeta mencionó alguna vez como algo peor que la muerte misma de su mujer, podían más que sus fuerzas. En este momento empieza para Poe una época de total desequilibrio anímico, de entrega a las amistades apasionadas con escritoras prominentes de Nueva York, episodios que en nada afectan su tierno y angustioso cariño por Virginia. Esto no es embellecer los hechos: Edgar necesitaba embriagarse con algo más que alcohol. Necesitaba palabras, decirlas y escucharlas. Virginia no le daba más que su infantil presencia, su cariño ciego de cachorro. Una Frances Osgood, en cambio, poetisa y gran lectora, unía a su imagen llena de gracia la cultura capaz de medir a Poe en su verdadero valor. Y además Edgar huía de la miseria, de los sucesivos y cada vez más lamentables cambios de domicilio, de las querellas en el “Broadway Journal”, donde su egotismo, pero también su primacía intelectual, le creaban continuos conflictos con sus socios. Por un lado se publicaba una edición aumentada de los “Cuentos”; por otra, su amistad imprudente con Mrs. Osgood se veía comprometida por los rumores que obligaban a su amiga (enferma, a su vez, de tuberculosis) a retirarse de la escena, dejándolo otra vez frente a sí mismo. El fin de 1845 es también el fin de la gran producción de Poe. Sólo “Eureka” espera su hora, todavía lejana. Los mejores cuentos y casi todos los grandes poemas están escritos. Poe empieza a sobrevivirse en muchos aspectos. Un episodio lo prueba: invitado por los bostonianos a pronunciar una conferencia, parece ser que bebió tanto los días anteriores que, llegado el momento, se encontró sin material para ofrecer al público.


Poe había prometido un nuevo poema; leyó, en cambio, “Al Aaraaf”, obra de adolescencia, no sólo por debajo de su genio, sino la menos indicada para el recitado. La crítica se mostró severa y él pretendió que lo había hecho ex profeso para vengarse de los bostonianos, del “estanque de las ranas” literarias que detestaba. A fin de año, el “Broadway Journal” dejó de aparecer y Edgar se encontró otra vez perdido. Si 1845 marca su momento más alto en la fama, es también el comienzo de una caída proporcionalmente acelerada. Por un tiempo, empero, brillará como las estrellas apagadas hace mucho. A lo largo de 1846 va a circular activamente entre los ‘literati’, como se llamaba a las marisabidillas y escritores más conocidos de Nueva York. Aquel mundo era harto mezquino y mediocre, con honrosas excepciones. Las damas se reunían a leer poemas, propios y ajenos, e intrigaban entre sonrisas y cumplidos, procurando críticas favorables de los colaboradores de las revistas literarias. Edgar, que los conocía perfectamente a todos, decidió un día ocuparse de ellos.
Publicó en el “Godey’s Lady’s Book” una serie de treinta y tantas críticas, casi todas implacables, que produjo terrible conmoción, réplicas furibundas, odios y admiraciones igualmente exagerados. Lo mejor que puede decirse de esta ejecución en masa es que el tiempo ha dado la razón al ejecutor. Los ‘literati’ duermen en piadoso olvido; pero es comprensible que en aquel momento no pudieran preverlo, y que reaccionaran en consecuencia.