Mario Levrero (1940-2004) fue uno de los escritores uruguayos
más destacados de los últimos años del siglo XX. Vivió la mayor parte de su
vida en Montevideo, lugar donde nació, con estancias cortas en diferentes
ciudades de Uruguay (Piriápolis y Colonia), de Argentina (Buenos Aires y Rosario)
y de Francia (Burdeos). En los años ’60 trabajó como librero en una librería de
viejo y como fotógrafo amateur. Luego se adentró en el mundo periodístico colaborando
en diarios y revistas como “Posdata” y “El Popular” de Uruguay, y en “Juegos de
Mente”, “Hum®” y “Fierro” de Argentina. También fue guionista de cómics y
creador de crucigramas y juegos de ingenio.
En 1970 publicó la novela
“La ciudad” y el libro de cuentos “La máquina de pensar en Gladys”, pero sería
recién en los años ’80 cuando comenzó a desarrollar una carrera que lo llevaría
a ocupar la centralidad de la literatura de su país utilizando una prosa
sencilla pero profunda en una obra que llegó a convertirse en una lectura
obligada de la literatura hispanoamericana durante los últimos años del siglo
pasado. De su extensa obra se destacan las novelas “Diario de un canalla”, “Dejen
todo en mis manos”, “La banda del ciempiés”, “Nick Carter se divierte
mientras el lector es asesinado y yo agonizo” y “El alma de Gardel”; y los
tomos de cuentos “Todo el tiempo”, “Aguas salobres”, “Los muertos”, “El portero
y el otro” y “Los carros de fuego”. En 1976, en una carta que
le envió a su amigo el poeta y editor argentino Francisco Gandolfo (1921-2008),
reflexionó sobre el oficio de escribir: “El escritor, en especial, es un jodido
solitario o no es escritor. El talentoso queda siempre afuera justamente por
ser un fuera de línea y de serie. Que no es innecesariamente un mérito, lo
anoto como fenómeno real".

Según opinó el escritor y periodista uruguayo Pablo
Silva Olazábal (1964) en “Conversaciones con Mario Levrero”, éste “no se veía a
sí mismo, como tantos escritores, en un pedestal; no se sentía obligado a
saberlo todo y a cantar la justa de cada asunto. La idea tan extendida de que
un escritor debe ser alguien lleno de definiciones y certezas, que siempre sabe
más que el común de la gente y se toma muy en serio a sí mismo no parecía
ajustarse a él".
El escritor, a quien
muchos críticos literarios suelen ubicarlo como un heredero de “los raros”, una
corriente uruguaya de autores marcados por el descontrol onírico, el humor y la
angustia existencial, pasó los últimos años de su vida dirigiendo un taller
literario hasta fallecer en su ciudad natal por causa de un aneurisma de aorta
abdominal. Lo que sigue es la
entrevista que le realizó la periodista argentina Cristina Siscar (1947) publicada
en el nº 15 de la revista “El Péndulo” en mayo de 1987.
Hay quien te inscribe
dentro de la corriente de la literatura uruguaya que Ángel Rama denominó “los
raros”.
Yo no figuro entre los
autores reunidos por Rama en esa antología, porque cuando apareció yo empezaba
a escribir y no había publicado nada todavía. Pero algunos críticos posteriores
me ubican en esa corriente,
¿Y vos te considerás un
raro dentro de la literatura rioplatense?
Me consideraba un raro
cuando escribí el primer texto. Yo no tenía muchas lecturas, y menos
autóctonas, y me parecía que lo que yo había escrito no tenía nada que ver con
la literatura uruguaya, lo veía completamente descolgado. Entonces un amigo me
dijo: “No seas pretencioso, leé a Felisberto Hernández”. Leí a Felisberto y
encontré parentescos. Después seguí buscando ese tipo de literatura y me di
cuenta de que lo que yo escribía no era tan raro como pensaba.
¿Qué fue lo primero que
escribiste?
“La ciudad”. En todo caso,
fue lo primero que conservé,
Varias veces declaraste
que tu literatura es realista. Si la compararas con lo que la crítica llama
realismo, ¿seguirías sosteniendo lo mismo?
Lo que pasa es que no
tengo muy leídos a los críticos, ni tengo mucho interés en leerlos tampoco. Lo
que recibo de la crítica es, en general, una sensación de tangencialidad.
Pero, ¿qué diferencia
establecés entre Kafka y Benedetti, por ejemplo?
Y… Yo a Kafka lo considero
un realista y a Benedetti un best-seller
Me parece saludable que
amplíes el concepto corriente de realismo, abarcando zonas de la realidad que
van más allá de lo aparente y convencional.
Claro, yo trabajo con
procesos interiores. Cuando empecé mi primer libro, mi amigo Tola Invernizzi me
decía: “¡Seguílo!”. Y yo miraba hacia adentro para ver qué había. Si había
algo, podía seguir escribiendo. Siempre hay un material preexistente que
podemos encontrar dentro de nosotros si lo buscamos. Considero que este mundo
subjetivo no debe excluirse del concepto de realidad.
Se trataría de una
literatura de introspección.
Por supuesto.
Pero en muchos cuentos se
subjetiviza la realidad exterior, la interioridad la invade.
Es difícil de diferenciar.
Interviene un yo literario que no es el yo habitual, con el que no podría
escribir. Tengo que llegar a un estado casi de trance para que aflore esa otra
persona que escribe, aunque también hay invasiones autobiográficas y de lo
exterior... Del mismo modo, hay objetos exteriores que simbolizan objetos o
procesos interiores. Yo nunca sé bien cuándo un objeto es un objeto de afuera o
cuándo expresa algo que no tiene ningún otro lenguaje que lo exprese.
La obsesión de la vida
cotidiana dentro de un ámbito cerrado (generalmente una casa que a veces toma
proporciones de ciudad o casa interminable), su descripción minuciosa, se
traduce en lenguajes que parten de la acumulación lógica de imágenes de objetos
y sensaciones, pasan por la asociación libre, y alcanzan, en algunos casos, el
collage más desenfrenado, como en el cuento “La toma de la Bastilla o Cántico
por los mares de la luna”. ¿Cómo escribiste ese cuento?
Por lo que puedo recordar,
sufría una sensación muy opresiva con relación a la luna. Algo me hacía salir a
la calle y cada vez que salía y veía la luna llena, inmensa, era como si hubiera
encontrado lo estaba buscando. Me obligaba a vagar por la ciudad, amparado por
esa presencia, pero muy angustiado. Siempre me quedaba la impresión de que
alguna cosa debía hacer con eso. Después de no sé cuántas lunas, empecé a
dibujar algo. Necesité salir a la calle y ver la luna, y cuando volví, me puse a
escribir el cuento de un tirón. Está escrito la noche de un 13 de julio y la
mañana del 14, que era para mí un aniversario afectivo, aparte de ser el día en
que se celebra la Revolución Francesa. Cuando reparé en la fecha puse la frase
final y el título que, ahora se me ocurre, imprimen otra dimensión a lo narrado,
aunque parezcan estar fuera de texto.
¿Qué sería para vos la
literatura fantástica?
Bueno, tendría que cumplir
con algunas leyes: por ejemplo, la existencia de un personaje sobrenatural.
Creo que en los cuentos
fantásticos de Borges no hay ningún ser sobrenatural.
¿Cuáles son los cuentos
fantásticos de Borges?
Dame algún ejemplo de
literatura fantástica.
Es un género que me gusta muy
poco. No sé, ciertos cuentos de Hoffmann…
Bueno, desde el clásico
modelo anglosajón del siglo XIX el relato fantástico ha experimentado una
evolución, se ha abierto a otras posibilidades. Afortunadamente, los límites
entre realidad y fantasía son ahora más imprecisos. Entre nosotros Cortázar y
otros autores han contribuido a liberar a nuestra literatura de esa vieja
dicotomía.
Me hacés pensar en la
novela “La luz argentina” de César Aira, de lo mejor que he leído en los
últimos tiempos. Todo lo que sucede es cotidiano, pero contado de una manera
que podría decirse fantástico. El título hace referencia a los cortes de luz que
hay todos los días. Cada vez que ocurren, la mujer del protagonista -que está
embarazada- se queda rígida, entra en una especie de trance. Así diariamente. Y
la novela es eso: no avanza.
¿Te interesa la ciencia
ficción?
He leído algunas obras
excepcionales: todo Cordwainer Smith, “El hombre demolido” de Alfred Bester, “Hacedor
de estrellas” de Olaf Stapledon, “Ciudad” de Clifford Simak. Pero, en general, la
ciencia ficción no me interesa. Pienso que es un género comercial que se justifica
en Estados Unidos. Entre los subgéneros, la novela
policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el
invento de un editor.
Alguien puso un rótulo a
algo que se venía haciendo desde hace mucho. Cuando Poe escribió el primer
relato policial, no imaginaba la plata que ganaría más tarde el Séptimo
Círculo. Con respecto a la ciencia ficción decías, en las respuestas a un
cuestionario, que “enseña a aceptar con facilidad los cambios de nuestro tiempo”.
Sí, a mí me sirvió. Hay
una visión del hombre, de la humanidad, que puede parecer terrible, pero en el fondo
es bondadosa. Te saca de la problemática individual y te conecta con el
universo. Y dentro de ese universo hay una tendencia positiva, aunque quepa el
desastre. Con la anticipación del futuro, la introducción de la tecnología y de
otros espacios, moviliza la imaginación para facilitarte la adaptación a lo que
ya nos toca vivir.
Vos escribiste un “Manual
de parapsicología”: ¿Es un material que empléas en la producción literaria?
No. Me sirvió para
liberarme del interés por la parapsicología. Al ponerle punto final, empecé a
experimentar con menos frecuencia los fenómenos y me interesé mucho menos en su
explicación.
¿Leés literatura escrita
en español?
Poca. Casi todo lo que leo
son traducciones: Dostoievski, Chejov, Graham Greene... Ahora estoy preparándome
para una tercera lectura del “Ulises” de Joyce; la segunda fue muy placentera.
Y acabo de descubrir a Beckett. Pero desde que vivo en Buenos Aires dispongo de
muy poco tiempo. Casi no escribo porque no tengo una clara conciencia de la identidad
ni del tiempo transcurrido. En realidad, no necesito tanto tiempo para escribir
como para llegar a escribir. Me hace falta cultivar mucho el ocio, mirar por la
ventana (y aquí ni siquiera hay ventana). Así que leo novelas policiales, que
es lo que me descansa. Hasta hace poco el promedio era de una por día. Yo me
formé con las novelas del Séptimo Círculo.
Creo que eso se nota en
tus textos: un español de traducción. En última instancia, no son las palabras
lo que te interesa, ¿no?
No. Precisamente, yo le
decía a Marcial Souto el otro día que en mis textos se pueden cambiar todas las
palabras por otras equivalentes, sin riesgo de alterarlos. Porque la narración
funciona a base de imágenes.
Si tenemos en cuenta tu
formación, los géneros menores que alimentan tu literatura (folletín,
historieta, canción popular) y que además cultivás, las ediciones y la
circulación de tus libros, ¿podríamos decir que representás al escritor
marginal?
Claro. Lo que corre parejo
con la dificultad para asumirme como escritor. Durante quince años lo negué
ferozmente.
¿Por qué?
Una terapeuta me dio una
explicación; me dijo que escribir es matar al padre. Parece que hay una culpa
que a uno no le permite aceptarse como escritor.
¿Qué hacía tu padre?
Era profesor de inglés, y
durante mucho tiempo fue también empleado de tienda. Leía poco. No le
interesaba el arte, aunque decía que lo respetaba.
La creación artística, al
inventar sus propias leyes, puede atentar contra la ley. ¿Te parece que la
condición del artista es la marginalidad?
No sé. A mí, por ejemplo,
Kafka me permitió, me dio permiso para reconocer que yo veía la realidad como
él la veía. Yo tenía esa visión del mundo, pero no me animaba a comunicarla, ni
siquiera a mí mismo. Hay literatura de evasión, de escape (yo la consumo y la
evasión me parece lícita) y literatura de integración, de liberación de zonas
reprimidas. Disto mucho de tener conocimientos sociológicos para responder de
otro modo a tu pregunta. En mi caso digamos que se trata también de una
automarginación. Yo no hice nada por
promover mis libros ni por
editarlos. Fue principalmente Marcial quien se interesó en que aparecieran.
De acuerdo, pero hay
ciertos rasgos socioeconómicos y culturales de nuestro medio que exceden la
voluntad del escritor y marcan el carácter de la actividad literaria. Pensaba
en “El matadero”, considerado el primer cuento argentino, que fue publicado por
primera vez en la revista “Río de la Plata” en 1871, veinte años después de la muerte
de Echeverría en el exilio y más de treinta años después de haber sido escrito.
Sí, ese ejemplo es válido.
A mí se me conoció un poco en Uruguay por la publicación de mi novela “El lugar”
en un número de “El Péndulo”. Y luego me favoreció la tercera edición de “La
ciudad”, publicada por Banda Oriental, que se
distribuyó en un círculo
de cinco mil lectores asegurados.
¿Qué son las “Confusiones
cotidianas”?
Ese texto lleva un
agradecimiento a un poeta argentino, Federico Raúl Urman, con quien me carteaba
cuando yo estaba en Uruguay. En un cuento suyo encontré una sutil torsión de
una situación cotidiana que crea una especie de zona de terror. Eso me estimuló
para idear esta serie de relatos. Por otro lado,
el título se debe al texto
de Kafka “Una confusión cotidiana”; allí también encontramos situaciones que sufren
una torsión, como si lo cotidiano se rebelara y atacara a quien lo vive y padece.
Próximamente aparecerán
dos novelas tuyas en De la Flor. ¿Podrías describir cómo están escritas?
“Fauna” tiene estructura
de novela policial, pero integra elementos parapsicológicos y psicológicos
también. En la otra, “Desplazamientos”, enfrento el conflicto con la figura paterna.
Tenía un título provisorio: “La sombra”, debido a que el protagonista, al ir
por un corredor, ve el perfil del padre en la sombra que de su perfil proyecta
una lamparita. Lleva
una cita de Jung a propósito
de la sombra como representación de la parte
del ser opuesta al yo, más
que mala, avara y mezquina. Cuando estuvo terminada no me gustó; la juzgué,
precisamente, mezquina y con poco peso. Sin
embargo, en todo ese material
desentrañado a partir de la imagen muy breve de un sueño, había algo que ejercía
una cierta fascinación. Entonces traté de ver en que residía el fracaso. Por lo
general, cuando llego a una situación que yo llamo “nudo”, donde el
protagonista termina de vivir una peripecia y se abre otra, intuyo que hay
varios caminos para empezar la nueva; y todos los caminos tienen el mismo
valor, Recordé que, mientras escribía la novela, al llegar al nudo no había
elegido siempre con total sinceridad el camino a seguir. Entonces volví a
escribirla, agregando nuevas soluciones posibles. Iba a ponerlas como un
apéndice, pero finalmente las integré en la novela. O sea que uno viene leyendo
y en determinado momento se repite un fragmento que toma por otro camino que se
trunca o se continúa más adelante. Es una obra ramificada. Ahora me siento
satisfecho.