17 de julio de 2022

Hemingway: la pasión, la guerra, la muerte y otras cosas pesarosas

Ernest Hemingway, uno de los más famosos escritores de la literatura norteamericana del siglo XX, nació en Oak Park, Illinois, en 1899 y murió en Ketchum, Idaho, en 1961. En 1921 se instaló en París como corresponsal de prensa del “Toronto Star”, y en los años siguientes viajó por Europa y frecuentó los círculos literarios de la llamada “generación perdida”, una clasificación acuñada por la escritora norteamericana Gertrude Stein (1874-1946) para referirse al grupo de escritores estadounidenses que habían vivido de forma muy directa la Primera Guerra Mundial y, tras su finalización, varios permanecieron en París mientras que otros regresaron a su país natal. Entre los autores más relevantes de ese movimiento literario pueden citarse a Ezra Pound (1885-1972), Sylvia Beach (1887-1962), Thomas S. Eliot (1888-1965), Jean Rhys (1890-1979), Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), John Dos Passos (1896-1970) y John Steinbeck (1902-1968). Y fueron dos de ellos, Ezra Pound y Gertrude Stein los que lo animaron a escribir obras literarias.
Sus primeras creaciones fueron “Three stories and ten poems” (Tres relatos y diez poemas, 1923) y el tomo de cuentos “In our time” (En nuestro tiempo, 1925). Luego, en 1926, publicó sus dos primeras novelas: “The torrents of spring” (Aguas primaverales) y “The sun also rises” (Fiesta). De regreso a los Estados Unidos, escribió otra novela de gran éxito, “A farewell to arms” (Adiós a las armas, 1929) y el tratado taurino “Death in the afternoon” (Muerte en la tarde, 1932). A éstas le siguieron los libros de cuentos “Men without women” (Hombres sin mujeres, 1927) y “Winner take nothing” (El ganador no se lleva nada, 1933) y las novelas “Green hills of Africa” (Las verdes colinas de África, 1935), “The snows of Kilimanjaro” (Las nieves del Kilimanjaro, 1936), “To have and have not” (Tener y no tener, 1937), “For whom the bell tolls” (Por quién doblan las campanas, 1940) y “Across the river and into the tres” (Al otro lado del río y entre los árboles, 1950).
“The old man and the sea” (El viejo y el mar, 1952) fue una de sus últimas obras y una de las más admiradas universalmente. Obtuvo el Premio Pulitzer en 1953 y el Premio Nobel en 1954. A su muerte dejó varios libros inéditos. En 1964 apareció “A moveable feast” (París era una fiesta), en 1967 se recogieron en el volumen “By line” (Enviado especial) sus principales artículos periodísticos y en 1970 se dio a conocer otra novela, “Islands in the stream” (Islas a la deriva). Después fueron aparecido sucesivamente “The Nick Adams stories” (Nick Adams, 1972), “88 poems” (88 poemas, 1979), “The dangerous summer” (El verano peligroso, 1985), “Dateline: Toronto” (Publicado en Toronto, 1985) y “The garden of Eden” (El jardín del Edén, 1986).
Su extensa producción, a veces escéptica, a veces nostalgiosa, pero siempre lacónica y emotiva, indudablemente está relacionada con sus propias experiencias, producto de las andanzas que llevó a lo largo de su vida, siendo ellas a veces recreativas como la caza y la pesca, y otras trágicas como las guerras. Esa vida de aventuras lo llevó varias veces a estar al borde de la muerte: en la Guerra Civil Española cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel, en la Segunda Guerra Mundial al chocar con un taxi durante los apagones producto de la guerra, y a mediados de la década del ’50 cuando, estando en un safari en Tanganica, África, el avión en el que viajaba se estrelló. Todos estos episodios le propiciaron mala salud durante el resto de su vida.


Sobrevivió al carbunco, la malaria, la neumonía, la disentería, el cáncer de piel, la hepatitis, la anemia, la diabetes, la presión arterial alta, un riñón dañado, una rotura del bazo, el hígado dañado, una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales. Sin embargo nada de ello le impidió seguir adelante. “Es una estupidez no tener esperanza, escribió. Creo que además es un pecado perder la esperanza. Pero no debo pensar en pecados. Ya tengo demasiados problemas como para ponerme a pensar en pecados. La verdad es que no comprendo bien qué son los pecados”.
Si de su paso por Pamplona, en el norte de España, para presenciar las corridas de toros veía la muerte trágicamente, no opinó lo mismo de la caza de leones y antílopes en sus safaris por el África Oriental. Allí observó sus gratuitas matanzas sin preocupación, con inocencia: “No me importó matar lo que fuera... si lo mataba limpiamente... Todos tenían que morir... Y no tenía en absoluto ningún sentimiento de culpa. Con la culata del rifle apoyada en el pie, la botella de whisky entre las rodillas, sintiendo el fresco viento de la noche y oliendo el buen olor de África era completamente feliz”. Pero además caviló: “Aunque no soy un creyente de los análisis, creo que gasto todo este infierno de tiempo matando animales para de ese modo no matarme a mí mismo”.
Y en cuanto a su vida amorosa puede decirse que sus relaciones con las mujeres fueron difíciles. Se casó cuatro veces y tuvo varias amantes, algunas de las cuales acabaron convertidas en personajes de sus relatos. En las múltiples biografías que se escribieron sobre él, todas coinciden en que trató a las mujeres con la crueldad y violencia. “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”, escribió hacia el final de su vida. “La única cosa constructiva que he aprendido sobre las mujeres es que no importa cómo se hayan vuelto al final, debes recordarlas sólo como fueron en su mejor día”, concluyó.


Durante la Segunda Guerra Mundial se desempeñó como corresponsal de guerra para la “North American Newspaper Alliance”. A fines de 1941, cuando Estados Unidos decide ingresar en la guerra, escribió: “La guerra moderna es siempre planeada y desencadenada por demagogos y dictadores que juegan con el patriotismo de su pueblo, engañándolo y empujándolo a la falsa convicción de la necesidad de la guerra, esa gran falacia, cuando sus pregonadas reformas fracasan y dejan descontento a la gente que ellos desgobiernan. Y nosotros, en los Estados Unidos, teníamos la obligación de comprender que a ningún hombre le fue concedido, por muy noble y mejor que él sea o por más que pretenda obtener esa concesión gradualmente, el poder de llevar este país a una guerra que está siendo urdida en este momento y que se halla cada vez más cerca, premeditada como un asesinato largamente planeado. Cuando concedemos poderes a un gobernante, investido de responsabilidades ejecutivas, no sabemos quién va a ocupar tal cargo o quién lo va a ejercer en una época de grave crisis… Jamás se debe pensar que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen”.
Y sobre algunas cosas que observó en el frente de batalla escribió: “Era sorprendente que el cuerpo humano no se fragmentase a lo largo de las líneas anatómicas, sino que se dividiese tan caprichosamente como una bomba altamente explosiva al estallar. Además, claro, estaba la presencia de los muertos. Ellos cambian un poco de apariencia cada día, hasta que son enterrados. En las razas caucásicas se producen los siguientes cambios de color: del blanco al amarillo, después amarillo verdoso y finalmente, negro. Los muertos aumentan de volumen todos los días hasta que se vuelven demasiado grandes para sus uniformes. Luego, el pormenor que más sorprende es la cantidad de papel que suele estar desparramado en torno a los muertos. La posición en que se los deja, incluso antes de pensar en enterrarlos, depende, en suma, del lugar donde están ubicados los bolsillos del uniforme. En el ejército austríaco esos bolsillos están en la parte trasera de los pantalones. Por lo tanto, al cabo de un corto espacio de tiempo, todos los cadáveres terminan boca abajo, con el forro de los bolsillos hacia afuera”.


Después de la guerra, Hemingway se estableció en Cuba, cerca de La Habana, y luego, en 1958, en Ketchum, Idaho. Por entonces sus estados de ánimo pasaban con facilidad de la alegría a una profunda melancolía, de la escritura como mecanismo de defensa a fuertes explosiones de irritabilidad. Muchos años antes, en 1933, había publicado en el periódico “Scribner’s Magazine” un premonitorio cuento breve titulado “A clean, well-lighted place” (Un lugar limpio y bien iluminado), en el cual decía sobre su personaje principal: “¿Qué temía? No era temor o miedo. Era una nada que él conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Algunos vivían en ella y nunca la sentían, pero él sabía que todo era nada y pues nada y nada y pues nada. Nuestra nada que está en la nada, nada sea tu nombre, nada tu reino y nada tu voluntad así en nada como en nada tuya será la nada en nada como es en la nada. Danos esta nada, nuestro pan de cada nada de cada día y nada a nos en la nada, como también nosotros nada a nuestros nada más líbranos de la nada; pues nada”.
A comienzos de la década de los ‘60 sufría severos problemas mentales, y tuvo que ser hospitalizado dos veces a causa de procesos depresivos. “Cuando me siento deprimido -escribió por entonces- me gusta pensar en la muerte y en las diversas maneras de morir. Y pienso que el medio más efectivo sea, probablemente, saltar de un transatlántico en la noche, a menos que se pueda encontrar un modo de morir durante el sueño. No hay duda de que así, la cosa resultaría y, en última instancia, no parece ser una muerte muy desagradable. Habría, apenas, el instante de dar el salto y, para mí, es muy fácil dar cualquier tipo de salto. Además, nunca terminarían de saber lo que pasó realmente; no habría autopsia ni nadie tendría que cargar con los gastos y siempre quedaría la posibilidad de que nos concedan que fue un lamentable accidente”.
Tras llevar una vida aventurera, cansado y enfermo, deprimido por su no aceptación de la vejez, a tan sólo cinco días de haber recibido el alta en el Mayo Clinic Hospital de Rochester, Minnesota, donde había estado sometido a tratamiento, Hemingway se levantó de la cama y se puso sobre su pijama azul la brillante bata roja que su cuarta esposa había mandado a hacer para él en Italia. Eran pasadas las 7:00 de la mañana. En silencio, bajó a la bodega donde guardaba su colección de más de veinte armas entre pistolas, rifles, escopetas, cada una de ellas portadora de un fragmento de la historia de sus tardes de caza en las desérticas explanadas africanas. Eligió la escopeta la Boss calibre 12 de doble cañón, su favorita, acaso la misma con que la que se había retratado años antes junto un leopardo en África, y puso dos balas en ella. Subió las escaleras y se sentó en la sala, el lugar en el cual solía escribir. Luego, tras colocar los cañones de la escopeta en su boca, presionó el gatillo. Era el domingo 2 de julio de 1961.


Después de enterarse de su muerte, el escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014) escribió un artículo titulado Un hombre ha muerto de muerte natural” que apareció publicado en “México en la Cultura”, el suplemento literario del periódico “Novedades”. Allí sostuvo que “Hemingway no parecía pertenecer a la raza de los hombres que se suicidan. En sus cuentos y novelas, el suicidio era una cobardía, y sus personajes eran heroicos solamente en función de su temeridad y su valor físico. De todos modos, el enigma de su muerte es puramente circunstancial, porque esta vez las cosas ocurrieron al derecho: el escritor murió como el más corriente de sus personajes”.
La obra de Hemingway es considerada clásica en la literatura del siglo XX. La mayoría de los críticos literarios alabaron su estilo sencillo y directo, un estilo que fue seguido por muchos escritores. Pero, por supuesto, hubo otras opiniones. El escritor ruso nacionalizado estadounidense Vladimir Nabokov (1899-1977), por ejemplo, dijo: “A Hemingway lo leí por primera vez en los años ‘40, algo sobre campanas, balas y toros, y lo aborrecí”. Otro escritor norteamericano, en este caso Gore Vidal (1925-2012), consideró a Hemingway como un pecado de juventud: “Lo detesto, pero estuve bajo su influencia cuando era muy joven, como todos lo estuvimos. Pensaba que su prosa era perfecta hasta que leí a Stephen Crane y me di cuenta de donde la había sacado”. Y Jorge Luis Borges (1899-1986), el escritor argentino autor de obras memorables como “Historia universal de la infamia” y “El libro de arena” confesó alguna vez: “Yo he hecho todo lo posible para que me guste Hemingway, pero he fracasado. Hay algo en él que me desagrada; quizá el culto a la violencia, esa brutalidad; es un defecto mío y no de él”.
Distinta fue la opinión de otro gran escritor argentino: Ricardo Piglia (1941-2017). En el último tomo de sus diarios escribió: “En una librería de libros usados en la terminal de ómnibus de Mar del Plata, en una galería encristalada sobre una mesa de saldos encontré, en 1959, un ejemplar de ‘En nuestro tiempo’ y esa tarde volví a casa y lo leí de un tirón, me tiré en un sillón de lona, con las piernas apoyadas en una silla, y empecé a leerlo y seguí y seguí. A medida que avanzaba en la lectura la luz cambiaba y declinaba. Terminé casi a oscuras, al fin de la tarde, alumbrado por el reflejo pálido de la luz de la calle que entraba por los visillos de la ventana. No me había movido, no había querido levantarme para encender la lámpara porque temía quebrar el sortilegio de esa prosa. Concluí el libro en plena oscuridad. Cuando por fin me levanté y prendí la luz ya era otro. Ahora me doy cuenta de que la forma del recuerdo, la luz que declina hasta que cae la noche, está influida por la prosa de Hemingway, por su capacidad para captar el sentimiento con leves matices y cambios de tono”. En fin, son sólo apreciaciones.