30 de mayo de 2018

Testimonios subjetivos de un don nadie (5). Desenlace incierto

Encontrarse con la triste realidad de su país, envuelto una vez más en una abismal crisis económica, no lo ayudaría en nada a salir de ese estado de ánimo. La brutal codicia de las clases dominantes, el desprecio absoluto por los más desposeídos, una clase media indiferente que sólo reacciona cuando ve afectada sus propios bolsillos… Nada había cambiado durante su ausencia. No es que esperase que algo así ocurriera en tan poco tiempo, pero siempre tenía la esperanza de que algún día las cosas mejoraran. Había que disponerse otra vez a pasar por el mismo calvario por el que ya se había pasado decenas de veces, enfrentar la frustración con una huida siempre hacia delante, con diligencia y tozudez. Algo así como un optimismo por el hacer. Pero, ¿hacer qué? La gente vivía la eterna aventura de la impiedad social, de los misterios no tan complejos de una criminología de clase, de la injusticia, de la impunidad, de la corrupción, sin plantearse una discusión ética, sin dejar de lado el egoísmo, sin recordar el pasado. El olvido del pasado -diría su amiga psicoanalista- es lo que impide la actuación del sujeto en el presente. Y él, de ningún modo quería olvidar el pasado; es más, quería concentrarse en el presente teniendo en cuenta el pasado.
Recordó que alguna vez Chandler dijo que sus personajes se distinguían porque estaban más preocupados por corregir los errores de la sociedad que por resolver los crímenes. Y él -pensó- era un personaje que soñaba con cambiarla. Por eso sus clases en el Bachillerato distaban tanto de la educación formal. Resaltaba la importancia de la educación para favorecer la expansión de las capacidades y oportunidades de cada persona, pero hacía hincapié en que esa instrucción en manos de grupos con intereses económicos era una poderosa herramienta para fomentar la uniformidad social, para moldear a la sociedad, para dirigir a sus integrantes en una dirección predeterminada, para organizar y controlar sus opiniones. Y ese método constituía un atropello, un abuso a la razón.



Por eso, les recalcaba a los estudiantes, era tan importante la toma de conciencia. Pensar y no renunciar jamás al papel de la razón en nuestra sociedad. La Historia, les decía, no es una ciencia exacta como las Matemáticas ni una ciencia natural como la Biología. Es una ciencia social y, por lo tanto, sus afirmaciones no pueden refutarse o convalidarse mediante un experimento de laboratorio, de modo que nunca es imparcial. Quien la narra, incluso él mismo -les aclaraba-, puede omitir, acortar o agregar datos tanto involuntaria como premeditadamente. No tiene la última palabra, puesto que la próxima persona que la cuente, ya sea que la acepte o la rechace, la recuerde o la olvide, la ignore o la repita, esa siguiente persona, la última por el momento, será la nueva intérprete de la historia. De allí la importancia de pensar, les repetía a cada momento. Sólo pensando, razonando, reflexionando, se puede llegar como sujetos a constituirse en actores y protagonistas de la historia para elaborar un proyecto superador para todos.
Junto con la profesora titular les contaba a los estudiantes que la vida humana en el continente americano había comenzado hace unos cincuenta mil años. Que hasta el inicio de la invasión europea se había producido su poblamiento en un proceso que duró milenios y que había generado un verdadero mosaico de pueblos diferenciados entre sí, con distintos niveles de desarrollo. Que de entre todos ellos, hubo tres que llegaron a formar grandes imperios: los Incas, los Mayas y los Aztecas. Que la base de la economía de los pueblos originarios era la agricultura. Que el maíz, la papa, la batata, el cacao, el zapallo, la calabaza, el tomate, el poroto y la mandioca eran los cultivos más desarrollados. Que, tras la conquista, todos fueron llevados a Europa y rápidamente adoptados por sus habitantes. Que, en contrapartida, cuando los europeos llegaron a América trajeron otros productos agrícolas que no existían en el continente americano tales como el trigo, la cebada, la avena, el olivo, la alfalfa, la lenteja, la lechuga, el espárrago, la zanahoria y la espinaca. Que las expediciones españolas habían introducido en el continente los caballos, las ovejas, las vacas, los cerdos, los asnos, los gatos, las ratas, el café, la rueda, el hierro y las armas de fuego, entre otras cosas, pero que también trajeron numerosas enfermedades como la lepra, la difteria, el cólera, la fiebre amarilla, la peste bubónica, la viruela, el sarampión, la gripe, la varicela, la escarlatina, las paperas y la rubeola. Que esas enfermedades produjeron grandes epidemias y diezmaron a la población autóctona. Que los conquistadores europeos también habían descubierto minerales valiosos como el oro y la plata, los que, saqueados y transportados a Europa, contribuyeron en buena medida a abrir las puertas a la Revolución Industrial.



Otro día les explicaban que el estudio de cualquier sociedad, en cualquier momento de su desarrollo histórico, debía necesariamente comenzar con el análisis de su modo de producción, es decir, la manera en que los hombres se adaptaron a la naturaleza y la transformaron a través del trabajo, y los acuerdos sociales por medio de los cuales ese trabajo fue organizado y distribuido. Fueron estos elementos los que definieron en las distintas épocas el marco político, económico, social, jurídico y cultural en el que se desarrollaron los pueblos. En el caso específico de América Latina, detallaban, se podían delimitar en base a esas afirmaciones cinco grandes épocas: la comunidad primitiva aborigen que vivía de la caza, la pesca, la recolección y el trueque; las rudimentarias sociedades clasistas precolombinas que lo hacían del cultivo de la tierra y las manufacturas artesanales; el heterogéneo sistema feudal-colonial que comenzó con la invasión europea y se basó en la esclavitud y la explotación; los distintos regímenes instaurados luego de las independencias de las naciones, que desarrollaron una economía de naturaleza exportadora-comercial con las potencias europeas; y los gobiernos pseudo democráticos que, tras la Segunda Guerra Mundial, sucumbieron al capitalismo dependiente y subdesarrollado que prevalece hasta hoy. Todo muy interesante, sin dudas. Los estudiantes tomaban apuntes, hacían preguntas, miraban con suma atención los videos, opinaban. Todos los días de clases, el hombre salía contento del aula con la sensación de haber contribuido aunque sea en una módica medida a la comprensión de la complejidad de la historia. Camino a su casa, recordaba al Cortázar que decía que “sólo nos queda protagonizar pequeños actos que, aunque por sí solos no resuelvan nada, por lo menos nieguen la exclusividad del despojo y la omnipotencia de la desdicha”. Y eso era lo que él trataba de hacer.



Pero no era tan sencilla la tarea. Inevitablemente, al ver lo que estaba ocurriendo por enésima vez en su país, lo asaltaron la indignación, la tristeza, la desesperanza. Una vez más -piensa- un gobierno que asume lamentándose de que comienza su gestión arrastrando la pesada herencia que le deja el anterior, desdeñando la responsabilidad que le cabe, ya sea por acción u omisión durante el período precedente, remitiéndonos al viejo cuento del huevo y la gallina; una vez más quedar sujetos a los vaivenes políticos y a las apetencias económicas de las potencias hegemónicas de turno y de sus secuaces vernáculos; una vez más los discursos huecos e inverosímiles que pretenden convencer a la gente de las bondades de la economía del libre mercado; una vez más la catarata de promesas de terminar con el desempleo, el trabajo informal, la corrupción, la pobreza; una vez más advertir que las riquezas ya no se crean a partir de la producción de bienes materiales sino a partir de especulaciones abstractas en esa suerte de garito que es la Bolsa de Valores; una vez más observar cómo las grandes multinacionales exterminan a las pequeñas y medianas empresas nacionales carentes de recursos y tecnología adecuados para competir en igualdad de condiciones y remiten periódicamente sus ganancias al exterior sin ningún tipo de trabas; una vez más creer que cuando las burguesías económicas nacionales acumulen grandes ganancias, éstas se derramarán como por arte de magia entre la gente; una vez más ver al país transformado en una feria, en el paraíso de los mercachifles; una vez más…
La lista es interminable -pensó-, y recordó al intelectual británico Terry Eagleton cuando se preguntaba por qué el sistema capitalista había acumulado más recursos de los que jamás se habían visto en la historia humana y, sin embargo, era incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad. ¿Cuáles eran los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parece ir de la mano con la miseria pública?



Ahora que el fascismo se ha despersonalizado, distribuido solícitamente en el mercado, las personas, al no comprender, actúan a destiempo y resultan víctimas del desacuerdo objetivo que existe entre la realidad y la imagen que de ella se forma. No hace falta tener una mente inquisitiva o dotada de sagacidad para darse cuenta que vivimos en un mundo en el que todo puede suceder, desde lo más absurdo y ridículo hasta lo más abyecto e inverosímil. La trivialidad del mal, el bastardeo de las palabras, la venalidad de la voluntad y la relatividad de la ética son ya moneda corriente y casi nadie se asombra por ello. Por eso no podía creer en nada, tal como le pasaba cuando era apenas un niño y en la escuela de curas en la que lo había inscripto su madre le hablaban de Dios y él no podía creer ni media palabra de lo que le decían. Que el planeta Tierra tenía sólo seis mil años y había sido creado por el Supremo Hacedor en seis días; que Noé había trasladado en su arca a los dinosaurios, los que se habían extinguido hacía poco tiempo y era posible que hubiese todavía algunos vivos; que las razas del mundo eran el resultado de la Torre de Babel; que el primer hombre había sido creado con barro y la primera mujer con una costilla de aquél; que un ángel había descendido a la tierra para traer mensajes celestiales, que una virgen había parido a una criatura que, con el correr de los años, realizaba milagros como convertir el agua en vino, curar ciegos, paralíticos y leprosos, expulsar demonios y caminar sobre el agua hasta que, tras ser torturado y asesinado, había resucitado y ascendido a los cielos desde donde volvería para el Juicio Final… Relatos todos ellos que superaban en imaginación a las fábulas de Esopo, de Samaniego, de los hermanos Grimm, que su padre le leía todas las noches.



Ahora, tantos años después, como si estuviese renovando votos con el pasado, entre la vigilia y el sueño es su imaginación la que se agudiza. En ese estado de ensoñación, en su cabeza fluyen imágenes y el hombre se deja ir tras ellas, como si fueran las manos con que un ciego tantea un largo muro en busca de una puerta, del picaporte que le permita abrir esa puerta. Pero es en vano, no encuentra la salida. A lo lejos oye el murmullo del canto de los grillos y, a sus espaldas, la melodía suave de la canción de John Lennon. “Imagine all the people, sharing all the world…”, mientras la noche se cierra, concéntrica, irremediable. Él ve desde su ventana como se van apagando las luces de las casas del barrio y piensa que bien podría ser una analogía con lo que ocurría con la humanidad. Pero, a lo lejos, en un altillo recóndito, una lámpara perduraba, mínima, pálida. Todas las demás luces se habían oscurecido menos ésa. Desolada, emanaba aún su exiguo aliento, resistía apenas desde un débil y cansado filamento a punto de cortarse. ¿Será otra analogía? ¿Existirán otras lámparas que sigan emitiendo un delgado destello entre tanta sombra y silencio? ¿Habrá por ahí más luces solitarias con las que pueda iluminarse? ¿Será posible imaginarse un mundo compartido por todos? ¿O será simplemente una ingenua utopía? La canción había terminado. Con un tenue atisbo de esperanza se durmió, por fin, esa noche.