3 de enero de 2026

Cuentos selectos (XXXVIII). Jerome K. Jerome: “El tío Podger cuelga un cuadro”

Jerome K. Jerome (1859-1927) fue un novelista y dramaturgo inglés que se destacó en el género humorístico. Nacido en Caldmore, un pequeño suburbio del municipio metropolitano de Walsall ubicado en el centro de Inglaterra, siendo pequeño se estableció con sus padres, sus dos hermanas y un hermano en Londres, donde su padre ferretero se dedicó con mala fortuna a la arquitectura, lo que llevó a la familia a viv
ir en la pobreza. Hasta los catorce años cursó sus estudios en la St. Marylebone Grammar School, pero la muerte de sus padres en 1872 lo obligó a abandonar la escuela secundaria y a encontrar un trabajo con que mantenerse. Su primer empleo fue en la compañía ferroviaria London and North Western Railway, donde trabajó durante cuatro años recogiendo los pedazos de carbón que caían en las vías. Luego, inspirado por una de sus hermanas, se unió a una pequeña compañía teatral que producía obras con un presupuesto mínimo que dependía de los exiguos recursos de sus propios actores. Durante los años siguientes fue empleado de un bufete de abogados e intentó ser periodista escribiendo artículos satíricos, pero no tuvo éxito en ninguna de estas ocupaciones.
Por entonces ya se había apasionado por la literatura y escribía sus primeros textos. En 1885 consiguió algo de éxito con “On the stage and off. The brief career of a would be actor” (En el escenario y fuera de él. La breve carrera de un aspirante a actor), sus memorias sobre el tiempo que pasó trabajando para la compañía de teatro, cuya difusión le abrió las puertas a la publicación de más obras. Comenzó publicando ensayos humorísticos en la revista “Home Chimes”, los cuales serían reunidos en 1886 en “Idle thoughts of an idle fellow (Los ociosos pensamientos de un ocioso). Dos años más tarde, tras contraer matrimonio comenzó a escribir “Three men in a boat (to say nothing of the dog)” (Tres hombres en una barca (sin contar el perro)), una novela en tono de comedia humorística que apareció en 1889 y lo convirtió en una persona famosa y acaudalada.
En 1892 fundó junto a los escritores británicos Robert Barr (1849-1912) y George Brown Burgin (1856-1944) la revista mensual ilustrada “The Idler”, en la cual colaboraron escritores como Mark Twain (1835-1910), Francis Bret Harte (1836-1902) y Eden Phillpotts (1862-1960) y tuvo un éxito notable. Y al año siguiente fundó y dirigió el semanario “To-Day”, una revista también muy exitosa en la que, centrado en la vida cotidiana y en la observación social, consolidó su reputación como humorista popular. Por entonces se incorporó a la élite literaria y trabó amistad con reconocidos escritores como James M. Barrie (1860-1937), Rudyard Kipling (1865-1936) y Herbert G. Wells (1866-1946).Posteriormente publicó, entre otras obras, novelas como “The diary of a pilgrimage” (Diario de una peregrinación) y “All roads lead to Calvary” (Todos los caminos conducen al Calvario); relatos cortos como “The philosopher's joke” (La broma del filósofo) y “The dancing partner” (La compañera de baile); obras teatrales como “The passing of the third floor back” (El huésped del tercer piso) y “The great gamble” (La gran apuesta); y ensayos como “The angel and the autor” (El ángel y el autor) y “American wives” (Esposas americanas).
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial se presentó como voluntario al servicio activo, pero fue rechazado debido a su avanzada edad. Posteriormente, se alistó en el ejército francés como conductor de una ambulancia en el frente occidental. Esa experiencia bélica lo llevó a escribir poco antes de fallecer su autobiografía bajo el título “My life and times” (Mi vida y mis tiempos). Tras su muerte fue incinerado en Golders Green, un barrio del municipio de Barnet al norte de Londres, y sus cenizas fueron depositadas en la iglesia Saint Mary de Ewelme, una aldea ubicada en el condado de Oxfordshire. Con el correr de los años, su obra ha sido traducida a numerosos idiomas, pero como él mismo dijo: “El público persiste en recordarme como el autor de ‘Tres hombres en una barca’”.
“Tres hombres en una barca (sin contar el perro)” fue la novela con la que alcanzó una gran popularidad y le valió el reconocimiento internacional. Sólo en los primeros veinte años desde su aparición, el libro vendió más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Para escribirla se basó en sus frecuentes navegaciones por el río Támesis junto a sus amigos George Wingrave (1862-1941) y Carl Hentschel (1864-1930). En la novela aparecieron como George y Harris, respectivamente y él mismo como J. El único personaje que no era real fue el perro Montmorency. A mediados la década de los ’70 del siglo XIX, en tiempos en que el Reino Unido era gobernado por la reina Alexandrina Victoria (1819-1901), el Támesis se había convertido en un lugar de recreo, un gran ambiente de esparcimiento, y navegar por sus aguas se volvió una moda para los londinenses hasta tal punto que el número de barcas registradas para navegarlo creció enormemente en aquellos años. “Al principio -recordaría Jerome años después- teníamos el río casi para nosotros solos, y a veces organizábamos un viaje de tres o cuatro días o una semana, disfrutando de la vida con estilo y acampando”.
Por esa razón se propuso escribir “La historia del Támesis”, centrándose en el paisaje y la historia del río con pasajes de humor. Tras escribir una docena de fragmentos de la historia, fue Frederick W. Robinson (1830-1901), el novelista y editor de la revista “Home Chimes” donde había publicado por entregas los capítulos de “Los ociosos pensamientos de un ocioso”, quien le propuso que buscara un título mejor. Tal como recordó en sus memorias, “a mitad de camino, me topé con ‘Tres hombres en una barca’, porque nada me parecía más adecuado”. La narrativa “Uncle Podger hangs a picture” (El tío Podger cuelga un cuadro), que apareció como cuento en numerosas antologías, es un extracto precisamente de esa novela. En el capítulo III, Jerome escribió: “A la noche siguiente, nos reunimos de nuevo para discutir y organizar nuestros planes. Harris dijo: ‘Ahora, lo primero que tenemos que decidir es qué llevarnos. J, ahora toma un papel y anota, y George, toma el catálogo de la compra y que alguien me dé un lápiz para hacer una lista’. Así es Harris en todo sentido: tan dispuesto a asumir todo el peso él mismo y ponerlo sobre las espaldas de otras personas. Siempre me recuerda a mi pobre tío Podger. Estoy convencido, y este convencimiento no dejo de expresarlo a menudo, de que cuando Harris envejezca pertenecerá a la misma clase de persona que mi tío”.


Jerome K. Jerome, conocido como J en la novela, recordó en ese extracto convertido en cuento, un episodio humorístico basado en los intentos de su tío Podger de colgar un cuadro, una tarea sencilla para la cual se mostró completamente incapaz y responsabilizó a toda la familia. Lo que sigue es la versión literal de la historia tal cual apareció en la novela. En otras antologías fue publicado bajo el título “Colocar un cuadro es muy sencillo”, con algunas modificaciones en el texto en el que el personaje Podger es citado en tercera persona como “el señor Podger” y no en primera persona como “el tío Podger”.
 
EL TÍO PODGER CUELGA UN CUADRO

Jamás se ha visto en un hogar alguna conmoción semejante a la que sucedía en su casa cuando mi pobre tío Podger se disponía a hacer algo. Un día le trajeron un cuadro -de cuyo valor artístico prefiero no hablar- y en lugar de colocarlo en su sitio, como era de esperar, se limitaron a dejarlo en un rincón del comedor. La tía Podger, mujer eminentemente ordenada, preguntó que debía hacerse, y su marido respondió alegremente:
- No te preocupes querida, de eso voy a encargarme yo...
Inmediatamente procedió a despojarse de su chaqueta y comenzó sus actividades enviando a la criada a buscar dieciséis peniques de clavos y, al poco rato, apuró a uno de sus hijos para que la alcanzase y le recordase el tamaño específico de los clavos. Desde ese instante, la casa se convirtió en un pequeño manicomio.
- ¡Anda Willy, ve a buscarme el martillo! -gritaba el tío Podger- Tú, Tom, ¡tráeme la regla...! ¡Sí! ¡También necesitaré la escalera de mano!... ¡Y una silla de la cocina!... Jim, ve a la casa del señor Goggles y dile así: “Papá lo saluda cordialmente y desea que su pierna haya mejorado. De paso le pregunta si puede usted prestarle su nivel”. Tú, Mary, no te muevas, quédate aquí, necesito que alguien me sostenga la lámpara. Ah, cuando la criada regrese que vaya a comprar un cordel... Tom, ¿dónde está Tom? Tom, ven aquí, alcánzame el cuadro.
Tomó el cuadro, que se le resbaló de las manos, e intentando evitar la rotura del cristal sólo consiguió cortarse. Lleno de furor dio vueltas buscando su pañuelo, que no encontraba pues lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta que se había quitado para trabajar y cuyo paradero ignoraba. Toda la familia se vio obligada a dedicarse a su búsqueda mientras el tío Podger, rezongando imprecaciones, no paraba de moverse en todas direcciones empujando a unos, tropezando con otros.
- ¿Es que en esta santa casa nadie sabe dónde está mi chaqueta? ¡En mi vida he visto gente más inútil! ¿Seis personas y no pueden encontrar una cosa que dejé hace menos de cinco minutos? No sé cuál es el más incapaz. ¡En nombre de...!
Al fin, cansado de andar, se sentó, levantándose en seguida de un salto:
- ¿Lo ven? ¡He tenido que ser yo quien la encontrara! -exclamó indignado-. ¡Y precisamente en esta silla donde acabo de sentarme...! ¡Cuando hay que buscar algo valdría más pedírselo al gato que a ustedes...!
Y después de perder media hora en vendarle la mano y encontrar otro cristal, y conseguir que las herramientas, la escalera y la silla estuviesen a mano, reanudaba su tarea. Todos,
incluyendo a la criada y a la asistenta, estábamos de pie, en semicírculo, dispuestos a ayudarle; dos personas sujetaban la silla, otra lo sostenía por las piernas, un cuarto ayudante le pasaba los clavos, y el que hacía el número cinco le daba el martillo. El tío Podger tomó el clavo por la punta -con el natural resultado de pincharse- y lo dejó caer.
- ¡Vaya...! -exclamó quejumbrosamente-. ¡Ya se me ha caído!
Nos pusimos de rodillas buscándolo afanosamente, mientras él seguía en la silla, gruñendo si es que pensábamos hacerle pasar toda la noche en semejante posición; finalmente apreció el clavo, más en ese instante el martillo desapareció misteriosamente.
- ¿Dónde está el martillo? ¿Qué he hecho con el martillo?... ¡Santo cielo! ¡Seis personas dando vueltas, con la boca abierta, y no saben lo que he hecho con el martillo! -decía indignado.
Encontramos el martillo y la situación pareció recobrar su anterior normalidad; empero entonces no distinguió la marca hecha en la pared, y tuvimos que subirnos a la silla, junto a él, a ver si la veíamos. Cada uno la descubría en un lugar diferente; nos llamó tontos, uno por uno, ordenándonos bajar; agarró la regla volvió a medir, lo que le dio como resultado que el lugar en cuestión debía ser a treinta y una y tres octavos de pulgada del rincón, e intentó hacer un cálculo mental. Por nuestra parte probamos calcular la distancia, más se obtuvieron tantos resultados como personas se encontraban en la habitación, lo que dio motivo para zaherirnos mutuamente. En la discusión que siguió, se olvidó el primer número y el tío Podger tuvo que medir de nuevo, utilizando en esta ocasión un trozo de cordel; y en el instante crítico, cuando el honorable anciano se balanceaba en la silla a un ángulo de cuarenta y cinco grados, queriendo llegar tres pulgadas más allá de lo posible, resbaló y cayó sobre el piano, lográndose un efecto maravillosamente musical, dada la exactitud con que todos los miembros de su cuerpo acariciaron el teclado. La tía Mary, avergonzada del vocabulario que su esposo reservó para semejante ocasión, protestó, añadiendo que espectáculos de esta clase eran contraproducentes para la pedagogía infantil.
Finalmente, el tío Podger, logró encontrar la famosa marca, apoyó encima un dedo de su mano izquierda, y asiendo el martillo con la derecha dio un golpe con todas sus fuerzas. Como era de esperar, el clavo no se hundió en la pared; en cambio, se oyó un grito de dolor y el ruido del martillo al caer sobre los pies de alguien.
- Querido Podger -dijo la tía Mary suavemente-, la próxima vez que tengas que colgar un cuadro, sería mejor que me lo avises con tiempo... Así lo tendré todo a punto para irme con los niños a casa de mamá mientras tú terminas de decorar nuestra casa...
- ¡Oh, ustedes las mujeres... lo complican todo! -repuso el tío Podger animándose- ¡Si yo disfruto haciendo cositas como éstas!
Volvió a probar suerte; al segundo golpe el clavo se hundió en el yeso arrastrando medio martillo, y tío Podger se precipitó contra la pared como si tuviese interés en aplastarse la nariz. Tuvimos que volver a buscar la regla y el cordel que, naturalmente, habían vuelto a extraviarse; se hizo un nuevo agujero y a eso de media noche el cuadro estaba colgado, aunque un poco torcido, mientras el aspecto de la pared era el de haber sufrido las constantes caricias de un gigantesco rastrillo, y todos nosotros, menos el tío Podger, teníamos el mismo aire de unos condenados a trabajos forzados.
- ¿Lo están viendo? -exclamó bajando pesadamente de la silla y pisarle los pies a la criada- ¡Si es facilísimo! Y pensar que mucha gente llamaría a un operario para una pequeñez como esta...