En el año 2013, Raúl
Cerdeiras publicó “Subvertir la política”, un ensayo en el que propuso trabajar
en una nueva política de emancipación. No fue casual que el prólogo fuera
escrito por Alain Badiou, un filósofo que coincidió con Cerdeiras en la
necesidad de buscar los medios para lograr la liberación social, política y
económica de los ciudadanos centrándose en los derechos humanos, la autonomía y
la descolonización, para poder así modelar nuevas formas de organización
social. Allí, el autor de “Court traité d'ontologie transitoire” (Breve tratado
de ontología transitoria), “Logiques des mondes: l’être et l’événement”
(Lógicas de los mundos: el ser y el acontecimiento) y “La relation énigmatique
entre politique et philosophie” (Filosofía y política: una relación
enigmática), escribió: “Cuando Raúl y yo nos encontramos, en la segunda mitad
de los años ‘80 del siglo pasado, estábamos, tanto uno como el otro, aislados
en extremo. A escala mundial, era la época de la contrarrevolución triunfante.
Sin duda, algunas formas extremas de poder reaccionario le habían cedido el
lugar a ‘democracias’ más presentables. En Francia, el partido socialista
estaba en el poder después de veintitrés años ininterrumpidos de gobiernos de
la derecha. En Argentina, la espantosa dictadura militar no había sobrevivido a
la guerra de Malvinas y los políticos del parlamentarismo habían retomado el
poder. Sin embargo, ambos concluimos por separado que los gobiernos que
sucedieron a esta etapa en Argentina y Francia, no representaban las formas de
una verdadera ‘política de emancipación’, la que debe construirse y
desarrollarse siempre a distancia del Estado. De lo que se trata es de una
verdadera revolución conceptual en la idea misma de la política revolucionaria.
Mientras que la visión clásica equivale a decir que todo el problema consiste
en adueñarse del poder de Estado, ya sea por medio de las elecciones, ya por la
fuerza, nuestra visión común sostiene que es en el pueblo, en lo que se dice,
se hace o se piensa en él, donde una auténtica política de emancipación encuentra
la fuente de su existencia y de su despliegue. Y que eso solo es posible si
-interesándose a la vez, vivamente, en los avatares sucesivos del poder del
Estado, analizándolos, levantando contra tal o cual decisión del Estado
movilizaciones y organizaciones populares- la política se mantiene por completo
independiente de aquello contra lo cual se constituye”.
Agregó más adelante: “Tanto uno como el otro teníamos ejemplos concretos de momentos en que aparece el esbozo, el ejemplo provisorio de tal política. Por mi lado, había ciertos aspectos de la Revolución Cultural China y de Mayo del ‘68 que la organización política prolongaba, con invención, en las fábricas y en los barrios. Por el lado de Raúl, estaba la admirable movilización, bajo la dictadura, de las ‘Madres de Plaza de Mayo’ y, más tarde, ciertos aspectos de la empresa zapatista en Chiapas. Raúl y yo, con nuestros amigos y nuestros camaradas, intentábamos así extraer de esos ejemplos lecciones válidas para la acción y la organización por venir. Nada nos desvió nunca de esta tarea, ni en el terreno del pensamiento puro ni en el de la acción colectiva. Compartíamos la idea de que la cuestión más difícil, la más concentrada, era la del Sujeto de la política de emancipación, desde el momento en que pensábamos que no se podía reconocer tal Sujeto ni en la objetividad de una clase social, como el proletariado, ni en la forma singular de una organización, como el Partido. Por eso examinamos, uno y otro, lo que podíamos retener, en lo tocante a esta cuestión, de las enseñanzas generales del psicoanálisis y, especialmente, del esfuerzo de Lacan por poner las categorías de ‘real’ y de ‘sujeto’ en el centro de su pensamiento, como intentábamos hacerlo en el terreno de la política a través de las nociones de ‘situación’ y de ‘subjetividad política’. Esta búsqueda libre de referencias contemporáneas que nos fueran útiles establecía entre nosotros un vínculo suplementario”.
“Le debo también a Raúl una parte importante del reconocimiento que fui alcanzando como filósofo, poco a poco, en Argentina, y luego en todo el continente sudamericano. Tradujo al español y publicó en ‘Acontecimiento’, sin discontinuidad, un gran número de textos que yo había escrito, en especial los que conciernen al vínculo entre filosofía y política, a lo que llamo ‘metapolítica’. Y, además, sobre todo, constituyó y dirigió un equipo que tradujo, explicándoselo a sí mismo bajo la dirección de Raúl, el libro mío que es, sin duda, el más importante, pero también el más complejo: ‘El ser y el acontecimiento’. Fue para mí una inmensa alegría ver cómo se materializaba, de este modo, el largo camino de amistad militante y personal que habíamos recorrido”.
Y concluyó: “Cuando lo conocí en Buenos Aires, Raúl les daba a algunos interlocutores interesados una suerte de clases en que la filosofía desembocaba en perspectivas prácticas. Esas clases en forma de diálogos eran, al mismo tiempo, de una densidad y de una elegancia decididamente asombrosas. Por eso le puse muy pronto, como sobrenombre, ‘el Sócrates de Buenos Aires’. A modo de respuesta, él me apodó ‘el Platón de París’. Es una buena noticia saber que hoy, en las condiciones que conocemos, ‘distantes, aunque sin dejar de pesar uno sobre el otro’, como dice Claudel, una especie de Platón y una variante de Sócrates mantienen amistosamente una discusión transatlántica”.
Lo que sigue es la cuarta y última parte de la compleja conversación que mantuvieron Raúl Cerdeiras y Juan Carlos Indart, publicada en la revista “Lamujerdemivida” en enero, abril y junio de 2005.
Agregó más adelante: “Tanto uno como el otro teníamos ejemplos concretos de momentos en que aparece el esbozo, el ejemplo provisorio de tal política. Por mi lado, había ciertos aspectos de la Revolución Cultural China y de Mayo del ‘68 que la organización política prolongaba, con invención, en las fábricas y en los barrios. Por el lado de Raúl, estaba la admirable movilización, bajo la dictadura, de las ‘Madres de Plaza de Mayo’ y, más tarde, ciertos aspectos de la empresa zapatista en Chiapas. Raúl y yo, con nuestros amigos y nuestros camaradas, intentábamos así extraer de esos ejemplos lecciones válidas para la acción y la organización por venir. Nada nos desvió nunca de esta tarea, ni en el terreno del pensamiento puro ni en el de la acción colectiva. Compartíamos la idea de que la cuestión más difícil, la más concentrada, era la del Sujeto de la política de emancipación, desde el momento en que pensábamos que no se podía reconocer tal Sujeto ni en la objetividad de una clase social, como el proletariado, ni en la forma singular de una organización, como el Partido. Por eso examinamos, uno y otro, lo que podíamos retener, en lo tocante a esta cuestión, de las enseñanzas generales del psicoanálisis y, especialmente, del esfuerzo de Lacan por poner las categorías de ‘real’ y de ‘sujeto’ en el centro de su pensamiento, como intentábamos hacerlo en el terreno de la política a través de las nociones de ‘situación’ y de ‘subjetividad política’. Esta búsqueda libre de referencias contemporáneas que nos fueran útiles establecía entre nosotros un vínculo suplementario”.
“Le debo también a Raúl una parte importante del reconocimiento que fui alcanzando como filósofo, poco a poco, en Argentina, y luego en todo el continente sudamericano. Tradujo al español y publicó en ‘Acontecimiento’, sin discontinuidad, un gran número de textos que yo había escrito, en especial los que conciernen al vínculo entre filosofía y política, a lo que llamo ‘metapolítica’. Y, además, sobre todo, constituyó y dirigió un equipo que tradujo, explicándoselo a sí mismo bajo la dirección de Raúl, el libro mío que es, sin duda, el más importante, pero también el más complejo: ‘El ser y el acontecimiento’. Fue para mí una inmensa alegría ver cómo se materializaba, de este modo, el largo camino de amistad militante y personal que habíamos recorrido”.
Y concluyó: “Cuando lo conocí en Buenos Aires, Raúl les daba a algunos interlocutores interesados una suerte de clases en que la filosofía desembocaba en perspectivas prácticas. Esas clases en forma de diálogos eran, al mismo tiempo, de una densidad y de una elegancia decididamente asombrosas. Por eso le puse muy pronto, como sobrenombre, ‘el Sócrates de Buenos Aires’. A modo de respuesta, él me apodó ‘el Platón de París’. Es una buena noticia saber que hoy, en las condiciones que conocemos, ‘distantes, aunque sin dejar de pesar uno sobre el otro’, como dice Claudel, una especie de Platón y una variante de Sócrates mantienen amistosamente una discusión transatlántica”.
Lo que sigue es la cuarta y última parte de la compleja conversación que mantuvieron Raúl Cerdeiras y Juan Carlos Indart, publicada en la revista “Lamujerdemivida” en enero, abril y junio de 2005.
