
La novelista, ensayista y
poetisa estadounidense Siri Hustvedt (1955) se licenció en Historia en el St.
Olaf College y se doctoró en Filología Inglesa en la Columbia University con
una tesis sobre la obra del escritor inglés Charles Dickens (1812-1870). Durante
sus años universitarios escribió poesía. Luego, tras doctorarse, se volcó a las
historias de ficción y a los ensayos. Entre las primeras se destacan las
novelas “The blindfold” (Los ojos vendados), “The enchantment of Lily Dahl” (El
hechizo de Lily Dahl), “What I loved” (Todo cuanto amé), “The summer without men”
(El verano sin hombres) y “Memories of the future” (Recuerdos del futuro). Su
obra ensayística comprende, entre otros, “Mysteries of the rectangle. Essays on
painting” (Los misterios del rectángulo. Ensayos sobre la pintura), “The shaking
woman or a history of my nerves” (La mujer temblorosa o la historia de mis
nervios), “Living, thinking, looking” (Vivir, pensar, mirar), “A woman looking
at men looking at women” (La mujer que mira a los hombres que miran a las
mujeres) y “Mothers, fathers and others” (Madres, padres y demás).
Lo que sigue es la
entrevista que le realizó el escritor dominicano Belié Beltrán (1989) y que fue
publicada en el primer número de “Minúsculas” la revista por él creada en
febrero de 2026. En el periodismo literario, especialmente en las
crónicas, existe la idea de que el uso del “yo” es un privilegio que debe
ganarse. Usted, en cambio, ha dicho que le molesta la voz autorizada en tercera
persona de los textos científicos, y también se ha preguntado qué queremos
decir cuando usamos la palabra yo. En su opinión, ¿qué papel juegan los
pronombres en la construcción de un marco cognitivo que fomente el diálogo
entre quien crea una obra y quien se relaciona con ella, ya sea en el ámbito
del aprendizaje o del placer?
La tercera persona, ya sea en la ciencia, en las humanidades o
en el periodismo, es una voz de ninguna parte que pretende transmitir una
autoridad “objetiva”. No está situada en nadie. Siempre he visto esto como un
problema porque le permite al autor ocultarse. Ese tipo de escritura suele
recurrir a la voz pasiva en lugar de la activa: “Se realizó un experimento”,
“Tres personas fueron asesinadas”, en lugar de “nosotros (los autores) realizamos
un experimento” y “La policía mató a tres personas”. La ausencia de agentes en
esas frases oscurece la realidad. Es como si ningún sujeto actuara. El
lingüista francés Émile Benveniste se refirió a la tercera persona como una
no-persona, fuera de mí y de ti. Mi idea no es que lo “personal” sea lo único
que importa, sino que el diálogo genuino se sitúa en lo que llamo el “eje del
discurso”, entre el “yo” y el “tú”. El destinatario u otro es crucial, incluso
si ese alguien es un lector desconocido. Fingir que uno no habla desde una
perspectiva particular puede convertirse en un modo de disfrazar la
responsabilidad de lo que se dice. Los pronombres aparecen tarde en el habla
infantil. Entender que el “yo” depende de quién habla es un concepto difícil de
asimilar. Tú eres “yo” cuando hablas, pero cuando hablo yo, me convierto en
“yo”. Algunos pacientes con afasia y otros diagnosticados con esquizofrenia
pierden la distinción entre el yo y el tú. Pierden la sensación de estar
enraizados en el espacio y su diferencia con los demás. La confusión suele ser
dolorosa. Yo prefiero reconocer que soy yo quien escribe desde un lugar y un
tiempo determinados, y soy responsable de lo que le digo a usted.
En 2016, usted argumentó que la misoginia había
hecho posible la victoria de Trump y expresó temor ante aquella nueva
administración; tras las elecciones de 2024, hizo comentarios similares. Hoy,
con una visión política centrada en desmantelar las reglas del diálogo,
canalizando esfuerzos hacia una visión única del poder y difuminando las líneas
entre la realidad objetiva y la realidad deseada como mecanismo de control,
¿cómo cree que podría restablecerse una conversación plural? ¿Y cree que tal
conversación alguna vez existió realmente en la historia reciente de Occidente?
Sí, creo que la misoginia ha jugado un papel mucho más
importante en la consolidación del poder de Trump de lo que se reconoce en
general. La gran tríada -misoginia, racismo y xenofobia- es crucial para el
avance neofascista que hemos presenciado desde el ascenso de Trump. Como el
odio hacia las mujeres atraviesa líneas de clase y de etnia, se desliza hacia
el trasfondo. Las mujeres, después de todo, no somos una tribu, una
nacionalidad, un grupo unificado. Pertenecemos a todas las tribus, pero el
miedo al poder reproductivo, a la creatividad de engendrar hijos, es profundo.
La necesidad de controlar la reproducción es un tema presente en casi todos los
gobiernos autoritarios. Basta mirar las órdenes ejecutivas de la actual
administración para entender que imponer fronteras rígidas de género es
primordial: dos sexos. ¡Sin difuminaciones! Si uno se opone a esas líneas
rígidas, puede ser castigado como “woke”. La verdad es que existe una oposición
ruidosa en Estados Unidos. Somos muchos. El problema es que los llamados medios
“mainstream” no informan ni registran las voces de protesta porque la
acomodación y la colaboración resultan más convenientes. Lo mismo ocurrió en
Alemania en 1933-34. Perder la república es secundario frente a la prioridad de
las empresas mediáticas de mantenerse a flote financieramente. Pero hay otro
punto crucial: incluso cuando la libertad de expresión era más libre, algunas
voces resonaban con fuerza en la cultura y otras quedaban sin ser escuchadas.
Siempre ha sido mucho más difícil para una mujer ser oída que para un hombre.
Ha sido y es mucho más difícil para una persona pobre, negra, mestiza o LGBTQAI
ser escuchada. Y, sin embargo, un hombre blanco, rico y gay en Estados Unidos
puede tener ventajas que lo lleven a asegurar su riqueza y poder en lugar de
proteger a otros. Las mujeres blancas de derecha en Estados Unidos pueden
elegir la clase o la comodidad social por encima de los derechos de género.
Esto ilustra las complejidades de la interseccionalidad. Añadiría a los
intelectuales a este panorama también. Las viejas corrientes de virulento
antiintelectualismo en Estados Unidos han alcanzado un volumen ensordecedor
recientemente, en ataques a las universidades, a la investigación científica, a
la crítica cultural y a la teoría.
Durante años, usted ha señalado la diferente
recepción que se da a una obra escrita por una mujer frente a una escrita por
un hombre. A pesar de los retrocesos impulsados por agendas como la de Trump,
las mujeres han alcanzado una valoración y un reconocimiento mucho mayores por
sus aportes intelectuales. La escritora argentina Leila Guerriero publicó hace
unos años una serie de textos en los que señalaba cómo las editoriales y
librerías están cada vez más llenas de libros escritos por mujeres, al punto de
que algunos hablan de un boom de la literatura femenina. ¿Cómo podemos saber si
se trata de una revalorización genuina o de un fenómeno nacido de los mismos
patrones que históricamente han tratado al arte como una disciplina femenina?
Creo que Leila Guerriero tiene razón sobre la proliferación de
la escritura de mujeres en muchos lugares. Lo difícil es reconocer que dos
fuerzas pueden darse al mismo tiempo: que el respeto por el “trabajo de
mujeres” esté creciendo mientras, de manera paralela, se produce una reacción
negativa contra ese mismo fenómeno. Es posible que los lectores consuman libros
de autoras con constancia, mientras otros desprecian cualquier trabajo hecho
por mujeres e incluso hablan de poner fin al sufragio femenino. Conviene
recordar que en la Inglaterra del siglo XVIII hubo muchas novelistas. Leí en
alguna parte que incluso superaban en número a los novelistas varones en ese
período. Sin embargo, los escritores que permanecieron en el canon fueron, en
su mayoría, hombres. Las mujeres desaparecieron. No creo que eso haya ocurrido
porque los hombres fueran mejores escritores. Sucedió porque el prejuicio las
aplastó. De hecho, las académicas feministas han rescatado a escritoras de esa
época. No obstante, en la cultura occidental las artes siguen siendo “femeninas”
y las ciencias “masculinas”, y la jerarquía que coloca lo duro y masculino por
encima de lo blando y femenino se mantiene. Un pensamiento algo alentador es
que la furia que estamos viendo en la extrema derecha contra la autoridad
femenina ocurre precisamente porque las identidades de género se han vuelto
cada vez más flexibles y los estereotipos crueles han sido socavados. Lo que
presenciamos es furia reaccionaria.
En su obra, la mirada parece desempeñar un papel
central. Usted escribe sobre miradas en momentos específicos de Nueva York,
recuerda eventos en términos visuales -colores, dimensiones, formas-. Al leer
sus novelas, e incluso sus ensayos, se encuentran imágenes por todas partes,
aunque usted ha reconocido la dificultad de traducir la imagen en palabra.
Jorge Luis Borges tuvo dos etapas en su escritura: una antes de la ceguera y
otra después. Para críticos como Ricardo Piglia, la pérdida de la vista es muy
notoria en la obra tardía de Borges, sobre todo en su poesía. ¿Cree que es
posible crear una escritura que resuene profundamente en la vida de los
lectores sin recurrir a estímulos visuales?
Creo que soy muy visual, más de lo que nunca supe, para ser
honesta. Esto puede deberse en parte a mi sinestesia tacto-espejo, un término
acuñado recientemente, aunque el fenómeno no es nuevo. Cuando veo a alguien
siendo tocado, experimento una sensación en mi propio cuerpo. Existe una
hipótesis según la cual todos los bebés viven en un mundo en el que los
sentidos -vista, oído, olfato, gusto y tacto- no están separados, sino que se
fusionan. En mi caso, la visión y el sentimiento no son distintos, sino que se
superponen. Creo que es importante reconocer que incluso quienes no
experimentan la sinestesia como tal, mezclan los sentidos. El color tiene
cualidades emocionales para muchas personas. El rojo es un color intenso,
mientras que el verde no lo es. Y todos nosotros también estamos afectados por
los significados culturales del color. El blanco es el color de la muerte en la
cultura china y el de la pureza en Occidente. Borges es un buen ejemplo de cómo
perder un sentido puede aumentar la sensibilidad de otros y transformar el arte
a causa de ello. Me ha fascinado el hecho de que la corteza visual de una
persona que nace ciega se reconfigure para potenciar los sentidos restantes, lo
cual explica por qué las personas ciegas congénitas tienen extraordinarias
habilidades de orientación desarrolladas a través del oído, el tacto y el
olfato, habilidades que los videntes no pueden imaginar bien. Existen numerosos
artículos académicos que han criticado la primacía de lo ocular en Occidente y
la denigración de los otros sentidos. Aún queda mucho por aprender sobre todo
esto, pero las personas que pierden la vista, por ejemplo en la vejez, pueden
comenzar a tener alucinaciones, una especie de ensoñación visual mientras están
despiertas. El cerebro parece compensar la pérdida de estímulos externos
produciéndolos internamente. La mayoría de las personas en un tanque de
privación sensorial comienzan a alucinar después de unos quince minutos.
Quienes pierden la vista en algún momento de la infancia o más tarde pueden
generar imágenes visuales oníricas y colores brillantes, aunque con el tiempo
los otros sentidos empiezan a dominar sus sueños. Dicho esto, mi intenso placer
al contemplar pinturas, que comenzó en mi infancia, persiste, y, si llegara a
perder la vista, sé que lamentaría profundamente esa pérdida.
Desde las migrañas hasta los episodios de
temblores, muchos de los intereses intelectuales y creativos en su obra se han
desarrollado como experimentos en torno a su propio cuerpo y mente, siempre
considerando su interacción. Dada esa visión del quehacer intelectual, y
teniendo en cuenta que en los últimos años ha atravesado experiencias
emocionalmente exigentes, ¿cómo se han integrado esos episodios en sus
investigaciones y proyectos creativos en curso?
Esta es una pregunta enorme porque el problema mente/cuerpo
sigue sin resolverse. El alma eterna de Platón y la idea cartesiana de que
mente y cuerpo son dos sustancias diferentes continúan acechando a la cultura.
No creo que lo que llamamos lo “mental” pueda reducirse a regiones del cerebro
ni a una parte del cuerpo. Aunque es evidente que una persona necesita un
cerebro para pensar, pensar es el resultado de estar en un mundo con otros y de
responder a estímulos. Somos seres que nos constituimos a través de otros y de
las cosas que nos rodean, y seguimos constituyéndonos en esa interacción. La
distinción entre psique y soma es una cuestión de conveniencia. Todo el mundo sabe
que una fiebre alta interfiere con la cognición, que dormir poco afecta
nuestros reflejos. Prefiero el término que usó el fenomenólogo francés Maurice
Merleau-Ponty: los seres humanos somos sujetos encarnados. En cuanto a los
rigores de seguir viva, el sufrimiento y el trabajo, he atravesado la muerte de
mi madre, Ester a los noventa y seis años, las muertes horribles de mi nieta
Ruby, de diez meses, y de mi hijastro Daniel, y luego la de mi amado esposo,
Paul Auster. Cada una de esas muertes me afectó de manera distinta. Apenas un
par de semanas después de la muerte de Paul, comencé a escribir un libro
llamado “Historias de fantasmas” sobre su enfermedad, su muerte, mi duelo y
nuestra vida en común, que duró cuarenta y tres años. Hubo momentos en que sentí
que el libro me estaba escribiendo a mí, más que yo a él. Mi necesidad de
escribir era feroz. Sé que escribir fue una forma de contrarrestar la
impotencia del duelo porque es un acto activo, no pasivo. La muerte es para
siempre, y sin embargo sé que quería resucitar algo de él en la página, traer
de vuelta fragmentos suyos para mí y para los demás. Creo que lo he logrado, y
el libro me ayudó a mantenerme razonablemente entera -con periodos de
fragmentación- durante los diez meses posteriores a su muerte.
Finalmente, para mantener vivo el hábito de la
pregunta “cliché”: hace unos años usted dijo que, debido a la edad, trabajaba
de manera frenética en muchas cosas al mismo tiempo. ¿En qué trabaja ahora y
qué lecturas la acompañan estos días?
Mis intereses son diversos, y a veces desearía tener tres o
cuatro versiones de mí misma para poder desarrollarlos todos. Cumplí setenta
años en febrero. No sé cuánto tiempo me queda, pero he estado escribiendo
conferencias y artículos, y tengo media novela esperándome. Soy abuela de un
pequeño, Miles, que tiene veinte meses. Tras la muerte de Paul, perdí la
intimidad sostenida de nuestro largo diálogo y relación amorosa, pero la
intimidad con mi hija Sophie, mi yerno Spencer, el pequeño Miles, y mis tres
hermanas, Liv, Asti e Ingrid, y sus familias, continúa. Ninguna persona
sustituye a otra, pero una vida sin seres queridos sería insoportable.
Parafraseando a Beckett, sigo y seguiré adelante.