16 de febrero de 2008

Voltaire, el revoltoso contradictorio

La vida y la obra de Voltaire se hallan enmarcadas en la Ilustración, ese movimiento cultural que en Francia se inició en 1715, año en que murió el rey Luis XIV (dando fin a lo que el mismo Voltaire denominó el "Gran Siglo") y con­cluyó en 1789 con la Revolución Francesa. Y esto es así hasta el punto de que ese Siglo de la Ilustración -o de las Luces- ha sido denominado en ocasiones "el siglo de Voltaire", como una forma de subrayar la coincidencia de objetivos entre el autor de las "Cartas filosóficas" y el movimiento cultural.
Voltaire tiene como antecedentes a las corrientes ra­cionalistas y empiristas del siglo XVII. Así, recibió la influencia de John Locke (1632-1704) y de Isaac Newton (1643-1727) y rechazó las posiciones de René Descartes (1596-1650). Del mismo modo recogió el pensamiento de Nicolás Malebranche (1638-1715) y de Baruch Spinoza (1632-1677), dándoles una vuelta de tuerca. Mención aparte merece Blas Pascal (1623-1662), porque le permitió a Vol­taire la crítica de un pensamiento apegado al dogma religioso y con ello, la construcción de su pro­pio pensamiento: la finalidad de la vida no radica en la penitencia como medio para alcanzar el "cielo", sino en el cumplimiento de aquello para lo cual la naturaleza ha destinado a los hombres, esto es, la felicidad, ase­quible mediante el progreso material y moral.
Las influencias filosóficas del siglo XVII son complementarias en Voltaire con las influencias literarias. Esto se ve en sus primeras tragedias, en las que partió del clasicismo francés para remozarlo, aun después de que Denis Diderot (1713-1784) y los enciclopedistas impulsaran un tipo de teatro propagandístico al servicio de sus ideas filosóficas.

"Las relaciones que Voltaire sostuvo con los enciclopedistas fueron contradic­torias -explica el periodista inglés Henry Brailsford (1873-1958) en su ensayo de 1941 'Voltaire'- pero dado que pertenecían a una generación más joven, antes es preciso hablar del período que dis­curre hasta 1750 (fecha de presentación del prospecto de la Enciclopedia, redactado por Diderot) y que conforma la primera etapa de la Ilustración francesa (la se­gunda se extenderá desde la publicación de la Enciclo­pedia en 1751 hasta el estallido de la Revolución). En este período Voltaire tuvo un papel de precursor de la nueva filosofía ilustrada, pero no creó ninguna escuela". Efectivamente, Voltaire rechazó todo contacto con el círculo que animaba el académico Bernard de Fontenelle (1657-1757) -pese a mantener algunas características ideoló­gicas afines- y tuvo por gran rival al politólogo Charles de Secondat, Montesquieu (1689-1755). Este, que también había importado su espíritu crítico de su estadía en Inglaterra, se le ade­lantó en trece años con la publicación de sus "Cartas persas" en 1721, pero Voltaire se desquitó, aun con re­traso, publicando las "Cartas filosóficas" y, sobre todo, oponiendo una filosofía de la historia directamente enfrentada a los contenidos del ensayo de Montesquieu "El espíritu de las leyes" (1748). "Dicha filosofía -aclara el teólogo alemán David Strauss (1898-1874)-, explícita sobre todo en el 'Ensayo so­bre las costumbres', antepone el espíritu del tiempo como rector de los grandes acontecimientos del mundo, al espíritu de las leyes. El espíritu del tiempo es único (la misma causa no opera dos veces, ni tampoco su efecto) y su gran motor son los grandes hombres, que han conseguido, en el devenir de los siglos, crear civilización partiendo de un primitivo estado de igno­rancia". A pesar de todo, Voltaire no supo responder rigurosa­mente a la gran cuestión planteada en "El espíritu de las leyes", como por ejemplo, cómo se concilia la autoridad del Estado con la libertad de los ciudadanos. Partidario de un po­der fuerte, encarnado en el despotismo ilustrado, Vol­taire reclamó para sí una libertad que consideraba ab­solutamente necesaria, pero no se planteó el problema de las instituciones que habían de vertebrar autoridad y libertad. Con los enciclopedistas -como señaló Brailsford- sus relaciones fueron contradictorias. Voltaire acogió con fervor el proyecto de la Enciclopedia y colaboró en ella escri­biendo algunos artículos como "Elegancia", "Elocuencia", "Espíritu" e "Imaginación". Contó además con decididos partidarios entre la nueva generación, como el científico Jean Le Rond D'Alembert (1717-1783), el filósofo y matemático Nicolás de Condorcet (1743-1794), el escritor Etienne Damilaville (1723-1768), el crítico literario Jean Francois de La Harpe (1739-1803) y el escritor y político Charles de Villette (1736-1793) entre otros. Pero, a la vez, mantuvo posiciones ideológicas no del todo compatibles con el espíritu de los enciclopedistas.
Así, se opuso al materialismo de los enciclopedistas Diderot, Georges Leclerc de Buffon (1707-1788) y Paul Henri d'Holbach (1723-1789), porque consideró que sin la existencia de un "Ser Supremo" nada podía explicarse. Voltaire creía que la ciencia podía dar cuenta de un fe­nómeno como, por ejemplo, el de la gravitación, pero que estaba limitada para explicar las causas de dicho fe­nómeno ya que esto correspondía a Dios. Su gran oponente fue, sin embargo, Jean Jacques Rousseau (1712-1778), al que atacó en "El sentimiento de los ciudadanos" (1764). "Para Voltaire -narra el poeta inglés Alfred Noyes (1880-1958) en su biografía de Voltaire publicada en 1942-, el sentimiento, la pasión, en último tér­mino la espontaneidad, se remitían a un sistema de va­lores que terminaba por aplastar a la razón y conducir al fanatismo religioso. Cuando Diderot, por ejemplo, hizo una apología de la pasión comparándola al viento que hace surcar a una nave, Voltaire respondió que también era lo que la hacía sumergir". La influencia de Voltaire, enorme en su tiempo, se prolongó hasta muy entrado el siglo XIX. La fuerza reaccionaria del clericalismo implantado en la Restauración (1814/1830) y en el Segundo Imperio (1852/1870) en Francia, man­tuvo la vitalidad del "volterianismo", una compleja mezcla en la que se aglutinó el progresismo de las clases medias y el antiautoritarismo de algunos movimientos populares. Pero Voltaire pasó a la poste­ridad, sobre todo, por haber difundido -en su lucha contra el fanatismo- la tolerancia religiosa y por haber ensalzado valores tales como la actividad, la aspiración al bienestar o la búsqueda de la utilidad social. La bur­guesía en ascenso se reconoció en ellos y los materia­lizó en la Revolución de 1789. El ensayista francés André Maurois (1885-1967) reconoce en su biografía de Voltaire publicada en 1965 que "el pensamiento filosófico de Voltaire no está articu­lado de modo sistemático. De esta característica -generalizable, en cierto modo, a todos los filósofos franceses del siglo XVIII- resulta que la filosofía volte­riana se halla dispersa a lo largo de una vasta obra, en textos propiamente filosóficos, históricos y literarios. Temperamentalmente alejado de toda abstracción, Voltaire se interesó siempre por las formas concretas del pensamiento, pero éstas, sin jerarquización nin­guna, tomaron cuerpo según las vicisitudes del mo­mento y de acuerdo con un plan de acción ilustrado". Este plan Voltaire lo sintetizó durante años en su lucha contra todo aquello que más tercamente se oponía a la ra­zón: el oscurantismo, la superstición, la intolerancia, la estupidez, la tortura; aberraciones que el autor de las "Cartas filosóficas" remitió invariablemente a lo largo de su vida a un único origen: la Iglesia, en su condición de insti­tución más representativa del fanatismo organizado. Voltaire fue un filósofo que úni­camente captó los objetos precisos y limitados, y es ésta una de las razones por las cuales se le ha considerado como un precursor de la moderna mentalidad burguesa, que se hizo hegemónica con el advenimiento de la Revolución Industrial en Europa alrededor de 1750. En su "Diccionario filosófico" (1764) puede leerse: "La igualdad es natural en el hombre, pero la desigualdad es indispensable para que exista un orden social; un Estado debe comprender una infinidad de hombres que no posean nada". En el mismo diccionario, en la voz "Democracia" dice que "el gobierno popular es por su esencia menos inicuo y abominable que el poder tiránico, pero la democracia parece que no con­venga más que a una nación reducida y que esté colo­cada en sitio a propósito".
Las dudas acerca de la viabilidad del sistema demo­crático, Voltaire las fue adquiriendo después de su estadía en Inglaterra; su filo­sofía de la historia lo llevó a pensar que su país necesitaba de una política centrali­zada, dada su extensión, y de una monarquía, pero no absoluta, sino ilustrada, como única forma real de go­bierno progresista. Para este racionalista burgués, apóstol de la tolerancia y de la li­bertad, el problema del mal quedó sin solución en su pensamiento. Consciente de los límites de la razón, no otorgó a ésta más de lo que su realismo le permitía: ser propiedad esencial del hombre, quien, como tal, debe ejercerla. Y así lo hizo él mismo, luchando contra la parte del mal que sí alcanzó a comprender: el fanatismo.

Francois Marie Arouet nació el 21 de noviembre de 1694 en París, la misma ciudad en la que fallecería siendo inmensamente rico el 30 de mayo de 1778, después de haber escrito una buena cantidad de tragedias como "Edipo" (1718), "Bruto" (1730), "Zaire" (1732), "La muerte de César" (1735) y "Mahoma o el fanatismo" (1741) entre otras, y los relatos "Henriade" (1728), "Zadig" (1748), "Micromégas" (1752) y "Candido" (1759).
A lo largo de su vida utilizó numerosos seudónimos para publicar sus obras: M. Arouet le Jeune, Lord Bolingbroke, Rabbi Akib, Cubstorf y -obviamente- Voltaire.
Poco antes de morir hizo su última profesión de fe: "Muero adorando a Dios, amando a mis amigos, no odiando a mis enemigos y detestando la superstición", y aquí cayó en otra de sus habituales contradicciones: murió adorando a Dios, la mayor de todas las supersticiones.