3 de junio de 2018

Clarice Lispector: "Escribir es una piedra lanzada a lo hondo de un pozo"

Clarice Lispector (1920-1977) es una de las más reconocidas escritoras de Brasil. De origen ucraniano, se radicó con su familia en el país sudamericano cuando apenas contaba con dos años de edad. Estudió Derecho en la Facultad Nacional a la vez que escribía pequeñas contribuciones periodísticas, una actividad que realizaría -con intervalos- prácticamente a lo largo de toda su vida en las revistas “Pan”, “Vamos Ler!” y “Manchete”, y en los periódicos “A Época”, “Diário do Povo”, “A Noite”, “Correio da Manhã”, “Diário da Noite”, “Dom Casmurro” y “Jornal do Brasil”. Es autora de las novelas “Perto do coração selvagem” (Cerca del corazón salvaje), “O lustre” (La lámpara), “A cidade sitiada” (La ciudad sitiada), “A maçã no escuro” (La manzana en la oscuridad), “A paixão segundo G.H” (La pasión según G.H.), “Uma aprendizagem ou o livro dos prazeres” (Un aprendizaje o el libro de los placeres), “A imitação da rosa” (La imitación de la rosa), “Água viva” (Agua viva), “A hora da estrela” (La hora de la estrella) y “Um sopro de vida: pulsações” (Un soplo de vida: pulsaciones). Asimismo publicó los libros de cuentos “Laços de familia” (Lazos de familia), “A legião estrangeira” (La legión extranjera), “Felicidade clandestina” (Felicidad clandestina), “A via crucis do corpo” (El vía crucis del cuerpo), “Onde estivestes de noite” (Dónde estuviste de noche) y “A bela e a fera” (La bella y la bestia). Además se publicaron varios libros de crónicas y correspondencia, y otros de literatura infantil. Su obra es una constante reflexión sobre el lenguaje y sobre los límites de la palabra. “La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno”, declaró en una oportunidad. Escribir era para ella una forma de salvación: “Escribiendo me libro de mí y puedo entonces descansar”, pero también una condena: “Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo de un pozo”. Lo cierto es que, a partir de esas contradicciones, con su lucidez tanto creadora como transgresora, logró abrir nuevos caminos para la literatura brasileña. En enero de 1977, apenas unos pocos meses antes de fallecer víctima de una enfermedad terminal, Clarice Lispector concurrió a una emisora de la televisión de San Pablo para participar en un programa de debates sobre cine. Una vez finalizado el espacio, y contrariando sus hábitos, aceptó la invitación del director de la emisora para que grabase una entrevista, la que fue realizada por el periodista Julio Lerner. Fue, de hecho, la última entrevista que le hicieron y una de las pocas que concedió en su vida. La misma fue publicada en la revista “Raíces” nº 13 en 1992.


¿De dónde viene ese “Lispector”?

Es un apellido latino, ¿no es cierto? Yo le pregunté a mi padre desde cuándo había Lispector en Ucrania. Él me dijo que desde generaciones y generaciones atrás. Supongo que ese apellido fue rodando, rodando, perdiendo algunas sílabas y formando otra cosa que parece… “lis” y “peito” en latín… Es un apellido del que, cuando escribí mi primer libro, Sergio Milliet (yo era entonces completamente desconocida, por supuesto) dijo: “Esa escritora de apellido desagradable, ciertamente un seudónimo…”. No lo era, era mi verdadero apellido.

¿Usted llegó a conocer a Sergio Milliet personalmente?

Nunca. Porque yo publiqué mi primer libro y me fui del Brasil para viajar porque me casé con un diplomático brasileño, de modo que no conocí a quienes escribieron sobre mí.

Clarice, ¿qué hacía profesionalmente su padre?

Representaciones de firmas, cosas así. Cuando él de verdad daba para cosas del espíritu.

¿Hay alguien en la familia Lispector que haya llegado a escribir alguna cosa?

Yo me enteré últimamente, para mi gran sorpresa, de que mi madre escribía. Yo tengo una hermana. Elisa Lispector, que escribe novelas. Y tengo otra hermana, llamada Tania Kaufman, que escribe libros técnicos.

¿Usted llegó a leer las cosas que su madre escribió?

No, yo sólo lo supe hace unos pocos meses.

Pero no tenía condiciones de…

No. Lo que supe a través de una tía. “¿Sabes que tu madre hacía un diario y escribía poesías?”. Yo me quedé estúpida…

En las raras entrevistas que usted ha concedido surge, casi necesariamente, la pregunta de cómo comenzó a escribir y cuándo.

Antes de los siete años ya fabulaba, ya inventaba historias. Por ejemplo, inventé una historia que no acababa nunca. Es muy complicada de explicar esa historia. Cuando comencé a leer, comencé también a escribir. Pequeñas historias.

Cuando la joven, prácticamente adolescente, Clarice Lispector descubre la literatura, es realmente aquel campo de creación humana que más la atrae. ¿Tenía la joven Clarice algún objetivo específico, o sólo escribir, sin determinar algún tipo de público?

Sólo escribir.

Clarice, ¿a partir de qué momento usted decide asumir efectivamente la carrera de escritora?

Nunca la asumí. Nunca la asumí.

¿Por qué?

Yo no soy una profesional, yo sólo escribo cuando quiero. Soy una amateur y he decidido seguir haciéndolo. Profesionalmente es aquel que tiene una obligación consigo mismo de escribir. O con otro, en relación a otro. Ahora yo he decidido no ser una profesional… para conservar mi libertad.

¿Usted produce con frecuencia o tiene etapas?

Tengo etapas de producir intensamente y tengo etapas-hiatos, en los que la vida se me vuelve intolerable.

¿Y esos hiatos son largos?

Depende. Pueden ser largos y yo vegeto o, para salvarme, me lanzo a alguna otra cosa; por ejemplo, terminé una novela, quedé medio vacía, entonces estoy haciendo cuentos para chicos.

¿Cómo explica usted a Clarice Lispector volcándose a la literatura infantil?

Comenzó con mi hijo, cuando él tenía seis años, o cinco: me ordenó que escribiese una historia para él. Y yo la escribí. Después la guardé y no me acordé nunca más. Hasta que me pidieron un libro infantil. Yo dije que no tenía. Me había olvidado totalmente de aquello. Era tan poco literatura para mí… yo no quería usarlo para publicar. Era para mi hijo. Me acordé: “Bueno, tengo, sí”. Entonces fue publicado. Fueron tres libros de literatura infantil y ahora estoy haciendo el cuarto.

¿A usted le resulta más fácil comunicarse con un adulto o con un niño?

Comunicarme con un niño me resulta fácil porque yo soy muy maternal. Cuando me comunico con un adulto, en verdad me estoy comunicando con lo más secreto de mí misma. Ahí se hace difícil, ¿no es cierto?

¿El adulto es siempre solitario?

El adulto es triste y solitario.

¿Y el niño?

El niño tiene la fantasía libre…

¿A partir de qué momento, según la escritora, el ser humano se va volviendo triste y solitario?

Ah, eso es secreto… Disculpe, no voy a responder. En cualquier momento, basta un choque un poco inesperado y eso sucede… Pero yo no soy solitaria, no. Tengo muchos amigos. Y sólo estoy triste hoy porque estoy cansada… Por lo general soy alegre.

Rilke, en su “Carta a un joven poeta”, respondiendo a una de sus cartas preguntaba al joven que pretendía hacerse escritor: “Si usted no pudiese escribir más, ¿moriría?” Yo le transfiero esa misma pregunta a usted.

Yo siento que cuando no escribo estoy muerta…

¿Esa etapa?

Es muy dura la etapa entre un trabajo y otro, y al mismo tiempo es necesario que haya una especie de vaciamiento de la cabeza para que pueda nacer alguna otra cosa, si es que nace. Es todo tan incierto…

¿Usted se considera una escritora popular?

No.

¿Por qué razón?

Hasta me tildan de hermética… ¿Cómo puedo ser popular siendo “hermética”?

¿Y cómo considera usted esta observación, que colocamos entre comillas, de “hermética”?

Yo me comprendo, de modo que no soy hermética para mí. Bueno, tengo un cuento mío que no comprendo muy bien… Yo escribo sin esperanzas de que lo que escribo cambie alguna cosa. No cambia nada…

Entonces, ¿para qué seguir escribiendo Clarice?

¿Acaso yo lo sé? Porque en el fondo la gente no quiere cambiar las cosas. La gente quiere soltarse de una manera o de otra, ¿no es cierto?

A su criterio, ¿cuál es el papel del escritor brasileño de hoy en día?

El de hablar lo menos posible.

Usted entra en contacto, creo que con frecuencia, con los jóvenes universitarios…

De vez en cuando me buscaban, pero tienen mucho miedo de molestarme. Tienen mucho miedo de que yo no los reciba…

¿Por qué razón?

Yo no lo sé, no sé por qué.

Pero aquellos que consiguen romper la timidez…

Entonces se sienten completamente cómodos conmigo y toman café conmigo y entran a mi casa y yo los recibo como amigos.

Normalmente el contacto del joven estudiante con usted, ¿qué tipo de preocupación revela?

Revela cosas sorprendentes, que ellos están en la mía…

¿Qué significa “estar en la suya”?

Es que a veces pienso que estoy aislada y cuando miro estoy rodeada de universitarios, gente muy joven, que está completamente de mi lado. Eso me asombra y resulta gratificante, ¿no es cierto?

Oímos con frecuencia que las nuevas generaciones leen poco en Brasil, ¿usted confirma eso?

Bueno, los universitarios están obligados a leer porque se les impone. Ahora no estoy al tanto de los otros.

¿Usted cree que la dificultad de entenderla es sólo de algunas camadas de nuestro tiempo y que con las nuevas generaciones usted será entendida de inmediato?

No tengo la menor idea, no tengo la menor idea… Yo sé que antes ninguno me entendía y ahora me entienden.

¿A qué atribuye usted eso?

Yo siento que todo cambió, porque yo no cambié, no… Yo, no… Que yo sepa, no hice concesiones.

¿Pero qué habrá cambiado en la gente que la llevó a comprender su trabajo?

Realmente no lo sé, es una pregunta que le hago a usted, porque yo no la sé responder.

¿Usted discute mucho con la Clarice Lispector escritora?

No, yo me dejo ser.

¿Y conviven en paz?

A veces no, pero…

Normalmente, ¿qué tipo de problemas le trae a usted la Clarice Lispector escritora?

A veces, el hecho de que me consideren escritora me aísla.

¿Por qué razón?

Me pone un rótulo.

¿Y usted cree que la gente la mira a través de ese rótulo?

A veces a través de ese rótulo. Todo lo que digo, la mayor tontería, es considerada entonces como una cosa interesante o como algo bobo, pero todo basado en el ser escritora. Es por eso que no me presto mucho para esa cosa de ser escritora y dar entrevistas. Es porque no creo en eso.

Si esa es la tendencia del público, ¿cuál cree usted que debe ser el perfil medio de su lector?

Sabe que no lo sé…

¿No tiene idea?

No.

¿Usted cree que una persona va a una librería a comprar específicamente un libro de Clarice Lispector?

Parece que eso sucede… Lo sé porque a veces me telefonean y me preguntan en qué librería pueden encontrar mi libro. Entonces, es que hay personas que van a buscar precisamente mi libro. Porque en el fondo yo escribo de un modo muy simple, ¿sabe?

¿Será que las cosas simples son recibidas hoy de manera complicada?

Tal vez, tal vez… Pero escribo de una manera simple. Yo no adorno…

En su formación como escritora, ¿cuáles son aquellos escritores que usted siente que le influenciaron realmente?

No lo sé porque mezclé todo. Yo leía libros, novelas para adolescentes, libros, color de rosa… mezclados con Dostoievski. Escogía los libros por los títulos y no por los autores, de quienes no tenía conocimiento alguno. Mezclé todo. Leer a los trece años “El lobo estepario” de Hermann Hesse fue un shock. Entonces comencé a escribir un cuento que no terminaba nunca. Acabé rompiéndolo.

¿Eso sucede todavía, que escriba algo y después lo rompa?

Lo dejo de lado o… No, yo lo rompo, sí.

¿Es producto de la reflexión o es un acto emocional?

Es rabia, un poco de rabia.

¿Con quién?

Conmigo misma.

¿Por qué, Clarice?

Estoy un poco cansada…

¿De qué?

De mí misma.

¿Pero usted no renace y se renueva con cada trabajo nuevo?

Bueno, ahora yo morí… Pero vamos a ver si renazco de nuevo. Mientras tanto, yo estoy muerta… Estoy hablando desde mi sepulcro.

1 de junio de 2018

Entremeses literarios (CXCII)

EL ASALTO
Carlos Drummond de Andrade
Brasil (1902-1987)

La casa suntuosa en Leblon está guardada por un mastín de terrible semblante, que duerme con los ojos abiertos; o quizás no duerma, de tan vigilante que es. Por eso, la familia vive tranquila, y nunca hubo noticia de asalto a una residencia tan bien protegida. Hasta la semana pasada. La noche del jueves, un hombre logró abrir el pesado portal de hierro y penetrar en el jardín. Iba a hacer lo mismo con la puerta de la casa, cuando el perro, que astutamente lo había dejado acercarse (para arrancarle toda la ilusión conquistada), se lanza hacia él y lo acomete en la pierna izquierda. El ladrón quiso sacar el revólver, pero no hubo ni tiempo para ello. Cayendo al suelo, bajo las patas del enemigo, le suplicó con los ojos que lo dejase vivir y con la boca prometió que jamás intentaría asaltar aquella casa. Habló por lo bajo para no despertar a los residentes, temiendo que la situación pudiera agravarse. El animal pareció entender la súplica del ladrón y lo dejó salir en un estado lamentable. En el jardín quedó un trozo de pantalón. Al día siguiente, la criada no comprendió por qué razón una voz, al teléfono, diciendo que era de Salud Pública, preguntaba si el perro estaba vacunado. En ese momento, el perro, que estaba al lado de la doméstica, agitó la cola, afirmativamente.


PERPLEJIDAD
Raúl Brasca
Argentina (1948)

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora. De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías? Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.


UN PROBLEMA
Antonio J. Cebrián
España (1964)

Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer:
Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer:
Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer...


LAS GALLINAS
Jules Renard
Francia (1864-1910)

- Apuesto cualquier cosa -dijo la señora Le­pic- a que Honorina se ha olvidado otra vez de encerrar las gallinas.
Así era. Por la ventana podía comprobarse. Abajo, al fondo del gran patio, el pequeño techo del gallinero destacaba, en la noche, el cuadrado negro de su puerta abierta.
- Si fueses a cerrar el gallinero, Félix... -di­jo la señora Lepic al mayor de sus hijos.
- ¿Yo? Yo no estoy aquí para ocuparme de las gallinas -contestó Félix, muchacho pálido, indo­lente y poltrón.
- ¿Y tú, Ernestina?
- ¡Oh mamá!...  ¡Me da miedo!
El hermano mayor y la hermana Ernestina habían levantado apenas la cabeza para responder. Estaban leyendo, muy interesados, los codos sobre la mesa, y sus cabezas casi se rozaban.
- ¡Dios mío, qué tonta soy! -exclamó la se­ñora Lepic-. No se me había ocurrido. ¡Pelo de Zanahoria, ve a cerrar el gallinero!
Llamaba así a su hijo menor, porque tenía los cabellos rojizos y la piel llena de pecas. Pelo de Zanahoria, que estaba bajo la mesa, jugando, se puso de pie y dijo tímidamente:
- Pero, mamá... Es que yo también tengo miedo...
- ¿Cómo? -respondió la señora Lepic-. ¿Un grandullón como tú teniendo miedo? ¡Si es cosa de echarse a reír! ¡Vamos, rápido, a hacer lo que le mandan!
- Todos lo sabemos muy bien; es atrevido co­mo un gato montés -dijo su hermana Ernestina.
- No le tiene miedo a nada ni a nadie -aña­dió Félix, su hermano mayor.
Estos cumplimientos enorgullecieron a Pelo de Zanahoria y, avergonzado al sentirse indigno de ellos, luchaba ya contra su cobardía. Para alentarlo definitivamente, su madre le prometió una bofetada si no hacía caso al instante.
- Al menos, que alguien me alumbre -pidió el chiquillo.
La señora Lepic se encogió de hombros y el hermano Félix sonrió con desprecio. Ernestina, la única capaz de experimentar piedad, tomó una bujía y acompañó a su hermano hasta el extremo del corredor.
- Te esperaré aquí -le dijo. Pero se fue inmediatamente, aterrada, porque un golpe de viento hizo vacilar la llama de la bu­jía, apagándola.
Pelo de Zanahoria se puso entonces a temblar en las tinieblas. Sentía las nalgas endurecidas, los talones pegados al suelo. Las sombras eran tan es­pesas que por un instante se creyó ciego. A veces una ráfaga de viento lo envolvía como una manta helada, para llevárselo. ¿No eran zorros, quizá lo­bos, quienes soplaban sobre sus dedos, sobre sus mejillas? Lo mejor era precipitarse, al parecer, sobre las tinieblas, hacia el gallinero, la cabeza erguida, para agujerear así las sombras. Tambaleándose, llegó a empuñar la manija de la puerta. Al ruido de sus pasos, las gallinas espantadas se agitaron resbalando sobre sus estacas. Pelo de Zanahoria les gritó:
- ¡Cállense! ¡Soy yo!
Cerró la puerta y salió corriendo, las piernas y los brazos ligeros como alas. Cuando regresó, temblando, satisfecho de sí, al calor y a la luz, tuvo la sensación de cambiar por un traje nuevo y liviano unos andrajos llenos de barro y de lluvia. Permaneció erguido un instante, orgulloso, espe­rando las felicitaciones, y sintiéndose ya fuera de peligro, buscó en el rostro de sus familiares las huellas de las inquietudes que debió producir su ausencia. Pero su hermano mayor y su hermana Ernes­tina continuaban leyendo tranquilamente, y la se­ñora Lepic le dijo con el tono de voz más natural del mundo:
- Pelo de Zanahoria, de ahora en adelante te encargarás de cerrar el gallinero todas las noches.


DE LAS CRÓNICAS DE LA CIUDAD
Jairo Aníbal Niño
Colombia (1941-2010)

Nadie jamás le había hecho caso. Lo empujaban, lo pisaban, le cerraban las puertas en las narices. Ese día, había permanecido horas enteras esperando que el funcionario escuchara todas las verdades que tenía que decirle. Tuvo que marcharse cuando todos habían abandonado las oficinas y él vio que la noche lo había cogido sentado en el taburete. Cuando a la madrugada llegó a su casa de latas y pedazos de cartón, cuando vio a lo lejos la ciudad como un reguero de leche iluminada, se dijo a sí mismo: No te desesperes. Todo cambiará cuando dejes de ser invisible.


CARENCIAS
David Moreno Sanz
España (1976)

Un tipo que vive solo llega a casa, abre la puerta, la cierra tras de sí, se introduce en el pasillo y sale a recibirle un gato que no tiene. Ante la sorpresa inicial permanece quieto hasta que ese mismo gato se frota contra sus piernas. Le prepara entonces un plato de leche con galletas pero éste insiste en conducirle primero a la habitación de los hijos que no tiene para que les arrope y dé dos besos de buenas noches y después hasta la cama donde duerme la mujer que tampoco tiene. Confuso se pone el pijama, se lava los dientes y se tumba a su lado para descansar del duro día de trabajo que no tiene. Y piensa en mañana, en el futuro.


CIEN AÑOS
Rubem Fonseca
Brasil (1925)

Quien le dijo a Manuel que ese día cumplía cien años fue su vecina, doña Adelina.
- ¿Cómo sabes? -le preguntó Manuel.
- Me sé las edades de todos los vecinos. ¿Quieres que te las diga?
Manuel fue hasta el cubículo de la casa que llamaba oficina, escarbó en un montón de papeles y encontró el acta. Doña Adelina tenía razón. Cumplía cien años aquel día.
- ¿No va a celebrar? Cien años se merecen un festejo -dijo doña Adelina, cuando se encontraron de nuevo.
- ¿Cómo voy a celebrar? Todos mis parientes y amigos ya se murieron.
Manuel vivía en la misma casa hacía muchos años. Los muebles eran los mismos, los libros eran los mismos, sólo las toallas, las sábanas y los calzones no eran tan viejos. Hasta el clister era el mismo. Antes las cosas duraban, pensó Manuel, ahora cada año sale una nueva versión del mismo producto, dicen que ésa es una técnica comercial llamada obsolescencia programada. Entonces, súbitamente se acordó de que clister era una palabra que venía del griego y que significaba “jeringa”. Padecía de estreñimiento y usaba el clister para hacerse enemas a diario. Su aparato era una especie de jarra de vidrio con una pequeña llave que abría y cerraba, en la cual se colocaba un tubo largo de hule con un recipiente en la punta. Llenaba la jarra con un líquido especial y, recostado sobre el lado izquierdo, introducía la punta en el ano y abría la llave de la jarra, permitiendo que el líquido entrara en sus intestinos hasta sentir ganas de evacuar.
Pero ésa no puede ser la manera de conmemorar mis cien años; hago eso mismo desde hace decenas y decenas de años, pensó. Cien años no se conmemoran. ¿Cien años de qué? La vida es un sufrimiento continuo, el cuerpo sufre, la mente sufre, hay muchas enfermedades -y pensó en todas las enfermedades que existían, eran tantas que se podía llenar un libro de quinientas páginas-. ¿Era eso lo que iba a festejar? Entonces tuvo una idea. La mejor manera de conmemorar cien años es muriendo en la cama sin molestar a nadie.
- Voy a acostarme y morir -decidió.
Se recostó en la cama y se murió. Pero antes tuvo conciencia de una sensación de bienestar. Estaba feliz.


LA CREMA ANTIARRUGAS
Emilio del Carril
Puerto Rico (1959)

La primera vez que se puso una pequeña porción de la crema antiarrugas que le compró al vendedor de un país extraño, se le desaparecieron las pequeñas líneas de expresión. Desesperado por obtener resultados más dramáticos, al otro día embadurnó toda su cara. Horas después, se le había borrado el rostro. Desde ese día, todas las mañanas se pinta una cara nueva con sus acuarelas de infancia. Su única limitación es salir de la casa en los días lluviosos.


EL HOMBRE MIGRATORIO
Guillermo Martínez
Argentina (1962)

Enoch, de Rumania, soñó una noche que la muerte le daba alcance en un bosque de alerces nevados y ríos de escarcha. Al despertar, su mente simple concibió un plan simple. Con las primeras lluvias del otoño emigraría al hemisferio sur y, seis meses después, volvió a escapar del invierno retornando a su patria. Desde entonces sigue eternamente a las golondrinas en cautelosos barcos. Es entre los inmortales el más bronceado.


EL HOMBRE DE LOS PIES PERDIDOS
Gabriel Jiménez Emán
Venezuela (1950)

Un día un par de pies que habían perdido su dueño entraron a un bar a tomar cerveza.
- Disculpen -dijo el portero. Aquí no puede entrarse sin zapatos.
- Ah, es verdad -dijeron los pies, y se regresaron a una zapatería. Ahí fueron muy bien atendidos: encontraron a unos zapatos que les calzaron de maravilla. Entonces se dirigieron nuevamente al bar, y el portero se alegró mucho de que los pies estuviesen ahora protegidos y elegantes.
El hombre que había perdido sus pies estaba muy incómodo, pues los necesitaba para ir a tomar cerveza; era mediodía y hacía un calor terrible. El hombre se las arregló para llegar hasta un taxi, y pedirle lo llevara hasta donde quería ir. Al llegar a la puerta del bar, el portero le dijo:
- Disculpe señor. No se puede entrar sin pies.
- No puede hacerme esto -dijo el hombre. Es muy difícil encontrar unos pies a esta hora.
- No lo es -respondió el empleado-. Hace poco entraron unos aquí.
- Entonces deben ser los míos. Solemos tomar cerveza a esta misma hora. Déjeme entrar.
- No puedo -replicó el portero-. Mejor se los llamo. Espere aquí.
El portero se alejó a buscarlos, y el hombre pensó que era una gran suerte haber coincidido en aquel bar. Cuando el portero y los pies regresaron, el hombre no pudo reconocerlos, pues traían puestos unos extraños zapatos.
- ¿Qué desea? -preguntaron los zapatos.
- Quiero saber si esos son mis pies -respondió el hombre-. Los necesito para entrar al bar.
Entonces los zapatos comenzaron a desamarrar sus trenzas. Al instante, los pies estuvieron descubiertos, y con gran sorpresa el hombre vio que no eran los suyos. Los pies volvieron a calzar sus zapatos y, muy contentos de no pertenecer a nadie, regresaron al bar. El hombre aún no ha podido tomarse esa cerveza.

30 de mayo de 2018

Testimonios subjetivos de un don nadie (5). Desenlace incierto

Encontrarse con la triste realidad de su país, envuelto una vez más en una abismal crisis económica, no lo ayudaría en nada a salir de ese estado de ánimo. La brutal codicia de las clases dominantes, el desprecio absoluto por los más desposeídos, una clase media indiferente que sólo reacciona cuando ve afectada sus propios bolsillos… Nada había cambiado durante su ausencia. No es que esperase que algo así ocurriera en tan poco tiempo, pero siempre tenía la esperanza de que algún día las cosas mejoraran. Había que disponerse otra vez a pasar por el mismo calvario por el que ya se había pasado decenas de veces, enfrentar la frustración con una huida siempre hacia delante, con diligencia y tozudez. Algo así como un optimismo por el hacer. Pero, ¿hacer qué? La gente vivía la eterna aventura de la impiedad social, de los misterios no tan complejos de una criminología de clase, de la injusticia, de la impunidad, de la corrupción, sin plantearse una discusión ética, sin dejar de lado el egoísmo, sin recordar el pasado. El olvido del pasado -diría su amiga psicoanalista- es lo que impide la actuación del sujeto en el presente. Y él, de ningún modo quería olvidar el pasado; es más, quería concentrarse en el presente teniendo en cuenta el pasado.
Recordó que alguna vez Chandler dijo que sus personajes se distinguían porque estaban más preocupados por corregir los errores de la sociedad que por resolver los crímenes. Y él -pensó- era un personaje que soñaba con cambiarla. Por eso sus clases en el Bachillerato distaban tanto de la educación formal. Resaltaba la importancia de la educación para favorecer la expansión de las capacidades y oportunidades de cada persona, pero hacía hincapié en que esa instrucción en manos de grupos con intereses económicos era una poderosa herramienta para fomentar la uniformidad social, para moldear a la sociedad, para dirigir a sus integrantes en una dirección predeterminada, para organizar y controlar sus opiniones. Y ese método constituía un atropello, un abuso a la razón.



Por eso, les recalcaba a los estudiantes, era tan importante la toma de conciencia. Pensar y no renunciar jamás al papel de la razón en nuestra sociedad. La Historia, les decía, no es una ciencia exacta como las Matemáticas ni una ciencia natural como la Biología. Es una ciencia social y, por lo tanto, sus afirmaciones no pueden refutarse o convalidarse mediante un experimento de laboratorio, de modo que nunca es imparcial. Quien la narra, incluso él mismo -les aclaraba-, puede omitir, acortar o agregar datos tanto involuntaria como premeditadamente. No tiene la última palabra, puesto que la próxima persona que la cuente, ya sea que la acepte o la rechace, la recuerde o la olvide, la ignore o la repita, esa siguiente persona, la última por el momento, será la nueva intérprete de la historia. De allí la importancia de pensar, les repetía a cada momento. Sólo pensando, razonando, reflexionando, se puede llegar como sujetos a constituirse en actores y protagonistas de la historia para elaborar un proyecto superador para todos.
Junto con la profesora titular les contaba a los estudiantes que la vida humana en el continente americano había comenzado hace unos cincuenta mil años. Que hasta el inicio de la invasión europea se había producido su poblamiento en un proceso que duró milenios y que había generado un verdadero mosaico de pueblos diferenciados entre sí, con distintos niveles de desarrollo. Que de entre todos ellos, hubo tres que llegaron a formar grandes imperios: los Incas, los Mayas y los Aztecas. Que la base de la economía de los pueblos originarios era la agricultura. Que el maíz, la papa, la batata, el cacao, el zapallo, la calabaza, el tomate, el poroto y la mandioca eran los cultivos más desarrollados. Que, tras la conquista, todos fueron llevados a Europa y rápidamente adoptados por sus habitantes. Que, en contrapartida, cuando los europeos llegaron a América trajeron otros productos agrícolas que no existían en el continente americano tales como el trigo, la cebada, la avena, el olivo, la alfalfa, la lenteja, la lechuga, el espárrago, la zanahoria y la espinaca. Que las expediciones españolas habían introducido en el continente los caballos, las ovejas, las vacas, los cerdos, los asnos, los gatos, las ratas, el café, la rueda, el hierro y las armas de fuego, entre otras cosas, pero que también trajeron numerosas enfermedades como la lepra, la difteria, el cólera, la fiebre amarilla, la peste bubónica, la viruela, el sarampión, la gripe, la varicela, la escarlatina, las paperas y la rubeola. Que esas enfermedades produjeron grandes epidemias y diezmaron a la población autóctona. Que los conquistadores europeos también habían descubierto minerales valiosos como el oro y la plata, los que, saqueados y transportados a Europa, contribuyeron en buena medida a abrir las puertas a la Revolución Industrial.



Otro día les explicaban que el estudio de cualquier sociedad, en cualquier momento de su desarrollo histórico, debía necesariamente comenzar con el análisis de su modo de producción, es decir, la manera en que los hombres se adaptaron a la naturaleza y la transformaron a través del trabajo, y los acuerdos sociales por medio de los cuales ese trabajo fue organizado y distribuido. Fueron estos elementos los que definieron en las distintas épocas el marco político, económico, social, jurídico y cultural en el que se desarrollaron los pueblos. En el caso específico de América Latina, detallaban, se podían delimitar en base a esas afirmaciones cinco grandes épocas: la comunidad primitiva aborigen que vivía de la caza, la pesca, la recolección y el trueque; las rudimentarias sociedades clasistas precolombinas que lo hacían del cultivo de la tierra y las manufacturas artesanales; el heterogéneo sistema feudal-colonial que comenzó con la invasión europea y se basó en la esclavitud y la explotación; los distintos regímenes instaurados luego de las independencias de las naciones, que desarrollaron una economía de naturaleza exportadora-comercial con las potencias europeas; y los gobiernos pseudo democráticos que, tras la Segunda Guerra Mundial, sucumbieron al capitalismo dependiente y subdesarrollado que prevalece hasta hoy. Todo muy interesante, sin dudas. Los estudiantes tomaban apuntes, hacían preguntas, miraban con suma atención los videos, opinaban. Todos los días de clases, el hombre salía contento del aula con la sensación de haber contribuido aunque sea en una módica medida a la comprensión de la complejidad de la historia. Camino a su casa, recordaba al Cortázar que decía que “sólo nos queda protagonizar pequeños actos que, aunque por sí solos no resuelvan nada, por lo menos nieguen la exclusividad del despojo y la omnipotencia de la desdicha”. Y eso era lo que él trataba de hacer.



Pero no era tan sencilla la tarea. Inevitablemente, al ver lo que estaba ocurriendo por enésima vez en su país, lo asaltaron la indignación, la tristeza, la desesperanza. Una vez más -piensa- un gobierno que asume lamentándose de que comienza su gestión arrastrando la pesada herencia que le deja el anterior, desdeñando la responsabilidad que le cabe, ya sea por acción u omisión durante el período precedente, remitiéndonos al viejo cuento del huevo y la gallina; una vez más quedar sujetos a los vaivenes políticos y a las apetencias económicas de las potencias hegemónicas de turno y de sus secuaces vernáculos; una vez más los discursos huecos e inverosímiles que pretenden convencer a la gente de las bondades de la economía del libre mercado; una vez más la catarata de promesas de terminar con el desempleo, el trabajo informal, la corrupción, la pobreza; una vez más advertir que las riquezas ya no se crean a partir de la producción de bienes materiales sino a partir de especulaciones abstractas en esa suerte de garito que es la Bolsa de Valores; una vez más observar cómo las grandes multinacionales exterminan a las pequeñas y medianas empresas nacionales carentes de recursos y tecnología adecuados para competir en igualdad de condiciones y remiten periódicamente sus ganancias al exterior sin ningún tipo de trabas; una vez más creer que cuando las burguesías económicas nacionales acumulen grandes ganancias, éstas se derramarán como por arte de magia entre la gente; una vez más ver al país transformado en una feria, en el paraíso de los mercachifles; una vez más…
La lista es interminable -pensó-, y recordó al intelectual británico Terry Eagleton cuando se preguntaba por qué el sistema capitalista había acumulado más recursos de los que jamás se habían visto en la historia humana y, sin embargo, era incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad. ¿Cuáles eran los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parece ir de la mano con la miseria pública?



Ahora que el fascismo se ha despersonalizado, distribuido solícitamente en el mercado, las personas, al no comprender, actúan a destiempo y resultan víctimas del desacuerdo objetivo que existe entre la realidad y la imagen que de ella se forma. No hace falta tener una mente inquisitiva o dotada de sagacidad para darse cuenta que vivimos en un mundo en el que todo puede suceder, desde lo más absurdo y ridículo hasta lo más abyecto e inverosímil. La trivialidad del mal, el bastardeo de las palabras, la venalidad de la voluntad y la relatividad de la ética son ya moneda corriente y casi nadie se asombra por ello. Por eso no podía creer en nada, tal como le pasaba cuando era apenas un niño y en la escuela de curas en la que lo había inscripto su madre le hablaban de Dios y él no podía creer ni media palabra de lo que le decían. Que el planeta Tierra tenía sólo seis mil años y había sido creado por el Supremo Hacedor en seis días; que Noé había trasladado en su arca a los dinosaurios, los que se habían extinguido hacía poco tiempo y era posible que hubiese todavía algunos vivos; que las razas del mundo eran el resultado de la Torre de Babel; que el primer hombre había sido creado con barro y la primera mujer con una costilla de aquél; que un ángel había descendido a la tierra para traer mensajes celestiales, que una virgen había parido a una criatura que, con el correr de los años, realizaba milagros como convertir el agua en vino, curar ciegos, paralíticos y leprosos, expulsar demonios y caminar sobre el agua hasta que, tras ser torturado y asesinado, había resucitado y ascendido a los cielos desde donde volvería para el Juicio Final… Relatos todos ellos que superaban en imaginación a las fábulas de Esopo, de Samaniego, de los hermanos Grimm, que su padre le leía todas las noches.



Ahora, tantos años después, como si estuviese renovando votos con el pasado, entre la vigilia y el sueño es su imaginación la que se agudiza. En ese estado de ensoñación, en su cabeza fluyen imágenes y el hombre se deja ir tras ellas, como si fueran las manos con que un ciego tantea un largo muro en busca de una puerta, del picaporte que le permita abrir esa puerta. Pero es en vano, no encuentra la salida. A lo lejos oye el murmullo del canto de los grillos y, a sus espaldas, la melodía suave de la canción de John Lennon. “Imagine all the people, sharing all the world…”, mientras la noche se cierra, concéntrica, irremediable. Él ve desde su ventana como se van apagando las luces de las casas del barrio y piensa que bien podría ser una analogía con lo que ocurría con la humanidad. Pero, a lo lejos, en un altillo recóndito, una lámpara perduraba, mínima, pálida. Todas las demás luces se habían oscurecido menos ésa. Desolada, emanaba aún su exiguo aliento, resistía apenas desde un débil y cansado filamento a punto de cortarse. ¿Será otra analogía? ¿Existirán otras lámparas que sigan emitiendo un delgado destello entre tanta sombra y silencio? ¿Habrá por ahí más luces solitarias con las que pueda iluminarse? ¿Será posible imaginarse un mundo compartido por todos? ¿O será simplemente una ingenua utopía? La canción había terminado mientras el sueño, esa sexta parte de la muerte según la fantasiosa mitología hebrea, le llegaba en puntas de pie. Con un tenue atisbo de esperanza se durmió, por fin, esa noche.

20 de mayo de 2018

Testimonios subjetivos de un don nadie (4). Preámbulo del epílogo

Subió al nuevo minibús sin saber cuál sería el trayecto a recorrer, pero lo único que quería a esa altura era seguir paseando. Eran apenas las cuatro de la tarde y había tiempo de sobra para hacerlo. Por entonces no imaginaba la impresión que le causaría todo lo que vería en las horas siguientes. Esta vez el vehículo cargó a más personas, siete u ocho, pero él volvió a ocupar el último asiento. Tomó su mapa, encendió el GPS de su celular y así comenzó la nueva excursión. Tras un breve trayecto por la Rue Jacques Kable, el autobús tomo una ancha autopista atestada de vehículos, la Autoroute A86, e inmediatamente se introdujo en un larguísimo túnel. Allí comenzaron las sorpresas. En varios tramos, estupendos grafitis decoraban sus paredes. Todo un símbolo de rebeldía, de inconformismo, pero también de talento, de ingenio. Su notable artística le hizo recordar sus extasiadas caminatas por Exarchia, en Atenas, cuando buscaba la librería española Nikolopoulos o después de pasar medio día recorriendo boquiabierto el Museo Arqueológico Nacional. Allí también había un sinnúmero de grafitis muchos de los cuales eran verdaderas obra de arte. Pero la impresión más grande, tal vez por lo inesperada, la tuvo cuando, al dejar la autopista y tomar la Rue de París para, luego de bordear un descomunal tendido de vías férreas, doblar por el Boulevard Périphérique, se encontró con una de las imágenes más desgarradoras de la miseria: los asentamientos informales.
Cientos de casillas de madera, de chapa, de cartón, de lona. Residuos por todos lados, inclusive en los techos de las precarias viviendas. Los pobladores vestidos con harapos sucios, miserables. Una verdadera tragedia. Bidonvilles, se enteró más tarde que le llaman a ese conglomerado de míseras casuchas, y no pudo evitar compararlos con las villas miseria -tal el nombre con el que se las conoce en Argentina-, muchas de las cuales él recorre cotidianamente por su trabajo. Imágenes de un París oculto, tan parecido y tan diferente a la vez a su malquerida Buenos Aires. “Migrants musulmans, cette racaille…”, escuchó que uno de los pasajeros le decía a su acompañante con una entonación notoriamente despectiva. Luego sabría que esos dignísimos caballeros franceses calificaban a esa pobre gente de “gentuza” o “escoria”. ¿Ignorancia? ¿Hipocresía? ¿Egoísmo? ¿Discriminación? No -pensó-, simplemente seres humanos.



Los hombres prefieren hacer abstracciones, pasar revista a todas las cuestiones sin estudiar ninguna a fondo. Recordó al Durkheim que, en sus estudios sociológicos, decía que las leyes de una realidad tan compleja como la de las sociedades humanas no se descubren con exámenes precarios basados en intuiciones rápidas, que esos análisis no eran más que generalizaciones basadas en algún ejemplo, pero que un ejemplo no era suficiente para demostrar la realidad. Es evidente -pensó- que desde el primer día y la primera noche, desde la primera vez que alguien reconoció su imagen reflejada en las aguas de un río, el hombre ha estado inventándose su propia tragedia, su propio infortunio. Triste, muy triste.
Los aledaños de las comunas de Pantin, Le Bourget, Aubervilliers y Saint Denis se fueron sucediendo en el trayecto. Más grafitis, más bidonvilles, más basura a los costados de la autopista. Aglomeraciones urbanas colmadas de decenas de insípidos monoblocks y apenas unos pocos lugares con una arquitectura clásica, armoniosa. A esa altura ya soñaba con ver algo de la irresistible belleza de París de la que hablaba siempre Cortázar, y algo de eso pudo apreciar cuando el minibús tomó el arbolado Boulevard de la Libèration a un costado del río Sena. Por ese camino se dirigieron hasta la estación del ferrocarril de Saint Denis en donde descendieron casi todos los pasajeros, sólo quedaron dos. Luego, tras una breve espera, se sumaron otros dos en un hotel sobre la Rue Gabriel Péri a poca distancia de la estación. Eran poco más de las seis de la tarde cuando tomaron la Avenue Jean Mermoz, una tranquila avenida flanqueada por edificios bajos y muchísimos negocios mayoristas que le hizo recordar a la calle principal de Oronsospe, en las cercanías de Pamplona. Cuando llegaron a La Courneuve se detuvieron en un hotel en donde el minibús hizo una parada de cuarenta y cinco minutos, tiempo que el hombre aprovechó para caminar unos metros, cruzar a la acera de enfrente e introducirse en un bar ubicado en un bonito edificio de cuatro plantas con ladrillo a la vista y beberse su imprescindible capuccino.



Todo el día el cielo había estado nublado y el clima destemplado. Ahora, que empezaba a oscurecer, el frío se intensificó. Lo notó cuando caminaba de regreso hasta el hotel Ibis Le Bourget para abordar nuevamente el minibús. Dos nuevas parejas se habían sumado al pasaje y pronto emprendieron el camino, ahora, hacia un hotel en Aulnay sous Bois en el que subió una anciana que se acomodó a su lado. Unos minutos más tarde estaban sobre la Autoroute du Nord que los conducía directamente a Roissy, comuna en la que se encuentra el aeropuerto Charles de Gaulle. Llegaron alrededor de las ocho de la noche. Se dirigió a la Terminal 2, despachó sus maletas, caminó de aquí para allá, pasó por una librería pero no encontró ningún libro en español, y finalmente entró en el restaurante Paul. Se sentó a unas de sus mesas y pidió -una vez más- un capuccino, aunque esta vez acompañado por unos exquisitos croissants. La hora de embarque se acercaba, el fin de la aventura europea también. Naturalmente, se puso a pensar. Había pasado un mes y medio colmado de experiencias asombrosas y estaba en paz. Estaba en paz como hacía mucho tiempo no lo estaba. Miraba en su celular las fotos que había tomado y sonreía emocionado. La Historia -pensó- no se compone únicamente de recuerdos del pasado sino también de los reflejos del presente. No es únicamente la manera en la que el pasado vuelve al presente sino también la estrategia con la que el presente va al pasado, los modos en que lo interpreta. Tampoco es solamente la acumulación de esas acciones del pasado, también es el presente, el día a día. Y su presente era eso, un simple pero a la vez grandioso paso por la historia, por su historia.




Tras algo más de trece horas de vuelo, el avión de Air France aterrizó en Ezeiza, el noveno aeropuerto por el que anduvo en su excursión. Pasaporte en mano, superó el control aduanero rigurosamente dividido entre argentinos y extranjeros, e ignoró las capciosas murmuraciones del burócrata de turno sobre el contenido de sus valijas, cuidándose de involucrarse en controversias ya que éstas rara vez servían para algo y provocaban una triste pérdida de tiempo y humor. Luego, salió de la Terminal A para esperar al remís que pasaría a buscarlo para llevarlo hasta su casa. Mientras fumaba un cigarrillo se puso a hacer curiosas cuentas: diez aviones, ocho autobuses, un tren, ocho subterráneos, dos ferrys, dos taxis, cuatro trolebuses, siete autos y una moto habían sido los medios de transporte que había utilizado en su travesía. Además de sus dos piernas, claro. Sonrió. Pronto, el ulular de las sirenas de los patrulleros de la policía, los bocinazos de los automovilistas, los gritos de la gente, el desorden tanto vehicular como peatonal le hicieron tomar consciencia de que estaba nuevamente en Buenos Aires. Trató de abstraerse. Al rato se dio cuenta de que estaba moviendo nerviosamente la mandíbula de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como si fuese un camello. Volvió a sonreír, aunque esta vez con un dejo de ironía. No había dudas, el ensueño había terminado.
Mientras viajaba por la Autopista Riccheri en dirección a Buenos Aires, pensó otra vez en su historia reciente, en su significado. ¿Se podía descubrir en ella una secuencia coherente de causa y efecto? ¿Cómo podría encontrarle un significado si en cualquier momento esa secuencia podía verse quebrada o desviada de su curso por otra secuencia ajena a él? Porque era plenamente consciente de que otro ciclo de su vida estaba a punto de comenzar, que ahora aparecerían situaciones tal vez irrelevantes desde su punto de vista, o no, pero que inevitablemente influirían en su cotidianeidad. 



Por otra parte, podría contarles a sus amigos una y mil veces la experiencia que acababa de transitar, pero el contexto en el cual lo hiciera ya no sería el mismo. Una lástima -pensó-. Le hubiese gustado que el tiempo se paralizase en ese instante, que las horas no pasasen más. Advirtió que ya estaban transitando por la Autopista 25 de Mayo cuando vio a su derecha la iglesia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. En las dos torres de la fachada frente a la cúpula, enormes relojes marcaban la hora. Los observó y no pudo evitar recordar los episodios ocurridos durante la Comuna de París, cuando la gente disparaba contra los relojes de las torres de las iglesias y de los palacios para expresar, consciente o inconscientemente, la necesidad de detener el tiempo, de que al menos había que detener el tiempo predominante, la sucesión temporal establecida, y que debía comenzar un tiempo nuevo. Esa evocación le generó una idea tan fugaz como fantasiosa y descabellada que le dibujó una sonrisa en su cara, otra más, pero esta vez de amargura.
Ya en su casa, vació sus valijas, acomodó la ropa y, cuidadosamente, esparció sobre la mesa los libros, las revistas, los folletos, las guías turísticas, los mapas, todo el material con el que mantendría por siempre vivos los recuerdos de aquel viaje. Los observó fascinado, tal como haría los días siguientes con las algo más de tres mil fotografías que había tomado en cada rincón, en cada paraje, en cada uno de los cientos de lugares que había visitado. Ejercitar la memoria -pensó- porque, lejos de ser un simple producto de la historia, la memoria es el motor de su desarrollo, el dinamizador del presente. Y ese presente era, por lo menos hasta unas pocas horas atrás, un estupendo viaje que, por lo fantástico, parecía una obra literaria. Claro -pensó-, en realidad viajar por distintos lugares, más que escribir varios cuentos era como escribir en cada etapa un capítulo distinto de una novela. Una novela que lo había sumergido en el infinito de la imaginación y que, por otro lado, le había mostrado lo sensibles y caóticas que pueden ser las experiencias humanas. Pero, ahora, la novela había llegado a su fin. Había visto una pequeñísima parte del mundo de la cual atesoraba un sinfín de imágenes, eso era verdad, pero la visión del mundo es un fenómeno estético y por lo tanto -pensó- esa verdad no era más que una combinación de imágenes para legitimar realidades vistas desde perspectivas particulares, en este caso la suya. Sí, efectivamente, todo lo que había vivido no era más que su versión de los hechos. ¿Y ahora, qué? se preguntó.



Volvió a las lecturas de Rousseau, de Piaget, de Vygotsky, de Freinet, de Gramsci, de Freire… Sus alumnos lo esperaban para que les siguiera contando la Historia como -decían ellos- sólo él sabía hacerlo. Su tarea como asistente pedagógico en un Bachillerato para adultos era muy gratificante y lo hacía feliz. Sonreía complacido cuando, en las reuniones del equipo de docentes y coordinadores, las profesoras de Instrucción Cívica le contaban que cuando hablaban del rol del Estado en una sociedad, los estudiantes les decían que ya lo habían visto en la clase de Historia. Otro tanto ocurría con el profesor de Filosofía que, cuando les explicaba la importancia de Hegel en la definición de los principios de libertad, igualdad y derechos de los ciudadanos, ellos le manifestaban que ya lo habían tratado en la clase de Historia. Era evidente que no podía con su genio, le salía espontáneamente. El programa para el primer semestre se centraba en la historia de Latinoamérica; los pueblos precolombinos, la llegada de los conquistadores españoles y sus consecuencias. Sin embargo él iba más allá. Era inevitable vincular todas esas vicisitudes de la historia latinoamericana con los sucesos que acontecían en Europa y así trataba de explicárselo a los estudiantes. Y fue unos pocos días después de haber regresado de su viaje, precisamente tras la primera jornada de clases cuando, ya en su casa, leyendo como todas las noches antes de dormirse, encontró aquella frase en un cuento de Clarice Lispector: “Los seres sensibles son más felices e infelices, simultáneamente, que los demás”. La escritora tenía razón, porque pronto volvió a inundarlo la angustia, la desazón, el desconsuelo. Fue simple para la desdicha volver a darle alcance, y se daba cuenta de lo difícil que le resultaba sufrir con decoro. Fue entonces cuando surgió una nueva pregunta: ¿Seguiría intacta su capacidad de resiliencia?