27 de febrero de 2021

Acerca de Cortázar, el cronopio inmortal (VI). Nicolás Cócaro

En 1932 Cortázar obtuvo el título de maestro, lo que le permitió ejercer el magisterio. Ese mismo año hizo un descubrimiento que le cambiaría por completo su visión de la literatura. Años después evocaría su encuentro deslumbrante con un libro del escritor francés Jean Cocteau (1889-1963). “Un día, caminando por el centro de Buenos Aires, entré en una librería y vi un libro de un tal Jean Cocteau, que se llamaba ‘Opio’ y se subtitulaba ‘Diario de una desintoxicación’. Lo compré, me metí en un café y, de eso me acordaré siempre, empecé a leerlo a las cuatro de la tarde. A las siete de la noche estaba todavía leyendo el libro, fascinado. Ese librito de Cocteau me metió en la cabeza, no ya en la literatura moderna, sino en el mundo moderno. Ese fue un poco mi camino de Damasco, porque recién en ese momento me caí del caballo. Y sentí que toda una etapa de vida literaria estaba irrevocablemente en el pasado y que delante se abría un mundo del que yo todavía no entendía muy claramente las cosas”.
A mediados de ese año, además, el Centro de Estudiantes del colegio Mariano Acosta comenzó a publicar la revista semestral “Addenda”. En ella colaboraron, entre otros, el profesor de Literatura griega y de Literatura castellana Arturo Marasso (1890-1970) -al que Cortázar siempre recordaría por ser quien le animó su vocación de escritor prestándole libros de poetas griegos-, el profesor de Lógica y Filosofía Vicente Fatone (1903-1962) -quien le alimentó su fascinación con los mitos griegos- el pedagogo Pablo Pizzurno (1865-1940), el futuro guionista cinematográfico Abel Santa Cruz (1915-1995) y el poeta Fermín Estrella Gutiérrez (1900-1990), quien se había graduado en el mismo colegio como profesor en Letras quince años antes. Cortázar fue su subdirector en los dos números de 1934 y en uno de ellos apareció el poema “Bruma”. En todos los casos firmó como J. Florencio Cortázar. Al año siguiente ya asumió como director y entre los redactores figuraban sus amigos Reta, Jonquières y D’Urbano.
Según cuenta el escritor y crítico literario argentino Roberto Ferro (1944) en el ensayo “Julio Cortázar entre viajes y bibliotecas”, aparecido en 2014 en la revista “Letral”, una publicación electrónica del Departamento de Literatura Española de la Universidad de Granada, los alumnos habían fundado una peña literaria llamada “La guarida”, la que se reunía en el sótano del café Edison situado en la avenida Rivadavia entre las calles Gral. Urquiza y 24 de Noviembre. Una tarde de junio de 1936 recibieron la visita del poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973). En aquella velada, Cortázar leyó ante el visitante y los profesores y alumnos que numerosamente habían concurrido, una conferencia titulada “Paralelo entre la poesía de Enrique Banchs y la de Pablo Neruda”. “La importancia que la poesía de Neruda tenía en el espacio literario argentino a la fecha de aquel encuentro -puntualiza Ferro-, es un indicio que permite caracterizar el lugar destacado que sus compañeros le otorgaban a Cortázar, elegido para exponer ante tan distinguido visitante”.
Por entonces ya había obtenido el título de Profesor Normal en Letras y, a mediados de 1937, fue designado profesor en el Colegio Nacional de Bolívar. Dos años después fue trasladado a la Escuela Normal de Chivilcoy en la que dictó las cátedras de Geografía, Historia e Instrucción Cívica. También participó en numerosas actividades relacionadas con la literatura, la traducción, además de dar conferencias y escribir junto al director de cine Ignacio Tankel (1912-1984) el guión de la película “La sombra del pasado”, filmada en esa ciudad y estrenada en Buenos Aires. En la llamada Peña de la Agrupación Artística se relacionó con distintos colegas profesores y escritores, entre ellos un joven Nicolás Cócaro (1926-1994), quien con el paso del tiempo se licenciaría en Filosofía y Letras y se convertiría en ensayista, crítico literario y periodista. Sería él quien, en 1993, publicaría “El joven Cortázar”, libro en el que reunió escritos, fotografías y cartas que evocan el paso de Cortázar por Chivilcoy. Seguidamente se transcriben partes de dos de sus textos, los titulados “Los primeros cuentos” y “Julio Cortázar, el escritor”.
 
Ahora mismo lo estoy viendo en un lejano pueblo de la llanura pampeana mientras habla con voz armoniosa, mientras sobresalen como una nota rítmica las erres a la francesa. Ahora mismo Julio Cortázar alarga el cuerpo, coloca una pierna sobra la otra, y conversa pausadamente con la certeza de un hombre que dice lo que siente sin darse cuenta que de antemano, ha cautivado al otro. Los dedos más finos, largos y viriles que he conocido ojean la revista “Oeste”. Julio contribuyó con su magro sueldo para que, desde aquel rincón de la llanura, Domingo Zerpa, el poeta de Jujuy; Ernesto Marrone -el poeta Marroni, nacido en Chivilcoy, que aparece en “La vuelta al día en ochenta mundos”- y yo, pudiéramos hacernos conocer en América con esa publicación. ¿Traía un mensaje renovado ese volante de poesía? Pues, la orientación, muy cortés, muy firme, señera de Cortázar. Además, le sacudió el polvo a la vieja apreciación de las escuelas literarias. Seleccionaba las colaboraciones. Así aparecieron en sus páginas los nombres de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillen, Miguel Ángel Asturias, Rafael Alberti, Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock, Ernesto Sabato, Antonio Requeni, Carlos F. Grieben y también los primeros poemas de Cortázar, además de las traducciones de Eliot que preparó Wilcock y mis poemas que él autorizó con afecto.
Después se sucedieron los días de su alejamiento de Buenos Aires. Cortázar fue designado profesor en la Universidad de Cuyo, Mendoza, Argentina y, desde allí continuó escribiéndome. Recibí también, “Presencia”, su primer libro de poemas, que escribió y publicó con el pseudónimo de Julio Denis. Lo acompañaba un valioso ensayo y una traducción: “Oda a una urna griega”, de John Keats. Mientras tanto su lección no había caído en tierra baldía. Tanto el poeta jujeño Domingo Zerpa como yo, empezamos a leer con detenimiento a los poetas de la generación española de 1927. Recuerdo nuestro fervor ante los libros de Luis Cernuda, Jorge Guillen, García Lorca, Gerardo Diego, Rafael Alberti.
Alguna vez, sin aleccionar, pues enseñaba conversando con la sinceridad rigurosa y entrañable del amigo, mencionó los ensayos de Dámaso Alonso sobre Góngora. Con qué pasión de cazadores furtivos nos dimos a la tarea de localizar la edición. Y cuánto aprendimos con esos poemas del culteranismo y a través de los sagaces comentarios críticos. Tal vez fue Domingo Zerpa, el autor de “Erques y cajas”, poemas rebeldes contra los usurpadores de los pocos bienes y de la pobreza coya, quien encontró las traducciones y algunos libros en su idioma original de los surrealistas franceses. Y también a través de Cortázar conocimos los poemas de Rimbaud, poesía que parecía ejercer sobre él una particular atracción. Y también Verlaine, Valéry, Mallarmé. Así me recomienda en sus cartas que los lea, que los asimile, que no caiga en el espíritu aldeano, que nos vuelve estrechos y egoístas, que levante la mirada hacia algo que es más difícil y que está más lejano, acaso en el deslinde borroso de nuestros sueños.
Juntos paseamos muchas veces por las calles rectas, monótonas de Chivilcoy, nombre de origen ranquel de un pueblo, que significa “El-todo-agua”. Es una ciudad que tiene forma de damero: en el centro, alrededor de la plaza, la iglesia, la Municipalidad, el club social, la escribanía, la confitería, los zaguanes de las casas de las familias tradicionales, y en las veredas los mendigos, y junto a sus carros los campesinos que se abastecen en el almacén de ramos generales.
Cortázar quería conocer la casa del “Hombre de color verde”. Era un personaje singular, manso, bonachón, que vestía de verde, que andaba montado en una bicicleta verde, y tenía tres casas verdes -“La verde pura”, “La verde esperanza” y “La verde Musitani”, que era su apellido-, y una bóveda ostentosa en el estrafalario y soberbio cementerio local. ¡Qué contraste con los pobres agricultores, esta soberbia de la última morada!, como escribían en el diario local. Así, decía el personaje, iba a dormir su siesta, que era una manera de acostumbrarse a morir. Y ahí está en “La vuelta al día en ochenta mundos”. Recuerdo que Cortázar se interesó entonces por el cine, con el productor Tankel preparó el argumento de una película interpretada por artistas jóvenes. Algunos locales. También seleccionó una obra de teatro de Belisario Roldan, “El puñal de los troveros”, para un festival estudiantil. Entre sus amigos entrañables se contaban también, además de Domingo Zerpa, la profesora Ernestina Iavicoli, José M. Gallo Mendoza, Francisco Falabella, Donato Cocozza y el joven David Almirón.
Seguramente en el pueblo todavía se mencionaba un romance. Cortázar tuvo una novia o una simpatía, como se solía designárselo en esos años, y se llamaba señorita Martin. Tenía su casa, la casa del sastre, cerca de la Escuela Normal. Cortázar dictó en ese establecimiento, entre 1939 y 1944, Historia, Geografía e Instrucción Cívica. De modo que ella lo veía pasar a menudo. Cuando Cortázar pernoctaba en Chivilcoy lo hacía en la pensión Varzilio, ubicada en las proximidades de la plaza principal de la ciudad. Me consta, porque juntos agitábamos las calles tristes del pueblo, que solía encontrar a la señorita Martin en la plaza España. ¿Cómo era ella? En mi memoria, era alta, muy alta, como Cortázar, de ojos vivaces y sonrisa muy Mona Lisa. La plaza, junto a la Escuela Normal, poseía mayólicas con escenas de Quijote, que llevaron a la ciudad la colectividad española enviadas desde Talavera de la Reina.
Ella, la señorita Martin, era una destacada nadadora local, la piscina del Club Empleados de Comercio estaba frente a la Plaza España. De ahí la clave de la cita.
En una oportunidad me pidió (volvía yo en los suburbios del pueblo y conocía todos los rincones de aquella población) que fuésemos a visitar almacenes, locales en donde se reunían malandrines, campesinos, compadritos y artistas fracasados. Se jugaba al truco y a la taba, ahora me doy cuenta que Julio se estaba alejando de las lecturas, de su modo intelectual, por ejemplo, de Joyce, de Keats, y se acercaba al espíritu de América. Así lo hicimos. Caminábamos de noche por arrabales, calles de tierra y visitábamos clubes de barrio, pobretones. Así conoció a “La Gallinita”, una morena bailarina de tangos, criolla, se comentaba, de ojos filosos y deseos filosos; al “Negro Ibañez”, famoso por sus cortes y quebradas bailando tangos; a Barca Moreno y su orquesta, la tristísima orquesta que dejaba oír sus lamentos en los clubes de extramuros, formada por un violín, un bandoneón y contrabajo. Conoció bailarines de tangos y milongas, compartió vasos de vino con jugadores de truco y vio a boxeadores de mala muerte, en cuadriláteros improvisados con bolsas, que se sentían campeones. Solía entonces hablarme, en los regresos por las calles que fatigaban nuestros sueños, de jazz, más precisamente, de “hot jazz”. Cuánto sabía. Qué bien lo expresaba.


Con Domingo Zerpa, dueño de una biblioteca apasionante dedicada a los autores de la América Hispana, en primer lugar a P. Henriquez Ureña, Julio Cortázar se familiarizó -arriesgo y conjeturo- y conoció a autores de nuestro continente. Cito de memoria: “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos; “Don Segundo Sombra”, de Güiraldes; “Huasipungo”, de Icaza, “El señor presidente”, de Miguel Ángel Asturias, y los libros del aprista Ciro Alegría, que tanto entusiasmo despertaron en él. De manera especial “El mundo es ancho y ajeno”.
El director Carlos Santilli, del diario socialista “El Despertar”, de Chivilcoy, le pidió a Julio un cuento para un número especial. El mañereó. Poco y nada hablaba de su obra, para entonces incipiente. Dijo que tenía algunas páginas escritas. Que, en fin, lo iba a pensar. A la semana siguiente entregó un cuento titulado “Llama el teléfono, Delia”. Según entiendo era anterior a “Casa tomada”. Como debía viajar a Mendoza me pidió que corrigiera las pruebas. Quería que apareciera sin erratas. ¡Que inconsciencia la mía! Corregí las pruebas de galera, pero olvidé las de página. Todavía en el pueblo se componía a mano y se imprimía en la máquina llamada “plana”. El cuento apareció en 1941 en “El Despertar” plagado de errores. Lo firmaba Julio Denis. Cortázar me dijo, con tono amigable y dolido, que era tan importante corregir un cuento como escribirlo. Nunca lo olvidé.
“Llama el teléfono, Delia” por su estructura se define como cuento fantástico. Un sólo elemento sobrenatural guarda la clave del problema tiempo. Distrae la atención del lector con enunciados externos: la voz del locutor de radio, percusión de un “blue”, el Gabinete de Daladier en peligro, un nuevo modelo de automóvil. Hay que prestar atención al diálogo cortante, cargado de presagios, que resuelve la acción, de manera acuciante, con economía de sustantivos y adjetivos.
El cuento “Bruja”, apareció en 1944 en “Correo Literario”. No me explico la razón que tuvo Cortázar para no incluirlo en sus libros. El ambiente pueblerino, lo fantástico, con fino sentido de crueldad, con la desusada integración de los elementos mágicos, dan origen a un cuento magistral. Tal vez, convenga señalar un lejano parentesco con “Las ruinas circulares”, de Borges. La otra lección que nos queda a los escritores, más allá de su literatura perdurable, la dio Cortázar sintiéndose hombre universal y libre.
(…)
Hace muchos años, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, un grupo de escritores aprendió la lección nueva, que vertió un joven alto, solitario, de cara pecosa, llamado Julio Cortázar. Aquel profesor, aquel erudito, de largo sobretodo y bufanda, Julio Cortázar, llevaba hasta la ciudad del oeste, el aire renovador de la literatura de los años cuarenta, sin que pusiera énfasis en el tono revolucionario. Este nacía espontáneamente. Se hablaba de Lorca, Alberti, Salinas Guillén, Cernuda y se citaba a Baudelaire, Rilke, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé y Valéry, gracias a sus enseñanzas.
Durante muchas tardes y algunas noches, porque Cortázar casi siempre regresaba a Buenos Aires, solíamos reunirnos en la casa de José María Gallo Mendoza, un colega de la Escuela Normal y del Colegio Nacional, cuyo único tema era “Sherezada” y “Las mil y una noches” o lo hacíamos en la pequeña y acogedora pensión en la que vivía el jujeño Domingo Zerpa. Los más jóvenes seguían interesados en el diálogo de Cortázar y Zerpa. El poeta de “Puya-Puyas” comentaba las tropelías que se cometieron en América con el aborigen, recurriendo a uno de sus defensores, el dominicano Pedro Henríquez Ureña. Su biblioteca se especializaba en temas latinoamericanos. Cortázar entonces citaba al padre Las Casas, hacía observaciones profundas y certeras. Y Zerpa -coya de pómulos abultados- relataba las rebeldías, hablaba de los arriendos que no podían pagar los aborígenes en el siglo pasado y también del éxodo jujeño.
Cortázar -el escritor Cortázar- tenía una voz levantada, segura, cristalina. Nada escapaba a su mirada perspicaz. Podía referirse a un libro de Amado Alonso sobre Neruda, con aquella anécdota que, ya no recordamos si era de Zerpa o de Cortázar: Alonso persiguiendo cortésmente a Neruda para que le aclarara la metáfora tal o cual, y Neruda diciendo lo primero que le venía a la mente para evadirse. Tal vez, aleccionaba sobre el lirismo de los cantos de “Residencia en la tierra”, exaltando al poeta chileno con equilibrada soltura, sin caer, políticamente, en lo tendencioso. O se refería a “El barco ebrio”, de Rimbaud, para que repitiéramos el ritmo de “cuando yo descendía los impasibles ríos”, o el soneto “A las vocales”.
Cuánto aprendimos entonces oyéndolo referirse a la obra de Rilke, a “Las elegías de Duino” o “Las cartas a un joven poeta”. Aquel nombre, Kappus, todavía vibra en nuestros oídos con el timbre de voz de Cortázar, esa manera tan suya de pronunciar “Kappus”, y también Hólderlin, con “ó” rítmica, endiablada, al igual que la celta y después alemán “ü” que los latinoamericanos jamás podremos pronunciar. Solíamos ir hasta alguna quinta. Hablábamos de incorporar lo mejor de la joven poesía de América a las páginas de nuestro volante literario “Oeste”, que editábamos con su ayuda. Cortázar sonreía. Recomendaba estudio y persuasión: “La realidad y el deseo”, de Cernuda; “Poesía”, de Alberti, y “Canto”, de la uruguaya Sara de Ibañez.
Caminábamos con Cortázar algún sábado, al atardecer, hasta la casa del hombre que vestía siempre de verde, cuando la pampa cae prisionera del silencio y entonces se piensa en el cosmos o en la nada. Para nosotros era decisiva su versación literaria en literaturas sajonas -Keats, Joyce-; o alemana -Hólderlin, Stefan George, Rilke, o francesa- Mallarmé, Proust, Claudel, Rimbaud-, pero, de manera notable, encontró el tono de la literatura americana y acaso el deslumbramiento político, que se acentuó en él más tarde, con la lectura de “El mundo es ancho y ajeno”, del aprista peruano Ciro Alegría, o con “Huasipungo”, de Jorge Icaza, o con “El señor presidente”, de Miguel Ángel Asturias. A través de su conversación entramos en la literatura y en la filosofía, pero más en la literatura americana, por la bíblica “puerta estrecha” a la que solía referirse André Gide. Más tarde, Cortázar nos enviaría “Presencia”, poemas con el pseudónimo de Julio Denis, libro hoy inhallable, o publicaría en el suplemento literario de “La Nación”, el cuento “Ómnibus”.
¿Tenía enemigos y admiradores ocultos? Sí. Acaso sí, porque Cortázar era, para aquel lugar de provincia, culto, sin duda, el símbolo del erudito e intelectual que pone al tradicionalista, y no a la tradición, patas para arriba. Era el escritor que no quería volver al pasado, sino que daba una nueva vuelta de tuerca para actualizar a los que se quedaron mirando hacia atrás. Tal vez, fueron sencillos contrincantes que no alcanzaban a definirse, como lo hacía el autor de “Los reyes” y lo hostigaban con comentarios, sabedores de la importancia del escritor. Pero, también, tenía admiradores, y muchos, hombres y mujeres.
Cuando Cortázar, combatiente contra las dictaduras, como se lo ha calificado, circuló por los avatares políticos de América -entre denuestos y palabras admirativas- (Cuba, el “Che” Guevara, el tiempo chileno de Allende, Nicaragua) y escribió los cuentos perdurables y ejemplares, y novelas y poemas, evocamos aquellos días y también la imagen del joven y resistido maestro. Muchas veces nos preguntamos al volver sobre el tema de América, ¿Cortázar influyó sobre Zerpa, que es lo más probable, o el coya influyó sobre Cortázar con sus ideas americanistas? No podremos afirmar ni lo uno ni lo otro.
Destruyó algunas novelas. No sabemos si también lo hizo con la narración “El arquero y las nubes”, que cita en sus cartas. Enseñó, además a un grupo de jóvenes a escribir, a leer -desde Neruda y Eliot hasta Ezra Pound-, y a defender con esfuerzo, esa palabra despreciada que se llama cultura, sin poner énfasis en la política contra la literatura, sin atropellar la literatura con la política. Persistió, lo hemos leído, con su ideal de la democracia de América. Y eso, a nuestro juicio, es más duradero que las etiquetas políticas, cuando las ideas deben vivir como un torrente, y deben actuar hasta encontrar el equilibrio que fusione tradición y renovación. Entonces, se impone el escritor -Sarmiento, Mitre, Hostos, Martí, Mariátegui, Borges, Heriquez Ureña-que construye un universo libre con sus sueños creadores. De ahí, la vigencia cultural de América. De ahí Cortázar.