14 de noviembre de 2019

Kozma Prutkov, el otro Tolstoy


El conde Aleksey Konstantinovich Tolstoy, nacido en San Petersburgo el 5 de septiembre de 1817, fue un poeta, dramaturgo y novelista ruso cuya mayor contribución a las letras rusas fue -según la crítica- una trilogía de dramas históricos compuesta por “Smertʹ Ioanna Groznogo” (La muerte de Iván el Terrible, 1864), “Tsar Fyodor Ioannovich” (El Zar Fiodor Ivannovich, 1868) y “Tsar Boris” (El Zar Boris, 1870). Entre sus novelas más conocidas pueden citarse “Semya′ Vurdala′ka” (La familia Vurdalaka, 1839), “Oupyr” (El vampiro, 1841) y “Knyaz Serebryany” (El príncipe Serebrenni, 1862).
En la época de la publicación de sus primeros libros se familiarizó con algunos de los escritores más eminentes de Rusia como Sergei Aksakov (1791-1859), Nikolai Gogol (1809-1852), Ivan Panayev (1812-1862), Pavel Annenkov (1813-1887), Nikolay Nekrasov (1821-1877) y, particularmente, con Ivan Turgenev (1818-1883).
Como poeta lírico tuvo una considerable variedad de estilos y sentimientos. Además de muchos poemas de amor -fuertemente influenciados por el romanticismo alemán-, como es el caso de “Ioann Damaskin” (Juan Damasceno, 1858), escribió versos satíricos en los que se burlaba de la burocracia rusa y los dirigentes políticos. El mejor ejemplo de ello es “Statskogo sovetnika Popova” (El sueño del concejal Popov, 1873). Buena parte de sus poemas fueron musicalizados por compositores de la talla de Modest Mussorgsky (1839-1881), Piotr Tchaikovsky (1840-1893), Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908) y Sergei Rachmaninoff (1873-1943) entre otros.
Pero lo más destacado -en lo que a literatura se refiere- de su apacible y privilegiada vida en el ámbito de la nobleza rusa, fue la publicación en las revistas literarias “Sovremennik” y “Otechestvennye Zapiski” de una valiosa serie de fábulas, parodias, aforismos, epigramas y versos humorísticos y sin sentido, todos ellos de tono absurdo y satírico entre los años 1850 y 1860.
Para escribir esos textos humorísticos recurrió a las plumas de tres primos (Alexander, Alexei y Vladimir Zhemchuzhnikov) y entre los cuatro crearon a Kozma Prutkov, un supuesto funcionario público del gobierno zarista nacido el 11 de abril de 1801 en el pueblo de Tenteleva y muerto el 13 de enero de 1863 por un derrame cerebral en su oficina cerca de su pequeña casa en Pustinka.
El ficticio Kozma Prutkov fue retratado como un empleado en el Ministerio de Finanzas, un burócrata “complaciente, ingenuo, bondadoso y leal”. Así, tras dar a conocer la pseudobiografía de Prutkov, se dedicaron bajo ese seudónimo a escribir sentencias como: “La luna es más útil que el sol, dado que brilla durante la noche cuando se necesita luz, mientras que el sol de poco sirve durante el día, cuando de todos modos hay luz”; “Las mejores cosas de la vida son indecentes o engordan”; “El anillo de compromiso es el primer eslabón de la cadena de la vida conyugal”, “Todos dicen que la salud es lo más preciado, pero nadie la conserva” o “Cuando tenemos algo no lo cuidamos; una vez perdido, lloramos”.


Los aforismos de Kozma Prutkov ganaron fama en los círculos literarios. El éxito fue tal que se convirtió con el correr de los años en un personaje “casi” de carne y hueso, hasta el punto de que hoy aparece en los diccionarios de autores como uno más de ellos, lo mismo que sucedió con Ellery Queen, la creación de los norteamericanos Frederick Dannay (1905-1982) y Manfred Bennington Lee (1905-1971) o con Honorio Bustos Domecq, la invención de los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999).


Aleksey Konstantinovich Tolstoy, pariente lejano del grandioso Lev Nikolayevich Tolstoy (1828-1910) murió en Krasny Rog el 10 de octubre de 1875 a causa de una sobredosis de morfina que se le recetó para aliviar las dolencias producidas por sus trastornos asmáticos. 
No se conocen, en cambio, datos de los hermanos Zhemchuzhnikov. Sólo se sabe que nacieron en Dolgorukovskaya, un barrio de Moscú, y que poseían una finca en Pavlovka cerca del pueblo de Vyazovoye, ubicado en el distrito de Krasnoyaruzhsky junto a la frontera con Ucrania. Al personaje imaginario Kozma Prutkov, en cambio, le erigieron una estatua en Arkhangelsk, una ciudad situada al norte de la Rusia europea a orillas del río Dviná, muy cerca de su desembocadura en el mar Blanco.

10 de noviembre de 2019

Cuentos selectos (XIII). Mempo Giardinelli: “El libro perdido de Jorge Luis Borges”


El cuento es una de las formas más antiguas de la literatura popular, una narración corta y sencilla acerca de un suceso real o imaginario que, de forma amena y artística, se puede manifestar escrita u oralmente. Su nombre proviene del latín ‘compŭtus’ y significa llevar cuenta o, en cierto modo, hacer que algo no se olvide. De hecho, el cuento apareció como una necesidad del ser humano de conocerse a sí mismo y, a la vez, difundir su historia, su existencia en este mundo. “Como territorio realmente liberado, no tiene límites físicos, no admite esquematismos porque es pura forma, puro contenido, pura resonancia”, dice el escritor y periodista argentino Mempo Giardinelli (1947) en su ensayo “Así se escribe un cuento”.
“La identificación del cuento -agrega-, sus existentes o negadas leyes, sus territorios y resonancias, son, en definitiva, su historia misma: el largo recorrido que empieza con las fábulas que contaba el esclavo Esopo y que es útil refrescar, a vuelamáquina, como conocimiento elemental para quienes aman este género. Homero -existiese él o haya sido una suma de gente- contó. Plutarco en sus ‘Vidas paralelas’; Julio César en sus ‘Comentarios’ y Tácito en sus ‘Historias’ y sus ‘Anales’, todos en el primer siglo de esta era, contaron. De hecho, uno podría pensar que toda la historia de la humanidad ha sido un cuento. Ha debido serlo, para ser escrita. Y al ser escrita se ha eternizado y, uno puede sospecharlo, ha provocado -viene haciéndolo- el inexplicable y maravilloso deseo -y tentación- que tiene cada hombre de contribuir con una página. Sólo una por lo menos, en la historia del cuento, que es la historia del Hombre”.
Giardinelli fundó en 1986 la revista literaria “Puro Cuento”, la cual dirigió hasta 1992. Colaborador habitual de diarios y revistas argentinos y latinoamericanos, ha publicado artículos y cuentos en casi todo el mundo. Sus artículos aparecen regularmente en diarios argentinos como “Página 12” (Buenos Aires), “La Voz del Interior” (Córdoba), “La Gaceta” (Tucumán), “El Litoral” (Corrientes) y “Norte” (Resistencia), así como en los diarios “El Mundo” (Madrid), “ABC Color” (Asunción) y “La Jornada (México)”. También colabora habitualmente en las revistas “Debate” (Buenos Aires), “Brecha” (Montevideo) y “Rocinante” (Chile).
Es autor de una decena de novelas, entre las que se pueden citar “Luna caliente”, “La revolución en bicicleta”, “El cielo con las manos”, “Qué solos se quedan los muertos”, “Santo oficio de la memoria” e “Imposible equilibrio”. También ha publicado libros de cuentos, entre ellos, “Vidas ejemplares”, “El castigo de Dios”, “Gente rara”, “Soñario” y “Luminoso amarillo y otros cuentos”. Entre sus ensayos pueden mencionarse “El género negro”, “Los argentinos y sus intelectuales” y “Volver a leer. Propuestas para ser un país de lectores”. Además ha incursionado en la literatura infantil con títulos como, entre otros, “Cuentos con mi papá”, “Luli la viajera” y “Celeste y la dinosauria en el jardín”; y en la poesía con “Invasión” y “Concierto de poesía a dos voces”.
Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas y ha recibido numerosos galardones literarios. También ha enseñado Periodismo y Comunicación Social en la Universidad Iberoamericana (México), la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), la Universidad del Norte (Paraguay) y en la University of Virginia y la University of Louisville (Estados Unidos). Además es Doctor Honoris Causa por la Université de Poitiers (Francia) y ha dado conferencias y dictado cursos, seminarios y talleres en más de un centenar de universidades y academias de América y Europa.
En el primer número de su emblemática revista “Puro Cuento” (noviembre de 1986), se refería de esta manera al cuento: “Relación de sucesos reales: narración oral o escrita de sucesos verdaderos o ficticios; pieza literaria de menor extensión que la novela; fábula que se cuenta a los niños (¡y a los grandes!); chisme o enredo; noticia falsa o fabulosa, son algunas de las imposibles -y todas ciertas, ¡mágicamente!-definiciones de los buenos diccionarios. Por cierto, una sola condición habría que señalar a cualquiera de ellas, y es que lo narrado, el relato, además de riqueza y gusto en lo contado, debe captar la atención del lector, debe interesarlo, y eso sólo es posible si éste lo cree. Metido en el asunto como si lo hubiera vivido -y viviéndolo mientras lo escucha, mientras lo lee- es él el que completa ese acto de amor, acto de dos que es el cuento. Para luego reproducirlo, volver a contarlo, a gozarlo y así seguir eternizando la belleza del arte de contar”.
De este singular escritor consagrado internacionalmente se reproduce a renglón seguido “El libro perdido de Jorge Luis Borges”, un cuento extraído de “Estación Coghlan y otros cuentos” publicado en 2005.

EL LIBRO PERDIDO DE JORGE LUIS BORGES

Nunca conté esto antes, y ahora mismo no sabría explicar por qué. Creo que fue a fines de 1980, durante un vuelo entre la Ciudad de México y Nueva York. En el mismo avión viajaba Jorge Luis Borges, aunque él lo hacía en primera clase, por supuesto. En algún momento me atreví y le pedí a la comisaria de a bordo que me permitiera sentar al lado de él durante unos minutos. Accedió con esa proverbial simpatía de las mexicanas, y hasta me convidó a una copa de vino. Borges tenía los ojos cerrados y sobre su falda descansaba una carpeta de cuerina color obispo. Parecía rezar, aunque tratándose de él uno debía suponer que estaba componiendo o recitando un poema. Fue muy amable conmigo y cuando me presenté como compatriota dijo, sonriente:
- Quizá no sea casualidad que dos argentinos nos encontremos a tanta altura. Ya ve cómo nos cuesta tener los pies sobre la tierra.
Me preguntó en qué podía servirme y le respondí que simplemente no quería dejar pasar la ocasión de saludarlo y le conté, brevemente, que acababa de publicar un cuento titulado “La entrevista” en el que yo imaginaba que él, Borges, llegaba a los 130 años de edad sin ganar el Premio Nobel y un editor norteamericano de voz meliflua me encargaba a mí, para entonces un viejo cronista jubilado de 80 y pico de años, que lo entrevistara.
Naturalmente, Borges no se interesó por mi ficción, pero sí inquirió acerca de mi interés en él: quiso saber qué obras yo había leído, o cuáles conocía, al menos. Me di cuenta que le importaba distinguir a un cholulo de un lector, de modo que le conté que lo había leído completamente gracias a un torneo de escritores. Sin dudas lo halagué y desperté su curiosidad. Entonces le referí la breve historia de mis años de trabajo en la vieja Editorial Abril, donde además de una excelente escuela de periodistas había decenas de buenos poetas y narradores y casi todos jugaban bastante bien al ajedrez. 


Mencioné, por supuesto, a muchas distinguidas plumas de entonces, comienzos de los setenta, y comenté que todos lo habían leído y querían ganar el premio que la editorial había dispuesto para el campeonato de aquel grave año de 1975: sus Obras Completas. Pero quiso el azar (le dije, sabedor de que le encantaría tal atribución) que campeonato y premio los ganara yo, un jovencito infatuado que por entonces privilegiaba a la Revolución por sobre la Literatura y no lo había leído por puros prejuicios juveniles.
- Quizá usted tenía razón -me reconvino-. Fue el año en que yo dije que Pinochet y Videla eran dos caballeros. Un desatino del que hoy me avergüenzo.
De todos modos, era imperdonable que siendo yo entonces un joven aspirante a narrador no lo tuviese leído y bien leído, así que le conté que de inmediato había subsanado mi falta y le manifesté mis preferencias. En un momento él me interrumpió para pedirme que por favor no fuera tan superlativo, y finalmente le confesé que me llamaba mucho la atención su insistencia en mencionar textos tan inencontrables como el Nekronomikon, la Primera Enciclopedia de Tlön, El acercamiento a Almotásim, las obras de Herbert Quain tales como El Dios del Laberinto, Abril Marzo, El Espejo Secreto, etc., y sus menciones de otros autores que él solía nombrar como Joahnn Valentin Andre, Mir Bahadur Ali, Julius Barlach, Silas Haslam, Jaromir Hladik, Nils Runeberg, el chino T’sui Pen, Marcel Yarmolinsky, las confesiones de Meadows Taylor o las según él siempre oscuras, incomprensibles ideas filosóficas de Robert Fludd. Borges se rió de buena gana y me dijo, enigmáticamente:
- De todos esos libros, sólo uno es verdadero. Y lo tengo escrito.


Sólo atiné a mirarlo fijamente, encandilado por ese hombre delicado y magro cuya ceguera miraba mejor que nadie el infinito vacío que había del otro lado de las ventanillas, mientras acariciaba rutinariamente la empuñadora de su bastón.
El advirtió la densidad de mi silencio.
- Más aún: tengo aquí un borrador -dijo suavemente, casi un susurro-. ¿Quiere echarle una ojeada?
Me emocioné, diría, hasta el borde mismo del llanto. Le dije que por supuesto, le agradecí el gesto disimulando ineficazmente mi ansiedad, y cuando me tendió la carpeta de cuerina color obispo yo regresé a mi asiento en la clase turista, en el fondo del avión, y me sumergí en la lectura.
El texto llevaba un extraño, borgeano título que sinceramente no recuerdo con exactitud. Tonto de mí, creo confusamente que era El irregular Judas o algo así. Era una novela, o lo que yo supongo que debía haber sido la novela de Borges, mecanografiada por alguien a quien él le habría dictado. La trama era sencilla: Egon Christensen, un ingeniero danés, de Copenhague, llegaba a Buenos Aires en 1942 como jefe de máquinas de un carguero cuyo capitán no se atrevía a partir por temor a ser hundidos por los acorazados alemanes que infestaban el Atlántico Sur. Egon se radicaba cerca de La Plata, revalidaba su título de ingeniero y marchaba a Jujuy, conchabado por el Ingenio Ledesma. Su pasión era el ajedrez, admiraba a Max Euwe, y en Jujuy vivía una peripecia amorosa y otra deportiva, ambas colmadas de paradojas. Lo extraordinario, desde luego, eran su prosa, la infinita rigurosidad de vocablos, el armado preciso y despojado de la secuencia exponencial, una inevitable mención a Adolfo Bioy Casares, la retórica perfecta y sobre todo la erudición, que dejaba perplejo al privilegiado lector que yo era.


Cuando terminé, temblando de emoción y agradecimiento, le llevé la carpeta de regreso. Borges dormía, con la cabeza inclinada sobre un hombro como un capullo de algodón quebrado. Me pareció inconveniente despertarlo, y además estaba tan impresionado que sólo iba a ser capaz de decirle tonterías. Preferí depositar suavemente la carpeta sobre su regazo. Cuando llegamos al Aeropuerto Kennedy, a él lo recibió un montón de gente que subió al avión (editores o embajadores, supongo) y vi cómo se lo llevaban de prisa a un salón vip.
Al cruzar Migraciones vi también, y con espanto, que la misma carpeta de cuerina color obispo estaba en manos de un hombre muy alto, rubio, de inconfundible aspecto escandinavo. Me pareció haberlo visto en la primera clase, pero no estaba seguro y era ya un dato irrelevante: lo evidente era que le había robado el manuscrito a Borges. Me alarmé y dudé si denunciarlo a los gritos o correr hacia el hombre para rescatar la carpeta puesto que ya no podía avisarle a Borges ni a quienes lo acompañaban. El oficial de migración me dijo no sé qué cosa y en el segundo siguiente perdí de vista al danés, porque era un danés, sin dudas. Sentí un extraño pánico que me duró todo ese día y los que siguieron. Leí con angustia los diarios de toda esa semana, esperando encontrar una denuncia, el reclamo de Borges o sus representantes. Pensé incluso que él podría acusarme de semejante atropello.
Nada. No sucedió nada y, que yo sepa, él jamás pronunció una palabra sobre el episodio. Y yo no volví a verlo hasta una noche de 1985, ya en el desexilio, cuando de la Editorial Sudamericana me invitaron a una charla de Borges sobre un libro de viajes que había escrito con María Kodama. Fui con la intención de preguntarle acerca de aquella carpeta de cuerina color obispo. Pero en un momento, ante la primera pregunta del público, él contó que una vez, durante un viaje en avión, había soñado con un tipo que se le acercaba desde la clase turista y al que él engañaba entregándole un texto apócrifo que aquel hombre jamás le devolvía.
Decidí callar, por supuesto. Borges falleció tiempo después, como todo el mundo sabe, en Ginebra.

26 de octubre de 2019

Galileo Galilei, el mensajero de los astros

El primer encuentro de Galileo con las matemáticas se produjo en 1584. Tenía entonces veinte años y hasta ese momento su inquietud había sido más humanista y artística que científica. Los Galilei provenían de una antigua familia floren­tina venida a menos que hacia mediados del siglo XVI se trasladó a Pisa, donde el 15 de febrero de 1564 nació Galileo. Su padre era un hombre culto, músico teórico, compositor e intérprete, de manera que el ambiente familiar facilitó el desarrollo de las dotes artísticas que desde joven mostró Galileo.
Al igual que su padre, fue un buen intérprete de laúd; dibujaba bien y le atraían las letras: escribió poesías, hizo crítica literaria, intervino en polémicas artísticas y era un gran admirador de los poetas italianos, en especial Dante Alighieri (1265-1321) y Ludovico Ariosto (1474-1533), y amigo de pintores, sobre todo de Ludovico Cardi (1559-1613) llamado el Cigoli, quien en uno de sus cuadros elevó a la Virgen sobre una Luna que reproduce un dibujo que Galileo utilizó en su obra "Sidereus Nuncius" (Mensajero sideral). Según el historiador alemán Erwin Panofsky (1892-1968), Galileo en su juventud deseaba ser pintor, pero su padre lo envió a estudiar medicina, pensando restablecer con la profesión de médico el antiguo lustre de la familia y, en lo posible, mitigar las penurias económicas que fueron una característica de gran parte de la vida de Galileo y su familia.
En 1581, Galileo ingresó en la escuela de medicina de Pisa, comenzando así sus estudios universitarios que le permitieron entrar en contacto con las ideas de Platón de Atenas (427-347 a.C.) y Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.). Por entonces se hallaba más interesado en las matemáticas, en especial la geometría, como fundamento de la pintura y la música, y comenzó a tomar clases en 1584. El contacto con la matemática de Euclides de Alejandría (330-275 a.C.) y Arquímedes de Siracusa (287-212 a.C.) provocó un vuelco decisivo en su vida; abandonó la medicina en 1585, mientras iniciaba su actividad docente ejerciendo la enseñanza privada en Florencia y en Siena.
Los primeros escritos de Galileo, "Theoremata circa centrum gravitatis solidum" (Teore­mas acerca de los centros de gravedad de los sólidos) de 1586 o 1587, y "La bilancetta" (La pequeña balanza), en la que describió la balanza hidrostática y que circuló manuscrito en 1588, fueron estudios inspirados en Arquímedes. Sus trabajos lo hicieron relacionarse con los matemáticos de la época y en 1589 logró ingresar como lector de matemática en la Universidad de Pisa, que cuatro años antes había abandonado como estudiante. En 1592 mejoró algo su situación al ingresar con igual cargo a la Universidad de Padua, en donde pasó los dieciocho años más fecundos y tranquilos de su vida., enseñando geometría, mecánica y astronomía, con su inevitable acompa­ñante, la astrología, a la que consideró con un marcado escepticismo.
El Arquímedes que influyó en Galileo, no fue tanto el matemático puro sino el autor de las leyes de la estática y la hidrostática. El hecho de que a partir de principios intuitivos y mediante teoremas matemáticos demostrados con todo rigor lógico pudieran obtenerse leyes naturales, lo condu­jo a uno de los principios básicos de la física actual: el de que la matemática es una herramienta indis­pensable en la investigación de la naturaleza.
Por supuesto, eran diferentes las atmós­feras culturales y las concepciones científicas de las épocas respectivas. Arquímedes, fiel a la concepción griega, fue un teó­rico, un contemplativo; su mundo matemático era un mundo de ideas y conceptos abstractos, en donde se anteponía el conocimineto a la acción. Galileo, en cambio, fue un científico del Renacimiento, una época de hombres prácticos, de hombres de acción. De su mente lúcida -pero también de su habilidad manual- salió el péndulo aplicado a los relojes, el compás de proporciones, el termoscopio, el telescopio y el microscopio. La construcción y el empleo por Galileo del instrumento óptico que en 1611, en el ámbito de la Academia dei Lincei, se denominó telescopio, representó un mo­mento importante en la historia de la ciencia, ya que dio co­mienzo a la era instrumental en la física e inició una nueva era en la astronomía: la telescópica.
Previamente, varios sistemas astronómicos se habían ocupado de los movimientos celestes, a saber, el del antes citado Aristóteles, el de Claudio Ptolomeo (85-165), el de Nicolás Copérnico (1473-1543) y el de Tycho Brahe (1546-1601). Dejando de lado este último, más artificioso que científico, los restantes mostraban diferencias frente a los dos criterios fundamentales según los cuales pueden clasificarse los sis­temas de la astronomía antigua: la movilidad de la Tierra y la realidad física del sistema.
El sistema de Aristóteles era una modificación del sistema de Eudoxo de Cnidos (408-355 a.C.), un sistema que explicaba los movimientos celestes me­diante un juego de veintisiete esferas que giraban uni­formemente alrededor de la Tierra fija e inmóvil. Un astrónomo algo posterior, Calipo de Cízico (370-300 a.C.), añadió a ese sistema algunas esferas más, mientras Aristóteles, por razones más metafísicas que físicas, lo completó con el agre­gado de una serie de "esferas compensadoras", confi­riendo a ese complicado mecanismo de más de cincuenta esferas una apariencia física, que no poseía el sistema original de Eudoxo, puramente geométrico. El sistema de Ptolomeo fue el sistema clásico de la astronomía antigua. Alrededor de la Tierra fija e in­móvil, los planetas se movían de acuerdo a un intrincado sistema, puramente matemático, con un movimiento circu­lar y uniforme.
Ante los aspectos distintos de estos dos sistemas de astrónomos tan respetados como Aristóteles y Ptolomeo, surgió cierto escepticismo entre sus colegas medievales, en especial cuando en la Baja Edad Media comenzó a insinuarse la idea de la Tierra móvil, una idea que preparó el camino al sistema de Copérnico, quien mantuvo con Ptolomeo algunos aspectos co­munes. El hecho de colocar al Sol como centro del universo y aceptar la movilidad de la Tierra otor­gó al sistema copernicano una realidad física, y la afirmación de esa reali­dad fue vigorosamente defendida por Johannes Kepler (1571-1630) primero, y posteriormente por Galileo. En definitiva, en aquellos tiempos, tres sistemas se disputaban la explicación de los cielos: el de Aristóteles, geostático, con cierta apariencia física; el de Ptolomeo, geostático y puramente hipotético, matemá­tico; y el de Copérnico, de Tierra móvil y Sol estable, dotado de realidad física, aunque aparentemente dudosa.


Galileo no fue copernicano desde el comienzo. Lo dijo él mismo: "Suponía entonces que la doctrina de Copérnico comportaba una verdadera locura, pero más tarde una persona inteligente, en quien tenía plena confianza, me manifestó que no se trataba de nada ridículo; en vista de lo cual me preocupé en averiguar la opinión de otras personas, encontrando que mientras muchos habían pasado del sistema de Ptolomeo al de Copérnico, no había uno solo que del sistema de Copérnico hubiera regresado al de Ptolomeo; de ahí que comencé a creer que quien aban­dona una opinión aprendida desde la infancia, y com­partida por muchos, para adoptar otra seguida por muy pocos, negada por todas las escuelas y que más se asemejaba a una enorme paradoja, debía necesaria­mente sentirse movido, por no decir forzado, por ra­zones muy eficaces".
Galileo recordó también que la reforma gregoriana del calendario efectuada en 1582 se había hecho en base a las tablas de Copérnico. Además, pronto aparecieron nuevos argumentos en contra de los sistemas antiguos y en favor del copernicano, sistema éste al que probablemente adhirió Galileo en la época de su enseñanza en Pisa. A pesar de que en ella seguía manteniéndose dentro de la tradición clásica, en una carta que dirigió a Kepler en 1597 dice "hace ya muchos años adopté la doctrina de Copérnico, y su punto de vista me permite explicar muchos fenómenos de la naturaleza que, por cierto, quedan sin explicación atendiendo a las hipótesis más corrientes. He escrito muchos argu­mentos en apoyo de Copérnico y he refutado el punto de vista opuesto, escritos éstos que, sin embargo, no me atreví hasta ahora a que viesen la luz pública, temeroso de la suerte que corrió el propio Copérnico, nuestro maestro, quien, aunque adquirió fama inmortal, es para una multitud infinita de otros (que tan grande, es el número de necios) objeto de burla y escarnio".


La primera manifestación pública de Galileo en con­tra de los sistemas antiguos se produjo con motivo de la aparición de un nuevo astro, una "nova" (estrella que aumenta enormemente su brillo de forma súbita y después palidece lentamente) en 1604. Este fenómeno no común, tanto más extraño en una época en que los fenómenos celestes se vinculaban con los asuntos hu­manos, atrajo extraordinariamente la atención de los astrónomos, quienes conje­turaron distintas interpretaciones del hecho, como un fenómeno sublunar, una estrella no adver­tida hasta entonces o un nuevo acto creador, precursor de acontecimientos notables. Lo concreto fue que el fenómeno motivó las primeras observaciones astronómicas de Galileo, por supuesto con me­dios muy rudimentarios.
Un nuevo acontecimiento condujo a Galileo, cinco años después, a la construcción y empleo de un teles­copio. Encontrándose en Venecia, le llegaron noticias de que al conde Mauricio de Nassau (1567-1625) le había sido presentado por un holandés un anteojo con el cual las cosas lejanas se veían tan perfectamente como si estuviesen muy cerca. "Con este dato regresé a Padua -contó el propio Galileo-, donde entonces vivía, y reflexionando sobre el problema, esa noche misma lo resolví, fabricando al día siguiente el instrumento y dando cuenta de ello a los mismos amigos de Venecia con los cuales el día anterior habíamos discutido sobre este asunto. Con gran esfuerzo me dediqué de inmediato a fabricar otro más perfecto, que seis días después llevé a Venecia, donde con gran maravilla fue visto por todos los principales gentileshombres de esa república".
El primer escritor que se ocupó de las "lentes cristali­nas" -reconociendo que eran útiles al hombre aunque nadie supiera explicar su funcionamiento- fue el astrónomo italiano Giambattista della Porta (1535-1615) en su libro "Magiae naturalis" (Magia natural) de 1558; observaciones que repitió en "De refractione optices" (De las refracciones ópticas) en 1589 aludiendo a una combi­nación de lentes que posiblemente haya servido para la construcción del telescopio. El hecho es que en 1590 apareció en Holanda un anteojo de fabricación italiana. A partir de entonces, el conocimiento y construcción del instrumento se difundió como una curiosidad. Fue mérito de Galileo el dedicar gran parte de su tiempo a perfeccionarlo y a construir numerosos ejemplares, advirtiendo su utilidad tanto para actividades como la guerra o la navegación, como para la observación del cielo, en donde, según los aristotélicos, nada había que observar, pues en él, a diferencia del mundo sublunar donde imperaba el cambio, todo era eterno e inmutable.


Cuando a partir de sus observaciones de­dujo que el cielo no era tan inmaculado como aseguraba Aristóteles, afirmó en una carta del 7 de enero de 1610: "De esas observaciones nin­guna se ve o puede verse sin un buen instrumento, de ahí que podemos creer que hemos sido los primeros en el mundo en descubrir tan de cerca, y tan claramente algo respecto de los cuerpos celestes". Allí también narró sus observaciones de la Luna y de tres estrellas, antes invisibles, en las proximidades de Júpiter, que sólo tres días después adver­tió que no eran estrellas fijas, sino "planetas". A estos descubrimientos agregó el reconocimiento de la Vía Láctea como conjunto de estrellas y la exis­tencia de numerosas estrellas, antes invisibles, en las Pléyades, en la constelación de Orión y en un par de nebulosas.Ante la importancia de estos descubrimientos redac­tó de inmediato su célebre "Sidereus nuncius" (Mensajero de los astros), que apareció en Venecia en marzo de 1610. Después de su publicación, Galileo pasó a Florencia como mate­mático de la corte de Toscana continuando sus obser­vaciones y estudios astronómicos hasta 1619, y con menor intensidad a partir de esa fecha. Pero, aún en Padua, observó las manchas del Sol -aunque la explicación de este fenómeno fue publicada antes por Christoph Scheiner (1573-1650)-, y el aspecto "incorpóreo" del anillo de Saturno -lo que fue profundizado en 1656 por Christiaan Huygens (1629-1695). También realizó observaciones de los planetas Marte y Mercurio, y advirtió las fases de Ve­nus, la última de sus observaciones importantes, con las que demostró que todos los planetas eran de "natura­leza tenebrosa", es decir que no brillaban con luz propia sino por luz reflejada, con lo que dejaron de ser considerados "estrellas errantes", como se los llamaba entonces para distin­guirlos de las "estrellas fijas". En varias ocasiones, Galileo aludió a un libro, "Dialogus de systemate mundi" (Diálogos del sistema mundo), en el cual se pro­ponía tratar más extensamente muchas de las cuestiones vinculadas con los "sistemas del mundo". Este propó­sito fue suspendido en 1616 cuando la Iglesia prohibió el libro "De revolutionibus orbium coelestium" (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) de Copérnico, que volvió a permitirse con algu­nas correcciones cuatro años después.


Cuando en 1623 -bajo el nombre de Urbano VIII- subió al trono papal el cardenal Maffeo Barberini (1568-1664), amigo de Galileo, éste pudo retomar la tarea para terminarla a fines de 1629. En 1632, después de largas y laboriosas gestiones para la aprobación eclesiástica, apareció el célebre "Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo" (Diálogo sobre los dos sistemas del mundo), donde expuso las ra­zones filosóficas y naturales de los sistemas tolemaico y copernicano. La aparición del libro desató una tormenta tan vio­lenta como inesperada. Galileo fue acusado, se lo obligó a comparecer ante la Inquisición en Roma y, en junio de 1633, fue obligado a abjurar. Se lo sentenció a prisión formal por "el tiempo del agrado del Santo Oficio" y se prohibió su libro; una prohibición que se mantuvo hasta 1822.
Confinado en su casa de Florencia y a pesar de la amargura, el reumatismo y la ceguera, en 1638 hizo publicar sus "Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze" (Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias), en los que se refería a la mecánica y a los movimientos locales. Con ese libro nacieron dos nuevas ciencias: la resistencia de los materiales y la dinámica, con la ley de la caída libre y su aplicación a la trayectoria de los proyectiles.
El 8 de enero de 1642, Galileo, uno de los fundadores de la ciencia mo­derna, falleció a los setenta y ocho años de edad. Casi cien años más tarde, se erigió un mausoleo en su honor en la iglesia de la Santa Cruz de Florencia. Hubo que esperar hasta el 31 de octubre de 1992 para que, ante la Academia Pontificia de la Ciencia, Karol Wojtyła (1920-2005) -el por entonces papa Juan Pablo II- declarase oficialmente que Galileo era inocente de la acusación por la que había sido condenado en el año 1633. Tuvieron que pasar trescientos cincuenta y nueve años, cuatro meses y nueve días para que los representantes de Dios en la tierra considerasen que los estudios por él realizados no eran perjudiciales a la tradición católica. A Galileo, que ante el tribunal presidido por el cardenal inquisidor Roberto Belarmino (1542-1621) tuvo que bajar la cabeza para salvarla -aunque sin dejar de repetir su célebre "eppur, si muove" (y sin embargo, se mueve)-, se le concedió así una satisfacción póstuma incapaz de remediar la pesadumbre y la soledad de los últimos años de su vida, transcurridos en cárceles y encierros domiciliarios, como correspondía a un "penitente de la Inquisición".

20 de octubre de 2019

El campo, la carne y las elecciones en el Buenos Aires colonial


Desde el 4 de agosto de 1826 hasta el 25 de setiembre de 1858, se publicó semanalmente en Buenos Aires el periódico en lengua inglesa “British Packet and Argentine News”. Fundado por Thomas George Love (1793-1845), un contable inglés que arribó al Río de la Plata en 1820, aparecieron en total 1.666 números y la impresión se hizo, sucesivamente, en las imprentas de Jones, del Estado, de la Gaceta Mercantil, de Hallet, de Crónica y, por último, en la del propio periódico.
El origen del semanario estuvo en el notorio incremento de las relaciones comerciales entre la Argentina y Gran Bretaña luego de las guerras de emancipación de Hispanoamérica, y la consiguiente consolidación de la comunidad británica en el Río de la Plata. Lo notable del “British Packet”, si se lo compara con otros periódicos de la primera mitad del siglo XIX, fue su inicial independencia de criterio y su capacidad de crítica en todo lo concerniente a la vida pública y las costumbres de la época.
El escritor e historiador franco-argentino Paul Groussac (1848-1929), que no fue complaciente con nadie sino todo lo contrario, decía sobre su editor en un artículo recogido en su obra “Anales de la Biblioteca”: “Su tono habitual es la ironía risueña y sus crónicas sociales, teatrales y callejeras son deliciosas, a diferencia de la desesperante indigencia de otros periódicos que sólo contienen vociferaciones y adulaciones oficiales. Nutrido en las letras clásicas, Love prodiga las citas de Virgilio y Shakespeare a propósito del baño en el río, de las bandas musicales de los cívicos que tocan en la Alameda o en la esquina de las calles Perú y Victoria”.
El periódico no se limitaba a transcribir los documentos oficiales sino que casi siempre le agregaba su propio comentario, según los casos correctivo o simplemente didáctico. En esa línea, el 12 de mayo de 1827 publicó un artículo titulado “Ávidos de tierras”, que decía textualmente: “Creemos que la totalidad de las tierras del Estado están arrendadas a particulares. Desde el comienzo de la guerra han sido tomadas con inusitada avidez. El estancamiento del comercio, combinado con el cambio producido en la moneda circulante, ha contribuido, sin duda, a esto. El primero ha inmovilizado grandes capitales, mientras que la depreciación del último actuó como estímulo para inversiones en propiedades permanentes y mejoradas, como pueden considerarse los establecimientos de pastoreo y agrícolas, tanto para los individuos como para el gobierno, en las actuales condiciones. El interés público mira hacia el interior y promete producir beneficios esenciales para el país, reforzando la riqueza y los recursos de la Nación. Desde el año 1820, la provincia de Buenos Aires ha padecido una gran sequía, que impidió buenas cosechas de trigo en todo este período y produjo efectos más o menos perjudiciales en la cría de ganado. En algunos de esos años, la sequía llegó a ser muy intensa, como ocurrió en otras épocas, especialmente a fines del siglo pasado; pero la repetición durante los últimos seis años hace necesarias lluvias abundantes y frecuentes, que esperamos caigan este año, a juzgar por la fuerza con que la estación de las lluvias ha comenzado en el interior. En Buenos Aires, acaban de iniciarse y nos dan esperanzas no menos sólidas. Un buen año nos dará carne y pan abundante, así como también otros artículos de primera necesidad que produce el país y, con esto, las calamidades de la guerra no se sentirán tanto. Como hasta ahora no se han hecho tentativas para asegurar riegos permanentes por medio de pozos u otras reservas, no puede menos que desearse el auxilio constante de un tiempo favorable”.


El mismo día y con el título “La carne liberal”, publicó lo siguiente: “Como consecuencia de la escasez de carne fresca que se ha experimentado durante los últimos tiempos, el presidente de la República ha emitido un decreto por el cual el precio de la carne se ha fijado en seis reales la arroba, para la de mejor calidad, y en cinco para la de inferior. Si estas reglamentaciones resultaran insuficientes para mantener una constante y amplia afluencia de carne fresca, el gobierno otorgará el privilegio exclusivo para proveer el mercado de ese artículo, a aquellas personas que puedan ofrecer hacerlo en los términos más razonables. El preámbulo del decreto muestra evidentemente que el principio que hasta el momento rigió a esta parte de la economía municipal ha resultado equivocado. La competencia, en la mayoría de los países, es la mejor garantía de precio equitativo en las mercancías; mientras que ni la autoridad misma puede, sin interferir en los derechos individuales, obligar a la venta de propiedad privada de cualquier clase, con pérdida. El gobierno está enterado de esto, pero se ha demorado en anular el sistema establecido debido a los prejuicios que existen con respecto a sus atribuciones, que hasta ahora han comprendido la intervención en la venta de los artículos de primera necesidad, especialmente de carne y pan. Las reglamentaciones existentes continuarán en vigor sólo hasta el fin del año actual, cuando el mercado se abrirá a todos y los precios quedarán libres de limitaciones, con excepción, quizás, de algunos casos particulares. La atención que hasta el momento ha prestado la policía al peso de los artículos continuará y cualquier vendedor que sea sorprendido defraudando en el peso será enviado a servir en el ejército o, si es inapto, por dos años en trabajos públicos”.


Unos meses más tarde, el 3 de noviembre de 1827, bajo el título “La situación nacional”, decía: “La Nación Argentina se encuentra por cierto en una situación muy particular. Después muchos años de revolución, tras haber pasado por todas las vicisitudes de la vida pública, todavía nos vemos obligados a discutir las bases fundamentales de aquellos principios sin los cuales no puede existir la libertad cívica. Parece que la opinión pública no ha tenido tiempo de definirse a favor de ninguno de ellos y, lejos de descubrir en el pueblo reglas invariables de conducta política, sólo encontramos una especie de oscuridad visible, un caos de ideas inconexas, expuestas a tomar direcciones contradictorias de acuerdo con el acontecer de los hechos y con los hombres que se presentan en la escena pública. Amigos sinceros de este país y cálidamente interesados en su gloria y su felicidad, deploramos esta incertidumbre en que se debate la opinión pública y haremos todos los esfuerzos, dentro del alcance de nuestros recursos y de la línea de imparcialidad que nos hemos trazado, para contribuir a desarraigar un mal que tememos fructificará con las consecuencias más desastrosas. Ante todo, nos es penoso ver la primera de las instituciones públicas, las elecciones, sometida a la irregularidad de una legislación ocasional y desprovista de una base firme que es la única que puede asegurar su permanencia. Sabemos que la legislación tiene un gran vacío en este aspecto tan importante, pero lo que la ley no ha hecho, debe hacerlo la opinión pública. Si el pueblo estuviera ilustrado sobre estas cuestiones, no veríamos de nuevo ahora la manzana de la discordia arrojada entre los partidos”.
El 1 de diciembre de 1828 se consumó un golpe de Estado a manos del general Juan Lavalle (1797-1841) para derrocar al por entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires Manuel Dorrego (1787-1828) quien, doce días más tarde sería fusilado. En su edición del 26 de diciembre, el "British Packet and Argentine News" publicó un pormenorizado detalle de los funerales del general derrocado haciendo mención a los conspiradores de la rebelión militar, entre ellos Martín Rodríguez (1771-1845), Julián Agüero (1776-1851), Ignacio Álvarez Thomas (1787-1857), Salvador M. del Carril (1798-1883), Valentín Alsina (1802-1869) y Florencio Varela (1807-1848), por lo que el periódico fue clausurado.
Recién un año más tarde, cuando las tropas federales derrotaron a los unitarios que respondían a Lavalle y Juan Manuel de Rosas (1793-1877) fue proclamado Gobernador y Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos Aires, el periódico volvió a aparecer, por lo que resueltamente se inclinó a favor de la causa federal y, con la discreción que lo distinguía, no eludió sus simpatías por Rosas.
Tiempo después, en el ejemplar del día 8 de diciembre de 1832, apareció la noticia “La reelección de Rosas”: “El brigadier general Juan Manuel de Rosas ha sido reelecto gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires. El 8 de diciembre de 1829 había asumido el cargo de gobernador y por haberse cumplido los tres años fijados por la ley, su mandato expira el día de la fecha. El 5 del corriente, a la una de la tarde, la Sala de Representantes se reunió y procedió a elegir gobernador de la provincia. Estaban presentes 36 de sus miembros y votaron de la siguiente manera: por el brigadier general Juan Manuel de Rosas, 29 votos; por don Tomás Manuel de Anchorena, 4; por don Vicente López, 2; por don Luis Dorrego, 1. Concluida la votación, el presidente proclamó la elección del señor Rosas, la que fue recibida con grandes aplausos por parte de los espectadores que en número considerable ocupaban la galería. Varias composiciones poéticas impresas que fueron distribuidas detallaban los servicios del señor Rosas y lo llamaban orgullo de América, César argentino, héroe y salvador de la República”.
Si algunos aspectos de las noticias de aquella época guardan alguna semejanza con la actualidad es mera coincidencia.

19 de octubre de 2019

H.P. Lovecraft: el alquimista alucinado (II)


Es en vano especular sobre la existencia íntima de Lovecraft como hombre casado, pues hay en sus cartas un abundante material propuesto para el estudio de los psiquiatras. Era reticente respecto de su unión: en los cinco millones de palabras que representan su correspondencia, nadie fue capaz de descubrir una sola que constituya una crítica a su mujer; si hubo puntos débiles en ese matrimonio, Lovecraft asumía la responsabilidad. Su esposa era una mujer llena de vitalidad y de seguridad, Howard era tímido y reservado; sus personalidades no se complementaban en absoluto. Tal vez por ello no sea casual que las mujeres en la obra de Lovecraft escaseasen y no fueran compasivas, comprensivas ni amables. Los pocos personajes femeninos en sus historias fueron, invariablemente, sirvientas de las fuerzas del mal.
Además, Lovecraft no toleraba Brooklyn, donde vivía con ella. Fue allí donde sus opiniones racistas se transformaron en una auténtica neurosis racial. Siendo pobre, debía vivir en los mismos barrios que esos inmigrantes “obscenos, repelentes, de pesadilla”. Se codeaba con ellos en la calle, en los parques públicos. En el Metro lo empujaban “mulatos grasientos y burlones”, “negros horribles parecidos a enormes chimpancés”. Allí conoció el odio, el asco y el miedo, a tal punto que el escritor Frank Belknap Long (1901-1994) estimaba que su salud mental aumentaría si no se tomaban medidas para que volviera a Providence y se interpuso para persuadir a la tía de Lovecraft -la señora Gamwell- de que tomara medidas para así poner fin al infortunio y al estado lamentable del escritor.
Luego, Lovecraft se quedó en Providence. La excepción fueron algunos viajes cortos para visitar a los amigos bajo cielos más clementes: el ya citado reverendo Henry S. Whitehead y el poeta vanguardista Robert Hayward Barlow (1918-1951) en Florida, por ejemplo; o para estudiar los monumentos históricos en las viejas ciudades del continente norteamericano: St. Agustin, New Orleans, Charleston, Natchez, Quebec, Boston, Filadelfia y otras, lugares que él denominaba “coloniales inglesas”. En uno de esos viajes conoció al que sería su gran amigo y difundidor de su obra, el escritor y antologista estadounidense August Derleth (1909-1971), con quien, a pesar de su diferencia de edad, creó una fuerte amistad. Derleth lo apodó “el viejo”, cosa que a Lovecraft le encantó, ya que le daba un aire señorial y de sabio que tanto le gustaba demostrar.


Parecía ser alérgico a las temperaturas rigurosas y reaccionaba desfavorablemente a temperaturas inferiores a los 20°, y en sus últimos años a los 30°. Por eso viajaba poco en el invierno; de tanto en tanto iba sin embargo a New York, para visitar el Kalem Club, un sitio insólito y extraño que congregaba a escritores y fanáticos de la ficción. El Kalem fue probablemente la primera de las organizaciones de “fans” que se crearon desde esa época. El nombre de Kalem fue adoptado porque los apellidos de los miembros del club comenzaban por una K, una L o una M, no solamente los de los tres fundadores, los escritores Reinhart Kleiner (1892-1949), Frank Belknap Long (190-1994) y Everett Mc Neil (1862-1929), sino también los de los miembros más recientes: James F. Morton (1870-1941), Arthur Leeds (1882-1952), Samuel Loveman (1887-1976), Herman C. Koenig (1893-1959), George Willard Kirk (1898-1962) y el propio Lovecraft. Los miembros del Kalem Club rápidamente vieron en él al Poe del siglo XX, y en consecuencia le otorgaron un sitio de privilegio. Las reuniones del Kalem Club discurrían entre charlas, discusiones e incluso lecturas de obras en progreso.
Con los años gozó de una pequeña reputación. Dos historias entre las más señaladas, “The colour out of space” (El color que bajó del cielo) y “The Dunwich horror” (El horror de Dunwich), obtuvieron las tres estrellas en la colección anual de los mejores cuentos publicados por la revista “Weird Tales”. Algunas de esas historias fueron reproducidas en el “London Evening Standard”, y en las antologías “Not at night” (No en la noche) de Christine Campbell Thomson (1897-1985) y  “Creeps by night” (Escalofríos por la noche) de Dashiell Hammett (1894-1961). Sus publicaciones aumentaron, sin que fuese de una manera espectacular, pero ellas comprendían, además de las del “Amazing Stories”, el “Astouding Stories” y la “Tales of Magic and Mystery”, a las publicadas en “Weird Tales”, que recogió ocho de cada diez relatos escritos por Lovecraft.


Los años le trajeron otros cambios menos agradables. En 1932 su tía, la señora Clark, moría y menos de un año más tarde, Lovecraft y su tía sobreviviente, Annie Gamwell, fueron a instalarse en el n° 66 de la College Street, casa que iba a ser el último domicilio de Lovecraft en Providence. Sólo le gustaba escribir por la noche, aun cuando durante el día cerraba los postigos para trabajar con luz eléctrica; mantenía una voluminosa correspondencia con casi un centenar de personas y ello en forma regular. Era un epistolario brillante.
Adoraba pasearse por la noche por las calles de Providence, las mismas que Edgar Allan Poe (1809-1849) había fatigado muchos años antes. De tiempo en tiempo abandonaba su correspondencia para escribir una nueva historia, pero nunca estaba muy satisfecho de su trabajo, al que encontraba cargado de un espíritu comercial. Lo que producía le parecía demasiado lejos de lo que había soñado, aunque escribía cada vez menos. Fuera de sus viajes, sus costumbres no variaban. Durante el invierno vivía como ermitaño; en verano, iba a los bosques a encontrar los lugares que había conocido en su infancia, a escribir cartas, poemas (en el estilo de su querido siglo XVIII) y fragmentos de historias.
Sin embargo, su estado de salud se agravaba poco a poco. Entre sus cartas escritas en 1936 se encuentran alusiones a pequeños inconvenientes y a debilidades desagradables, aunque nada de ello, ni aun de lejos, se parecía a una queja. Mientras tanto, su enfermedad se complicó durante el otoño de 1936 y a comienzos del invierno de 1937. Debía estar al corriente de la naturaleza de su enfermedad, dado que el 17 de febrero de ese año, hablando del renacer de su interés por la astronomía, escribió: “Es raro advertir como las curiosidades de la juventud renacen hacia el fin de la vida”. Poco tiempo después era llevado al Jane Brown Memorial Hospital, de Providence.


Murió en la madrugada del 15 de marzo de 1937 de un cáncer intestinal. Tres días más tarde fue enterrado en la concesión que su abuelo tenía en el cementerio de Swan Point; desde hacía diez años hablaba de aquel lugar cada vez más. Solía profetizar: “Ese es el lugar donde reposaré un día”. Su nombre está grabado sobre el monumento central, pero ninguna lápida señala el emplazamiento de su sepultura. Tenía apenas casi cuarenta y siete años, los que dadas las peripecias de su vida, parecieron muchos más. Dejó a la posteridad obras trascendentales como “The music of Erich Zann” (La música de Erich Zann), “The call of Cthulhu” (La llamada de Cthulhu), “The case of Charles Dexter Ward” (El caso de Charles Dexter Ward),At the mountains of madness” (En las montañas de la locura) yThe shadow over Innsmouth” (La sombra sobre Insmouth) entre muchas otras.
Cuatro años antes de fallecer publicó “Notes on weird fiction” (Notas sobre el arte de escribir cuentos fantásticos), ensayo en el que contó: “La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas, ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista”.
“The Penguin Encyclopedia of horror and the supernatural” (Enciclopedia Penguin del horror y lo sobrenatural) subrayó en 1986 algunos aspectos de su escritura: “Algunos han criticado sus obras por su estilo ampuloso, repleto de adjetivos, pero la armonía y el equilibrio en sus mejores cuentos justifican plenamente esa práctica como deliberada. Se formó a conciencia en este género apropiándose de sus recursos, manipulándolos a su antojo y llevándolos al límite con convincente facilidad”. Veinte años más tarde, en 2006, el novelista y ensayista francés Michel Houellebecq (1956) apuntó en su ensayo H.P. Lovecraft: contre le monde, contre la vie” (H. P. Lovecraft: contra el mundo, contra la vida): Siempre quiso verse como un gentilhombre de provincias, que cultiva la literatura como una de las bellas artes, para su propio deleite y el de algunos amigos, sin preocuparse por los gustos del gran público, los temas de moda o cualquier otra cosa por el estilo. Un personaje semejante ya no tiene cabida en nuestras sociedades. En una época de mercantilismo enloquecido, es reconfortante encontrar a alguien que se niega con tal obstinación a ‘venderse’”.


Se trató, en definitiva, de un precoz y antisocial lector que logró convertir su propio infierno personal en la proyección de inquietudes más profundas, latentes en la sociedad de los años ‘20. Al hacerlo, fue el creador de una narrativa original que colaboró al surgimiento de un tipo de literatura fantástica que sigue existiendo. Concibió un mundo de mitología y fantasía en sus novelas y cuentos influenciado por el escritor y dramaturgo anglo-irlandés Lord Dunsany (1878-1957), por el autor de ficciones inglés William Hope Hodgson (1877-1918), por el escritor galés de literatura sobrenatural y de terror fantástico Arthur Machen (1863-1947) y, por supuesto, por el autor de “The murders in the Rue Morgue” (Los crímenes de la calle Morgue), su admirado Edgar Allan Poe. Con su estilo gótico, sus obras están cargadas de magia, misterio y terror, elementos todos ellos que lo convirtieron  en uno de los grandes nombres de la literatura fantástica y de ciencia ficción, al que el famoso escritor estadounidense de novelas de terror, ficción sobrenatural y misterio Stephen King (1947) definió como “el príncipe oscuro y barroco de la historia del horror del siglo XX”.

18 de octubre de 2019

H.P. Lovecraft: el alquimista alucinado (I)


Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island; era hijo de Winfield Scott Lovecraft y de Sarah Susan Phillips, ambos de ascendencia predominantemente inglesa. La madre de Lovecraft, que tenía numerosos hermanos y hermanas, no estaba despojada de distinción; su padre, por otra parte de condición modesta, poseía una biblioteca importante cuya estantería a menudo sirvió de refugio al joven Lovecraft. Era viajante de comercio y la gente solía reprocharle sus aires pomposos. Tres años después del nacimiento de Howard sufrió una serie de trastornos de índole neurológica por lo que fue incapacitado legalmente y hubo necesidad de imponerle al niño un tutor judicial.
Cinco años más tarde, llegado al punto culminante de una enfermedad que lo alejaba cada vez más de la normalidad, terminó por morir en el Butler Hospital, un centro psiquiátrico de Providence. Winfield Lovecraft estaba afectado de paresia (una parálisis parcial de la musculatura) y Sarah -que era neurótica- había decidido principalmente resguardar a su hijo de los rigores y de los peligros de la vida. No sólo es probable sino muy verosímil que Lovecraft nunca supo ni se enteró de las “molestias” que sufría su padre y de la manera como murió.
En Providence, Howard pasó su infancia y su juventud en un círculo relativamente restringido, alrededor de esta ciudad que contaba con una campiña sonriente, atravesada por el río Seekonk. Los Lovecraft pasaron los años correspondientes a la primera infancia de Howard en Auburndale, Massachussetts, donde vivían con una amiga de la madre de Howard, Louise Imogen Guiney (1861-1920), poetisa muy conocida. Su madre, que lo amaba hasta la locura, lo llevó algunas veces a Dudley, Massachussets; allí trabó el más amplio conocimiento con la naturaleza que, como escribiera más tarde “despertó su sentido de lo fantástico”.
Aparte de los años pasados en el College Hope, tuvo una formación autodidacta. Ese muchachón un poco enjuto era de un temperamento enfermizo; durante largos períodos de su adolescencia y de su edad adulta, fue un semi impedido. Tal vez porque era muy mimado, sensible en exceso y manifiestamente distinto a la mayoría de los muchachos de su edad -lo apasionaban la lectura, la química, la geografía-, desde muy temprano comenzó a crearse un mundo para él, o más bien a darle, mediante la escritura, una forma concreta a su universo imaginario.


Fue precoz, tanto en su infancia como en su adolescencia. “Cuando tenía tres años o menos escuchaba ávidamente los típicos cuentos de hadas, y los cuentos de los hermanos Grimm están entre las primeras cosas que leí, a la edad de cuatro años. A los cinco me regalaron ‘Las mil y una noches’, y pasé horas jugando a los árabes, llamándome Abdul Alhazred, lo que algún amable anciano me había sugerido como típico nombre sarraceno”, recordaría años después.
Apenas tenía uso de razón cuando ya escribía poemas y, hacia los trece años, compuso su primera historia “The beast in the cave” (La bestia en la cueva), dentro de la tradición gótica. Pero sus primeros escritos, a partir de los siete años, eran en su mayoría ajenos a la ficción. Se interesó en tal forma por la astronomía que pronto se encontró comprometido en la publicación de una revista mimeografiada, “The Rhode Island Journal of Astronomy” y, a los dieciséis años, entregaba cada mes un artículo sobre los fenómenos astronómicos corrientes al “Providence Tribune”. Todavía iba a clases, pero su estado de salud no le permitía entrar en la Universidad como lo había proyectado.
Es muy probable que los orígenes aristocráticos de sus ancestros maternos influyesen en su obra literaria inicial. Un componente común en esa época fue su marcado odio racial, pues en sus escritos un componente común fue asociar la virtud moral y el elevado intelecto civilizador a la raza blanca, mientras que los corruptos villanos de sus historias eran por lo general personas de clase baja, racialmente impuras, de raza no europea y de piel oscura, carente de virtudes e intelectualmente inferiores. Algunas de sus opiniones racistas más cruentas pueden localizarse en sus primeras poesías escritas en 1912, particularmente en “On the creation of niggers” (Sobre la creación de los negros) y “New England fallen” (La caída de Nueva Inglaterra), en las que plasmó de una forma muy cruda sus prejuicios, caracterizando explícitamente en el primero a la gente negra como bestias subhumanas, y deplorando en el segundo la ruina del “terreno ancestral, donde, de niño, jugué” por el “enjambre alienígena que se congrega en nuestra orilla”.


En 1914, Lovecraft se adhirió a la United Amateur Press Association y allí encontró no sólo a numerosos colegas que rápidamente se convirtieron en amigos y corresponsales, sino también un desahogo para una parte de sus obras de imaginación. En 1916, la United publicó su historia titulada “The alchemist” (El alquimista), escrita en 1908, y luego apareció “La bestia en la cueva” en la pequeña revista de “The Vagrant”. Sólo a partir de 1917, Lovecraft se puso a escribir los cuentos que habrían de asegurarle un lugar preponderante entre los autores norteamericanos de relatos macabros; aquel año escribió “Dagon” (Dagón), la primera historia aparecida en el número de octubre de 1923 de la revista “Weird Tales”.
Pero no fue la primera vez que Lovecraft se manifestó como escritor profesional: en 1922, su cuento melodramático “Herbert West: reanimator” (Herbert West: reanimador) apareció en la “Home Brew”, y más tarde, en el mismo año, esa misma revista publicó igualmente su historia de horror “The lurking fear” (El miedo que está al acecho), con ilustraciones del artista californiano Clark Ashton Smith (1893-1961). Pero fue la fundación de Weird Tales (1923) lo que debía asegurarle un mercado hasta su muerte prematura en 1937.
Nunca tomó compromiso alguno que supusiese una sujeción de su naturaleza demasiado sensible a cualquier clase de dominación; sin embargo intentó enrolarse en la guardia nacional de Rhode Island en 1917, pero lo eliminaron por inaptitud física, específicamente por sus “malestares nerviosos”. La fortuna de la familia no cesaba entonces de declinar, sobre todo luego de la muerte del abuelo materno de Lovecraft, Whipple V. Phillips, ocurrida en 1904. La pobreza influyó sobre la existencia de Lovecraft. Ante todo, como no era capaz de “hacer dinero”, debió restringirse y vivir el resto de sus días con casi 15 dólares por semana; así, se encontró cada vez más sometido a la dominación afectuosa no sólo de su madre sino igualmente de las hermanas de ésta, las señoras Clark y Gamwell, quienes fueron las únicas que lo sobrevivieron hasta 1941.


La declinación de la señora de Lovecraft fue acelerada: terminó por recluirse en el Butler Hospital en marzo de 1919. Esta mujer estaba agotada mental y físicamente, obsesionada por la cercanía de la bancarrota. Consideraba a su hijo como “un poeta de un grandísimo vuelo” y presentaba serios desequilibrios psíquicos de variado orden. Dos años más tarde, en mayo de 1921, la señora Lovecraft murió. Si bien la muerte de su padre tuvo en el niño Lovecraft escasas repercusiones debido a que prácticamente no pudo conocerlo, la de su madre le supuso una fuerte conmoción.
La bancarrota de su familia, que lo llevó de una casona patricia a una pensión compartida con sus tías en Providence alimentó su resentimiento social. Pero también ese descenso le abrió las puertas a un intercambio de cartas con decenas de escritores y admiradores en las que iría matizando su racismo.
Howard, creyendo que no podía ganarse la vida con una actividad literaria creadora, ofreció sus servicios como “corrector” de textos en prosa o en versos, y de esta manera se aseguró una renta que apenas sobrepasaba el mínimo vital. Su actividad como corrector le procuró nuevos amigos y corresponsales, del mismo modo que su trabajo para “Weird Tales”. Lovecraft redactó un largo texto para el mago e ilusionista húngaro Harry Houdini (1874-1926), “Marginalia”, y también estimuló a otros autores sugiriéndoles, en ciertos casos, temas de novela. Así, fue el inspirador de un bello cuento del reverendo Henry S. Whitehead (1882-1932) para el que imaginó el punto de partida viendo un espectáculo de feria en Nueva York: era un embrión de un mellizo que formaba un tumor. Esta actividad, asimismo lo puso en contacto con la escritora de origen ucraniano Sonia Greene (1883-1972), por entonces radicada en Brooklyn, para quien hizo el trabajo de revisión de una de sus obras: “The invisible monster” (El monstruo invisible), publicada en la “Weird Tales” y que llevaba la marca de Lovecraft. También colaboró con ella en sus cuentos “Four o'clock” (Cuatro en punto) y “The horror at Martin's Beach” (El horror en la Playa Martin).
La señora Greene, una mujer de negocios divorciada siete años mayor que él, propietaria de una elegante tienda de modas en la Quinta Avenida y escritora aficionada, era miembro de la United Amateur Press Association. La describen como una mujer grande, morena y llena de gracia. Sin duda fue atraída por el tímido Lovecraft, un hombre que no era proclive al matrimonio, ni siquiera a una relación estable o simplemente a mantener una relación que incluya el contacto físico. Sin embargo, con todas sus deficiencias, apostó a una relación con una mujer de personalidad completamente distinta a la suya. Se casaron en Nueva York, en marzo de 1924.


El matrimonio duró poco. La relación estuvo marcada por contrastes insalvables. Lovecraft era obsesivamente reservado mientras que Sonia era compulsivamente extrovertida. Menos de dos años después se separaron y finalmente se divorciaron algunos años más tarde. No podían entenderse por muchas razones: Lovecraft escribía en 1931 que su “única experiencia matrimonial se había terminado frente a un tribunal de divorcios por razones financieras en un 99 por ciento”. Pero no eran las únicas: en 1931 escribía al escritor norteamericano Vernon Shea (1912-1981): “Dificultades financieras, unidas a divergencias crecientes en nuestras aspiraciones y relativas al medio en el que creíamos vivir, nos condujeron al divorcio sin que mediaran reproches de un lado o del otro, ni tampoco acrimonia”.