29 de enero de 2022

Rememorando al inmortal Osvaldo Soriano

En el día de la fecha, cuando se cumple el 25º aniversario del paso de Osvaldo Soriano a la eternidad literaria argentina, un lugar donde está y continuará estando, vale la pena recordar algunos acontecimientos y anécdotas de su vida.
En el mes de noviembre de 1991, dentro del programa “Encuentro con escritores” organizado por la Secretaría de Extensión Universitaria y el Centro de Estudiantes de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), cuatro escritores fueron invitados a participar del ciclo llamado “Conversaciones en Puán”: Adolfo Bioy Casares (1914-1999), Rodolfo Fogwill (1941-2010), César Aira (1949) y Osvaldo Soriano (1943-1997).
El autor de “Triste, solitario y final”, “El ojo de la patria” y “Cuentos de los años felices” -por citar sólo algunas de sus obras- dio su charla el 11 de noviembre ante unos cuatrocientos estudiantes quienes lo interrogaron acerca de las influencias en su obra, sus actividades de periodista y escritor, su entorno, costumbres, técnicas y temática, y también le pidieron su opinión acerca de su propio éxito editorial y sobre la situación del país por aquellos días. Previamente, las periodistas y escritoras Telma Luzzani (1951) e Hinde Pomeraniec (1961) -quienes participaron en la organización del ciclo- se encargaron de entrevistarlo. Esta última, por entonces docente de la cátedra de Teoría Literaria III en la citada facultad, narró tiempo después en “Final del formulario”, un artículo aparecido en el suplemento “Radar” del diario “Página/12” el 11 de marzo de 2007: “Esa tarde de noviembre en que Soriano habló en Puán nos encontramos en un bar, frente a la facultad, un rato antes del encuentro público. Allí estábamos las dos periodistas y docentes que íbamos a entrevistarlo, tratando de calmar sus nervios frente a lo que imaginaba una suerte de pelotón de fusilamiento intelectual. ‘¿Vos estás segura de lo que vas a hacer?’, me había dicho cuando lo llamé. Él, por su parte, estaba seguro de que lo esperaba un mal momento y no terminaba de creer que su presentación había despertado gran interés en la colectividad universitaria. Se fue serenando mientras rumiaba su chicle de nicotina, asistente inevitable de esos días para conjurar la adicción. Tímido y ansioso recorrió los pasillos de la facultad con gran curiosidad. En el aula lo esperaba una pequeña multitud de unos cientos. La entrevista fue un encanto, porque él era un gran entrevistado, que daba títulos todo el tiempo y buscaba guiños con el público siempre. ‘Yo camino por la cornisa de la literatura’, dijo ese día, cuando se declaró un autor en sintonía con el momento político y social”.


Aquel día Soriano, entre muchísimas otras cosas, contó: “Yo empecé a leer ficción muy tarde: a los 19 o 20 años. Hasta esa edad había cursado estudios técnicos; mi padre era empleado de Obras Sanitarias. ‘Soy leyenda’ de Richard Matheson debe ser el primer libro que leí en mi vida, cuando llegué a Tandil y me conecté con un grupo de teatro. Alguien me alcanzó este libro. De allí en más fui un ávido lector de cualquier cosa que caía en mis manos; podía pasar de Dostoievski a Balzac y de éste a Hammett. Tenía un amigo que me alcanzaba libros de ciencia ficción. Yo los leía y pedía más, y él me hacía trampa a veces, me sacaba de la ciencia ficción, y me traía, por ejemplo, ‘Los hermanos Karamazov’, con los que me pasé meses viviendo. Creo que uno o dos años después debo haber borroneado algún intento de cuento. Yo no hacía todavía periodismo; estaba en una época difícil, de transición y trabajaba en una fábrica de autos. Era sereno. En ese tiempo, por la característica del trabajo, tenía mucho tiempo a la noche. Por esa época hice el gran descubrimiento de Cortázar, y hasta me tomé el atrevimiento de mandarle unas líneas. Lo notable fue haber recibido una carta de respuesta con un cuento suyo original y firmado. Eso fue muy fuerte para mí, y entonces escribí algo sin duda muy influido por lo fantástico de Cortázar. Eran cuentos horrorosos. Uno de ellos se publicó en el diario de Tandil. Yo jugaba al fútbol en Cipolletti y dejé cuando llegué a Tandil. Para alguien que quiere escribir el periodismo es una buena salida, y yo empecé obviamente con el periodismo deportivo, que es el que conocía. El periodismo fue una buena iniciación, pero me convencí tanto de que iba a ser un buen periodista que me olvidé de los cuentos. Pensaba que nunca iba a poder ser un buen cuentista. Dejé de escribir ficción muchos años hasta que vine a Buenos Aires y se cruzó en mi vida la lectura de Raymond Chandler. Los mitos personales no resueltos, los fantasmas de la niñez y quizá todo eso en aquel momento de mi vida dio como resultado ‘Triste, solitario y final’, que había escrito para mí, no para publicar. Lo hizo publicar Marcelo Pichon Rivière. Yo todavía ahí no pensaba en términos de edición”.
Además, contó Hinde Pomeraniec, Soriano habló de otros escritores: “Las grandes novelas de Simenon fueron para mí un momento de descubrimiento; ver cómo se podía escribir despojadamente los grandes temas sin énfasis. Yo lloré como un chico cuando murieron dos escritores: Simenon y Graham Greene. Yo hubiera querido escribir ‘El fin de la aventura’ y no hubiera escrito nunca más. Estaba en París cuando murió Simenon. Venía caminando una tarde y vi que los bares empezaban a cerrar. Llego a casa y mi mujer me dice: ‘murió Simenon’. Yo me puse a llorar. El noticiero de la noche en Francia ese día abrió con Simenon, mostró los bares cerrando en señal de duelo por la muerte del último gran escritor popular. Simenon era una suerte de gran mito de los países de lengua francesa”.



También recordó: “Yo leía noches enteras a James Hadley Chase cuando era periodista en provincias y me tenía que ir a dormir a las 7 de la noche, por ejemplo, en Santiago del Estero. Hace poco lo volví a leer y sigo pensando que es un maestro; él introdujo el suspenso de una manera que sin duda lo ha sacado de la historieta”. Y agregó luego: “Lo más dramático que le puede suceder a un escritor es empantanarse. Conozco a algunos que se empantanaron durante diez años. A Juan Rulfo le duró el resto de su vida. Yo esto no lo quería aceptar, lo negaba, pero no hay duda de que siempre planea sobre el escritor el temor de que lo que ha escrito ayer o el mes pasado sea lo último de su vida. Un escritor que jamás se empantanaba era Cortázar”.
Pasó luego a referirse a la situación social que sobrellevaba el país en aquel tiempo: “Este nuevo orden interno que tenemos me desconcierta mucho. Es como si ya no tuviéramos ni capacidad de discutirlo. Como si hubiera una aplanadora que avanza y avanza y no deja que uno se oponga. Estamos en una tormenta social porque se están operando cambios de conducta que ya no son políticos ni macroeconómicos. Hay una cierta desfachatez en no considerar valores que nosotros teníamos heredados de otros tiempos, de los tiempos en los que el mundo estaba muy dividido pero era más claro”.
El 29 de enero de 2017, fecha en la que se cumplían veinte años de la muerte de Osvaldo Soriano, el multifacético Juan Forn (1959-2021) -escritor, periodista, editor, traductor y asesor literario- publicó en el diario “Página/12” un artículo titulado “A la hora del juicio”, en el cual, entre otras cosas, señaló: “Es curioso ver panorámicamente su obra hoy: si se invierte la cronología de sus libros, el resultado adquiere una elocuencia inesperada, como mirar por un largavista al revés y, al ver de lejos lo cercano, descubrir algo que era apenas discernible cuando lo teníamos frente a nuestras narices. Imaginemos su debut con una novela autobiográfica llamada ‘La hora sin sombra’, y ‘El ojo de la patria’ como paso siguiente: el ajuste de cuentas con la version Billiken de la historia argentina. Luego llega la hora de la aventura: ‘Una sombra ya pronto serás’ (o la aventura de estar en el camino por las rutas argentinas) y ‘A sus plantas rendido un león’ (la aventura pura en el lugar más exótico posible: África). Llega entonces la hora de someter el peronismo y los años ‘70 a la mirada de la comedia bufa y su sutil contraparte, la épica de los pequeños perdedores: las magistrales ‘No habrá más penas ni olvido’ y ‘Cuarteles de invierno’. Para desembocar en esa lección crepuscular que es ‘Triste, solitario y final’. Hay mucho de despedida en ‘Triste solitario y final’ (y en más de un sentido era el fin de una época), así como puede verse a ‘La hora sin sombra’ como la novela de iniciación donde un joven cuenta la historia de sus padres y, al mismo tiempo, su propia historia aprendiendo el oficio de escribir, contando historias”.
Y concluyó: Digo esto porque, con la muerte de Soriano, su obra quedó raramente redonda, como concluida naturalmente. Entre novela y novela, Soriano publicaba siempre un libro de piezas periodísticas (el laboratorio que usaba para ir desentrañando sus ficciones). Tardaba cuatro años para cada novela así que el libro de crónicas salía entre medio, a los dos años. Pero esa última vez lo sacó más rápido: menos de un año después de ‘La hora sin sombra’, salió ‘Piratas, fantasmas y dinosaurios’. Se veía nítidamente ahí que estaba por mudar de piel otra vez, literariamente hablando. Le quedaban sólo meses antes de morirse. Soriano ni sospechaba que se estaba muriendo; ese cambio de piel era sereno y sin impaciencia, y era una idea extraordinaria: usar al Míster Peregrino Fernández, un argentino que fue jugador y después se vuelve técnico de fútbol, primero en la Argentina de la década trágica, después en la Europa de la Segunda Guerra, y por fin en la Argentina peronista. Una lástima que no pudiera terminarlo (se refiere a ‘Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol’, libro aparecido póstumamente en 1997), pero a la hora del juicio no hace diferencia: lo que sí llegó a terminar en vida es más que suficiente para que algún día le reconozcan a Soriano el lugar que ocupa en la literatura argentina”.


En diciembre de 1994 Soriano publicó un artículo en el diario “Página/12” -periódico del que fue colaborador desde 1987- bajo el título “El desprecio”, un texto que, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, tiene una notable vigencia. En el expresó: “De todos los racismos el peor es el cotidiano, el chiquito que no culpabiliza. El que piensa, como le escuché decir una madrugada a un conductor de radio: ‘Yo no soy racista, sólo digo primero nosotros, después ellos’. Ellos no votan, no tiene voz ni ley que los ampare. Pobres primero, negros después. Ahí están como esclavos en fábricas de barrios y suburbios. Bolivianos, peruanos, cabecitas. La Asamblea del Año XIII ya pasó y ellos ni siquiera saben que alguna vez los esclavos fueron liberados también en Buenos Aires.
Afuera se dice cualquier cosa de los argentinos, menos que seamos cordiales o democráticos. Para no desentonar, a veces nos comportamos como fieras. Nada de trasladar al barrio gente que viene de las villas. Que se vuelvan al Norte. Que se jodan si son pobres. No tienen tarjeta de crédito. Y encima admiran a quienes los desprecian. Vienen a robarnos, a quitarnos el trabajo, a violar a nuestras mujeres. A inquietar nuestra conciencia de pequeños propietarios, taxistas, quiosqueros, honestos comerciantes. Alguien podría pensar que somos grandes cabrones que descargan su impotencia en el más infeliz. De ningún modo. Un general de Pinochet dijo una vez a la televisión francesa que no era cierto que la raza blanca se preservara en Chile y la Argentina. ‘Sólo en Chile’, adujo, porque los argentinos son ‘casi todos hijos de italianos’.
Frases al azar: ‘Contra los bolitas no tengo nada pero que se vuelvan a su casa’. ‘Yo tengo un amigo judío’. ‘Qué racista, si yo escucho a Guerrero Marthineitz’. ‘Los uruguayos son buena gente, lástima que nos manden sólo a los ladrones’. Naturalmente, los peruanos son estafadores, los chilenos punguistas, los bolivianos coqueros y analfabetos. Ah, ¡qué suerte ser argentino! ¡Qué bueno ser rubio y de ojos celestes! Igualitos a Menem. Igualitos a Dios. Dios me perdone, cito a Sartre: ‘Hay una repugnancia hacia el judío como hay una repugnancia hacia el chino o el negro en ciertas colectividades. Y esa repulsión no nace del cuerpo, ya que muy bien puede uno amar a una judía si ignora su raza: se comunica al cuerpo por el espíritu. Es un compromiso del alma, pero tan profundo y total que se extiende a lo fisiológico, como en el caso de la histeria’.
¿Qué reclama un racista? Casi nada: que exista otro más débil que él. Le pueden quitar todo a un valiente argentino, menos la nacionalidad. Y si el único orgullo imperdible es ése, ¿por qué no esgrimirlo como un mérito, como una amenaza? Fatalidad o bendición, la condición nacional conoce una sola manera de alzarse por sobre su pequeñez: ser propietario. Y eso es lo que no pueden lograr los indocumentados, los colados que trabajan por cincuenta pesos y el plato de sopa. Esa gente, que no es gente para el que la explota, sirve de ejemplo: cuanto peor le va, más consuela a los desdichados que tienen derecho a votar.
Sobre la clase alta, y como reflejo sobre la clase media, opera el miedo al otro, el que es diferente a sus sueños. La ilusión de casi todo argentino de a pie, si es que todavía le quedan ilusiones, es salir en la tele y figurar en la revista ‘Caras’. No hay negros ahí, a no ser Pelé o Ricky Maravilla. Está Palito, claro, pero cuánto hace que Palito es un triunfador blanco como la leche. El ansia del pequeño propietario de llegar a las páginas de ‘Caras’ es proporcional al miedo de terminar en una villa. Ese miedo, que resume tantos otros, enciende una súbita pasión por la ecología en los barrios que temen el arribo de los villeros expulsados por la modernidad menemista.
La histeria racista es más vieja que las naciones. Cuentos de gallegos y chistes de judíos son la medida expresable de nuestra xenofobia. A veces hay sorpresas: la moda de detestar a los peruanos parece irreconciliable con el espíritu chauvinista si tenemos en cuenta que Perú debe ser el único país del continente donde no se detesta a los argentinos. Más aún: les debemos misiles, pertrechos y una inquebrantable solidaridad durante la guerra. Pero, claro, unos tipos se roban unas líneas de teléfonos, alguna cartera, uno que otro televisor y nosotros, que nunca robamos nada, decidimos que todos los peruanos, menos Mario Vargas Llosa que se hizo español, son unos canallas. Ahora son los bolivianos. En una de ésas ni hablan castellano. Trabajan de sol a sol y más. Llega la policía y ¿a quién se lleva? A ellos. Los que siempre violan la ley son los negros. De golpe, ‘Germinal’ de Zola vuelve a adecuarse a una época que no es la de esa novela. En los alrededores de canchas, estaciones y colegios hay pintadas que injurian a uruguayos, coreanos, paraguayos, bolivianos y peruanos. Muchos boliches a los que van los chicos rechazan a los de piel oscura. Debe ser una emocionante manera de sentirse superior, argentino hasta la muerte”.


Evidentemente, Soriano supo detentar una pluma certera que inspiraba sonrisas y, al mismo tiempo, profundas reflexiones. Una pluma que se extraña todos los días. Hoy, cada vez más críticos de todo el mundo se conmueven por esa capacidad de captar los matices de la cultura popular y descubren en su “irreverencia y la desmitificación de la historia” una crítica social encubierta.
El historiador, filó
sofo y escritor Osvaldo Bayer (1927-2018) dijo alguna vez que Soriano había sido “un descubridor de sombras, arlequines, figurones, galanes, pero también de soñadores que patean constantemente al egoísmo y meten goles en el cielo. Por su parte, la escritora Angélica Gorodischer (1928) escribió: “Cosa rara esto de los recuerdos de los amigos que se han ido. Si una los quiso, los quiso de veras, los quiso mucho, hermanos que fueron, le da rabia que se les hayan adelantado. No hace falta estar pensando en ellos porque están siempre ahí, del otro lado en la mesa del café o del costado de la pared en la vereda del sol o en casa de alguien cuando una ve luz y sube. Ahí están, y se ríen con una o le dicen a una ‘che, no seas boba no hagas esa macana’. Entonces, para qué va a andar una fijando el recuerdo si fluye esa presencia como fluye el aire y una la respira como quien respira aire. Y es bienhechor. Y por más que se embronque y patalee, contra eso la Señora Muerte no puede hacer nada, nada pero nada”.