4 de agosto de 2013

Conversaciones (LVI). Raúl Cerdeiras - Juan Carlos Indart. Sobre los caminos comunes de la filosofía, el psicoanálisis y la política (4/4)

En el año 2013, Raúl Cerdeiras publicó “Subvertir la política”, un ensayo en el que propuso trabajar en una nueva política de emancipación. No fue casual que el prólogo fuera escrito por Alain Badiou, un filósofo que coincidió con Cerdeiras en la necesidad de buscar los medios para lograr la liberación social, política y económica de los ciudadanos centrándose en los derechos humanos, la autonomía y la descolonización, para poder así modelar nuevas formas de organización social. Allí, el autor de “Court traité d'ontologie transitoire” (Breve tratado de ontología transitoria), “Logiques des mondes: l’être et l’événement” (Lógicas de los mundos: el ser y el acontecimiento) y “La relation énigmatique entre politique et philosophie” (Filosofía y política: una relación enigmática), escribió: “Cuando Raúl y yo nos encontramos, en la segunda mitad de los años ‘80 del siglo pasado, estábamos, tanto uno como el otro, aislados en extremo. A escala mundial, era la época de la contrarrevolución triunfante. Sin duda, algunas formas extremas de poder reaccionario le habían cedido el lugar a ‘democracias’ más presentables. En Francia, el partido socialista estaba en el poder después de veintitrés años ininterrumpidos de gobiernos de la derecha. En Argentina, la espantosa dictadura militar no había sobrevivido a la guerra de Malvinas y los políticos del parlamentarismo habían retomado el poder. Sin embargo, ambos concluimos por separado que los gobiernos que sucedieron a esta etapa en Argentina y Francia, no representaban las formas de una verdadera ‘política de emancipación’, la que debe construirse y desarrollarse siempre a distancia del Estado. De lo que se trata es de una verdadera revolución conceptual en la idea misma de la política revolucionaria. Mientras que la visión clásica equivale a decir que todo el problema consiste en adueñarse del poder de Estado, ya sea por medio de las elecciones, ya por la fuerza, nuestra visión común sostiene que es en el pueblo, en lo que se dice, se hace o se piensa en él, donde una auténtica política de emancipación encuentra la fuente de su existencia y de su despliegue. Y que eso solo es posible si -interesándose a la vez, vivamente, en los avatares sucesivos del poder del Estado, analizándolos, levantando contra tal o cual decisión del Estado movilizaciones y organizaciones populares- la política se mantiene por completo independiente de aquello contra lo cual se constituye”.
Agregó más adelante: “Tanto uno como el otro teníamos ejemplos concretos de momentos en que aparece el esbozo, el ejemplo provisorio de tal política. Por mi lado, había ciertos aspectos de la Revolución Cultural China y de Mayo del ‘68 que la organización política prolongaba, con invención, en las fábricas y en los barrios. Por el lado de Raúl, estaba la admirable movilización, bajo la dictadura, de las ‘Madres de Plaza de Mayo’ y, más tarde, ciertos aspectos de la empresa zapatista en Chiapas. Raúl y yo, con nuestros amigos y nuestros camaradas, intentábamos así extraer de esos ejemplos lecciones válidas para la acción y la organización por venir. Nada nos desvió nunca de esta tarea, ni en el terreno del pensamiento puro ni en el de la acción colectiva. Compartíamos la idea de que la cuestión más difícil, la más concentrada, era la del Sujeto de la política de emancipación, desde el momento en que pensábamos que no se podía reconocer tal Sujeto ni en la objetividad de una clase social, como el proletariado, ni en la forma singular de una organización, como el Partido. Por eso examinamos, uno y otro, lo que podíamos retener, en lo tocante a esta cuestión, de las enseñanzas generales del psicoanálisis y, especialmente, del esfuerzo de Lacan por poner las categorías de ‘real’ y de ‘sujeto’ en el centro de su pensamiento, como intentábamos hacerlo en el terreno de la política a través de las nociones de ‘situación’ y de ‘subjetividad política’. Esta búsqueda libre de referencias contemporáneas que nos fueran útiles establecía entre nosotros un vínculo suplementario”.
“Le debo también a Raúl una parte importante del reconocimiento que fui alcanzando como filósofo, poco a poco, en Argentina, y luego en todo el continente sudamericano. Tradujo al español y publicó en ‘Acontecimiento’, sin discontinuidad, un gran número de textos que yo había escrito, en especial los que conciernen al vínculo entre filosofía y política, a lo que llamo ‘metapolítica’. Y, además, sobre todo, constituyó y dirigió un equipo que tradujo, explicándoselo a sí mismo bajo la dirección de Raúl, el libro mío que es, sin duda, el más importante, pero también el más complejo: ‘El ser y el acontecimiento’. Fue para mí una inmensa alegría ver cómo se materializaba, de este modo, el largo camino de amistad militante y personal que habíamos recorrido”.
Y concluyó: “Cuando lo conocí en Buenos Aires, Raúl les daba a algunos interlocutores interesados una suerte de clases en que la filosofía desembocaba en perspectivas prácticas. Esas clases en forma de diálogos eran, al mismo tiempo, de una densidad y de una elegancia decididamente asombrosas. Por eso le puse muy pronto, como sobrenombre, ‘el Sócrates de Buenos Aires’. A modo de respuesta, él me apodó ‘el Platón de París’. Es una buena noticia saber que hoy, en las condiciones que conocemos, ‘distantes, aunque sin dejar de pesar uno sobre el otro’, como dice Claudel, una especie de Platón y una variante de Sócrates mantienen amistosamente una discusión transatlántica”.
Lo que sigue es la cuarta y última parte de la compleja conversación que mantuvieron Raúl Cerdeiras y Juan Carlos Indart, publicada en la revista “Lamujerdemivida” en enero, abril y junio de 2005.
 

R.C.:
La gran discusión es si el psicoanálisis subvierte o no subvierte una verdad. Si el psicoanálisis se arrogó -como yo sostengo- tareas propias de la filosofía, es porque justamente considera que en la sexualidad, en el goce, encontró una invariante estructural y con ella tiene la capacidad de atravesar todas las otras actividades humanas. Es como si dijeran “acá está la clave”. La clave de la cultura es el sujeto, no es el ser. Y si el sujeto es como es, con sus invariantes sin posibilidad de modificación, no cabe más que pensar que cada doscientos años la pulsión de muerte va a soltarse otra vez, el ciclo se repetirá y Auschwitz va a ser un juego de niños. Esto es lo que nunca el psicoanálisis se abrió a discutir, porque es en esa zona donde se encuentra con la filosofía. Ésos son los núcleos filosóficos del psicoanálisis, sus fundamentos. Abrir una discusión acerca de sus fundamentos es lo que hizo Lacan y eso le trajo un rédito extraordinario. Pero cuando uno va a los fundamentos ya está utilizando una palabra filosófica.
 
J.C.I.: Ese camino me parece que nos enredaría. ¿Por qué la palabra “fundamento” es filosófica? La palabra fundamento es una palabra de la lengua. Y la filosofía es una construcción a partir del lenguaje. No creo que el psicoanálisis pueda decir si algo fue siempre, lo es y lo será. No sé si el psicoanálisis puede determinar invariantes estructurales, eso sería convertirnos en filósofos. Lo que puedo decir es que ese algo se encuentra en un caso, y en otro y en otro más, y que el análisis de cada caso conduce a esa dirección. En los observados hasta ahora, el método de Freud de análisis del síntoma conduce inevitablemente a un punto al que aluden todos los síntomas constantemente y es el de que no hay saber inscripto en la relación sexual. Pero no hay manera para nosotros de decir qué consecuencia general se saca de eso. Creo que no estamos preparados para una reflexión de ese tipo.
 
R.C.: Eso implica que no hay verdadero cambio, subversión o ruptura en la operación analítica. Sólo reorganización de la invariante.
 
J.C.I.: Voy a aportar a esa cuestión con Alain Badiou.
 
R.C.: Me pagás con mi propia medicina.
 
J.C.I.: Lo saqué de su “Breve tratado de ontología transitoria”. Eso me divirtió, porque explica muy bien que en realidad las discusiones vinculadas a los atributos -yo digo que es colorado, vos decís que es verde- son totalmente secundarias. El asunto es: ¿qué es lo que existe para cada cual? Ahí están las verdaderas diferencias. Eso toca un punto que es de decisión íntima, como él dice, el juicio de existencia es lo más íntimo del pensamiento y lo que no puede compartirse. Me parece importante llegar a eso. Seguramente no compartimos juicios de existencia, entonces por ahí todas las discusiones son un poco en el aire por esa diferencia. Todo pensamiento es polémico, pero es diferente que el conflicto se plantee entre interpretaciones a que se plantee entre juicios de existencia. Sigo con Badiou: “Justo en el momento en que decides lo que existe estás anudando tu pensamiento en ser”. Hay una singularidad, esto lo digo porque se dirige a un “tú”. Y sigue, “pero entonces te encuentras, de manera inconsciente, sujeto al imperativo de una orientación”. De manera que articula una ética en eso. La ética me parece suficiente para sacar un poco el tema de estructura necesaria fatalista de si siempre se repetirá lo mismo, si hay o no subversión. Lo uso para hablar de estructura, de la no relación sexual como invariante en la estructura, porque en un punto uno decide darle existencia a la no existencia de la relación sexual. Lo que Badiou dice es que eso es una orientación, que la decisión de que no existe relación sexual, da una orientación al pensamiento, una orientación que se impone, un imperativo. Pero fijate en la importancia de lo que él dice: “entonces te encuentras de manera inconsciente sujeto al imperativo de una orientación”. ¿Cómo usa inconsciente acá Badiou? ¿Por qué dice que es inconsciente y no consciente?
 
R.C.: Cuando uno decide algo y saca las consecuencias de eso, automáticamente está inscripto en una orientación ontológica.
 
J.C.I.: Pero, ¿por qué se le impone de manera inconsciente?
 
R.C.: ¿Cómo por qué se le impone de manera inconsciente? Está por fuera de su saber “consciente”. Es el problema de la relación entre el ámbito del ser y del existir. Pero “inconsciente” en ese texto no remite al dispositivo del inconsciente freudiano.
 
J.C.I.: Pero dice: “Cuando tú decides un juicio de existencia”. Badiou lo sabe muy bien: el caso de la “no relación sexual” tiene una vuelta complicada. A diferencia de las invariantes que se pueden formular de una manera positiva, en el caso de la “no relación sexual” no se afirma una existencia sino una inexistencia: no hay relación sexual. Eso tiene sus problemas, sin duda. Pero es en ese “tú decides”, en ese punto justo, efectivamente...
 
R.C.: Yo creo que tu ejemplo es redondo, porque desde la perspectiva de Badiou que no haya relación sexual es una decisión, no una invariante. Es una decisión de la que quedás atrapado.
 
J.C.I.: De manera inconsciente.
 
R.C.: No, la ontología se te impone de manera inconsciente. Porque siempre uno piensa en el horizonte de una ontología, es decir si yo digo que eso es, alguna concepción de qué significa ser debo tener. ¿Qué quiere decir ser? Porque “ser” es el problema ontológico y “ser tal cosa” es un problema de existencia u óntico, como dicen los filósofos. Es más, para nuestra cultura “ser” significa “existir”. Vos preguntale espontáneamente a cualquier persona: “¿qué es para vos ser?”, para que contesten: “y, que está ahí, que existe”. Eso es inconsciente, confundir ser con existir es inconsciente. Nos movemos en el interior de estructuras que operan independientemente de la conciencia. Por eso, como estamos operando en estructuras independientemente del sujeto consciente, la pregunta clave de Badiou, por la cual él comienza a revisar todo su pasado filosófico e incluso político, es si en algún punto el hombre decide algo. Si, aunque sea en algún punto, podemos decidir algo o no podemos decidir nada. Si somos siempre muñecos de las invariantes estructurales que nos operan, como por ejemplo el inconsciente. Él dice: “No. Hay un punto de decisión y es ahí donde se juega la cuestión del sujeto, etc.”.
 
J.C.I.: El psicoanálisis de Lacan ha tocado exactamente ese punto de decisión. También es cierto que en Badiou la decisión pareciera estar anudada a algo que llama inconsciente.
 
R.C.: No, lo que significa es que en la decisión no hay un saber previo acerca de lo que se decide. Vos podés estar decidiendo algo sin saber que estás decidiendo; solamente en los efectos y en las consecuencias se valorará el verdadero alcance y significado de lo decidido.
 
J.C.I.: Sí, pero el imperativo, las consecuencias de esa decisión las menciona. No es gratuita esa decisión. Esa decisión ata y lo hace de una manera inconsciente. Como imperativo. Dice palabras que al psicoanálisis le interesan mucho. Habita en el inconsciente un imperativo. Yo creo que generalmente llegamos más o menos al mismo punto, pero creo que se podría despejar de esa manera algo de la pregunta inicial. En eso me parece que la práctica analítica en Lacan es una cosa que está referida a la decisión.
 
R.C.: Yo estoy de acuerdo, pero el psicoanálisis arriesgaría la tesis siguiente: no hay relación sexual. ¿Es una decisión?
 
J.C.I.: Sostener ese juicio es una decisión.
 
R.C.: Yo creo que el psicoanálisis no puede decir que eso es una decisión, porque la decisión es un problema central de la subjetividad. Es decir, que solamente puede entenderse la decisión a partir de ese principio invariante. Pero si ese principio invariante al mismo tiempo es una decisión, es una decisión que se basa en una decisión. Yo creo que el psicoanálisis al decir “partimos de tal o cual cosa”, no dice que se trata de una decisión, sino que es el inconsciente mismo que operó para que yo pueda decidir de esa manera. “Cuando yo hablo -dice Lacan-, escúchenme como si estuviera hablando otro, que es el inconsciente”. Entonces, ¿qué decisión hay ahí?
 
J.C.I.: Creo que debemos retornar a la referencia que dan las prácticas. La frase “no hay relación sexual” como tal, como noción, que la discutan los filósofos, los sociólogos, a nosotros no nos interesa... El tema es si a través de un análisis en ese punto, un sujeto puede decidir eso (que no hay relación sexual) y hacer de eso una orientación en su vida. La abstracción general de “no hay relación sexual” no nos interesa para nada. El asunto pasa por si un sujeto la asume en la singularidad de su juicio. Es interesante, sí, pero Badiou admite que ahí se anuda con algo que va a empezar a exigir, a ser un imperativo que trasciende la dimensión consciente de la propia decisión.
 
R.C.: ¡Qué lío que hicimos!