23 de noviembre de 2019

Entremeses literarios (CCI)

NOCHES DE TOQUE
Susana Sánchez Bravo
Chile (1944)

Por más que se apresura el paso, las horas previas al toque de queda siempre avanzan más rápido que uno, y si el último bus se atrasa, las ocho cuadras hasta la seguridad de la casa son un vacío alongado, invadido por el resonar de tacones. Los vanos de las puertas se transforman en precarios refugios, puestos de información, cajas de resonancia de advertencias sin rostros: “¡Cuidado, están en la esquina!”, “¡Se han llevado a dos!”. Y uno se escabulle entre los vehículos estacionados y aguarda, con otro, un espacio ínfimo.
Un jeep militar rueda calle abajo, sin luces y sin ruido. Un foco encendido de pronto busca entre las sombras, las puertas, los árboles. Nos hacemos mínimos. El vehículo se va acercando, el desconocido susurra su nombre, profesión y número de teléfono, y yo le correspondo con mis datos. La luz del foco lame los techos de los autos. Nos aplastamos contra la solera, un nudo que huele a tabaco y miedo. Un perro callejero sale de entre los árboles, ladrando, defendiendo furiosamente su territorio.
- ¿Me lo echo, sargento?, pregunta una voz.
- ¡No gaste pólvora en gallináceos!, responde la otra.
Levantamos la cabeza cuando dan vuelta la esquina. El perro nos mira y vuelve al pie del árbol, se ovilla y cierra los ojos. Un breve toque de manos y nos alejamos en direcciones contrarias. Somos sombras fugaces que corren pegadas a la pared. Antes de seguir corriendo agradezco al animal, tocándole.


FÁBULA
Friedrich Nietzsche
Alemania (1844-1900)

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.


LA ROSA
Juan Eduardo Zúñiga
España (1919)

Ante el estudiante, un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada. Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: solo esperaría aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta. Y al fin vio lo que anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche, andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar un puente.
Anduvo mucho tiempo y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche, pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o veranos. Tras un largo trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón. Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie. Únicamente vio sobre el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.


ELEMENTOS DE BOTÁNICA
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)

En primera instancia eligió las más bella y dorada de las hojas del bosque; pero estaba seca y se le resquebrajó entre los dedos. Con la roja, también muy vistosa, le ocurrió lo contrario: resultó ser blandita y no conservó la forma. Una hoja notable por sus simétricas nervaduras le pareció transparente en exceso. Otras hojas elegidas acabaron siendo demasiado grandes, o demasiado pequeñas, o muy brillantes pero hirsutas, ásperas o pinchudas.
No debemos compadecer a Eva. Pionera en todo, fue la primera mujer en pronunciar la frase que habría de hacerse clásica por los siglos de los siglos: “¡No tengo nada que ponerme!”.


EL CONDUCTOR
István Örkény
Hungría (1912-1979)

József Pereszlényi, corredor de materiales, se detuvo con su coche Wartburg, matrícula número CO 75-14, junto al kiosco de periódicos de la esquina.
- Deme un Noticias de Budapest.
- Lamentablemente se agotó.
- Deme uno de ayer, entonces.
- También se acabó. Pero casualmente tengo ya uno de mañana.
- ¿También ahí aparece la cartelera del cine?
- Eso sale todos los días.
- Entonces deme ese de mañana -dijo el corredor de materiales.
Se volvió a sentar en su coche y buscó la programación de los cines. Después de un rato encontró una película checoslovaca -Los amores de una rubia- de la que había oído hablar elogiosamente. La proyectaban en el cine Cueva Azul de la calle Stácio, a partir de las cinco y media. Justo a tiempo. Todavía faltaba un poco. Siguió hojeando el diario del día siguiente. Le llamó la atención una noticia acerca del corredor de materiales József Pereszlényi, quien, con su coche Wartburg matrícula CO 75-14 se desplazaba a una velocidad mayor a la permitida por la calle Stácio y, no lejos del cine Cueva Azul, chocó de frente con un camión. El descuidado conductor murió en el acto.
“¡Quién lo diría”, pensó Pereszlényi. Miró su reloj. Ya pronto serían las cinco y media. Guardó el periódico en el bolsillo, se puso en marcha, a una velocidad mayor de la permitida, y chocó con un camión en la calle Stácio no lejos del cine Cueva Azul. Murió en el acto, con el periódico del día siguiente en el bolsillo.


LEYENDA MODERNA DEL AGUA
María Paz Ruiz Gil
Colombia (1978)

Hidrógeno presumía de no necesitar a nadie, se movía dando brincos a su santo antojo. Un día piropeaba a unas, otro día le picaba el ojo a otras, pero siempre con aire de galán barato. Sus padres, preocupados de que el muchacho nunca sentaría cabeza, lo llevaron a una escuela de música para chicos con problemas. Allí estaba Oxígeno, con su pelo negro y sus Converse llenos de flores hechas con rotulador. El primer día ni se saludaron, hasta que un jueves tuvieron que esperar juntos el autobús y cuando quisieron despegarse, ya no pudieron. Ahora viven fundidos, jamás pelean, se ríen de que se los beban por litros, de que los pongan a navegar por mundos marinos, de que los mezclen con azúcar o de que los congelen. Ellos se siguen llevando bien, aunque sus padres siguen buscándolos en la escuela de música.


ALLEGRO MODERATO
Christiane Félip de Vidal
Francia (1950)

La imaginaba etérea, esbelta, hermosamente joven, dejando correr sus dedos por las teclas en la penumbra de un cuarto oliendo a violeta o jazmín. Huérfana de madre, quizás. Dulce y tímida, con certeza. Así la describían las melodías que se filtraban todas las tardes por las rendijas de los postigos cerrados. Siempre cerrados. Y entonces, mientras el barrio se aletargaba en las horas de siesta, él, oculto tras las cortinas de su hotel sin estrellas, soñaba con la ventana misteriosa abriéndose frente a su habitación, con el cruzar de las miradas por encima de la calle dormida, con el encuentro inevitable, dentro de poco, sí...
En la penumbra, el viejo pianista tocó el último acorde, maldiciendo entre dientes contra los reumatismos, los postigos malogrados, su pensión de miseria y el mirón de enfrente oculto tras las cortinas.


LA MANCHA DE HUMEDAD
Juana de Ibarbourou
Uruguay (1892-1979)

Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:
- Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.
Ella me miraba espantada:
- ¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.
Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:
- No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.
Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos.
Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de bizcochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:
- ¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?
Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:
- ¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!
El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!


UNA PASIÓN EN EL DESIERTO
José de la Colina
España (1934-2019)

El extenuado y sediento viajero perdido en el desierto vio que la hermosa mujer del oasis venía hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.
- ¡Por Alá -gritó-, dime que esto no es un espejismo!
- No -respondió la mujer, sonriendo-. El espejismo eres tú.
Y, en un parpadeo de la mujer, el hombre desapareció.


EL NIÑO TERCO
Ana María Shua
Argentina (1951)

En un apartado de su obra dedicado a las leyendas infantiles, los hermanos Grimm refieren un cuento popular alemán que la sensibilidad de la época consideraba particularmente adecuado para los niños. Un niño terco fue castigado por el Señor con la enfermedad y la muerte. Pero ni aun así logró enmendarse. Su bracito pálido, con la mano como una flor abierta, insistía en asomar fuera de la tumba. Sólo cuando su madre le dio una buena tunda con una vara de avellano, el bracito se retiró otra vez bajo tierra y fue la prueba de que el niño había alcanzado la paz.
Los que hemos pasado por ese cementerio, sabemos, sin embargo, que se sigue asomando cuando cree que nadie lo ve. Ahora es el brazo recio y peludo de un hombre adulto, con los dedos agrietados y las uñas sucias de tierra por el trabajo de abrirse paso hacia abajo y hacia arriba. A veces hace gestos obscenos, curiosamente modernos, que los filólogos consideran dirigidos a los hermanos Grimm.