19 de marzo de 2008

George Orwell: el futuro sombrío

En el jardín de la iglesia de Suttor Courtenay, Londres, hay una lápida en la que puede leerse: "Aquí yace Eric Arthur Blair. Nacido el 25 de junio de 1903. Muerto el 21 de enero de 1950". Debajo de esa lápida descansan los restos de quien -en vida y para la literatura- supo ser conocido como George Orwell.
Al igual que otros grandes escritores ingleses, George Orwell no nació en las islas británicas. Así como, por ejemplo, William Thackeray (1811-1863) y Rudyard Kipling (1865-1936) nacieron en la India, Joseph Conrad (1857-1924) en Polonia, H.H. Munro "Saki" (1870-1916) en Birmania y John R.R. Tolkien (1892-1973) en Sudáfrica, Orwell lo hizo en Bengala.
Su padre era un funciona­rio de poca jerarquía en el Departamento de Opio de la aldea de Motihari, ocupado en regular el comercio de esa droga y su madre era hija de un comerciante birmano. Tuvo una hermana mayor -Marjorie- y una menor -Avril- que completaban la familia que acompañó al funcionario Richard Blair en todos sus destinos. De niño, el futuro escritor tuvo la oportunidad de asistir a la decadencia de la Compañía de las Indias Orientales, herida de muerte por la rebe­lión de los cipayos en 1857 primero, y al surgimiento de líderes como Mahatma Gandhi (1869-1948) y Jawaharlal Nehru (1889-1964) después.
Vivió su adolescencia en Saint Cyprian, una rígida escuela inglesa que aplicaba a sus alumnos castigos tales como latigazos en la espalda y la diaria reverencia al retrato de la reina. Entre 1917 y 1921, el joven iracundo estudió en Eton y Wellington gracias a una beca, y a los diecinueve años, en 1922, se alistó en la Policía Imperial de la India y marchó a prestar servicios, como su padre, en alguna remota fac­toría del imperio. Así pasó por distintas aldeas de Birmania hasta 1928, cuando harto de la situación, decidió abandonar las colonias.
En su libro "Burmese Days" (Los días de Birmania, 1934) puso en boca de uno de sus personajes una reflexión inspirada por aquellos días: "Nosotros, los angloindios, sería­mos casi aceptables si admitiéramos honrada­mente que somos ladrones y nos dedicáramos a robar sin tapujos". Este personaje, el rebelde de la histo­ria, convencido de la imposibilidad de cambiar algo individualmente, termina pegándose un tiro.
De regreso en Inglaterra, abandonó la casa paterna y trabajó de lavaplatos en alguna taberna de Lon­dres, antes de viajar a París y vivir como un vagabundo, haciendo todo tipo de trabajos y durmiendo en albergues y estaciones de tren. Por entonces, ya había empezado a escribir algunos relatos. El más famoso fue "Down and out in Paris and London" (Sin un peso en París y en Londres) que se publicaría en 1933.
Cuando volvió a su país, consiguió empleo como profesor de escuela a la vez que escribía para un periódico de Middlesex, el "New Adelphi". Por esa época, adoptó el seudónimo con el que se haría famoso: George Orwell, descartando otros como Kenneth Miles o H. Lewis Allways.
También comenzaron sus problemas de salud, por lo que se vio obligado a dejar su puesto de docente para trabajar como asistente en una tienda de libros de segunda mano en Hampstead. Para uno de sus biógrafos, George Woodcock (1912-1995), "ese Orwell con principio de tuberculosis que se exponía al hambre, al frío y la mugre de los parias y desclasados estaba purgando la culpa de la gran opresión del imperio británico en el mundo -dice en "The crystal spirit: A study of George Orwell" (El espíritu cristalino: Un estudio de George Orwell, 1966)-. Tal vez sea ésa la explicación, sin obviar que se trataba de un entusiasta socialista con deseos de practicar la loca consigna de que los hombres son y deben ser iguales".
Ese año escribió un pequeño ensayo, "The english people" (El pueblo inglés) en el que, con su acidez habitual, fustigó a sus compa­triotas: "Lo que siempre olvidamos es que la inmensa mayoría de] proletariado británico no vive en Gran Bretaña, sino en Asia y Africa. Por ejemplo, no es cosa de Hitler hacer que un peni­que por hora sea un buen jornal industrial; sin embargo es perfectamente normal en la India".
Para 1936, Orwell se había casado con Eileen O'Saughnessy, había adoptado un niño -Richard Horatio- y vivía en Hertfordshire haciendo horticultura doméstica. También colaboraba con algunos periódicos y escribía un par de libros: "A clergyman's daughter" (La hija del reverendo) y "Keep the aspidistra flying" (Que vuele la aspidistra). Pero ese año también estalló la Guerra Civil española y Orwell asumió su participación en ella como un deber ético y político (escandalosamente eludido por Inglaterra). Se alistó, al igual que miles de extranjeros, para luchar por la defensa de la República Española y cuando, con su esposa llegó a Barcelona en diciembre de 1936, fue asignado como miliciano al anti-estalinista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista).
"Era -contó Orwell más tarde- la primera vez que esta­ba en una ciudad en la que la clase trabajadora ocupaba el poder". Podía haberse limitado a dar "apoyo espiritual" y sin embargo se alistó para combatir. Fue cabo al mando de una guardia de doce hombres y más tarde teniente. El arma que utilizaba era un Mauser 1896, casi inservible. Como parte del ejército que asedió Huesca fue herido gravemente: una bala le atravesó el cue­llo, seccionando arterias y rozando la médula al punto que le dificultó para siempre el movimien­to del brazo derecho.
A mediados de 1937 regre­só a Inglaterra y comenzó a escribir su inolvida­ble "Homage to Catalonia" (Homenaje a Cataluña), al tiempo que difundía entre sus compatriotas el balance de la experiencia española: "Después de lo que he visto en España, he llegado a la convic­ción de que es inútil ser antifascista e intentar mantener el capitalismo. El fascismo no es más que un desarrollo del capitalismo, y la más bon­dadosa de las llamadas democracias se puede convertir en fascismo cuando se vea empujada a ello".
También hizo una advertencia a esa Inglaterra tranquila que no había reaccionado ante la agresión a la República Española: "... todos dur­miendo, durmiendo el sueño profundo de Inglaterra, del que temo que no vayamos a despertar hasta que no nos sacuda el estrépito de las bombas". En una carta que le escribió al crítico literario Herbert Read (1893-1968) le propuso comprar imprentas para hacer panfletos cuando Inglaterra se volviera fascista: "No creamos que la época en que es posible comprar imprentas sin que le hagan preguntas a uno va a durar para siempre''.
En febrero de 1938 publicó en la revista "Time & Tide" -fundada en 1920 por la feminista Margaret Rhondda (1857-1941)- sus razones para afiliarse al Partido Laborista Independiente: "En la libertad de prensa en Gran Bretaña hubo siempre algo de engaño, porque en última instancia el dinero controla la opinión. Durante varios años me las he arreglado para hacer que la clase capitalista me pague algunas libras a la semana por escribir libros contra el capitalismo. Pero no me engaño creyendo que este estado de cosas va a durar siempre".
En 1941 empezó a trabajar en la BBC haciendo propaganda a favor de los aliados. De ese empleo dijo sentirse como "una naranja que ha sido pisoteada por una bota muy sucia". A pesar de la buena paga, renunció dos años más tarde para convertirse en columnista y editor literario del "Tribune", una revista semanal de tendencia izquierdista.
Una vez terminada la Guerra Mundial, cuando el monopo­lio informativo "antifascista" oficial reproducía los métodos del Ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels (1897-1945), cuando el stanilismo de la temible policía política de la guerra española se veía corre­gido, aumentado y desplegado en todo su horror, cuando el Army Pictorial Service creado en 1942 por el general George Marshall (1880-1959) inundaba el mundo de películas pro-norteamericanas, y se ha­bía llegado a un estado de cosas muy inquietante, la rebeldía le dictó a Orwell sus dos libros más importantes: "Animal farm" y "1984".
Orwell había visto la represión antianarquista y antitrotskista de la GPU en Barcelona (con muertos, asesinados y desaparecidos), había vis­to el germen de la burocracia y el militarismo en acción. Utilizando alegorías y caricaturas al escribir "Rebelión en la granja", expresó el elemental "no sé cómo debe­ría hacerse, pero estoy seguro de que así está mal", en una fábula que puede leerse como una feroz crítica de la burocratización del socialismo.
Escribió un prólogo para esta novela que nadie quiso publicar y fue conocido recién en 1972. En él explicaba el carácter de su crítica al estalinismo y hacía una última profecía, acompañada de una advertencia contra el dogmatismo: "Es posible que esta moda de la admiración por Rusia no dure mucho. Bien pudiera ser, también, que para cuando este libro sea publicado los puntos de vista que hoy tengo sobre el régimen soviético sean los que se acepten por regla general. ¿Pero para qué serviría eso? El cambiar una ortodoxia por otra no es necesariamente un progreso".
"1984", por su parte, puede verse como una desesperada profecía cumplida con creces en lo que hace a la propaganda, la manipulación del individuo y el falseamiento de la historia tanto en el mundo capitalista como en el mundo del socialismo burocrático.
Cuando la primera edi­ción de "1984" salió a la venta en julio de 1949, el público pensó que el autor era una especie de escritor fanático, irremediablemen­te enfermo -moriría de tuberculosis seis meses después- y que decía co­sas a todas luces absurdas. Sin embargo, a pesar del paso de los años, la obra sigue siendo inquietante y perfecta­mente válida, porque Orwell puso en duda los cimientos mismos del concepto de verdad que prevalece en nuestro tiempo, aquel de "qué pasó, cuándo pasó, cómo pasó, dónde pasó y por qué pasó". Las cin­co preguntas básicas de una cróni­ca periodística, que llevaron al escritor checo Milan Kundera (1929) a concederle a los periodistas el "derecho sagrado de administrar la verdad".
Orwell se burló anticipadamente de este poder adquirido por el periodismo diciendo: "La verdad que buscan no existe. Los hechos históricos dependen de la memoria y ésta, de la propia elaboración que cada uno de nosotros hace dentro de su mente. Si podemos controlar esos procesos mentales, controlamos la histo­ria". Se podría decir que semejante teoría es indefendible. Pero Orwell también se adelantó: "¿Y si se destruyen las pruebas o simplemente el hombre se niega a ver la realidad que tiene enfrente? No existe sino lo que ad­mite la conciencia humana".
En el mundo utópico de Oceanía -el país creado por Orwell- las pa­labras "bien" y "mal" carecían de significado. El mundo era un lugar muy peli­groso, donde la libertad era peca­do mortal y la Policía de Pensa­miento secuestraba, torturaba y mataba a quien mostraba el míni­mo signo de rebelión. Al hombre ya no le interesaba la "verdad", vivía una realidad de en­gaño permanente y, a fuerza de cos­tumbre, las mentiras se convertían en verdades.
Cuando llegó el año 1984, se publicaron en Europa los re­sultados de algunas encuestas en las que se le preguntó a la gente si las previsiones de Orwell se habían cumplido o no. En Alemania y Suiza el 35% de los encuestados consideraba que la sociedad diseña­da por Orwell estaba en trance de ir implantándose en sus países. El 72% de los ingleses creía que no existía una verdadera vida privada "porque el gobierno lo sabe todo acerca de uno". El 68% de los ingleses, el 26% de los alemanes y el 28% de los suizos estaban con­vencidos de que sus gobiernos utilizaban informaciones y estadísti­cas falsas sobre la situación económica y la calidad de vida.
Pero, según un artículo publica­do en Francia, se estaba cumplien­do lo que el escritor inglés más te­mía: que aunque la gente sabía que estaba siendo engañada por sus diri­gentes, aceptaba la mentira y llegaba a asumirla, anteponiendo a veces a la verdad, las necesidades del par­tido gobernante.
Orwell pensaba mal y acertaba. Practicaba un pesimismo militante. En la descripción de los horrores futuros estaba la implacable conciencia de un moralista, de un hombre regido por la ética. Por supuesto, no fue perfecto, como todos los moralistas. Poco antes de morir, el 21 de enero de 1950, expresó una última voluntad: que no se escribiera ninguna biografía sobre su persona. Afortunadamente no le hicieron caso.