27 de mayo de 2008

Geishas. Una crónica del siglo XIX

Una antigua crónica de fines del siglo XIX cuenta la historia de una geisha llamada Umeya que "brilló como una estre­lla en el mundo de la flor y el sau­ce". Umechiyo (Flor de cere­zo) tenía apenas ocho años cuando fue vendida por su familia a una okiya (casa de geishas). La mayoría de las jovencitas de las zonas campesinas, azota­das por los resabios de las casas feudales, eran vendidas como Umechiyo por una buena suma de dinero. La familia solucionaba con esto sus problemas de miseria y, ade­más, pensaba que le aseguraba a la muchacha una vida mejor.
La niña fue a vivir a una okiya que administraba una ex geisha. Allí había otras seis niñas llamadas oshakus (doncellas), ocho geishas ma­yores, dos sirvientas y un hakoya (un anciano cuyo trabajo era vestir con kimono a las jó­venes y anudar las delicadas y largas fajas a sus cuerpos). En un primer momento, Umechiyo se sintió orgullosa de haber podido ayudar a su familia. Nunca supo el precio pagado por ella, pero vio su nombre anotado en un cuaderno donde figura­ron desde entonces todos sus gastos de comida y educa­ción. Mucho más tarde, Umechiyo comprendería pa­ra qué servía este cuaderno.
A las cinco de la mañana, las jóvenes oshakus tomaban sus clases de odori (baile), kiyomoto (canto) y shamisen (guitarra japonesa de tres cuerdas). De­bían apresurarse a terminar sus ejercicios antes de que se levantaran las geishas ma­yores, para no interrumpir su rutina diaria. Las oshakus desayunaban y comían, en la cocina, ali­mentos muy inferiores a los de las geishas. Con el tiempo sabría Umechiyo que esta diferencia constituía uno más de los juegos de com­petencia establecidos por la señora de la okiya, cuyo pro­pósito era dejar sentado que una muchacha debía apre­surarse a ser geisha para tener una vida mejor.
Luego comenzaban las clases de chanoyu (ceremo­nia del té), oshuji (caligrafía japonesa) y lecciones de his­toria, artes y matemáticas, un bagaje cultural muy avanzado en su época, tanto para una mujer como para un hombre, ya que buena parte de la población no sa­bía leer ni escribir. Todo esto, para agradar a los ricos señores, ya que el atributo indispensable de una geisha era tener una conversación fluida, agrada­ble e inteligente; la belleza resultaba secundaria. El éxi­to dependía en última ins­tancia de la rapidez y agu­deza de sus respuestas. Por lo tanto, junto a su prepa­ración en temas de arte e his­toria, debía conocer profundamente los de polí­tica y los del comercio, que eran los que más abundaban en las reuniones de hombres.
La señora de la okiya les contaba a menudo la histo­ria de una famosa geisha de Kioto que había llegado por su habilidad política a ser un verdadero poder oculto tras la figura del estadista Takayoshi Kido (1833-1877), quien fue uno de los inspiradores de la caída del régimen despótico de Tokugawa Yoshinobu (1837-1913) en el Japón.
Según el cronista de la época, eran las geishas las que estaban mejor informa­das de los acontecimientos y de la verdadera opinión de un político: sólo en su pre­sencia éste discutía con la verdad o expresaba su ver­dadero pensamiento. "Por ello -dice el cronista- las geishas llegaron a conocer más profundamente la situa­ción política del Japón de esa época desde su mundo solitario y bello".
Umechiyo aprendió ade­más que era de mal gusto dejar asomar los sentimien­tos al rostro: tristezas o ale­grías exageradas debían que­dar ocultas. Ella se habría avergonzado mucho si alguien hubiera notado la nos­talgia que a veces le embar­gaba. Tampoco era bueno para una geisha enamorarse. Por lo general, cuando esto ocurría, se enamoraban de jóvenes alegres sin dinero o de aprendices de actores del kabuki (teatro japonés tradicional). Esto era entonces imposible. Ninguna geisha po­día escapar de su dorada prisión. La okiya jamás aceptaba perder el dinero in­vertido. Esta disciplina fue aprendida duramente por Umechiyo. Las geishas ma­yores, por su parte, trataban de no enseñarles demasiado sus experiencias. Ellas sabían que todas esas jóvenes se preparaban para competir en su mundo y que segura­mente serían preferidas, por­que eran doncellas recién iniciadas.
Dice el cronista que Ume­chiyo relataba esto con una gran tristeza en sus ojos y curiosamente recordaba los momentos en que el estudio le resultaba duro y monótono. Entonces sus calificacio­nes (que eran puestas en el cuaderno con una estampi­lla de flores) no solían ser buenas. La flor de cerezo era una nota regular. La señora entonces la miraba fi­jamente con ojos muy fríos y le decía "es bueno ir a ver las flores al campo, pero no es buena una flor de ce­rezo en las calificaciones de una geisha". La nota óptima era una flor de peonía. Para Umechiyo fue una suerte que su vida de niña transcurriera en la abundan­cia y la buena educación. Al contrario de las otras niñas campesinas, su familia había sido muy rica, pero la en­fermedad de su padre (comerciante), resultó un de­sastre para los suyos. Ya en la absoluta miseria, sus tíos decidieron venderla.A los diecisiete años ya llamaba la atención por su gracia y talento, pero por entonces sólo servía el té en las fiestas de los grandes señores. El mun­do de las relaciones era pri­vativo de las geishas, no de una oshaku. Cuando cumplió dieciocho años, al levantarse una mañana, Umechiyo presintió que su vida cambiaría. Recibió un trato especial. La señora de la okiya la observaba con mayor cariño; era evidente que tenía planes para ella. Se bañó casi en el mismo horario de las geishas, con agua muy caliente. Las oshakus siempre eran las últi­mas y sólo tenían agua fría. Comió luego espléndida­mente. Cuando las geishas iban a una reunión impor­tante, debían comer muy bien, porque hubiera resultado de mal gusto mirar con avidez el platillo de su cliente.
A la hora de vestirse, Umechiyo recibió la gran sorpresa. La señora apareció con un kimono muy bello. Estaba dedicado a su nom­bre, Flor de cerezo, y ha­bían tardado tres meses en hacerlo. Un árbol de cerezo con flores recién entreabier­tas era el motivo, magníficamente realizado. Todas las jóvenes admiraron su nuevo kimono. Luego entró el hakoya con una faja de cuatro metros, tejida en hilo de oro. El bordado era un pájaro "que viene y se queda en el árbol de ciruelo -le dijo el anciano- como vendrá un pa­trón y se quedará en ti para siempre", mientras le alababa sus pies y sus manos. Ella comprendió que la alentaba, co­mo hacía con todas las muchachas. También su peinado cam­bió: fue más alto y se le co­locaron adornos especiales y caros. Cuando terminó su arreglo, la señora la acom­pañó hasta la puerta y fro­tando dos piedras hizo chis­pas sobre sus hombros, para alejar la mala suerte.
Des­pués de todos estos rituales, Umechiyo partió definiti­vamente para el karyukai (el mundo de la flor y el sauce), un distrito especial en las ciudades en donde viven y trabajan las geishas. En el gran salón de fiestas ella llamó la atención por su juventud y belleza, por su gracia y talento. Los invita­dos se disputaban su compa­ñía. Esa misma noche cambió su vida. Un rico comer­ciante de sesenta años decidió pagar todos los gastos para que Umechiyo se convirtiera pronto en una geisha. Cuando Umechiyo estuvo preparada para transformar­se en itsupón (una sola pie­za), es decir, geisha auténti­ca, hizo su debut. El patrón pagó a la okiya una gran suma de dinero: más de 40.000 dólares de hoy en la fies­ta de presentación, y además todos los gastos que habían sido anotados en el cuaderno de la joven, desde los ocho años. En realidad, el patrón la compraba a la okiya, co­mo se compra un objeto cualquiera.
Ella recordaba haberse preparado como para una boda. En realidad lo era. Aunque su patrón era casa­do y tenía hijos, en el "mun­do de la flor y el sauce" nadie la criticaría. Su señor le regaló un anillo de brillantes y a la fiesta fueron invitadas las geishas más importantes y los más ricos comerciantes. Su dueño adquirió entonces un gran prestigio, ya que era una gran de­mostración de poder eco­nómico ser patrón de una doncella joven, bella y talen­tosa como Umechiyo. Ese día ella llevó una tabla, don­de anotó su nuevo nombre de geisha, Umeya, que que­daría registrado como el de todas las geishas.
A partir de allí fue invitada a to­das las fiestas de relieve y sus conversaciones políticas atrajeron el interés de los hombres importantes de la época para orgullo de su dueño, quien muy pronto de­cidió sacarla definitivamen­te de la okiya, para lo cual pagó otra gran suma de di­nero. Umechiyo creyó en­tonces que su dueño la ama­ba, pero una geisha mayor le hizo entender que era una cuestión de prestigio pa­ra él. Las reglas impedían tener dos geishas a la vez; él necesitaba una nueva pa­ra demostrar que seguía as­cendiendo económicamente y, por otra parte, no quería dejar a Umeya, tan famosa, porque si la compraba un comerciante inferior hubie­ra significado su despresti­gio. Así, Umeya pasó a ser la concubina de su patrón. Te­nía una bella casa con dos sirvientas, que a la vez la vigilaban. Recordaba haber pasado ahí días de total so­ledad; no podía hablar con nadie y sentía nostalgia de la okiya, donde podía compartir, aunque muy superfi­cialmente, su vida con otras muchachas.Todos estos cambios la habían hecho comprender que ella era me­nos que una sirvienta. Se parecía más a una esclava, socialmente despreciada, un objeto de lujo que no existía para nadie. Al poco tiempo tuvo un hijo, que no pudo llevar el nombre del padre. Dice el cronista que Umechiyo recordaba con gran tristeza aquellos años de en­cierro y soledad. Pero sobre todo la humillación que de­bía vivir cada Año Nuevo. Entonces, su deber de con­cubina era visitar a la esposa de su patrón. Entraba por la puerta de servicio y perma­necía todo el tiempo de pie. La señora tardaba mucho en venir a saludarla. Le agradecía los cuidados que había tenido para su esposo du­rante el año y luego le re­galaba un kimono usado por ella. Umechiyo no podía ha­blar, su voz hubiera ofendi­do la casa. Cuando se iba, la señora regaba con abundan­te sal el lugar donde había estado parada y lo hacía ba­rrer para limpiarlo de su presencia.
Un día, después de un corto tiempo en que el señor no llegó a visitarla, Umechiyo envió a una sirvienta a pre­guntar por él. Le informa­ron que había muerto hacía una semana y que la señora estaba satisfecha de que hu­biera sucedido esto en su casa, evitándose así una gran vergüenza ante la sociedad. En un sobre le enviaba una cantidad de dinero.
Esto no alcanzaba para la manutención de dos perso­nas. Umechiyo sabía que la geisha no tenía espacio fue­ra del mundo del placer y de las okiyas. Su inteligen­cia le hizo comprender rápidamente la situación, pero no tuvo el valor para huir de aquel mundo con su hijo y enfrentar a una sociedad que la despreciaría. Así es como volvió a la okiya de donde había salido. Tuvo nuevo cuaderno de gastos y distintos patrones, todos de menor prestigio so­cial que su antiguo dueño. Cuando se sintió vieja, aunque no lo era, se dedicó a dar clases de baile y shamisen. Al cumplir su hijo dieciocho años, avergonzado del tra­bajo de su madre, se fue pa­ra siempre; nunca volvería a verlo.
El cronista conoció a Umechiyo en un asilo de an­cianos. Ella no estaba muy vieja, pero su rostro mostra­ba como cicatrices de que­maduras las manchas que le había provocado la pasta blanca con plomo que había usado para maquillarse durante su vida como geisha. Una in­cipiente calvicie afeaba su cabeza. La forma de sentar­se, la elegancia en el trato, su educación y las maneras serviciales la señalaban co­mo a una geisha. Como esto significaba la última escala social, sus compañeros an­cianos la mandaban a servir. Umechiyo-Umeya lo hacía con la misma suavidad y dulzura con que antes se ha­bía inclinado ante los pode­rosos. Cada año se celebraba una fiesta en el asilo; en­tonces ella sacaba sus kimo­nos, se arreglaba cuidadosamente y cantaba y bailaba como en sus mejores años. Todo esto ante un público miserable que casi no veía ni oía. Para ella este era un día hermoso. No sentía ver­güenza de su pasado y era el único momento en que se le perdonaba su vida de geisha. Era el único momento, al fin, en que podía conservar sus débiles lazos humanos con la vida.