7 de marzo de 2026

Mario Levrero: “Entre los subgéneros, la novela policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el invento de un editor”

Mario
Levrero (1940-2004) fue uno de los escritores uruguayos más destacados de los últimos años del siglo XX. Vivió la mayor parte de su vida en Montevideo, lugar donde nació, con estancias cortas en diferentes ciudades de Uruguay (Piriápolis y Colonia), de Argentina (Buenos Aires y Rosario) y de Francia (Burdeos). En los años ’60 trabajó como librero en una librería de viejo y como fotógrafo amateur. Luego se adentró en el mundo periodístico colaborando en diarios y revistas como “Posdata” y “El Popular” de Uruguay, y en “Juegos de Mente”, “Hum®” y “Fierro” de Argentina. También fue guionista de cómics y creador de crucigramas y juegos de ingenio.
En 1970 publicó la novela “La ciudad” y el libro de cuentos “La máquina de pensar en Gladys”, pero sería recién en los años ’80 cuando comenzó a desarrollar una carrera que lo llevaría a ocupar la centralidad de la literatura de su país utilizando una prosa sencilla pero profunda en una obra que llegó a convertirse en una lectura obligada de la literatura hispanoamericana durante los últimos años del siglo pasado. De su extensa obra se destacan las novelas “Diario de un canalla”, “Dejen todo en mis manos”, “La banda del ciempiés”, “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo” y “El alma de Gardel”; y los tomos de cuentos “Todo el tiempo”, “Aguas salobres”, “Los muertos”, “El portero y el otro” y “Los carros de fuego”. En 1976, en una carta que le envió a su amigo el poeta y editor argentino Francisco Gandolfo (1921-2008), reflexionó sobre el oficio de escribir: “El escritor, en especial, es un jodido solitario o no es escritor. El talentoso queda siempre afuera justamente por ser un fuera de línea y de serie. Que no es innecesariamente un mérito, lo anoto como fenómeno real".


Según opinó el escritor y periodista uruguayo Pablo Silva Olazábal (1964) en “Conversaciones con Mario Levrero”, éste “no se veía a sí mismo, como tantos escritores, en un pedestal; no se sentía obligado a saberlo todo y a cantar la justa de cada asunto. La idea tan extendida de que un escritor debe ser alguien lleno de definiciones y certezas, que siempre sabe más que el común de la gente y se toma muy en serio a sí mismo no parecía ajustarse a él".
El escritor, a quien muchos críticos literarios suelen ubicarlo como un heredero de “los raros”, una corriente uruguaya de autores marcados por el descontrol onírico, el humor y la angustia existencial, pasó los últimos años de su vida dirigiendo un taller literario hasta fallecer en su ciudad natal por causa de un aneurisma de aorta abdominal. Lo que sigue es la entrevista que le realizó la periodista argentina Cristina Siscar (1947) publicada en el nº 15 de la revista “El Péndulo” en mayo de 1987.
 
Hay quien te inscribe dentro de la corriente de la literatura uruguaya que Ángel Rama denominó “los raros”.
 
Yo no figuro entre los autores reunidos por Rama en esa antología, porque cuando apareció yo empezaba a escribir y no había publicado nada todavía. Pero algunos críticos posteriores me ubican en esa corriente,
 
¿Y vos te considerás un raro dentro de la literatura rioplatense?
 
Me consideraba un raro cuando escribí el primer texto. Yo no tenía muchas lecturas, y menos autóctonas, y me parecía que lo que yo había escrito no tenía nada que ver con la literatura uruguaya, lo veía completamente descolgado. Entonces un amigo me dijo: “No seas pretencioso, leé a Felisberto Hernández”. Leí a Felisberto y encontré parentescos. Después seguí buscando ese tipo de literatura y me di cuenta de que lo que yo escribía no era tan raro como pensaba.
 
¿Qué fue lo primero que escribiste?
 
“La ciudad”. En todo caso, fue lo primero que conservé,
 
Varias veces declaraste que tu literatura es realista. Si la compararas con lo que la crítica llama realismo, ¿seguirías sosteniendo lo mismo?
 
Lo que pasa es que no tengo muy leídos a los críticos, ni tengo mucho interés en leerlos tampoco. Lo que recibo de la crítica es, en general, una sensación de tangencialidad.
 
Pero, ¿qué diferencia establecés entre Kafka y Benedetti, por ejemplo?
 
Y… Yo a Kafka lo considero un realista y a Benedetti un best-seller
 
Me parece saludable que amplíes el concepto corriente de realismo, abarcando zonas de la realidad que van más allá de lo aparente y convencional.
 
Claro, yo trabajo con procesos interiores. Cuando empecé mi primer libro, mi amigo Tola Invernizzi me decía: “¡Seguílo!”. Y yo miraba hacia adentro para ver qué había. Si había algo, podía seguir escribiendo. Siempre hay un material preexistente que podemos encontrar dentro de nosotros si lo buscamos. Considero que este mundo subjetivo no debe excluirse del concepto de realidad.
 
Se trataría de una literatura de introspección.
 
Por supuesto.
 
Pero en muchos cuentos se subjetiviza la realidad exterior, la interioridad la invade.
 
Es difícil de diferenciar. Interviene un yo literario que no es el yo habitual, con el que no podría escribir. Tengo que llegar a un estado casi de trance para que aflore esa otra persona que escribe, aunque también hay invasiones autobiográficas y de lo exterior... Del mismo modo, hay objetos exteriores que simbolizan objetos o procesos interiores. Yo nunca sé bien cuándo un objeto es un objeto de afuera o cuándo expresa algo que no tiene ningún otro lenguaje que lo exprese.
 
La obsesión de la vida cotidiana dentro de un ámbito cerrado (generalmente una casa que a veces toma proporciones de ciudad o casa interminable), su descripción minuciosa, se traduce en lenguajes que parten de la acumulación lógica de imágenes de objetos y sensaciones, pasan por la asociación libre, y alcanzan, en algunos casos, el collage más desenfrenado, como en el cuento “La toma de la Bastilla o Cántico por los mares de la luna”. ¿Cómo escribiste ese cuento?
 
Por lo que puedo recordar, sufría una sensación muy opresiva con relación a la luna. Algo me hacía salir a la calle y cada vez que salía y veía la luna llena, inmensa, era como si hubiera encontrado lo estaba buscando. Me obligaba a vagar por la ciudad, amparado por esa presencia, pero muy angustiado. Siempre me quedaba la impresión de que alguna cosa debía hacer con eso. Después de no sé cuántas lunas, empecé a dibujar algo. Necesité salir a la calle y ver la luna, y cuando volví, me puse a escribir el cuento de un tirón. Está escrito la noche de un 13 de julio y la mañana del 14, que era para mí un aniversario afectivo, aparte de ser el día en que se celebra la Revolución Francesa. Cuando reparé en la fecha puse la frase final y el título que, ahora se me ocurre, imprimen otra dimensión a lo narrado, aunque parezcan estar fuera de texto.
 
¿Qué sería para vos la literatura fantástica?
 
Bueno, tendría que cumplir con algunas leyes: por ejemplo, la existencia de un personaje sobrenatural.
 
Creo que en los cuentos fantásticos de Borges no hay ningún ser sobrenatural.
 
¿Cuáles son los cuentos fantásticos de Borges?
 
Dame algún ejemplo de literatura fantástica.
 
Es un género que me gusta muy poco. No sé, ciertos cuentos de Hoffmann…
 
Bueno, desde el clásico modelo anglosajón del siglo XIX el relato fantástico ha experimentado una evolución, se ha abierto a otras posibilidades. Afortunadamente, los límites entre realidad y fantasía son ahora más imprecisos. Entre nosotros Cortázar y otros autores han contribuido a liberar a nuestra literatura de esa vieja dicotomía.
 
Me hacés pensar en la novela “La luz argentina” de César Aira, de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Todo lo que sucede es cotidiano, pero contado de una manera que podría decirse fantástico. El título hace referencia a los cortes de luz que hay todos los días. Cada vez que ocurren, la mujer del protagonista -que está embarazada- se queda rígida, entra en una especie de trance. Así diariamente. Y la novela es eso: no avanza.
 
¿Te interesa la ciencia ficción?
 
He leído algunas obras excepcionales: todo Cordwainer Smith, “El hombre demolido” de Alfred Bester, “Hacedor de estrellas” de Olaf Stapledon, “Ciudad” de Clifford Simak. Pero, en general, la ciencia ficción no me interesa. Pienso que es un género comercial que se justifica en Estados Unidos. Entre los subgéneros, la novela policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el invento de un editor.
 
Alguien puso un rótulo a algo que se venía haciendo desde hace mucho. Cuando Poe escribió el primer relato policial, no imaginaba la plata que ganaría más tarde el Séptimo Círculo. Con respecto a la ciencia ficción decías, en las respuestas a un cuestionario, que “enseña a aceptar con facilidad los cambios de nuestro tiempo”.
 
Sí, a mí me sirvió. Hay una visión del hombre, de la humanidad, que puede parecer terrible, pero en el fondo es bondadosa. Te saca de la problemática individual y te conecta con el universo. Y dentro de ese universo hay una tendencia positiva, aunque quepa el desastre. Con la anticipación del futuro, la introducción de la tecnología y de otros espacios, moviliza la imaginación para facilitarte la adaptación a lo que ya nos toca vivir.
 
Vos escribiste un “Manual de parapsicología”: ¿Es un material que empléas en la producción literaria?
 
No. Me sirvió para liberarme del interés por la parapsicología. Al ponerle punto final, empecé a experimentar con menos frecuencia los fenómenos y me interesé mucho menos en su explicación.
 
¿Leés literatura escrita en español?
 
Poca. Casi todo lo que leo son traducciones: Dostoievski, Chejov, Graham Greene... Ahora estoy preparándome para una tercera lectura del “Ulises” de Joyce; la segunda fue muy placentera. Y acabo de descubrir a Beckett. Pero desde que vivo en Buenos Aires dispongo de muy poco tiempo. Casi no escribo porque no tengo una clara conciencia de la identidad ni del tiempo transcurrido. En realidad, no necesito tanto tiempo para escribir como para llegar a escribir. Me hace falta cultivar mucho el ocio, mirar por la ventana (y aquí ni siquiera hay ventana). Así que leo novelas policiales, que es lo que me descansa. Hasta hace poco el promedio era de una por día. Yo me formé con las novelas del Séptimo Círculo.
 
Creo que eso se nota en tus textos: un español de traducción. En última instancia, no son las palabras lo que te interesa, ¿no?
 
No. Precisamente, yo le decía a Marcial Souto el otro día que en mis textos se pueden cambiar todas las palabras por otras equivalentes, sin riesgo de alterarlos. Porque la narración funciona a base de imágenes.
 
Si tenemos en cuenta tu formación, los géneros menores que alimentan tu literatura (folletín, historieta, canción popular) y que además cultivás, las ediciones y la circulación de tus libros, ¿podríamos decir que representás al escritor marginal?
 
Claro. Lo que corre parejo con la dificultad para asumirme como escritor. Durante quince años lo negué ferozmente.
 
¿Por qué?
 
Una terapeuta me dio una explicación; me dijo que escribir es matar al padre. Parece que hay una culpa que a uno no le permite aceptarse como escritor.
 
¿Qué hacía tu padre?
 
Era profesor de inglés, y durante mucho tiempo fue también empleado de tienda. Leía poco. No le interesaba el arte, aunque decía que lo respetaba.
 
La creación artística, al inventar sus propias leyes, puede atentar contra la ley. ¿Te parece que la condición del artista es la marginalidad?
 
No sé. A mí, por ejemplo, Kafka me permitió, me dio permiso para reconocer que yo veía la realidad como él la veía. Yo tenía esa visión del mundo, pero no me animaba a comunicarla, ni siquiera a mí mismo. Hay literatura de evasión, de escape (yo la consumo y la evasión me parece lícita) y literatura de integración, de liberación de zonas reprimidas. Disto mucho de tener conocimientos sociológicos para responder de otro modo a tu pregunta. En mi caso digamos que se trata también de una automarginación. Yo no hice nada por
promover mis libros ni por editarlos. Fue principalmente Marcial quien se interesó en que aparecieran.
 
De acuerdo, pero hay ciertos rasgos socioeconómicos y culturales de nuestro medio que exceden la voluntad del escritor y marcan el carácter de la actividad literaria. Pensaba en “El matadero”, considerado el primer cuento argentino, que fue publicado por primera vez en la revista “Río de la Plata” en 1871, veinte años después de la muerte de Echeverría en el exilio y más de treinta años después de haber sido escrito.
 
Sí, ese ejemplo es válido. A mí se me conoció un poco en Uruguay por la publicación de mi novela “El lugar” en un número de “El Péndulo”. Y luego me favoreció la tercera edición de “La ciudad”, publicada por Banda Oriental, que se
distribuyó en un círculo de cinco mil lectores asegurados.
 
¿Qué son las “Confusiones cotidianas”?
 
Ese texto lleva un agradecimiento a un poeta argentino, Federico Raúl Urman, con quien me carteaba cuando yo estaba en Uruguay. En un cuento suyo encontré una sutil torsión de una situación cotidiana que crea una especie de zona de terror. Eso me estimuló para idear esta serie de relatos. Por otro lado,
el título se debe al texto de Kafka “Una confusión cotidiana”; allí también encontramos situaciones que sufren una torsión, como si lo cotidiano se rebelara y atacara a quien lo vive y padece.
 
Próximamente aparecerán dos novelas tuyas en De la Flor. ¿Podrías describir cómo están escritas?
 
“Fauna” tiene estructura de novela policial, pero integra elementos parapsicológicos y psicológicos también. En la otra, “Desplazamientos”, enfrento el conflicto con la figura paterna. Tenía un título provisorio: “La sombra”, debido a que el protagonista, al ir por un corredor, ve el perfil del padre en la sombra que de su perfil proyecta una lamparita. Lleva
una cita de Jung a propósito de la sombra como representación de la parte
del ser opuesta al yo, más que mala, avara y mezquina. Cuando estuvo terminada no me gustó; la juzgué, precisamente, mezquina y con poco peso. Sin
embargo, en todo ese material desentrañado a partir de la imagen muy breve de un sueño, había algo que ejercía una cierta fascinación. Entonces traté de ver en que residía el fracaso. Por lo general, cuando llego a una situación que yo llamo “nudo”, donde el protagonista termina de vivir una peripecia y se abre otra, intuyo que hay varios caminos para empezar la nueva; y todos los caminos tienen el mismo valor, Recordé que, mientras escribía la novela, al llegar al nudo no había elegido siempre con total sinceridad el camino a seguir. Entonces volví a escribirla, agregando nuevas soluciones posibles. Iba a ponerlas como un apéndice, pero finalmente las integré en la novela. O sea que uno viene leyendo y en determinado momento se repite un fragmento que toma por otro camino que se trunca o se continúa más adelante. Es una obra ramificada. Ahora me siento satisfecho.