2 de marzo de 2021

Acerca de Cortázar, el cronopio inmortal (VII). Ricardo Piglia

De su paso por el aislamiento provinciano típico del medio rural bonaerense en el que se encontraban las ciudades de Bolívar y Chivilcoy, Cortázar no almacenó muchos buenos recuerdos. De la primera diría en una de sus cartas: “La vida, aquí, me hace pensar en un hombre a quien le pasean una aplanadora por el cuerpo. Solo hay una escapatoria, y consiste en cerrar la puerta de la pieza en que se vive y buscar un libro, un cuaderno, una estilográfica. Nunca, desde que estoy aquí, he tenido mayores deseos de leer. Por suerte que me traje algunas cosas, y podré, ahora que estoy más descansado, dedicarles tiempo. El ambiente, en y fuera del hotel, en y fuera del Colegio, carece de toda dimensión. Los microbios, dentro de los tubos de ensayo, deben tener mayor número de inquietudes que los habitantes de Bolívar”. En cuanto a la segunda, en otra carta diría: “Chivilcoy es una ciudad orgullosa de sí misma, que no advierte sus graves defectos y se complace en perpetuarlos”, además de contar “con un cuerpo de profesores que -salvo honrosísimas y muy raras excepciones- desarrollan sus actividades dentro de un marco de mediocridad tan desoladora como exasperante”. Como balance de esa experiencia diría en otra de sus cartas: “No alcancé ni la más pequeña parte de todo lo que anhelaba, pero acaso es mejor así; basta con haberse propuesto lograr fines, haber intentado el salto… El logro depende de contingencias, de la buena o mala suerte… Sí, no me quejo de mi vida; soy de los que enfrentan el futuro sin esperar de él otra cosa que serenidad”.
El 4 de julio de 1944 llegó a su casa de General Artigas nº 3246 del barrio de Villa del Parque en Buenos Aires, una carta del Ministerio de Educación en la que le ofrecían impartir tres cátedras -dos de Literatura Francesa y una de Literatura Europea Septentrional- en la recién fundada Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza. Cuatro días más tarde, Cortázar llegaría a Mendoza, ciudad en la viviría hasta diciembre de 1945. Durante ese año y medio de vida mendocina realizó un trabajo docente loable, introduciendo a sus estudiantes en el romanticismo francés de Alphonse de Lamartine (1790-1869), en el simbolismo franco-belga de Stéphane Mallarmé (1842-1898) y Arthur Rimbaud (1854-1891), y en el romanticismo británico de William Wordsworth (1770-1850), Lord Byron (1788-1824), Percy Shelley (1792-1822) y John Keats (1795-1821).
“¡Es la primera vez que enseño las materias que prefiero! -diría en una carta a una amiga- Es la primera vez que puedo entrar a un curso superior y pronunciar el nombre de Baudelaire, citar una frase de John Keats, ofrecer una traducción de Rilke. Esto se traduce en felicidad, en una indescriptible felicidad a la que se agrega la visión de las montañas, el clima magnífico, la paz de la casa donde vivo”. Además de no descuidar sus clases, concluiría por entonces el volumen de cuentos “La otra orilla” y la novela “Soliloquio”, a la que en un comienzo había pensado en llamarla “Las nubes y el arquero” -la primera sería publicada póstumamente y la segunda se extravió según algunos testimonios o fue quemada por él mismo según otros- y avanzaría considerablemente en la escritura de los cuentos de “Bestiario”, libro que, una vez publicado, ejercería una notable influencia en los jóvenes escritores latinoamericanos. En él, Cortázar puso en evidencia que lo fantástico es un sentimiento y una forma de ver y transitar la vida donde lo real y lo irreal no pertenecen a dos mundos distintos sino que conviven.
El escritor y crítico literario argentino Ricardo Piglia (1941-2017) fue uno de los que recibió esa influencia. En 1967, en medio del llamado “boom latinoamericano” -del cual Cortázar fue uno de sus principales protagonistas- publicó en La Habana su primer libro: “Jaulario”, con el que obtuvo una mención especial en el concurso literario hispanoamericano que organiza la Casa de las Américas. Sin embargo, tal vez pensando que el título sonaba demasiado cortazariano, cuando se editó en Buenos Aires le cambió el nombre por “La invasión”, modificándole algunos textos y el orden de los relatos. El autor de “Respiración artificial” y “Plata quemada” mantuvo a lo largo de su vida una relación ambigua con Cortázar, lo que puede apreciarse en los sucesivos ensayos que escribió tiempo después: “Sobre Cortázar” en “Crítica y ficción” (1986) y “Sobre la interpretación narrativa. Notas para una conferencia” en “La forma inicial” (2015). También, al cumplirse cincuenta años de la publicación de “Rayuela”, escribió el artículo “Homenaje a Julio Cortázar” en la  revista “Recial”, la plataforma electrónica de la Universidad Nacional de Córdoba. Trozos de esos tres trabajos se reproducen seguidamente.
 
Habría que decir que “El examen” pertenece a una época que muchos consideran la mejor de Cortázar, los años en que escribe “Bestiario” y los primeros relatos de “Final del juego” y se mueve discretamente por Buenos Aires en vísperas de su partida definitiva para Europa. Como otros escritores argentinos de aquel tiempo (sobre todo Wilcock), el Cortázar de 1950 evoca al esteta refinado y vanguardista: su marco de referencia es la figura heroica del artista como exiliado. El escritor que abandona su tierra y desprecia todo lo que puede atentar contra la integridad de su arte. (La consigna de Dedalus: “Silencio, exilio y astucia”). Se trata de uno de los modelos morales de la cultura contemporánea, cercano siempre a otra figura ejemplar: la del exiliado político, el revolucionario perseguido, el hombre utópico que lucha contra el poder. Como se sabe, Joyce y Lenin andaban por las mismas calles de Zurich. El artista y el revolucionario se unen en su desprecio del mundo burgués y la imagen del poeta como un conspirador que vive en territorio enemigo es el punto de partida de la vanguardia desde Baudelaire.
Rimbaud en las barricadas de la Comuna: allí se sintetiza el imaginario de la vanguardia. La ruptura de la tradición conformista del escritor progresista y sensato es el lugar donde convergen experiencias tan disímiles como las de Brecht y Ezra Pound. La evolución política de Cortázar a partir de los años ‘60 se decide en ese marco (y el surrealismo, por supuesto, tiene una importancia clave). Basta comparar, en fin, el itinerario político y literario de Sábato y de Cortázar para comprender un aspecto decisivo del debate cultural en la Argentina en estos años.
Esta ideología de la negatividad y del rechazo suele ser la trama básica de los grandes textos de Cortázar (en especial de “Rayuela”) pero también de sus dos mejores relatos, “El perseguidor” y “El otro cielo”, donde los rastros de Charlie Parker y de Lautréamont construyen la figura del artista como criminal que lleva al límite la ruptura con el mundo. Ese lugar desplazado y negativo, de oposición tajante, un poco aristocrático, del escritor enfrentado con la realidad, se ve trastornado, obviamente, por el éxito. Podría pensarse que el mayor drama de Cortázar fue el éxito que siguió a la publicación de “Rayuela”.
La clave de la literatura contemporánea ya no era, como en los tiempos heroicos de sus admirados Keats y Poe, la historia del fracaso del artista, sino más bien la historia de los efectos del éxito. ¿Cómo hacer para no ser comprendido por los contemporáneos? ¿Cómo sobrevivir al reconocimiento? Cortázar condensa mejor que nadie esa cuestión en la literatura argentina. Una literatura, dicho sea de paso, donde no hay nadie que en algún momento no reciba su cuota de fama y de aceptación. Todos los escritores argentinos, se podría decir, tienen éxito, tarde o temprano. Pero no todos alcanzan el éxito que obtuvo Cortázar con “Rayuela”: sólo Puig y Borges lograron después al mismo tiempo la consagración crítica y la aceptación del mercado. (Inmediatamente empieza el reflujo: inevitable ya en el caso de Borges, cuya pérdida de prestigio se puede pronosticar sin demasiado riesgo; injusto en el caso de Puig, que fue excluido de la escena literaria y de sus debates sin que nadie se haya dado cuenta, por lo visto, de que en 1980 se publica “Maldición eterna a quien lea estas páginas”, una de las mejores novelas argentinas). La conciencia estética de Cortázar, la imagen del escritor que construye su obra en la soledad y el aislamiento se fracturó, podría decirse, con el éxito de “Rayuela”. Por un lado Cortázar se plegó al mercado y a sus ritos, y en un sentido después de “Todos los fuegos el fuego” ya no escribió más, se dedicó exclusivamente a repetir sus viejos clichés y a responder a las demandas estereotipadas de su público.
Por otro lado trató de mantenerse fiel a su ideología de la negatividad estética y a su poética de la vanguardia y politizó su figura pública adhiriendo a la causa de la revolución. Sin duda se pueden discutir todas las posiciones políticas de Cortázar (y la historia dramática de sus relaciones con la política se sintetiza en la correspondencia publicada en el número que le dedica “Casa de las Américas”), pero no se puede ver ahí una contradicción con sus postulados literarios o una traición a sus fidelidades artísticas, ni se pueden tampoco aceptar las críticas que enuncian los intelectuales moderados que cultivan el lugar común y el justo medio (como los que se agrupan en uno de los más homogéneos órganos culturales del oficialismo, la revista “Plural” de Buenos Aires, que incluye en una de sus últimas entregas una crítica a las declaraciones políticas de Cortázar).
Las tensiones con la política y con el mercado en un momento muy anterior de su historia están ficcionalizadas en “El examen”, la novela escrita en 1950 que Cortázar se decidió a publicar unos meses antes de su muerte. Testamento literario de un escritor que regresa a sus orígenes, este libro anticipa muchos de los tics futuros de la peor escritura “fácil” de Cortázar (sobre todo su insoportable humor estilo María Elena Walsh) y muestra el tipo de construcción básico en todas sus novelas. Porque el pequeño grupo de iniciados cuyas aventuras sostienen la trama de “Los premios”, “Rayuela”, “62/Modelo para armar” y “Libro de Manuel” aparece aquí ya constituido: Andrés, Juan, Clara y Stella anticipan y reproducen de un modo nítido el tono y las relaciones que unen, por ejemplo en “Rayuela”, a Oliveira, Traveler, Talita y Gekrepten.
Al mismo tiempo se trata centralmente de una novela sobre el mundo literario, como son “El mal metafísico” de Gálvez o “Aventuras de un novelista atonal” de Alberto Laiseca. ¿De qué modo se representa un escritor los movimientos, las luchas y la situación literaria? En “El examen” el aislamiento, la marginalidad (“En este país uno escribe por lo regular para los amigos, porque los editores están demasiado ocupados con los séptimos círculos”), el cuestionamiento de las jerarquías literarias y el intento de armar otras tradiciones (la línea Arlt, Marechal, Felisberto Hernández se reivindica explícitamente) son puntos esenciales.
Sin embargo la tensión central de la novela se construye a partir de la presencia vulgarizadora de la cultura de masa. (“Esa abyección de la música, cualquier música, cuando la echan desde los parlantes en serie, la degradación de algo hermoso”). La masificación de la alta cultura es el nudo dramático de la novela. Esto aparece cristalizado sin ninguna sutileza en la historia ingenuamente kafkiana de “Casa tomada”, donde lectores con voz radiofónica difunden para un público degradado y confuso obras de la gran literatura (pero en su idioma original). En el terreno vulgarizado de la cultura se juega el destino de los héroes de Cortázar.
A la historia literaria se le superpone una fábula política que tiene un contexto preciso: “El examen” puede ser leído como otra versión de la abigarrada serie de textos sobre el peronismo que, desde “Sábado de gloria” de Martínez Estrada a “La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy, reconstruyen de un modo alucinatorio la mitología de ese mundo primitivo y brutal que se encarna en los cabecitas, los tapes, los representantes ficcionalizados de las clases populares (“Te voy a decir que cada vez que veo un pelo negro lacio, unos ojos alargados, una piel oscura, una tonada provinciana, me da asco”). Representación (en la acepción electoral de la palabra, habría que decir) definida antes que nada por la paranoia y el pánico. Buenos Aires se hunde y se resquebraja, invadida por hongos, disuelta en una niebla envenenada, cruzada por rituales primitivos. (La gente marcha a la Plaza de Mayo para reverenciar: ¡un hueso!).


La pesadilla de la historia funciona aquí en todo su esplendor. Por este lado la novela se emparenta con “La peste” de Camus, de donde viene la metáfora de la ciudad sitiada y en descomposición, pero también con el Onetti de “Para esta noche”, con su clima sombrío de persecución y opresión política (las escenas básicas de las dos novelas se sitúan en el bar “First and Last”). La busca de la solución alegórica es el núcleo del proyecto narrativo de Cortázar. Y la mirada alegórica, como se ha dicho, siempre es melancólica y contemplativa. Así, “El examen” narra la visión persecutoria del artista contemplativo y melancólico, que se ve acosado por el peso insoportable de la realidad encarnado a la vez en el mercado y en la política. En relación con esos dos planos se define la historia dramática de la poética de Cortázar y también los destinos de su vida de escritor.
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En “62/Modelo para armar” Cortázar utiliza un capítulo de “Rayuela” como indicio o germen de una ficción posible. La novela se despliega a partir de la noción de figura, una construcción espacial que determina la vida de los personajes. Retoma así, y lleva al límite, el procedimiento formal de algunos de sus mejores cuentos (“La noche boca arriba”, “Axolotl”, “La flor amarilla”, “Todos los fuegos el fuego”, “El otro cielo”) donde ya intentaba ir más allá de las estructuras lineales de la narración y establecía conexiones espaciales entre distintos episodios y épocas de un relato múltiple.
Se puede analizar este procedimiento con la breve definición de la interpretación musical que hiciera Ralph Vaughan Williams en “Algunas reflexiones sobre la Sinfonía coral de Beethoven con escritos sobre otros temas musicales”: “Una partitura es simplemente un indicio de música potencial”. Un relato siempre puede ser interpretado, es decir, vuelto a narrar. La realización de esa forma potencial está ligada también a la memoria de otras tradiciones interpretativas. Antes de grabar el movimiento lento del concierto en sol menor de Bach, el pianista Glenn Gould le anticipó a su productor Andrew Kazdin: “Voy a tocar con toda suerte de voces interiores y de síncopas, muy en la línea de Wanda Landowska, con un aire al estilo del Modern Jazz Quartet”.
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La literatura como práctica social sí puede hacer algo. La pregunta singularizada es el problema. Para qué sirve la literatura es un clásico, pero en nuestro país parece que sólo fue la política la que encontró ese debate, el anclaje, pero tenía las mismas formas sobre las armas y las letras, la vida o la literatura. Yo creo que son cuestiones que están abiertas a la discusión. El caso de Cortázar es otro ejemplo, porque la fascinación con la revolución cubana y nicaragüense lo pone en contradicción con un tipo de interlocutores que empiezan a considerar su literatura previa como muy escapista, como muy pobre, en lo que debe entenderse como función de la literatura. El problema es que Cortázar se hace cargo de eso, e intenta justificarlo y responder a algo que está mal planteado. Si nosotros nos preguntamos quién es el escritor que escribió las novelas políticas más intensas de los años de la dictadura, ¿quién aparece? Yo diría que fue Manuel Puig con “Pubis angelical” o “El beso de la mujer araña”.
Y, sin embargo, Puig es el escritor menos político que se  pueda imaginar, pero puso el tema de las relaciones que hoy están en el centro de la discusión. El modo que se resuelve eso no siempre responde a la conciencia más clara que tiene un escritor. Entonces Cortázar respondía tratando de ser él claro y explicar lo que él escribía y no dándole a su literatura el grado de incertidumbre que tenía. Tenía características personales muy particulares, seguramente él también sentía que no tenía ganas de repetirse, y ahí empiezan a jugar otras discusiones, y ver de qué manera hay tensión entre la concepción de la literatura y la concepción de la política. Cómo se consigue mantener la tensión. Es importante considerar la posición política del escritor pero también es importante saber de qué manera se conecta con las condiciones materiales de la literatura, que es un elemento más de su concepción política.
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La experiencia tiene siempre algo inesperado y el final alude a la experiencia. En un relato el final decide el sentido, es un límite donde la separación entre literatura y experiencia está en cuestión. Lo que llamamos el final remite a una forma, pero la forma entendida como un marco, una frontera, un lugar de cruce. Un buen ejemplo sería “Continuidad de los parques” de Cortázar, un relato en el que está tematizada la lectura de una novela y el final inesperado -para el protagonista y para el lector- hace emerger, en el interior de la trama, la irrupción de lo real. Por un lado está la idea de cierre como lugar de cruce entre experiencia y literatura, y por otro, del cierre entendido como una especie de constricción, es decir, una condición de la forma.
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Hay un momento propio en la literatura que está en todos los escritores, incluso hasta en Tolstoi,  sobre la cual vale la pena reflexionar. Es el momento en que el escritor se pregunta: “Cómo salgo de este mundo cerrado de la literatura. Escapar a la realidad es una gran tradición literaria. Sucede que en Argentina la realidad significa la política, sobre todo por esos años. Le pasa incluso a Rodolfo Walsh; está escribiendo una novela, dando vueltas con algo que no le sale, y se va y se va y se mete en la política. Los beatniks, ya que hablamos antes de la generación beat,  y otros pueden encontrar yéndose al camino, hacia las drogas, etc. En cambio, en Argentina esa fuga se da casi exclusivamente hacia la política, es lo que se entendía por la vida.
Cortázar está muy conectado, de una manera deliberada, con una gran tradición de la novela argentina, una tradición que tiene como punto de referencia central la figura de Macedonio Fernández, y que, en este sentido, es necesario percibir, básicamente “Rayuela”, pero también el tipo de poética de la novela de Cortázar, como una realización y una culminación de una tradición muy fuerte de la novela en la Argentina, que tiene algunos nombres que son lo que inmediatamente uno asocia con la figura de Macedonio Fernández, es decir, Marechal -que pone a Macedonio como uno de los elementos centrales del “Adán Buenosayres”-, Roberto Arlt -que tiene con esa tradición una posición al mismo tiempo al sesgo y central-, y el propio Bioy Casares (el Bioy de “El sueño de los héroes”) e incluso el Onetti de “La vida breve”.
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Con las tecnologías y escrituras que circulan hoy, Cortázar encuentra un contexto productivo. Eso de salir con un coche a anotar  las aventuras de la ruta está muy en sincro con el presente. Se podría hacer una genealogía de sus lecturas para explicar esa conexión. Él estaba cerca de los autores de Oulipo, el surrealismo, está su interés por la fotografía. Sin duda, era un lector muy despierto, estaba muy al día. Es evidente que había leído a Walter Benjamin. ¿Y el Morelli de “Rayuela”? Vinimos a enteramos por el estudio del filósofo Carlo Ginzburg que Giovanni Morelli era aquel original crítico de arte que influyó en Freud y Connan Doyle. Creo que Cortázar va a persistir; su obra está siempre en proceso y en movimiento, lejos de haber quedado clausurada.