Allá por 1942 el escritor
y filósofo francés Paul Valéry (1871-1945) se lamentaba con aflicción en su
obra “Mauvaises pensées et autres” (Malos pensamientos y otros): "Todo
puede ser discutido, todo puede ser negado; todo puede ser sostenido, todo
puede ser imitado; todo puede ser confundido, todo puede ser olvidado. ¡Oh
pobre cabeza!". Estas amargas palabras han cobrado hoy -una vez más, pero
con más notoriedad que nunca- una relevancia crucial en la vida cotidiana de
los argentinos, quienes viven en un mundo en el que, efectivamente, todo puede
ser discutido, negado, sostenido, imitado, confundido, olvidado… En fin, todo
puede suceder, desde lo más absurdo y ridículo hasta lo más abyecto e inverosímil.
La trivialidad del mal, el bastardeo de las palabras, la venalidad de la
voluntad, la hipocresía sutil y la relatividad de la ética son moneda corriente
y se manifiestan de manera asombrosa.
Ante este sombrío panorama los argentinos, sumergidos hasta el cuello en un marasmo de descomunales proporciones, asisten impávidos a su desmoronamiento como nación soberana al compás de una dirigencia cipaya, egoísta, insensible, apática e indiferente. La decadencia, al parecer irrefrenable, gana terreno día a día en desmedro de un país que alguna vez pudo mostrarse con orgullo. Los antepasados inmigrantes que abandonaron la tierra de sus orígenes huyendo de la pobreza y las guerras, podrían dar testimonio fiel de este hecho. Ellos llegaron con lo puesto y, quienes más quienes menos, lograron progresar al tiempo que hacían crecer a la Argentina como ningún otro país hispanoparlante sudamericano.
Hoy, en cambio, la usurpación de su riqueza, de su cultura, de sus ilusiones, de sus esperanzas, se ha vuelo exagerada, auténtica, hasta tal punto que, con el uso de un cinismo insensato, los gobernantes y sus sirvientes acompañados por una minoritaria clase acomodada, la alta burguesía y los grupos transnacionales que dominan sectores clave como el agro, la minería, la industria petrolera y las finanzas pretenden hacerles creer a los argentinos que tienen que tener paciencia, que este proceso es necesario e inevitable para hacer crecer al país como nunca antes en su historia. Habría que recordarles a estos rapaces y detestables personajes que esos sectores sólo suman el 10% del empleo registrado, mientras que sectores como la construcción, la industria manufacturera, el comercio y los servicios personales, entre otros, generan el 90%. Y son precisamente estos sectores los que encabezan la lista de actividades con mayor pérdida de empleos registrados, lo que ha llevado a un crecimiento exponencial del empleo informal caracterizado por la precarización, la inestabilidad, los bajos salarios, la falta de protección social y las jornadas laborales excesivas.
Ante este sombrío panorama los argentinos, sumergidos hasta el cuello en un marasmo de descomunales proporciones, asisten impávidos a su desmoronamiento como nación soberana al compás de una dirigencia cipaya, egoísta, insensible, apática e indiferente. La decadencia, al parecer irrefrenable, gana terreno día a día en desmedro de un país que alguna vez pudo mostrarse con orgullo. Los antepasados inmigrantes que abandonaron la tierra de sus orígenes huyendo de la pobreza y las guerras, podrían dar testimonio fiel de este hecho. Ellos llegaron con lo puesto y, quienes más quienes menos, lograron progresar al tiempo que hacían crecer a la Argentina como ningún otro país hispanoparlante sudamericano.
Hoy, en cambio, la usurpación de su riqueza, de su cultura, de sus ilusiones, de sus esperanzas, se ha vuelo exagerada, auténtica, hasta tal punto que, con el uso de un cinismo insensato, los gobernantes y sus sirvientes acompañados por una minoritaria clase acomodada, la alta burguesía y los grupos transnacionales que dominan sectores clave como el agro, la minería, la industria petrolera y las finanzas pretenden hacerles creer a los argentinos que tienen que tener paciencia, que este proceso es necesario e inevitable para hacer crecer al país como nunca antes en su historia. Habría que recordarles a estos rapaces y detestables personajes que esos sectores sólo suman el 10% del empleo registrado, mientras que sectores como la construcción, la industria manufacturera, el comercio y los servicios personales, entre otros, generan el 90%. Y son precisamente estos sectores los que encabezan la lista de actividades con mayor pérdida de empleos registrados, lo que ha llevado a un crecimiento exponencial del empleo informal caracterizado por la precarización, la inestabilidad, los bajos salarios, la falta de protección social y las jornadas laborales excesivas.
Tal vez habría que mencionarle
al presidente autodenominado “anarco-capitalista” aquella frase que el escritor
alemán Thomas Mann (1875-1955) pronunció en 1950 durante una conferencia pronunciada
en la ciudad de Los “Ángeles, Estados Unidos. En esa oportunidad, el autor de
famosas novelas como “Der zauberberg” (La montaña mágica) y “Der tod in Venedig”
(La muerte en Venecia), manifestó que había que tener mucho cuidado “porque la
libertad puede invocarse para limitar libertades”, y profetizó: “cuándo el
fascismo regrese, lo hará en nombre de la libertad”. Y ante la desenfadada tergiversación
de este sustantivo, algo que parece imperceptible para muchos argentinos, es
lícito recordar a la filósofa, historiadora, politóloga y socióloga alemana Hannah
Arendt (1906-1975) quien en 1951 en su ensayo “Elemente und ursprünge totaler herrschaft”
(Los orígenes del totalitarismo) advertía que un pueblo despojado de criterio y
de sentido común, se convertía en terreno fértil para los discursos de odio.
Para ella, el totalitarismo no se imponía sólo con la fuerza, sino también con
la anestesia del pensamiento.
¿Están adormecidos los argentinos ante la pauperización continua y progresiva de su nivel de vida? Porque como muy bien dice el abogado y psicólogo argentino Rodrigo de Echeandía (1975) en un artículo publicado en la revista digital de la Asociación civil-cultural y biblioteca popular “Tesis 11”, “la crisis actual no es sólo económica o institucional; es una crisis de ‘razón pública’, una patología de la inteligencia colectiva. La sociología moderna ya había advertido que, cuando el cálculo instrumental se impone sobre la ética y la cultura, la política degenera en administración técnica o espectáculo mediático. En ese vacío florecen los discursos mesiánicos, que prometen redención a través de exterminar al enemigo”.
El filósofo holandés Rob Riemen (1962) advirtió en “L'éternel retour du fascisme” (El eterno retorno del fascismo) sobre el peligro de la violencia política en sí, haciendo énfasis en el fracaso de la inteligencia. Cuando la cultura abdica de su función crítica, la democracia pierde sentido moral. “La cultura y la democracia son inseparables” escribió, recordando que el propósito último del sistema democrático es elevar el nivel de vida de las personas, no reducirlas a consumidores o votantes pasivos. “La democracia protege todo lo frágil, los niños, los ancianos, los enfermos, los pobres. Cuando deja de hacerlo, deja de ser democracia. La educación y la cultura juegan un papel esencial y en los últimos años la educación abandonó sobre las nuevas generaciones el incentivo del pensamiento crítico. El nuevo totalitarismo consiste en la desactivación del pensamiento crítico, en eliminar casi por goteo, de manera imperceptible, diferentes derechos”.
El presidente dice estar librando una “batalla cultural” no sólo para recortar el presupuesto del país, sino para librar una guerra ideológica y transformar la mentalidad de los argentinos. Quiere desmantelar lo que llama los conceptos “aberrantes” de justicia social e igualdad económica y hacer que los principios básicos de la nación sean el capitalismo, el libre mercado, un Estado limitado y el individualismo. En medio de esa confrontación ha calificado a las universidades públicas como promotoras del adoctrinamiento ideológico e impulsoras de la ideología de género, el igualitarismo y el colectivismo, a los investigadores y empleados financiados por el gobierno de parásitos, y al sector público de organización criminal y violenta. Ha sostenido que la igualdad de oportunidades -principio básico de la mayoría de las democracias modernas- es una farsa y que los impuestos para redistribuir los recursos son un robo del Estado. Y como si todo esto fuera poco, clasificó a la justicia social como un virus que llena a la gente de odio y resentimiento, buscando generar consenso en torno a la represión y la criminalización de la protesta, a la cual evalúa culturalmente como un delito.
¿Están adormecidos los argentinos ante la pauperización continua y progresiva de su nivel de vida? Porque como muy bien dice el abogado y psicólogo argentino Rodrigo de Echeandía (1975) en un artículo publicado en la revista digital de la Asociación civil-cultural y biblioteca popular “Tesis 11”, “la crisis actual no es sólo económica o institucional; es una crisis de ‘razón pública’, una patología de la inteligencia colectiva. La sociología moderna ya había advertido que, cuando el cálculo instrumental se impone sobre la ética y la cultura, la política degenera en administración técnica o espectáculo mediático. En ese vacío florecen los discursos mesiánicos, que prometen redención a través de exterminar al enemigo”.
El filósofo holandés Rob Riemen (1962) advirtió en “L'éternel retour du fascisme” (El eterno retorno del fascismo) sobre el peligro de la violencia política en sí, haciendo énfasis en el fracaso de la inteligencia. Cuando la cultura abdica de su función crítica, la democracia pierde sentido moral. “La cultura y la democracia son inseparables” escribió, recordando que el propósito último del sistema democrático es elevar el nivel de vida de las personas, no reducirlas a consumidores o votantes pasivos. “La democracia protege todo lo frágil, los niños, los ancianos, los enfermos, los pobres. Cuando deja de hacerlo, deja de ser democracia. La educación y la cultura juegan un papel esencial y en los últimos años la educación abandonó sobre las nuevas generaciones el incentivo del pensamiento crítico. El nuevo totalitarismo consiste en la desactivación del pensamiento crítico, en eliminar casi por goteo, de manera imperceptible, diferentes derechos”.
El presidente dice estar librando una “batalla cultural” no sólo para recortar el presupuesto del país, sino para librar una guerra ideológica y transformar la mentalidad de los argentinos. Quiere desmantelar lo que llama los conceptos “aberrantes” de justicia social e igualdad económica y hacer que los principios básicos de la nación sean el capitalismo, el libre mercado, un Estado limitado y el individualismo. En medio de esa confrontación ha calificado a las universidades públicas como promotoras del adoctrinamiento ideológico e impulsoras de la ideología de género, el igualitarismo y el colectivismo, a los investigadores y empleados financiados por el gobierno de parásitos, y al sector público de organización criminal y violenta. Ha sostenido que la igualdad de oportunidades -principio básico de la mayoría de las democracias modernas- es una farsa y que los impuestos para redistribuir los recursos son un robo del Estado. Y como si todo esto fuera poco, clasificó a la justicia social como un virus que llena a la gente de odio y resentimiento, buscando generar consenso en torno a la represión y la criminalización de la protesta, a la cual evalúa culturalmente como un delito.
En el artículo titulado “La batalla cultural de Milei: qué hay detrás de una pelea que escala todos los días” publicado el pasado 26 de abril en “Unidiversidad”, el portal digital de noticias de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, el doctor en Ciencias Sociales Mariano Salomone (1977) expresó: “Esa batalla, digamos cultural, que está dando Milei como expresión de la nueva derecha en nuestra región latinoamericana se puede reconocer cotidianamente en todos los aspectos que lleva a cabo el gobierno. Desde las entrevistas que da, los comunicados, las conferencias de prensa que da el vocero presidencial, en todo el discurso del gobierno está esta batalla cultural que tiene que ver con la necesidad de construir algún consenso por parte de la derecha que justifique y sostenga esta arremetida en contra de los trabajadores y los sectores populares”. Y añadió: “se acentúan aquellos rasgos más autoritarios del Estado y se disminuyen todos aquellos mecanismos, por ejemplo, de participación ciudadana. La velocidad con la que se implementaron nuevas políticas para contener las protestas ciudadanas vía protocolo es parte de la estrategia, al fortalecer los mecanismos y las fuerzas de represión y criminalización del derecho a la protesta. Poner este énfasis en la criminalización y la persecución de la protesta social es una necesidad estructural del proyecto”.
Frente a semejante escenario cruel y demoledor, cabe recordar a Julio Cortázar (1914-1984), el escritor argentino que medio siglo atrás decía “sólo nos queda protagonizar pequeños actos que, aunque por sí solos no resuelvan nada, por lo menos nieguen la exclusividad del despojo y la omnipotencia de la desdicha”. Cada uno de los habitantes del país se encuentra solo en la sociedad y hasta enfrentado a ella. A veces, pareciera que el único recurso que tienen a su alcance para hacerle frente a la violencia cotidiana que los oprime es oponerle su irritación, aquella que son capaces de ejercer mediante marchas, manifestaciones y movilizaciones, las cuales los conducen invariablemente a un epílogo signado por la represión, la persecución y el martirio.
¿No habrá llegado el momento de reflexionar? ¿Es éste el país que quieren la mayoría de los argentinos? La corrupción en el podar genera a cada instante más fastidio y rencor, y los pequeños logros individuales sólo calman momentáneamente el dolor que sienten, ya que las jerarquías económicas y sociales no se modifican y el sometimiento y la humillación permanecen incólumes. ¿No será necesario terminar con la dictadura de los tecnócratas que los avasalla desde el poder, la conjura de los necios que los asuela desde los medios y la ignorancia de los lúmpenes que los traiciona desde las bases, para transformar una democracia puramente formal que sólo abastece a las clases dominantes en una democracia inequívocamente popular que atienda las necesidades de las mayorías?
Está claro que los artífices de la globalización, que todo lo someten al espíritu mercantil y monetarista, están profundamente interesados en mantener al país en un estado de miserable postración del que sacan jugoso provecho. Es necesario un cambio general, y ese cambio debería empezar por las relaciones materiales de la sociedad, las mismas que hasta hoy han llevado a los argentinos a esta situación, tanto por acción como por omisión. Decía el novelista inglés Graham Greene (1904-1991) en su novela “The quiet american” (El americano impasible) que “la muerte es el único valor absoluto en el mundo. Basta perder la vida para no perder nunca nada más”. Al paso que marcha la Argentina, más temprano que tarde, va a perder la vida, pero no individualmente sino como sociedad organizada; y eso también es un valor, si no absoluto, al menos primordial, los síntomas ya están a la vista.
Basta con percatarse de que lo que impera hoy en la Argentina es una democracia que, si bien mantiene su estructura formal, no pasa un solo día en el que no desafíe las formas políticas tradicionales ya que gobernar por decreto no es democrático. El presidente -un pertinaz fantoche del presidente yanqui Donald Trump (1946)- que alguna vez ha declarado creer que “la democracia tiene muchísimos errores” en definitiva ha impuesto una falaz democracia no representativa. Con su estilo transgresor y su constante utilización de datos falaces no hace más que intentar engañar a la población y desviarle la atención sobre los numerosos casos de corrupción que proliferan en su gobierno e involucran a figuras centrales de su administración. El nepotismo, el clientelismo, el soborno, la extorsión y la malversación de fondos se han vuelto moneda corriente en la actualidad.
Según censos realizados
por diversas organizaciones sociales, hoy en día hay alrededor de trescientas
setenta mil personas en situación de calle en la República Argentina. Y, según
fuentes oficiales, el país registra una deuda externa bruta récord de algo más
de trescientos veinte mil millones de dólares, una deuda que creció desde diciembre
de 2023 en treinta y cinco mil millones de dólares, mientras hubo una fuga
acumulada de más de cincuenta mil millones de dólares, una de las mayores en la
historia argentina.
Hace un siglo y medio atrás, la Argentina gobernada por el presidente Nicolás Avellaneda (1837-1885) participó en lo que se conoció como “Guerra de la Triple Alianza”, un conflicto militar que, tal como explicó el destacado historiador argentino Felipe Pigna (1959), fue una “guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay entre 1865 y 1870, la que respondió más a los intereses británicos y de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un ‘mal ejemplo’ para el resto de América Latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores”. El conflicto generó una enorme crisis económica ante la cual el presidente declaró que había “dos millones de argentinos que la padecerán para responder a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros. Honraremos nuestras deudas, aunque sea con el hambre y la sed de los argentinos”. ¿Tendrán los argentinos de hoy en día tener que pagar con su hambre y su sed la fraudulenta deuda externa?
Allá por 1837 el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831) decía en “Vorlesungen über die philosophie der weltgeschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal) que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecían dos veces. Y agregaba: “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Efectivamente, parece que esta sentencia es correcta dada la situación actual de los argentinos. Es cierto que se deben pagar las deudas, pero cuando se conocen los mecanismos del endeudamiento externo llevados adelante por el gobierno actual que comprometen la capacidad de pago durante generaciones (sumados a los que implementó el presidente neoliberal que gobernó entre 2015 y 2019 con el mismo ministro de Economía), cabe preguntarse si esa deuda es legítima.
Por último, más que esperar en condiciones paupérrimas los resultados de promesas que jamás se cumplirán, aguardando en vano el fin de la estanflación, ¿es muy insensato pedir que se tornen más decentes las vidas de los desocupados, los jubilados, los discapacitados, los indigentes? Ya va siendo tiempo de darle a esas vidas un verdadero sentido enmarcado por la dignidad y los derechos y libre de los caprichos de quienes engañan al pueblo y se enriquecen con su esfuerzo. Dicho esto, ¿es muy insensato esperar que se trate a los argentinos con respeto”.
Hace un siglo y medio atrás, la Argentina gobernada por el presidente Nicolás Avellaneda (1837-1885) participó en lo que se conoció como “Guerra de la Triple Alianza”, un conflicto militar que, tal como explicó el destacado historiador argentino Felipe Pigna (1959), fue una “guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay entre 1865 y 1870, la que respondió más a los intereses británicos y de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un ‘mal ejemplo’ para el resto de América Latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores”. El conflicto generó una enorme crisis económica ante la cual el presidente declaró que había “dos millones de argentinos que la padecerán para responder a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros. Honraremos nuestras deudas, aunque sea con el hambre y la sed de los argentinos”. ¿Tendrán los argentinos de hoy en día tener que pagar con su hambre y su sed la fraudulenta deuda externa?
Allá por 1837 el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831) decía en “Vorlesungen über die philosophie der weltgeschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal) que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecían dos veces. Y agregaba: “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Efectivamente, parece que esta sentencia es correcta dada la situación actual de los argentinos. Es cierto que se deben pagar las deudas, pero cuando se conocen los mecanismos del endeudamiento externo llevados adelante por el gobierno actual que comprometen la capacidad de pago durante generaciones (sumados a los que implementó el presidente neoliberal que gobernó entre 2015 y 2019 con el mismo ministro de Economía), cabe preguntarse si esa deuda es legítima.
Por último, más que esperar en condiciones paupérrimas los resultados de promesas que jamás se cumplirán, aguardando en vano el fin de la estanflación, ¿es muy insensato pedir que se tornen más decentes las vidas de los desocupados, los jubilados, los discapacitados, los indigentes? Ya va siendo tiempo de darle a esas vidas un verdadero sentido enmarcado por la dignidad y los derechos y libre de los caprichos de quienes engañan al pueblo y se enriquecen con su esfuerzo. Dicho esto, ¿es muy insensato esperar que se trate a los argentinos con respeto”.


