23 de mayo de 2008

Lutero y el antisemitismo

El fraile agustino e instigador del cisma protestante Martin Lutero (1483-1546) formuló, respecto de los judíos, opinio­nes contradictorias que fueron desde el insulto has­ta la exaltación.
Para intentar establecer una cierta lógica en estos juicios habría que fundarse en la cronología. En un opúsculo de 1523, "Das Jesús Christus ein geborener jude sei" (Que Jesucris­to nació judío), el reformador se mostraba favorable a los israelitas: "... Los judíos son de la raza de Cristo... Jamás Dios concedió a ningún pueblo pagano un honor tan grande como a los judíos". Por el contrario, en una obra de 1542, "Gegen die luden und ihre lügen" (Con­tra los judíos y sus mentiras) Lutero propuso que se aplicasen a los judíos unas medidas extremadamente severas, lle­gando finalmente hasta la expulsión.
Un cambio de semejante naturaleza debe haber sido consecuencia de una esperanza frustrada: en el co­mienzo de su predicación, Lutero, al presentar un cristianismo renovado, desembarazado de supers­ticiones, esperaba que los espíritus de buena volun­tad, y en particular los judíos, vendrían a Cristo. Los judíos, naturalmente, se mostraron indiferentes, y el reformador, decepcionado, los condenó a la desaparición. Este enfoque ha sido adoptado por la mayoría de los historiadores y aparece en la ma­yoría de los ensayos que tratan la cues­tión. No obstante, el argumento tropieza con serias objecciones ya que otros textos de los años 1520 son, asimismo, extremadamente severos respecto de los judíos, mientras que algunos escritos de los útlimos años de Lutero insisten todavía en el carácter privile­giado del pueblo judío.
Por consiguiente, no exis­tió un cambio radical en el pensamiento del re­formador; en 1523, Lutero no se hacía demasiadas ilusiones sobre la posibilidad de convertir a los judíos; comenzó su obra explicando que quería exponer sus ideas sobre el nacimiento de Jesús "con el propósito también de atraer, quizás, a algunos judíos a la fe cristiana", lo que deja un margen muy reducido para una hipotética decepción.
Un punto de vista menos simplista ha sido ex­puesto en la segunda mitad del siglo XX por algunos historiadores que afirmaron la unidad del pensamiento luterano sobre la cuestión judía y subrayaron que las variaciones, con frecuencia seña­ladas, obedecían, sobre todo, a una evolución de las concepciones teológicas del reformador. Este enfoque parece mucho más satisfactorio que el anterior, aunque no destaca con suficiente claridad la ambivalencia de las ideas lutera­nas. Lutero, en cuanto teólogo, recorrió un camino de evolución ideológica y, en cada etapa, con­sideró de manera diferente el lugar de los judíos en la economía de la salvación. Pero el Lutero hombre del medioevo no cambió; sus escri­tos ofrecen un testimonio notable de la desconfianza que animaba a todos los clérigos respecto de los judíos. El judío descendiente de Abraham era considerado con cierta indulgencia; el ju­dío contemporáneo no merecía más que insultos. Incluso el texto de 1523 era bastante duro al afirmar que "los judíos se apartan del resto de la Humanidad", que "se refugian en la mentira y en la mala fe", que "únicamente se aferran a la letra de la Escritura" y que "son incapaces de comprender un pensamiento su­til".
La única concesión de Lutero consis­tió en decir que la política represiva del papado había contribuido a impedir que los judíos hubieran podido "salir de esa lamentable situación". Poco tiempo después, en su último texto dedicado a la guerra de los campesinos, atacó con violencia a los judíos, cuyo corazón "está tan rebosante de fu­nesta perfidia que no tienen otro deseo profundo que el de suscitar escándalo. Los judíos son malvados y peligrosos, detestan a los cristia­nos, sus libros son inmorales, roban y explotan al pobre pueblo". Estos temas clásicos que figuran en los escritos del reformador, ponen de ma­nifiesto que éste es, en el fondo, un reflejo de su época.Medio siglo más tarde, el pastor evangélico Georg Nigrinus (1530-1602), publicó en 1570 un breve tratado, "Luden feind" (Invitación al anemigo), en el cual es­cribió: "Queridos cristianos, tomad este librito. Mirad el pérfido corazón de los judíos, no se trata en verdad de ninguna broma. Son los enemigos de Cristo; ¿en qué creéis que aplican su inteligen­cia? Si tuvieran poder sobre el mundo, del mismo modo que se han apoderado ya de vuestro dinero, si poseyeran el imperio sobre los pueblos y los ejércitos, tal como lo desean día y noche, nos estrangularían como a perros rabiosos y no so­portarían ni siquiera un sólo cristiano durante más de una hora. Los judíos desean que venga a este mundo un mesías para que nos asesine y nos apuñale a todos a fin de que nadie pueda opo­nérsele".
"También los turcos son enemigos de Cristo -prosigue Nigrinus-, insultan y persiguen el nombre cristiano. Sin em­bargo, no profieren diariamente blasfemias ho­rribles contra Cristo, como lo hacen los talmu­distas. Los papistas atacan igualmente a Cristo y a su pueblo a causa del dogma que afirma que el Salvador y el Redentor nos juzga dignos de la gracia a causa de nuestra fe y no de nuestro mé­rito o de nuestra dignidad. Pero, con excepción de este punto, respetan los artículos de la fe. Por el contrario, los talmudistas, no se contentan con rechazar absolutamente los textos apostólicos, con reírse y burlarse de los artículos de la fe cristiana, sino que han llegado hasta proferir a este respecto blasfemias horribles".
El teólogo evangélico fue más allá todavía: "No ignoro que algunos consideran indispen­sables a los judíos y a su usura, porque, sin ellos, muchos mercaderes u otras personas quedarían reducidos a la miseria. Sí, no ignoro que, en oca­siones, se hace de la miseria una virtud. Pero si el mundo quiere transformar el pecado en virtud y al Diablo en Dios, que lo haga bajo su única res­ponsabilidad. Por lo que a nosotros respecta, que­remos, no solamente vernos desembarazados de los judíos y de su dinero usurario, sino también de todos los demás usureros. Pluguiera a Dios que estuvieran donde tendrían que estar. Alguno podría preguntarse: ¿Son acaso los judíos los únicos que practican la usura, que persiguen, que acaparan? ¿No es cierto que los cristianos hacen lo mismo? A esto yo respondo: ¡No! Los verdaderos cristianos no lo hacen. Pero existen en el mundo falsos cristianos que lo ha­cen. Por consiguiente, yo preciso: considero a los judíos como judíos, sean bautizados o circunci­sos. Aunque no todos tengan el mismo origen, constituyen juntos una sóla camarilla. Rinden cul­to juntos a un Dios al que Cristo llamó Mammón y que, al final de los tiempos, será precipitado jun­tamente con sus servidores en el reino del Diablo. Si no se quiere expulsarlos, si se los soporta por clemencia y por bondad, y no a causa de su dinero, lo mejor sería que se les diera un pue­blo a construir para sí mismos, y que se les de­jara vivir en él de su trabajo, como lo hacen los demás hombres, en lugar de dejarlos vivir dis­persos aquí y allá y consentirles que exploten a las personas sencillas. Si vivieran solos y tu­vieran que alimentarse con su trabajo manual, perderían mucho de su arrogancia".
Y concluye: "Dios los ha rechazado. Los cristianos quie­ren ensalzarlos. Dios los ha expulsado, arroja­do de su país. Nosotros los mimamos y les deja­mos vivir en nuestro país. Dios los castiga con su dura cólera. Entre nosotros se les conceden los más insignes favores. Dios quiere someterlos a todos los pueblos para imponerles el esfuerzo y el trabajo. Pero entre los cristianos se les ayuda para que se conviertan en grandes señores y se den la gran vida en el ocio".
Tanto en la Edad Media como a comienzos de la Edad Moderna, los judíos inspiraron un horror sagrado. Es llamativo que los cristianos pudieron escindirse entre católicos y protestantes e, inclusive, llegar a la guerra, lo que no impidió que en ambos bandos persistiera el odio hacia los judíos.
Muy elocuente resulta la carta que Lutero escribió a su mujer, el 1 de febrero de 1546: "He sido presa de un malestar poco antes de llegar a Eisleben. Ha sido culpa mía. Pero si tú hubieras estado entonces, habrías dicho que la culpa correspondía a los judíos o a su Dios, ya que hemos tenido que atravesar, un poco antes de llegar a Eisleben, un pueblo donde viven muchos judíos; tal vez han sido ellos los que han soplado tan fuerte contra mí. En este mo­mento hay más de 50 judíos que viven en Eisle­ben. Y esto es verdad: cuando he pasado en coche cerca de este pueblo, un viento frío ha entrado en el coche por detrás y ha soplado sobre mi cabeza a través del bonete como para trans­formar mi cerebro en un bloque de hielo. Ello ha podido contribuir a mi mareo. Una vez que haya arreglado los asuntos prin­cipescos, deberé imponerme la tarea de expulsar a los judíos. El conde Albert les es hostil y los ha puesto ya fuera de la ley; pero nadie les hace nada todavía. Si Dios quiere, quiero ayudar al conde Albert desde el pulpito y ponerlos, tam­bién yo, fuera de la ley".
La estupidez humana no reconoce límites, ni temporales, ni geográficos, ni raciales, ni de ninguna índole. Las religiones tampoco. La estupidez humana es tan vieja como el mundo. Las religiones también.