24 de marzo de 2008

Descanso eterno para Anna Ajmátova

Anna Andréyevna Gorenko (1889-1966) forma parte de las constelación mayor de la poesía de todas las épocas. Su infancia no fue muy feliz; sus padres se separaron en 1905 y comenzó a escribir poesía a la edad de 11 años. Como su padre no quería ver ningún verso impreso bajo su apellido, ella decidió adoptar el de su abuela tártara, Ajmátova, como seudónimo.
Sus primeros escritos parecen intuir la gran soledad en la que se vería sumergida años más tarde, después de las trágicas consecuencias de la llegada del estalinismo al poder. Su primer marido fue acusado de conspiración y fusilado. Más tarde, su hijo sería también arrestado y deportado a Siberia y su último marido moriría en un campo de concentración en 1938. Los poemas de Anna se prohibieron, fue acusada de traición y deportada. Por temor a que fusilaran a su hijo quemó todos sus papeles personales.
Su nombre es inseparable del de Osip Mandelstam (1891-1938), el poeta arrestado y condenado a trabajos forzados que murió en un campo de trabajo cercano a Vladivostok. Junto a éste, encabezó el acmeísmo, movimiento artístico de principios del siglo XX que, en oposición al simbolismo, preconizaba el uso de un lenguaje poético que contuviera significados exactos.
Las primeras composiciones líricas de Ajmátova utilizaban imágenes concretas para presentar detalles íntimos. Las obras posteriores introdujeron temas patrióticos, pero no apaciguaron a los críticos del régimen, que consideraban a los acmeístas demasiado personalistas. Fue expulsada de la Unión de Escritores y censurada nuevamente por orden de Stalin. Su poemario "Requiem" no se publicó en la antigua URSS hasta 1987, ya que por su temática -una elegía por los prisioneros de Stalin-, fue considerado demasiado polémico. Sin embargo, durante la última década de su vida escribió varios poemas caracterizados por la gran belleza de su imaginería visual.
A "Requiem" , justamente, pertenece el siguiente poema:

A LA MUERTE
Has de llegar de todos modos, ¿por qué no ahora?

Te espero, estoy muy mal.
Apagué la luz y te abrí la puerta a ti,
tan sencilla y espléndida.
Da lo mismo bajo qué apariencia has de llegar,
entrarás como uno bala envenenada,
o vendrás a hurtadillas
como un bandido experimentado,
o me matarás con la bruma de la fiebre tifoidea.
O bien, con el cuento inventado por ti,
conocido por todos hasta la náusea
para que yo vea el gorro celeste
y al encargado pálido de miedo.

A mí me da lo mismo.
El río Yenisei se arremolina,
la estrella polar resplandece.
Y el brillo azul de los ojos queridos
se nubla con el último horror.

(Nota: el gorro celeste era parte del uniforme de los agentes de la policía secreta)