7 de agosto de 2022

Percepciones metafísicas acerca de la vejez (2). Desde la psicología y la literatura

Naturalmente no fueron pocos los escritores que lucubraron sobre la vejez en algunas de sus obras. Lo hizo, por ejemplo, José Ingenieros (1877-1925), psicólogo, sociólogo y escritor ítalo argentino, quien opinó en “El hombre mediocre”, ensayo  publicado en 1913, que “la vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que en la frente”. Agregó luego: “La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de comunicación con el mundo que les rodea. El viejo tiende a la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente a cierta hora de la vida. A medida que envejece, se torna el hombre infantil, tanto por su ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece contra el dolor como la tortuga se retrae debajo de su caparazón cuando persiste un peligro. Así llega a sentir un odio oculto por todas las fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las primaveras”.


Por su parte el escritor alemán Hermann Hesse (1877-1962) en “Gedanken zum alter” (Elogio de la vejez), ensayo en el que consideró que ésta era una etapa de transición en la que, en busca de una especie de equilibrio ante los achaques del cuerpo, las personas reactivan “aquel tesoro en imágenes que llevan en la memoria tras una vida larga, imágenes a las que, al reducir su actividad, le dan una dimensión muy diferente a la concedida hasta entonces. Personajes humanos, que ya no están sobre la Tierra, siguen viviendo en ellos, les pertenecen, les proporcionan compañía y los miran con ojos cargados de vida. Ser viejo es una tarea tan hermosa y sagrada como ser joven, aprender a morir y morir es una función tan valiosa como cualquier otra, siempre que se lleve a cabo con reverencia por el significado y la sacralidad de toda vida”.
Una de las grandes referentes del existencialismo, la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir (1908-1986), también se ocupó del tema. En el segundo tomo de sus memorias llamado “La force de l'âge” (La plenitud de la vida) escribió: “La muerte me espantó en cuanto comprendí que era mortal… Toleraba mal sentirme efímera, terminada, una gota de agua en el océano; a ratos, todas mis empresas me parecían vanas, la felicidad era un engaño y el mundo la máscara irrisoria del vacío”. Y se extendió en el tercer tomo titulado “La force des choses” (La fuerza de las cosas) afirmando: “¿Qué veo? Envejecer es definirse y reducirse. Me he debatido contra las etiquetas, pero no he podido evitar que los años me aprisionen. Viviré mucho tiempo en ese decorado en que mi vida se ha ubicado… He vivido tendida hacia el porvenir y ahora, recapitulo, en el pasado: se diría que el presente ha sido escamoteado.… La vejez: de lejos se la toma por una institución, pero es la gente joven la que súbitamente encuentra que es vieja. Un día me he dicho ¡tengo cuarenta años! Cuando desperté de esta perplejidad tenía cincuenta. El estupor que entonces se adueñó de mí todavía no se ha disipado”.


Por otro lado, el escritor argentino Ernesto Sabato (1911-2011), quien falleció un par de meses antes de cumplir los cien años, en su ensayo “Uno y el universo” se preguntó: “¿Qué se puede hacer con ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena. Pues a medida que nos acercamos a la muerte también nos acercamos a la tierra… pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos… la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez”. Y más adelante razonó: “Cuando empezamos a aprender este difícil oficio de vivir ya tenemos que morirnos. A nadie le gusta morir, creo… Pero creo que hay que esperar con dignidad la muerte, que no sabemos lo que es ¡Nadie sabe lo que es el otro mundo! Nadie”. También otro escritor argentino, en este caso Juan José Saer (1937-2005), hace alusión a la vejez en el cuento “En un cuarto de hotel” incluido en su libro de cuentos “Lugar” aparecido en el año 2000. Allí, refiriéndose al personaje central de la narración, dice: “Unos años más y será como esos hombres maduros, o esos viejos que se parecen todos entre sí y que deambulan en las ciudades ignorados por la muchedumbre, grises y anónimos. Recién ahora está empezando a comprobar que la vejez, que en su primera juventud había pensado que era la edad de la sabiduría, no es otra cosa que una inmersión irreversible y lenta en la bestialidad. De los años vividos ya no le va quedando más que la carne corruptible”.


Cinco años más tarde, esto es en 2005, José Saramago (1922-2010) publicaba “As intermitências da norte” (Las intermitencias de la muerte), una novela en la cual imaginó un país en el que un día la gente dejaba de morir, algo que en un principio genera euforia para luego dar paso a la desesperación y al caos cuando las personas toman conciencia de que su destino será una vejez eterna. En las postrimerías de su vida el escritor portugués escribió “Quantos anos tenho?” (¿Cuántos años tengo?), un poema de reivindicación y valoración de la vejez en el que declamó: “¿Qué cuántos años tengo?/ ¡Qué importa eso!/ ¡Tengo la edad que quiero y siento!/ La edad en que puedo gritar/ sin miedo lo que pienso./ Hacer lo que deseo,/ sin miedo al fracaso o lo desconocido/ pues tengo la experiencia de los años vividos/ y la fuerza de la convicción de mis deseos./ ¡Qué importa cuántos años tengo!/ ¡No quiero pensar en ello!/ Pues unos dicen que ya soy viejo/otros ‘que estoy en el apogeo’./ Pero no es la edad que tengo,/ ni lo que la gente dice,/ sino lo que mi corazón siente/ y mi cerebro dicte./ Tengo los años necesarios/ para gritar lo que pienso,/ para hacer lo que quiero,/ para reconocer yerros viejos,/ rectificar caminos y atesorar éxitos./ Ahora no tienen por qué decir:/ ¡Estás muy joven, no lo lograrás!/ ¡Estás muy viejo, ya no podrás!/ Tengo la edad en que las cosas/ se miran con más calma,/ pero con el interés de seguir creciendo./ Tengo los años en que los sueños,/ se empiezan a acariciar con los dedos,/ y las ilusiones se convierten en esperanza./ Tengo los años en que el amor/ a veces es una loca llamarada,/ ansiosa de consumirse en el fuego/ de una pasión deseada,/ y otras es un remanso de paz,/ como el atardecer en la playa./ ¿Qué cuántos años tengo?/ No necesito marcarlos con un número/ pues mis anhelos alcanzados,/ mis triunfos obtenidos,/ las lágrimas que por el camino/ derramé al ver mis ilusiones truncadas/ ¡Valen mucho más que eso!/ ¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!/ pues lo que importa ¡es la edad que siento!/ Tengo los años que necesito/ para vivir libre y sin miedos,/ para seguir sin temor por el sendero/ pues llevo conmigo la experiencia adquirida/ y la fuerza de mis anhelos/ ¿Qué cuántos años tengo?/ ¡Eso!... ¿A quién le importa?/ ¡Tengo los años necesarios/ para perder ya el miedo/ y hacer lo que quiero y siento!/ Qué importa cuántos años tengo/ o cuántos espero,/ si con los años que tengo,/¡aprendí a querer lo necesario/ y a tomar sólo lo bueno!”.


Dos poetisas argentinas dedicaron también alguno de sus poemas al tema de la vejez. En el caso de Silvina Ocampo (1906-1993), lo hizo en “Envejecer”. En él escribió: “Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;/ es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva/ que en lugar de disminuir los detalles los agranda./ Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida./ Envejecer transforma a una víctima en victimario./ Siempre pensé que las edades son todas crueles,/ y que se compensan o tendrían que compensarse/ las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?/ Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol/ embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse/ sólo con los despojos de la juventud./ Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,/ una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón./ Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez/ es un disfraz con aditamentos inútiles./ Si los viejos parecen disfrazados, los niños también./ Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta/ ser viejo porque nadie sabe serlo,/ como un árbol o como una piedra preciosa./ Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas./ No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente./ Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,/ porque todo lo que hago lo hago doblemente./ El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece/ que lo que quedó atrás tiene más realidad/ para reducir el presente a un interesante precipicio”.
El otro caso es el de Alejandra Pizarnik (1936-1972), poetisa cuyos últimos años de vida estuvieron marcados por serias crisis depresivas que la llevaron a intentar suicidarse en varias ocasiones. Pasó sus últimos meses internada en un centro psiquiátrico hasta que finalmente terminó con su vida con una sobredosis de seconal sódico. Tenía apenas treinta y seis años. Entre 1960 y 1964 vivió en París trabajando como traductora para algunas editoriales francesas, lo cual no impidió que pasara por una etapa de gran pobreza económica. Escribió en su diario que le molestaba su carencia de edad visible. “Lo que me angustia mucho no es por miedo a la vejez ni a la muerte (las llamo a gritos) sino porque sé que necesito de un cuerpo adolescente para que mi mentalidad infantil no sienta la penosa impresión de ser una niña perdida dentro de un cuerpo maduro”. Tal vez por ello fue que anunció en su poema “La última inocencia”: “Partir/ en cuerpo y alma/ partir./ Partir/ deshacerse de las miradas/ piedras opresoras/ que duermen en la garganta./ He de partir/ no más inercia bajo el sol/ no más sangre anonadada/ no más formar fila para morir./ He de partir/ Pero arremete, ¡viajera!”.


En su libro “Plenitud” publicado en 1918, el poeta mexicano Amado Nervo (1870
-1919) reunió sesenta textos breves en prosa, estrofas poéticas y sentencias entre las cuales dictaminó: “Hay que aprender a vivir, con serenidad y plenitud, también el final e integrar sensata y serenamente nuestro ser en la paz y en la felicidad de haber vivido”. No podían estar ausentes dos de los más notables escritores argentinos: Jorge Luis Borges (1899-1986) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999). Longevos ambos, el primero afirmó en una entrevista que “la vejez no es simplemente una declinación, una mutilación, una pobreza. La vejez es una plenitud también, porque en la vejez entendemos las cosas”. Y en “Elogio de la sombra”, un libro compuesto de poemas y textos breves de prosa poética, escribió: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha”. En cuanto al segundo, en su novela “Diario de la guerra del cerdo” escribió varios párrafos vinculados al tema de vejez. Así pueden leerse sentencias como: “No hay nada peor que la vejez”; “En la vejez todo es triste y ridículo, hasta el miedo de morir” y “La enfermedad no es el enfermo,  pero el viejo es la vejez y no tiene otra salida que la muerte”.
“El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente”, decía la escritora estadounidense Susan Sontag (1933-2004) en "As consciousness is harnessed to flesh” (La conciencia uncida a la carne), uno de los tomos que componen sus memorias. Así, como puede observarse cotidianamente, no existe una única teoría sobre el envejecimiento, sino que cada una responde a cuestiones o problemas específicos. El tema de la senectud conlleva innumerables interrogantes dado que no hay una única causa de la misma. Hoy en día, en un mundo avasallado por la tecnología de la comunicación, ya no se necesita de la memoria de los ancianos para transmitir sus conocimientos. Las desmedidas ambiciones y el egoísmo de las modernas sociedades rebosantes de intereses económicos, los ancianos, al no pertenecer al sector económicamente productivo, muchas veces se convierten en una carga que entorpece el ritmo de vida de los que los rodean. No por nada el memorable escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) puso en boca de uno de los personajes de “Los buenos servicios”, uno de los cuentos que integran su libro “Las armas secretas”: “En la vejez no queda más remedio que pensar en uno mismo, porque los demás...”.