2 de enero de 2021

Entremeses literarios (CCV)

EL LECTOR
Robert L. Stevenson
Escocia (1850-1894)
 
- Nunca leí un libro tan impío -dijo el lector, arrojándolo al suelo.
- No tienes por qué lastimarme -dijo el libro-, ganarás menos si me vendes de segunda mano, y yo no me escribí.
- Es verdad -dijo el lector-, mi desacuerdo es con quien te escribió.
- Bien -dijo el libro-, nadie te obliga a comprar sus disparates.
- Es verdad -dijo el lector-, pero yo creí que se trataba de un autor agradable.
- Yo lo juzgo así -dijo el libro.
- Estarás hecho de una sustancia distinta -dijo el lector.
- Déjame contarte una fábula -dijo el libro-. Dos hombres habían naufragado en una isla desierta. Uno de ellos fingió que estaba en su casa; el otro admitió…
- Conozco esa clase de fábulas -dijo el lector-. Ambos murieron.
- Así fue -dijo el libro-. Así les pasó a ellos y a todos.
- Es verdad -dijo el lector-. Llevemos la historia un poco más lejos. Cuando todos habían muerto…
- Estaban en manos de Dios -dijo el libro.
- Nada de que vanagloriarse -dijo el lector.
- ¿Quién es impío ahora? -dijo el libro.
El lector lo tiró al fuego.


LOS BOMBEROS
Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)
 
Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites. Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”. Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Estos tomaron por Rivera y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires. Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.


INTRUSIÓN
Miguel Ángel Zapata
España (1974)
 
De la palma de mi mano brotan arañas. Espontáneamente, casi sin previo aviso, tan sólo un cosquilleo eléctrico y ya veo salir la cabeza, el haz de patas peludas, un tarantuleo vivaz que saca pronto a la luz toda una legión de octópodos. Olga no sabe nada. Olga cree que me complazco en mordisquear traviesa y clandestinamente su cruasán cada mañana mientras lee el periódico en la cocina, que su canario murió de frío a pesar de las caricias que yo mismo le prodigaba entre mis manos, que soy el amante más experimentado del universo cuando siente mis dedos rugosos multiplicarse sobre la aureola erecta de sus pezones, por entre las humedades oscuras de su sexo extasiado.


LOS MALOS CONSEJOS DE UNA PROSTITUTA
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)
 
Cuando la prostituta entró al baño para arreglarse el seno que se salía por el escote y retocarse el maquillaje que se le había chorreado de tanto sudar mientras bailaba en el tubo, se sorprendió al encontrar en el piso a una mujer llorando desconsoladamente.
- ¡Querida, ¿qué te pasa?! -le preguntó, tirando su maquillaje a un lado y lanzándose al piso junto a la extraña para abrazarla-. ¡¿Qué tienes?! ¿Qué te pasó?
- Nada, es sólo que odio mi vida y no lo soporto más -confesó la extraña, sollozando-. Mi marido me es infiel, odio mi trabajo, siempre estoy sola en mi casa y no puedo más, odio mi vida.
- ¡Ay, querida, lo siento mucho! -trató de consolarla la prostituta, sobándole la cabeza y desbaratándole el copete que tenía-. Mira, yo sé que no te conozco, pero por lo que me cuentas estás siendo infeliz por elección propia.
- ¿Qué dices?... ¡No entiendes!
- Sí entiendo, y entiendo perfectamente. Tú tienes en tus manos la opción de ser feliz, si tu esposo te es infiel y eso te hace infeliz, pues divórciate y búscate un hombre que te respete. Si tu trabajo te hace infeliz, pues renuncia y búscate un trabajo que te guste así no sea tan oneroso, y con eso, a medida que empieces a ser más feliz con tu vida, empezarás a disfrutar incluso de la soledad.
- No es tan fácil...
- Sí, sí lo es, sólo tienes que ajustarte bien la falda y hacer lo que sea mejor para ti -continuó la prostituta, pero mientras hablaba las puertas del baño se abrieron y tres mujeres bien copetudas entraron sin ser vistas ni oídas.
- ¿Sabes qué?... Tienes razón -acordó la extraña, secándose las lágrimas-. Si todo eso me hace infeliz... Tienes razón, dejaré a mi esposo y renunciaré a mi trabajo.
- ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! -chillaron al unísono las tres mujeres que habían entrado.
- ¡Ay, amigas, están aquí! -exclamó la extraña al ver a las mujeres.
- ¿Cómo vas a dejar a tu marido? -le preguntó una.
- ¿Qué vas a hacer si renuncias a tu trabajo? -le preguntó otra.
- ¿Estás loca? ¿Qué va a decir la gente? -le preguntó la tercera.
- No sé... no había pensado en eso... Yo sólo quiero ser feliz y los consejos que esta mujer me está dando me parecen los más adecuados...
- ¡¡¡¿¿¿Y vas a seguir los consejos de una prostituta???!!! -exclamaron las tres al unísono.
- Yo... pues… -balbuceó la extraña.
- Bueno... -empezó a decir la prostituta, soltando a la extraña y poniéndose de pie al escuchar todo esto-, yo sólo te digo, querida... -continuó, mirándose en el espejo y arreglándose el seno que tenía fuera del escote-, que yo disfruto lo que hago y soy feliz en la vida.
Y sin decir más nada, la prostituta dio media vuelta y salió del baño, dejando a la extraña sola con sus tres amigas para que ellas le dieran mejores consejos que los que ella le había dado.


LA OVEJA NEGRA
Italo Calvino
Italia (1923-1985)

Había un pueblo donde todos eran ladrones. A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna, e iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada. Y así todos vivían en amistad y sin lastimarse, ya que uno robaba al otro, y este a otro hasta que llegaba a un último que robaba al primero. El comercio en aquel pueblo se practicaba solo bajo la forma de estafa por parte de quien vendía y por parte de quien compraba. El gobierno era una asociación para delinquir para perjuicio de sus súbditos, y los súbditos por su parte se ocupaban solo en engañar al gobierno. Así la vida se deslizaba sin dificultades y no había ni ricos ni pobres.
No se sabe cómo ocurrió pero en este pueblo se encontraba un hombre honesto. Por la noche en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en su casa a fumar y leer novelas. Venían los ladrones, veían la luz encendida y no entraban. Esto duró poco pues hubo que hacerle entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no permitir que los demás lo hicieran. Cada noche que él pasaba en su casa era una familia que no comía al día siguiente. Frente a estas razones el hombre honesto no pudo oponerse. Acostumbró también a salir por las noches para volver al alba, pero insistía en no robar. Era honesto y no quedaba nada por hacer. Iba al puente y miraba correr el agua. Volvía a su casa y la encontraba desvalijada.
En menos de una semana el hombre honesto se encontró sin dinero, sin comida y con la casa vacía. Pero hasta aquí nada malo ocurría porque era su culpa: el problema era que por esta forma de comportarse todo se desajustó. Como él se hacía robar y no robaba a nadie, siempre había alguien que volviendo a su casa la encontraba intacta, la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que poco tiempo después aquellos que no habían sido robados encontraron que eran más ricos, y no quisieron ser robados nuevamente. Por otra parte aquellos que venían a robar a la casa del hombre honesto la encontraban siempre vacía. Y así se volvían más pobres.
Mientras tanto aquellos que se habían vuelto ricos tomaron la costumbre también ellos, de ir al puente por las noches para mirar el agua que corría bajo el puente. Esto aumentó la confusión porque hubo muchos otros que se volvieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Los ricos mientras tanto entendieron que ir por la noche al puente los convertía en pobres y pensaron -paguemos a los pobres para que vayan a robar por nosotros-. Se hicieron contratos, se establecieron salarios y porcentajes: naturalmente siempre había ladrones que intentaban engañarse unos a otros. Pero los ricos se volvían más ricos y los pobres más pobres.
Había ricos tan ricos que no tuvieron necesidad de robar ni de hacer robar para continuar siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres los robaban. Entonces pagaron a aquellos más pobres que los pobres para defender sus posesiones de los otros pobres, y así instituyeron la policía, y constituyeron las cárceles. De esta manera pocos años después de la aparición del hombre honesto no se hablaba más de robar o de ser robados sino de ricos y pobres. Y sin embargo eran todos ladrones. Honesto había existido uno y había muerto enseguida, de hambre.


TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO
Macedonio Fernández
Argentina (1874-1952)
 
Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: “Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre”; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: “Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y deber ser así y así” y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.
Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.


EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA
Cayo Petronio Arbiter
Imperio Romano (27-65)
 
La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.
¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra en donde descanso.


EXÁMENES FINALES
Pía Barros
Chile (1956)
 
La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza. Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas vienen apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella. El hombre sonríe confiado. Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto. Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras.
- Mañana a las diez, recuerden el examen de química.
La que había levantado el brazo incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado.
- Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe.
La plaza entera vibra con el estampido. Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.


EL LIBRO
Eduardo Bieger Vera
España (1968)
 
Tumbado en el diván, leía el libro. Al pasar la página las hojas rasgaban el silencio y cuando terminaba un párrafo, una frase, a veces incluso tras detenerse -sin prisa- en una palabra, cerraba los ojos y aspiraba la fragancia del papel. Después, colocaba el libro abierto boca abajo sobre su pecho, y lo observaba moverse al ritmo acompasado de su respiración, como un pájaro raro que hubiera venido a morir junto a él. Y así hasta que la luz declinaba y se dejaba ganar por el sueño, a la espera del nuevo día que le permitiría seguir leyendo.


UN DECHADO DE MELANCOLÍA
Blas Sewald
Argentina (1954)
 
Son las 8 de la mañana de un día frío y ventoso de principios del invierno en la Reina del Plata, la ciudad de la calle que nunca duerme y el río color de león. En ese momento, el hombre se despertó y ya no pudo volver a dormirse. Un sol tenue y difuso bañaba la habitación. Se levantó y miró por la ventana. La neblina, un velo diáfano atravesado por dorados destellos que cubría un cielo azul y limpio, se estaba disipando. No recordaba su habitación tan luminosa. Se desperezó y, tras vestirse, se instaló en su mente la idea de salir de su casa y caminar, caminar hasta que el agotamiento lo hiciese tumbarse a morir. No era la mejor manera de comenzar el día, pensó, pero últimamente era siempre más o menos así. La idea le daba vueltas en su cabeza una y otra vez. Sí, es mortificante morir, pero a veces lo es todavía más vivir. Es penoso eso de pasarse los días, las horas, los minutos tratando de escoger entre lo más y lo menos mortificante. Estaba cansado. Muy cansado. Las cosas no le iban bien y tenía la sensación de hundirse cada día un poco más en alguna especie de agujero sin fondo. Cada vez más lo invadía una desolación inexplicable, como de barro en el corazón y una humedad pegajosa en la garganta. Para él, la vida cotidiana se había convertido en un trabajo penoso y sin sentido. No quería pensar ansiosamente en el futuro y olvidar el presente porque sabía que acabaría por no vivir ni el presente ni el futuro y moriría como si nunca hubiese vivido. Ese hecho lo llevó, casi sin darse cuenta, a revisitar comarcas de su pasado, 
a preguntarse si todo lo que le había sucedido era producto de su orgullo o de su ingenuidad, a tomar conciencia de que se había pasado la vida barriendo para abajo, escalón por escalón, la escalera llena de mugre del sótano de su existencia sin llevar consigo una pala para juntarla una vez que llegase al último peldaño. Ahora había llegado al fondo, sucio y con una montaña de basura a su alrededor y, si volvía a subir, volvería a ensuciarla. ¿Valía la pena? En los últimos tiempos había llegado a descubrir de sí mismo mucho más que en toda su vida anterior. Ahora cree conocerse, y sabe muy bien que se va a morir. Y eso es mortificante, claro, tanto como lo es vivir sabiendo que se va a morir. Vaya entelequia. Un dilema, musita en el baño tras lavarse los dientes. O un dislate, piensa mientras se dirige a la cocina con el propósito de prepararse unos mates. Prueba el primero y lo encuentra frío, frío como el tiempo que reina afuera y como su propio ánimo. Un desaliento gélido marcado por sus cada vez más dolorosas y frecuentes punzadas en el pecho. Debería ir al cardiólogo, pensó. Pero... escuchar la consabida monserga sobre su edad, sus antecedentes heredofamiliares, su prolapso mitral, su estenosis aórtica irreversible, su estado de salud delicado, aspectos todos ellos que sus cavilaciones, sus trastornos emocionales, sus disgustos no hacían más que agravarlos… ¿valía la pena? Advierte que la situación lo enoja, que no tiene ganas de pensar en ese tema. Coloca otra vez la pava sobre la hornalla y espera hasta que el agua esté a punto de hervir. Mientras tanto el silencio se ha vuelto álgido. Son unos instantes apenas, pero parece que hubiese pasado una eternidad hasta que se decide a ir al living caminando de espaldas, pava y mate en mano. Entonces gira sobre sí mismo y va a tenderse en el sillón orientado hacia el ventanal que da al parque. Cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, lo primero que observa son las copas de los eucaliptus que lo pueblan. Piensa entonces que tal vez es un poco antes de morir cuando uno descubre el tiempo que se la ha pasado negociando con la verdad, inventándose historias para que no lo hieran tanto. Pero su soledad no es ninguna invención. La cercanía de la muerte tampoco. De pronto, un pensamiento afloró en su cabeza: ¿valía la pena hacerse malasangre por tanta pesadumbre? Recordó haber leído alguna vez que la muerte es un accidente en medio de un proyecto, y él había tenido muchos, muchísimos proyectos a lo largo de su vida. Los resultados habían sido favorables muchas veces, adversos otras tantas. ¿Ingratitudes? Montones, pero lealtades también. ¿Agravios? Sí, pero reconocimientos también. ¿Y el balance? Habría que sopesarlo, pensó. Hacerlo sosegadamente y en soledad. Sorbió un mate y un esbozo de sonrisa afloró en sus labios. Sí, está solo. Solo y triste, pero le gusta el silencio que lo circunda.