8 de abril de 2017

Héctor Schmucler: "El mundo de hoy, que dice haber derrotado a la utopía, es uno de los modelos totalitarios más absolutos que jamás haya existido" (1/5)

El sociólogo y semiólogo Héctor Schmucler (1931-2018) nació en Hasenkamp, un pequeño pueblo de la provincia de Entre Ríos. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba y obtuvo su licenciatura en 1961 con una tesis sobre la obra de Julio Cortázar (1914-1984). Dos años después, cuando éste publicó “Rayuela”, Schmucler hizo lo propio con el ensayo “Rayuela: juicio a la literatura”, un estudio que generó una amistad y un contacto frecuente con el escritor de la emblemática novela. Entre 1966 y 1968 estudió semiología en la École Pratique Des Hautes Études de París bajo la dirección del semiólogo, crítico literario y filósofo estructuralista francés Roland Barthes (1915-1980). Fue fundador y miembro -junto a José María Aricó (1931-1991) y Oscar del Barco (1928-2024)- del grupo editor de la revista "Pasado y Presente", una de las publicaciones fundamentales en la renovación teórica y cultural del marxismo en la Argentina y en el abordaje de la comunicación en el país influenciado por la Escuela de Frankfurt. Esta editorial también publicó la colección de libros "Cuadernos de Pasado y Presente" la que incluyó obras de Karl Marx (1818-1883), Rosa Luxemburg (1871-1919), Nicolai Bujarin
(1888-1938), Claude Lévi Strauss (1908-2009)​​ y Louis Althusser (1918-1990) por citar sólo algunos.


Schmucler dirigió desde 2004 el “Programa de Estudios sobre la Memoria”, un programa en el que participaron diversos investigadores patrocinados por el Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía de
la Universidad Nacional de Cuyo (UNC) con el objeto de realizar una investigación sobre dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983. Pablo Sevilla (1979), docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de dicha universidad, lo entrevistó para la página web de la institución cuyana. Lo que sigue es la primera parte de la entrevista.
 
Ahora no sé por qué recuerdo un día que estuvo Osvaldo Soriano aquí, caminando por la calle, y mientras nosotros nos íbamos riendo, nos comentó, así como al pasar: "Yo los veo reír a ustedes y recuerdo que fui joven y reírse era prácticamente un pecado".
 
No habría que exagerar mucho porque me parece que en todas las épocas las cosas fueron menos estrictamente rigurosas, tal vez desgraciadamente. La época de la tragedia pasó hace mucho, y cuando digo de la tragedia lo digo en el buen sentido; cada palabra, cada gesto, cada acción tenía una resonancia definitiva. En la época de la tragedia o la época bíblica, las palabras tenían peso, tenían sentido, detrás de cada palabra había una voluntad de expresar, de decir, de afirmar, de actuar. La tragedia, la poesía, la literatura, la gran filosofía, yo no sé si en nuestra época (en la de Soriano y la mía), era tan cortante. Pero es cierto, había cosas de las que era más difícil reírse, es decir, si se la compara con nuestra época donde las palabras han llegado al máximo de su degradación, donde nada significa casi nada o cualquier cosa puede referirse a cualquier orden de concepto, de ideas y valores, donde los valores se diluyen en la medida en que no hay palabras que lo enuncien en toda su fuerza, en todo su rigor. Seguramente Soriano evocaba a esa gente para la que era serio reírse, y algunas cosas había que decirlas en serio porque no admitían ambigüedades; no quisiera reivindicarla como una época necesariamente mejor, ni para decir que esta es mejor, una época donde tal vez pecábamos de reír poco, pero de reír en serio, no reír como un acto de banalidad, de superficialidad, sino como un acto de alegría, de goce, de plenitud, de esa alegría que a veces está muy al lado de la tristeza, del dolor, pero que también es alegría, y también es la alegría del existir. Aquella época que rememoraba seguramente Soriano, un pecado nuestro era el no darnos cuenta de cuantas cosas también teníamos que alegrarnos, de cuantas cosas de la vida, de la existencia, de que debíamos alegrarnos también del hecho de que las cosas existan.
 
Bueno, un texto tuyo dice, corregime si me equivoco: "Si tengo que definir aquella época podría decir que fue la de los años en los que nos preparábamos para la guerra".
 
Sí, sí, yo hablaba tal vez de los '60, en aquellos tiempos, donde todo estaba en esos términos, los términos del enfrentamiento, que eran también los términos de la gran esperanza del triunfo, por esos nos preparábamos para el enfrentamiento; en el mejor de los casos no era sólo el enfrentamiento mismo, sino para triunfar y para consagrar una existencia más plena, más feliz, más justa. Pero para continuar la cita, yo decía: eran los años en que nos preparábamos para la guerra, me acuerdo bien a lo que te estas refiriendo, y después creo que decía: vino la guerra. Hay una alegría en el prepararse para la guerra...
 
Yo quería decir: cuando vos hablabas de la risa como una banalidad, vos también hablás de la fiesta, de la muerte.
 
Claro, sí, exacto. Vino la guerra y vino la muerte, alguien hubiera dicho vino la derrota. Yo diría vino la decepción, me gusta más la palabra, no porque no haya venido una derrota, que vino y que fue, sino porque para algunos por lo menos, la decepción fue enterarnos, comprobar, que esa guerra para la que nos preparábamos en realidad tenía algo equívoco. En realidad nos preparábamos para una victoria, que aunque hubiera sido una victoria, tal vez también hubiera contenido una derrota, es decir, creo que errábamos en muchos cosas, y acá cuando digo esto -porque ahora mucha gente dice esto, los famosos arrepentimientos, pseudoarrepentimientos, esto que se le llama autocrítica, toda esta superficialidad con que se toman las cosas-, no estoy queriendo decir que los que triunfaron tenían razón ni mucho menos. No, errábamos porque no veíamos que muchas de las cosas por las que combatíamos estaban muy cerca de aquellos de los que triunfaron. Es decir, que si nosotros triunfábamos, que si nuestras ideas seguían adelante, no era tan distinto a esto que triunfa hoy, y creo que esto que ha ido triunfando en el mundo es terrible. Y es denigrante para los seres humanos. Creo que muchas de nuestras ideas contenían esto, aunque nosotros quisiéramos lo contrario. Recién hablábamos de la tragedia, ¿esto es trágico no? Porque hay un destino, pareciera de buena parte de la historia, de la historia moderna diría, que lleva implícito esto, la aspiración de algo y cuando se llega se puede observar que en realidad es como haber arribado al polo contrario, no se llega a aquello que se aspiraba. Sino que había algo en eso que se aspiraba de equívoco, de contradictorio.
 
¿Y dónde está esa contrariedad, en los medios o en los objetivos?
 
Bueno, yo sacaría los medios. No me preocupan tanto porque si uno pensara sólo en los medios, aunque no hay que dejar de tenerlos en cuenta, por supuesto, pareciera que si hubiéramos buscado otros medios hubiéramos llegado a un buen puerto. Y al decir los objetivos se me ocurre pensar, ahora que estoy hablando, que los objetivos eran equivocados, cuando en realidad nuestros objetivos eran bastante -como principio general- abstractos. Eran abstractos en el sentido que aspirábamos a eso que decíamos recién, a un mundo justo, a un mundo libre, digno.
 
¿Hay algo que no se tuvo en cuenta? Recuerdo esa caminata, recuerdo que Osvaldo lo decía con un poco de bronca... no reivindicaba ese pasado, sino que lo decía como diciendo: la risa tendría que haber formado parte de esa revolución. Al no tenerla en cuenta, en esto la risa es sólo un símbolo subjetivo. A lo mejor el hombre era más profundo que aquella concepción.
 
Sí, yo estoy de acuerdo en eso. Seguramente es así, sabiendo lo que pensaba Soriano. Quisiera ser bastante explícito en esto, para no caer en otra ligereza, porque hay una ligereza contemporánea que es esto: la risa, la alegría, el placer, darse el gusto, ser buenito con uno, todo un lenguaje bastante de la "new age" y del mundo "light" actual. Entonces digo: la risa, pero no en ese sentido, quiero ser bien explícito y claro en esto, eso que parece una especie de cosa tranquilizante, ¡ah, mirá que lindo las cosas que existen! y entonces seamos felices... No, la risa no como una especie de carcajada ligera, sino como sonrisa donde el alma puede identificarse con el mundo, esta admiración gozosa de que las cosas existan. El problema es que haya un mundo que no permita que las cosas resplandezcan en toda su plenitud, un mundo que va como negando la posibilidad de esa plenitud.
 
¿Es eso lo que no se tiene en cuenta?
 
Voy a meter una palabra para ser casi contradictorio: utopía. Porque se puede decir por ahí que hay que reivindicar la utopía, y yo creo que ahí está el daño. ¿Qué quiere decir esto de la mirada utópica?, una mirada que era la que muchos teníamos hace muchos años y de la que me quiero empezar a sentir liberado desde hace unos cuantos años. Hay muchos tipos de utopía, pero todas tienen este pecado original para mi gusto: ponen al ser humano como el eje de la construcción de sí mismo. Quiero aclarar que digo con esto: las utopías, aún las vigentes hoy, aún las triunfantes hoy (después hablaremos sobre esto, de las utopías triunfantes), todas las utopías han girado alrededor de la idea: el hombre puede por su propia voluntad y por su propia potencia creadora hacer un mundo que condicione la situación, de un hombre con dignidad, con justicia, etcétera, ¿por qué? Porque la razón por la cual el hombre hoy vive en la indignidad, la humillación y la injusticia es el mundo que existe... Digo esta dualidad, esta dicotomía, en la cual el mismo ser humano se sale del mundo, para pensar un mundo que lo condiciona a él mismo, esto me parece que es metafísico. Cuando digo que es metafísico, quiero decir, ajeno a la realidad, metafísico en el sentido de fuera de las cosas como son realmente, y más bien como una especie de fuerza externa que actúa sobre nosotros. Entonces digo, el mundo somos nosotros, el mundo no es las cosas y además nosotros. Nosotros somos el mundo. No hay dos instancias separadas, algo así como si el mundo pudiera existir por su cuenta, digo, el mundo, la materialidad, las relaciones y allá aparecen seres que lo vienen a habitar. Algo así como si nosotros nos fuéramos a Marte.
 
Bueno, imaginemos.
 
Nosotros nos vamos a Marte, imaginemos que hubiera un mundo en Marte. Por lo tanto, nosotros vamos a sufrir la influencia de ese mundo no creado por nosotros. Y no, resulta que yo creo, me parece bastante evidente, que el mundo somos nosotros mismos. Por lo tanto, cuando se dice cambiar el mundo para que cambien los seres humanos hay una especie de hiato, de irrealidad, a eso digo metafísico... Una especie de aspiración imposible de ejecutar, por la cual vamos a cambiar nosotros el mundo siendo que nosotros somos los mismos. Si nosotros somos producto de este mundo, ¿cómo cambiamos el mundo para después ser distintos? El problema es que nosotros somos el mundo. El mundo es esta totalidad, la de nuestras relaciones, de nosotros mismos, entonces, esta idea del hombre como pura consecuencia de lo existente, es parte de todo este pensamiento utópico que dice: "cambiemos el mundo y entonces el hombre va a cambiar". Todas las utopías se sustentan en esto. Un mundo construido por el hombre, por una decisión humana, de tal manera que los hombres ahí vivan de otra manera y no como esta manera que se critica, que se niega por incorrecta, por inadecuada, por injusta. Esta idea de que los hombres pueden crear un mundo, y crear un ser humano acorde con ese mundo, prescinde de algo que es lo no cambiable del ser humano. ¿Somos meros productos de una coyuntura externa a nosotros o hay algo permanente en los seres humanos? Permanente que no quiere decir que siempre seamos los mismos. Permanente en el sentido de aquello que distingue a los seres humanos del resto de esta admirable cosa que es todo lo que ha sido creado.
 
Lo que decías hoy por ejemplo de las abejas.
 
Exacto. Esto que estamos haciendo nosotros ahora, este acto, cuyo elemento menos importante es que haya un grabador de por medio. Lo importante es que nosotros estemos pensando. Que podamos distanciarnos de nosotros mismos, para pensarnos a nosotros mismos. Y estamos repitiendo un gesto que han hecho los seres humanos desde que hay memoria, desde hace miles de años. ¿Y nosotros quiénes somos?... Y digo que es importante esa pregunta porque preguntarnos quiénes somos es distinto a preguntarse qué somos. Qué somos puede responderse con una descripción: somos habitantes de la tierra. Quiénes somos, ese "quiénes" está aludiendo a algo más personal, a la propiedad y a los sujetos. ¿Quién es este bicho que se pregunta quién es? Porque esto es muy sorprendente. Ya esto es una diferencia sustancial con todo lo que nosotros conocemos que no es ser humano, porque, que sepamos ningún otro ser viviente se pregunta quien es. Y yo siempre aquí hago un pequeño paréntesis, digo: bueno, no sabemos. A lo mejor las hormiguitas están todo el día en eso. Mientras están llevando pastito para su comida, se van preguntando... Pero no podemos saber, porque para nosotros lo único que se nos ha dado para conocer es el lenguaje, de manera que lo demás es pura fantasía. Lo cierto es que este preguntarse qué es esto que se llama ser humano lo lleva a conductas distintas. Quiero decir que el mundo también existe por estas respuestas, que van actuando, van haciéndolo. Cosa que no parece que hicieran las otras especies vivas porque repiten. Las abejas hacen algo perfecto que es el panal, el problema es que no pueden dejar de hacerlo, los seres humanos podemos dejar de hacer lo que presuntamente como especie animal estamos destinados a hacer. Podemos optar, podemos decir no, podemos decir si y que nos haga responsable de ese "decir sí", y esa posibilidad también depende, en última instancia, de la respuesta de que somos seres humanos. No estamos preguntándonos a cada rato, sin embargo todo lo que hacemos es una forma de respuesta a esta pregunta que no es explícita, pero que sin embargo funciona en el mundo.