23 de marzo de 2008

Las fábulas de Bertolt Brecht

Bertolt Brecht fue un escritor alemán, nacido en Augsburg en 1898 y muerto en Berlín oriental en 1956. Fue uno de los dramaturgos más destacados e innovadores y también se cuenta entre los más importantes e influyentes poetas del siglo XX. Aparte de estas dos facetas, cabe destacar también su prosa breve de carácter didáctico y dialéctico.
La atmósfera de enrarecimiento político y las convulsiones provocadas por las guerras fueron determinantes para la producción literaria alemana en las primeras décadas del siglo. En este escenario, las preocupaciones de Brecht se centraron en el hombre y su destino, el desamparo y la maldad imperantes en la sociedad, la alienación y la ausencia de moral, males que debieran ser superados con el advenimiento de una comunidad solidaria que proyectase al ser humano hacia su verdadera realización. La base de toda su producción fue una posición antiburguesa, una crítica a las formas de vida, la ideología y la concepción artística de la burguesía, poniendo de relieve al mismo tiempo la necesidad humana de felicidad como base para la vida.
Con excepción de "Kalendergeschichten" (Cuentos de almanaque) y "Geschichten vom Herrn K." (Historias del señor Keuner) publicados por el autor en vida, el resto de sus cuentos breves fue publicado en diarios y revistas de las décadas del veinte y del treinta. El propio Brecht no había previsto editar estas narraciones. A continuación algunas de ellas:

GUERRA BALCANICA
Un hombre viejo y enfermo iba andando por el campo, cuando cuatro granujas lo asaltaron y lo despojaron de sus bienes. El anciano prosiguió tristemente su camino. Pero al llegar al primer cruce de carreteras vio con sorpresa que tres de los ladrones atacaban al cuarto para quitarle el producto de su robo. En la lucha, el botín cayó al suelo. Lleno de alegría, el anciano lo recogió y se alejó de prisa, pero en la próxima ciudad fue detenido y llevado ante el juez. Allí estaban los cuatro granujas, ahora otra vez en armonía y lo acusaban.
La decisión del juez fue la siguiente:
El anciano debía entregar a los ladrones los bienes que acababa de recuperar. Porque de no ser así -dijo aquel sabio y justo magistrado- los cuatro bribones podrían quebrantar la paz de la comarca.


EL VIAJE EN EL COMPARTIMIENTO
Trepó al tren repleto, en el que los viajeros se amontonaban como arenques y abrió la puerta de un compartimiento. Al­guien cerró la puerta desde adentro. El hombre la volvió a abrir y vio a un individuo gordo y a dos mujeres sentadas, acunando unos niños sobre sus faldas.
- Cierre -dijo el gordo, con acritud-. Compartimiento para heridos de guerra.
El viajero permaneció un tiempo como un arenque más en el pasillo, con la perspectiva de pasar así dos horas; de pronto extendió una mano tensa hacia la puerta, la abrió y dijo:
- ¿Tiene usted credenciales? Aquí hay lugares libres. ¡Permítame!
El gordo se ponía de pie cada vez que la puerta se abría, quién sabe por qué.
- No puede entrar aquí -dijo.
El viajero, que era un hombre joven, lo miró de frente, con expresión grave y dijo:
- ¿No se da cuenta que es una desconsideración?
El gordo quiso cerrar la puerta, pero el joven interpuso un pie. El hecho de entrar para sentarse carecía de impor­tancia; pero la gente que estaba allí dentro estaba abusando de sus derechos y no iban a salirse con la suya. El sentido de la justicia del joven lo exigía.
- Me sentaré aquí -dijo-. ¡Quite esa caja!
El gordo se había puesto nuevamente de pie. Su frente estaba perlada de sudor.
- Apiádese de las mujeres -dijo-. En el compartimiento viajan niños a los que es preciso acunar.
- ¿Quiere que permanezca de pie? -preguntó el joven-. Puedo hacerlo, pero no quiero. No hay derecho. El gordo hizo un último intento.
- No le gustará mucho. Los niños lloran continuamente.
El joven se sentó. No estaba mucho más cómodo. El com­partimiento estaba en penumbra, las mujeres acunaban a sus crios, que chillaban como si los estuvieran martirizando. Pero él estaba satisfecho en su fuero interno, porque había triun­fado la justicia. Permaneció sentado hasta la estación terminal. Tres días más tarde cayó enfermo para no levantarse más. La gente del compartimiento llevaba niños con escar­latina.


BREVE VISITA A UN MUSEO ALEMAN- Buenos días.
- ¿Hum?
- Quisiera visitar el Departamento de Astronomía.
- ¡Ah! ¿No sabe leer?
- Cómo no.
-¿Y no ve que el Departamento de Astronomía está ce­rrado hoy?
- Sí... pero, sabe lo que pasa... sólo permaneceré este día en la ciudad.
- Y se le ocurre visitar precisamente el Departamento de Astronomía.

- Sí.
- ¡Justamente hoy que está cerrado!

- Está bien. Quisiera hablar con el director.
- ¿Con el director? ¿Y qué quiere decirle al director?
- Quiero ver si el director puede hacer algo para solucio­nar mi problema.
- Más vale que se ahorre la visita. Yo le puedo decir desde ya que el director no puede hacer nada.


- Buenos días.
- ¡Hum!
- ¿Tengo el gusto de hablar con el señor director?
- Sí, ¿qué pasa?
- Tengo interés en visitar el Departamento de Astronomía.

- ¡Ah! ¿Y para qué?
- Tengo que hacer un trabajo. Soy escritor.
- Aja. Así que escritor. ¿Y cómo se llama?
- Brecht.
- Aja.
- Sólo puedo permanecer un día aquí.
- ¿Y de dónde viene?
- De Berlín.
- Aja. Y quiere visitar el Departamento de Astronomía.
- Sí, si usted me lo permite.
- Precisamente hoy, el día en que está cerrado.
- Sí. ¿Y porqué no puedo visitarlo? En realidad lo único que necesito es un ordenanza que me acompañe. Supongo que alguna vez se harán excepciones. Sobre todo cuando no se trata de turistas, sino de gente que necesita visitar el museo por algún trabajo.
- ¿Y por qué no busca datos en Berlín?
- Tengo entendido que este departamento de su museo es muy bueno.
- Es tan bueno como cualquier otro. Hay otros mucho mejores.
- ¿De veras?
- Se lo estoy diciendo.


- ¿Esta es la salida?
- ¿No sabe leer?
- Cómo no.
- ¿Y no ve que ahí dice Salida?
- ¿Es usted el portero?
- Sí. ¿Qué pasa?


MUERTE DE UNA MUJER PIADOSA
La hermana de mi abuela era muy piadosa. Tenía una renta anual de cuatrocientas coronas y una habitación en casa de su hermana, mi abuela. Entregaba a ésta todo su dinero y de ese dinero se compraba lo que ella necesitaba. Además ganaba una suma adicional tejiendo medias, a 25 ores el par. Esa ga­nancia la destinaba a los pobres. Nunca usaba joyas, ni siquiera un broche. Usó el mismo vestido durante treinta años. En la segunda mitad de su vida aprendió, sin profesores, griego y latín; pero aun así continuó viviendo con sólo dos libros: una biblia y un pequeño catecismo. Llegó a los 85 años; pero su lucha contra la muerte duró tres días enteros. En su delirio hablaba mucho de Napoleón, a quien había admirado en su juventud. Además, continuamente intentaba rezar, pero había olvidado las palabras del Padrenuestro. Eso la hacía sufrir mu­cho. Aquella muerte terminó con el resto de mi fe en Dios.


PARA LA SOPA
En la aldea Mija, los fascistas habían incendiado una de cada cinco casas y habían detenido con ametralladoras a los aldeanos que intentaban combatir el fuego. Cuando atravesó el pueblo el primer regimiento proletario, de un establo salió una aldeana con tres niñitos. No le quedaba otra cosa que un ternero y lo entregó a los guerrilleros. Cuando el regimiento se puso nueva­mente en marcha, la mujer los siguió un trecho y, procurando que los niños no la vieran, sacó del corpino un puñado de harina atado en un pañuelo y se lo entregó a los guerrilleros.
- Consérvalo -dijeron los hombres-. Tus hijos también tie­nen hambre.
- Tómenlo -insistió ella-. Les servirá para espesar la sopa. Tienen que derrotar al enemigo.


LA PIADOSA CRUZ ROJA
Cuando comenzó la guerra se necesitó mucho personal sanitario de sexo femenino. Las voluntarias eran sometidos a una única prueba. Se les preguntaba si preferían ser personal de jerar­quía o enfermeras comunes. A aquellas que preferían ser per­sonal de jerarquía se las llevaba a una habitación y allí se les informaba que no se las necesitaría, porque no se necesitaba personal de jerarquía. Todas las demás voluntarias ingresaban. Entre ellas había muchas muchachas de la calle; su comercio dejaba poca ganancia en esos días. Las enfermeras no eran buenas desde el comienzo; durante mucho tiempo, las supervisoras debían levantarse varias veces por noche para cercio­rarse de que el personal nuevo no se había dormido.
Cuando la guerra terminó, ya no se necesitaron los servicios de esas mujeres y se las devolvió a la calle. Para eso no se las sometió a ninguna prueba.