¡QUÉ BAILE!
Graciela Blois
Argentina (1958)
Esa mañana la cocina
estaba tranquila, La cocinera se había ido unos días de vacaciones. Todo era
silencio y tranquilidad. Nada de ruidos de ollas ni cuchillos afilados y cucharas
mezclando para lograr la receta perfecta.
De pronto, en la canasta de los vegetales, comenzó un tímido movimiento.
Doña Cebolla comenzó a desperezarse después de una siesta de varios días.
- ¡Uff, qué calor! -dijo, sacándose lentamente las capas de su vestido.
Don Ají se puso Colorado y a Don Tomate las semillitas le hacían cosquillas en su estómago.
- ¡Vamos a bailar! -gritó Doña Cebolla. Al principio todos la miraron raro. Pero luego se fueron sumando a esa idea descabellada que sonaba divertida.
Don Ajo abrió su boca y los dientitos contentos fueron corriendo a golpear los cajones para despertar a los cubiertos.
Doña Cuchara, Don Cuchillo y Don Tenedor rezongaron al principio, pero luego se sumaron a la fiesta organizada en la mesada de la cocina.
Doña Papa armó la orquesta golpeando el frasco de Doña Pimienta que le servía de batería. Don Apio comenzó a frotar sus hojas y sus tallos con un escarbadientes y así la música, débil al principio, se fue haciendo cada vez más fuerte y más afinada cuando Doña Zanahoria le daba ritmo raspando al rallador.
- Vamos a bailar tango, lleno de cortes y quebradas -dijo Don Cuchillo exultante tomando a Doña Cuchara por la cintura, mientras las niñas Cucharitas se pegaban celosas a la pollera de su madre.
- ¡No, mejor bailemos rock! -gritó Doña Papa dándole a la batería con todas sus fuerzas.
Don Tomate y Doña Lechuga se ganaron la admiración de todos con sus pasitos de rock bien coordinados.
- Mejor bailemos una zamba -propuso Don Choclo, que recién se incorporaba a la fiesta, cubriendo a Doña Cebolla con una chala a mondo de poncho.
Tango, rock o zamba. Así empezó la discusión. La cocina se llenó de gritos que despertaron a Don Aceite que aún dormía.
- ¡Basta de peleas, che! ¡Dejen dormir tranquilo! -gritó mientras salía apurado de la alacena, con tanta mala suerte, que tropezó con Doña Zanahoria y su rallador. Una capa de líquido viscoso llenó toda la mesada. Uno a uno, se fueron resbalando. Se amontonaron sobre la table de picar y, deslizándose, terminaron en la olla que estaba en la hornalla de la cocina. Fue entonces cuando todos, allí dentro, comenzaron a bailar una sabrosa salsa.
EPITAFIO DE UN BOXEADOR
Ignacio Aldecoa
España (1925-1969)
Pasaban las nubes de
tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y
cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la
avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas
pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las
cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: “Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.”.
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.
MIEDOS PRESTADOS
Mirta Dovidenko
Argentina (1947)
La distancia de rescate
fijada por Luis es de 500 km., y nunca más recorrida en avión. Es el límite que
se impuso después de sufrir el primer ataque de pánico en pleno vuelo. Y yo no
me atrevo a dejarlo solo, si muere de miedo en mi ausencia, va a decir que fue
mi falta. Sus miedos limitan mi libertad de acción. Ya no viajo en avión, y el
auto aún no vuela. Quisiera decirle que, igual algún día se puede morir, aunque
yo esté presente. No me atrevo, a ver si le da un ataque.
La semana próxima volaré por razones de trabajo. Mi conciencia está tranquila, no cuenta como deslealtad. Y Luis, si quiere, puede morir en esa fecha. En este viaje me acompaña Patricio, mi compañero sustituto de aventuras. Mi nueva fuente de energía duerme en mi cama. No me reprocho nada, me regala vida. Con él olvido miedos prestados, frustraciones y viajes vedados. Vuelvo a ser feliz.
Y Luis en Buenos Aires, seguro estará bien en compañía del Clonazepam.
PÉRDIDAS
Ángeles Mastretta
México (1949)
A veces el rumor de la
nostalgia le subía desde los pies hasta la frente. Y desde las orejas hasta el
ombligo algo ardiente le iba corriendo bajo la piel hasta que le brotaba un
sudor tibio que en lugar de aliviarla la ponía al borde de un ataque de llanto.
Todo eso empezó a pasarle cuando un hombre que era dos al mismo tiempo desapareció
de su vera como de pronto amaina un temporal.
- Eso es la menopausia- le dijo su hermana tras oírla describir aquella sensación de angustia repentina-. No tiene nada que ver con la pérdida del animal esquizofrénico que se te fue. Por drástica que te parezca la pérdida de un marido, nunca devasta como la pérdida del estradiol.
NOCHE DE GALA
Ricardo Bugarín
Argentina (1962)
Los comensales se ubican a
la mesa frente a cada tarjeta con sus nombres, como indica el protocolo. Se les
trae guantes blancos para acompañar cada comida. A cada plato corresponde un
nuevo juego de guantes. Lo que ignoran es que lo más incómodo viene con el
menú. Los langostinos se sirven vivos, a las aves hay que desplumarlas, al
cochinillo hay que cerrarle la boca para ahogar sus berrinches cuando se lo
intenta tronchar y la natilla del postre viene con los huevos vivos y
empollados. Hay que conservar la compostura y preservar la etiqueta. Las
cámaras están encendidas y transmiten, para todo el mundo, la gala de esta
noche.
NO ES UN DATO MENOR
Nicolás Fontana
Argentina (1982)
"Ceniza en los
ojos" es el nombre del libro. Lo escribió un tal Jean Forton, de quien no
tengo certezas, salvo que nació en Burdeos. Hace siete años que lo compré.
Nunca lo leí. Lo compré porque me gustó la portada. Es de tapa dura. Al ser un
libro de tapa dura, el precio, lógicamente, fue mayor. La portada del libro es
un dibujo de una adolescente abrazando a la figura de un hombre color ceniza.
En la librería leí al azar un par de párrafos y quedé cautivado. Si me
consultan sobre el contenido de lo que leí. no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo
es que el tamaño de la letra me agradó. Es un libro de doscientas páginas.
Cuando me encuentro ante un libro de mayor extensión, lo miro con desconfianza.
Seguro se preguntarán por qué motivo aún no lo he leído. La respuesta es muy
simple y nada original: estoy esperando el momento indicado. No es un dato
menor. Estoy convencido de que el libro será una revelación. Sí, lo he
idealizado. Las noches en que duermo junto a él, sueño con triángulos de fuego
que giran en círculos. Al acariciarlo mis dedos transpiran y tengo temor de
producirle daño. Lo protejo en mi despacho. Ahora lo observo, se encuentra en
la parte superior, junto a otros insignificantes. De difícil acceso, para que
ningún visitante amigo de lo ajeno se atreva, ni siquiera, a tocarlo, ni a leer
el título. Soy muy celoso de él.
El cuerpo sin vida de Damián, que aún permanece tibio, derrumbado frente a la biblioteca, puede dar fe.
TRANSBORDO
Oscar González
Argentina (1941)
¡Qué hermoso atravesar los
rayos del sol, sentir su tibieza en mis alas!
El campo huele a amaneceres y las flores silvestres semejen estrellas multicolores.
La brisa acompaña mi andar y no me resisto. Es tan lindo andar con ella.
Este poste de alumbrado guarda aún los murmullos del monte que lo vio nacer. Pobre tronco, qué solo ahora.
Me asombra el azul violeta de estos cardos en flor y el verde que se ralea hasta convertirse en pedregullo.
¿Qué será ese rugido lejano y este suelo negro con gotas de aceite y una línea blanca en el medio? Ah, ya veo otra vez el verde, creo que estoy cerca. Pero ese rugido en aumento…
Esto pensaba aquella mariposa cuando el impacto. A partir de allí, continuó su camino estaqueada en el radiador de un ómnibus.
BANDERA
Gonzalo Gálvez Romano
Uruguay (1971)
- Eh, escuchame, mirá, yo
en Semana Santa no vengo a laburar, ¿sabes? -se metió en la oficina.
- No hay problema, si no querés no vengas -dije sin dejar de mirar el monitor.
- Pero cobro igual, ¿no?
- Si no venís, no cobrás.
- ¡Eh, pará! No me podés obligar, es por un asunto de religión. No me discrimines. Yo soy católico, bautizado y todo. Te traigo el certificado. Vas a ver, mañana te lo traigo. Si te lo traigo me tenés que pagar. Además hice el curso para la comunión; al final no la tomé porque ese día mi viejo se agarró flor de tranca y empezó a hacer quilombo en la iglesia. ¡Juaaa, qué quilombo! El cura se calentó y nos echó a todos a la mierda. Se iba puteando a los gritos el viejo, no me lo olvido más; mi vieja, pobre, lloraba. Íbamos a hacer una re fiesta, con sanguchitos y todo. Al final el viejo se morfó todo, se escabió el vino y durmió como una semana, ¡juaaa! Pobre vieja, le dio culpa y me regaló veinte australes. Después no fui más a la iglesia, tenía miedo de que me maten. Pero ahora me agarró como un arrepentimiento, ¿viste? Y voy a aprovechar Semana Santa para reconciliarme con Dios, me voy a tomar unos días de recogimiento, ¡juaaa!
- Bueno, hacé lo que quieras, pero el lunes bien temprano estás acá laburando.
- Desde el lunes comprometo todos mis días con vos, como si fueran piezas de baile -dijo y lo miré.
- ¡Juaaa! -estalló-, lo leí en el libro, ese que te dejaste ayer en el escritorio. Te maté con ésa.
- Ah, sabés leer también.
- ¿Qué te pasa, atorrante? Yo hice toda la escuela, completita. Y era buen alumno, iba a ser abanderado y todo, pero viste... no queda bien, todas las madres de los pibes que vienen al acto y aparezco yo, así negro y con esta cara... ¡Juaaa! Flor de cagazo se iban a pegar las minas.
MIRANDO ENFERMEDADES
Ana María Shua
Argentina (1951)
En el Diccionario de
Agronomía y Veterinaria había ilustraciones y muchas fotos. Una extraña
tumoración nudosa deformaba la articulación de una rama.
¿Esto qué es? preguntaba yo, la niña.
Es una enfermedad de los árboles me decía papá.
¿Esto qué es? preguntaba yo, señalando, en la foto, el sexo de un toro.
Es una enfermedad de las vacas me decía papá.
Era lindo mirar enfermedades con mi papá. Como sabía que me estaba mintiendo, observaba con asombro y regocijo los desmesurados genitales que crecían deformes en los árboles machos.
Graciela Blois
Argentina (1958)
De pronto, en la canasta de los vegetales, comenzó un tímido movimiento.
Doña Cebolla comenzó a desperezarse después de una siesta de varios días.
- ¡Uff, qué calor! -dijo, sacándose lentamente las capas de su vestido.
Don Ají se puso Colorado y a Don Tomate las semillitas le hacían cosquillas en su estómago.
- ¡Vamos a bailar! -gritó Doña Cebolla. Al principio todos la miraron raro. Pero luego se fueron sumando a esa idea descabellada que sonaba divertida.
Don Ajo abrió su boca y los dientitos contentos fueron corriendo a golpear los cajones para despertar a los cubiertos.
Doña Cuchara, Don Cuchillo y Don Tenedor rezongaron al principio, pero luego se sumaron a la fiesta organizada en la mesada de la cocina.
Doña Papa armó la orquesta golpeando el frasco de Doña Pimienta que le servía de batería. Don Apio comenzó a frotar sus hojas y sus tallos con un escarbadientes y así la música, débil al principio, se fue haciendo cada vez más fuerte y más afinada cuando Doña Zanahoria le daba ritmo raspando al rallador.
- Vamos a bailar tango, lleno de cortes y quebradas -dijo Don Cuchillo exultante tomando a Doña Cuchara por la cintura, mientras las niñas Cucharitas se pegaban celosas a la pollera de su madre.
- ¡No, mejor bailemos rock! -gritó Doña Papa dándole a la batería con todas sus fuerzas.
Don Tomate y Doña Lechuga se ganaron la admiración de todos con sus pasitos de rock bien coordinados.
- Mejor bailemos una zamba -propuso Don Choclo, que recién se incorporaba a la fiesta, cubriendo a Doña Cebolla con una chala a mondo de poncho.
Tango, rock o zamba. Así empezó la discusión. La cocina se llenó de gritos que despertaron a Don Aceite que aún dormía.
- ¡Basta de peleas, che! ¡Dejen dormir tranquilo! -gritó mientras salía apurado de la alacena, con tanta mala suerte, que tropezó con Doña Zanahoria y su rallador. Una capa de líquido viscoso llenó toda la mesada. Uno a uno, se fueron resbalando. Se amontonaron sobre la table de picar y, deslizándose, terminaron en la olla que estaba en la hornalla de la cocina. Fue entonces cuando todos, allí dentro, comenzaron a bailar una sabrosa salsa.
Ignacio Aldecoa
España (1925-1969)
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: “Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.”.
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.
Mirta Dovidenko
Argentina (1947)
La semana próxima volaré por razones de trabajo. Mi conciencia está tranquila, no cuenta como deslealtad. Y Luis, si quiere, puede morir en esa fecha. En este viaje me acompaña Patricio, mi compañero sustituto de aventuras. Mi nueva fuente de energía duerme en mi cama. No me reprocho nada, me regala vida. Con él olvido miedos prestados, frustraciones y viajes vedados. Vuelvo a ser feliz.
Y Luis en Buenos Aires, seguro estará bien en compañía del Clonazepam.
Ángeles Mastretta
México (1949)
- Eso es la menopausia- le dijo su hermana tras oírla describir aquella sensación de angustia repentina-. No tiene nada que ver con la pérdida del animal esquizofrénico que se te fue. Por drástica que te parezca la pérdida de un marido, nunca devasta como la pérdida del estradiol.
Ricardo Bugarín
Argentina (1962)
Nicolás Fontana
Argentina (1982)
El cuerpo sin vida de Damián, que aún permanece tibio, derrumbado frente a la biblioteca, puede dar fe.
Oscar González
Argentina (1941)
El campo huele a amaneceres y las flores silvestres semejen estrellas multicolores.
La brisa acompaña mi andar y no me resisto. Es tan lindo andar con ella.
Este poste de alumbrado guarda aún los murmullos del monte que lo vio nacer. Pobre tronco, qué solo ahora.
Me asombra el azul violeta de estos cardos en flor y el verde que se ralea hasta convertirse en pedregullo.
¿Qué será ese rugido lejano y este suelo negro con gotas de aceite y una línea blanca en el medio? Ah, ya veo otra vez el verde, creo que estoy cerca. Pero ese rugido en aumento…
Esto pensaba aquella mariposa cuando el impacto. A partir de allí, continuó su camino estaqueada en el radiador de un ómnibus.
Gonzalo Gálvez Romano
Uruguay (1971)
- No hay problema, si no querés no vengas -dije sin dejar de mirar el monitor.
- Pero cobro igual, ¿no?
- Si no venís, no cobrás.
- ¡Eh, pará! No me podés obligar, es por un asunto de religión. No me discrimines. Yo soy católico, bautizado y todo. Te traigo el certificado. Vas a ver, mañana te lo traigo. Si te lo traigo me tenés que pagar. Además hice el curso para la comunión; al final no la tomé porque ese día mi viejo se agarró flor de tranca y empezó a hacer quilombo en la iglesia. ¡Juaaa, qué quilombo! El cura se calentó y nos echó a todos a la mierda. Se iba puteando a los gritos el viejo, no me lo olvido más; mi vieja, pobre, lloraba. Íbamos a hacer una re fiesta, con sanguchitos y todo. Al final el viejo se morfó todo, se escabió el vino y durmió como una semana, ¡juaaa! Pobre vieja, le dio culpa y me regaló veinte australes. Después no fui más a la iglesia, tenía miedo de que me maten. Pero ahora me agarró como un arrepentimiento, ¿viste? Y voy a aprovechar Semana Santa para reconciliarme con Dios, me voy a tomar unos días de recogimiento, ¡juaaa!
- Bueno, hacé lo que quieras, pero el lunes bien temprano estás acá laburando.
- Desde el lunes comprometo todos mis días con vos, como si fueran piezas de baile -dijo y lo miré.
- ¡Juaaa! -estalló-, lo leí en el libro, ese que te dejaste ayer en el escritorio. Te maté con ésa.
- Ah, sabés leer también.
- ¿Qué te pasa, atorrante? Yo hice toda la escuela, completita. Y era buen alumno, iba a ser abanderado y todo, pero viste... no queda bien, todas las madres de los pibes que vienen al acto y aparezco yo, así negro y con esta cara... ¡Juaaa! Flor de cagazo se iban a pegar las minas.
Ana María Shua
Argentina (1951)
¿Esto qué es? preguntaba yo, la niña.
Es una enfermedad de los árboles me decía papá.
¿Esto qué es? preguntaba yo, señalando, en la foto, el sexo de un toro.
Es una enfermedad de las vacas me decía papá.
Era lindo mirar enfermedades con mi papá. Como sabía que me estaba mintiendo, observaba con asombro y regocijo los desmesurados genitales que crecían deformes en los árboles machos.
José María Méndez
El Salvador (1916-2006)
Elena Estévez -española
extremeña- era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios
enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba.
Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén,
emigrante europeo, exembajador estoniano. Enamorose.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera. Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
- ¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén. Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera. Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
- ¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén. Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.