25 de mayo de 2010

Conversaciones (XXXIII). Michel Foucault - Gilles Deleuze. Sobre los intelectuales y el poder (2/2)

Michel Foucault afirmó en 1978 que gracias a Gilles Deleuze “un nuevo pensamiento es posible; el pensamiento, de nuevo, es posible”, y añadió que era “el mayor filósofo de la actualidad”, opiniones que aparecieron publicadas en 1994 en “Dits et écrits” (Dichos y escritos), una colección póstuma de entrevistas, conferencias y artículos de Foucault editada por los sociólogos franceses Daniel Defert (1937-2023) y François Ewald (1946). Por su parte, Deleuze sentía una gran admiración por su colega, al que consideraba “el más grande pensador actual” y le atribuyó haber elaborado “la más grande filosofía moderna”, estimaciones que fueron publicadas póstumamente en el año 2003 en el libro “Pourparlers. 1972-1990” (Negociaciones. 1972-1990). Según contó el profesor de Filosofía y Estética en la Universidad Nacional de las Artes Mariano Dorr (1977) en un artículo aparecido en la edición del 23 de junio de 2013 en el suplemento “Radar” del diario “Página/12”, “Michel Foucault y Gilles Deleuze mantuvieron una intensa relación de afinidad intelectual de la que se fueron distanciando, a pesar de que no hubo una pelea concreta entre los dos. La relación entre ambos nace de la confluencia hacia una misma pasión filosófica: Nietzsche. Podría pensarse como una auténtica amistad nietzscheana, sobre todo teniendo en cuenta que luego de estrechar sólidos lazos que unirían sus intereses durante años, finalmente dejaron de verse sin atravesar una verdadera ruptura. Fueron distanciándose hasta tener, cada uno, la sensación de no poder siquiera realizarle un llamado telefónico al otro. Deleuze comentó alguna vez que ‘nos vimos con menor frecuencia por la fuerza de las circunstancias, y por lo tanto se nos ha hecho más y más difícil volver a vernos. Cosa curiosa, no dejamos de vernos por causa de un desacuerdo sino al revés: como dejamos de vernos, se estableció entre nosotros una especie de incomprensión o distancia’. Hubo algunas polémicas en el medio; no coincidieron en las posiciones políticas respecto de algunos casos resonantes. Tuvieron diferentes puntos de vista a propósito de algunos textos, pero, durante los años de amistad, se leyeron mutuamente y cada uno de los dos escribió extensas reseñas del trabajo del otro. Cuando dejaron de verse, no dejaron, sin embargo, de leerse”.


En la larga conversación que mantuvieron los filósofos franceses en 1972, es posible observar una perspectiva diferente sobre cuál debería ser el papel de los intelectuales en el contexto de un mundo gobernado por el sistema que se conoce con el ambiguo nombre de “democracia”. La charla entre ambos filósofos -cuya segunda y última parte puede leerse seguidamente- también fue reproducida en 1977 en el libro “Language, counter-memory, practice: selected essays and interviews by Michel Foucault” (Lenguaje, contra-memoria, práctica: ensayos seleccionados y entrevistas de Michel Foucault) editado y prologado por el profesor de Inglés en la McGill University de Montreal, Canadá, el ensayista estadounidense Donald F. Bouchard (1932-2013).
 
G.D.: Si se considera la situación actual, el poder tiene por fuerza una visión total o global. Quiero decir que todas las formas de represión actuales, que son múltiples, se totalizan fácilmente desde el punto de vista del poder: la represión racista contra los inmigrantes, la represión en las fábricas, la represión en la enseñanza, la represión contra los jóvenes en general. No es preciso buscar solamente la unidad de todas estas formas en una reacción del Mayo del ‘68, sino mucho más en una preparación y en una organización concertadas de nuestro próximo futuro. El capitalismo francés necesita de un “volante” de paro, y abandona la máscara liberal y paternal del pleno empleo. Es desde este punto de vista como encuentran su unidad: la limitación de la inmigración, una vez dicho que se confiaba a los emigrados los trabajos más duros e ingratos, la represión en las fábricas, ya que se trata de devolverle al francés el “gusto” por un trabajo cada vez más duro. La lucha contra los jóvenes y la represión en la enseñanza, ya que la represión de la policía es tanto más viva cuánto menos necesidad de jóvenes hay en el mercado de trabajo. Todas las clases de categorías profesionales van a ser convidadas a ejercer funciones policiales cada vez más precisas: profesores, psiquiatras, educadores en general, etcétera. Hay aquí algo que usted anuncia desde hace tiempo y que se pensaba que no se produciría: el refuerzo de todas las estructuras de encierro. Entonces, frente a esta política global del poder, se hacen respuestas locales, cortafuegos, defensas activas y a veces preventivas. Nosotros no tenernos que totalizar lo que es totalizado por parte del poder, y que no podríamos totalizar de nuestro lado más que restaurando formas representativas de centralismo y de jerarquía. En contrapartida, lo que nosotros podemos hacer es llegar a instaurar conexiones laterales, todo un sistema de redes, de base popular. Y es esto lo que es difícil. En todo caso, la realidad para nosotros no pasa en absoluto por la política en sentido tradicional de competición y de distribución de poder de instancias llamadas representativas a lo PC o a lo CGT. La realidad es lo que pasa efectivamente hoy en una fábrica, en una escuela, en un cuartel, en una prisión, en una comisaría. Si bien la acción comporta un tipo de información de naturaleza muy diferente a las informaciones de los periódicos (así el tipo de información de “L'Agence de Presse Libération”).
 
M.F.: Esta dificultad, nuestra dificultad para encontrar las formas de lucha adecuadas, ¿no proviene de que ignoramos todavía en qué consiste el poder? Después de todo ha sido necesario llegar al siglo XIX para saber lo que era la explotación, pero no se sabe quizá siempre qué es el poder. Y Marx y Freud no son quizá suficientes para ayudarnos a conocer esta cosa tan enigmática, a la vez visible e invisible, presente y oculta, investida en todas partes, que se llama poder. La teoría del Estado, el análisis tradicional de los aparatos de Estado, no agotan sin duda el campo del ejercicio y del funcionamiento del poder. La gran incógnita actualmente es: ¿quién ejerce el poder? y ¿dónde lo ejerce? Actualmente se sabe prácticamente quién explota, a dónde va el provecho, entre qué manos pasa y dónde se invierte, mientras que el poder... Se sabe bien que no son los gobernantes los que detentan el poder. Pero la noción de “clase dirigente” no es ni muy clara ni está muy elaborada. “Dominar”, “dirigir”, “gobernar”, “grupo en el poder”, “aparato de Estado”, etcétera; existe toda una gama de nociones que exigen ser analizadas. Del mismo modo, sería necesario saber bien hasta dónde se ejerce el poder, por qué conexiones y hasta que instancias ínfimas con frecuencia, de jerarquía, de control, de vigilancia, de prohibiciones, de sujeciones. Por todas partes en donde existe poder, el poder se ejerce. Nadie, hablando con propiedad, es el titular de él y, sin embargo, se ejerce siempre en una determinada dirección, con los unos de una parte y los otros de otra; no se sabe quién lo tiene exactamente, pero se sabe quién no lo tiene. Si la lectura de sus libros, desde el “Nietzsche” hasta lo que yo presiento de “Capitalismo y esquizofrenia”, ha sido para mí tan esencial es porque me parece que van muy lejos en el planteamiento de este problema: bajo ese viejo tema del sentido, significado, significante, etcétera, al fin la cuestión del poder, de la desigualdad de los poderes, de sus luchas. Cada lucha se desarrolla alrededor de un centro particular del poder (uno de esos innumerables pequeños focos que van desde un jefecillo, un guarda de viviendas populares, un director de prisiones, un juez, un responsable sindical, hasta un redactor jefe de un periódico). Y si designar los núcleos, denunciarlos, hablar públicamente de ellos, es una lucha, no se debe a que nadie tuviera conciencia, sino a que hablar de este tema, forzar la red de información institucional, nombrar, decir quién ha hecho, qué ha hecho, designar el blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso en función de otras luchas contra el poder. Si los discursos como el de los detenidos o los de los médicos de las prisiones son luchas, es porque confiscan un instante al menos el poder de hablar de las prisiones, actualmente ocupado exclusivamente por la administración y por sus compadres reformadores. El discurso de lucha no opone al inconsciente: se opone al secreto. Eso da la impresión de ser mucho menos importante. ¿Y si fuese mucho más importante? Existen toda una serie de equívocos en relación a lo “oculto”, a lo “reprimido”, a lo “no dicho”, que permiten “psicoanalizar” a bajo precio lo que debe ser objeto de una lucha. Es posible que sea más difícil destapar el secreto que el inconsciente. Los dos temas que aparecían frecuentemente hasta hace poco: “la escritura es lo reprimido” y “la escritura es de pleno derecho subversiva” me parece que traicionan un cierto número de operaciones que es preciso denunciar severamente.
 
G.D.: En cuanto a este problema que usted plantea: se ve bien quien explota, quien se aprovecha, quien gobierna, pero el poder es todavía algo más difuso -yo haría la hipótesis siguiente: incluso y sobre todo el marxismo ha determinado el problema en términos de interés (el poder está poseído por una clase dominante definida por sus intereses)-. De repente, se tropieza con la cuestión: ¿cómo es posible que gentes que no tienen precisamente interés sigan, hagan un maridaje estrecho con el poder, reclamando una de sus parcelas? Es posible que, en términos de inversiones, tanto económicas como inconscientes, el interés no tenga la última palabra, existen inversiones de deseo que explican que se tenga la necesidad de desear, no contra su interés -ya que el interés sigue siempre y se encuentra allí donde el deseo lo sitúa- sino desear de una forma más profunda y difusa que su interés. Es preciso estar dispuesto a escuchar el grito de Reich: y no, las masas no han sido engañadas, ¡ellas han deseado el fascismo en un momento determinado! Hay inversiones de deseo que modelan el poder y lo difunden, y hacen que el poder se encuentre tanto a nivel del policía como del primer ministro, y que no exista en absoluto una diferencia de naturaleza entre el poder que ejerce un simple policía y el poder que ejerce un ministro. La naturaleza de estas inversiones de deseo sobre un cuerpo social es lo que explica por qué los partidos o los sindicatos, que tendrían o deberían tener inversiones revolucionarias en nombre de los intereses de clase, pueden tener inversiones reformistas o perfectamente reaccionarias a nivel del deseo.
 
M.F.: Como usted dice, las relaciones entre deseo, poder e interés, son más complejas de lo que ordinariamente se piensa, y resulta que aquellos que ejercen el poder no tienen por fuerza interés en ejercerlo, aquellos que tienen interés en ejercerlo no lo ejercen, y el deseo de poder juega entre el poder y el interés un juego que es todavía singular. Sucede que las masas, en el momento del fascismo, desean que algunos ejerzan el poder, algunos que, sin embargo, no se confunden con ellas, ya que el poder se ejercerá sobre ellas y a sus expensas, hasta su muerte, su sacrificio, su masacre; y ellas, sin embargo, desean este poder, desean que este poder sea ejercido. Este juego del deseo, del poder y del interés es todavía poco conocido. Hizo falta mucho tiempo para saber lo que era la explotación. Y el deseo ha sido y es todavía un largo asunto. Es posible que ahora las luchas que se están llevando a cabo, y además estas teorías locales, regionales, discontinuas que se están elaborando en estas luchas y que hacen cuerpo con ellas, es posible que esto sea el comienzo de un descubrimiento de la manera en que el poder se ejerce.
 
G.D.: Pues bien, yo vuelvo a la cuestión: el movimiento revolucionario actual tiene múltiples focos, y esto no es por debilidad ni por insuficiencia, ya que una determinada totalización pertenece más bien al poder y a la reacción. Por ejemplo, el Vietnam es una formidable respuesta local. Pero, ¿cómo concebir las redes, las conexiones transversales entre estos puntos activos discontinuos, de un país a otro o en el interior de un mismo país?
 
M.F.: Esta discontinuidad geográfica de la que usted habla significa quizá esto: desde el momento que se lucha contra la explotación, es el proletariado quien no sólo conduce la lucha, sino que además define los blancos, los métodos, los lugares y los instrumentos de lucha; aliarse al proletariado es unirse a él en sus posiciones, su ideología, es retomar los motivos de su combate. Es fundirse. Pero si se lucha contra el poder, entonces todos aquellos sobre los que se ejerce el poder como abuso, todos aquellos que lo reconocen como intolerable, pueden comprometerse en la lucha allí donde se encuentran y a partir de su actividad (o pasividad) propia. Comprometiéndose en esta lucha que es la suya, de la que conocen perfectamente el blanco y de la que pueden determinar el método, entran en el proceso revolucionario. Como aliados ciertamente del proletariado ya que, si el poder se ejerce tal como se ejerce, es ciertamente para mantener la explotación capitalista. Sirven realmente a la causa de la revolución proletaria luchando precisamente allí donde la opresión se ejerce sobre ellos. Las mujeres, los prisioneros, los soldados, los enfermos en los hospitales, los homosexuales, han abierto en este momento una lucha específica contra la forma particular de poder, de imposición, de control que se ejerce sobre ellos. Estas luchas forman parte actualmente del movimiento revolucionario, a condición de que sean radicales sin compromisos ni reformismos, sin tentativas para modelar el mismo poder consiguiendo como máximo un cambio de titular. Y estos movimientos están unidos al movimiento revolucionario del proletariado mismo en la medida en que él ha de combatir todos los controles e imposiciones que reproducen en todas partes el mismo poder. Es decir, que la generalidad de la lucha no se hace ciertamente en la forma de esta totalización de la que usted hablaba hace un momento, esta totalización teórica, en la forma de “verdad”. Lo que produce la generalidad de la lucha, es el sistema mismo de poder, todas las formas de ejercicio y de aplicación del poder.
 
G.D.: Y no se puede tocar un punto cualquiera de aplicación sin encontrarse enfrentado a este conjunto difuso que desde ese momento se estará forzando a intentar revertir, a partir de las más pequeñas reivindicaciones. Toda defensa o ataque revolucionario parciales se ensamblan así con la lucha obrera.