15 de diciembre de 2007

René Descartes y la duda metódica

Pocas veces, como en el caso de Descartes, la imagen de su personalidad y su biografía han sido tan dosificadas por una tra­dición académica, que ha hecho de él el retrato del filósofo encerrado en su gabinete, al lado de la estufa, meditando y construyendo el mundo desde la pura introspección. De este modo, el pensamiento cartesiano (de "Cartesius", forma latinizada de Descartes) aparece como inicio del racionalismo moderno, reafirmando, al mismo tiempo, la supuesta autonomía del quehacer filo­sófico, respecto del contexto histórico-político en el que se produce. Sin embargo, la trayectoria vi­tal de este hijo de una familia de la pequeña no­bleza provinciana francesa, está intimamente vinculada a acontecimientos y situaciones decisi­vas en la historia de Europa, que representan el telón de fondo al que apuntan, ocasional pero no casualmente, hechos e ideas de la biografía de Descartes.
René Descartes nació en La Haye, pequeña ciudad de la región de Tours (hoy conocida como La Haye-Descartes), el 31 de marzo de 1596. A los 10 años ingresó en el colegio de La Fleche, dirigido por los jesuítas y allí estudió hasta los 18 años, recibiendo una formación destacada en matemáticas, lo que iba a determinar la orientación de su pensamiento filosófico.
Los años posteriores a su salida de La Fleche, en 1614, representaron para Descartes el complemento normal en la formación de un hijo de fa­milia acomodada: vida social en Pa­rís, práctica de equitación y esgrima y, en contra de la opinión familiar, después de haber obtenido la licenciatura en Derecho, en Poitiers en 1616, deci­dió seguir la carrera militar en 1618, incorporándose como voluntario a la Escuela de Guerra de Maurice de Nassau, en Holanda.
Lo movía el deseo de viajar, conocer las cortes, frecuentar personas de humores y condiciones diversos y recoger nuevas expe­riencias. Este deseo de conocer mundo lo llevó a Alema­nia, donde, después de haber asistido a la coro­nación del emperador Fernando II de Habsburgo (1578-1637), se alistó en el ejército. Estando en el cuar­tel, en la noche del 10 de noviembre de 1619, creyó tener una especie de revelación o descubrimiento que lo orientaría hacia la activi­dad filosófica: intuyó, más o menos repentina­mente, que el método matemático podía ser generalizado y puesto como modelo de toda re­flexión e investigación. Decidió entonces abandonar el ejército e iniciar un largo viaje por Italia.
En 1625, de vuelta en París, vendió todas sus posesiones para asegurarse una vida independiente y se relacionó con la mayoría de científicos de la época. Sin embargo no en­contró el ambiente adecuado para su actividad reflexiva, por lo que en 1628 se instaló en Holan­da, donde vivió hasta 1649, cambiando de residencia con cierta frecuencia, en función de las presiones de las autoridades municipales o a la búsqueda de una mayor tranquilidad para su actividad científico-filosófica. A lo largo de es­tos años, su vida fue de una gran regulari­dad: se levantaba tarde, pues se acostumbró a desarrollar sus reflexiones por la mañana, en la cama; comía al mediodía y después de comer se dedicaba a la jardinería o a la disección. Luego se ponía a trabajar hasta avanzada la noche.
Los cinco primeros años los dedicó principalmente a elaborar su propio sistema del mundo y su concepción del hombre y del cuerpo humano, trabajo que estaba a punto de completar cuando, al enterarse de la condena del astrónomo italiano Galileo Galilei (1564-1642) por parte del Santo Oficio de Roma en 1633, renunció a la publicación de su obra, lo que ocurriría póstumamente.
En 1637 apareció su famoso "Discours de la methode" (Discurso del método), presentado como prólogo a tres ensayos científicos. En esta obra propuso una duda metódica que sometiese a juicio todos los conocimientos de la época, aunque, a diferencia de los escépticos, la suya era una duda orientada a la búsqueda de principios sobre los cuales cimentar sólidamente el saber.
Este principio lo halló en la existencia de la propia conciencia que duda, en su famosa formulación "pienso, luego existo".
Otras obras importantes de su autoría son "Les régles pour la direction de l'esprit" (Reglas para la dirección del espíritu, 1628), "Méditations métaphysiques" (Meditaciones metafísicas, 1641), "Les principes de la philosophie" (Los principios de la filosofía, 1644) y "Les passions de l'ame" (Las pasiones del alma, 1649).
A pesar de su relativo aislamiento, mantuvo una abundante correspondencia con personalida­des de su época, entre las que se destaca la que le tuvo vincu­lado con la princesa Isabel Estuardo de Bohemia (1596-1662) y, en los últimos años, con la reina Cristina de Suecia (1626-1689), quien le invitó a la corte de Eslocolmo para trabajar como filósofo residente y tutor de la propia soberana. Descartes llegó a la corte sueca en el mes de octubre de 1649.
Allí murió de una neumonía el 11 de febrero de 1650 con 53 años de edad. En 1676 se exhumaron sus restos y fueron puestos en un ataúd de cobre para trasladarlos a París. Allí fueron sepultados en la iglesia de Ste. Geneviéve du Mont, hasta que fueron removidos nuevamente durante la Revolución Francesa y llevados al Panthéon, la basílica dedicada a los pensadores y escritores de la nación francesa. En 1819, por fin, los restos de René Descartes fueron llevados a la iglesia de St. Germain des Prés, donde se hallan actualmente.
En 1980, un médico alemán encontró en la Universidad de Leyden una carta del médico de la corte sueca que atendió a Descartes, el holandés Johann Van Wullen, en la que describía detalles de la agonía. En ella se describen síntomas de náuseas, vómitos y escalofríos que no son propios de una neumonía sino más bien de un envenanamiento por arsénico. Las dudas cartesianas perduran aún después de más de tres siglos y medio de su muerte.