27 de marzo de 2026

El vergonzoso voto de Argentina, Estados Unidos e Israel en contra de una resolución de la ONU sobre la esclavitud

En la prehistoria imperó un sistema en el cual las comunidades humanas se dedicaban a cazar, pescar, recoger leña y recolectar frutos. No existía ningún tipo de organización central ni clases sociales. Estaban organizados en grupos o clanes y eran nómadas. En esta organización social los productos se distribuían de forma igualitaria, no existían excedentes de producción ya que todas las actividades realizadas eran para cubrir las necesidades básicas. Al final del período Neolítico, con el descubrimiento de los metales, la agricultura y la ganadería, los hombres se convirtieron en sedentarios. Construyeron viviendas estables y, con la aparición de actividades productivas como la alfarería, la elaboración de metales, la confección textil, etc., surgió la propiedad privada. Ya no se consumía lo que se necesitaba ni se compartía con otros integrantes del clan, sino que las cosas tenían un dueño.
La cultura antigua estaba asentada en la esclavitud de la inmensa mayoría de los hombres y en la libertad de unos pocos: los ciudadanos de la “Polis” griega o de la “Cives” romana. Tal era la situación del hombre en la civilización clásica. Ni Platón de Atenas (427-347 a.C.) ni Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) ni los juristas romanos se plantearon el problema de la libertad del hombre. Para ellos era una cosa natural la división de la sociedad en esclavos y hombres libres. No existía un ámbito en el cual el hombre pudiese afirmar su libertad ya que carecía de la conciencia de sí mismo como sujeto y como un ser que pudiese implicarse en una situación social que modificase su condición.
Así, durante la Edad Antigua, esto es aproximadamente entre los años 4.000 a.C. y 500 d.C., las sociedades comenzaron a organizarse en núcleos urbanos, en los cuales existían grandes diferencias sociales con ciertas capas en posiciones de privilegio y otros estratos sin ningún derecho: los esclavos. El poder político, según la región, estaba en manos de reyes, emperadores o faraones y, con la anuencia de sacerdotes de diversas religiones politeístas, se dio nacimiento a un nuevo sistema económico: el esclavismo. Sus orígenes se remontan a la era de la revolución agrícola, época en la cual se produjeron asentamientos en comunidades agrícolas en las que se hacía necesaria la continua labor de la tierra: para ello se empleaba a los esclavos. Fueron esclavistas las economías de la Mesopotamia, el Antiguo Egipto, Grecia y Roma. Drásticamente, muchos años después durante la época colonial americana, esclavos africanos eran raptados de sus pueblos en el continente y trasladados forzosamente hacia América, donde eran vendidos a latifundistas necesitados de mano de obra.
En la “Biblia” hay muchas referencias sobre la esclavitud, a la cual no condena sino que permite que se la practique de manera regulada. En el “Levítico” del Antiguo Testamento, por ejemplo, puede leerse: “En cuanto a los esclavos y esclavas que puedas tener, puedes adquirirlos de las naciones vecinas. También puedes adquirirlos de entre los extranjeros que residen contigo y de sus familias que están contigo, nacidos en tu tierra; y serán de tu propiedad. Puedes conservarlos como herencia para tus hijos después de ti”. Y en el “Efesios” del Nuevo Testamento: “Esclavos y esclavas, obedezcan a los que aquí en la tierra son sus amos. Obedézcanlos con respeto, sinceridad y de buena gana, como si estuvieran sirviendo a Cristo mismo. Esto deben hacerlo en todo momento y no sólo cuando sus amos los estén viendo. Ustedes son esclavos de Cristo, así que deben hacer con alegría y entusiasmo lo que Dios quiere que hagan, como si lo hicieran para el Señor y no sólo para sus amos”.


Durante el reinado de George III, nacido como George William Hannover (1738-1820), el 25 de marzo de 1807 se aprobó en el Reino Unido la Abolition of Slave Trade Act (Ley de Abolición de la Trata de Esclavos). La disposición, que fue tratada y aprobada por el Parlamento durante el gobierno del Primer Ministro William Wyndham Grenville (1759-1834), establecía que “todo tipo de trato y lectura en la compra, venta, trueque o transferencia de esclavos o de personas que pretendan ser vendidos, transferidos, utilizados o tratados como esclavos, practicados o transportados en, en o desde cualquier parte de la costa o países de África serán abolidos, prohibidos y declarados ilegales”. Sin embargo, si bien la ley abolió el comercio transatlántico de africanos esclavizados, no abolió la esclavitud, que continuó durante décadas.
Por entonces, tal como venía ocurriendo desde hacía varios siglos, una numerosa cantidad de habitantes del África subsahariana eran transportados en condición de esclavos a las naciones islámicas de Oriente Medio y, a través del océano Atlántico, hacia América. Según cuenta el historiador estadounidense Thomas Sowell (1930) en “Conquests and cultures. An international history” (Conquistas y culturas. Una historia internacional), “el principal destino del comercio de esclavos africanos hacia el mundo islámico era Estambul, capital del Imperio Otomano, donde floreció el mayor y más activo mercado de esclavos. En otros países islámicos los mercados de esclavos también eran abiertos y públicos, tanto para nativos como para extranjeros”. Y en cuanto a los que eran llevados a América narró que “los horrores de la travesía atlántica en barcos de esclavos repletos y asfixiantes, junto con la exposición a nuevas enfermedades de los europeos y otras tribus africanas, así como los peligros generales de la travesía del Atlántico en aquella época, se cobraron un número de vidas que ascendía aproximadamente al 10% de todos los esclavos enviados al hemisferio occidental en barcos británicos en el siglo XVIII, siendo los británicos los principales traficantes de esclavos de aquella época”.


Por su parte, el Doctor en Jurisprudencia por la Facultad de Derecho de la Georgetown University Mark D. Welton (1963) detalló en su ensayo “International law and slavery” (El derecho internacional y la esclavitud): “La esclavitud sirvió principalmente a propósitos económicos y militares en el mundo antiguo. Las fuerzas armadas forzaron frecuentemente a los individuos a servir como soldados o esclavos de galeón. Los esclavos también trabajaron en proyectos de obras públicas en la Grecia antigua, en minas o campos agrícolas en Mesopotamia y en el imperio Romano. Otros eran sirvientes personales y domésticos de familias ricas y frecuentemente prestaron servicios sexuales a sus 
dueños. Aun cuando Europa transitaba del imperio Romano a la era moderna, la esclavitud persistía. El comercio de esclavos era una actividad económica significativa en muchos pueblos a lo largo de las costas de Escandinavia, Inglaterra e Italia. en el período feudal, la población de Europa estaba constituida por hombres libres, siervos y esclavos, y las autoridades seculares y religiosas, citando fuentes bíblicas, reconocieron la esclavitud como una institución natural”.
Añadió más adelante: “Cuando los estados europeos comenzaron a explorar y colonizar las áreas fuera del continente, especialmente en el hemisferio occidental, consideraron que la esclavitud y el comercio de esclavos hacían una buena pareja con la explotación económica de estas regiones, y la esclavitud floreció en las haciendas y minas de las Américas, desde el siglo XVI hasta el XIX. Los esclavos de África subsahariana arribaron a Europa por primera vez a mediados del siglo XV, después que las tripulaciones europeas los capturaran, o los comerciantes musulmanes norafricanos y jefes tribales de África subsahariana los vendieran a los buques mercantes europeos. Los ingleses, españoles, portugueses, holandeses y franceses adquirieron esclavos africanos y los transportaron al otro lado del océano en barcos. Muy pronto comenzaron a vender esclavos africanos y nativos americanos, en forma regular, hacia las Antillas y las costas de las Américas. La exportación de esclavos africanos se incrementó rápidamente a medida que disminuía el número de esclavos nativos de las Américas, debido a las enfermedades y al maltrato; sólo los buques ingleses transportaron dos millones de esclavos africanos a Norteamérica entre los años de 1680 y 1786”.
Entre el 31 de agosto y el 8 de septiembre de 2001, representantes de los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de numerosas Organizaciones No Gubernamentales e incluso afrodescendientes e indígenas, se reunieron en Durban, Sudáfrica, para tratar los efectos negativos del racismo, la discriminación racial, la xenofobia y declararon la esclavitud y la trata de esclavos como crímenes de lesa humanidad. El documento firmado en esa oportunidad se conoce como “Declaración y Programa de Acción de Durban”. En 2006, la Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante su resolución 61/19, reconoció que “la trata de esclavos y la esclavitud se encuentran entre las peores violaciones de los derechos humanos en la historia de la humanidad, teniendo en cuenta particularmente su escala y duración” y, al año siguiente, mediante la resolución 62/122, designó el 25 de marzo como Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos. Se eligió esa fecha en conmemoración de la abolición del comercio transatlántico de esclavos en el Reino Unido el 25 de marzo de 1807.


Al cumplirse el vigésimo quinto aniversario de la “Declaración y Programa de Acción de Durban” y en el marco del Día Internacional del Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavizados, el 25 de marzo del presente año la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución histórica impulsada por la Unión Africana, declarando que la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos representan “la injusticia más inhumana y duradera contra la humanidad” debido a “su magnitud, duración, carácter sistémico, brutalidad y consecuencias duraderas que siguen estructurando la vida de todas las personas a través de regímenes racializados de trabajo, propiedad y capital”. La resolución sostiene que la trata de africanos esclavizados constituyó un sistema de explotación sin precedentes, que se extendió durante más de cuatro siglos y convirtió a los seres humanos en propiedad hereditaria. El documento afirma que se trató del primer régimen mundial que codificó legalmente a las personas como bienes, estableciendo jerarquías raciales y estructuras económicas que, según el texto, aún influyen en la sociedad actual. También se mencionaron normas históricas que legitimaron la esclavitud, como disposiciones legales europeas y coloniales que permitieron considerar a los africanos esclavizados como propiedad transferible y perpetua.
Desde Ghana, principal impulsor del texto, defendieron la iniciativa como un paso hacia la justicia histórica, destacando que las consecuencias de la esclavitud siguen vigentes en forma de desigualdades estructurales, raciales y económicas. Según “Amnesty International” (Amnistía Internacional), el movimiento globalque cuenta con más de diez millones de miembros y simpatizantes en ciento cincuenta países y trabaja por la promoción y defensa de los derechos humanos reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU el 10 de diciembre de 1948 en París, la votación que se realizó en la sede de la ONU en Nueva York representa “un paso trascendental hacia el reconocimiento legal y la reparación para quienes han sufrido los daños persistentes de la esclavitud en todo el mundo”, y destacó la necesidad de que la resolución “inicie el camino hacia la justicia para los africanos y las personas de ascendencia africana, y marque un avance positivo para el mundo en un momento en que el derecho internacional está siendo atacado”.
La iniciativa, presentada por una coalición de sesenta países africanos, caribeños y latinoamericanos, reconoce que este sistema de explotación, que se prolongó durante más de cuatro siglos, constituye una violación del derecho internacional que no prescribe y que sus consecuencias siguen afectando a millones de personas en todo el mundo. De hecho, en el contexto actual, la esclavitud moderna persiste en algunas zonas de África con alrededor de cuatro millones de personas en situaciones forzosas. Si bien la resolución fue aprobada por una amplia mayoría con ciento veintitrés votos a favor, hubo cincuenta y dos países mayoritariamente de potencias occidentales, incluyendo el Reino Unido y países de la Unión Europea como Alemania, Dinamarca, España, Francia, Hungría, Italia, Noruega y Países Bajos, que se abstuvieron argumentando que era muy problemático definir un único hecho histórico como “el más grave” y por ser “muy problemático en innumerables aspectos”.


Pero lo más grave fue que hubo tres países que votaron en contra de la resolución: Israel, Estados Unidos y Argentina, países que desde algo más de dos años mantienen una alianza estratégica. Gobernados por el genocida Benjamín Netanyahu (1949), el narcisista Donald Trump (1946) y el sociópata Javier Milei (1970) respectivamente, configuraron un frente que prioriza el capital y la ficticia pureza racial sobre la dignidad humana. Israel rechazó la medida al considerar que la terminología podría desplazar la jerarquía histórica del Holocausto, pero omitió decir que desde hace décadas los capitales israelíes han dominado sectores críticos como la minería de diamantes y minerales estratégicos africanos, por lo que su voto negativo en realidad buscó prevenir que la comunidad internacional estableciese precedentes legales que vinculen la explotación de esos recursos con crímenes de lesa humanidad, protegiendo así un modelo de negocio que depende de la desestabilización y el control territorial de África.
Por su parte Estados Unidos declaró que se oponía firmemente al intento de la ONU de calificar a la esclavitud como el delito de lesa humanidad más grave de la historia ya que la resolución tenía muchas subjetividades a las que no se adherían. Lo que no dijeron es que su negativa se fundamenta en el temor a las implicaciones legales y financieras de la justicia reparativa ya que fueron millones los esclavos africanos los que impulsaron su riqueza agrícola e industrial, y entonces era necesario cerrar la puerta a cualquier reclamo de indemnización por los siglos de trabajo forzado que subsidiaron su ascenso como potencia global.
Y finalmente Argentina, con su voto, pasó a ser el mayor representante del negacionismo cultural en América Latina aunque ya desde hace más de un siglo niega que los esclavos afroargentinos fueron una parte integral de su identidad. Desde los tiempos de la colonia, la ciudad de Córdoba fue un gran centro de comercialización de esclavos. En 1778 un censo arrojó que el 46% de la población en Argentina tenía origen africano. Diferentes funcionarios declararon que en la ONU se había discutido algo más complejo que estar contra la esclavitud, que lo que se intentó fue imponer una lectura que jerarquiza culpas históricas según una agenda ideológica. Se afirmó que el país estaba en contra de definir la esclavitud como el delito más grave dejando otros por fuera. La resolución tiene muchas subjetividades a las que no nos adherimos, afirmaron.
Durante la gestión de Javier Milei, Argentina adoptó posiciones similares en la ONU. En noviembre de 2024 fue el único país en votar contra un texto sobre violencia hacia mujeres y niñas, aprobado por más de ciento setenta países, y al mes siguiente votó contra los derechos de los pueblos indígenas. Después, en septiembre de 2025 votó contra una resolución sobre el conflicto entre Israel y Palestina, también junto a Estados Unidos e Israel, y en octubre del mismo año rechazó el levantamiento del embargo a Cuba y se opuso a una iniciativa para prevenir y erradicar la tortura. Una verdadera vergüenza.

25 de marzo de 2026

Conversaciones (LX). Ricardo Piglia - Rodolfo Walsh. Sobre la tensión entre ficción y política (2/2)

Nacido en Choele Choel, en la provincia de Río Negro, Rodolfo Walsh fue un autor referencial de la literatura policial argentina con títulos como “Variaciones en rojo” y “Diez cuentos policiales argentinos”. También se destacó por sus libros de investigación periodística “Operación Masacre”, “¿Quién mató a Rosendo?”, “Caso Satanowsky” y “La revolución palestina”. Por su parte Ricardo Piglia, autor de ensayos como “Crítica y ficción”, “La Argentina en pedazos”, “Formas breves”, “Diccionario de la novela de Macedonio Fernández” y “El último lector”, publicó numerosos artículos periodísticos en los diarios “El País”, “Clarín” y “Página/12”, y en las revistas “Magazín Literario”, “El Escarabajo de Oro” y “El Péndulo”, entre otros medios.
En el nº 37 de la revista “Fierro” de septiembre de 1987 publicó “Rodolfo Walsh y el lugar de la verdad”, artículo en el que detalló: “‘La novela política tal cual la conocemos -decía Brecht- es imposible después de Auschwitz’. ¿Se puede usar la ficción para narrar el horror? Walsh percibió ese límite cuando ocurrió la masacre de José León Suárez. Un grupo de civiles había sido fusilado clandestinamente en junio de 1956 por la policía de la Libertadora. Uno de ellos estaba vivo. Walsh entró en contacto, comenzó a investigar, encontró a otros sobrevivientes, reconstruyó los hechos, inició una campaña de denuncia. A fines de 1957 reunió los materiales que había publicado en el periódico ‘Mayoría’, entre mayo y julio de ese año, en la primera edición de ‘Operación Masacre’. ‘Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela; lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con este tema. Yo creo que la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se sacraliza como arte. Por otro lado, el documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas’, decía Walsh en 1970. ‘Operación Masacre’ es una respuesta al viejo debate sobre el compromiso del escritor y la eficacia de la literatura. Frente a la buena conciencia progresista de las novelas ‘sociales’ que reflejan la realidad y ficcionalizan las efemérides políticas, Walsh levanta la verdad cruda de los hechos, la denuncia directa, el relato documental. Un uso político de la literatura debe prescindir de la ficción. Esa es la gran enseñanza de Walsh”.
“En este sentido no hace más que tomar una tradición que se remonta al ‘Facundo’, es decir, a los orígenes de la prosa argentina. Walsh es muy consciente de la oposición entre ficción y política, clave en la historia de nuestra literatura. Su obra está escindida por ese contraste y lo notable es que, a diferencia de tantos otros, comprendió siempre que debía trabajar esa tensión y exasperarla. Liberar su ficción de las contaminaciones circunstanciales y usar su destreza de narrador para construir textos de crítica política y de denuncia. Esta escisión define dos poéticas en la práctica de Walsh. Por un lado, está el manejo de la forma autobiográfica del testimonio verdadero, del panfleto y la diatriba. Por otro lado, para Walsh la ficción es el arte de la elipsis, trabaja con la alusión y lo no dicho, y su construcción es antagónica con la estética urgente del compromiso y las simplificaciones del realismo social. Las dos poéticas están sin embargo unidas en un punto que sirve de eje a toda su obra: la investigación como uno de los modos básicos de darle forma al material narrativo. El desciframiento, la búsqueda de la verdad, el trabajo con el secreto, el rigor de la reconstrucción: los textos se arman sobre un enigma, un elemento desconocido que es la clave de la historia que se narra”.
Y concluyó: “Por supuesto la marca de Walsh es la politización extrema de la investigación: el enigma está en la sociedad y no es otra cosa que una mentira deliberada que es preciso destruir con evidencias. En este punto, para Walsh el periodismo es sobre todo un modo de circulación de la verdad. Por eso el uso y la construcción de canales alternativos para la difusión de la denuncia es un elemento clave. Este conjunto de prácticas y de estrategias de escritura se combinan para formar la obra múltiple y única de Rodolfo Walsh. El relato policial, el panfleto, el ensayo, la historia, la denuncia, el testimonio político, la autobiografía, el periodismo, la ficción: todos estos registros se unen sostenidos por una escritura que sabe modular los ritmos y matices de la lengua nacional. Walsh era capaz de escribir en todos los estilos y su prosa es uno de los grandes momentos de la literatura argentina contemporánea”.
 

Lo que sigue es la segunda y última parte de la extensa conversación que Piglia mantuvo con Walsh en marzo de 1970.

R.P.: Dejaste de escribir cuentos policiales, también ahí se puede ver un conjunto de historias ligadas entre sí, conectadas por la presencia de Daniel Hernández, del comisario Laurenzi.
 
R.W.: Abandoné el género hace años ya, aunque de vez en cuando se me ocurren situaciones que podrían servir de germen a una trama policial. A veces pienso que de todas las historias posibles, las menos posibles entre nosotros parecen ser aquellas en que el "inspector" recoge del suelo una cigarrera, dice: "Ah", telefonea al laboratorio, viene el juez, se lleva al asesino y lo condena a veinte años. Yo también he escrito historias así, pero ahí está la crónica diaria para revelar que las pruebas no significan nada, que se puede opinar sobre una pericia y que de todas maneras el asesino sale el mes que viene.
 
R.P.: En el policial a la inglesa el enigma funciona como una convención muy formalizada.
 
R.W.: Si se aplican ciegamente los cánones de la novela policial inglesa a una situación que no tiene nada que ver, el resultado puede ser grotesco. De todas maneras, si alguien tiene mucho talento y escaso tiempo para frecuentar las comisarías y los tribunales, siempre le quedará la posibilidad de evadirse totalmente de lo que ve y escribir una historia tan irreal y tan perfecta como "El jardín de senderos que se bifurcan".
 
R.P.: El otro camino es el de Hammett, Chandler, el policial norteamericano.
 
R.W.: Que me interesa, por supuesto, sobre todo Hammett. Manejan un mundo que siento cercano. Mi labor en el periodismo me puso en contacto con verdaderos asesinos, con verdaderos investigadores, con verdaderos torturadores y también con algunos verdaderos héroes. Desde esta perspectiva todo lo que pude haber inventado con anterioridad me resulta raro, como una foto mal revelada. Pero la realidad no sólo es apasionante, es casi incontable.
 
R.P.: Eso nos lleva al problema que habíamos dejado planteado al principio: las relaciones entre novela y testimonio, entre ficción y no-ficción.
 
R.W.: En el plano personal he vivido durante años ese vaivén entre el testimonio y la ficción. Creo que se oponen frontalmente y a la vez creo que se realimentan mutuamente. Para mí son vasos comunicantes, paso de uno a otro, continuamente. La cuestión es una cuestión de jerarquías estéticas y de criterios sociales. La novela es considerada el punto más alto del arte narrativo y el relato documental aparece como un arte pobre.
 
R.P.: No artístico.
 
R.W.: Claro. Eso me preguntaron cuando apareció el libro sobre Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Y creo que es un prejuicio muy poderoso, lógicamente muy poderoso, pero al mismo tiempo creo que gente más joven, que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o bien en sociedades que están en proceso de revolución, va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos que se le dedica a la ficción.
 
R.P.: De hecho, la vanguardia soviética de los años '20, Tretiakov, Osipp Brik, Sklovski, defendían lo que llamaban literatura “fakta”, la no ficción, como una práctica que sustituía a la novela tradicional.
 
R.W.: Yo creo que en el futuro incluso se van a invertir los términos, que lo realmente apreciado en cuanto arte va a ser la elaboración del testimonio o del documental, que admite cualquier grado de perfección. Es decir, en el montaje, en la compaginación, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas.
 
R.P.: Pensar el relato desligado de la ficción.
 
R.W.: Desde otra perspectiva y con otra técnica. Digo esto porque pienso en trabajos como el de Miguel Barnet, “Biografía de un cimarrón”, e inclusive aquí mismo, cuánta gente hay cuya historia de vida uno contaría con mucho gusto, realmente, y sin limitaciones en cuanto a lo que podés conseguir. No se trata de firmar el certificado de defunción de la ficción, sería ridículo, pero se puede ver a la novela, tal como la conocemos, como una forma transitoria, a lo mejor no, pero puede ser pensada como una forma transitoria.
 
R.P.: Por supuesto. Puede declinar la novela sin que desaparezca la narración. Siempre se van a contar historias, pero no necesariamente va a ser siempre la novela la forma dominante.
 
R.W.: En este sentido es necesario volver y tomar como marco de referencia las cosas que a uno le hicieron creer, y no hablo de las cosas que a uno le hicieron creer cuando iba a la escuela, sino las cosas que a uno le hicieron creer después, cuando empezaba a escribir, a relacionarse con la literatura.
 
R.P.: Las ideologías literarias, las concepciones sobre la literatura.
 
R.W.: Que influyen en todos, en los más audaces y en los más lúcidos, en todos, como si mentalmente tuviéramos las manos atadas. Porque así empezás a escribir, estás condicionado por todo, por quién te lo va a publicar, qué van a decir los críticos, cuánto se va a vender y así. Totalmente atado. Y además: ¿esto se corresponde con el nombre que yo tengo? ¿Esto es lo que se espera de mí como Fulano de Tal? Esa realidad ridícula de la literatura donde uno se encuentra compitiendo con otros tipos a ver quién hace mejor el dibujito, cuando en verdad eso no importa nada. Hay que zafar de ahí, zafar del mercado, trabajar de otra manera. Un libro no es solamente un producto acabado que se vende a un determinado precio. Pero para zafar hay que cuestionar todo. ¡Cuando pienso en las imbecilidades que realmente uno oyó repetir y que incluso repitió tímidamente o no refutó, acerca de la relación entre el arte y la política!
 
R.P.: Justamente, tengo la impresión que esa tensión entre ficción y testimonio, que es básica en lo que vos hacés, en realidad reproduce una tensión más funda-mental entre literatura y política.
 
R.W.: Las cosas se han dado de esa manera en mi vida. Yo empiezo a escribir ficciones entre 1964 y 1965, una época de despolitización en el sentido de alejamiento de los problemas cotidianos de la política, de la inserción de uno. En tiempos de la Revolución Libertadora, si bien de una forma anárquica y como francotirador, yo había participado de algún modo en “Operación Masacre”. Y ahora, desde 1968, desde el Cordobazo digamos, hace ya un tiempo que no escribo ficción, escribí en el diario de la CGT, escribí “¿Quién mató a Rosendo?”
 
R.P.: La relación entre literatura y política define dos usos de la escritura, dos lugares diferentes para el escritor.
 
R.W.: Lo que no significa un descarte aislado de las formas literarias tradicionales, del cuento, de la novela, para reemplazarlas con el relato verdadero o el testimonio. Por otro lado, es evidente que el sólo deseo de hacer propaganda y agitación política no significa que vayas a elegir la literatura, la ficción, para usarla mal, porque hay otras maneras, no necesitas ponerte a escribir una mala novela.
 
R.P.: Son campos distintos.
 
R.W.: Estoy seguro de que no se pueden usar inocentemente una serie de convenciones literarias que están ahí sólo para poner a toda la historia en el limbo. A veces me siento capaz de imaginar, no digo de hacer todavía, una novela o un relato que no sea una denuncia y que por lo tanto no sea una presentación, sino una representación, un segundo término de la historia original, usando las formas tradicionales, pero usándolas de otra manera. Lo que probablemente suceda cuando escriba una novela es que recogeré en ella parte del material, del espíritu de la denuncia de mis libros anteriores, pero elaborados de otro modo.

Conversaciones (LX). Ricardo Piglia - Rodolfo Walsh. Sobre la tensión entre ficción y política (1/2)

Un día como hoy, hace cuarenta y nueve años, mientras distribuía las primeras copias de su famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” en buzones de la ciudad de Buenos Aires, Rodolfo Walsh (1927-1977) fue emboscado y herido fatalmente por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, quien se llevó su cuerpo moribundo y desde entonces forma parte de la lista de cuerpos desaparecidos por el terrorismo de Estado en Argentina. En años previos a ese episodio, mantuvo algunas conversaciones con el escritor y crítico literario Ricardo Piglia (1941-2017), autor de recordadas novelas como “Respiración artificial” y “Plata quemada”. En varios artículos publicados en diversas revistas, Piglia analizó la obra de Walsh. En uno de ellos, el aparecido en marzo de 2017 en la revista cordobesa “El Sur”, detalló: “Es importante destacar en Walsh la relación con la ficción. Él ha manejado la tensión con la ficción como un campo que por momentos debe ser excluido de lo que podríamos llamar la literatura política en un sentido pleno. Ha mantenido escindidos los campos, las tensiones internas, pero escindidos en el sentido de que la eficacia de la escritura pasa por un tipo de intervención que excede el plano de lo que se supone es la circulación clásica de la ficción literaria. Y lo más interesantes es que, al parecer, él buscó romper los circuitos de circulación. Ahí es donde ocupa un lugar de vanguardia, de ‘experimentación’, al dejar de lado el libro como objeto básico de la circulación de la información”.
“Ahí hay una línea en donde la cuestión de la escritura verdadera supone redefinir el medio en un sentido amplio, no el medio periodístico sino el medio de circulación como un elemento importante. Habría que ver en qué tradición está esto, qué línea significa y qué campo de debate abre. Me parece que en ese plano él rompe con la idea de ‘circuito literario’. Ahí se topa con una tradición argentina y con un debate que no es sólo argentino. En general se junta la experiencia de la no ficción con lo que se ha puesto más de moda, que es la experiencia norteamericana de Tom Wolfe, Norman Mailler, etc. Cuando yo afirmo que él dice que para hacer política hay que abandonar la literatura me refiero a que no tiene mucho sentido hacer una novela -que tiene sentido como novela, porque la novela política es un género como lo es la novela policial- porque no tiene la eficacia que tienen estos medios, donde el escritor pone todo su conocimiento en función de la reestructuración nueva de un material real. Este sería un primer punto, que tiene mucho que ver con la relación periodismo/literatura. El periodismo es un método dentro de esto: es el único. La expansión y socialización del grabador como medio y de la fotocopia como instrumento social a manos de cualquiera abren caminos que exceden el plano tradicional del periodista que trabaja en un medio. Hoy las posibilidades son mucho mayores. Este es un punto, y sobre este punto podemos discutir la experiencia de Sarmiento o de Hernández, que hacían lo mismo. La experiencia de los panfletos, de la polémica, la tradición de los nacionalistas. Yo creo que Walsh está muy atento a cierto tipo de escritura nacionalista que es importantísima”.
Y añadió: “La otra cuestión que está implícita es el hecho de que Walsh paralelamente, con una tensión que nunca resuelve -y por eso es un gran escritor, porque vive en esa tensión permanente-, desarrolla una obra de ficción de primera calidad que no se puede asimilar al modelo esquemático de lo que se considera la escritura novelística de izquierda. Es como que ahí hay un juego, que después la política le resuelve en un plano. La militancia política casi resuelve por él. Es un poco lo de Hernández con el ‘Martín Fierro’. Después de la derrota de López Jordán, Hernández se encierra en una pieza de hotel y se pone a escribir el ‘Martín Fierro’. Entonces esa relación entre que la política los expulsa y encuentran un espacio literario también es una tradición, porque Sarmiento hace lo mismo. La escritura literaria de Sarmiento tiene mucho que ver con el hecho de que él no actúa políticamente en ese período”.
 

Lo que sigue es la primera parte de la conversación que ambos escritores
mantuvieron en marzo de 1970. Una primera versión se publicó como prólogo al relato de Walsh “Un oscuro día de justicia”. Luego fue reproducida en el nº 55 de la revista “Crisis” en noviembre de 1987.
 
R.P.: Dos cosas quisiera plantearte. Por un lado, la relación entre cuento y novela, la forma breve y la novela como género, digamos. Y por otro lado, la relación entre el relato de ficción y el relato verdadero, que me parece que son dos cuestiones que definen las líneas principales de lo que has estado haciendo.
 
R.W.: Para ir al primer punto. Pareciera que el mayor desafío que se le presenta hoy por hoy a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé de dónde viene esto, por qué esa exigencia y por qué la novela tiene una categoría artística superior. Aunque hay excepciones, a Borges por supuesto nadie le pide una novela. Sobre esto yo he pensado cosas muy contradictorias, según mis estados de ánimo, o en fin, cosas distintas en distintas épocas. Me he formado dentro de esa concepción de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior. De ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela. Parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a cualquier otra forma de escritura.
 
R.P.: Estabas trabajando en una novela hace un tiempo.
 
R.W.: Es cierto y en este momento me inspira grandes nostalgias. Volver a esa novela no depende sólo de mí. Necesito mucha tranquilidad, una de esas épocas tranquilas, casi de estancamiento, que me permiten recluirme a escribir. En este momento vivo un movimiento oscilante entre el periodismo de acción, que me exige estar en la calle, escribir con gran apuró y terminar, tal vez, un capítulo o dos en un día, y el repliegue para escribir ficción. Entonces escribo con gran dificultad cinco líneas en un día y avanzo despacio, con todo el tiempo por delante.
 
R.P.: Se habló de una novela hecha de historias independientes.
 
R.W.: Tengo un proyecto que abarca épocas diferentes y va desde 1880 a 1968. Cada momento es una historia cerrada. La primera recoge una tradición oral que los prácticos y baqueanos del Río de la Plata transmiten de padres a hijos: la historia de un hombre que, a fines del XIX, consiguió atravesar el río a caballo, durante una bajante prodigiosa.
 
R.P.: Esa historia es el punto de partida.
 
R.W.: Sí, pero no es la historia central. Otra de las anécdotas reconstruye un mensaje que le escribe a Perón Lidia Moussompes, la mujer del protagonista de "Cartas". Cada historia va a ser tratada con un lenguaje único. La preocupación central de todo escritor es descubrir el idioma de sus narraciones, tratar de encontrar la forma que parece ser la única manera posible de contarla.
 
R.P.: ¿Y en qué estado está ese proyecto?
 
R.W.: La novela se complicó mucho. A medida que la iba escribiendo encontraba dificultades ocultas. Comprendí que ignoraba muchas de las cosas que quería decir y no me quedó más remedio que buscarlas. Leer, releer, investigar, buscar testimonios. Por otro lado no aseguraría que se trata de una novela. Estoy trabajando una serie de historias con la idea de fundirlas en una novela. Y digo la idea y no la certeza porque todo va a depender del material. Porque lo que está en crisis, al menos para mí, es el concepto mismo de novela. Es decir, la novela como forma, lo que podríamos llamar las relaciones falsas del género.
 
R.P.: ¿En qué sentido decís relaciones falsas?
 
R.W.: En el plano técnico, de realización. Lo que más me molesta son las falsas articulaciones, las convenciones estereotipadas. En Vargas Llosa, por ejemplo, me molesta lo artificial de las relaciones entre una historia y otra. Si uno agarra las cuatro o cinco historias de “La casa verde” puede preguntarse qué verdadera relación hay entre ellas y por qué el autor no escribió cinco relatos de cien páginas. Quiero decir, para mí el nexo no puede darse por el parentesco entre los personajes, ni tampoco por voluntad del autor, que también suele ser un nexo. Me interesa otro tipo de continuidad narrativa. Por ejemplo la continuidad de ciertas situaciones.
 
R.P.: Con algunos de tus relatos se arma una especie de novela fragmentada. Pienso en "Cartas" y "Fotos", en la serie de los irlandeses, como si hubiera una estructura discontinua que se va completando.
 
R.W.: Sí, la forma de una novela hecha de cuentos, un modo primitivo de hacer novelas que siempre me interesó.
 
R.P.: Si tomamos los tres relatos sobre irlandeses ¿qué tipo de continuidad le ves?
 
R.W.: Hay un par de temas más que tengo pensados y seguramente si me pusiera saldrían varios. De hecho, hay dos o tres historias adicionales, ya bosquejadas, una de las cuales es de adultos.
 
R.P.: Pero en el mundo del colegio.
 
R.W.: Sí. Un cuento de adultos contado por chicos. El título es "Mi tío Willy que ganó la guerra". Una historia contada por los chicos en una circunstancia especial: están enfermos, en la enfermería. Hay una peste de escarlatina y un chico cuenta la historia de un tío que va a pelear a la guerra mundial.
 
R.P.: La primera guerra.
 
R.W.: La guerra del ‘14. El protagonista es un tío a quien no conocí, que partió hacia Dublin durante la guerra para pelear como corresponde a su sangre, es decir contra los ingleses, pero que cambia de idea en el barco y acaba muriendo en Salónica.
 
R.P.: Y el chico conoce las versiones familiares.
 
R.W.: Pero el sentido de la historia se le escapa. Comienza como una historia de guerra, pero después vuelve al colegio y a la situación de un narrador que no entiende lo que narra. Hay otra historia probable con la intervención y la participación exclusiva del diablo, que también sucede en la enfermería.
 
R.P.: La peste de escarlatina y los relatos que se cuentan hacen pensar en Boccaccio.
 
R.W.: Claro. La serie podría crecer a partir de esa estructura, pero no quisiera darle un crecimiento indefinido. Es probable que finalmente se reduzca a seis o siete historias que armen una novela hecha de cuentos. Pienso en una serie de episodios que transcurren durante un año, desde la entrada del gato hasta el último día del colegio.
 
R.P.: Hay un núcleo autobiográfico fuerte.
 
R.W.: Evidentemente hay una recreación autobiográfica pero no tan estrecha como podría parecer a primera vista. Lo autobiográfico no es nada más que un punto de partida, una anécdota, y a veces ni siquiera una anécdota, sino el clima de una situación, un matiz.
 
R.P.: La base es el colegio pupilo.
 
R.W.: Sí, estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año '37 y después en el '38, el '39 y el '40 estuve en el Instituto Faghi de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. Aquello era muy parecido a una cárcel para chicos.
 
R.P.: En realidad era un internado de irlandeses pobres ¿no?
 
R.W.: Totalmente marcado por la crisis del '30. En este sentido era una realidad mixta, porque había un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo era la Argentina de esos años de miseria. Hay una burla en uno de los cuentos, sobre un personaje que decía ser descendiente de la realeza y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está porque estaba, el mundo se vivía así.
 
R.P.: Una dicotomía.
 
R.W.: Exacto. Y eso siempre me interesó, esa realidad doble, esa mezcla. Tengo borradores o apuntes sobre la vida del colegio que vienen de hace muchos años, quince tal vez, del '54, '55, pero como eran muy malos nunca los retomé. De golpe, en el '64, escribí "Irlandeses detrás de un gato". Yo no sé si en ese momento tuve intención de escribir más que ese primer cuento, pero cuando escribí el segundo la idea de la serie apareció sola. Con "Los oficios terrestres" ya establezco la continuidad.
 
R.P.: ¿Y en qué época escribiste "Un oscuro día de justicia"?
 
R.W.: Me acuerdo de la época en que terminé de escribirlo, lo debo haber terminado en noviembre del '67 y debo haber empezado a escribirlo a mediados de ese año. Me acuerdo de la fecha porque en octubre del '67 murió Guevara y yo terminé de escribirlo más o menos un mes después.
 
R.P.: ¿Cómo ves vos a este cuento dentro de la serie de los irlandeses?
 
R.W.: Hay una cierta evolución en la serie, en ese cuento aparece una nota política, la primera más expresamente política, porque había una connotación política en todos los otros, pero mucho más simbólica e inconsciente. En este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación que están representadas por un héroe. Un héroe que es externo y que por admirable que sea supone confiar en un salvador, no depositar las expectativas en sí mismo.
 
R.P.: Y a la vez todo es muy alusivo.
 
R.W.: Creo que la clave de la comprensión sobre la relación política, en este caso entre el pueblo por un lado y sus héroes por el otro, está en el final, cuando dice: "...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...". Y después, más adelante: "...y el pueblo aprendió que estaba solo...". Y más adelante: "...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de sus propias entrañas sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...".
 
R.P.: La política entra casi como doble sentido. Una especie de alegoría, la historia de unos chicos irlandeses, pero también otra historia
 
R.W.: Y para mí es el pronunciamiento más político de toda la serie y muy ligado a situaciones concretas nuestras, específicamente el peronismo e inclusive las expectativas que aquí se despertaban ose despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días. Porque la gente decía: "Si el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y hacemos la revolución". Concepto totalmente místico, es decir, el mito, la persona, el héroe haciendo la revolución, en vez de ser el conjunto del pueblo, cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea, puede resolver. Cuando se delega en él la cosa que es de todos, no se puede dar.
 
R.P.: Y el cuento puede ser leído con esa clave.
 
R.W.: La lección que ellos aprenden ese día es que nadie que venga de afuera los va a salvar, aunque no hay ninguna connotación peyorativa para el tipo que viene de afuera, que polea, se juega y es un héroe. No deja de ser un héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que aprenden, en una segunda instancia, es que si se la quieren cobrar y arreglar cuentas con el celador, se tienen que combinar entre ellos y enfrentarlo entre todos. Esa es la lección.
 
R.P.: Como si el contexto político estuviera presionando de un modo elíptico.
 
R.W.: Que se me hizo consciente después, porque en ese tipo de relatos donde yo recupero cosas muy viejas y que tienen una vida propia muy poderosa no necesito legislar por anticipado lo que va a pasar, eso pasa. A lo sumo después vuelvo y hago algunos ajustes. -Por otro lado estos cuentos están emparentados con cierta tradición de la literatura en lengua inglesa, digo, porque es el mundo del primer Joyce, y también el tono de Faulkner, esa escritura que podríamos llamar bíblica. -Yo ahí en ese caso más que con Joyce, si bien evidentemente en el Retrato y en algunos cuentos, e inclusive en “Ulises” hay algunas historias que transcurren en un colegio de curas, si tuviera que buscar alguna influencia en la forma, en ese tipo de estilo que vos llamas bíblico, es decir en el tipo de desarrollo de la frase, lo buscaría tal vez más en Dunsany, que temáticamente no tiene nada que ver. Y yo a Dunsany lo he leído en traducción, salvo algún cuento. No sé si te acordás de aquellos “Cuentos de un soñador”, esa forma creciente, envolvente. Eso me impresionó mucho cuando lo leí, hace años ya.
 
R.P.: Un tono muy distinto al resto de tus cuentos que tienden a un estilo más ascético y conciso.
 
R.W.: Sí, es cierto que son diferentes. Evidentemente si queremos calificar el modo de escritura, esa tentativa de un uso ampliado de la palabra, de una amplificación de los recursos, de un lenguaje, si quisiéramos calificarlo de algún modo, podríamos llamarlo épico. Son anécdotas muy reducidas, que suceden en un medio muy pequeño, esos pobres chicos descendientes de irlandeses, internados en un colegio; y entonces, para narrar esas historias de chicos aparece un lenguaje grandioso, casi grandilocuente. Ese estilo no me lo permitiría, quizá, si tuviera que escribir una historia épica, porque entonces usaría un lenguaje muy reducido.

24 de marzo de 2026

La situación argentina al cumplirse el quincuagésimo aniversario del comienzo de la dictadura más sangrienta de la historia del país

El 24 de marzo de 1976 -con el apoyo de la burguesía y el clero- estalló un golpe militar que derrocó al gobierno constitucional que encabezaba María E. Martínez de Perón (1931). Para la ocasión, los bandidos que asaltaron el poder eligieron el pomposo nombre de “Proceso de Reorganización Nacional”. Algunos años antes se habían llamado “Revolución Libertadora” o “Revolución Argentina”; distintos nombres, distintas épocas, distintas circunstancias, pero un mismo hilo conductor en las sombras: el Departamento de Estado norteamericano.
En esta oportunidad, más que una interrupción al orden constitucional lo que se hizo fue blanquear la situación imperante en el país desde que un decrépito y senil general Juan D. Perón (18951974) delegara gran parte del poder a manos de sus adláteres más sanguinarios: José López Rega (1916-1989), José Ignacio Rucci (1924-1973) y Alberto Villar (1917-1974), entre otros, quienes al mando de siniestras bandas de asesinos, comenzaron la brutal represión de las mismas organizaciones revolucionarias que el propio líder había propiciado y alentado desde su exilio dorado en Madrid. Las fuerzas armadas, que ya habían militarizado el país mucho antes de aquel día, escudándose en el desgobierno que imperaba por entonces, perfeccionaron y extendieron las acciones represivas que culminarían con miles de desaparecidos. El saldo de los casi ocho años de gobierno militar fue desastroso: la deuda externa creció de manera exponencial, la economía quedó en bancarrota, se violaron todos los derechos humanos imaginables y se entró en una desproporcionada guerra contra Inglaterra y la Alianza Atlántica. Si los objetivos del Proceso eran los de preservar el modo de vida occidental y cristiano equivocaron el camino, ya que el Estado provee las herramientas legales y legítimas para conseguirlo sin necesidad de secuestrar, torturar y hacer desaparecer a sus adversarios. Tampoco era necesario robar bebés para luego privarlos de su identidad ni hurtar los bienes de los detenidos para luego venderlos en provecho propio. Para justificarse ante la sociedad por semejantes atrocidades, dijeron que la Nación estaba en guerra -lo que es opinable- y que se habían cometido algunos excesos. Si convalidamos la suposición de que hubo una guerra, entonces ¿por qué los ocultos Centros Clandestinos de Detención en lugar de los reglamentarios Lugares de Reunión de Prisioneros?, ¿por qué las torturas y tormentos seguidos de desapariciones en cambio de interrogatorios, partes de combate y listas de bajas y prisioneros?, ¿por qué meses antes de entregar el gobierno dictaron una ley de autoamnistía e incineraron toda la documentación que registraba los pormenores de la guerra sucia? Por otra parte, si los objetivos eran los de poner orden en la economía del país, también fallaron: hubo emisión descontrolada de moneda, derroches inadmisibles, enriquecimientos ilícitos, corrupción escandalosa, evasión fiscal, inflación, en fin, nada de lo que un argentino medio -occidental y cristiano- pueda sorprenderse. Medio siglo después, los resultados están a la vista: una sociedad totalmente fragmentada y casi sumisa, una juventud que oscila entre la indiferencia y la necedad, una cultura desbastada y estupidizada y la pérdida de cualquier indicio de soberanía que aún quedase en el país, ya que en ese entonces se sentaron las bases del nefasto plan económico que hoy otra vez está en vigencia. En ese sentido, el triunfo del Proceso fue evidente y, en muchos casos, su obra fue continuada por los sucesivos gobiernos civiles que le siguieron, ya fuesen liberales o populistas, los que poco y nada hicieron para modificar la miserable condición de nación subyugada al imperialismo transnacional. Mientras se pregona que desde hace algo más de cuarenta y dos años la Argentina vive bajo un sistema democrático, lo que realmente se está viviendo es un régimen autocrático respaldado por una plutocracia cada día más ambiciosa, un grupo de oligarcas que busca concentrar y aumentar sus riquezas en desmedro de las clases trabajadoras. Su líder es un presidente que desdeña la Constitución Nacional apelando a los decretos y a los vetos como herramientas para gobernar, burlándose así del sistema republicano, representativo y federal de gobierno al llevar adelante un régimen hiperpresidencialista que acumula todos los poderes.
Según lo que establece la Constitución Nacional, el sistema político debe dividirse en tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. El primero de ellos tiene como misión tomar decisiones sobre la economía, la salud, la educación y la seguridad, administrar los recursos del Estado, nombrar ministros y otras autoridades, enviar proyectos de ley al Congreso y representar al país en el ámbito internacional. El segundo tiene a su cargo la deliberación, el debate y la sanción de leyes que defiendan los intereses generales de la sociedad, la fiscalización del gasto público y la supervisión de las acciones del gobierno. Por su parte el tercero tiene el deber de interpretar, aplicar y hacer cumplir las leyes, resolver conflictos jurídicos y garantizar los derechos de la ciudadanía.
Pues bien, en la actual Argentina, poco y nada de esas tareas se están cumpliendo en los tres poderes. Sabido es que la corrupción ha existido en el país, en mayor o menor medida, ya desde la época colonial. Pero hoy en día es descomunal. Las ciencias sociales aseveran que la corrupción política no sólo es ilegal sino también inmoral, dado que atenta contra el bien común y la justicia social. Sin embargo, el actual presidente afirma que la moral es el cimiento de su administración ya que ésta implica el respeto irrestricto a la libertad individual, a la propiedad privada y a el cumplimiento de las leyes. Suele destacar que, dada su “virtud ética y moral”, entre sus ideales está “la defensa del sistema capitalista de libre empresa”. Lo que no dice es que lo él denomina sus "ideales", no son más que las herramientas que utiliza para ejercer el poder como una posibilidad de aumentar y consolidar los intereses económicos propios y los de toda la camarilla que lo rodea, lo apoya y lo sostiene.


Discurso 1: “Se abre un nuevo capítulo en la historia económica argentina. Hemos dado vuelta una hoja del intervencionismo estatizante y agobiante en la actividad económica para dar paso a la liberación de las fuerzas productivas”. Discurso 2: “Argentina está dejando atrás décadas de decadencia y se encamina hacia un modelo fundamentado en el respeto irrestricto por la propiedad privada, el equilibrio fiscal permanente y la apertura al comercio y la inversión”.
¿Son análogas estas prédicas? Pues sí, lo son. Lo único que las diferencia es la época en la que fueron anunciadas. La primera de ellas pertenece al ministro de Economía del Proceso de Reorganización Nacional José Alfredo Martínez de Hoz (1925-2013)durante su primer discurso del 2 de abril de 1976. La segunda fue proclamada por el presidente de Argentina y líder de La Libertada Avanza Javier Milei (1970) durante una reunión que mantuvo el 13 de junio de 2025 con una decena de empresarios de alto nivel en España.
Pero hay más afinidades entre ellos: los resultados. Con el plan económico de Martínez de Hoz se congelaron las jubilaciones, los salarios perdieron su poder adquisitivo, se liberalizaron las importaciones con la excusa de bajar los precios, aumentaron enormemente las tarifas de los servicios públicos, se desfinanció la salud pública recortándole el presupuesto, quebraron miles de pequeñas y medianas empresas, se destruyeron sectores enteros de la industria, se generaron miles de trabajadores desocupados y se contrajo una enorme deuda externa con el FMI, entidad que financió al régimen, apoyó el modelo de apertura financiera y de desindustrialización, algo que generó un aumento de la especulación y de la fuga de capitales. ¿Hay alguna diferencia con lo que ocurre hoy en día en la Argentina con el plan económico llevado adelante por el gobierno libertario de la mano del ministro de Economía Luis Caputo (1965)? Pues parece ser que no.
También se puede recurrir a la famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” que el periodista y escritor Rodolfo Walsh (1927-1977) envió por correo a los medios de comunicación el 24 de marzo de 1977 al cumplirse el primer año de la dictadura militar, y por la cual al día siguiente fue emboscado y secuestrado en la esquina de Humberto 1º y la avenida Entre Ríos por un grupo de tareas de la dictadura, y finalmente fue desaparecido. Entre otros conceptos, en el texto que fue prohibido por la Junta Militar, Walsh manifestó: “En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores, disminuido su participación en el ingreso nacional, aumentado la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitaron formas de trabajo forzado, congelaron los salarios, prohibieron las asambleas de reclamación colectiva, elevaron la desocupación y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos”.
Y agregó: “Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno ha disminuido el consumo de alimentos, el de ropa y el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Dictada por el Fondo Monetario Internacional, la política económica de la Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales al que están ligados personalmente todos los miembros de su gabinete. El espectáculo de una Bolsa de Comercio en donde la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos".
De nuevo, ¿hay alguna diferencia entre aquella gestión económica y la actual? Tal vez podría decirse que, en vez de proponerse acabar con el “festín de los corruptos”, el actual gobierno prometió desde el primer día de su gestión acabar con “la casta política chorra, parasitaria e inútil”. Sin embargo, siete de cada diez funcionarios de su gobierno son “casta”, un grupo que comparte, según su propia definición, el objetivo de “mantener y fortalecer sus propios privilegios a expensas de la sociedad en general”. Y ni que hablar de los escandalosos actos de corrupción en los que están implicados tanto el presidente como su hermana, la Secretaria General de la Presidencia Karina Milei (1973), como numerosos funcionarios del gabinete, diputados, senadores y jueces.
También puede recordarse que la dictadura se propuso desarticular el intervencionismo económico y establecer la libertad de mercado. Su proyecto iba más allá de la economía y buscaba la reestructuración general de la sociedad, de la política y de la cultura. Y, en coincidencia con sus objetivos, las principales entidades empresarias le brindaron su adhesión mientras que la mayoría de los dirigentes de los partidos políticos no se opuso a la instauración del gobierno autoritario y hasta no faltaron los que asumieron cargos públicos. ¿Otra coincidencia con el gobierno “anarco-capitalista”?


Podría decirse que la única diferencia que existe entre la gestión de la dictadura cívico-clerical-militar que gobernó durante siete años y ocho meses y medio, y el gobierno libertario que lleva poco más de dos años y tres meses de gestión es que este último no ha recurrido al terrorismo de Estado que incluyó asesinatos, secuestros, torturas, desapariciones forzadas y robo de bebés, pero los vestigios de violencia y represión de este gobierno son imposibles de ocultar y todos ellos se consolidan con cifras concretas en los relevamientos que realiza la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). Según esos estudios, el gobierno de Milei ya es el más represor desde el regreso de la democracia. Durante el tiempo que lleva gobernando, ya registra más del 10% del total de muertes en manos de las fuerzas de seguridad desde que se reinstauró la democracia, superando a todas las gestiones anteriores.
Amparándose en el “protocolo antipiquetes”, implementado en enero de 2024 por el Ministerio de Seguridad de la Nación por entonces a cargo de la ex montonera y ex funcionaria de gobiernos peronistas, radicales y liberales Patricia Bullrich (1956), las fuerzas de la Policía Federal, la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval, la Policía de Seguridad Aeroportuaria y la Policía de la Ciudad de Buenos Aires reprimen violentamente las protestas callejeras que están amparadas por la Constitución Nacional argentina como parte de la libertad de expresión, acusando a los manifestantes de cometer “actos terroristas” y delitos como “intimidación pública”, “incitación a la violencia colectiva en contra de las instituciones”, “resistencia a la autoridad” o “atentado contra el orden constitucional”.
Ante esta situación, es necesario recordar que, según la Sociología, la función principal del Estado es regular las interacciones sociales y políticas, promover la justicia, garantizar la seguridad de los ciudadanos en su territorio, administrar los recursos y llevar a cabo políticas públicas orientadas al bienestar común. Pero todo eso parece no importarle al presidente que en una de sus tantas declaraciones irracionales ha afirmado que su desprecio por el Estado es “infinito”. Neciamente (o convenientemente) parece que también ignora que en la medida que el Estado pierde su capacidad para cumplir debidamente con las funciones de legitimación, se hacen más notorias sus acciones favorables a la acumulación de capital en beneficio de los sectores sociales económicamente más poderosos. En esas situaciones, es usual que, junto con el debilitamiento de la integración social, las protestas de los perjudicados aumenten y en respuesta se incremente la represión estatal y se deteriore la legitimidad del orden social y
la del propio Estado.
Como si todo esto no fuera suficiente, el presidente es un obcecado negacionista de la última dictadura militar. Desde el inicio de su gestión ha pretendido instalar una versión falsa de la historia, relativizar los crímenes de lesa humanidad e indultar a represores de la dictadura. También ha atacado a los organismos de derechos humanos como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, y ha intentado imponer la idea de que no fueron treinta mil las y los desaparecidos. Descaradamente ignora que existe un informe del National Security Archive, una institución no gubernamental ubicada en Washington, Estados Unidos, que publicó a mediados de 1978 un documento que le envió desde Buenos Aires un agente de la Dirección de Inteligencia Nacional de la dictadura militar chilena y un memorándum interno del Batallón 601, la unidad de inteligencia del Ejército Argentino, en los cuales ya se registraban veintidós mil desapariciones cuando aún faltaban los años más sangrientos del terrorismo de Estado.
En definitiva, ¿qué herramientas utiliza Milei para persuadir a los argentinos? La respuesta es evidente: las redes sociales. Actualmente, las plataformas digitales cumplen un papel similar al de los textos sagrados en la antigüedad, los que, tras la invención de la imprenta, fueron reemplazados por la prensa escrita. Luego, hacia fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la radio y la televisión se convirtieron en medios masivos de información. Hoy ese lugar es ocupado por las redes sociales. Allá por 1887, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) en “Zur genealogie der moral” (La genealogía de la moral), concibió a los ciudadanos como sujetos condicionados por las estrategias discursivas de los gobernantes. Casi cien años después, el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) decía en “Le sujet et le pouvoir” (El sujeto y el poder) que los sujetos eran influenciados por los discursos que circulaban por los modernos medios de comunicación, a los que consideraban sólidos y verdaderos. Se puede concluir entonces que el presidente argentino es un experto en esta materia.

21 de marzo de 2026

La Argentina entre las contradicciones, las incoherencias y las mentiras de un presidente cipayo

Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), una contradicción es un “conjunto de proposiciones que al oponerse recíprocamente se invalidan”, y pone como sinónimos los sustantivos “incoherencia” y “necedad”. Al primero lo define como “cosa que carece de la debida relación lógica con otra”, y al segundo como un “dicho o hecho necio”. Se refiere a incongruencias, absurdos, desatinos, locuras, barbaridades y tonterías como sinónimos de incoherencia, y a estupideces, imbecilidades, idioteces y tonterías como sinónimos de necedad. Psicológicamente, la incoherencia implica una falta total de relación lógica entre varias ideas, acciones o cosas. Es un fenómeno complejo que se manifiesta en múltiples dimensiones de la vida humana, desde el pensamiento individual hasta las interacciones sociales. Y en cuanto a su sinónimo “contradicción”, se dice que simboliza la coexistencia de pensamientos, creencias, deseos o comportamientos lógicamente incompatibles entre sí. Decir una cosa hoy y lo contrario mañana, conlleva la idea tanto de incoherencia como de contradicción. Supone una falta de fiabilidad o una falsedad que, forzosamente, refleja la ausencia de principios sólidos, la inmadurez emocional o incluso un intento deliberado de manipular a otros para obtener un beneficio personal.
Allá por 1781, el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) decía en “Kritik der reinen vernunft” (Crítica de la razón pura), un ensayo en el que exploró los límites y las capacidades de la razón humana, que no era posible que se afirmara y se negara algo de un mismo sujeto, lo cual constituía una contradicción irresoluble. Años después, en 1886, otro filósofo alemán, en este caso Friedrich Nietzsche (1844-1900), afirmaba en “Jenseits von gut und böse” (Más allá del bien y del mal) que las contradicciones no eran errores, sino que formaban parte de la esencia misma de los seres humanos.
¿Será así? Pareciera que hoy en día se da por sentado que las contradicciones son tomadas como algo natural y ante ellas predomina la indiferencia y no causan ningún escándalo. En “Philosophiske smuler eller en smule philosophi” (Migajas filosóficas o un poco de filosofía), el filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) aducía que los escándalos se producían a partir del choque entre las contradicciones y la inteligencia. Entonces, ante la situación actual de una Argentina atravesada por un complejo entramado de inestabilidad política, económica y social, ¿es justo preguntarse si lo que predomina en buena parte de su población es la falta de concientización? ¿O será que tenía razón el escritor francés André Breton (1896-1966) cuando le dijo poco antes de morir a su amigo el director de cine hispano-mexicano Luis Buñuel (1900-1983) que “es triste tener que reconocerlo, pero ya nadie se escandaliza”, tal como este último recordó en su libro de memorias “Mi último suspiro”?
Porque basta con hacer un repaso sobre las contradictorias declaraciones del actual presidente para preguntarse si no son escandalosas y merecen el repudio de los argentinos. Si cualquier ciudadano se respaldara en el viejo refrán “para muestra basta un botón”, podría encontrar decenas de contradicciones en las aserciones del libertario y anarco-capitalista Javier Milei (1970), el “Javo”, el “León”, el “enviado de Dios”, tal como lo llaman sus seguidores. Polémicas declaraciones que incluso internacionalmente son calificadas como “sin fundamento y cargadas de contradicciones”, y en general -salvo en aquellos espacios privilegiados por sus políticas económicas- se resalta que su extravagancia grotesca, entre violenta y desequilibrada, llama la atención como una caricatura de la ultraderecha.


Como muestra de sus incesantes declaraciones contradictorias podría mencionarse la que hizo sobre el Papa Francisco en 2023 cuando aseveró que 
“el papa Francisco es un imbécil, es el representante del maligno en la Tierra. Siempre está parado del lado del mal porque apoya los impuestos. Tiene afinidad por los comunistas asesinos y viola los Diez Mandamientos al defender la justicia social”, para dos años más tarde declarar que “con profundo dolor me entero esta triste mañana que el Papa Francisco, Jorge Bergoglio, falleció hoy y ya se encuentra descansando en paz. A pesar de diferencias que hoy resultan menores, haber podido conocerlo en su bondad y sabiduría fue un verdadero honor para mí. Como presidente, como argentino y, fundamentalmente, como un hombre de fe, despido al Santo Padre y acompaño a todos los que hoy nos encontramos con esta triste noticia. Fue incansable su lucha para proteger la vida desde la concepción, promover el diálogo interreligioso y acercar la vida espiritual y virtuosa a los más jóvenes. Concédele, oh Señor, el descanso eterno y que la luz perpetua le brille. Que descanse en paz”.
En una entrevista televisiva en el año 2021 se refirió elogiosamente hacia quien fuera ministro de Economía entre marzo de 1991 y julio de 1996, y entre marzo y diciembre de 2001: Domingo Cavallo. “Cavallo hizo la Convertibilidad y Argentina tuvo un incremento de la producción como nunca en la historia. Yo hablo con Cavallo, mantengo frecuentes diálogos con él. Discutimos de economía, hablamos de economía, recibo sus consejos. Para mí es un honor hablar con Cavallo. Fue el mejor ministro de Economía de toda la historia”. Pero en 2025, cuando Cavallo cuestionó el sostenimiento del atraso cambiario como política anti inflacionaria, Milei lo calificó como un “impresentable”. “No vamos a devaluar de ninguna manera” -declaró-, y recordó que “cuando él era ministro de Economía insultaba a todo el mundo cuando hablaban de devaluación y defendía el tipo de cambio de la convertibilidad. Nosotros tenemos equilibrio fiscal, él no tenía. Este programa económico es mucho más exitoso que la convertibilidad porque no tuvimos que tener una hiperinflación para hacerlo”.
Otro ejemplo es lo que dijo sobre Luis Caputo en 2017 cuando era ministro de Finanzas de la Nación en el gobierno de Propuesta Republicana (PRO): “Caputo se fumó más de US$ 15.000 millones de reservas irresponsablemente, ineficientemente. Lo que quería hacer era utilizar las reservas para tener más grado de libertad en hacer la política monetaria. Se terminó en el Fondo Monetario Internacional, y qué le dijo el FMI: ‘No te voy a poner guita adentro del Banco Central para patinarte una aventura electoral’”. En 2025, siendo su ministro de Economía, aseguró que “Caputo, por lejos, es el mejor ministro de Economía de toda la historia argentina. Había sólo una forma de cortar el nudo gordiano que significaba el desastre heredado y era estabilizando la economía, el aspecto más urgente era el descalabro inflacionario que nos tenía a las puertas de una hiperinflación, y la raíz de la inflación era una emisión monetaria que derivaba del déficit fiscal. Lo hizo Caputo, el mejor ministro de Economía del mundo”.
Durante la campaña electoral en 2024, aseguró que la candidata a presidenta Patricia Bullrich “en los ‘70 participó en una organización terrorista. Fue una montonera tira bombas que tiene las manos manchadas de sangre. Puso un artefacto explosivo en el jardín de una casa del intendente de San Isidro que provocó heridas a la esposa y a una criatura”. Pero a pesar de ello, al ganar las elecciones, la designó como ministra de Seguridad Nacional y en 2025 declaró que “cuando nosotros asumimos había cerca de ocho mil piquetes por año, y decían que era imposible terminar con los piquetes. Nosotros terminamos con los piquetes de la mano del trabajo enorme de la doctora Bullrich. Hay que elogiar el accionar implacable de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, la formidable y maravillosa ministra Patricia Bullrich”.
También se refirió a la ex presidenta y por entonces vicepresidenta Cristina Kirchner en 2022: “En términos históricos, Cristina Fernández de Kirchner es la mujer más importante de la historia argentina en la política. Fue dos veces presidente y ahora es vicepresidente. Si es corrupta que lo determine la Justicia, yo no voy a caer en esa trampa”; para luego, en 2024, bramar: “Cristina es una chorra, una delincuente. No hay mayor estafadora en la historia argentina que ella. Me encantaría meterle el último clavo al cajón del kirchnerismo con Cristina adentro”. Un cambio de opinión similar al que se produjo con su actual vicepresidenta y presidenta del Senado de la Nación Victoria Villarruel, cuando en 2023, durante la campaña electoral, aseguró: “La mujer brillante que me acompaña en la fórmula es la señora Victoria Villarruel porque es una persona íntegra, brillante, honesta, y trabajamos de manera en que nos complementamos muy bien”; para pasar a opinar en 2025, cuando ella propuso una actualización de las partidas presupuestarias para el Senado, que era “una bruta traidora que dijo que lo iba a financiar con treinta millones. Sugiero que antes de hacer chicanas aprenda a sumar dos más dos”.
También se contradijo en su opinión sobre el expresidente Mauricio Macri, sobre el que, durante la campaña electoral de 2023, dijo: “La gente subestima el rol patriótico de Macri. No fue candidato por una cuestión patriótica. Él tuvo un gesto de grandeza, porque al correrse sacó de la cancha a Cristina Kirchner. Al hacerlo, terminó con la grieta entre el macrismo y el kirchnerismo. Se corrió y dejó sin sentido a Cristina, que tuvo que salir a buscar un heredero. Durante su mandato tenía las ideas y la dirección correctas, sólo hubo un problema con la velocidad. Él también quiere una Argentina mejor, yo lo que pondero mucho de Mauricio Macri”. Pero, dos años después, en 2025, declaró: “Yo entiendo que para algunas cosas está grande y no las entiende y su espacio parece que tampoco las entiende. Macri no entiende nada de economía, quizás deba entender que su momento pasó. Es un llorón y parece un chico de cristal”.
Asimismo, fueron contradictorias sus opiniones sobre los miembros de la Asamblea Legislativa, a los que ya despreció cuando dirigió su mensaje de asunción de espaldas al Congreso Nacional en diciembre de 2023. Poco después diría que “el Congreso es un nido de ratas y ladrones. Sus integrantes son cucarachas, delincuentes, traidores, corruptos, símbolos de casta. Se aumentan el sueldo y no pierden nunca. Tienen que decidir si están del lado de la libertad o de los privilegios. No necesito del Congreso para salvar la economía”. Sin embargo, recientemente, durante la inauguración de las sesiones ordinarias, después de que tanto los diputados como los senadores le aprobaran la retrógrada ley de “modernización” laboral, declaró que: “tenemos el Congreso más reformista de la historia y la fuerza suficiente para hacerle frente a cualquier golpe político que quieran llevar adelante. Nunca el Congreso tuvo una composición tan reformista como esta. Le pusieron un freno a los degenerados fiscales que intentaron destruir el superávit fiscal que los argentinos con tanto esfuerzo logramos construir”, e invitó a los diputados y senadores a un asado en la Quinta Presidencial de Olivos para “agradecerles el trabajo realizado”.
En cuanto a las relaciones con China, conocida como el “gigante asiático” por su liderazgo comercial que supera incluso a los Estados Unidos en el volumen de exportaciones, y por su enorme innovación y desarrollo tecnológico llevado adelante por medio de una planificación estatal centralizada, en 2024 quien se autodefinió como un “topo” infiltrado para destruir el Estado desde adentro ya que el mismo es una “organización criminal”, opinó que “el comunismo chino es una amenaza para Occidente. No voy a hacer negocios con China, no voy a hacer negocios con ningún comunista. Yo soy un defensor de la libertad, de la paz y de la democracia. Los chinos no entran ahí”. Aun así, apenas un año y medio después flexibilizó significativamente las importaciones desde China ya que, según declaró: “China me ha sorprendido gratamente. El gigante asiático es un socio comercial muy interesante porque ellos no exigen nada. China es un gran socio comercial de la Argentina lo que implica un montón de oportunidades para expandir mercados”.


Vistos todos estos ejemplos cabe preguntarse ¿qué son estos testimonios? ¿Son contradicciones? ¿son incoherencias? ¿son necedades? ¿O simplemente son afirmaciones egocéntricas e interesadas, según el momento en que fueron dichas, para obtener algún beneficio? Dada la situación caótica que vive la Argentina hoy en día, con el cierre de más de veinte mil empresas, con la pérdida de más de trescientos mil puestos de trabajo registrados, con un nivel de empleo informal sin seguridad social ni aportes jubilatorios que alcanza al 43% de la fuerza laboral, con una pobreza que afecta al 40% de la población, con jubilaciones y pensiones que apenas cubren el 25% de la canasta básica, con el profundo desfinanciamiento de la ciencia, la salud, la educación y el arte, con los escandalosos casos de corrupción, etc. etc., no queda más que pensar que fueron expresiones de un sociópata que, en tan sólo dos años de gobierno, rodeado de un grupo de funcionarios “afortunados” y apoyado por una docena de empresarios “ilustres”, no hizo más que gobernar para favorecer a los sectores más ricos en desmedro de los trabajadores y los sectores más vulnerables.
Quien desde hace años critica a la “casta” política, es decir a aquellos que, según sus propias palabras, son los grupos políticos poderosos que promulgan políticas que causan perjuicio a la población y que, para mantener sus propios privilegios, alegan que no existen alternativas viables, parece olvidar que siete de cada diez personas que ocupan puestos de alto nivel en su gobierno tienen antecedentes en gestiones anteriores en las que han mantenido sus prebendas y usado las políticas económicas a su favor. Para defenderse ante quienes lo acusan de pertenecer a la “casta”, en una entrevista declaró: “No soy un político ‘casta’. Sólo fui asesor económico del diputado Bussi en 1994, quien llegó al Congreso mediante el voto popular. Había unos temas que afectaban a la provincia de Tucumán y necesitaban un economista que hiciera el análisis de las leyes que se querían sancionar. Tuve dos contratos con la gente de Bussi por un proyecto que tenía que ver con los cítricos y otro que tenía que ver con la caña de azúcar. Yo hice mi trabajo, se terminó y me fui”. Y recientemente manifestó que “el mandato que se me dio es por cuatro años, con opción a cuatro adicionales dentro de esa regla de juego. Yo juego dentro de esa regla. Para mí, en el 2031 -supongamos que fuera reelecto- me voy a vivir a un campo y voy a estar con mis hijitos de cuatro patas, leyendo, escribiendo y dando conferencias”. Es muy probable que eso ocurra con quien, según su declaración jurada, durante el primer año de su mandato aumentó casi un 500% su patrimonio.
Y a todo esto, ¿qué hacen los ciudadanos argentinos? La actitud de la mayoría de ellos se asemeja a la mujer que la escritora Poldy Bird (1941-2018) describía en uno de sus cuentos: “Una mujer casi nunca está entera. Fue haciéndose de a poquititos y también se morirá de a poquititos. No es una fruta que se desprende de pronto del árbol, es una flor que se va deshojando pétalo a pétalo, avergonzándose de su sufrimiento pero aceptándolo como un rito, como una obligación ineludible o una maldición ancestral”. Parece que así aceptan los argentinos su actual situación. O tal vez relacionan al presidente con el hombre que la misma escritora retrató en otro de sus cuentos: “Lo que un hombre quiere es que volemos cuando él mismo ha cortado nuestras alas. Y quiere que tengamos los colores del arco iris cuando se ha encargado de borrarlos y dejarnos en blanco y negro, como una vieja fotografía de la desolación. Y odia nuestra felicidad, porque la felicidad de los demás no lo hace feliz, como él pregona. Le provoca malestar”. En fin, la historia tendrá la última palabra.