Héctor Schmucler ocupó un
lugar central en el pensamiento de los años ’60 desde la crítica literaria participando
en las revistas cordobesas “Vertical” y “Los Libros”. A esta última la dirigió
entre 1969 y 1972, y en ella colaboraron destacadas personalidades como Juan
Gelman (1930-2014), José Aricó (1931-1991), Eliseo Verón (1935-2014), Oscar
Steimberg (1936), Nicolás Rosa (1938-2006), Ricardo Piglia (1941-2017), Beatriz
Sarlo (1942-2024), Carlos Altamirano (1939) y Germán García (1944-2018). Años
después, en 2011, se publicó “Los Libros (1969-1976)”, una compilación de sus
artículos como crítico literario que habían aparecido en esa revista. La
edición se hizo en cuatro tomos y fue prologada por el sociólogo y escritor
Horacio González (1944-2021).
En 1970 creó la cátedra Semiología del Periodismo Escrito, primera cátedra de ese estilo en América Latina, en la Escuela Superior de Periodismo de la Universidad de La Plata, institución en la cual ejerció el profesorado de Sociología y Semiología. También ese año dirigió una colección en la editorial Signos, una casa editora que publicó una veintena de libros relativos a ciencias sociales, literatura y política de la autoría de, entre otros, Honoré de Balzac (1799-1850), Karl Kautsky (1854-1938), Georges Bataille (1897-1962), Jean Paul Sartre (1905-1980), Samuel Beckett (1906-1989), Juan Carlos Onetti (1909-1994), Eric Hobsbawm (1917‑2012), Alain Touraine (1925-2023), Michel Foucault (1926-1984), Rodolfo Walsh (1927-1977) y André Gunder Frank (1929-2005).
En 1970 creó la cátedra Semiología del Periodismo Escrito, primera cátedra de ese estilo en América Latina, en la Escuela Superior de Periodismo de la Universidad de La Plata, institución en la cual ejerció el profesorado de Sociología y Semiología. También ese año dirigió una colección en la editorial Signos, una casa editora que publicó una veintena de libros relativos a ciencias sociales, literatura y política de la autoría de, entre otros, Honoré de Balzac (1799-1850), Karl Kautsky (1854-1938), Georges Bataille (1897-1962), Jean Paul Sartre (1905-1980), Samuel Beckett (1906-1989), Juan Carlos Onetti (1909-1994), Eric Hobsbawm (1917‑2012), Alain Touraine (1925-2023), Michel Foucault (1926-1984), Rodolfo Walsh (1927-1977) y André Gunder Frank (1929-2005).
Pablo Sevilla.
Estas preguntas que nos
habitan, ¿habitan en la mirada utópica?
Las utopías en general
prescinden de esto, llamémosle, esencialidad de lo humano, y entonces piensan
construir algo, resuelven por las ideas (que son las más adecuadas para los
seres humanos), han imaginado sociedad, mundos, relaciones de existir concretas
de los seres, de la manera en que, según su presunción, es la más adecuada.
Pero prescindieron de este otro conflicto, prescindieron yo diría en un sentido
general de la tragedia. Prescindieron del vivir trágico, que creo, es el
verdadero vivir, es lo inconmensurable y lo más profundo de los seres humanos.
Al prescindir de esto construyen modelos que al definir a priori que son justos,
imponen un mundo. Todo lo que hay dentro de este mundo es lo que hay que
rescatar, porque todo es por el bien del ser humano futuro, y todo lo que
apunte en contra hay que liquidarlo, y así se crean los sistemas totalitarios,
autoritarios, etcétera. ¿Por qué? Porque se está negando este conflicto de los
seres humanos. Por eso digo que las utopías, contrariamente a lo que con tan
buena intención ha popularizado Serrat, yo creo que deben ser combatidas, pero
combatidas en el sentido éste que estoy diciendo. No para no hacer un mundo más
justo, sino para ver que un mundo más justo solo es posible si los seres
humanos son distintos, este es el punto de partida.
Asumiendo la tragedia...
Exactamente, con toda esta
contradicción, y que también quiere decir que todas las utopías han sido un
poco "simplotas" hasta este momento. Todas estas construcciones de
mundo han sido producto de la mera razón. Una razón que ha pensado como construir
un mundo, un espacio terrenal, ordenado, repetible, igual, transparente, sin
secretos ni misterios. Una utopía apunta a la transparencia, que no haya
misterio, que todo sea visto, a que todo sea conocido, que nada aparezca como
imprevisible. Porque si es imprevisible se acaban las utopías. Cuando digo que
hay que luchar contra las utopías digo hay que luchar contra todas las formas
totalitarias del mundo, y creo que el mundo que vivimos, que dice ser
antiutópico, y que dice haber mostrado la derrota y la imposibilidad de la
utopía, y que dice ser el mundo de la negación de lo totalitario, el de la
libertad, etcétera, creo que estamos construyendo uno de los modelos
totalitarios más absolutos que jamás haya existido.
¿Esa es una utopía
triunfante?
Exactamente, por eso yo
decía recién que hay una utopía triunfante. Creo que nunca hubo, como ahora, un
pensamiento único, un único pensamiento que tiene como eje la idea del
mercado... y el mercado es definido por todos estos rasgos que yo he enunciado
recién: el mercado tiene que ser transparente, digo, es una de las virtudes de
lo que se dice debe ser el mercado; la transparencia del mercado.
Una utopía también.
Claro, pero como ya el
mercado no es sólo la transacción mercantil sino que todo se define como
mercado, todo tiene que ser transparente. Pero con esto se está negando un
hecho fundamental: que hay cosas que no son visibles, que hay cosas que no son
comprensibles porque en su definición poseen este rasgo, de misterioso, de
inasible, de no alcanzable, porque es el rasgo del espíritu humano. Bajo el
rótulo de la transparencia que es una de las utopías contemporáneas, todo tiene
que ser transparente, la información tiene que circular en todos los sentidos,
todos tenemos que tener acceso a toda la información. Pero hay una idea más
sustancial: todo está en la información.
¿Cómo es eso?
Sí, esta idea dice todo
está en la información, ya todo está. Creo que -dicho sea de paso- Internet es
una de las metáforas de esta utopía, una especie de mundo donde ya está todo, y
de lo único que se trata es de saber cómo llegar ahí, como que ya el mundo es
objetivable, digo, es el ideal de Bill Gates, este hombre que siempre digo que
es el ser más feliz y más rico del mundo, porque él se expresa, es el más
feliz, es el más esperanzado -que es el más rico ya se sabe- pero además es el
tipo más entusiasta, logró todo lo que nunca el hombre ha logrado.
¿Qué estamos logrando?
Que todo se transforme en
rasgos digitales, en señales electrónicas, todo está destinado a ser señal. El
día que tengamos todo en señales, el mundo será nuestro, porque además de las
señales electrónicas, accedemos instantáneamente, simultáneamente, en un
concepto de tiempo, pero además en un solo lugar. Es casi la realización del
Aleph de Borges. Y el problema es que no todo es transferible ni a señales
digitales ni a ningún otro tipo de señales que la racionalidad nos impone. Esta
idea de lo que a veces he llamado por ahí "pancomunicación",
"pancomunicado". Esta es la utopía contemporánea, todo está comunicado
con todo y se acabaron los problemas.
Esa es la utopía de la
utopía triunfante.
Las utopías
contemporáneas, las que nacieron en el Renacimiento, la de Tomás Moro en 1516,
todas se sustentaron en la idea de una razón triunfante. Todas. Con matices,
pero donde la razón podía ordenar las cosas a fin de que los hombres vivieran
mejor. Hay que leer la "Utopía" de Tomás Moro. Ahí está todo, toda
esta idea de la transparencia, está toda esta idea de la igualdad y por lo
tanto de la no sorpresa. Los chicos, ya desde la escuela, empiezan a creer que
hay un lugar mágico, que generalmente es la computadora por supuesto, y un
lugar visible que es la pantalla, y muchos mecanismos detrás de ello, por lo
cual se puede tener acceso a todo lo que se quiera, a una velocidad cada vez
más sorprendente. Y uno escucha a cada rato palabras como: a ver, lo buscamos
en Internet. Y esta idea de Internet como la clave del conocimiento, como
garantía de verdad, se está imponiendo crecientemente. En realidad, se trata de
un modelo muy puntual que después se generaliza hasta decir todo está resuelto.
Entonces todo esto, que tiene muchos matices, se va volviendo también una
ideología que, curiosamente, se universaliza. Te doy otro ejemplo: en los años
'46-'47 se plantea por primera vez la idea del mundo desarrollado y
subdesarrollado, se consagra un valor que no existía previamente, y hasta
quienes se oponen al modelo de países desarrollados terminan hablando de esto.
Y sin embargo la idea del socialismo es ser como los países capitalistas nada
más que mucho más rápido.
Sin sus defectos.
Exacto. Cuando decimos:
"tenemos que dejar el tercer mundo para alcanzar el primer mundo", es
esto que vuelve a repetirse. Y lo que no se pone en cuestión es qué es ese
mundo. Lo que no se pone muchas veces en cuestión, y por muchas razones, y es
que en realidad si llegáramos a ser como aquellos estaríamos inmersos en los
más graves problemas del mundo. Porque los problemas del mundo son los
problemas del primer mundo, no los nuestros. Los nuestros son los problemas de
antes, evidentemente que son, pero como problemas fundamentales en la
concepción del hombre son los problemas del primer mundo. De ese mundo. También
en esto hay un engaño, porque nosotros somos cada vez más del primer mundo, somos
un primer mundo en las condiciones de miserabilidad que viven algunos países.
Somos como los arrabales de esos países. Pero somos primer mundo, y acá viene
el momento utópico que se realiza. ¿Por qué? Porque en lo esencial ya somos
parte de un mundo único. Y cuando digo único, digo que somos un mundo único
porque ya no podemos dejar de serlo, este mundo único actual, quiero decir,
totalmente interconectado. Donde lo que se está decidiendo hoy, aquí en la
Argentina, en realidad, es si será administrado por una u otra faceta política
algo que ya está decidido globalmente. Los políticos, los gobernantes, se han
vuelto con más claridad que nunca, desgraciadamente, gerentes locales de un
proyecto mundial. Entonces, decía, somos ese mundo, y nuestros males profundos
tienen que ver con ese modelo único. Cuando digo males profundos me refiero a
los que son más perdurables, civilizatorios, pero esto no excluye los males
concretos. La pobreza, la desocupación, la marginalidad, lo que ocurre es que
este mundo único ya es con esto. El mundo único necesariamente excluye aún de
sus propios valores económicos, de esta distribución, una cantidad de gente.
¿Por qué?
Porque no hay lugar para
la gente. Hemos llegado al momento terrible que a Hannah Arendt le preocupaba
hace cincuenta años. Un mundo donde lo que sobre es el hombre, y estamos en
esto. Es de lo único que se puede prescindir. Ahora, llegaremos a un estado tal
de locura, tal de chifladura, en el cual nos preguntaremos para qué queremos un
mundo que funcione perfectamente, si lo que está sobrando como variable
sustancial es el ser humano. Es terrible, es casi demoníaco, y no lo digo tan
metafóricamente. Lo digo en serio. Qué curioso, que hayamos podido construir un
mundo donde podría concebirse que existiera al margen de los seres humanos, y
acá se une la idea utópica, con un ser humano creado, inventado, fabricado,
construido para este mundo. Y acá se cumple la gran utopía: creemos un mundo
para que el hombre sea de otra manera. Ocurre que creamos un mundo donde este
hombre está sobrando y tenemos que crear otro hombre.
Por un lado el socialismo
que miró al mundo y vio al hombre en un lugar que todavía no tenía, y por otro
lado el capitalismo que vio al mundo, y dijo al hombre: es esto. ¿Qué era lo
correcto? ¿O ninguna de las dos cosas era la correcta? ¿O son dos utopías? Y si
ninguna de las dos cosas son correctas, ¿qué tenemos para hacer hoy... para
hacer ahora?
Esa es la pregunta clave,
porque es la que siempre surge, es cierto porque es inquietante, porque vemos
que se nos viene la casa abajo y no podemos hacer nada para mantenerla. Quiero
reflexionar un poquito sobre lo que vos dijiste: yo creo que estos dos como
modelos, con matices a veces más o menos brutales, más o menos dogmáticos,
etcétera, más irreligiosos a veces que otros, sin embargo, y acá quisiera
retomar lo que dije antes, apuntan a cosas muy similares. Justamente yo decía
que nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestras guerras, aspiraban a llegar
a un lado, y tal vez el problema no es el fracaso, sino que nos llevaban al
mismo lado, sustancialmente nos llevaban al mismo lado. Quiero decir que me
parezca mejor que haya más justicia y no menos, que haya menos pobres y no más,
esto es obvio. Porque me parece que es la condición mínima para la existencia
de los seres humanos. Que todos los seres humanos coman casi no tendría que ser
una reivindicación, sino que es la condición para que existan, es el punto de
partida. Después habrá que ver qué son los seres humanos. De manera que esto,
no. Y una vez más quiero enfatizar que el sistema capitalista dominante me
parece que es el más terrible que haya existido nunca. Pero, aquí está la
cuestión: creo que la idea de socialismo que se tenía, no nos llevaba a otro
camino. Porque uno y otro tenían como sustento una palabrita: progreso.

