30 de mayo de 2008

La libertad de prensa según Thomas Love (Buenos Aires, 1827)

El "British Packet and Argentine News" apareció en Buenos Aires entre 1826 y 1858. Desde su lanzamiento y hasta 1845, su director y único redactor fue Thomas George Love (1784-1845), un inglés de gran prestigio entre los británicos residentes en la gran aldea porteña. Love fue un escritor satírico, tolerante y liberal, conocedor minucioso de la ciudad en que vivía y, al decir del escritor y crítico literario Paul Groussac (1848-1929), "un periodista lúcido y moderno, muy adelantado a su tiempo".El 27 de octubre de 1827, cuando la prensa rioplatense debatía ardorosamente los sucesos que tenían como protagonistas al gobernador Manuel Dorrego (1787-1828) y al representante de los intereses de la Corona Británica en Buenos Aires, lord John Ponsomby (1772-1855), a raíz del conflicto con el Imperio del Brasil, Thomas Love escribió:
"La guerra desencadenada en los periódicos de Buenos Aires parece estar dirigida más bien contra los indivi­duos que contra los principios. Sin embargo, vemos que algunos escritores han fijado particularmente su aten­ción en una cuestión política más compleja: la libertad de prensa. No podemos aprobar esta elección porque, además de las complicaciones y dificultades del tema, que sólo puede ser profundamente tratado después de siglos de experiencia en la carrera de la libertad, es tan delicado y frágil en su naturaleza, que apenas puede tocarse, sin herirlo. Así, durante las últimas conmocio­nes en Europa, cada vez que surgió la discusión fue siempre para asestar algún golpe fatal a esa preciosa y noble prerrogativa, Cuando las autoridades provocan la
discusión pública de sus principios básicos, es con la natural propensión a disminuirlos y, por consiguiente, nunca nos parecen tan libres de peligro como cuando no se habla de ellos. Es como el aire que respiramos, que sólo puede llamar nuestra atención cuando descubrimos en él alguna cualidad ofensiva para la salud o para los sentidos. El principio de la libertad de prensa ha sido tratado con igual grado de fundamento, aunque de modo dife­rente, por dos grandes escritores del siglo pasado, el obispo Berkeley y el crítico Du Marsais. El primero dijo: 'La utilidad y la verdad no pueden ser divididas; el bien general de la humanidad será la regla o la medida de la verdad moral'. El segundo se expresó de manera más apropiada aún sobre el objeto en discusión: 'El rasgo distintivo de la verdad es que resulta igual y constante­mente ventajosa para todos; mientras que la falsedad, útil por poco tiempo para pocos individuos, es siempre lesiva para la masa'. Esta es la regla infalible por la cual los amigos y los enemigos de la libertad de prensa deberían ser juzgados y el sentido común nos dice que el que no tiene nada que temer de la verdad no tiene interés en cortar sus alas. Pero la prensa tiene otra virtud admirable, que no posee ninguna otra institución humana: los males que causa, también los cura. En verdad, sólo ella puede curarlos. Si se echaran en una taza unas pocas gotas de veneno, la misma taza contendría el antídoto. El teatro de la acusación es el de la defensa. Así pues, ni el error ni la calumnia pueden disfrutar más que un breve y precario triunfo si se hace uso de los medios de difusión. La verdad y la inocencia inmediatamente se presentan y, sin el más mínimo esfuerzo, ponen a su miserable adversario fuera de combate.En oposición a estas consoladoras reflexiones, se ha dicho últimamente, en uno de los periódicos de esta capital, que el ridículo puede utilizarse con impunidad por medio de la prensa, que no hay salvaguardia contra él y que, por consiguiente, es legítimo desnaturalizar los más nobles pensamientos y las más puras intenciones. Esta objeción, que parece a primera vista de algún peso es, sin embargo, fácilmente rebatible. El ridículo podrá caer o bien sobre las personas que merecen censura o sobre aquellas que no la merecen. En el primer caso, debe considerarse como parte de la censura, como un ingrediente más del castigo que merece la persona censurada, y no podemos ver que daño puede haber en una sonrisa burlona que acompañe la represión, o en un epigrama que agregue fuerza al odio suscitado por el culpable. Si un ministro es un enemigo de la libertad o si un magistrado vende la justicia, no puede haber daño en que la denuncia esté sazonada con la sal del ridículo, y por el contrario esto contribuye a aumentar el repudio general provocado por tales actos. Si, a la inversa, se hiciera víctima del ridículo a un inocente, esto sólo hará impresión en un pequeño número de personas malévolas y corrompidas. Por la misma razón, es enteramente inofensivo; la gran mayo­ría lo rechaza con horror, ya que nunca se ha visto que la opinión general apruebe lo que ofende a la moral pública. Pero, tomando una posición más elevada, no teme­mos afirmar que todo el mal que pueda hacerse con el abuso del ridículo, aun cuando se emplee de un modo sumamente injusto, no iguala al que resultaría de la más mínima restricción impuesta sobre la prensa. Los gobier­nos pierden todo freno, toda moderación, una vez que han entrado en el peligroso camino de las leyes prohibitivas.La facilidad con que la primera ley es aceptada los induce a intentar otras y la cadena que sigue no tiene fin. Lo peor de esto es que, en tales casos, la libertad conculcada busca otros medios para recuperar sus lími­tes primitivos; el ingenio, restringido por los grillos que se le han impuesto, encuentra innumerables formas para escapar de las barreras que lo confinan. Entonces, el poder así frustrado se exaspera más y su misma impo­tencia aumenta su irritabilidad; la lucha entre los perse­guidos y los perseguidores se vuelve más y más amarga, y las leyes, una burla. Si entonces se nos preguntara qué debería hacerse con la libertad de prensa, nosotros contestaríamos: dejarla en paz, y si es cierto, como se cree generalmente, que el gobierno nacional pudo haber prolongado su existencia persiguiendo a aquellos que lo combatieron a través de la prensa, aplaudimos su tolerancia y confesamos que, aun admitiendo que grandes males pueden ser consecuencia de su caída, mayores hubieran sido los males que hubiera acarreado su empeño por evitarla".