23 de julio de 2008

Apreciaciones de Maupassant sobre la crítica y la novela

Guy de Maupassant (1850-1893) debió mucho de su formación literaria a Gustave Flaubert (1821-1880), quien fue su consejero entre los años 1873 y 1878, imponiéndole la dificultad y la precisión del credo realista. Conoció luego a Alphonse Daudet (1840-1897), a Emile Zola (1840-1902) y a Joris Karl Huysmans (1848-1907), vinculándose definitivamente al grupo de los naturalistas.
En 1880, su relato "Boule de suif" (Bola de sebo) fue publicado en la colección de cuentos "Les soirées de Médan" (Las veladas de Médan), una suerte de manifiesto del naturalismo. A partir de entonces la producción de Maupassant fue enorme: en la década de 1880 a 1890 publicó dieciséis colecciones de cuentos y varias novelas, como así también algunos poemas y ensayos. De uno de éstos, escrito en 1887, son los siguientes fragmentos:

"Es preciso que el crítico, sin prejuicio alguno ni opiniones preconce­bidas, sin ideas de escuela, sin compromisos con ningún grupo de artistas, comprenda, distinga y explique las tendencias más opuestas, los temperamentos más contrapuestos y admita las más diversas búsquedas de arte".

"El crítico que se atreve a escribir: 'esto es una novela y aquello no lo es', me parece que está dotado de una perspicacia que se asemeja mucho a la incompetencia. Por lo general, este crítico entiende por novela una aventura más o menos verosímil, dispuesta como una obra teatral en tres actos, de los que el primero contiene la exposición, el segundo la acción y el tercero el desenlace. Este modo de componer es absolutamente admisible, pero a condición de que se acepten todos los demás".

"¿Existen reglas para escribir una novela, fuera de las cuales una historia escrita debiera llamarse de otro modo? ¿Cuáles son esas famosas reglas? ¿De dónde proceden? ¿Quién las ha establecido? ¿En virtud de qué principio, de qué autoridad y de qué razonamientos? No obstante, parece ser que los críticos saben de una manera cierta, indudable, lo que constituye una novela y lo que la dis­tingue de otra que no lo es. Esto, sencillamente, significa que sin ser escritores están agrupados en una escuela y rechazan, a la manera de los mismos novelistas, todas las obras concebidas y rea­lizadas fuera de su estética".

"Todos los escritores han recla­mado con insistencia el derecho absoluto e indiscutible de componer, es decir, de imaginar u observar de acuerdo con su concepto personal del arte. El talento procede de la originalidad, que es una manera especial de pensar, de ver, de comprender y de juzgar. Así pues, el crítico que pretende definir la novela según la idea que de ella se ha forjado con arreglo a las novelas que pre­fiere, y establecer ciertas reglas invariables de composición, lu­chará siempre contra el temperamento de un artista que aporte un nuevo procedimiento".

"Un crítico totalmente merecedor de este nombre debería ser tan sólo un analista exento de tendencias, de preferencias, de pasiones, y apreciar tan sólo, al igual que un perito en pintura, el valor artístico del objeto de arte que se le somete. Su comprensión, abierta a todo, debe absorber hasta tal punto su personalidad, que pueda descubrir y alabar incluso los libros que no le satisfacen como hombre, pero que debe com­prender como juez. Pero la mayor parte de los críticos no son, en realidad, más que lectores, y el resultado es que nos censuran casi siempre erróneamente o nos elogian sin reserva y sin tino".

"Discutir el derecho que asiste a un escritor para hacer una obra poética o realista es quererle forzar a modificar su temperamento, recusar su originalidad y no permitirle utilizar la visión y la inteligencia que le proporcionó la naturaleza. Echarle en cara que vea las cosas hermosas o feas, pequeñas o épicas, graciosas o siniestras, es como reprocharle estar configu­rado de tal o cual manera y no tener una visión que concuerde con la nuestra. Dejémosle en libertad para comprender, observar, concebir como guste, mientras sea un artista".

"El novelista que transforma la verdad constante, brutal y desa­gradable, para lograr una aventura excepcional y seductora, debe, sin preocuparse demasiado por la verosimilitud, manejar a su an­tojo los acontecimientos, prepararlos y arreglarlos para complacer al lector, emocionarle o enternecerle. El plan de su novela no es más que una serie de combinaciones ingeniosas que conducen con habilidad al desenlace. Los incidentes se disponen y dirigen hacia el punto culminante, y el resultado final, que es un aconte­cimiento capital y decisivo, debe satisfacer todas las curiosidades excitadas al principio, poniendo un límite al interés y acabando de una manera tan completa la historia relatada, que ya no se desee saber qué les ocurrirá en el futuro a los personajes mássobresalientes".

"El novelista que pretende darnos una imagen exac­ta de la vida debe evitar cuidadosamente cualquier encadenamien­to de hechos que pudiera parecer excepcional. Su finalidad no estriba en contarnos una historia, divertirnos o entristecernos, sino en forzarnos a pensar, a comprender el sentido profundo y oculto de los sucesos. A fuerza de observar y meditar, mira el universo, las cosas, los hechos y los hombres de cierto modo que le es pecu­liar y que se deriva del conjunto de sus observaciones meditadas. Esta es la visión personal del mundo que intenta comunicarnos reproduciéndola en un libro. Para conmovernos, como le ha con­movido a él mismo el espectáculo de la vida, debe reproducirla ante nuestros ojos con escrupulosa semejanza. Por lo tanto, deberá componer su obra de una manera tan hábil, tan disimulada y en apariencia tan sencilla, que sea imposible adivinar e indicar el plan, descubrir sus intenciones".

"El artista, una vez elegido el tema, tomará tan sólo de esta vida repleta de contingencias y casualidades, los detalles característicos útiles a su argumento, y rechazará todo lo demás, todo cuanto quede al margen de él. La vida deja todo en el mismo plano, precipita los acontecimientos y los prolonga indefinidamente. El arte, en cam­bio, consiste en usar precauciones y preparaciones, en disponer transiciones sabias y disimuladas, en poner tan sólo en evidencia, mediante la habilidad de la composición, el grado de relieve que convenga, según su importancia, en provocar la profunda sensa­ción de la verdad especial que se pretende demostrar".

"Cada uno de nosotros se forja sencillamente una ilusión del mundo; ilusión poética, sentimental, gozosa, melancó­lica, impura o lúgubre, según su naturaleza. Y la misión del escri­tor no es otra sino reproducir con fidelidad esta ilusión mediante todos los procedimientos del arte que haya aprendido y de que pueda disponer. Los grandes artistas son aquellos que imponen a la humanidad su ilusión particular".

"Hay que ser muy loco, muy audaz, muy presumido o muy estúpido para continuar escribiendo hoy en día. Tras tan­tos maestros de tan variadas naturalezas, de inteligencia múltiple, ¿qué queda por hacer que no se haya hecho y qué queda por decir que no se haya dicho? ¿Quién de nosotros puede vanagloriarse de haber escrito una página, una frase, que no encontremos escrita, casi igual, en otra parte? Cuando leemos, nosotros, que estamos saturados de escritura, que tenemos la impresión de que nuestro cuerpo entero está formado por una masa compuesta por palabras, ¿acertamos con una línea, con un pensamiento que no nos sea familiar y del cual no hayamos tenido, por lo menos, un presentimiento confuso?".

"El hombre que tan sólo se propone divertir a su público con la ayuda de procedimientos ya conocidos, escribe con seguridad, en el candor de su mediocridad, unas obras destinadas a la muchedumbre ignorante y desocupada. Pero aquellos sobre quienes pesan todos los siglos de la literatura pasada, aquellos a quienes nada satisface, a quienes todo disgusta porque sueñan con algo mejor, a quienes todo les parece ya desflorado, a quienes su obra les da siempre la impresión de un trabajo inútil y co­mún, llegan a juzgar el arte literario como algo inalcanzable, miste­rioso, que apenas nos revelan unas páginas de los más famosos maestros".

"El talento es una larga paciencia; se trata de observar todo cuanto se pretende expresar, con tiempo suficiente y suficiente atención para descubrir en ello un aspecto que nadie haya observado ni dicho. En todas las cosas existe algo inexplorado, porque estamos acostumbrados a servirnos de nuestros ojos sólo con el recuerdo de lo que pensaron otros antes que nosotros sobre lo que contemplamos. La menor cosa tiene algo desconocido. Encon­trémoslo. Para descubrir un fuego que arde y un árbol en una llanura, permanezcamos frente a ese fuego y a ese árbol hasta que no se parezcan, para nosotros, a ningún otro árbol y a nin­gún otro fuego.
Esta es la manera de llegar a ser original".


"Tras haber planteado esa verdad de que en el mundo entero no existen dos granos de arena, dos moscas, dos manos o dos narices iguales totalmente, me obligaba a expresar, con unas cuantas frases, un ser o un objeto de forma tal a particularizarlo claramente, a distinguirlo de todos los otros seres o de otros ob­jetos de la misma raza y de la misma especie. Sea cual sea lo que queramos decir, existe una sola palabra para expresarlo, un verbo para animarlo y un adjetivo para calificarlo. Por lo tanto, es preciso buscar, hasta descubrirlos, esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, y no contentarse nunca con algo apro­ximado, no recurrir jamás a supercherías, aunque sean afortunadas, a equilibrios lingüísticos para evitar la dificultad".

"No es en absoluto necesario recurrir al vocabulario extrava­gante, complicado, numeroso e ininteligible que se nos impone hoy día, bajo el nombre de escritura artística, para fijar todos los matices del pensamiento; sino que deben distinguirse con ex­trema lucidez todas las modificaciones del valor de una palabra según el lugar que ocupa. Utilicemos menos nombres, verbos y adjetivos de un sentido casi incomprensible y más frases diferen­tes, diversamente construidas, ingeniosamente cortadas, repletas de sonoridades y ritmos sabios. Esforcémonos en ser unos excelentes estilistas en lugar de coleccionistas de palabras raras. Es más difícil manejar la frase a nuestro antojo, lograr que lo diga todo, incluso aquello que no expresa, llenarla de sobreentendidos, de secretas intenciones no formuladas, que inventar nuevas expresiones o buscar, en lo más profundo de an­tiguos y desconocidos libros, todas aquellas cuyo uso y significado se ha ido perdiendo y que son, para nosotros, como expresiones muertas".

Con Maupassant, el cuento del siglo XIX alcanzó uno de sus niveles más altos, a través de una precisión estructural cuidadosamente elaborada dentro de la práctica literaria del realismo naturalista. Cuentista por excelencia, no deja de ser valioso su aporte a la teoría de la novela, que, a pesar de los años transcurridos, conserva cierta actualidad.