9 de diciembre de 2018

Certezas, dilemas e intuiciones. Un recorrido controversial (XXVII) 3º parte. Bosquejo ontológico


Impresiones (como síntoma de inquietud)
4. Sobre la cultura de masas y la sociedad de consumo

Hay conceptos que permanecen sin alteraciones por largos periodos de tiempo y luego mutan o evolucionan en cuanto a su sentido y significación. Estas variaciones pueden deberse a los cambios sociales, políticos, económicos y tecnológicos que inciden de manera directa en las sociedades, y también a la teorización y reinterpretación que de ellos realizan los cientistas sociales. El concepto de cultura es uno de ellos y su interpretación es variada y variable, aunque el término tradicionalmente suele ser utilizado para referirse a todo el conocimiento que es adquirido por el hombre desde de su nacimiento, a una educación formal dentro de la sociedad y hasta a la sofisticación o refinamiento del gusto, haciendo una clara distinción entre lo culto y lo ignorante. La palabra “cultura” (del latín “cultura”, cultivo) apareció en el idioma inglés tempranamente, hacia principios del siglo XIII. El término se empleaba para designar una parcela cultivada y, tres siglos más tarde, adquirió una connotación metafórica al extenderse su significado al de cultivo de cualquier facultad. La propiedad que tenía un campo de ser cultivado se comparaba a la que tenía una persona de aprender, así como a una sin educación se la asemejaba a un campo sin cultivar. Hacia fines del mismo siglo, el concepto de cultura era entendido por las clases altas como la tenencia de una buena educación, gusto por las bellas artes, un determinado arquetipo de comportamiento y ciertas normas de urbanidad.
De cualquier manera, la acepción figurativa de cultura recién se extendió durante el siglo XVII, cuando comenzó a aparecer en algunos textos académicos. Más adelante, en el siglo XIX, la cultura era asociada también a las actividades lúdicas que las personas bien educadas realizaban. Pero, desde mediados del siglo XX, la cultura se fragmentó en una serie de disciplinas complejas y diversas, lo que hace sumamente difícil abarcarlas en su conjunto. Según el “Diccionario de la lengua española” editado por la Real Academia Española, la cultura es “un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”, una definición que bien podría provenir de la que el antropólogo evolucionista inglés Edward Burnett Tylor (1832-1917) acuñara en 1871 en su ensayo “Primitive culture” (Cultura primitiva): “La cultura o civilización, en sentido etnográfico amplio, es ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de una sociedad”.
En 1952, los antropólogos estadounidenses Alfred Kroeber (1876-1960) y Clyde Kluckhohn (1905-1960) publicaron “Culture. A critical review of concepts and definitions” (Cultura. Una revisión crítica de conceptos y definiciones), obra en la que analizaron ciento sesenta definiciones de diversos antropólogos, sociólogos, psicólogos, psiquiatras y otros científicos. Como síntesis, ofrecieron su propia definición de cultura: “La cultura consiste en patrones de comportamiento, explícitos e implícitos; adquiridos y transmitidos mediante símbolos, que constituyen los logros distintivos de los grupos humanos, incluyendo su plasmación en utensilios. El núcleo esencial de la cultura se compone de ideas tradicionales (es decir, históricamente obtenidas y seleccionadas) y, sobre todo, de sus valores asociados”. En conclusión, el concepto de cultura involucra una multiplicidad de significados que abarcan desde aquellas expresiones que utilizan el individuo común o los miembros de una comunidad hasta las definiciones dadas por los científicos, muchos de los cuales la consideran su objeto de estudio y llegan a resultados a veces contradictorios entre sí.


La noción de cultura, en definitiva, es ciertamente vaga y confusa. El escritor y periodista argentino Fabrizio Volpe Prignano (1975-2005) decía en “Comunicación y cultura en el siglo XXI” que ésta “se asocia con el concepto de libertad, con la representación de dignidad e incluso con la edificación y manifestación de la propia identidad: hay quienes dicen que la cultura nos libera y que el hombre es un animal cultural. Según la mayoría de los antropólogos, la cultura perfecciona el estado natural al que estaría sentenciado el hombre como primate; la solución es semejante a un órgano artificial: nos completamos por obra y gracia de la cultura”. A su vez, en “The interpretation of cultures” (La interpretación de las culturas), el antropólogo estadounidense Clifford Geertz (1926-2006) desarrolló una concepción sintética de cultura, es decir que los factores biológicos, psicológicos, sociológicos y culturales se tratan como variables dentro de un mismo sistema (el ser humano). Esta concepción está basada en la noción de que la cultura “no es sólo un ornamento de la existencia humana, sino que es una condición esencial de ella”. Explica Geertz que el desarrollo físico y la evolución cultural fueron simultáneos, que los cambios biológicos más importantes se produjeron en el cerebro y en el sistema nervioso central y, por último, que el ser humano “es un animal incompleto, un animal inconcluso. Sin hombres no hay cultura por cierto, pero igualmente, y esto es más significativo, sin cultura no hay hombres”.
Por su parte, Raymond Williams (1921-1988), novelista, dramaturgo y académico galés, pionero en los estudios culturales británicos, decía en “Culture and society” (Cultura y sociedad), un ensayo publicado en 1958, que existen dos sentidos de cultura según el uso dado por los grupos sociales dominantes. Uno de ellos, el de “los comensales de los salones de té en Oxford y Cambridge”, considera que la cultura equivale a dominar la literatura, la música, el arte, y debe ser conservada de la embestida de la gente ordinaria. El otro, el de “los buitres de la cultura”, desprecia esa alta cultura y, como mercaderes de las industrias culturales, consideran que esas masas ignorantes deben ser educadas, por lo que pretenden imponer su propia cultura de acuerdo, claro, a sus intereses económicos. “Mientras que antaño -añade Williams- cultura significaba un estado o hábito de la mente, o la masa de actividades intelectuales y morales, ahora también significa todo un modo de vida. Esta transformación, como cada uno de los significados originales y las relaciones entre ellos, no es accidental sino general y profundamente significativa”.
Por la misma época, desde un punto de vista sumamente elitista y aristocrático, el historiador estadounidense Lawrence W. Levine (1933-2006) dividió a la cultura en “alta cultura” y “baja cultura” considerándolas como dos compartimentos estancos y antagónicos. En su libro “Highbrow/Lowbrow. The emergence of cultural hierarchy in America” (Alta cultura/Baja cultura. El surgimiento de la jerarquía cultural en América) emparentaba a la alta cultura con el gusto canónico -la literatura homérica, el teatro shakesperiano, la danza clásica y el ballet, las óperas wagnerianas, etc.-, mientras que la baja cultura, la cultura de masas, era vulgar, soez, prosaica, una diversión banal y pasiva dirigida a las clases sociales poco cultivadas y sin juicio estético. Una forma de pensar que se puede asociar literalmente al pensamiento del filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset (1883-1955) o al del poeta y crítico literario británico Thomas S. Elliot (1888-1965) cuando opinaban que “nada se puede esperar de la masa y su baja cultura” o que “la verdadera cultura, en cualquier civilización, se preserva en buena medida gracias a que las clases cultivadas la van conservando generación tras generación, desempeñando un papel esencial como defensa de los grandes valores frente a la masa iletrada y bárbara” en “La rebelión de las masas” y en “Notes towards the definition of culture” (Notas para la definición de la cultura) respectivamente.


Dadas las condiciones de alienación y deshumanización que imperan en el mundo contemporáneo, da la impresión de que ya no se trata de determinar cuál cultura es más legítima, si la alta cultura o la popular. Para interpretar la cultura es necesario radicalizar el pensamiento y agudizar los métodos para entender las relaciones sociales que de ella se derivan. Y, si hay algo que se puede afirmar, es que la cultura hoy lo atraviesa todo a través de la explotación comercial. Al amparo de la publicidad (y también de la televisión, el cine, las revistas y en general en todos los nuevos medios de comunicación que adquieren un papel cada vez más prominente en la cultura urbana) el consumismo se ha convertido en una de las actividades culturales más relevantes. Su desarrollo y crecimiento se inició en el siglo XX como una consecuencia directa de la lógica interna del capitalismo que, haciendo un uso abusivo de ella, ha generado nuevas necesidades en los seres humanos ya sea por factores de estatus, afectivos o simplemente de estandarización y masificación. Es así que ha surgido una nueva etapa de la mercantilización que el sociólogo y economista estadounidense Jeremy Rifkin (1945) ha definido como “capitalismo cultural” en su libro “The age of access” (La era del acceso).
En las sociedades modernas son los productores de bienes y servicios quienes llevan las riendas de la producción y el consumo, manipulando las necesidades y los deseos de los ciudadanos a través de profusas campañas publicitarias. A la hora de introducir un nuevo producto, promueven su demanda entre los consumidores y procuran sostener la demanda de los productos ya existentes. Esta modalidad llevó al ya aludido economista iconoclasta canadiense John Kenneth Galbraith a afirmar en su ensayo “The affluent society” (La sociedad opulenta) que los seres humanos se encuentran ante un verdadero fraude: “La creencia en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores fraudes de nuestra época”, y criticaba que el éxito de una sociedad se midiese no por logros artísticos, literarios, educativos o científicos, sino sólo por la producción de objetos materiales y servicios que en gran medida eran impuestos por los productores.
En idéntico sentido se expresaba el economista británico Paul Ekins (1950) en “A sustainable consumer society” (La sostenibilidad de la sociedad de consumo), ensayo en el que afirmaba que “en las sociedades avanzadas, el consumo -y muy especialmente el consumo de mercancías no necesarias para la supervivencia- se ha convertido en una actividad central, hasta el punto de que se puede hablar de una ‘sociedad consumista’. Los objetos consumidos, más allá de su valor y funcionalidad material, presentan una dotación simbólica, por lo que el acto de consumir sirve para construir y enfatizar identidades individuales y sociales”. Y agregaba más adelante: “La posesión y el uso de un número y variedad creciente de bienes y servicios constituyen la principal aspiración de la cultura y se perciben como el camino más seguro para la felicidad personal, el estatus social y el éxito nacional”.


También la socióloga española Susana Rodríguez Díaz (1974) hizo un acertado análisis de este fenómeno en su artículo “Consumismo y sociedad. Una visión crítica del Homo Consumens”: “El desarrollo de la economía capitalista ha implicado un crecimiento continuo de las necesidades y los deseos suscitados por el binomio producción/consumo. A pesar de la existencia de enormes zonas de pobreza, la civilización occidental, con el apoyo de las estrategias publicitarias que fomentan la compra de productos cargados de virtudes ilusorias, así como la obsolescencia rápida y el fomento de lo nuevo, la preocupación individualista por el estatus y el consuelo que ofrece el consumo frente a las frustraciones vitales, fomentan el hiperconsumo. El consumismo comporta despilfarros y causa degradación, contaminación y escasez de recursos naturales”. En idéntico sentido se expresó el sociólogo argentino Roberto Marafioti (1949) en su libro “Los significantes del consumo” al expresar que “la sociedad actual vive asentada sobre necesidades que no son reales y que le son impuestas por los intereses de ciertos grupos determinados que utilizan las técnicas publicitarias para indicar al consumidor que es lo que desea o lo que debe desear”. Esta suerte de engendro ha conseguido provocar en las sociedades modernas un enorme cambio de actitudes al instalar en la mente de las personas la idea de que deben ser alguien que en realidad no son.
En 1944, dos de los mayores teóricos de la Escuela de Frankfurt -los filósofos alemanes Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903-1969)- publicaron una colección de ensayos bajo el título “Dialektik der aufklärung” (Dialéctica de la ilustración). En el capítulo “Kulturindustrie. Aufklärung als massenbetrug” (La industria cultural. La Ilustración como engaño de masas) exponían que la industria cultural era un sistema que se movía por las lógicas del mercado y la estandarización. Esa cultura producida por las industrias económicas estaba basada en un sistema de símbolos, valores y actitudes en donde la unificación y la homogeneización oculta tras una aparente diversidad de ofertas no transmitían más que contenidos en los que de manera permanente se potenciaba la competitividad y el conformismo de las sociedades. Profundizando los análisis de los pensadores de la Escuela de Frankfurt en cuanto a que las estructuras ideológicas en las sociedades post-industriales establecían un tipo de dominio más sutil y peligroso que el mero dominio sustentado en la explotación física y económica, a mediados a mediados del siglo XX se desarrolló en Francia el Estructuralismo, una corriente filosófica cuyo objetivo era abrir una nueva perspectiva intelectual en el modo de entender y analizar la cultura.
Los estructuralistas se interesaron por estudiar las interrelaciones a través de las cuales se produce el significado dentro de una cultura. Este tipo de análisis ayudó a descubrir la estructura que subyace en muchos de los fenómenos de la vida social y cultural, entre ellos la comunicación, entendiendo a ésta como un sistema de estructuras directamente relacionadas entre sí con fines determinados. Para el Estructuralismo, las sociedades en su conjunto funcionan a partir de una lógica del intercambio de mercancías en la que el objeto se vuelve signo de estatus y símbolo de una falsa e imaginaria movilidad social. En ese sentido, el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) afirmaba en “Langage et pouvoir symbolique” (Lenguaje y poder simbólico) que las nuevas formas culturales, derivadas de la industria de la cultura y de la comunicación, en vez de producir “una prodigiosa expansión cultural por todo el reino social”, privilegiaba la consolidación del  “capitalismo en su sentido clásico”, el ascenso de un modelo cultural con símbolos, valores, códigos y signos muy simplificados, fragmentados y homogeneizados que descentraban los “mapas cognitivos” y apelaban a conductas irracionales. De ese modo, las relaciones sistemáticas y constantes existentes en el comportamiento humano, tanto individual como colectivo, no eran evidentes sino que, en gran parte, no eran percibidas conscientemente y limitaban y constreñían las acciones humanas.


En la misma dirección se expresaba el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard (1929-2007) en “La société de consommation. Ses mythes, ses structures” (La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras) al sostener que la sociedad de consumo no es sino “la culminación de una retórica en la que subyacen unas mitologías industrializadas y en las que toda la estructura de intercambio se edifica sobre una política económica de mercancías devenidas en símbolos y que son el núcleo de la génesis ideológica de las necesidades”; es decir, en la sociedad de masas el objeto se vuelve mercancía y éstas, a la par, se transforman en símbolos. También fue categórico el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky (1944) en su libro “Le bonheur paradoxal” (La felicidad paradójica): “Las sociedades consumistas se emparentan con un sistema de estímulos infinitos, de necesidades que intensifican la decepción y la frustración cuando más resuenan las invitaciones de felicidad al alcance de la mano. La sociedad que más ostensiblemente festeja la felicidad es aquella en la que más falta; aquella en que las insatisfacciones crecen más deprisa que las ofertas de felicidad. Se consume más, pero se vive menos; cuanto más se desatan los apetitos de compras más aumentan las insatisfacciones individuales”. Otro tanto hizo el filósofo y semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) en “Mythologies” (Mitologías), obra en la que destacó el proceso de simulacro implícito e inseparable de la acción simbólica de los objetos. “En la nueva cultura comunicativa lo imaginario-simbólico cobra las características de ‘lo real’. Así, la deformación imaginaria de la cultura de masas condiciona la percepción de las condiciones reales de existencia. Es la culminación y el triunfo del fetichismo y de la cosificación”.
“La relevancia que tiene pensar en el consumo viene dada por su carácter central en las relaciones sociales contemporáneas”, decía Zygmunt Bauman (1925-2017) en su ensayo “Work, consumerism and the new por” (Trabajo, consumismo y nuevos pobres). Para el sociólogo y filósofo polaco el acto de consumir “está presente en todas las sociedades, sea para atender las necesidades más básicas o aquellas consideradas superfluas. Mientras tanto, el consumo da lugar al consumismo, el cual está asociado al deseo creciente de nuevas posesiones y la rápida substitución de los bienes”. De esta manera, los individuos no sólo adquieren productos por su valor utilitario sino también por su valor representativo, no sólo como símbolo de distinción social sino también como expresión subjetiva de la búsqueda de placer al entender a éste como un bien supremo de la vida humana. Este concepto remite indefectiblemente al hedonismo, una postura moral que justifica la búsqueda de la felicidad por medio de los placeres materiales. Así lo entiende el sociólogo británico Mike Featherstone (1946) en su obra “Consumer culture and postmodernism”  (Cultura de consumo y posmodernismo), ensayo en el cual reconoce dos aspectos fundamentales en las sociedades de consumo actuales: por un lado los patrones de consumo como una “fuente de diferenciación y de estatus” y, por otro, como una “fuente de fantasía y placer en un universo de estímulos permanentes”.


Lo concreto es que hoy la cultura del consumo se ha naturalizado, ha pasado de ser un menester estructural a ser un menester vital. Bien lo decía Habermas en su ensayo antes mencionado “Theorie des kommunikativen handelns” (Teoría de la acción comunicativa): “La forma mercancía se adueña de la cultura ocupando tendencialmente con ello todas las funciones del hombre. Las prácticas culturales-comunicativas son orientadas hacia la creación de una mentalidad social colectiva en la que la colonización del mundo de la vida es el aspecto primordial del proceso”. Y esa “colonización del mundo de la vida” es producto de un sistema económico que necesita ciudadanos adictos al consumo y por ello se ha esforzado en crearlos y mantenerlos así aunque el precio sea destruir la esperanza de una sociedad más humana y un desarrollo personal más pleno para todos los seres humanos. Quienes controlan el sistema económico no están interesados en el bienestar psicológico de los ciudadanos ni en su realización personal, lo único que desean es mantener el mercado en constante expansión, de forma que no dejen de aumentar las ventas de las empresas y, por lo tanto, sus beneficios.
De esta forma, muy lejos parecen haber quedado las palabras que León Trotsky vertiera en “Literatura i revolyutsiya” (Literatura y revolución): “La parte más preciosa de la cultura es la que se deposita en la propia conciencia humana, los métodos, costumbres, habilidades adquiridas y desarrolladas a partir de la cultura material preexistente y que, a la vez que son resultado suyo, la enriquecen”. A finales de la década de 1940, la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986) ya deploraba en su ensayo “Pour une morale de l'ambiguïté” (Para una moral de la ambigüedad) la tendencia de los seres humanos a “pensar que no son los amos de su destino; ya no abrigan la esperanza de contribuir a escribir la historia, están resignados a someterse a ella”. Un par de décadas antes el médico neurólogo austríaco Sigmund Freud (1856-1939), padre del psicoanálisis, había dicho en su “Das unbehagen in der kultur” (El malestar en la cultura) que “no se puede eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece”.

2 de diciembre de 2018

Certezas, dilemas e intuiciones. Un recorrido controversial (XXVI) 3º parte. Bosquejo ontológico

Impresiones (como síntoma de inquietud)
3. Sobre el proceso de acumulación en base al extractivismo

Hace unos dos siglos y medio atrás, exactamente en 1776, el economista escocés Adam Smith presentaba la obra con la cual sería reconocido tiempo después como el padre de la economía clásica: “La riqueza de las naciones”. En ella, entre otras muchas cosas, Smith definía cuatro períodos económicos en la evolución de las sociedades: el cazador, el pastoril, el agrícola y el comercial. A cada una de estas etapas las caracterizó básicamente en función de la relación entre los medios de subsistencia y los acuerdos institucionales tales como los derechos de propiedad y las formas de gobierno. En la etapa cazadora, aquélla en la cual “cada ser humano se procura cuanto necesita por su propio esfuerzo”, la población era escasa, nómada y homogénea económica y socialmente, no se reconocían derechos exclusivos a la propiedad y no existía una estructura formal de gobierno civil. En la pastoril aparecieron las desigualdades patrimoniales junto al reconocimiento de la propiedad privada, y se “introduce entre los hombres un grado de autoridad y subordinación que no podía existir hasta ese momento”, estableciéndose así un gobierno civil “indispensable para su propia conservación”. En la agrícola, las comunidades adoptaron el sedentarismo, se estabilizó el suministro de alimentos y creció la población, pasando del inicial cultivo básico -con la introducción del arado por los romanos y el surgimiento del esclavismo a mano de los conquistadores imperiales- al control de grandes extensiones de tierra a manos de los señores feudales, los que administraban la justicia en sus propios dominios descentralizando así el gobierno civil. Fue en este período que desapareció la figura del esclavo dando paso a la del siervo que cultivaba la tierra para su señor y, también, fue cuando se sustituyó el trueque de los excedentes de las cosechas por su venta con fines comerciales. Por último, la etapa comercial -aquella que Smith denomina “civilizada”- en la que las ciudades se convirtieron en centros comerciales y los grandes terratenientes junto a los mercaderes produjeron -según palabras de Adam Smith- “una de las revoluciones más importantes hacia la prosperidad económica de los pueblos”, guiados, los primeros, por la “satisfacción de la vanidad más pueril” a través de la compra de “bagatelas y adornos”, y obrando, los segundos, “con miras a su propio interés, consecuencia de aquella máxima y de aquel mezquino principio de sacar un penique de donde se puede”.
Este proceso, al que hay que sumarle el colonialismo practicado en África y América por las grandes potencias europeas de entonces -una historia de conquista, robo y expropiación de bienes comunales- fue el que abrió las puertas a lo que se conoce como “acumulación de capital”. Para Smith, la acumulación de capital era el producto del esfuerzo y el ahorro y la principal fuente del crecimiento económico ya que era necesaria para sobrellevar el intervalo de tiempo que transcurre entre la producción y la comercialización de un bien. Este ciclo histórico, al que el economista escocés denominó “acumulación previa”, fue retomado casi un siglo más tarde por Karl Marx en su obra “Das kapital” (El capital) bajo el nombre de “acumulación originaria”, un método basado en la expropiación violenta de los medios de producción al productor original que sentó las bases del sistema capitalista en el cual los productores de mercancías (sobre todo campesinos) se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo a los capitalistas. “Por lo tanto -decía Marx-, el proceso que engendra el capitalismo sólo puede ser uno: el proceso de escisión entre el obrero y la propiedad de las condiciones de su trabajo, proceso que, por una parte, convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras que, por otra parte, transforma a los productores directos en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción”. Así, para el autor de “Differenz der demokritischen und epikureischen naturphilosophie” (Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro), la acumulación de capital no alude sólo a la acumulación de bienes de capital financiero sino también a la de capital humano.


Con miradas más o menos similares, con el correr de los años otros intelectuales dieron su versión sobre el proceso de acumulación. Así lo hicieron, entre otros, Vladimir Lenin en “Razvitiye kapitalizma v Rossii” (El desarrollo del capitalismo en Rusia), Rosa Luxemburgo en “Die akkumulation des kapitals” (La acumulación de capital), Maurice Dobb en “Theories of value and distribution since Adam Smith” (Teoría del valor y la distribución desde Adam Smith), Paul Sweezy en “The present as history” (El presente como historia), Ernest Mandel en “Kontroversen um ‘Das kapital’” (“El capital”. Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx), Samir Amin en “L’accumulation à l’échelle mondiale” (La acumulación a escala mundial) e Immanuel Wallerstein en “The modern world system” (El moderno sistema mundial). Aunque con matices, todos ellos coincidieron -cada uno en su época- en que es un mecanismo que beneficia a los poseedores del capital en desmedro de los trabajadores (en el ámbito nacional) y a los países desarrollados en desmedro de los países subdesarrollados (en el ámbito internacional). Aún ante la insistencia de los economistas clásicos y neoclásicos que utilizan diversos modelos econométricos para intentar demostrar que la acumulación de capital no es más que una inversión para la modernización del equipamiento y el ulterior incremento de la producción de bienes, el paso del tiempo ha demostrado que esto es sólo una fachada del proceso y ni siquiera la más significativa. Su objetivo primordial es aumentar la tasa de ganancia, cualquier otro aspecto se le subordina.
Hace quinientos años, el proceso de acumulación se basó en la apropiación por la fuerza de tierras y recursos para convertirlos en el claustro materno del sistema capitalista de producción. Hoy, esa acumulación se manifiesta de manera sumamente visible mediante el denominado “extractivismo”, una actividad basada en la sobreexplotación de los recursos naturales que ocasiona daños a los bosques, las selvas, las montañas, la tierra, el agua, la fauna silvestre y los seres humanos de manera indiscriminada y que, lógicamente, aumenta significativamente el cambio climático hasta llevarlo a una situación de irreversibilidad. Se dio comienzo así al proceso conocido como “acumulación por desposesión”, una definición introducida por el antes nombrado geógrafo y teórico social británico David Harvey en su libro “The new imperialism” (El nuevo imperialismo), obra en la cual habla sobre la mercantilización y privatización de la tierra, el desplazamiento de distintas poblaciones para la extensión de monocultivos transgénicos o minería y la reconversión de derechos de propiedad comunal, colectiva o estatal en propiedad privada. El extractivismo, como base de la actual etapa del sistema capitalista, ha establecido una división internacional del trabajo que asigna a unos países el rol de importadores de materias primas para ser procesadas y a otros el de exportadores. Esta división es funcional exclusivamente al crecimiento económico de los primeros, sin ningún reparo en la sustentabilidad de los proyectos, ni el deterioro ambiental y social generado en los segundos, que son quienes producen dichas materias primas.


Es innegable que la relación de los seres humanos con la naturaleza siempre ha sido compleja, pero nunca lo ha sido tanto como ahora. Ya lo decía Marx hace un siglo y medio atrás: “El comportamiento torpe de los hombres frente a la naturaleza condiciona su torpe comportamiento entre sí”, y esa opinión tiene hoy una vigencia innegable. Es cierto que la relación naturaleza-sociedad se manifestó históricamente vinculada a las distintas formas de producción y a una red cada vez más estrecha de relaciones entre ambas. Ya no existe aquella visión sagrada propia del mundo antiguo en la que lo eterno, lo espiritual, se concebía en la naturaleza y se representaba en dioses y semidioses que eran un reflejo de la naturaleza misma: Deméter, diosa de la agricultura; Artemisa, diosa de los bosques y las colinas; Rea, diosa de la naturaleza; Poseidón, dios del mar, etc. Desde la Revolución Industrial y la consolidación del sistema capitalista, la concepción de la relación naturaleza-sociedad se sustentó en la consideración de ésta como un recurso externo y explotable con fines económicos. De aquella relación primitiva de respeto hacia la naturaleza se pasó a fundamentar y adoptar no sólo el uso, sino también el abuso de la misma, consolidando de esa forma una cultura de progreso basada en lo material. Surgió así una confrontación, una oposición entre la sociedad como sujeto y la naturaleza como objeto, una práctica que se instauró en el continente americano con la llegada de los primeros conquistadores europeos a fines del siglo XV. Fue a partir de entonces que comenzó el saqueo sistemático de las riquezas naturales de América, una práctica que continúa en escala creciente hasta nuestros días. Un texto extraído del “Diario de viajes” de Cristóbal Colón (1451-1506) es elocuente al respecto: “Yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo colgando en un agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho (…) Porque del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso”. Se daba así comienzo al proceso de acumulación capitalista en la Europa moderna naciente.
El propio Adam Smith concebía a las colonias como una fuente inagotable de recursos naturales y como mercados para la exportación de manufacturas. Y para Marx, fueron esas colonias las que jugaron un papel fundamental en el proceso de acumulación originaria del capital. El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo decía sin tapujos en su recordado “Las venas abiertas de América Latina”, libro que publicara en 1971: “Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo, la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra”.


Efectivamente, ya desde la conquista y colonización de América se configuraron distintas formas de explotación de sus recursos naturales. De esta manera, como bien se explicara en las teorías de la dependencia desarrolladas por sociólogos y economistas prestigiosos como el antes citado André Gunder Frank en “Kapitalismus und unterentwicklung in Lateinamerika” (Capitalismo y subdesarrollo en América Latina) o los brasileños Celso Furtado (1920-2004) y Theotônio dos Santos (1936-2018) en “Desenvolvimento e subdesenvolvimento” (Desarrollo y subdesarrollo) y “A teoria da dependencia. Balanço e perspectivas” (Teoría de la dependencia. Balance y perspectivas” respectivamente, América Latina pasó a financiar a Europa y, al hacerlo, el desarrollo nacional de las metrópolis europeas implicó el subdesarrollo de las colonias americanas. De este modo, la región se insertó en la economía mundial como proveedora de metales, materias primas y alimentos, recibiendo a cambio manufacturas y nuevas inversiones para incrementar y canalizar ese proceso extractivo. Así, entre los siglos XV y XVIII, éste se basó fundamentalmente en minerales como el oro y la plata, y, desde mediados del siglo XIX, lo fue en productos agrícolas como maíz, girasol, yerba mate y cacao, entre muchos otros, un modelo que el historiador argentino Tulio Halperín Donghi (1926-2014) caracterizó como “orden neocolonial” en su obra “El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica”. Luego, ya en el siglo XX, el método extractivista se amplió al petróleo, el gas natural, el estaño, el cobre, el zinc y el hierro, por citar los más importantes. En todos los casos, la integración a la economía mundial de los territorios latinoamericanos siempre se basó en la explotación intensiva de grandes volúmenes de sus recursos naturales y la apropiación o usufructo de sus productos por parte de grandes empresas en el exterior a través de su exportación.
Ese modo de integración al mercado mundial de los países latinoamericanos es, ciertamente, un aspecto fundamental de la acumulación de capital. Los parámetros de su modalidad fueron formulados en 1989 por el economista inglés John Williamson (1937) en el llamado “Consenso de Washington”, un conjunto de recomendaciones de política económica que, según la óptica del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, tenían como objetivo orientar a los países en desarrollo inmersos en crisis económicas para que lograsen salir de las mismas. Entre las medidas de corte neoliberal propuestas por estas instituciones figuraban, entre otras, la liberalización del comercio exterior y el sistema financiero, el establecimiento del mercado como mecanismo central para la asignación de recursos en la economía, la privatización de las empresas públicas, la desregulación de los mercados laborales internos, la reducción del déficit público mediante la disminución de los gastos sociales y la minimización de las condiciones a la entrada de inversiones extranjeras. Para sustentar todas estas disposiciones, los países latinoamericanos debieron recurrir a la financiación externa de las aquellas instituciones financieras internacionales, lo que se tradujo en duras políticas de austeridad en cada uno de ellos en los últimos años del siglo pasado. Luego, tras la pausa impuesta en varios de los países latinoamericanos por sus respectivos gobiernos de ideología populista (lo que no desmanteló las prácticas extractivistas), tras la crisis financiera de 2008 y la consiguiente recesión económica a nivel mundial, resurgió con gran fuerza el discurso y la práctica más neoliberal del Consenso de Washington.


Lejos de lograr los objetivos que se proponían, lo que efectivamente se logró fue que esos países sufrieran, con la anuencia de sus respectivos gobiernos, un drástico deterioro de los sistemas de protección social, con graves consecuencias sobre las condiciones de vida de los sectores sociales más vulnerables, lo que generó un amplio descontento y rechazo popular porque, en definitiva, lo que se consiguió fue privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Todo ello en el marco de una ofensiva extractivista signada por la profundización y aceleración de la expropiación, mercantilización y depredación de los bienes comunes de la naturaleza latinoamericana que no ha hecho más que intensificar la dominación y la explotación social y colonial que es el motor de la actual fase capitalista, una etapa que tiene como principal orientación explotar todo lo posible en el menor tiempo posible. Sean recursos renovables o no los que se extraigan, la ambición de poderío, la preponderancia de la codicia, la lógica del crecimiento exacerbado -que está en el corazón del sistema económico capitalista- se expresa en toda su dimensión en este modelo actual. No importa que esta coyuntura actual del neoliberalismo y la globalización impliquen un modelo insostenible, violento y voraz; lo que importa es el dinamismo del flujo de las ganancias de las empresas multinacionales. No interesa que este mecanismo destruya todas las relaciones sociales, las constelaciones culturales y los lenguajes de valoración no mercantilistas; lo que interesa es la lógica unidimensional del mercado, el individualismo y la ganancia privada. Es irrelevante que estas prácticas no beneficien a los países exportadores de materias primas; lo que es relevante es que favorezcan a las grandes corporaciones de las finanzas, de la producción tecnológica y del así llamado mercado.
Se sabe que los mercados involucran compras y ventas, actividades que se organizan bajo ciertas reglas que son completamente diferentes entre el mercado semanal del pueblo y la bolsa de valores en Wall Street. Los economistas estudian las propiedades de la organización del mercado tomando como punto de referencia a uno de competencia perfecta. Bajo supuestos altamente irreales, que eliminan toda forma de incertidumbre ya que al desconocer el futuro lo desestiman en sus análisis, pretenden demostrar que existe un conjunto de precios de equilibrio que igualan la oferta y la demanda. Lo que oculta la ideología de este sistema es que la mano invisible del mercado autorregulado conduce a una sociedad de individuos egoístas a un grado superlativo. Margaret Thatcher (1925-2013) , ex primera ministra de Gran Bretaña y principal arquitecta de la visión neoliberal del mundo, es famosa por hacerse eco de este sentimiento al sostener que “no hay sociedad, sólo individuos”. Este elogio del egoísmo viene a demostrar que esa mítica suposición de competencia perfecta en los mercados es defectuosa en sus propios términos. El supuesto equilibrio óptimo que se intenta mostrar no garantiza que la distribución del ingreso en una sociedad sea equilibrada, ya que, en la práctica, la demanda depende del poder adquisitivo de los individuos. Entonces, una distribución del ingreso grotescamente desigual en condiciones competitivas puede significar millones de niños muriendo de enfermedades fácilmente tratables como malaria o tuberculosis, mientras que las clínicas más caras brindan tratamientos de avanzada a precios que sólo los ricos pueden pagar; o pueblos que no tienen cloacas ni agua potable, mientras que áreas selectas de las ciudades se enorgullecen con sus “countrys” y sus “shoppings”. Sin embargo, para la lógica del mercado cualquier equilibrio se considera óptimo porque asigna recursos eficientemente, y no se puede mejorar a los pobres en las villas o en los pueblos sin perjudicar a los ricos en las ciudades.
Particularmente en las últimas décadas, estas políticas neoliberales que implican, entre otras cosas, la indiscriminada penetración de capitales trasnacionales en distintos territorios ya habitados, cuidados y trabajados por los pueblos que ya vivían allí, cuentan con la complicidad de los gobiernos supuestamente progresistas y populistas además de los grandes grupos económicos locales. A menudo, el despojo se da también por vías de aparente legalidad; las empresas inciden en legisladores y operadores de justicia para facilitar su entrada y permanencia en los territorios y garantizar la impunidad frente a las violaciones que cometen. Esto se ve agravado por darse en un contexto de alta fragilidad institucional, corrupción e inestabilidad democrática que caracteriza a muchos de los Estados latinoamericanos. A esto hay que sumarle la naturalización de un discurso tecnocrático que posiciona el crecimiento económico como bien supremo por sobre la garantía de los derechos humanos y la autodeterminación de los pueblos, una prédica que se divulga a través de los medios de comunicación hegemónicos que presentan versiones interesadas sobre los efectos sociales y ambientales de los extractivismos, en las que se ocultan los verdaderos impactos negativos de estas prácticas.


Es dentro de esta enorme falacia por donde transita hoy la humanidad. Ya en 1845, en su obra “Die deutsche ideologie” (La ideología alemana), Marx preveía que las fuerzas productivas se convertirían en fuerzas destructivas. Años más tarde, en el ya mencionado “El Capital”, oponía a la lógica depredadora del suelo del capitalismo el tratamiento racional de la tierra “como eterna propiedad comunitaria, y como condición inalienable de la existencia de la reproducción de la cadena de las generaciones humanas sucesivas”. Para el filósofo y economista alemán, la tierra no era propiedad de nadie; todas las sociedades eran sus usufructuarias, con la obligación de conservarla y dejarla en buenas condiciones para las futuras generaciones. Medio siglo después, el antes mencionado Walter Benjamin afirmaba en su obra “Einbahnstrasse” (Calle de sentido único) que los supuestos impulsores del progreso propagaban en realidad la barbarie. “Desde los más antiguos usos de los pueblos parece llegar hasta nosotros una especie de amonestación a que evitemos el gesto de la codicia al recibir aquello que tan pródigamente nos otorga la naturaleza-decía-. De ahí que sea conveniente mostrar un profundo respeto al aceptar sus dones, restituyéndole una parte de todo lo que continuamente recibimos de ella”.
En 1938, en una carta enviada al director del periódico británico “Daily Herald”, desde su exilio mexicano Trotsky decía: “Una pequeña camarilla de magnates extranjeros succiona, en todo el sentido de la palabra, la savia vital tanto de México como de otra serie de países atrasados o débiles. Los discursos solemnes acerca de la contribución del capital extranjero a la ‘civilización’, su ayuda al desarrollo de la economía nacional, y demás, representan el más claro fariseísmo. La cuestión, en realidad, concierne al saqueo de la riqueza natural del país. La naturaleza requirió muchos millones de años para depositar en el subsuelo mexicano oro, plata y petróleo. Los imperialistas extranjeros desean saquear estas riquezas en el menor tiempo posible, haciendo uso de mano de obra barata y de la protección de su diplomacia y su flota”. Transcurridos los primeros años del  siglo XXI resulta prácticamente incuestionable que el capitalismo, cimentado en la violencia y el despojo de la naturaleza, utiliza a los seres humanos y sus modos de vida para alcanzar su expansión a través del extractivismo y la acumulación continua. No existe modernidad sin neocolonialismo ni capitalismo sin extractivismo, y es justamente la activación desenfrenada de la pulsión de acumulación la que arrasa a las sociedades.

30 de noviembre de 2018

Certezas, dilemas e intuiciones. Un recorrido controversial (XXV) 3º parte. Bosquejo ontológico


Impresiones (como síntoma de inquietud)
2. Sobre el libre mercado, la globalización y el poscapitalismo

Ya en el siglo XVIII, cuando el capitalismo industrial recién comenzaba a desarrollarse, Adam Smith reconocía que es el trabajo el que permite a los hombres extraer riquezas de la naturaleza. Por lo tanto, el grupo privilegiado que controlase las herramientas, la maquinaria y la tierra necesaria para la producción sería quien obtendría los beneficios mediante la explotación del trabajo de los que no las poseyeran. Marx entendió que esa explotación derivaba necesariamente en un sistema que escapaba al control humano y se volvía contra aquellos que trabajaban para mantenerlo. A ese proceso lo llamó “alienación”. “Los seres humanos son producto y parte de la naturaleza -decía Marx-. Existe una relación entre la humanidad y la naturaleza dada por las actividades o trabajos que en ella son realizados para conseguir todo aquello que los humanos utilizan. Del balance de esta actividad dependerá el equilibrio”. Así, cuando el trabajo, la actividad social, está expropiada por una determinada clase cuyo objetivo es la acumulación, el equilibrio se rompe. “La tasa de ganancia es la meta de la producción capitalista. Su caída aparece como una amenaza para el proceso de producción capitalista, lo que pone de relieve su carácter histórico, transitorio, ya que, en un determinado nivel, entra en conflicto con las posibilidades de continuar su desarrollo”. Mostraba así que “la verdadera barrera para la producción capitalista es el mismo capital”. Los razonamientos de Marx concluían en que existe un fallo fundamental e incorregible en el capitalismo. La tasa de ganancia es la clave por la cual los capitalistas pueden llevar adelante su objetivo de acumulación. Pero cuanto más se desarrolla la acumulación, más dificultoso es para los capitalistas obtener tasas de ganancia para continuar el proceso de acumulación.
Para sostener ese proceso de acumulación, fue fundamental el papel del Estado como organizador de la vida económica luego de la Segunda Guerra Mundial. Los flujos financieros constituyeron una herramienta regulada y controlada por los gobiernos, al servicio de la política y cuya máxima función estribaba en potenciar un modelo de crecimiento productivo. Este modelo de crecimiento capitalista se sostuvo hasta principios de la década de los ’70. El desarrollo económico fue aumentando vigorosamente, hasta alcanzar niveles sin precedentes en la historia del capitalismo, lo que dificultó contener una expansión desenfrenada del capital. Esta situación ocasionó que cada vez fuera más complejo, para el modelo de desarrollo económico, canalizar los flujos de capital hacia la inversión productiva y originaron el surgimiento de un sistema financiero enormemente desregulado, más descentralizado y coordinado únicamente por el mercado, que otorgaba rienda suelta a la liberalización de los mercados de capitales, lo que propició unas condiciones financieras mucho más volátiles e inestables.
A finales de 1973, la economía mundial entró en una recesión generalizada con  tasas de inflación y desempleo desmesuradas, descenso de la producción industrial, caídas pronunciadas en los ingresos nacionales y aumentos sin precedentes de los déficits en las balanzas de pagos de una gran cantidad de países. Esto significó, en los hechos, el fin del modelo capitalista de acumulación dirigido hacia el consumo de masas y abrió el camino a una nueva fase de expansión del sistema capitalista mundial. La nueva orientación económica incentivó la iniciativa privada e introdujo mecanismos de mercado en la esfera pública. Así, se redujeron las actividades gubernamentales a la racionalización de los servicios públicos, al control de los sindicatos y al desmantelamiento de las políticas de pleno empleo. Las transformaciones producidas fueron significativas: todos los países industrializados aumentaron su desregulación económica, las reformas tributarias, las privatizaciones y la flexibilidad laboral, propiciando unos logros significativos a corto plazo con tasas de crecimiento continuadas y reducción de la inflación. Estas medidas fueron rápidamente adoptadas por los países en vías de desarrollo por “sugerencia” del FMI, del Banco Mundial, de la organización Mundial de Comercio y demás entidades financieras internacionales. Había nacido la globalización. Del régimen de regulación macroeconómica consagrado en 1944 en Bretton Woods, se pasó a la apertura y liberalización económica, la privatización de empresas públicas y la desregulación de mercados propiciada por el Consenso de Washington en 1989. Como dice el antiguo refrán: “A falta de caballos, que troten los asnos”.


La estrategia de acumulación mundial centralizada, la llamada globalización, articuló nuevas modalidades de generación y apropiación de riqueza que le permitió a los monopolios y oligopolios transnacionales acceder a fuentes de ganancias extraordinarias. La globalización trajo aparejada una nueva división internacional del trabajo basada en la configuración de cadenas globales de producción y el uso masivo de fuerza de trabajo barata. También la privatización de medios de producción y sectores económicos estratégicos y la sobreexplotación del trabajo directo, lo que generó el incremento de la migración forzada. Y, no menos grave sino todo lo contrario, la incorporación de la mayoría de los recursos naturales al proceso de valorización de capital, tanto de la litosfera como de la biosfera, con sus nefastos resultados: cambio climático, destrucción de las selvas tropicales y la biodiversidad, contaminación, erosión, desertización, etc. “El capitalismo tiene el doble mérito histórico de haber elevado la técnica a un alto nivel y de haber ligado a todas las partes del mundo con lazos económicos”, escribía Trotsky en 1938. “De ese modo ha proporcionado los requisitos materiales para la utilización sistemática de todos los recursos del planeta. Sin embargo, el capitalismo no se halla en situación de cumplir esa tarea urgente”.
Dice el economista político mexicano Humberto Márquez Covarrubias (1968) en “Crisis del sistema capitalista mundial. Paradojas y respuestas”: “La visión predominante presenta a la globalización como un fenómeno de alcance mundial inevitable, sin alternativas, y al cual hay que asumir como un reto. Para ello hay que abrir los mercados, ofrecer condiciones idóneas a la inversión extranjera y afrontar el reto de la competitividad, donde el Estado debe generar un clima favorable a los negocios, particularmente a las grandes corporaciones multinacionales, abaratar la fuerza de trabajo barata, transferir recursos públicos al sector privado, además de implementar una estrategia de venta de las ciudades y el territorio, donde priman los intereses del capital, y no los de la población. No obstante, no se pone en tela de juicio la llamada globalización que, se dice, es un fenómeno que llegó para quedarse”. “Pero más aún -agrega-, se trata de una compleja crisis civilizatoria con cariz multidimensional que expone los límites de la valorización mundial de capital por cuanto atenta, como lo había advertido Marx, en contra de los fundamentos de la riqueza: el ser humano y la naturaleza, y porque pone en predicamento el sistema de vida en el planeta, es decir, el metabolismo social. Desde esta perspectiva, el capitalismo neoliberal se erige como una poderosa maquinaria destructora de capital, empleo, población, infraestructura, conocimiento y cultura. Su criterio central, la maximización de ganancia, está en las antípodas de la reproducción social y las condiciones biológicas para la producción”.
Sabido es que, para que una economía capitalista funcione adecuadamente, todo lo que se produce se debe vender. Si los asalariados no pueden comprar más que una parte de esa producción porque su nivel de vida no se los permite, estamos ante una crisis de sobreproducción, ya que se crea una diferencia entre lo que se produce y lo que se compra.


Para solucionar esta diferencia la solución propuesta fue la concesión de créditos, de modo que, tanto los Estados como las empresas y los individuos, pudiesen acceder a adquirir bienes que de otra manera no podrían hacerlo. Así crecieron, entre los años ochenta y los primeros años del siglo XXI, los endeudamientos gubernamentales, los empresariales y los particulares. Este esquema cumplía dos funciones para el sistema capitalista. Por una parte, proveía de un flujo de pagos de intereses que potenciaba los beneficios de los capitalistas. Y, por otro lado, permitió tanto a unos como a otros, mantener el consumo a niveles estables y aún crecientes. Parte de ese endeudamiento podría considerarse necesario cuando es utilizado, por ejemplo, en obras de mejoramiento de los servicios energéticos, viales, sanitarios o educativos (en el caso de los Estados), en inversiones para mejorar las estructuras productivas (en el caso de las empresas), o en adquirir bienes fundamentales como la vivienda (en el caso de los particulares).
Pero un gran porcentaje de este movimiento financiero terminó, como era previsible, por crear un bienestar ilusorio, la tan mentada “burbuja”. En realidad, sólo se ocupó de concentrar cada vez en menos manos el capital, en beneficiar a los que lo poseían y en bonificar a los especuladores. Las finanzas daban salarios a los trabajadores y préstamos a quienes los pedían, pero por sí mismas, las finanzas no producen ningún bien, no producen nada, pero proporcionan a unos el derecho a reclamarles a otros el dinero prestado. Como era de esperar, la consecuencia más directa de esta lógica financiera fue la creación de un crecimiento inadecuado que conllevó la aparición de sucesivas crisis financieras de manera regular, lo que afectó directamente la estabilidad de los países, el bienestar de sus habitantes e incrementó las desigualdades sociales. En el caso de los países, esto se tradujo en crisis energéticas y alimentarias, así como en el de las empresas se notó en la desinversión en la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías. El potencial económico de las familias, por su parte, empeoró progresivamente, siendo las más afectadas por esta tendencia, justamente, las pertenecientes a la clase trabajadora tradicional, las que se vieron obligadas a reducir sus gastos, tanto para la adquisición de bienes de primera necesidad como de bienes superfluos.
En su “Le FMI. De l'ordre monétaire aux désordres financiers” (El FMI. Del orden monetario a los desórdenes financieros), Michel Aglietta (1938), economista francés, distingue estos aspectos en el sistema capitalista contemporáneo: “El papel destructivo del negocio financiero ha sido simple. En su persecución de los beneficios ha rastreado el planeta en busca de oportunidades de prestar dinero para cosechar enormes cantidades en el pago de intereses, llevando a cabo especulación y ganando grandes sumas derivadas de supervisar absorciones y privatizaciones. En los años setenta y ochenta, este fenómeno se ha concentrado en los países pobres: se les prestaba tanto y a tasas de interés tan elevadas, que dichos países, para hacer los pagos, se veían forzados a pedir nuevos préstamos con tasas de interés aún mayores. Cuando estos países empezaron a tener problemas, los Estados Unidos, el gobierno británico y los gobiernos de la Unión Europea les enviaron al FMI para que les hiciera acatar su voluntad, forzándoles a abrir sus mercados a las gigantescas compañías occidentales, de manera que les vendían su industria; a privatizar su sistema sanitario y a forzar a los padres más pobres a pagar por la educación de sus hijos. Pero había límites en la capacidad respecto a cuánto se podían exprimir estos países, precisamente por ser tan pobres”.


A partir de los primeros años del nuevo milenio, el sistema financiero centró entonces su atención en los países ricos. “En particular -continúa Aglietta- en los beneficios que se podían hacer a través de la especulación en la bolsa, en la propiedad comercial, en materias primas como el petróleo, en fondos de pensiones y, por encima de todo, en el negocio inmobiliario. Las sumas de dinero hechas a través de esos préstamos podían llegar a ser espectaculares. Tan espectaculares, que las hojas de papel que contenían las promesas de pago de la gente endeudada adquirieron mucho valor. Las compañías hipotecarias podían vender estos papeles a los bancos, quienes después los empaquetaban conjuntamente en lo que llamaron ‘instrumentos financieros’, y se los vendían a otros banqueros obteniendo beneficios. Grupos de individuos muy acaudalados contribuían con unos cuantos millones cada uno para crear fondos de cobertura que se unieran a la acción. Una industria entera que daba trabajo a cientos de miles de personas alrededor del mundo se desarrolló en torno a este tipo de negocios”. “Bajo ese mecanismo -añade Márquez Covarrubias-, las superganancias del capital transnancional, los fondos soberanos, los fondos de inversión y otros recursos financieros ingresaban a la frenética órbita del capital ficticio que deambulaba los intersticios del sistema mundial, con el respaldo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y la aquiescencia de los Estados nacionales, en la búsqueda de ganancias mayúsculas y prontas. Las estafas estuvieron a la orden del día. Sin embargo, correspondió a los créditos chatarra otorgados a población de bajos recursos o ingresos irregulares, los inmigrantes, los nuevos pobres, presionar para que explotara la burbuja del sector hipotecario. Los pobres son invocados, bajo esta interpretación, como el eslabón más débil que detonó la gran crisis. Los efectos nocivos pronto trasminaron en la industria de la construcción, donde se ocupa una buena porción de inmigrantes, y al resto de la economía de Estados Unidos y del mundo. Ahora, esa burbuja toma las dimensiones de una depresión económica mundial”.
Para toda una hornada de analistas, el neoliberalismo está en crisis debido a su incapacidad congénita para generar crecimiento sostenido y desarrollo humano, y representa además el fracaso de las políticas de ajuste estructural y de la institucionalidad capitalista encabezada por el FMI, el BM y la OMC. Aunque el neoliberalismo, en tanto proyecto de clase, brinda buenos resultados en su propósito de concentrar capital, poder y riqueza en pocas manos, estos teóricos encuentran dificultades serias para explicar la trayectoria mecánica del capital. Algunos lo intentan desde la óptica neoclásica y neoliberal, el llamado pensamiento único, y se amparan en la idea de que la crisis es un fenómeno sectorizado y de corto plazo cuya solución pasa el rescate de los grandes capitales por parte del Estado. Otros, más heterodoxos, se cobijan en posiciones socialdemócratas y la ven como un fenómeno coyuntural, achacándole la responsabilidad a la desregulación neoliberal y a la codicia de los financistas, por lo que reclaman la implementación de nuevas regulaciones y una mayor participación del Estado. Los menos caracterizan a la crisis como estructural, sistémica y civilizatoria, y, si bien admiten que el gran capital y el Estado tienen en sus manos la aplicación de políticas de rescate, advierten sobre el hecho de que éstas no harían más que postergar el advenimiento de nuevas y quizás más profundas crisis. En ese sentido, se han empezado a buscarse diferentes respuestas a la crisis que van desde un neoliberalismo regulado o “posneoliberalismo” hasta la desglobalización o “poscapitalismo”. En todos los casos, tanto los análisis como los remedios están orientados a preservar al sistema capitalista y a rescatar a los grandes capitales centrales. Como decía Trotsky hacia el final de su vida: “Abundan los encantamientos y las plegarias, pero no se producen los milagros”.


Lo concreto es que la dinámica de la actual fase del capitalismo representa una vorágine destructora de capital, población, naturaleza, infraestructura, cultura y conocimiento. Su objetivo primordial es maximizar las ganancias de los grandes capitales transnacionales apoyándose en la estrategia del mercado total, la explotación de fuerza de trabajo barata, la depredación ambiental, la financiarización de la economía y la militarización de las relaciones internacionales. La crisis general del sistema capitalista mundial no sólo expresa una crisis del sistema financiero conectada a una crisis de sobreproducción, sino que representa una crisis del modelo civilizatorio, cuyas caras más visibles son el desarrollo desigual, el desempleo y el subempleo, la migración forzada, la pobreza, el hambre y la muerte, el agotamiento de los recursos naturales, la destrucción del entorno ecológico y la devastación del medio ambiente. En suma, la precarización de la vida humana. Bajo este modelo civilizatorio basado en la “destrucción creativa” de la que hablaba el antes citado Werner Sombart, la vida humana se convierte en un recurso desechable que se puede destruir en aras de incrementar la plusvalía para beneficio de una minoría. Porque, en definitiva, existe una vasta reserva laboral de trabajadores en el mundo -aquel que Marx llamaba “ejército industrial de reserva”- que puede relevar a los desechados manteniendo el bajo costo del trabajo.
Terry Eagleton, crítico cultural inglés mencionado en un capítulo anterior, se pregunta en “Why Marx was right?” (¿Por qué Marx tenía razón?): “¿Por qué el Occidente capitalista ha acumulado más recursos de los que jamás hemos visto en la historia humana y, sin embargo, es incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad? ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parece ir de la mano con la miseria pública?”. Un concepto clave del marxismo es el de la lucha de clases como auténtico motor de la historia, noción que Trotsky sostuvo a lo largo de su vida y que hoy no ha perdido actualidad. Warren Buffett (1930), especulador bursátil estadounidense y poseedor de una de las mayores fortunas del mundo, dijo risueñamente en medio de la feroz crisis que estamos viviendo: “La lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”, reconociendo, de paso, la veracidad de aquella sentencia. Nada de jocoso tienen, sin embargo, las numerosas bancarrotas, la constante y progresiva caída de las clases medias en la producción y participación de la riqueza nacional, la protección estatal cada vez más pequeña que reciben los pobres y las cada vez más frecuentes conmociones sociales que hacen tambalear las construcciones políticas existentes.
La escala histórica de Trotsky, obviamente, era otra. No obstante, cuando abordó en numerosos textos la tendencia del capitalismo hacia la catástrofe económica y la disolución de las relaciones sociales capitalistas, se preocupaba ya por entonces, en advertir sobre la incapacidad manifiesta de los partidos históricos de la clase obrera para orientar una salida revolucionaria a este desarrollo creador de situaciones prerrevolucionarias. Él mismo se encargó de advertir que, si bien sus pronósticos triunfaban sobre el de sus adversarios, lo hacían por el lado negativo, o sea por las sucesivas derrotas de la clase trabajadora. También fue perfectamente capaz de examinar el fenómeno de la vida como un producto de la concatenación de diversos factores históricos. Las leyes de Newton no fueron invalidadas por el hecho de que, tiempo después, se descubriese que las órbitas de los planetas están sujetas a perturbaciones. Así como la actuación de las leyes fisiológicas produce resultados diferentes en un organismo en crecimiento que en uno en decadencia, así también las leyes económicas de la economía marxista actúan de manera distinta en un capitalismo en desarrollo que en un capitalismo en desintegración. Tal vez sea por eso que las ideas de Trotsky aparezcan hoy como un movimiento que opera contra la corriente, lo que no debería sorprender, porque es lo que le ha ocurrido a todas las corrientes revolucionarias a lo largo de la historia.


Un cambio social radical es objetivamente necesario, tanto objetiva como subjetivamente. Pero mientras que la necesidad objetiva está más que demostrada y existen los recursos materiales y técnicos para realizarlo, no prevalece en cambio la necesidad subjetiva de ese cambio. Para el ya mencionado filósofo y sociólogo alemán Herbert Marcuse, “no prevalece precisamente entre los sectores de la población considerados tradicionalmente como agentes del cambio histórico”. Dice en su “Versuch über die befreiung” (Ensayo sobre la liberación): “La necesidad subjetiva es reprimida por una manipulación y una administración científicas masivas de las necesidades, esto es, por un control social sistemático no solamente de la consciencia del hombre sino también de su inconsciente”. Esto nos lleva necesariamente al -no por reiterado, menos trascendental- imperioso requisito de la “toma de consciencia” sobre que la vida debe ser un fin en sí misma y no un medio para conseguir un fin. “Solamente en un universo así -remata Marcuse-  puede ser el hombre verdaderamente libre y se pueden establecer relaciones auténticamente humanas entre seres libres. La idea de un universo así presidió el concepto de socialismo de Marx, y este objetivo debe estar presente en la reconstrucción de la sociedad desde el principio y no solamente al final o en un futuro lejano”. Escribía Engels en 1844: “El hombre solamente tiene que aprender a conocerse a sí mismo, a medir todas las condiciones de existencia con relación a sí mismo, a juzgarlas de acuerdo con su propia esencia, a organizar su universo de un modo verdaderamente humano, de acuerdo con las exigencias de su naturaleza, y habrá resuelto el enigma de su época”.
Walter Benjamin mencionó en “Das passagen-werk” (Libro de los pasajes) que, durante la Comuna de París, en todas las esquinas de la ciudad había gente que disparaba contra los relojes de las torres de las iglesias, de los palacios, etc., y que con ello expresaba consciente o inconscientemente la necesidad de detener el tiempo, de que al menos había que detener el tiempo predominante, la sucesión temporal establecida, y que debía comenzar un tiempo nuevo. Tal vez haya llegado el tiempo de deshacerse de los viejos relojes e inaugurar una era más original, más justa, más solidaria.

26 de noviembre de 2018

Certezas, dilemas e intuiciones. Un recorrido controversial (XXIV) 3º parte. Bosquejo ontológico


Impresiones (como síntoma de inquietud)
1. Sobre las periódicas crisis del capitalismo

En 1907, cuando el crecimiento de la producción industrial había eclipsado el peso específico predominante que la agricultura tenía todavía en la mayoría de las economías nacionales, el historiador de la economía Heinrich Sieveking escribía en su ya citada obra “Grundzüge der neueren wirtschaftsgeschichte vom 17 jahrhundert bis zur gegenwart” (Historia de la economía desde el siglo XVII hasta la actualidad): “Como la doctrina de Smith, la de Marx es únicamente comprensible en las circunstancias económicas de la época en que la escribió. Marx observó con sagacidad la situación de Inglaterra entre 1840 y 1850. Pero, ¿iban a evolucionar las tendencias en la forma preconizada por el ideólogo socialista? No ha ocurrido así. ¿Y qué decir de los avances de la acumulación capitalista? ¿Acaso han desaparecido del todo las pequeñas industrias y las pequeñas granjas? ¿Acaso no se han manifestado, en la agricultura, más fuertes que las grandes haciendas? Las crisis, ¿se han sucedido acaso con rapidez e intensidad crecientes? El capital de la gran industria, asociado en ‘cartels’ y ‘trusts’, ¿no ha logrado regularizar la producción y acabar con la competencia y la anarquía que ella creaba?”.
Con el mismo entusiasmo se manifestaba diez años después el ya mencionado economista alemán Werner Sombart cuando lanzó la versión definitiva de su obra “Der moderne kapitalismus” (El capitalismo moderno). En ella mostró un cambio radical con respecto a su original orientación marxista al derivar hacia un "positivismo idealista" que lo llevó a afirmar: “Marx profetizó el colapso catastrófico del capitalismo. Nada de esto ha ocurrido”. A este pronóstico del autor de “Das kapital” (El capital) -obra que Sombart analizó y supo admirar en su momento- contrapuso el suyo propio basándose en estudios “estrictamente científicos”. “El capitalismo subsistirá -profetizó- para transformarse internamente en la misma dirección en que ha comenzado ya a transformarse en la época de su apogeo: según se va haciendo viejo se va haciendo más y más tranquilo, sosegado, razonable”. Si viviesen hoy, ambos tendrían que parafrasearse a sí mismos y decir “no ha ocurrido así” o “nada de esto ha ocurrido”. Si hay algo que efectivamente ha acontecido es que las crisis se han sucedido con rapidez e intensidad crecientes y que el capitalismo no es ni tranquilo, ni sosegado ni, mucho menos, razonable.
Tiempo después, en abril de 1939, Trotsky escribía: “A través de las diversas etapas del capitalismo, a través de las fases de los ciclos económicos, a través de todos los regímenes políticos, a través de los períodos de paz tanto como de los períodos de conflictos armados, el proceso de concentración de todas las grandes fortunas en un número de manos cada vez menor ha seguido adelante y continuará sin término”. En un sentido similar se pronunciaría en 1967 Horkheimer en su antes mencionado “Autoritärer Staat” (El Estado autoritario): “Las predicciones históricas acerca del destino de la sociedad burguesa han resultado ciertas. En el sistema de la libre economía de mercado, que ha conducido a los hombres a los inventos ahorradores de trabajo y finalmente a la fórmula matemática del mundo, ha convertido sus productos específicos, las máquinas, en medios de destrucción, no solamente en el sentido literal, ya que en lugar del trabajo han hecho superfluos a los trabajadores. La burguesía misma está diezmada, la mayoría de los ciudadanos han perdido su independencia; cuando no caen en el proletariado o mejor aún en la masa de los desempleados, caen en la dependencia de las grandes corporaciones o del Estado”.


Fue recién a partir de mediados del siglo XIX que las condiciones de vida de la clase obrera iniciaron una lenta y paulatina mejora gracias al doble impulso del desarrollo económico y de las conquistas conseguidas por la clase trabajadora, cuyos miembros se organizaron cada vez mejor. Los salarios reales experimentaron un apreciable aumento y las horas de la jornada laboral empezaron a disminuir. “Las inteligencias y los corazones de los intelectuales de la clase media y de los burócratas de los sindicatos estuvieron casi completamente dominados por las hazañas logradas por el capitalismo entre la época de la muerte de Marx y el comienzo de la Primera Guerra Mundial -escribió Trotsky en 1938-. La idea del progreso gradual parecía haberse asegurado para siempre, en tanto que la idea de revolución era considerada como una mera reliquia de la barbarie”. Sin embargo, cuando las crisis capitalistas azotaron periódicamente a la sociedad, siempre fue esta clase la que sufrió más sus nefastos efectos. “Bajo esas condiciones -señalaba un año más tarde-, Marx pensó que las fuerzas productivas necesitaban un nuevo organizador, y dado que la existencia determina la conciencia, Marx no dudaba que la clase trabajadora, a costa de errores y de derrotas, llegaría a comprender la verdadera situación y, tarde o temprano, sacaría las necesarias conclusiones prácticas”. De todas maneras, diría Horkheimer en “Sozialphilosophische studien” (Estudios de filosofía social), “la historia ha tomado un rumbo distinto del que Marx había pensado” pero, no obstante, “la comprensión de la sociedad, sobre todo la occidental, no pasa de ser superficial sin la teoría de Marx”. A su modo, el filósofo austro-británico Karl Popper (1902-1994), un abierto crítico del marxismo, admitió en “The open society and its enemies” (La sociedad abierta y sus enemigos) que “una vuelta a la ciencia social pre-marxista es inconcebible”, reconociendo que “el sentido de responsabilidad y amor por la libertad de Marx deben sobrevivir”.
Trotsky consideraba que las oscilaciones de la coyuntura económica (auge-depresión-crisis) conformaban las causas y efectos de impulsos periódicos que daban surgimiento a cambios, cuantitativos o cualitativos alternativamente, y a nuevas formaciones en el campo político. Las rentas de las clases poseedoras, el presupuesto del Estado, los salarios, el desempleo, la magnitud del comercio exterior, etc., están íntimamente ligados con la coyuntura económica, y a su turno, ejercen la más directa influencia sobre la política. “Pero -opinaba ya en 1918 el político ucraniano Karl Radek (1885-1939)- no podemos decir que estos ciclos explican todo: ello está excluido por la sencilla razón que los ciclos mismos no son fenómenos económicos fundamentales, sino derivados. Ello se despliega sobre la base del desarrollo de las fuerzas productivas a través del mecanismo de las relaciones de mercado. Pero los ciclos explican una buena parte, formando como lo hacen a través de las pulsaciones automáticas, un indispensable resorte dialéctico en la mecánica de la sociedad capitalista”. En 1862, en sus “Theorien über den mehrwert” (Teorías sobre la plusvalía), Marx había identificado la tendencia a la baja del beneficio como la causa intrínseca de las sucesivas crisis.


“La acumulación de la riqueza en un polo -había escrito Marx sesenta años antes que Sombart- es, en consecuencia, al mismo tiempo de acumulación de miseria, sufrimiento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto, es decir, en el lado de la clase que produce su producto en la forma de capital”. Después de la devastadora Primera Guerra Mundial, cuando la burguesía -alarmada por los incalculables daños materiales y la triunfante Revolución de Octubre- tomó el camino de las reformas sociales anunciadas, la teoría de la transformación progresiva de la sociedad capitalista pareció completamente asegurada a los reformistas y a los teóricos burgueses. “La compra de fuerza de trabajo asalariada -aseguraba Sombart en 1928- ha crecido en proporción directa a la expansión de la producción capitalista”. Pero, en realidad, la contradicción económica entre el proletariado y la burguesía fue agravada durante los períodos más prósperos del desarrollo capitalista, cuando el ascenso del nivel de vida de cierta capa de trabajadores, el cual a veces era más bien extensivo, ocultó la disminución de la participación del proletariado en la riqueza nacional. De este modo, precisamente antes de caer en la crisis del año ‘29, la producción industrial de los Estados Unidos, por ejemplo, aumentó en un 50% entre 1920 y 1930, en tanto que la suma pagada por salarios aumentó únicamente en un 30%, lo que significa una tremenda disminución de la participación del trabajo en las rentas nacionales.
Hasta 1914 la creencia en leyes económicas objetivas que gobernaban el comportamiento económico de hombres y naciones era un dogma que virtualmente nadie discutía. Los ciclos comerciales, las fluctuaciones de los precios, el desempleo, estaban determinados por estas leyes. Hasta nada menos que 1930, cuando llegó la Gran Depresión, era éste el punto de vista dominante. A partir de entonces todo ocurrió rápidamente. “En los años siguientes se empezó a hablar del fin del ‘hombre económico’, entendiendo por éste el individuo que regía sus intereses económicos según las leyes económicas; y desde entonces, nadie salvo unos cuantos cuyos relojes quedaron parados en el siglo XIX, creen en las leyes económicas así entendidas”, dice el previamente citado Edward Carr en “What is history?” (¿Qué es la historia?). “Las ciencias económicas actuales se han convertido en una serie de ecuaciones matemáticas teóricas, o en un estudio práctico de cómo unas cuantas personas determinan a otras a obrar en tal o cual sentido. El cambio es, en lo fundamental, producto de una transición del capitalismo individual al capitalismo en gran escala. Mientras predominó el empresario o el comerciante individual, nadie pareció controlar la economía ni ser capaz de influir en ella de modo determinante; y se conservó incólume la ilusión de leyes y procesos impersonales. Pero, al pasar de una economía de ‘laissez-faire’ a una economía de dirección nominalmente privada a cargo de los grandes grupos capitalistas, se desvaneció el espejismo”.


De hecho, la crisis económica que se inició con el colapso del mercado de la vivienda en diciembre de 2007 se asemeja a las dos grandes crisis anteriores: la de 1873/1896, denominada la Depresión Prolongada, y la de 1929/1939 o Gran Depresión. La Depresión Prolongada se hizo sentir con mayor intensidad en Europa y Estados Unidos y fue la que marcó el final de la fase inicial del capitalismo caracterizada por el auge de pequeñas empresas, la libre competencia y la construcción de mercados nacionales. La superación de esta crisis estuvo ligada a la expansión del capitalismo hacia el exterior. Fue la etapa del imperialismo y la colonización del resto del mundo por parte de las potencias europeas, la aparición de las grandes empresas y una creciente importancia de las finanzas y la internacionalización de la economía. En cambio la Gran Depresión de 1929, emparentada con el colapso de una gigantesca burbuja bursátil, estuvo precedida por el crecimiento potencial de Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial. Como los países europeos habían priorizado la industria de armamento frente a la economía productiva, perdieron sus mercados en el resto del mundo; de ello también se beneficiaron potencias emergentes como Canadá, Australia y Japón.
La economía norteamericana creció de forma imparable gracias a las exportaciones a los países europeos. A la vez, para poder pagar estos productos, éstos pedían créditos a los Estados Unidos, lo que desató un proceso de endeudamiento que llegó a ser asfixiante a finales de la década de los años ‘20: la reducción consiguiente de las importaciones europeas fue un duro golpe a la economía norteamericana; sus empresas se llenaron de existencias que no tenían dónde colocar. Esta crisis afectó a los países de diferente forma. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia vieron disminuida su actividad productiva y aumento del desempleo, Alemania sufrió una hiperinflación e Italia quiebras de empresas y de bancos, así como aumentos de desempleo y de la inflación. Al mismo tiempo, muchos capitales salieron de los circuitos de la economía productiva y, simplemente, se dedicaron a la especulación: en los Estados Unidos se facilitó el crédito para que la gente pudiera comprar acciones en la Bolsa, que subía sin parar. En agosto de 1929 más del 75% de las acciones que compraban los pequeños inversores provenían del crédito. El monto de los préstamos era superior al total del dinero en circulación en todo el país. Las arcas de la Reserva Federal estadounidense quedaron prácticamente vacías.
Fue así que el mundo desarrollado tuvo que enfrentar un grave problema: la crisis de superproducción y su consiguiente desocupación masiva como la cara más aguda de la crisis estructural capitalista. Las alternativas que surgieron para su solución fueron el nazi-fascismo en Europa y el “new deal” en Estados Unidos. Tanto Hitler como Mussolini construyeron sus sistemas en base a la fusión del Estado con las corporaciones capitalistas y se encargaron de destruir las relaciones sociales construidas por los sindicatos socialistas y comunistas durante las décadas anteriores. Empresarios y trabajadores fueron obligados a pertenecer a sindicatos obligatorios, controlados por el partido único. Roosevelt, por su parte, instauró una suerte de capitalismo democrático reformado basándose en las teorías de Keynes. Se procedió a concertar convenios colectivos tripartitos entre los trabajadores, los empresarios y el Estado, el que estableció una serie de regulaciones a éstos e involucró a aquéllos dentro del sistema haciéndolos “socios” en la distribución de la plusvalía. Ambas alternativas fueron motorizadas por la preocupación de las burguesías dominantes en cuanto a cómo salir de la crisis a que había sido empujada por la economía liberal, montada sobre la creencia de que el mercado capitalista con su mano invisible lograría el equilibrio social. En ambos casos, la razón por la que se implementaron tanto uno como otro sistema -el “totalitario” y el “democrático”- fue la consideración de que el desempleo generalizado era social y políticamente explosivo, lo que podría desembocar en nuevas revoluciones al estilo de la Octubre en los países capitalistas centrales. En ambos modelos también, el objetivo fue la destrucción del movimiento obrero, socialista y revolucionario que luchaba por la revolución social, forjado desde el siglo XIX y su sustitución por otro, despojado de toda conciencia de clase.


El keynesianismo significó “un nuevo patrón de dominación”, como señala el sociólogo irlandés John Holloway (1947) en “The rise and fall of keynesianism” (Surgimiento y caída del keynesianismo), como también lo fue el nazi-fascismo. “Lo sagaz de la respuesta keynesiana fue que tenía una formal cara democrática. Reconocía e institucionalizaba el poder sindical, el poder del trabajo, pero a la vez, simultáneamente, lo castraba, lo desviaba de la lucha contra el sistema de producción capitalista hacia la discusión por la distribución de ingresos. Mientras el nazismo pretendió destruirlo, reducirlo al esclavismo, el keynesianismo pactó, legalizó a los nuevos y cualitativamente diferentes sindicatos, les dio el descuento de las cuotas por planilla, el control del seguro social, las obras sociales, las colonias de vacaciones, etc.”. La respuesta keynesiana fue tan reaccionaria como la respuesta nazi-fascista, a pesar de divergir en los métodos e instrumentos de que se valió. “Nazi-fascismo y keynesianismo -concluye Holloway-, ambos fueron enemigos del movimiento obrero”. Y es necesario observar que el estalinismo resultó totalmente funcional a esto, toda vez que políticamente actuó de control de las luchas obreras para mantenerlas en los términos que planteaba la nueva burguesía progresista ya que, desde el punto de vista económico-social, estableció un régimen semiesclavista donde el modo imperante de la producción no fue el inspirado en las teorías de Frederick Taylor (1856 -1915) y Henry Ford (1863-1947) como en el caso estadounidense, ni en las de Hjalmar Schacht (1877-1970) y Fritz Reinhardt (1895-1969) en Alemania o las de Alberto de Stefani (1879-1969) en Italia (todas ellas análogas y compatibles entre sí), sino en el modelo del minero y luego funcionario del Ministerio de la Industria Carbonífera Alekséi Stajánov
(1906-1977).
Trotsky no alcanzó a captar la importancia estratégica que estas nuevas políticas representaron para el capitalismo tanto liberal como estatal. Para él, esas políticas no abrían “ninguna vía de escape al callejón sin salida de la economía. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Los nuevos inventos y mejoras técnicas ya no consiguen elevar el nivel de la riqueza material. Todo depende ahora del proletariado, es decir, principalmente de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a una crisis de dirección del proletariado”. Sin embargo, las burguesías capitalistas supieron encontrar una vía de salida (aunque coyuntural) a la crisis, la que terminó domesticando al movimiento obrero y dio paso al nacimiento del sindicalismo burocrático y nacionalista, dejando de lado los viejos postulados del internacionalismo. La Segunda Guerra Mundial ocupó a millones de trabajadores en la producción industrial de armamentos. El dinamismo que las fuerzas productivas lograron hasta los años ‘70 fue sorprendente ya que consiguió el pleno empleo, es decir, tasas de desocupación del 5% contra el 20 y 25% o más de los años de la Gran Depresión, época en la que Trotsky emitió sus opiniones. Sin embargo, el economista liberal canadiense John Kenneth Galbraith (1908-2006), crítico de la escuela neoclásica, reconocería algunos años después: “La Gran Depresión de los años treinta nunca se acabó. Simplemente se atenuó con la gran movilización de los años cuarenta”.


La llamada “época de oro” del capitalismo duró apenas tres décadas. En los años ‘70 se originó una nueva crisis económica mundial, cuyo rostro visible fue el alza en el precio del petróleo pero que, además, se debió a la incapacidad de las grandes empresas para sostener el proceso de acumulación y crecimiento capitalistas, que terminó estancándose bajo los efectos de la inflación y los altos costos de producción. El esquema del Estado intervencionista y regulador cayó en el conflicto de intereses por la baja en las ganancias del capital como resultado del estancamiento productivo. El ensalzado Estado de Bienestar, aquel de la ilusoria conciliación de clases y la compatibilidad entre las ganancias del capital y el bienestar colectivo, comenzaba a resquebrajarse. El capitalismo iba a ingresar a una nueva fase: la del inicialmente llamado monetarismo y después neoliberalismo. Este nuevo patrón de dominación, basado en sustanciales cambios en el proceso productivo, estableció nuevas relaciones sociales y posibilitó el desarrollo de las nuevas tecnologías. Aparecieron nuevas categorías de trabajadores: los de servicios, los precarios, los parcializados, los domésticos, etc. y, como residuos necesarios, los desocupados crónicos, los excluidos del sistema.
La teoría neoliberal sostiene que existe un porcentaje “natural” de desempleo que el Estado no puede ni debe alterar; su función debe limitarse sólo a mantener el dinero en circulación a un nivel estable y dejar el resto al arbitrio del “libre mercado” para salir de la crisis. “La crisis es como un purgante que expulsa fuera del sistema todo el veneno de lo que no es beneficioso”, admitía el antes mencionado economista austríaco Friedrich von Hayek, con lo que podría interpretarse que los trabajadores excluidos del sistema vendrían a ser el “veneno” que es necesario expulsar. “El capitalismo se expande a través de una destrucción creativa. Este es el hecho esencial del sistema”, anticipaba en los años ’40 el antes aludido economista Joseph Schumpeter. Cien años antes, Marx definía a los procesos de restablecer la acumulación de capital a través de las crisis como “un signo de la inhumanidad del capitalismo”. “Con el tiempo -señaló Marx-, cada crisis será peor que la anterior”.
En sus últimos escritos, Trotsky destacaba que el capitalismo había entrado en la fase histórica de la decadencia o declinación; que había desarrollado formas sociales que lo negaban en forma parcial tales como el monopolio (una negación parcial del mercado) y la socialización de la producción (la decadencia de la pequeña propiedad). Esta apreciación sobre la decadencia de la democracia liberal, que fue considera como “sólo un estado de excepción" por sus teóricos, fue rebatida por Walter Benjamin quien, poco antes de morir escribió: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el 'estado de excepción' en el cual vivimos es la regla”. Este concepto fue retomado en 2003 por el filósofo italiano Giorgio Agamben (1942), el que en su “Stato di eccezione” (Estado de excepción), dice que “la suspensión del orden jurídico que suele considerarse como una medida de carácter provisional y extraordinario, se está convirtiendo hoy, a ojos vistas, en un paradigma normal de los gobiernos”. Ya lo advertía Engels en 1844 en su “Umrisse zu einer kritik der nationalökonomie” (Esbozos para una crítica de la economía política): “Cuanto más cerca del presente se encuentran los economistas, tanto más se alejan de la honradez”.