12 de marzo de 2026

Concomitancias entre Leopoldo Marechal y Julio Cortázar

Leopoldo Marechal (1900-1970), fue un poeta, dramaturgo y novelista argentino de profundas convicciones estéticas y políticas. De su obra poética se destacan "Los aguiluchos" (1922), "Días como flechas" (1926), "Odas para el hombre y la mujer" (1929), "Laberinto de amor" (1936), "Cinco poemas australes" (1937), "Descenso y ascenso del alma por la belleza" (1939), "El centauro" (1940), "Autopsia de Creso" (1965) y "Heptámeron" (1966). También escribió obras de teatro donde trató mitos clásicos en clave moderna: "Antígona Vélez" (1951) y "Las tres caras de Venus" (1966). En cuanto a su novelística, ésta se compone de "Adán Buenosayres" (1948), "El banquete de Severo Arcángelo" (1965) y "Megafón o la guerra" (1970). Además, publicó varios libros de cuentos, entre ellos “El rey Vinagre”, “Narración con espía obligado” y “Autobiografía de Sátiro”.
Sin duda alguna, su obra más singular es la extensa novela "Adán Buenosayres", cuya trama transcurre durante tres días en una Buenos Aires cotidiana que se convierte en un infierno, donde se encuentran influencias de Dante Alighieri (1265-1321) y James Joyce (1882-1941). El uso combinado del habla callejera, las figuras clásicas y la poética de vanguardia le dieron a la novela un perfil muy particular. En 1948, cuando publicó "Adán Buenosayres" -novela que Marechal elaboró durante diecisiete años-, la crítica literaria, en general, guardó silencio. Eduardo González Lanuza (1900-1984), un químico industrial español radicado en la Argentina, a quien la revista "Sur" y el diario "La Nación" le otorgaron categoría de poeta y crítico literario, peyorativamente calificó al autor de "funcionario del régimen" (haciendo referencia a las simpatías del autor por el peronismo), y el ensayista argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000), en su "Historia de la literatura hispanoamericana" publicada en 1954, sentenció que la novela era un "bodrio con fealdades y aun obscenidades". El mismo ensayista fue quien -en su momento- pronosticó un "oscuro futuro" para la obra de Jorge Luis Borges (1899-1986)...


Pero, entre el mutismo de algunos y el desdén de otros, se escuchó la voz de un casi desconocido escritor de treinta y cuatro años, que apenas había publicado un librito de sonetos y una obra de teatro: se llamaba Julio Cortázar (1914-1984) y no era peronista, sino más bien, todo lo contrario. Cortázar escribió en la revista "Realidad" (nº 14, marzo/abril de 1949): "La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa. Se tiene constantemente la impresión de que el autor, apoyando un compás en la página en blanco, lo hace girar de manera tan desacompasada que el resultado es un dibujo de paranoico, una guarda griega o un ocho de tango canyengue". Y finalizó el comentario: "Tal como lo veo, ‘Adán Buenosayres’ constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras. Para Marechal quizá sea un arribo y una suma; a los más jóvenes toca ver si actúa como fuerza viva, como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro. Estoy entre los que creen esto último, y se obligan a no desconocerlo".
Marechal le escribió a Cortázar en 1965 y le agradeció aquel gesto de antaño. “Mi estimado amigo -escribió- le envío estas líneas, que confieso extrañamente ‘demoradas’, ya que debí escribírselas hace mucho, cuando usted, mostrando una generosidad intelectual y un coraje viril que no abundan en estas latitudes, publicó las primeras palabras bondadosas que recibió ‘Adán Buensoayres’. Pero no le escribo para manifestarle mi gratitud retrospectiva sino para referirme a ‘Rayuela’. Esta obra suya viene a exteriorizar lo que ya estaba como ‘presentido’ en sus anteriores trabajos. A mi entender, ‘Rayuela’ y ‘Sobre héroes y tumbas’ de Ernesto Sabato son los dos monumentos de nuestra narrativa que se yerguen, insólitos y ariscos entre las pequeñeces que dejó ese género literario en nuestra última década. No hace mucho, le decía yo a Sabato cómo nuestros fundadores (Sarmiento, Hernández, Mansilla o Mitre) iniciaron una literatura ‘seria’ con toda la voz que tenían y sin complejo alguno de inferioridad, y cómo esa literatura declinó más tarde en la ‘literaturita’ que hoy se nos da como expresión del ser argentino. Usted, amigo Cortázar, ha reanudado con su obra esa línea de espontaneidad en lo grande. Y conste que no pretendo una grande Argentina levantada frente a una pequeña Argentina que se dé como segundo término de un binomio en oposición, sino una Argentina de ‘tamaño natural’, que responda siempre a las virtualidades de nuestra raza, sin omisiones ni retaceos. Estimado amigo, retirado como estoy de la vida literaria local, tengo informaciones muy vagas de la acogida que su libro tuvo en nuestros medios. Pero la experiencia me hace adivinar y definir así las proporciones de su crítica: un tercio la de los justos, un tercio la de los despistados, y un tercio la de los malignos. ¿Y qué importa? Yo sé decirle, amigo Cortázar, que hoy día sólo me visitan los jóvenes (en su mayoría universitarios de todo el país) y que todos ellos lo han leído a usted, lo admiran y lo quieren. ¡Qué recompensa! Créame. Su afectísimo, viejo y lejano amigo (lo de lejano lo digo por la geografía, pues en el orden intelectual el
Espacio no existe)”.
Desde París, el autor de "Rayuela" -que ya era famoso y seguía siendo antiperonista- le reiteró su admiración: "Perdóneme el que le escriba a máquina, pero la verdad es que pierdo toda espontaneidad tan pronto como tengo la pluma entre los dedos. Como mis cartas son siempre 'en borrador', me siento mucho más cómodo escribiendo a toda velocidad lo que me pasa por la cabeza. Perdóneme también que le conteste con retraso, pero he andado viajando y sólo ahora tengo un poco de tranquilidad para pensar en los amigos. Gracias por su mensaje tan cordial. Creo que tiene razón, porque lamenta haber tardado tantos años en enviarme unas líneas; yo lo lamenté profundamente en la época en que usted publicó ‘Adán Buenosayres’, pero también pensé que usted tendría sus razones para no decirme lo que me dice ahora. Por otra parte, ¿qué importa el tiempo? Lo único bueno es recibir en cualquier momento de la vida una carta como la suya, y pensar que valía la pena haber roto una lanza en su día por una obra admirable. Me alegra de verdad que ‘Rayuela’ signifique algo para usted, porque para mí, es la prueba de que esa tentativa ha cuajado, por lo menos parcialmente. Poco o nada me importa el juicio crítico a dos o tres columnas, sea favorable o negativo; algunas cartas de gente joven, algunos testimonios inesperados y conmovedores, y ahora esta carta suya, me pagan con creces un trabajo de años. Pienso que usted lo comprenderá muy bien, porque nos marcó un gran rumbo con su ‘Adán...’ y porque sin duda pasó por experiencias análogas. Me divierte pensar que Horacio Oliveira se ha juntado alguna noche con el grupo de porteños que vagan por los suburbios, y que lo han recibido como a un amigo. Me divierte y me conmueve imaginármelo junto a ellos asistiendo al glorioso encuentro del taita Flores con el malevo Di Pasquo, saboreando hasta las lágrimas el zapatillazo del pesado Rivera en la cabeza de Samuel Tesler. No cualquiera, creo, tiene entrada al velorio del pisador de barro. Yo agradezco por Horacio, y miro por sobre su hombro. Hasta siempre, Marechal, con un gran abrazo de su amigo, Julio Cortázar".


Javier de Navascués (1964), catedrático de Literatura Hispanoamericana y director del Departamento de Filología de la Universidad de Navarra, es autor de ensayos como “El esperpento controlado. La narrativa de Adolfo Bioy Casares”, “Alpargatas contra libros. El escritor y las masas en el peronismo clásico”, “Sobre novela argentina: ‘Rayuela’ y ‘Adán Buenosayres’” y “‘Adán Buenosayres’: una novela total”. En este último opinó que “una obra como ‘Adán Buenosayres’ presenta cantidad de referencias filosóficas, literarias y bíblicas, tantas claves referidas al contexto de época y tanto espesor simbólico. Tanto ‘Rayuela’ como ‘Adán Buenosayres’ se construyen a partir de la búsqueda de un paraíso, de modo que sus protagonistas deambulan por las calles de Buenos Aires o París tanteando una salida existencial a su desconcierto”.
Para la ensayista argentina Beatriz Sarlo (1942-2024)), existían vínculos notorios entre las obras de Cortázar y Marechal. En 1985, en una de las clases sobre literatura argentina que impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, expresó: "‘Rayuela’ es una novela experimental que se conecta con las vanguardias europeas especialmente. Con ‘Adán Buenosayres’, esa obra gigantesca de Marechal, donde hay un poco de todo, desde la ‘Vida nueva’ de Dante Alighieri hasta la parodia de las vanguardias de 1920 de las que había formado parte Borges, ‘Rayuela’ tiene parentescos evidentes. Como Marechal, Cortázar está comprometido en dos búsquedas: la primera, que en Marechal es religiosa, en Cortázar es metafísica; la segunda es, en ambos, una hipótesis sobre el agotamiento de la forma novela y las salidas de una encrucijada dominada por las convenciones de la representación realista”.
En junio de 2006, la periodista cultural y crítica literaria Verónica Abdala (1973) publicó en el suplemento “Radar” del diario “Página/12” el artículo “El hombre al que mataron en vida” donde, entre otras anécdotas, contó: “Para Abelardo Castillo, Marechal es un grande sin discusiones porque ‘hay en su obra rasgos de una sensibilidad típicamente argentina, que alcanza en Adán Buenosayres sus momentos verbales más altos. Por ejemplo, la constante alternancia entre lo patético y lo cómico, el viraje de uno a otro tono, y su destreza para colar en la cotidianidad pedestre los grandes mitos. Para Sabato, Marechal ‘pasará a la historia de la lengua castellana como insigne hito de la poética y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo no se le pueden arrojar bombas de alquitrán, y será invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el silencio: esos premios que con harta frecuencia los hombres de letras de nuestro país confieren a los que deberían honrar’. Hoy nadie se atreve a cuestionar la importancia para las letras argentinas de este poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Sin embargo, eso no estaba tan claro en el momento de la publicación de su obra cumbre, ‘Adán Buenosayres’, ni durante las dos décadas posteriores. Cuando, en 1948, Marechal publicó ésa, su primera novela, Julio Cortázar escribió: ‘La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas y su diversa desmesura, un signo merecedor de atención y expectativa’. El colombiano y Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escribiría tiempo después que se trata de ‘una de las obras esenciales de la novelística moderna de habla hispana’. La novela, de claro tono metafísico, gira en torno de las desopilantes peripecias que protagonizan Adán y sus amigos en un Buenos Aires siempre sorprendente. Marechal decía que había intentado ‘construir una historia a partir de los cánones de la epopeya tradicional’, intentando que ‘bajo las apariencias de sus conflictos, se manifestase una realización espiritual o una experiencia metafísica de sus héroes’. Sin embargo, la actitud de Cortázar y García Márquez no es del todo representativa de la postura de numerosos colegas y críticos, que ningunearon o ignoraron a Marechal porque no le perdonaban su militancia política”.
Por su parte el historiador argentino Felipe Pigna (1959) publicó el 25 de octubre de 2021 en “Viva”, el suplemento dominical del diario “Clarín”, el artículo “La mágica narrativa de Marechal que cautivó a Julio Cortázar”, en el cual contó algunas vicisitudes de la vida del autor de “Adán Buenosayres”. “Su primera inclinación fue la poesía y nos regaló allá por 1926 su notable ‘Días como flechas’. Tiempo después viajaría a París donde tendría ocasión de frecuentar ambientes intelectuales y bohemios, conectar con las vanguardias culturales y conocer, entre otras personalidades, a Picasso y trabar amistad con Héctor Basaldúa, Antonio Berni y Raquel Forner. A fines de 1929, mientras en Wall Street se desataba una crisis que sumiría al mundo en la miseria y la desesperanza, en alguna mesa de aquellos célebres cafés parisinos, comenzó a escribir ‘Adán Buenosayres’, que recién publicaría en 1948. El ‘Adán’ es una obra cumbre de la literatura argentina muy poco reconocida por los ‘académicos’ y valorado en soledad en su momento por el joven Julio Cortázar quien, además, años más tarde reconocería la enorme influencia de la mágica narrativa de Marechal en su ‘Rayuela’. Su temprana adhesión al peronismo le granjeó la enemistad de Borges y no pocos intelectuales, y el ser excluido de los círculos áulicos y de los suplementos literarios. Su militancia lo llevó a ocupar la dirección General de Cultura y luego la de Enseñanza Artística. Allí promovió el acceso de los sectores populares a todas las manifestaciones artísticas, sin dejar de producir obras como ‘Antígona Vélez’, estrenada en 1951. Al producirse en 1955 el derrocamiento de Perón, fue desplazado de sus cargos y perseguido. Vuelve a la carga a mediados de los ‘60 con ‘El banquete de Severo Arcángelo’, una novela extraordinaria, cargada de humor surrealista, símbolos bíblicos y críticas al capitalismo inhumano. En su obra póstuma ‘Megafón o la guerra’, de imprescindible lectura, elige llamarse como muchos aún lo recuerdan, como “el poeta depuesto”.


Pero la sintonía entre “Adán Buenosayres” y “Rayuela” no fue la única. Hubo más correlaciones entre Cortázar y Marechal. Enfrentados -sólo en apariencias- políticamente, ambos autores sin embargo tuvieron otras afinidades. En "Los premios" de 1960, la primera novela de Cortázar y "El banquete de Severo Arcángelo” de 1965, la segunda novela de Marechal, se dio el cruce de las coincidencias con las divergencias entre ellos. El lazo que unió la trayectoria de estos dos escritores, en muchos aspectos disímiles, pasó por un elemento que ambos tenían en común: el humor. Si bien el humor apareció identificado con una particular manera de trabajar el lenguaje, también actuó como vía para hacer entrar la política en el texto literario.
En 2016, el nº 1 del vol. 4 de la revista “Creación Artística e Investigación Literaria” que edita la Universidad Complutense de Madrid, Ana Davis (1986), Doctora por la Universidad de Sevilla con la tesis “La nación refundada a través de la vanguardia. ‘Adán Buenosayres’ en el campo literario argentino”, publicó un artículo titulado “Dos novelas elípticas: ‘Los premios’ de J. Cortázar y ‘El banquete de Severo Arcángelo’ de L. Marechal”. Allí manifestó: “Ambas obras despliegan una trama similar: un grupo de personajes es convocado para asistir a un viaje (en ‘Los premios’) y a un banquete (en ‘El banquete de Severo Arcángelo’), acontecimientos rodeados de misteriosas situaciones afines. Su mensaje final es también comparable, ya que ninguno de los dos sucesos se lleva a cabo, dando como resultado una postura antitemática y una conclusión nihilista, cuyas connotaciones metafóricas hacen referencia a la vida del hombre moderno, perdido en un mundo ilógico y absurdo”.
Como quiera que sea, vale recordar el texto que Cortázar publicó en la revista “Realidad” de marzo/abril de 1949: “Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con la prosa de Marechal era prueba mayor. Lo que Marechal ha logrado es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras”.