25 de mayo de 2010

Conversaciones (XXXIII). Michel Foucault - Gilles Deleuze. Sobre los intelectuales y el poder (1/2)

En 1972 Michel Foucault (1926-1984), profesor en Clermont-Ferrand, se reunió con Gilles Deleuze (1925-1995), profesor en Lyon. Por entonces, el primero ya había publicado los ensayos “Maladie mentale et personnalité” (Enfermedad mental y personalidad), “Histoire de la folie á l'âge classique” (Historia de la locura en la época clásica), “Les mots et les choses. Une archéologie des sciences humaines” (Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas), “L'ordre du discours” (El orden del discurso) y “L'archéologie du savoir” (La arqueología del saber); mientras que el segundo se había dado a conocer con “Empirisme et subjectivité” (Empirismo y subjetividad), “Nietzsche et la philosophie” (Nietzsche y la filosofía), “La philosophie critique de Kant” (La filosofía crítica de Kant), “Proust et les signes” (Proust y los signos) y “Spinoza et le problème de l'expression” (Spinoza y el problema de la expresión). “Deleuze me fascinaba. Yo hacía lo posible por encontrarlo. Pero lo que hacíamos era reír”, señalaría Foucault alguna vez. “Sí -agregaría Deleuze- sé que éramos amigos porque nos reíamos de las mismas cosas”. Precisamente la risa -más el silencio, el secreto y la complicidad- fue una de las características que Friedrich Nietzsche (1844-1900) adjudicaba a la amistad. El encuentro entre estos filósofos puede enmarcarse dentro de la predisposición a decir algo nuevo en medio de los convencionalismos que por entonces pesaban en la política y la filosofía, algo que ambos tenían en común. Unos años después, se publicó el libro “Microphysique du pouvoir” (Microfísica del poder) en el que se reunieron una serie de artículos, entrevistas y conversaciones que Foucault escribió y realizó a lo largo de la década del '70. Entre ellas figuró el diálogo que mantuvo con Deleuze en 1972 y que fuera publicado originalmente en el nº 49 de la revista “L'Arc” bajo el título “Les intellectuels et le pouvoir” (Los intelectuales y el poder), cuya primera parte puede leerse a continuación.
 

M.F.: Un maoísta me decía: “entiendo bien por qué Sartre está con nosotros, por qué hace política y en qué sentido la hace: respecto a ti, en último término, comprendo un poco: tú has planteado siempre el problema del encierro. Pero a Deleuze verdaderamente no lo entiendo”. Esta cuestión me ha sorprendido enormemente porque a mí esto me parece muy claro.
 
G.D.: Se debe posiblemente a que estamos viviendo de una nueva manera las relaciones teoría-práctica. La práctica se concebía tanto como una aplicación de la teoría, como una consecuencia, tanto al contrario como debiendo inspirar la teoría, como siendo ella misma creadora de una forma de teoría futura. De todos modos, se concebían sus relaciones bajo la forma de un proceso de totalización, en un sentido o en el otro. Es posible que, para nosotros, la cuestión se plantee de otro modo. Las relaciones teoría-práctica son mucho más parciales y fragmentarias. Por una parte, una teoría es siempre local, relativa a un campo pequeño y puede tener su aplicación en otro dominio más o menos lejano. La relación de aplicación no es nunca de semejanza. Por otra parte, desde el momento en que la teoría se incrusta en su propio dominio se enfrenta con obstáculos, barreras, choques que hacen necesario que sea relevada por otro tipo de discurso (es este otro tipo el que hace pasar eventualmente a un dominio diferente). La práctica es un conjunto de conexiones de un punto teórico con otro, y la teoría un empalme de una práctica con otra. Ninguna teoría puede desarrollarse sin encontrar una especie de muro, y se precisa la práctica para agujerearlo. Por ejemplo, usted; usted ha comenzado por analizar teóricamente un modo de encierro como el manicomio en el siglo XIX en la sociedad capitalista. Después desembocó en la necesidad de que personas precisamente encerradas se pusiesen a hablar por su cuenta, que operasen una conexión (o bien al contrario, es usted quien estaba en conexión con ellos), y esas personas se encuentran en las prisiones, están en las prisiones. Cuando usted organizó el grupo de información sobre las prisiones fue sobre esta base: instaurar las condiciones en las que los prisioneros pudiesen ellos mismos hablar. Sería completamente falso decir, como parecería decir el maoísta, que usted pasaba a la práctica aplicando sus teorías. No había en su trabajo ni aplicación, ni proyecto de reforma, ni encuesta en el sentido tradicional. Había algo muy distinto: un sistema de conexión en un conjunto, en una multiplicidad de piezas y de pedazos a la vez teóricos y prácticos. Para nosotros, el intelectual teórico ha dejado de ser un sujeto, una conciencia representante o representativa. Los que actúan y los que luchan han dejado de ser representados ya sea por un partido, ya sea por un sindicato que se arrogaría a su vez el derecho de ser su conciencia. ¿Quién habla y quién actúa? Es siempre una multiplicidad, incluso en la persona, quien habla o quien actúa. Somos todos grupúsculos. No existe ya la representación, no hay más que acción, acción de teoría, acción de práctica en relaciones de conexión o de redes.
 
M.F.: Me parece que la politización de un intelectual se hace tradicionalmente a partir de dos cosas: su posición de intelectual en la sociedad burguesa, en el sistema de producción capitalista, en la ideología que ésta produce o impone (ser explotado, reducido a la miseria, rechazado, “maldito”, acusado de subversión, de inmoralidad, etcétera), y en su propio discurso en tanto que revelador de una cierta verdad, descubridor de relaciones políticas allí donde éstas no eran percibidas. Estas dos formas de politización no eran extrañas la una a la otra, pero tampoco coincidían forzosamente. Había el tipo del “maldito” y el tipo del “socialista”. Estas dos politizaciones se confundirían fácilmente en ciertos momentos de reacción violenta por parte del poder, después del ‘48, después de la Comuna, después de 1940: el intelectual era rechazado, perseguido en el momento mismo en que las “cosas” aparecían en su “verdad”, en el momento en que no era preciso decir que el rey estaba desnudo. El intelectual decía lo verdadero a quienes a aún no lo veían y en nombre de aquellos que no podían decirlo: conciencia y elocuencia. Ahora bien, lo que los intelectuales han descubierto después de la avalancha reciente, es que las masas no tienen necesidad de ellos para saber; saben claramente, perfectamente, mucho mejor que ellos; y lo afirman extremadamente bien. Pero existe un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está solamente en las instancias superiores de la censura, sino que se hunde más profundamente, más sutilmente en toda la malla de la sociedad. Ellos mismos, intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes de la “conciencia” y del discurso pertenece a este sistema. El papel del intelectual no es el de situarse “un poco en avance o un poco al margen” para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del “saber”, de la “verdad”, de la “conciencia”, del “discurso”. Es en esto en lo que la teoría no expresa, no traduce, no aplica una práctica; “es” una práctica. Pero local y regional, como usted dice: no totalizadora. Lucha contra el poder, lucha para hacerlo aparecer y golpearlo allí donde es más invisible y más insidioso. Lucha no por una “toma de conciencia” (hace tiempo que la conciencia como saber ha sido adquirida por las masas, y que la conciencia como sujeto ha sido tomada, ocupada por la burguesía), sino por la infiltración y la toma de poder, al lado, con todos aquellos que luchan por esto, y no retirado para darles luz. Una “teoría” es el sistema regional de esta lucha.
 
G.D.: Eso es, una teoría. Es exactamente como una caja de herramientas. Ninguna relación con el significante... Es preciso que sirva, que funcione. Y no para uno mismo. Si no hay personas para utilizarla, comenzando por el teórico mismo, que deja entonces de ser teórico, es que no vale nada, o que el momento no llegó aún. No se vuelve sobre una teoría, se hacen otras, hay otras a hacer. Es curioso que sea un autor que pasa por un puro intelectual, Proust, quien lo haya dicho tan claramente: “traten a mi libro como un par de lentes dirigidos hacia el exterior, y bien, si no les sirven tomen otros, encuentren ustedes mismos vuestro aparato que es necesariamente un aparato de combate”. La teoría no se totaliza, se multiplica y multiplica. Es el poder quien por naturaleza opera totalizaciones, y usted, usted dice exactamente: la teoría por naturaleza esta contra el poder. Desde que una teoría se incrusta en tal o cual punto se enfrenta a la imposibilidad de tener la menor consecuencia práctica, sin que tenga lugar una explosión incluso en otro punto. Por esto la noción de reforma es tan estúpida como hipócrita. O bien la reforma es realizada por personas que se pretenden representativas y que hacen profesión de hablar por los otros en su nombre, y entonces es un remodelamiento del poder, una distribución del poder que va acompañada de una represión acentuada; o bien es una reforma reclamada, exigida por aquellos a quienes concierne y entonces deja de ser una reforma y es una acción revolucionaria que, desde el fondo de su carácter parcial, está determinada a poner en entredicho la totalidad del poder y de su jerarquía. Es evidente en el caso de las prisiones: la más minúscula, la más modesta reivindicación de los prisioneros basta para desinflar cualquier pseudo reforma. Si los niños consiguen que se oigan sus protestas en un Instituto Maternal, o incluso simplemente sus preguntas, esto sería suficiente para producir una explosión en el conjunto del sistema de la enseñanza. Verdaderamente, este sistema en el que vivimos no puede soportar nada: de ahí su fragilidad radical en cada punto, al mismo tiempo que su fuerza de represión global. A mi juicio usted ha sido el primero en enseñarnos algo fundamental, a la vez en sus libros y en un terreno práctico: la indignidad de hablar por los otros. Quiero decir: la representación provoca la risa, se decía que había terminado, pero no se sacaba la consecuencia de esta reconversión “teórica”, a saber, que la teoría exigía que las personas concernidas hablasen al fin prácticamente por su cuenta.
 
M.F.: Y cuando los prisioneros se pusieron a hablar, tenían una teoría de la prisión, de la penalidad, de la justicia. Esta especie de discurso contra el poder, este contra discurso mantenido por los prisioneros o por aquellos a quienes se llama delincuentes es en realidad lo importante, y no una teoría sobre la delincuencia. El problema de la prisión es un problema local y marginal puesto que no pasan más de cien mil personas cada año por las prisiones; en total actualmente en Francia hay probablemente trescientas o cuatrocientas mil personas que pasaron por la prisión. Ahora bien, este problema marginal sacude a la gente. Me ha sorprendido ver que se pudiesen interesar por el problema de las prisiones tantas personas que no estaban en prisión; me ha sorprendido que tanta gente que no estaba predestinada a escuchar este discurso de los detenidos lo haya finalmente escuchado. ¿Cómo explicarlo? ¿No será porque de un modo general el sistema penal es la forma en la que el poder como poder, se muestra del modo más manifiesto? Meter a alguien en prisión, encerrarlo, privarlo de comida, de calefacción, impedirle salir, hacer el amor, etcétera, ahí está la manifestación del poder más delirante que se puede imaginar. El otro día hablaba con una mujer que había estado en prisión y ella me decía: “A mis cuarenta años me castigaron con un día en prisión poniéndome a pan seco”. Lo que me llama la atención en esta historia es no solamente la puerilidad del ejercicio del poder, sino también el cinismo con el que se ejerce como poder, bajo la forma más arcaica, la más pueril, la más infantil. Reducir a alguien a pan y agua, eso se nos enseña de pequeños. La prisión es el único lugar en el que el poder puede manifestarse de forma desnuda, en sus dimensiones más excesivas, y justificarse como poder moral. “Tengo razón para castigar puesto que ustedes saben que es mezquino robar, matar...”, nos dicen. Es esto lo que es fascinante en las prisiones, que por una vez el poder no se oculta, no se enmascara, se muestra como tiranía llevada hasta los más ínfimos detalles, poder cínico y al mismo tiempo puro, enteramente “justificado” ya que puede formularse enteramente en el interior de una moral que enmarca su ejercicio: su tiranía salvaje aparece entonces como dominación serena del bien sobre el mal, del orden sobre el desorden.
 
G.D.: Al mismo tiempo lo inverso es igualmente verdad. No son solamente los prisioneros los que son tratados como niños, sino los niños como prisioneros. Los niños sufren una infantilización que no es la suya. En este sentido es cierto que las escuelas son un poco prisiones; las fábricas son mucho más prisiones. Basta con ver la entrada en Renault. O en otros sitios: tres bonos para hacer pipí en el día. Usted ha encontrado un texto de Jeremías Bentham del siglo XVIII que precisamente propone una reforma de las prisiones: en nombre de esta alta reforma, establece un sistema circular que hace a la vez que la prisión renovada sirva de modelo, y que se pase insensiblemente de la escuela a la manufactura, de la manufactura a la prisión e inversamente. Esto es la esencia del reformismo, de la representación reformada. Por ejemplo, recuerdo que usted decía que no existe justicia popular contra la justicia, eso sucede a otro nivel.
 
M.F.: Pienso que, bajo el odio que el pueblo tiene a la justicia, a los jueces, a los tribunales, a las prisiones, no es conveniente ver solamente la idea de otra justicia mejor, más justa, sino, en primer lugar y ante todo, tener la percepción de un punto singular en el que el poder se ejerce a expensas del pueblo. La lucha anti judicial es una lucha contra el poder. No creo que esto sea una lucha contra las injusticias, contra las injusticias de la justicia y por un mejor funcionamiento de la institución judicial. Es asimismo sorprendente que cada vez que ha habido motines, revueltas y sediciones, el aparato judicial ha sido el blanco, al mismo tiempo y al mismo título que el aparato fiscal, el ejército y las otras formas de poder. Mi hipótesis, -no es más que una hipótesis- es que los tribunales populares, por ejemplo en el momento de la Revolución, han sido una manera utilizada por la pequeña burguesía aliada a las masas para recuperar, para recobrar el movimiento de lucha contra la justicia. Y para recobrarlo, se ha propuesto este sistema de tribunal que se refiere a una justicia que podría ser justa, a un juez que podría dictar una sentencia justa. La forma misma del tribunal pertenece a una ideología de la justicia que es la de la burguesía.