3 de noviembre de 2021

Thomas Pogge: “Es difícil imaginar un mundo completamente justo, pero es posible imaginar un mundo en el que los ingresos y la riqueza se distribuyan de forma más equitativa, así como otros bienes importantes como la educación, el respeto y la participación social” (1)

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), por primera vez en más de veinte años, la pobreza extrema creció en el mundo. Para el organismo internacional, uno de los problemas principales es la falta de solidaridad entre naciones en momentos críticos como el que ha generado la pandemia del Covid-19, la cual ayudó a incrementar la brecha de desigualdad entre ricos y pobres en países en vía de desarrollo. Así, mientras las fortunas de los millonarios aumentaron en más de 3,9 billones de dólares el año pasado, la población con pobreza extrema pasó de 119 millones a 224 millones de personas. Pero, mientras para la ONU esta situación es “una acusación moral de nuestro tiempo” y “la solidaridad brilla por su ausencia justo cuando más se la necesita”, no se debería dejar de analizar esta realidad sin tener en cuenta el orden mundial que la produce. Ya lo expresó el economista y profesor estadounidense Joseph Stiglitz (1943), un tenaz crítico de la globalización, de los economistas de libre mercado y de algunas de las instituciones internacionales de crédito como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuando dijo: “Si no se puede culpar a ningún individuo por lo que ha ocurrido, quiere decir que el problema está en el sistema económico político”. Efectivamente, la globalización neoliberal consolidada desde la posguerra y transformada en una ola avasalladora a partir del colapso del bloque soviético y la expansión de las tecnologías de la información, se ha transformado en el régimen económico hegemónico y sus consecuencias sociales son perceptibles a simple vista. El filósofo alemán Thomas Pogge (1953) es actualmente uno de los mayores especialistas internacionales sobre derechos humanos y pobreza. Doctorado en Filosofía y Relaciones Internacionales por la Harvard University de Estados Unidos, Pogge sostiene que los Estados ricos tienen la responsabilidad de ayudar a aquellos que se encuentran sumidos en la pobreza severa. Esta responsabilidad resulta del daño, muchas veces evitable, que el orden institucional global actual ha perpetrado sobre los Estados pobres. La existencia de la pobreza global, para este autor, constituye una clara violación de los Derechos Humanos. Por ello, sin descalificarlo por completo, mira con sospecha las relaciones sociales que conforman el modo de producción capitalista y la desigualdad que genera, y propugna por un sistema más justo y menos salvaje, atento a la corrupción y abierto a la ética. Lo que sigue es la primera parte de la extensa entrevista que le concediera a Jorge Fontevecchia y que apareciera publicada en el diario argentino “Perfil” el pasado 30 de octubre.
 

Usted dijo en una entrevista que “probablemente tendremos una gran guerra nuclear antes de que pasemos a un orden mundial basado en la moral”. ¿Se da aquello del teórico Mark Fisher acerca de que es más fácil pensar en el fin de la humanidad que en el fin del capitalismo?
 
Sí. No lo dije tanto como una crítica al capitalismo como una al sistema de Estados existente en el mundo. Tenemos un mundo de Estados nacionales en competencia en el que las reglas de la colaboración internacional están determinadas por su poder de negociación. Los Estados están constantemente en una crisis existencial, porque tienen que evitar cualquier cambio en las reglas que pueda llegar a resultarles perjudicial. Podría resultar en una espiral de muerte en la que perderían el poder. Luego se les impondrían más reglas desfavorables, perderían el poder y finalmente se desvanecerían. Todo en nuestro sistema estatal se convierte en una cuestión de seguridad nacional. Los Estados combaten por su propia supervivencia a largo plazo, y esa situación la considero muy peligrosa, independientemente del sistema capitalista. Es peligrosa porque es propensa al error, a los actos de desesperación, a las equivocaciones. Siempre conlleva un cierto peligro de guerra a largo plazo. Puede ser pequeño en un año determinado, pero a largo plazo nos lleva a la certeza de que si seguimos por este camino acabaremos experimentando otra gran guerra.
 
¿Cómo definiría el concepto de “justicia global”?
 
Como un atributo en la forma en que se estructura nuestro mundo. Por estructura me refiero a las normas y los acuerdos institucionales que existen a nivel supranacional, pero también a los hábitos, las prácticas y la infraestructura. A todas las formas que estructuran las interacciones humanas. Dependiendo de cómo estructuramos este mundo supranacional, obtendremos diferentes efectos distributivos. Tendremos más o menos desigualdad, pobreza, cumplimiento de los derechos humanos. Y ahí es donde entra la justicia global. Evalúa las diferentes formas de estructurar un orden supranacional en términos de cuál es su impacto en la distribución de las oportunidades de vida entre los seres humanos.
 
En el prefacio del libro “Hacer justicia con la humanidad”, usted dice que los ensayos incluidos en el texto “tratan de hacer justicia a la humanidad, especialmente a aquellos seres humanos que están sufriendo numerosos tipos de privaciones injustas. Hacerles justicia significa analizar y rebatir los incesantes argumentos, fabricados por los intelectuales, políticos y burócratas de todo el mundo, que pretenden justificar estas situaciones de privación y opresión”. ¿El mundo puede ser equitativo?
 
Podemos conseguir un mundo mucho más equitativo. Es difícil imaginar un mundo completamente justo. Pero es posible imaginar un mundo en el que los ingresos y la riqueza se distribuyan de forma más equitativa, así como otros bienes importantes, por ejemplo, la educación y el respeto, la participación social. Vivimos un ciclo en el que la desigualdad engendra más desigualdad. Las personas a las que les va mejor que a otras quieren afianzar su ventaja. Intentan cambiar las reglas a su favor. A menudo tienen poder político y mediático para hacerlo. El resultado es un acuerdo institucional profundamente injusto, con estructuras que perpetúan la desigualdad. A menudo, la empeoran. Como intelectuales debemos intentar que la gente entienda las fuentes de desigualdad, criticarlas e intentar movilizar la oposición democrática a ellas. Combatir por reformas posibles. Es un proceso largo y arduo. Cada pequeña reforma que haga que el mundo sea más igualitario, que erradique la pobreza, tendrá un efecto positivo y ayudará a conseguir reformas adicionales para las personas que padecen el statu quo.
 
¿Cómo opera ese dispositivo intelectual que justifica la opresión? ¿Cómo incide la Academia en la manutención de un cierto statu quo?
 
Tuvimos un ejemplo maravilloso muy recientemente en la Universidad de Yale. Teníamos un programa dirigido por un profesor de Historia que renunció porque quienes financiaban el programa intentaron influir en el plan de estudios. Esta es una forma muy obvia de aquella influencia. Las universidades privadas son líderes de opinión. Tienen mucho prestigio, mucha influencia en el funcionamiento académico global, y reciben la mayor parte de su dinero de donaciones. Estas donaciones provienen de un gran número de personas, y estas personas, por supuesto, tienen opiniones sesgadas por su posición económica. Les gusta el sistema tal y como es. Les gusta un sistema en el que pagan muy pocos impuestos, en el que disfrutan de todo tipo de ventajas. Desean que ese sistema se justifique en las universidades que financian. Este es sólo un mecanismo entre otros. Hay muchos que muestran cómo la gente con dinero influye en el sistema político a través de donaciones de campaña, influencia en los medios de comunicación al ser dueños de ellos. Poseen señales de televisión o periódicos. Son formas de la producción intelectual fuertemente influenciadas.
 
En un reportaje de esta misma serie, el especialista en desigualdad Branko Milanovic dijo que Estados Unidos avanza hacia una plutocracia. ¿Comparte la idea? ¿Representa algún cambio la llegada al poder de Joe Biden?
 
Conozco muy bien a Branko. Estoy muy de acuerdo con él. Lo diría con más énfasis: vivimos una plutocracia. La mayor influencia en las elecciones de Estados Unidos es el dinero. Es un factor más importante que los votos. Es absolutamente crucial para ganar elecciones en este país. Los políticos deben mendigar dinero para poder ganar elecciones, ser nominados y elegidos. Y el dinero proviene de la gente rica.
 
Usted dice que “las explicaciones corrientes son con frecuencia demasiado simplistas”. ¿Cuáles son los primeros pasos para una comprensión más sofisticada de las temáticas vinculadas a la desigualdad?
 
En las explicaciones de la desigualdad suele no comprenderse la interacción entre los acuerdos institucionales nacionales e internacionales. Los economistas suelen mirar a los diferentes países y afirman que encuentran trayectorias de desarrollo muy diferentes. Algunos países lo hacen muy bien, como Corea del Sur o China, y otros países lo hacen mal, por ejemplo, Argentina. Así explican por qué a algunos países les va mejor que a otros, y qué podrían hacer mejor los países a los que les va mal. Pero se deja de lado el contexto global, el orden supranacional en el que se desenvuelven estos países, que es decisivo. Y explica por qué a unos les va bien y a otros mal. Un ejemplo que analicé en detalle es la importancia de los recursos naturales. Curiosamente, los países que tienen muchos recursos naturales tienden a tener malos resultados en materia de desarrollo. Y la razón es que tenemos normas internacionales que dicen que cualquiera que tenga el poder efectivo en ese país puede disponer de los recursos como le parezca. Así, cualquier dictador, pensemos en la junta militar de Myanmar, por ejemplo, o los dictadores de hace un tiempo en América Latina o ahora en África, pueden adquirir el poder por la fuerza y luego enriquecerse vendiendo los recursos del país y utilizar ese dinero, en parte, para mantenerse en el poder. Esa regla es crucial para entender por qué a muchos países les fue tan mal en términos de erradicación de la pobreza y desarrollo. Los economistas tienden a dejar de lado esa parte de la explicación. Solo se fijan en los factores nacionales.
 
En su libro, usted se pregunta “por qué el Fondo Monetario Internacional, deseoso de ‘ayudar’ a que los países pobres paguen sus deudas, los presiona para que congelen la educación y la atención médica de quienes no pueden costearlas; por qué se hace pagar a la gente de los países pobres por deudas contraídas por sus opresores”. ¿El FMI es un promotor de desigualdades globales?
 
Es un promotor de la desigualdad global. Acepta las reglas del juego tal y como son. Su receta consiste en que para pagar la deuda se necesita austeridad, ahorrar dinero y equilibrar el presupuesto. Una vez que sigas esa receta, se podrá crecer dentro del sistema existente. Querríamos que ocurriera desde el punto de vista de los países en desarrollo un rebelarse contra la diferencia y, por ejemplo, no aceptar deudas tomadas por gobiernos anteriores. Si un militar contrae una gran deuda para un país, esa deuda es ilegítima. No fue tomada por el pueblo y debe ser rechazada. Si el FMI está realmente interesado en el desarrollo, rechazaría esas deudas en lugar de buscar ideas sobre cómo ese país pobre puede hacer frente a esas obligaciones.
 
¿Cuánto inciden la globalización y el neoliberalismo? ¿Son conceptos diferentes?
 
Tienen enormes efectos sobre la desigualdad. Si se piensa cómo reestructurar nuestros acuerdos institucionales globales, se pueden encontrar fácilmente muchas posibilidades que cambiarían la desigualdad y la pobreza. Basta con ver la distribución de la renta y la riqueza actuales. Vivimos en un mundo en el que la renta media es de aproximadamente 50 dólares estadounidenses por persona por día en paridad de poder adquisitivo. Sin embargo, 3 mil millones de personas, de un total de casi 8 mil millones, no pueden permitirse una dieta saludable. Es un tema fácilmente solucionable. Hay muchas maneras de hacerlo. Una sería una renta básica universal. Todos los recursos naturales de este planeta y el capital acumulado por generaciones anteriores, se consideraría que pertenecen a la humanidad y que todo el mundo tiene derecho a una parte de ese patrimonio. En lugar de que los recursos naturales fueran propiedad de una pequeña elite, serían propiedad de todos. Otra reforma es la del sistema de propiedad intelectual. Los ricos poseen una gran cantidad de propiedad intelectual. Los demás deben pagar para utilizarla. Es un gran obstáculo para la erradicación de la pobreza. Por ejemplo, en el ámbito de los productos farmacéuticos, los medicamentos se venden a menudo por más de mil veces el costo de producción. Lo mismo sucede con las tecnologías verdes. Si se quiere usar tecnología de vanguardia, hay que pagar derechos al innovador. Así que, de nuevo, la ventaja de los que ya son ricos se ve constantemente aumentada por el hecho de que tienen un control sobre la innovación y pueden obligar a los demás a pagar el dinero por el privilegio de usarla. Tienen una ventaja original en su obtención porque tienen capital para invertir y hacer investigación científica y tecnológica de vanguardia.
 
El problema de la globalización, del liberalismo y de la inequidad, ¿es económico, de comercio o cultural?
 
En primer lugar, es un problema económico, de cómo se están repartiendo los beneficios. Existe una contribución global con mucho comercio y división del trabajo: ciertas cosas se producen en una región del mundo y otras en otros lugares. Todo ese sistema de colaboración crea un producto conjunto, que se reparte entre toda la población global, según ciertas reglas. Algunas personas reclaman parte de ese producto diciendo que son dueños de este petróleo, y como contribuyo con el petróleo, debo recibir dinero por ello. Otras personas contribuyen con capital, otras con trabajo y así sucesivamente, y las reglas determinan cómo este gran producto social, el producto mundial global, se divide. La globalización nos lleva básicamente a un punto en el que tenemos un gran producto mundial. Hasta ahora fueron injustas ya que dan a la mayoría de los seres humanos una parte demasiado pequeña del producto mundial producido conjuntamente.
 
Usted dijo que “la pobreza ya no es tan grande como cuarenta años atrás, pero es evitable, por lo tanto es un crimen”. ¿Por qué sería parte de un análisis penal y no moral la pobreza? ¿Y cuál es la diferencia para usted entre moral y penalidad?
 
Digo criminal en sentido moral. El crimen sería un subconjunto de la moral. La moral implica una serie de conceptos más amplios. Mucha gente piensa que la pobreza necesita de ayuda y asistencia. Así aparece como problema moral. Aparece el imperativo de hacer más. “Deberíamos hacer donaciones, ayudar, asistir”. Mi propuesta es más contundente. La pobreza es criminal. No es sólo un producto de nuestra poca ayuda, sino también del daño que hacemos. Me refiero a las poblaciones de los países ricos. Imponemos colectivamente una estructura en el mundo que previsiblemente genera más desigualdad, y que la pobreza persista. Si tuviéramos otro tipo de globalización, con otras estructuras y reglas, el producto social del mundo estaría más justamente distribuido y no habría pobreza. Al imponer reglas injustas, estamos agravando y perpetuando la pobreza de manera criminal. De la misma manera, se podría decir que Stalin agravó y perpetuó criminalmente la pobreza cuando creó la hambruna en Ucrania alrededor de 1930.
 
Usted dijo que “cuatro grupos son los responsables de este déficit de derechos humanos, que resulta de la incapacidad de los países pobres en recaudar impuestos razonables. En primer lugar, las jurisdicciones en las que se aplica el secreto fiscal y los paraísos fiscales que estructuran sus sistemas jurídicos y fiscales de manera que se promueva el abuso fiscal y que usualmente también protegen el secreto bancario contra las autoridades fiscales de los países menos desarrollados”. ¿Qué rol ocupan en la economía actual los paraísos fiscales?
 
Es un aspecto de la estructura supranacional que conduce a esta enorme desigualdad. Los paraísos fiscales hacen posible que las corporaciones ricas y sus propietarios eviten pagar impuestos, especialmente en los países en desarrollo. Las corporaciones multinacionales tienen filiales en lugares diferentes. Interactúan y comercian entre sí. Y mediante la manipulación, las empresas trasladan los beneficios de una filial a otra. Lo hacen a través de remesas o mediante acuerdos de consultoría, o préstamos de una filial a otra. Se aseguran de que en las jurisdicciones de mayor imposición no tienen beneficios imponibles, y sí en las jurisdicciones de baja imposición o sin imposición. El resultado es que los países pobres, y esto incluye a los países latinoamericanos y africanos, son estafados en los impuestos que les corresponden. Las corporaciones multinacionales hacen uso de este recurso. Para las personas físicas, los paraísos fiscales son una forma de escapar a los impuestos. Ponen su dinero en jurisdicciones de paraísos fiscales y luego no pagan impuestos por el poco dinero que poseen en el país donde viven. La gente rica, los políticos, a menudo corruptos, o los empresarios ricos en los países en desarrollo, guardan su dinero en un paraíso fiscal y no lo revelan a las autoridades fiscales locales. No pagan ningún dinero, ningún impuesto a las ganancias de capital y dividendos.
 
Usted también habló de “los banqueros, abogados, contadores y ‘lobbistas’ que diseñan, implementan y ‘legalizan’ estas estrategias. Y los gobiernos poderosos de los países ricos que facilitan la evasión fiscal en el extranjero y hacen que los paraísos fiscales cooperen con sus propios esfuerzos de aplicación de leyes tributarias sin asegurarse de que los gobiernos de los países pobres reciban una cooperación similar”. ¿Cuál sería la mejor estrategia para motorizar un cambio duradero?
 
Creo que el primer paso es abrir esto, revelar la información. En los últimos cinco o seis años se avanzó muchísimo. Los periodistas aportaron muchísimo en abrir todo este sistema y mostrar al mundo lo que sucede. Tuvimos los Panamá Papers, los LuxLeaks, las filtraciones recientes de Pandora. Revelan cómo las elites engañan a las autoridades fiscales. Cómo eludieron sus impuestos. Son de crucial importancia para montar cualquier desafío al sistema existente. Y ahora que tenemos esta información va a ser más fácil, aunque todavía difícil, intentar hacer algo sobre ese sistema. Un paso que se ha dado recientemente es la propuesta de un impuesto mínimo global para las corporaciones. Es un paso en la dirección correcta, aunque la distribución de ese impuesto deje mucho que desear y realmente favorece a los países ricos. Pero aquí se puede ejercer una presión moral. Ojalá podamos encontrar mecanismos que obliguen a estos paraísos fiscales a cooperar para lograr en primer lugar una mayor transparencia. Que sepamos dónde tienen dinero las corporaciones, cuántos beneficios obtienen. Un sistema más transparente, con informes país por país, y que podamos entonces también obtener más impuestos de estas corporaciones y de los individuos ricos y garantizar que al menos una parte de estos impuestos acabe en los países más pobres. Se sabe que los organismos internacionales suelen tener muy poco poder de negociación.