19 de noviembre de 2012

Conversaciones (LII). Ricardo Piglia - Rodolfo Walsh. Sobre la literatura como herramienta política (2/2)

En el mes de septiembre de 2019 se realizó en el Museo Casa de Ricardo Rojas un taller de literatura titulado “Las cosas sucedieron así: una aproximación a la obra de Rodolfo Walsh”. En su presentación, el profesor Ezequiel Pérez (1987) manifestó: “La obra de Rodolfo Walsh presenta un recorrido atípico en la historia de la literatura argentina, al punto tal que ha llevado a gran parte de la crítica a considerarla un género en sí mismo. Desde la aparición de ‘Operación masacre’ -su obra más conocida e influyente- Walsh se presenta como un enigma. Una constante, sin embargo, atraviesa gran parte de sus textos: la importancia de los hechos para fundamentar una escritura que busca intervenir en la realidad política de su época. Ya Ricardo Piglia lo había sintetizado magistralmente en su prólogo a los ‘Cuentos completos’ de Rodolfo Walsh al sostener que hay ‘un punto que sirve de eje a toda su obra: la investigación como uno de los modos básicos de darle forma al material narrativo’; en este sentido, no es casual la importancia del género policial, no sólo en sus primeros cuentos, sino también en aquellas obras de carácter testimonial”.
Precisamente el escritor y crítico literario Ricardo Piglia, autor de numerosos ensayos entre los que se pueden mencionar “La Argentina en pedazos”, “Formas breves”, “El último lector”, “Teoría de la prosa”, “Crítica y ficción”, “Diccionario de novela de Macedonio Fernández”, “Escenas de la novela argentina”,  “Escritores norteamericanos” y “Las tres vanguardias: Saer, Puig, Walsh”, en una entrevista que le hizo el periodista y escritor Hernán Vaca Narvaja (1969) publicada en la “Revista el Sur” el 27 de marzo de 2017, ante la pregunta sobre qué lugar ocupaba en la literatura nacional la figura de Rodolfo Walsh, respondió: “Es importante destacar en Walsh la relación con la ficción. Él ha manejado la tensión con la ficción como un campo que por momentos debe ser excluido de lo que podríamos llamar la literatura política en un sentido pleno. Ha mantenido escindidos los campos, las tensiones internas, pero escindidos en el sentido de que la eficacia de la escritura pasa por un tipo de intervención que excede el plano de lo que se supone es la circulación clásica de la ficción literaria. Y lo más interesante es que, al parecer, él buscó romper los circuitos de circulación. Ahí es donde ocupa un lugar de vanguardia, de ‘experimentación’, al dejar de lado el libro como objeto básico de la circulación de la información”.
Más adelante agregó: “Walsh lo que hace es trabajar con una forma más fragmentaria del relato. Entonces o escribe cuentos o escribe relatos, y ahí hay que ver la construcción de esa forma rápida de percepción de lo real en situaciones muy definidas, como elemento importante de su construcción ficcional. Un elemento. El otro elemento, sobre el que yo creo que hay que insistir muchísimo, es el que es uno de los tipos que mejor escribe la lengua. Tiene un estilo formidable. Es un tipo al que le cuesta mucho este estilo. No tiene nada de facilidad. Su obra prueba que es un tipo que trabaja mucho los textos, pero consigue un grado de precisión y de ‘tono oral’ que es formidable”.
Y concluyó: “Walsh inventa un género -en el sentido de que un género nunca se inventa, un género se trabaja sobre una tradición secreta-, pero hay textos que son constitutivos de un género, que fundan el género. Yo creo que es un poco eso lo que Walsh hace. No es lo que inventa sino lo que funda. Toma una tradición que está dispersa y la constituye”.
Por su parte, el profesor y doctor en Comunicación argentino César Díaz (1960), director del Centro de Estudios en Historia, Comunicación, Periodismo y Medios (CEHICOPEME) de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, publicó en la página web de dicha institución educativa el artículo titulado “Walsh tras la huella de lo popular”. En el mismo, entre otros pareceres manifestó: “Walsh expresaba taxativamente que era ‘imposible hoy en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política o hacer arte desvinculado de la política, es decir si está desvinculado de la política por esa sola definición ya no va a ser arte ni va a ser política’. Resulta evidente entonces que Rodolfo Walsh buscó, incesantemente el anclaje con la realidad, a través de la afinidad que profesaba por el pueblo. Las huellas que dejó el periodista/escritor/militante tras de sí, tienen un inocultable sentido popular que, naturalmente, no está reñido con la belleza y la contundencia de su escritura, pero tampoco con el compromiso con su pueblo”.
En diciembre de 2021, el escritor y editor chileno Felipe Reyes (1977) publicó el artículo “Rodolfo Walsh: el violento oficio de escribir” en “Palabra Pública”, la revista cultural cuatrimestral de la Universidad de Chile. Allí expresó: “‘Escribir es escuchar’, decía Rodolfo Walsh como manual de procedimiento. Una labor signada por esa breve sentencia: la de un observador atento, en permanente estado de alerta, poseedor de un olfato único para captar los fugaces destellos de la realidad y darles sentido en una crónica. El rigor de su análisis y la retórica de su prosa pervive como un testamento ético, como la síntesis de su poética y el legado de un escritor que no claudicó frente al poder, siempre ‘fiel al compromiso de dar testimonio en tiempos difíciles’. Hoy no dejan de reeditarse sus libros, y adquiere mayor interés la recopilación de su periodismo y sus escritos dispersos; en una época en la que se imponen y retuercen realidades alternativas y verdades ambiguas, la palabra viva de Walsh -inteligente, rebelde e incisiva- se vuelve imprescindible”.
El libro “Un oscuro día de justicia” fue escrito por Rodolfo Walsh en 1967, un mes después de la muerte del médico y revolucionario argentino Ernesto “Che” Guevara (1928-1967). Cuando en 1973 se publicó en una edición de bolsillo, se incluyó en el prólogo titulado “Hoy es imposible en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política” la charla que mantuvo con Ricardo Piglia en marzo de 1970, la cual fue grabada y publicada originalmente en la revista “Adán”. Lo que sigue es la segunda y última parte de dicha conversación.


R.P.: Otra cosa que me interesa ver es la relación entre cuento y novela, digamos, en términos generales, esta especie de novela fragmentaria que vos proponés. Es una novela que se va leyendo en textos discontinuos, es el lector quien reconstruye distintos momentos que van formando una sola historia y, a la vez, cierta particularidad en la estructura narrativa que siempre se ordena alrededor de una acción breve; incluso relatos largos, como cartas, están armados sobre pequeñas situaciones. Yo no sé si vos has pensado sobre esto.
 
R.W.: Sí, yo he pensado cosas muy contradictorias según mis estados de ánimo o, en fin, pasando por distintas etapas. El mayor desafío que se le presenta hoy por hoy -y que se le presenta sistemáticamente- a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé bien de dónde procede eso, por qué esa exigencia y hasta qué punto la novela es la forma más justificable, porque hasta cierto punto tiene una categoría artística superior, aunque hay excepciones; a Borges, por ejemplo, nadie le pide una novela. Por otro lado, esto nos lleva a un problema mucho más general sobre el cual habría que indagar, es decir, no he terminado de convencerme ni de desconvencerme. Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido -y solamente en ese sentido- es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía, ¿y por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción.
 
R.P.: De todos modos pienso que esos cambios habría que ligarlos no sólo a la voluntad personal de los escritores, sino también al momento de la lucha de clases en la Argentina. Quiero decirte: no es casual que nos planteemos esa problemática, esta discusión en este momento, a un año del Cordobazo. La movilización de las masas les replantea constantemente a los intelectuales el problema de sus posibilidades y de sus maneras de actuar, participar en la lucha del pueblo.
 
R.W.: Es cierto, ahora en ese sentido los escritores de ficción, dentro del campo de los escritores y de los intelectuales, hemos ocupado una posición de retaguardia porque esto que yo digo en relación con los escritores de ficción no es enteramente cierto en relación con los ensayistas, por ejemplo. No es enteramente cierto porque tipos como Scalabrini Ortiz en el año ‘40 ya eran escritores, no hay ninguna duda, aunque él había empezado escribiendo un cuento. Esos tipos sí fueron una vanguardia. Lo que yo te digo de los escritores era cierto de los estudiantes hace cuatro o cinco años, y la capacidad de ellos de reaccionar con hechos frente al proceso y la de maniobra que tiene un estudiante es mucho mayor que la que tiene un escritor, porque el estudiante reacciona cuando cambia una idea; pero vos, cuando cambia la idea, tenés que escribir un libro, que es más difícil que tirar una piedra, y entonces el movimiento es más difícil y parece más serio. Yo no creo que haya un atraso, sino que, en efecto, el proceso es más duro para los escritores que nos hemos criado en la idea de la novela burguesa; esa novela que uno quiso escribir desde los quince años no sirve para un carajo y en realidad lo que hay que escribir es otra cosa.
 
R.P.: Digamos que de algún modo entonces lo que hay que enfrentar al mismo tiempo es una idea de la literatura.
 
R.W.: O por lo menos desacralizarla un poquito, porque evidentemente Occidente ha hecho del escritor una imagen tan monstruosa como la de la actriz: es la puta del barrio. Son sagrados los tipos. Ahora, para desacralizar a los tipos tenés que cuestionar todo, para la utilidad de lo que están haciendo y sobre todo para poder desafiarlos con su propia ambigüedad, salvo Borges, que preservó su literatura confesándose de derecha, que es una actitud lícita para preservar su literatura y él no tiene ningún problema de conciencia. Vos viste que desde la derecha no hay ningún problema para seguir haciendo literatura. Ningún escritor de derecha se plantea si en vez de hacer literatura no es mejor entrar en la Legión Cívica. Solamente se plantea el problema de este lado; entonces vos tenés que hablar, tenés que decir eso con los escritores de izquierda. Hay un dilema. De todos modos no es tarea para un sólo tipo, es una tarea para muchos tipos, para una generación o para media generación volver a convertir la novela en un vehículo subversivo, si es que alguna vez lo fue. Desde los comienzos de la burguesía, la literatura de ficción desempeñó un importante papel subversivo que hoy no lo está desempeñando, pero tienen que existir muchas maneras de que vuelva a desempeñarlo y encontrarlas. Entonces, en ese caso, habrá una justificación para el novelista en la medida en que se demuestre que sus libros mueven, subvierten. Por otro lado, mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura. Sos un inocente en realidad, vos estás en realidad compitiendo con estos tipitos a ver quién hace mejor el dibujito cuando en realidad te importa un carajo, porque vas a estar compitiendo con estos tipos... hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás, es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de “Rosendo...”, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta. Ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda.