31 de enero de 2026

La abogacía, la política, la diplomacia, el periodismo, la edición, el espionaje, el suspenso, el terror: los escalones de John Buchan

John Buchan, nacido en Perth (Escocia) el 26 de agosto de 1875, fue político, diplomático, abogado, periodista, historiador, poeta y novelista. Realizó sus estudios secundarios en la Escuela de Gramática Hutchesons y luego ingresó a la Universidad de Glasgow, donde estudió Filología y editó las obras de Francis Bacon (1561-1626) que se publicaron en 1894. Más adelante estudió Filología Clásica en el Colegio Brasenose de la Universidad de Oxford, donde ganó altas distinciones académicas al tiempo que publicaba su primera novela, “Sir Quixote of the Moors” (El Quijote de los Moros).
Comparativamente a su éxito como escritor, fue como abogado que ganó gran renombre. Luego de un corto periodo pasado en Sudáfrica, se inició en el negocio de editor literario como socio de la firma de su amigo, el diplomático y escritor norteamericano Thomas Nelson (1853-1922). En la editorial edimburguesa Thomas Nelson and Sons, especializada en ediciones de bolsillo para un público masivo, se encargó de la publicación de obras de, entre otros, Thomas Hardy (1840-1928), Henry James (1843-1916), Rudyard Kipling (1865-1936) y G. K. Chesterton (1874-1936). También trabajó como editorialista y crítico literario para la revista “The Spectator”. En 1911, fue electo miembro del Parlamento Británico y sirvió en diferentes cargos de responsabilidad durante la Primera Guerra Mundial, para retornar a la Cámara de los Comunes en 1927 hasta que, en 1935, fue designado Gobernador General de Canadá.
Escribió novelas de aventuras y de espionaje, cuentos cortos de terror y biografías. En 1914, al estallar la guerra, sirvió como corresponsal para la edición francesa del periódico británico “The Times” y creó a su personaje más popular -Richard Hannay- cuando, postrado durante tres meses en su lecho de enfermo a causa de una úlcera péptica, trató de distraer su mente para alejarse del deprimente pensamiento de estar incapacitado. Por entonces Buchan se alojaba en Broadstairs, un pueblo costero en el distrito de Thanet, al este del condado de Kent en el sureste de Inglaterra. Muy cerca de su residencia había una casa que tenía unas escaleras para bajar al mar, y fueron precisamente sus escalones los que inspiraron el título de la que sería su novela más famosa.
En su autobiografía publicada en 1940, “Memory hold the door” (La memoria sostiene la puerta), Buchan sugirió que el personaje estaba basado, en parte, en Edmund Ironside (1880-1959), el Mariscal de Campo del ejército británico nacido en Edimburgo, Escocia, que actuó como espía durante la Segunda Guerra de los Bóers, el conflicto bélico que enfrentó al Reino Unido con los colonos de la República de Sudáfrica y del Estado Libre de Orange que se libró entre el 11 de octubre de 1899 y el 31 de mayo de 1902, luego como integrante de la División de Infantería durante la Primera Guerra Mundial, y finalmente como Jefe del Estado Mayor Imperial durante la Segunda Guerra Mundial.
Entre las obras de ficción de Buchan se destacan: “The path of the King” (La ruta del Rey, 1921), “The three hostages” (Los tres rehenes, 1924), “Witch wood” (Bosque de brujas, 1927), “The courts of the morning” (Los tribunales del amanecer, 1929), “House of the four winds” (La casa de los cuatro vientos, 1937), “Pilgrim's way” (El camino de los peregrinos, 1940),Greenmantle” (Manto verde) y “Lake of gold” (Lago de oro, 1941) entre muchísimas otras. En cuanto a sus biografías, las más célebres son: “Sir Walter Raleigh” (1897), “Sir Walter Scott” (1911), “Julius Caesar” (1932), “Oliver Cromwell” (1934) y “Augustus” (1937). También se destacó como historiador en “The Battle of Jutland” (La batalla de Jutland, 1916), “Episodes of the Great War” (Episodios de la Gran Guerra, 1936) y “The history of the First World War” (La historia de la Primera Guerra Mundial, 1922).
Pero, sin ninguna duda, la obra por la cual más se lo conoce es “The thirty nine steps” (Los treinta y nueve escalones), novela que comenzó a escribir en agosto de 1914, en la que su personaje Richard Hannay, un inglés que ha pasado largo tiempo en las colonias africanas ejerciendo como ingeniero de minas, al regresar a su departamento en Londres, se encuentra con un hombrecillo que le pide ayuda. Era Franklin P. Scudder, un vecino con el que apenas había intercambiado algún que otro saludo, quien le pedía que le permitiera entrar en su casa y que escuchase la gravedad de la historia que tenía para contarle. Al acceder, se vería envuelto en un asesinato y más adelante en una intriga de carácter internacional relacionada con el desarrollo de la Guerra Mundial.
“Volví de la City hacia las tres aquella tarde de mayo, bastante disgustado con la vida. Llevaba tres meses en la madre patria y estaba harto de ella. Si un año antes alguien me hubiera dicho que estaría sintiéndome así, me habría reído en su cara, pero la realidad era esa. El tiempo me deprimía, la charla del inglés común me enfermaba, no podía hacer mucho ejercicio, y los entretenimientos de Londres me parecían insulsos como un vaso de agua. ‘Richard Hannay’, me repetía a mí mismo, ‘te metiste en la zanja equivocada, amigo, y harías bien en salir’”. Así comienza la novela que sería publicada por entregas en la revista británica “Blackwood's Magazine” durante agosto de 1915, cuando Europa estaba sumida en la Primera Guerra Mundial. Luego, ese mismo año, en el mes de octubre, la editorial escocesa William Blackwood and Sons situada en Edimburgo la sacó a la venta ya en forma de libro, el cual vendió más de veinticinco mil ejemplares en sus primeros tres meses. El personaje Richard Hannay sería protagonista más adelante de otras cuatro novelas escritas por Buchan.


Lo que hizo que esta novela alcanzara gran notoriedad fue que el director de cine y guionista británico Alfred Hitchcock (1899-1980) la llevara al cine en 1935 con Robert Donat (1905-1958) y Madeleine Carroll (1906-1987) como protagonistas principales. En la historia filmada por el genial director inglés -que le compró los derechos cinematográficos a Buchan por 800 libras- la trama varió un poco del original, pero, de todos modos, Hitchcock logró una notable puesta en escena con un excelente uso de la cámara, haciendo planos sutiles y descriptivos en ocasiones, y en otras, planos-secuencia majestuosos, dotando al film del ritmo frenético tan habitual en sus películas.
El 6 de febrero de 1940, mientras se afeitaba en el baño de Rideau Hall, la residencia de Ottawa donde vivía mientras ocupaba el cargo de Gobernador General, Buchan sufrió un infarto cerebral. Fue llevado a Montreal para una cirugía de emergencia en el Instituto Neurológico de la McGill University, pero finalmente murió en la noche del 11 de febrero. Tras su fallecimiento, allí recibió un Funeral de Estado y luego sus cenizas fueran enviadas al Reino Unido, donde fueron depositadas en el cementerio de la iglesia anglicana de Elsfield, un pequeño pueblo situado al noreste del centro de Oxford. Por entonces, el film de Hitchcock ya iba en camino a convertirse en una de sus obras más aclamadas, hasta llegar al 4º lugar del ranking de las mejores películas inglesas según el Instituto Británico de Cine (BFI) y a ser considerada por la crítica especializada internacional como una de los veinte films más grandiosos de todos los tiempos.
Años después, en 1959, el director de cine inglés Ralph P. Thomas (1915-2001) realizó la primera versión en color de “Los 39 escalones” protagonizada por Kenneth More (1914-1982) y Taina Elisabeth Elg (1930 2025). Un par de décadas más tarde, en 1978 se rodó la tercera versión, esta vez dirigida por Don Sharp (1921-2011) y protagonizada por Robert Powell (1944) y Karen Dotrice (1955), la cual es considerada la mejor de todas las adaptaciones. Treinta años después, en 2008, la cadena británica de televisión y radio BBC realizó una adaptación televisiva filmada en Escocia dirigida por James Hawes (1973) y protagonizada por Rupert Penry Jones (1970) y Lydia Leonard (1981). La historia también dio origen a una radionovela protagonizada por Orson Welles (1915-1985) en 1938 y, ya en el actual siglo, a numerosas adaptaciones teatrales que fueron presentadas en diversos teatros de buena parte del mundo.


Pero Buchan no sólo fue reconocido y recordado por “Los 39 escalones”, también lo fue por sus cuentos de hadas y de terror, entre ellos “The green wildebeest” (La verde pradera), “No man's land” (Tierra de nadie), “Space” (Espacio), The song of the moor” (La canción del páramo), “The wind in the portico” (El viento en el pórtico), “The far islands” (Las islas lejanas), “The outgoing of the tide” (La salida de la marea) y “Skule Skerry”, todos ellos escritos hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. Al respecto, el escritor estadounidense H. P. Lovecraft (1890-1937) -autor de renombradas obras como “The Dunwich horror” (El horror de Dunwich), “The alchemist” (El alquimista), “At the mountains of madness” (En las montañas de la locura) y “The whisperer in darkness” (El que susurra en la oscuridad), por citar sólo algunas- en 1927 publicó el ensayo “Supernatural horror in literatura” (El horror sobrenatural en la literatura). En la introducción expresó que “el miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo desconocido. Muy pocos psicólogos lo niegan y el hecho de admitir esa realidad confirma para siempre a los cuentos sobrenaturales como una de las formas genuinas y dignas de la literatura. Las angustias y el peligro de muerte se graban con mayor fuerza en nuestros recuerdos que los momentos placenteros; del mismo modo los aspectos tenebrosos y maléficos del misterio cósmico ejercen una fascinación más poderosa sobre nuestros sentimientos que los aspectos beneficiosos. A partir de tales conceptos, no cabe asombrarse de la existencia de una literatura relacionada al terror cósmico. Siempre existió y siempre existirá”.
Y más adelante, en uno de sus capítulos se refirió al escritor escocés: “En la novela ‘Bosque de brujas’, John Buchan representa con tremenda fuerza un resurgimiento del diabólico sabbat de las brujas en una región solitaria de Escocia. La descripción del sombrío bosque y su piedra maligna, junto a los vislumbres de terror cósmico cuando el horror es finalmente extirpado, nos reconcilian con la lentitud de la acción y plétora de dialecto escocés. Algunos cuentos de Buchan son igualmente vívidos en sus intimaciones espectrales, ‘La verde pradera’, una historia de brujería africana, ‘El viento en el pórtico’, con su despertar de horrores paganos, y ‘Skule Skerry’ con sus toques de espantos boreales, son ejemplos especialmente notables”.
Esas historias de terror basadas en mitos y leyendas antiguas que fueron escritas por Buchan, muchas de las cuales tienen elementos sobrehumanos, se publicaron por primera vez en el Reino Unido en 1902. Luego, en 1918, se publicó en Estados Unidos con el título “The watcher by the threshold” (El vigilante junto al umbral), y recién en 2022 apareció la versión en español titulada “El vigilante del umbral y otras historias escocesas de terror”. Pero, volviendo a la narrativa de espías, vale destacar que con “Los treinta y nueve escalones” y las otras cuatro novelas protagonizadas por el personaje Richard Hannay, John Buchan de alguna manera trazó el derrotero a otros destacados autores del género de espionaje como Ian Fleming (1908-1964), John le Carré (1931-2020), Frederick Forsyth (1938-2025) y Graham Greene (1904-1991). Precisamente este último, autor de importantes novelas de esa condición como “The quiet american” (El americano impasible), “The confidential agent” (El agente confidencial) y “The ministry of fear” (El ministerio del miedo), en 1957 publicó una antología de literatura de espionaje titulada “The spy's bedside book” (El libro de cabecera del espía) escrita en coautoría con su hermano el periodista Hugh Greene (1910-1987). En esa suerte de amalgama de ficción, reportajes y memorias que ayudó a definir el género durante las décadas siguientes, citó a Buchan como una gran influencia para él y expresó: “Buchan escribe ‘entretenimientos’ con una clara pureza moral”.

26 de enero de 2026

Las matemáticas de Fibonacci: de los conejos y las artes a la especulación financiera

Entre los matemáticos europeos de la Edad Media, el más grande de todos fue sin dudas Leonardo de Pisa (1170-1250), también llamado Leonardo Pisano o Leonardo Bigollo, aunque es más conocido como Fibonacci, que significa “hijo de Bonaccio” (bondadoso), que era el apodo de su padre. A pesar de haber nacido en Pisa, como su padre era empleado en una factoría mercantil italiana asentada en Bugía, al norte de Argelia, fue allí donde el joven recibió su primera formación matemática a cargo de maestros musulmanes. Pronto se dio cuenta de la enorme superioridad de la notación decimal indo-arábiga (provista de símbolo para el cero y de cifras cuyos valores dependían de su posición) sobre el engorroso sistema de numeración romana, empleado todavía en su país natal.
Consciente de las ventajas de los numerales árabes, Fibonacci viajó a través de los países que rodeaban el mar Mediterráneo para estudiar con los matemáticos árabes más destacados de ese tiempo. Así descubrió que la sucesión de los números había sido ya tratada por matemáticos hindúes del siglo XI, pero fue él quien la dio a conocer en Occidente. Cuando regresó a Pisa alrededor del año 1200, escribió una gran cantidad de libros y textos sobre matemáticas. En la época en la que vivió aún no existía la imprenta, por lo que sus libros eran escritos a mano y las pequeñas cantidades de copias que de ellos circulaban también se hacían a mano. Todavía hoy se conservan copias de “Liber abaci” (Libro del ábaco, 1202); “Practica geometriae” (Prácticas de geometría, 1220); “Flos” (Flor, 1225) y “Liber quadratorum” (Libro de los números cuadrados, 1227). Sin embargo, son muchos más los que se perdieron en el transcurso de la historia.
La más conocida de sus obras, el “Libro del ábaco” era un amplio tratado del sistema de numeración indo-arábigo, cuyos razonamientos no causaron en un principio demasiada impresión a los mercaderes italianos de la época. Sin embargo, con el tiempo su libro llegó a ser la obra de máxima influencia entre todas las que contribuyeron a introducir en Occidente la notación indo-arábiga en una época en la que todavía se usaban los números romanos, por lo que se la considera impulsora de las bases de la aritmética moderna en Occidente. El libro fue concluido en Pisa en 1202 y ha llegado hasta el presente una edición revisada de 1228, dedicada a un famoso astrólogo cortesano de la época. Esa obra mostró la importancia del nuevo sistema de numeración aplicándolo a la contabilidad comercial, conversión de pesos y medidas, cálculo de intereses y otras numerosas aplicaciones. El libro fue recibido con entusiasmo entre el público culto, teniendo un impacto profundo en el pensamiento matemático europeo.


“Imaginemos -escribió Fibonacci- que en un patio cercado se coloca una pareja de conejos para ver cuántos descendientes produce en el curso de un año, suponiendo que cada mes a partir del segundo mes de su vida, cada pareja de conejos da origen a una nueva. Como la primera pareja de conejos tiene descendencia en el primer mes, dobla el número y, en este mes, se tienen dos parejas. De éstas, una pareja, la primera, también tiene descendencia en el mes siguiente, de manera que en el segundo mes hay tres parejas. De ésas, dos parejas tienen descendencia en el mes siguiente, de modo que en el tercer mes han nacido dos parejas adicionales de conejos, y el número total de parejas de conejos llega a cinco. En dicho mes tres de estas cinco parejas tienen cría y, en el cuarto, el número de parejas llega a ocho. Cinco de estas parejas producen otras cinco parejas, las cuales, junto con las ocho parejas ya existentes, hacen trece parejas en el quinto mes. Cinco de estas parejas no tienen cría en este mes, mientras que las restantes ocho parejas tienen descendencia, de modo que en el sexto mes se tienen veintiún parejas. Sumando a éstas las trece parejas que nacen en el séptimo mes, se obtiene un total de treinta y cuatro parejas. Sumando a éstas las veintiún parejas que nacen en el octavo mes, el total es de cincuenta y cinco parejas. Sumando a éstas las treinta y cuatro parejas que nacen en el noveno mes, se obtienen ochenta y nueve parejas. Agregando a éstas las cincuenta y cinco parejas que nacen en el décimo mes, se tiene un total de ciento cuarenta y cuatro parejas. Agregando a éstas las ochenta y nueve parejas que nacen en el undécimo mes, se llega a un total de doscientas treinta tres parejas. Finalmente, sumando a éstas ciento cuarenta y cuatro parejas que nacen en el último mes, se obtienen un total de trescientas setenta y siete parejas. Este es el número de parejas producidas por la primera pareja en el lugar dado, al término de un año”. Y concluyó el matemático: “Al examinar la tabla anterior, el lector puede ver cómo se llega a este resultado; a saber: se suma el primer número al segundo, o sea, 1 a 2; el segundo al tercero; el tercero al cuarto, el cuarto al quinto; y así sucesivamente, hasta que se suman el décimo y el undécimo números 144 y 233; así se obtiene el número total de parejas de los conejos en cuestión, es decir, 377”.


Medio siglo antes de que Fibonacci escribiera su trabajo, esta sucesión de números había sido descubierta por algunos matemáticos hindúes que habían investigado los patrones rítmicos que se forman con sílabas o notas de uno o dos pulsos. La sucesión de Fibonacci aparece constantemente en la naturaleza: en las escamas de una piña (aparecen en espiral alrededor del vértice en número igual a los términos de la sucesión), en las flores del girasol (que forman una red de espirales, unas van en el sentido de las agujas del reloj y otras en el contrario, pero siempre las cantidades de unas y de otras son los términos consecutivos de la sucesión) y en la variable cantidad de pétalos de las margaritas. También se presenta en las espirales de las galaxias. Los primeros números de la sucesión de Fibonacci son: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233, 377, 610, 987, 1.597, 2.584, 4.181, 6.765, 10.946, 17.711, 28.657, 46.368, 75.025, 121.393, 196.418, 317.811, 514.229, etc.


En el “Libro de los números cuadrados” aparecen otras interesantes deducciones realizadas por Fibonacci. En él desarrolló la teoría de los números y, entre otras cosas, examinó los métodos para encontrar los triples pitagóricos. En primer lugar, destacó que los números cuadrados podían ser construidos como sumas de impares: “Pensé sobre el origen de todos los números cuadrados y descubrí que obedecían al ascenso regular de los números impares. Dado que la unidad es un cuadrado y de ella se produce el primer cuadrado, a saber 1; sumando 3 a éste se hace el segundo cuadrado, a saber 4, cuya raíz es 2; si a esta suma se añade un tercer número impar, a saber 5, se producirá el tercer cuadrado, a saber 9, cuya raíz es 3; y así la secuencia y serie de números cuadrados siempre crece mediante la adición regular de números impares”.
Para construir los triples pitagóricos, Fibonacci explicó: “Así cuando deseo encontrar dos cuadrados cuya adición produce un cuadrado, tomo cualquier cuadrado impar como uno de los dos y hallo el otro cuadrado por la suma de todos los números impares desde la unidad hacia arriba, pero excluyendo el cuadrado impar. Por ejemplo, tomo 9 como uno de los dos números cuadrados mencionados; el cuadrado siguiente se obtendrá por la adición de todos los números impares inferiores a 9, es decir 1, 3, 5, 7, cuya suma es 16, un cuadrado que cuando se suma a 9 da 25, otro cuadrado”.


La influencia de Fibonacci fue muy limitada en su época. Sólo tuvieron peso aquellas partes del “Libro del ábaco” y de “Prácticas de geometría” que sirvieron para introducir los números y los métodos indo-arábigos y contribuyeron a solucionar problemas de la vida diaria. La contribución de Fibonacci a la teoría de números fue ampliamente ignorada y virtualmente desconocida durante la Edad Media. Hubieron de pasar trescientos años para encontrar nuevos estudios sobre sus teorías en las obras “De divina proportione” (La divina proporción) y “Opuscula mathematica” (Opúsculos matemáticos) de los científicos italianos Luca Pacioli (1445-1517) y Francesco Maurolico (1494-1575) respectivamente.
Tiempo después, los números de Fibonacci fueron estudiados por el matemático y astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630), quien desarrolló el concepto que pasaría a la historia como “la divina proporción” en su obra “Strena seu de nive sexángula” (El copo de nieve de seis ángulos) de 1611. Allí aplicó dicha sucesión a la simetría en los cristales de hielo, estudios que luego serían continuados por el matemático escocés Robert Simson (1687-1768) en “The elements of the conic sections” (Los elementos de las secciones cónicas) de 1753, y ampliados por científicos como el estadounidense Alwyn Bentley (1865-1931) o el japonés Ukichiro Nakaya (1900-1962) ya en el siglo XX.


Las importantísimas aportaciones de Fibonacci a las matemáticas llegaron a ser conocidas gracias a un matemático francés del siglo XIX, Edouard Lucas (1842-1891), interesado en la teoría de los números y recopilador de una clásica obra de matemáticas recreativas: “Récréations mathématiques” (Recreaciones matemáticas), publicada en cuatro volúmenes entre 1882 y 1894. Lucas vinculó el nombre de Fibonacci a la sucesión numérica que forma parte de un problema trivial del “Libro del ábaco”, a la que bautizó como “sucesión de Fibonacci”. Dich
a serie también fue utilizada en el ámbito musical ya en el siglo XIX por el compositor franco-polaco Frédéric Chopin (1810-1849) en su “Prelude in G minor” (Preludio en Sol menor), y especialmente durante el siglo XX cuando compositores como Béla Bartok (1881-1945) en “Musik für saiteninstrumente, schlagzeug und celesta” (Música para instrumentos de cuerda, percusión y celesta) u Oliver Messiaen (1908-1992) en “Quatuor pour la fin du temps” (Cuarteto para el fin de los tiempos) la utilizaron para la creación de acordes y de nuevas estructuras musicales.


También se utilizó en distintas vertientes del arte, como en las instalaciones y lienzos del artista italiano Mario Merz (1925-2003) “Igloo di Giap” (Iglú de Giap), “La natura è l’equilibrio della spirale” (La naturaleza es el equilibrio de la espiral), “Il guardiano” (El guardián), “Pittore in Africa” (Pintor en África) y “Fibonacci sequence” (Secuencia de Fibonacci); y en la literatura, como en el poema “Alfabet” (Alfabeto) de la poetisa danesa Inger Christensen (1935-2009), en los poemas de “The weight of numbers” (El peso de los números) de la poetisa estadounidense Judith Baumel (1956), en los poemas de “Las razones del agua” del poeta español Francisco Javier Guerrero (1976), en la novela de ciencia ficción “Rama II” del estadounidense Gentry Lee (1942) en coautoría con el británico Arthur C. Clarke (1917-2008), o como en la novela “The Da Vinci code” (El código Da Vinci) del escritor estadounidense Dan Brown (1964).
Son numerosos también los ejemplos de la utilización de la proporción numérica de Fibonacci en famosas obras pictóricas. Así, por ejemplo, pueden citarse lienzos de pintores italianos como “La nascita di Venere” (El nacimiento de Venus) de Sandro Botticelli (1445-1510), “Uomo Vitruviano” (Hombre de Vitruvio) y “Gioconda” (La Gioconda) de Leonardo Da Vinci (1452-1519), “La madonna del cardellino” (La virgen del jilguero) de Rafael Sanzio (1483-1520) y “Davide e Golia” (David y Goliat) de Michelangelo Caravaggio (1571-1610); los de pintores españoles como “Las meninas” de Diego de Velázquez (1599-1660) y “Leda atómica” de Salvador Dalí (1904-1989); el del pintor alemán “Adam und Eva” (Adán y Eva) de Albrecht Durero (1471-1528); el del pintor neerlandés “De sterrennacht” (La noche estrellada) de Vincent van Gogh (1853-1890) y el del pintor uruguayo “Construcción en rojo y ocre” de Joaquín Torres García (1874-1949).


Incluso el famoso fotógrafo francés Henri Cartier Bresson (1908-2004) utilizó la representación geométrica de la sucesión de Fibonacci conocida como “Espiral de Fibonacci” en muchas de sus fotografías en blanco y negro, y lo propio hizo el artista neerlandés Maurits Cornelis Escher (1898-1972) en muchos de sus dibujos y grabados. Evidentemente, muchos de estos artistas adhirieron a las ideas del teórico y pintor ruso Vasili Kandinksy (1866-1944) quien, en su ensayo de 1926 titulado “Punkt und linie zu fläche: ein beitrag zur analyse der malerischen elemente” (Punto y línea sobre el plano: una contribución al análisis de los elementos pictóricos), propuso que la imaginación de los artistas fuera reemplazada por una concepción matemática. O tal vez lo que hicieron fue conjugar ambas habilidades: la creatividad ficcional con la ciencia numérica.
Por otro lado, es significativo recordar la importancia que tuvo (y tiene) el “Libro del ábaco” en las finanzas cuantitativas. Conocedor de las grandes aportaciones que hiciera el matemático griego Pitágoras de Samos (570-490 a.C.) al avance de las matemáticas en su escuela de Crotona, y de obras como “Stoïkheïa” (Elementos) del matemático griego Euclides de Alejandría (c. 325-c. 265 a.C.) y “Kitāb al-mukhtaar fī isāb al-ŷabr wa-l-muqābala” (Compendio de cálculo por reintegración y comparación) del matemático persa Al-Khwarizmi (c. 780-c. 850), Fibonacci también conoció el oficio del comercio y los problemas matemáticos que conllevaban el intercambio de mercaderías, la equivalencia entre monedas, el cálculo de intereses, etc. La complejidad de estas cuestiones requería utilizar métodos eficientes de cálculo para quien quisiera ser exitoso en los negocios.


Si bien ya la civilización sumeria -considerada como la más antigua del mundo conocida por la humanidad- en el tercer milenio a.C. tuvo una importante actividad comercial basada en el intercambio de productos agrícolas por metales preciosos como el oro y la plata, en la civilización griega la mayoría de los grandes pensadores consideraban indignas las aplicaciones de las matemáticas a las transacciones comerciales. El filósofo Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.), por ejemplo, en su obra “Politiká” (Política) se oponía al comercio porque lo consideraba una actividad para obtener ganancias a costa de los demás y estaba en contra del cobro de intereses, algo que juzgaba una aberración. Sin embargo, en la antigua Roma, por entonces era común que alguien con dinero para prestar se ubicara en un banco de plaza y allí hiciera sus negocios, dando comienzo al funcionamiento de los antepasados de los bancos.
En los tiempos de Fibonacci, luego de una oscura época posterior a la caída del Imperio Romano, comenzó en Europa a resurgir la economía. El intercambio comercial entre ciudades ubicadas sobre el mar Mediterráneo estaba en su auge. Ciudades marítimas como Génova, Venecia, Amalfi e inclusive su ciudad natal, Pisa, fueron de fundamental importancia para el comercio mediterráneo. Por esa razón se desarrolló notablemente la matemática financiera, algo en lo que la “secuencia de Fibonacci” tuvo una gran relevancia. Pasados los siglos, hoy en día, el desarrollo de esas herramientas matemáticas guarda una estrecha relación con el surgimiento de operaciones financieras cada vez más sofisticadas y especulativas dentro de un sistema económico en el cual, las instituciones financieras, desempeñan un papel central en desmedro de la producción de bienes y servicios y provocan la concentración de la riqueza, la inestabilidad económica y el acrecentamiento de las desigualdades sociales. Algo que, seguramente, Fibonacci no pensó en su momento.

23 de enero de 2026

Stravinski: innovación, mordacidad, escándalos y el elevado costo de sus obras

Ígor Fiódorovich Stravinski (1882-1971) fue un compositor, pianista y director de orquesta ruso, considerado como uno de los más importantes y trascendentales del siglo XX. Se distinguió por su innovador enfoque de la armonía, el ritmo y la orquestación, y compuso obras sinfónicas, óperas, conciertos, ballets, misas y composiciones vocales. Hijo de Fiódor Stravinski (1843-1902), un reconocido cantante de ópera que actuaba en el
Mariinskiy Teatr (Teatro Mariinski) de San Petersburgo, un establecimiento artístico del cual absorbió su gran atmósfera cultural, desde los nueve años comenzó a estudiar piano. En 1903 conoció al compositor ruso Nikolái Rimski Kórsakov (1844-1908), padre de uno de sus compañeros del colegio y poseedor de un amplio conocimiento enciclopédico de la música folclórica rusa, con quien tomó clases particulares. Mientras tanto había comenzado a estudiar Derecho en la Sankt Peterburgskiy Gosudárstvenny Universitet (Universidad Estatal de San Petersburgo), pero abandonó la carrera en 1905.
Poco después del fallecimiento de Rimski Kórsakov, conoció al empresario Serguéi Diáguilev (1872-1929), una de las personalidades más influyentes de la danza escénica del siglo XX quien fundó en París Les Ballets Russes (Los Ballets Rusos), la compañía más vanguardista de la época de la que surgieron talentosos bailarines, coreógrafos y compositores. Fue él quien le encargó a Stravinski que compusiera un ballet para exhibirlo en la capital francesa. El resultado fue “L'oiseau de feu” (El pájaro de fuego), el cual se estrenó en 1910 con un gran éxito. Luego compuso la ópera “Le rossignol” (El ruiseñor) y otros dos ballets: “Petrushka” y “Le sacre du printemps” (La consagración de la primavera), obras todas ellas que contribuyeron a que obtuviese la fama internacional.
Para la crítica especializada, la obra más reconocida de Stravinski es precisamente “La consagración de la primavera”. Con la coreografía del bailarín de ballet y coreógrafo ruso de origen polaco Vaslav Niyinski (1889-1950), se estrenó el 29 de mayo de 1913 en el Théâtre des Champs Élysées (Teatro de los Campos Elíseos), al cual asistió un numeroso público. Frente a una composición que rompía abiertamente con los conceptos de la música clásica por el uso de disonancias y la ruptura del ritmo y la melodía, y una temática centrada en el sacrificio ritual de una joven virgen elegida para celebrar la primavera bailando hasta su muerte, dicho estreno causó polémica: desde el comienzo de la obra se escucharon gritos, abucheos, se generaron disturbios y discusiones.
Entre quienes presenciaron este evento estaban personalidades como el compositor y director de orquesta Camille Saint Saëns (1835-1921), la novelista y dramaturga Gertrude Stein (1874-1946), el pintor Pablo Picasso (1881-1973), la diseñadora de moda Coco Chanel (1883-1971), los compositores Claude Debussy (1862-1918) y Maurice Ravel (1875-1937), la pintora, dibujante e ilustradora Valentine Gross (1887-1968) y el escritor y crítico de arte Jean Cocteau (1889-1963). “El teatro parecía sacudido por un terremoto -recordaría tiempo después Valentine Gross- la gente gritaba insultos, chillaba, silbaba. Hubo puñetazos. Las palabras son inadecuadas para describir una escena como esa”. Y según narró Jean Cocteau en uno de los artículos que publicó en el periódico parisino “Paris-Midi” -los cuales serían reunidos y publicados en un libro con el nombre “Carte blanche” (Carta blanca)-: “La sala se sublevó inmediatamente. La gente reía, hacía burlas, pitaba, hacía sonidos de animales y quizá se hubieran cansado a la larga si no fuera porque la multitud de estetas y músicos, en su exagerado celo, se puso a ofender al público de los palcos y a atacarlo físicamente”.


Por su parte, el musicólogo británico especializado en la música de los siglos XX y XXI Jonathan Cross (1961) en su ensayo biográfico “Ígor Stravinski” aseguró que el escándalo había sido hábilmente provocado por el mismísimo empresario de los Ballets Rusos, el citado Diáguilev, quien había repartido entradas gratuitas entre los alborotadores. Y agregó que “apenas hubo prensa aquel 29 de mayo de 1913 en el Théâtre des Champs-Élysées, pues los periodistas, junto a Debussy o Ravel, habían asistido a un pase el día anterior en que la obra de Stravinski fue recibida con entusiasmo”.
En su ensayo “Stravinski. A creative spring: Russia and France, 1882-1934” (Stravinski. Una primavera creativa: Rusia y Francia, 1882-1934), el musicólogo y biógrafo de música clásica británico Stephen Walsh (1942) narró lo extrañísimas que resultaron para el público tanto la música como la coreografía. Según cuenta el autor, ese estreno dio lugar a uno de los mayores escándalos de la historia de la música. “Parte del auditorio se sintió ofendida por lo que le parecía un intento blasfematorio encaminado a destruir la música como una de las bellas artes y, movida por su furor, al poco rato de levantarse el telón, empezó a lanzar maullidos y a vociferar para que se suspendiera el espectáculo. La orquesta, entre tanto barullo, no se podía escuchar más que de vez en cuando, en alguno de los raros sosiegos que se producían… El escándalo iba en aumento. Una señora se levantó de la silla de su palco para pegar un bofetón a un caballero que silbaba. Saint Saëns denunciaba al compositor por farsante, y lo mismo André Capu, el conocido crítico. Ravel, en el lado opuesto, proclamaba a gritos que el ballet era obra de un genio. El embajador de Austria se reía de una manera ostensible, y Florent Schmitt lo insultaba llamándole estúpido. La princesa de Portualés se puso de pie exclamando: ‘tengo sesenta años, pero es la primera vez que alguien se ha atrevido a burlarse de mí’. En medio del barullo, Claude Debussy suplicaba vehementemente al auditorio que guardase silencio para que se pudiese oír aquella música maravillosa”.
En actuaciones posteriores, sin embargo, el público lo aplaudió y sus admiradores no dejaron de aumentar. En Berlín, Londres, New York, París y Venecia era recibido con los mayores respetos como un exitoso pianista y director. No fue necesario que pasase mucho tiempo para que la partitura de Stravinski se convirtiera en uno de los ballets más populares junto a “Shchelkuntchik” (El cascanueces) que Piotr Tchaikovski (1840-1893) había compuesto en 1892 y a “Romeo i Dzhulyetta” (Romeo y Julieta) que Serguéi Prokófiev (1891-1953) compuso en 1936.
En el momento en que se produjo la Revolución Rusa, Stravinski se encontraba de gira y residía en Suiza, donde compuso “Histoire du soldat” (Historia de un soldado), una ópera con claro contenido antibélico que estrenó en Weimar. Años después, cuando se instaló el régimen estalinista, fue calificado como un “modernista burgués y degenerado” y fue incluido en listas negras junto a otros grandes compositores como Johann Sebastian Bach (1685-1750), Ludwig van Beethoven (1770-1827), Frédéric Chopin (1810-1849), Franz Liszt (1811-1886) y el antes citado Piotr Ilich Tchaikovski. Recién en la época conocida como el “deshielo en la Unión Soviética” propiciado por el Dirigente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas Nikita Jrushchov (1894-1971), quien invitó a Stravinski a dar conciertos en Moscú y Leningrado para celebrar su octogésimo cumpleaños. Incluso fue invitado a quedarse en Rusia, algo a lo que el compositor de “Zhar ptitsa” (El pájaro de fuego) -otra de sus grandes obras la cual se basó en cuentos del folclore ruso- se negó. En 1972, un año después de su muerte, la ministra soviética de Cultura Ekaterina Alekséievna Fúrtseva (1910-1974) ordenó a los músicos soviéticos “estudiar y admirar” la música de Stravinski.
Según narró el mencionado Cross, Stravinski “fue un monárquico convencido a lo largo de su vida y odió a los bolcheviques desde el principio. En 1930 comentó: ‘No creo que nadie venere a Mussolini más que yo’. Más tarde, después de una audiencia privada con Mussolini, añadió: ‘A menos que mis oídos me engañen, la voz de Roma es la voz del Duce. Le dije que me sentía fascista. A pesar de estar muy ocupado, Mussolini me hizo el gran honor de conversar conmigo durante tres cuartos de hora, hablamos de música, arte y política’”.
Cuando los nazis colocaron las obras de Stravinski en la lista de “Entartete musik” (Música degenerada) -agregó Cross-, “presentó un llamamiento formal para establecer su genealogía rusa y declaró: ‘Detesto todo el comunismo, el marxismo, el execrable monstruo soviético y también todo el liberalismo, la democratización, el ateísmo, etc.’”. El compositor canadiense Harry Somers (1925-1999) dijo alguna vez que su “música era para la gente que prefiere el vino seco y el whisky solo”. Y en su ensayo “Philosophie der neuen musik” (Filosofía de la nueva música) el filósofo alemán Theodor Adorno (1903-1969) -uno de los máximos representantes de la Frankfurter Schule (Escuela de Fráncfort)- describió a Stravinski como un “acróbata” y habló de “rasgos de esquizofrenia desorganizada y psicótica” en varias de sus obras.


Stravinski falleció en su recién adquirido lujoso apartamento de diez habitaciones en la Quinta Avenida de Nueva York a las 5:20 del 6 de abril de 1971. El deceso fue producto de una insuficiencia cardíaca luego de haberse recuperado de un edema pulmonar. Tres días más tarde, el 9 de abril, se celebró un servicio mortuorio en una famosa funeraria ubicada en la Avenida Madison y la calle 81 de Manhattan, a pocos metros del domicilio del compositor, un evento que congregó a cientos de admiradores. El servicio comenzó a las 15:00 hs. con música del propio Stravinski: su versión coral de “Otche nash” (Padre nuestro), la cual había compuesto en 1926. Por decisión de su viuda, la pintora Vera de Bosset (1888-1982), fue enterrado en la isla de San Michele de Venecia, ciudad en la que en 1951 había estrenado su ópera “The rake’s progress” (El progreso del libertino). Una multitud llenó las calles alrededor de la Basílica de SS. Giovanni e Paolo el 15 de abril de 1971, mientras su ataúd salía en un cortejo fúnebre formado por veinticinco góndolas colmadas de flores con destino a la “isla de los muertos”, tal como se conoce al cementerio histórico de Venecia.
Uno de los principales testimonios del funeral lo hizo la pianista y compositora brasileña Jocy de Oliveira (1936) en una de las cartas que componen su libro “Diálogo com cartas” (Diálogo con cartas). La artista, que había conocido a Stravinski siendo muy joven, recordó que al compositor ruso no le gustaban los funerales y que no había ido a ninguno, ni siquiera al de su primera esposa Yekaterina Nosenko (1881-1939), y comentó que la ceremonia incluyó la interpretación de “Requiem canticles” (Cánticos de réquiem), una composición que Stravinski había escrito en 1966 pensando en su propio funeral. Otro obituario memorable fue el que publicó el 7 de noviembre el crítico musical Charles Acton (1914-1999) en el diario irlandés “The Irish Times”. Allí manifestó: “¿Qué puede escribir la gente corriente sobre los inmortales? ¿Qué se podría haber escrito frente a la muerte de Beethoven? Porque, cualquiera que sea el veredicto sobre la música de Stravinski dentro de cincuenta o doscientos años, él y la música de este siglo estarán relacionados, al igual que Beethoven y la del anterior. Y seguramente para la humanidad en su conjunto el nacimiento de Beethoven en 1770, y la muerte de Stravinski, casi dos siglos después, definen un período de nuestra historia”.
No fueron pocas sus apreciaciones sobre el arte de la música. En el libro “Poétique musicale” (Poética musical) que recopiló seis conferencias dictadas entre 1939 y 1940 en la Harvard University de Massachusetts, Estados Unidos, expresó: “Se me ha hecho revolucionario a pesar mío. Los arrebatos revolucionarios nunca son enteramente espontáneos. Hay gentes hábiles que fabrican revoluciones con premeditación. El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura de equilibrio. Quien dice revolución dice caos. Y el arte es lo contrario del caos. La cualidad de revolucionario se atribuye generalmente a los artistas de nuestros días con una intención laudatoria, sin duda porque vivimos en un tiempo en el que la revolución goza de una especie de prestigio en medio de una sociedad anticuada. Admite el músico la audiencia que mueve a las grandes acciones, nunca la que se pone al servicio del desorden”.
En otras conferencias opinó que “el problema con respecto a la apreciación de la música reside en que las personas que enseñan música hacen tenerle demasiado respeto a ella, cuando deberían enseñar a amarla. La música nos es dada con el único propósito de establecer un orden en las cosas, incluida, en particular, la coordinación entre el hombre y el tiempo”. También expuso conceptos como “no basta con oír la música; además, hay que verla”, “la música es incapaz de expresar nada por sí misma”, “soy un inventor de la música”, “un buen compositor no imita, roba”, “mi música la entienden mejor los niños y los animales”, “principalmente he aprendido en toda mi vida como compositor a través de mis errores y persecuciones de falsas suposiciones, y no por mi exposición a las fuentes de sabiduría y conocimiento” y, ante las críticas que lo tildaban como músico del porvenir respondió: “Es algo absurdo. No vivo en el pasado ni en el futuro. Estoy en el presente. No puedo saber qué es lo que ha de traer consigo el día de mañana; puedo tan sólo atenerme a lo que hoy es para mí una certeza”.
También fue un crítico mordaz de otros músicos. Por ejemplo, sobre el violinista y compositor italiano Antonio Vivaldi (1678-1741) aseveró: “Vivaldi no escribió cuatrocientos conciertos, escribió el mismo concierto cuatrocientas veces”. Sobre el compositor y director de orquesta alemán Richard Wagner (1813-1883) consideró que era “un compositor problemático”, y agregó: “en esencia, lo que irrita en esos rebeldes del arte, de los que Wagner nos ofrece el tipo acabado, es el espíritu de sistema con que, bajo pretexto de desterrar las convenciones, establece otras tan arbitrarias y mucho más molestas”. E irónicamente se refirió al director de orquesta y compositor brasileño Heitor Villa Lobos (1887-1959): “¿Por qué es que cada vez que escucho una pieza de música que no me gusta, siempre es por Villa Lobos?”.
La mayoría de las personas que lo conocieron, a través de conversaciones personales o por sus actuaciones, lo recordaron como una persona cortés, atenta y preocupada por los demás. Por ejemplo, para algunos colegas, Stravinski era muy cooperativo y fácil de tratar, aunque tenía un menosprecio por las “clases sociales inferiores”. Para otros, en cambio, era vergonzoso como golpeaba insistentemente con un tenedor un vaso de vino para exigir ruidosamente la atención en los restaurantes. De todas maneras, Stravinski demostrando su aptitud para jugar el rol de “hombre de mundo”, adquirió un instinto perspicaz para las cuestiones de negocios, lo que le permitió aparecer relajado y cómodo en muchas de las grandes ciudades del mundo.
Una de las anécdotas más jugosas en ese sentido es la que refiere al episodio que sucedió en la primavera de 1938 cuando le encargaron la composición de una obra que luego sería conocida como el “Dumbarton Oaks Concerto” (Concierto de Dumbarton Oaks), haciendo referencia a la mansión del siglo XIX ubicada en el barrio de Georgetown de Washington, Estados Unidos. Su propietaria, Mildred Barnes Bliss (1879-1969), le pidió al compositor que el estreno fuera en dicha mansión. Momentos antes de comenzar la interpretación, Stravinski fue invitado a pasar a un escritorio donde escuchó excusas de la anfitriona y el pedido de una cifra para llenar el cheque correspondiente. “Cincrrrmmmil dólares”, murmuró el músico. “¿Cinco mil dólares?”, contestó esperanzada la señora. “No, cincuenta mil”. La dama, sin perder la compostura, solicitó una explicación. “Es que cada nota fue escrita a mano”, concluyó el maestro ruso.

20 de enero de 2026

Maristella Svampa: “El progresismo argentino hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. La cooperación, la solidaridad y la interdependencia son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental” (2/2)

Maristella Svampa es impulsora del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, una organización dedicada a la construcción de dinámicas sociales capaces de responder y contrarrestar las dinámicas de reacomodo capitalista, de la concentración de riqueza y de la destrucción de los ecosistemas. También es miembro del Colectivo de Acción por la Justicia Ecosocial (CAJE) y forma parte del Colectivo Mirá Socioambiental, una asociación cultural compuesta por escritoras, periodistas e investigadoras -entre ellas Claudia Aboaf (1959), Gabriela Cabezón Cámara (1968), Dolores Reyes (1978) y Soledad Barruti (1981)- con una perspectiva ecofeminista cuyo objetivo es contribuir a la instalación del debate sobre la emergencia climática y su relación con el modelo neoextractivista en la Argentina y la región latinoamericana. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Konex de Platino en Sociología otorgado por la Fundación Konex de Argentina, la Beca Guggenheim que otorga la John Simon Guggenheim Memorial Foundation de Estados Unidos, el Premio Georg Forster que entrega la Alexander von Humboldt Stiftung de Alemania, y el título de Profesora Visitante de la cátedra Simón Bolivar de la University of Cambridge de Inglaterra.
 

Entre los numerosos ensayos que ha publicado pueden mencionarse “El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista”, “Desde abajo. La transformación de las identidades sociales”, “La brecha urbana. Countries y barrios privados en Argentina”, “La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo”, “Cambio de época. Movimientos sociales y poder político”, “Debates latinoamericanos: indianismo, desarrollo, dependencia, populismo”, “Del cambio de época al fin de ciclo”, “Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. Conflictos socioambientales, giro ecoterritorial y nuevas dependencias” y “Policrisis. Cómo enfrentar el vaciamiento de las izquierdas y la expansión de las derechas autoritarias”. Lo que sigue es la segunda parte del compilado de entrevistas publicadas en la revista digital “Límbica” el 20 de diciembre de 2025 y en la revista “Ñ” nº 1112 el 3 de enero de 2026.
 
Dentro de tu frondosa obra en la que te dedicaste a radiografiar la sociedad, a identificar nuevos actores sociales y a, en definitiva, interpretar la transformación permanente de la sociedad, ahora sacás conclusiones del panorama local, especialmente mutado con el afianzamiento del gobierno de Javier Milei.
 
Me parecía necesario marcar el momento actual porque, después de la pandemia, entramos en un escenario que ya no es sólo de crisis aisladas, sino de policrisis sistémica o civilizatoria. Durante la pandemia se hizo más visible la desigualdad, los orígenes zoonóticos y ambientales del virus, y surgieron múltiples propuestas de transición ecosocial. Sin embargo, no salimos mejores: salimos peores. Se acentuó la crisis climática, se enturbió la discusión sobre la transición energética, se aceleraron las desigualdades sociales y apareció algo relativamente inédito: el protagonismo político de los superricos, la expansión de las extremas derechas y la erosión de las democracias”.
 
¿Cómo se entrelazan todos estos condimentos tan dañinos?
 
Todos estos procesos no son fenómenos separados, sino dimensiones entrelazadas de una misma crisis. Pueden escalar -y de hecho están escalando- y generan un escenario de incertidumbre permanente, una suerte de “tormenta perfecta” en la que no está claro por dónde empezar ni cómo enfrentarla. A esto se suman otros elementos, como el desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial, todavía poco comprendido socialmente, y la amenaza de nuevas pandemias, que nunca puede descartarse y que también forma parte de esta crisis sistémica donde todo está conectado.
 
Muchos comparan este momento con el menemismo. Hay intelectuales y militantes que dicen: “contra el menemismo estábamos mejor”. ¿Ves paralelismos?
 
Hay algunos puntos de contacto, pero también diferencias muy importantes. En los inicios del menemismo tampoco hubo una respuesta creíble e inmediata por parte de la oposición, que tuvo que reconstruirse. Incluso mantuvo puntos ciegos, como la imposibilidad de cuestionar el plan de convertibilidad. Sin embargo, en los ‘90 hubo dimensiones que no entraron en juego y que hoy son centrales. Una de ellas es la llamada “batalla cultural”, que es muy propia de las extremas derechas contemporáneas. Una cosa fue el neoliberalismo clásico, en el marco de la globalización triunfante que afirmaba que no había alternativa; otra muy distinta es esta narrativa pancapitalista del fin, que le da una vuelta de tuerca al neoliberalismo y lo refuerza. Hoy vemos supresión de derechos, expansión del extractivismo fósil, una presión creciente sobre los territorios y, al mismo tiempo, una ofensiva sistemática contra todo tipo de derechos. Eso no estaba tan claramente presente en los años noventa. Lo nuevo es que las extremas derechas se han convertido en una alternativa política global. Antes eran marginales o rápidamente descartadas; hoy asistimos a su desmarginalización y naturalización. Esto incluye la crítica a toda demanda de derechos, descalificada bajo el rótulo de “cultura woke”. En parte, estas derechas reaccionan frente a la crisis ecológica, que pone límites al progreso y al crecimiento indefinido. Como ya chocamos contra las fronteras planetarias, se vuelve inevitable cambiar el modelo de desarrollo. Frente a eso, la extrema derecha propone una utopía reaccionaria: volver a un pasado que ya no existe y negar la crisis del progreso.
 
¿Qué lugar ocupan hoy en la sociedad temas como la ecología, el fracking o el cambio climático?
 
Estamos en un momento muy sombrío. Por un lado, hay una aceleración de las políticas extractivistas; por otro, un negacionismo climático que no es solo discursivo, sino que se expresa en políticas concretas de desmantelamiento. Se atacan normas ambientales, organismos públicos, instituciones vinculadas a la protección de los bienes comunes, a la prevención de incendios, a la adaptación al cambio climático. El caso de la Ley Nacional de Glaciares es muy ilustrativo: hoy está directamente en la mira del gobierno. Desde abajo, la situación es más compleja. Hay una mayor sensibilidad social frente a temas como la defensa del agua o del territorio, pero las urgencias cotidianas -la supresión de derechos sociales, el acceso a la salud, la asistencia a personas con discapacidad- absorben la agenda y vuelven menos visibles estas problemáticas, que sin embargo también son centrales porque tienen que ver con la defensa de la vida.
 
Escribiste con Enrique Viale el libro “El colapso ecológico ya llegó”. ¿En qué punto del colapso estamos hoy?
 
Hay un consenso extractivista muy fuerte en la sociedad, que se basa en no discutir ciertos temas: la expansión hidrocarburífera, el fracking, la explotación offshore. La minería genera más resistencias, pero aun así el consenso existe y hoy está exacerbado por la política del gobierno. El colapso es parte del antropoceno y se manifiesta en puntos de inflexión. Lo que observamos es la multiplicación de colapsos climáticos localizados, asociados a eventos extremos: incendios, inundaciones, sequías, olas de calor, tornados. En pocas horas, una ciudad puede convertirse en zona de desastre, como ocurrió en Bahía Blanca. Allí confluyeron la crisis climática y las deficiencias estructurales, agravadas por la ausencia de políticas públicas: días antes de la inundación se había disuelto la Dirección Nacional de Emergencias. Estos eventos no son excepcionales, sino cada vez más frecuentes. Sin embargo, no están incorporados en la planificación económica ni política. En Argentina se celebra Vaca Muerta como si los combustibles fósiles no fueran la causa principal de la crisis climática.
 
En el libro hablás de metabolismo social. ¿Qué es y porqué es clave para pensar la transición?
 
El metabolismo social refiere a la cantidad de materia y energía que una sociedad necesita extraer, producir, consumir y desechar para sostener su forma de vida. El metabolismo social del capitalismo es insostenible porque requiere cada vez más recursos y energía de manera exponencial. No se trata solo del consumo, sino de todo el proceso: extracción, producción, circulación y residuos. Hoy la pregunta central es cómo construir un metabolismo social sostenible, que no atente contra la regeneración de la vida. Sin cambiar el modelo de consumo y producción, no hay transición posible.
 
¿Hay casos de falsas soluciones a esta crisis como parte de la transición energética como, por ejemplo, el caso de los autos eléctricos que no serían tan ecológicos como se sostiene?
 
La transición energética corporativa tiene muchos problemas. No cuestiona el sistema social ni el modelo de consumo, y reproduce las desigualdades del régimen fósil. Pensar la transición como el reemplazo de un auto a combustión por uno eléctrico para cada familia es una trampa. Eso no replantea el sistema de transporte ni reduce el consumo; al contrario, lo exacerba. Esta transición implica una enorme expansión de la minería, que genera nuevas zonas de sacrificio, como en las Salinas Grandes o en Jujuy, consume agua, destruye ecosistemas frágiles y desplaza comunidades. A esto se suma que no hablamos solo de una transición energética, sino también digital y militar. En un mundo con crecientes tensiones geopolíticas, hay una carrera por el control de las materias primas críticas: litio, cobalto, tierras raras, muchas de ellas altamente contaminantes. El problema de fondo es que, sin cambiar este modelo de consumo, no hay litio ni mineral que alcance.
 
¿Cómo ves el panorama argentino en esto que estás señalando?
 
En Argentina se da una convergencia especialmente perversa. Por un lado, avanza una transición verde corporativa que impulsa minería y extractivismo en nombre de lo “sustentable”; por otro, hay un negacionismo climático que desmantela toda la normativa ambiental. El resultado es devastador. Hay empresas que vienen del petróleo y se diversifican hacia el litio y otros minerales, avanzando sobre territorios que las comunidades defienden desde hace años.
 
Y desde esta visión, en este contexto: ¿Qué estado necesitamos?
 
Para empezar, te digo que no necesitamos menos estado, sino más estado. Pero no cualquier estado, porque este que existe es deficiente, tiene graves problemas, necesitamos construir un estado ecosocial, que reorganice la sociedad desde otro eje, que implique incorporar las demandas de justicia social con las de justicia ambiental, que no pueden ser separadas, además, este es el gran desafío en el marco de la policrisis. Con Rubén Lovuolo pensamos en un estado ecosocial no implica la acentuación de una matriz estadocéntrica, si no el reconocimiento de la comunidad a la que debe obligar y, sobre todo, debe cuestionar la idea de que el mercado lo organiza todo. Todo lo contrario, una transición ecosocial bajo el mercado que lleva a la destrucción y al acentuamiento de las desigualdades, en una palabra, al capitalismo del caos, sin duda un estado ecosocial implica varios estímulos o promover varias herramientas, entre ellas una reforma tributaria, que implica una redistribución económico-social que hoy no está siendo pensada. Una reforma tributaria fundamental, así como un ingreso universal ciudadano, se concibe como la base desde la que actuar. También estamos pensando en un sistema nacional e integral de cuidado. Los cuidados tienen que ser la clave de la construcción del estado ecosocial y no solo entendidos como el cuidado del otro, de los más vulnerables, sino también los cuidados en relación al trabajo, la salud, los cuidados en relación a la crisis climática. Los cuidados se van a multiplicar en términos de fuentes de trabajo en ese contexto. Creo que hay que apostar a la creación de un nuevo estado que debe articular la dimensión social con la ambiental.
 
¿Vos pensás que en la Argentina rompimos la relación con la naturaleza? ¿Es posible la reparación?
 
Nosotros tenemos un vínculo con la naturaleza que es muy perverso, que implica desarrollar una visión muy instrumental de ella como lugar de conquista y de utilización como si fuera ilimitada en términos de bienes y recursos. Tenemos que incorporar una visión, primero relacional de la naturaleza y, segundo, promover una valoración de ella porque el cuidado de ella significa la preservación de la vida. En Argentina, hay una multiplicidad de experiencias que plantean otro vínculo con la naturaleza, que buscan producir con energía renovable, cuidar el territorio, el agua, producir alimentos sanos. Tenemos todo tipo de extractivismo: expansión de la frontera hidrocarburífera con el fracking, con proyectos offshore, todo energía extrema. Hay expansión de la megaminería en todos sus formatos: metálica a cielo abierto, de litio, de tierras raras. Tenemos impacto de los agroquímicos, que es otro punto ciego. Nadie quiere hablar de ello. También se están destruyendo los humedales y ni siquiera pudimos sancionar la ley que quedó ahí varada en su tercer intento en 2020. Todo eso requiere repensar el modelo productivo argentino de un modo tal que implique respeto de la naturaleza en todo el desarrollo de actividades económicas, que no atenten contra ella, sino que aseguren al menos la continuidad y regeneración del tejido de la vida.
 
¿Qué pasa con el progresismo en este escenario? ¿Cómo se conectan o desconectan del descontento?
 
El progresismo argentino atraviesa una crisis profunda. El problema central es que hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. El progresismo peronista aparece absorbido por disputas internas y consignas que interpelan a pocos, sin una verdadera disputa de agenda con el gobierno ni una autocrítica sobre los errores que condujeron a este escenario. No venimos del “mundo feliz peronista”. Se crearon las condiciones para que Milei capitalizara un descontento social profundo, visible durante la pandemia en protestas muy heterogéneas: desde antivacunas hasta trabajadores que no podían dejar de salir a ganarse la vida. Allí hubo una desconexión del progresismo con la ira y la frustración de los sectores populares, que encontraron proyección en lo desconocido. Reconectar con esa “estructura de sentimiento” es uno de los grandes desafíos. Problemas como la inseguridad –que golpea sobre todo a los sectores más pobres–, la corrupción o el extractivismo fueron puntos ciegos. ¿Cómo articular todo eso en una nueva narrativa esperanzadora? Hoy no lo sabemos. Desde arriba, claramente, no está ocurriendo. Desde abajo, la Argentina sigue mostrando una gran capacidad de movilización y de construcción de lazo colectivo. Pero hay una parte de la sociedad profundamente rota, que el progresismo no ha sabido comprender ni interpelar. Milei tampoco les ofrece una reconstrucción real: su proyecto favorece a los sectores más ricos. Aun así, el golpe político fue muy duro, especialmente para las organizaciones sociales movilizadas -trabajadores de la salud, jubilados, familias de personas con discapacidad- que recibieron un mensaje muy desalentador tras las elecciones.
 
¿Hay alternativa a este modelo, se la está pensando?
 
Las sociedades contemporáneas se caracterizan por la aceleración y la volatilidad. Puede haber cambios, pero exigen una narrativa política integradora que hoy no existe. Milei recibió un voto de confianza acotado, no una carta blanca. Resta ver si ese amplio sector social que hoy no encuentra representación logra reconocerse en una alternativa futura.

19 de enero de 2026

Maristella Svampa: “El progresismo argentino hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. La cooperación, la solidaridad y la interdependencia son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental” (1/2)

Maristella Svampa (1961) es una socióloga, investigadora y escritora argentina reconocida por su trayectoria en el abordaje de temáticas como la crisis socioecológica, la intersección entre salud, género y medio ambiente, los movimientos sociales y la acción colectiva para abrir debates teóricos y políticos desde una perspectiva crítica. En 1984 obtuvo su licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Luego, en 1988, obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía en la Université Paris I Panthéon-Sorbonne (Universidad París 1 Panteón-Sorbona) y el Diploma de Estudios Avanzados en Historia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales). En esta última también obtuvo en 1992 el doctorado en Sociología. Se ha desempeñado como coordinadora del Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional de General Sarmiento -ubicada en la ciudad de Los Polvorines al noroeste del Gran Buenos Aires- y del Observatorio Social de América Latina (OSAL), una asociación civil sin fines de lucro integrante del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Trabaja como Investigadora Superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierda (CeDInCI), y es Profesora Titular de Teoría Social Latinoamericana en la Universidad Nacional de La Plata. Ha publicado numerosos artículos tanto en medios periodísticos tradicionales como digitales entre los que se pueden mencionar “Voces en el fénix”, “Nueva Sociedad”, “Cuestiones de Sociología”, “Ensambles”, “Acción”, “Anfibia” y 
“Topía” de Argentina; “Encartes” de México; “Utopía y praxis latinoamericana” de Venezuela; “América Latina en Movimiento” de Uruguay; “Journal für Entwicklungspolitik” de Austria, e internacionales como “Le Monde Diplomatique” y “OneWorld Perspectives”.


Por ejemplo, en la revista “Nueva Sociedad” nº 319 de septiembre/octubre de 2025 publicó uno titulado “Extremas derechas: entre el negacionismo y el ecofascismo”, en el cual, entre otros conceptos expresó: “Las extremas derechas han sido un elemento fundamental del crecimiento del negacionismo climático. Con la llegada al poder de Donald Trump en 2017 arrancó una segunda ola negacionista, que ya no se limita a ‘think tanks’ sino que se sostiene en los gobiernos. Pero en las derechas radicales se encuentran también estrategias ‘retardistas’ -que no niegan el cambio climático pero buscan frenar las acciones en su contra-, e incluso diversas expresiones de ‘ecofascismo’. Estas manifestaciones ecofascistas retoman la teoría complotista del reemplazo poblacional, tan en boga en Europa, y suponen una adaptación de la problemática ambiental en términos de nacionalización, negando sus rasgos globales y su conexión con la dinámica capitalista”. Lo que sigue a continuación es la primera parte del compilado de entrevistas publicadas en la revista digital “Límbica” el 20 de diciembre de 2025 y en la revista “Ñ” nº 1112 el 3 de enero de 2026.
 
Para empezar, ¿cómo querés presentarte?
 
Soy patagónica, argentina y latinoamericana. Estudié filosofía, sociología, trabajo interdisciplinariamente y con distintos tipos de escritura. Escribí muchos libros de investigación, pero también novelas que mayormente se sitúan en la Patagonia. Tengo una vocación anfibia, es decir, creo que la academia debe potenciarse y articularse con otros saberes, otras realidades, otros mundos. Trabajo colectivamente en diferentes instancias como el Pacto Ecosocial del Sur a nivel latinoamericano, el Equipo Transiciones a nivel nacional, también con abogados ambientalistas y con el colectivo Mira Socioambiental. Mi último libro es “Policrisis, Cómo afrontar o cómo enfrentar el vaciamiento de las izquierdas y el avance de las extremas derechas”.
 
Referís en distintos textos y entrevistas, que estamos ante un escenario de crisis múltiple, o “policrisis civilizatoria”. ¿Cuáles serían los aspectos que la caracterizan?
 
Desde mi perspectiva, hemos pasado de la extraordinaria crisis marcada por el COVID-19 en 2020 a una policrisis civilizatoria que abarca numerosas crisis entrelazadas. Hablamos así de la aceleración de la crisis climática y la crisis energética, el incremento de las desigualdades sociales -que aumentaron aún más después de la pandemia, mostrando hasta qué punto este es un mundo de superricos-. También el incremento de los conflictos bélicos e inclusive el peligro de una guerra nuclear, el peligro de nuevas pandemias en el marco de una globalización descontrolada, también el peligro de otra de las peores distopías que es el avance descontrolado de la inteligencia artificial, y por supuesto, la expansión de las extremas derechas y la erosión de los marcos democráticos. Entonces, no es que estas crisis se den de manera aislada, y esta articulación o entrelazamiento explica o puede conducir a una escalada que genere realmente escenarios de mucha incertidumbre. Ese es el concepto de policrisis civilizatoria que yo tomo en un sentido más radical y que le da el título a mi último libro publicado recientemente por siglo XXI. En este marco, es importante subrayar que uno puede hacer un abordaje de la policrisis siempre y cuando tenga en cuenta también que lo social y lo ambiental no pueden ser considerados de manera separada. Y que ante este escenario de colapso generalizado es necesario pensar en términos de régimen socioecológico, de cambio de régimen socioecológico en un marco de transición.
 
En particular en Argentina, ¿cuáles son los conflictos más urgentes que enfrentamos a nivel ambiental ante el avance de la derecha radical?
 
La Argentina es claramente un laboratorio en este escenario de policrisis civilizatoria, donde las extremas derechas avanzan con una política de desregulación, de supresión de derechos y de colonización de los territorios. El impacto del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) supone una mayor explotación y desprotección de nuestros bienes públicos naturales. No es que no hubiera extractivismo en la Argentina, todos sabemos que sí. Hay una suerte de consenso extractivo exportador. Pero el RIGI ha venido a acelerar y multiplicar a gran escala los proyectos de minería, las inversiones en Vaca Muerta -cuando hablo de minería, hablo no sólo de la minería metálica a cielo abierto, sino también de la minería de litio-, además de proyectos de privatización de grandes represas como la concesión, aunque fallida por el momento, del río Paraná como hidrovía. La verdad es que son muchos los conflictos que se abren en la Argentina, e insisto, el RIGI es la llave mayor de este gobierno. Realizamos un informe analizando el primer año y medio del gobierno de Milei con la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas y el Colectivo de Acción por la Justicia Ecosocial (CAJE). Y realmente el detalle de esta regresión, de este retroceso, implica el desmantelamiento, la modificación, la derogación de normativas ligadas al cambio climático, la protección ambiental, la reducción de las desigualdades y la participación democrática. Todo eso se ve muy afectado, sobre todo en las provincias. Los gobernadores se han subido al discurso libertario, se han envalentonado y muchos de ellos que se sentían impedidos -como en Mendoza o en Río Negro debido a la solidez y potencia de las resistencias ambientales- hoy avanzan en los territorios, criminalizan a las organizaciones y activistas socioambientales. Porque además de contar con el RIGI, cuentan con un dispositivo represivo que conlleva una militarización de los territorios y una criminalización mayor de la protesta. Entonces, es un conjunto; no podría decir que hay una dimensión u otra más amenazada. El informe que hemos realizado tiene más de sesenta páginas, es absolutamente contundente, muestra con seriedad cómo lo que está en juego es la democracia y la sostenibilidad socioambiental del país.
 
¿Cuál sería el impacto en la salud de las personas?
 
Tengamos en cuenta que, como producto de la aceleración del cambio climático, se producen cada vez más eventos extremos como pueden ser olas de calor, incendios, tornados, inundaciones. Yo los llamo colapsos climáticos localizados, para los cuales una sociedad tiene que prepararse en términos de adaptación porque impactan no sólo en los territorios, convirtiéndolos en una zona de desastre como ocurrió en Bahía Blanca -en un par de horas- sino también sobre la salud de las personas humanas y no humanas. En ese sentido, el gobierno de Milei ha estado desmantelando organismos públicos que apuntaban a la protección ambiental y a la intervención en el marco de estas emergencias, como la Dirección Nacional de Emergencia, donde sus cuatrocientos ochenta y cinco empleados fueron cesanteados tres días antes de que ocurriera la inundación ahí en Bahía Blanca. Al mismo tiempo, el gobierno vetó la ley de ayuda a Bahía Blanca a raíz de lo que sucedió con las inundaciones. Entonces, efectivamente todo lo que tiene que ver con el desmantelamiento de normativas, leyes, vaciamiento de organismos públicos direccionados a mitigar o adaptarse al cambio climático y sus derivaciones todo eso impacta fuertemente en la salud. Ni que hablar de que efectivamente la salud pública está siendo desmantelada a través de la reforma ultra neoliberal que se propone el gobierno.
 
Desde tu mirada, ¿Cómo impacta este contexto en los movimientos sociales feministas y eco territoriales del Sur?
 
La Ley de Bases, que otorgó Facultades Extraordinarias a Milei hasta julio de este año, viene acompañada por un protocolo antiprotesta que aplica el Ministerio de Seguridad de la mano de Patricia Bullrich, que apunta al disciplinamiento de la sociedad, a generar miedo y a disuadir a potenciales manifestantes. No sólo por la fuerte represión sobre ellos, sino por los procesos de criminalización que se generan. De hecho, en el marco del protocolo antiprotesta ha habido en las provincias, con el avance del extractivismo en todos sus formatos, numerosos casos de criminalización. Hubo una detención arbitraria de defensores ambientales que protestaban contra la explotación hidrocarburífera en el mar, alejado de la costa, en Camet Norte en la Provincia de Buenos Aires. Hubo detenciones y allanamientos en Mendoza, continúa la persecución al pueblo Mapuche Tehuelche en Chubut, también encontramos la criminalización en El Bolsón, en Río Negro, en el marco de los grandes incendios, o juicios a ambientalistas en Chubut que fueron condenados. No olvidemos que hay un plan de inteligencia al cual accedió la revista “Crisis”, que ha sido difundido y denunciado. El plan de inteligencia nacional 2025, describe como objetivo de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) al movimiento socioambiental. El objetivo del plan alcanza incluso a aquellos que propicien un cambio de matriz energética, algo que en realidad es una obligación nacional e internacional establecida por el Acuerdo de París. Por supuesto, tiene como objeto de inteligencia las comunidades indígenas e incluye a la totalidad del espacio socioambiental en donde hay organizaciones, colectivos, activistas, referentes académicos, periodistas, científicos, que son el blanco del servicio de inteligencia sólo por promover mínimas acciones que se realizan pacíficamente en el marco de la defensa de nuestros bienes comunes. Entonces, realmente es muy peligroso el dispositivo de espionaje puesto en marcha, lo que pone de manifiesto la importancia de la continuidad del modelo extractivo exportador que busca violentar cualquier proceso de organización ciudadana que cuestione la viabilidad social y ambiental de esos megaproyectos.
 
Desde el Pacto Ecosocial Intercultural del Sur hablan de Estado ecosocial, ¿podrías explicar un poco esta idea?
 
Bueno, a ver, desde el Pacto Ecosocial Intercultural del Sur nos proponemos elaborar una hoja de ruta integral en términos de transición ecosocial. Esto quiere decir que esto abarca no sólo la transición energética sino también una transición productiva, cultural, una transición urbana. En esa línea consideramos que la base misma de una transición ecosocial tiene que ser el reconocimiento de la interdependencia, de la complementariedad, podríamos decir, la consolidación de una sociedad del cuidado, que viene asociada también a un Estado ecosocial. Proponemos la idea de que en el marco de la policrisis civilizatoria no necesitamos menos Estado sino más Estado. Pero no cualquier Estado, sino un Estado ecosocial que incorpore los riesgos sociales y ambientales que atraviesan nuestras sociedades y el planeta todo. En esa línea hemos venido trabajando desde el equipo Transiciones de Argentina la noción de Estado ecosocial que viene propuesta sobre todo por Rubén Novol, que es uno de los economistas que forma parte de este equipo. Para decirlo de manera más sencilla, consideramos que la creación de un Estado ecosocial es fundamental para asumir los grandes desafíos que plantea una transición ecosocial. El mercado no va a hacerla, evidentemente todo lo que vemos en función del mercado apunta a una mayor mercantilización y destrucción de nuestros bienes comunes, pero tampoco la sociedad autoorganizada puede llevarla a cabo por sí sola. Entonces es en ese espacio de articulación entre un Estado ecosocial y lo público no estatal, a través de la sociedad autoorganizada que se gestan nuevos horizontes de transición ecosocial. Al hablar de Estado ecosocial estamos hablando de darle un lugar fundamental a los cuidados, y por supuesto de llevar a cabo una reforma tributaria integral que resuelva los problemas de las desigualdades que viene arrastrando nuestro continente, el sur global y nuestro país en particular. Las asimetrías, también cuando hablamos de cuestiones ambientales, son también de índole social, no solamente geopolítica. Lo que vemos es que son los sectores súper ricos de las sociedades, sea del norte, sea del sur, los que efectivamente consumen más y destruyen el planeta. Entonces, claramente una reforma tributaria que apunte a la redistribución de la riqueza y que, por otro lado, desde un Estado ecosocial, apunte a la reducción de los consumos de los sectores más ricos, nos parece absolutamente fundamental. No hay posibilidad de pensar la transición ecosocial si no articulamos justicia social con justicia ambiental, y sin duda el rol del Estado ecosocial es fundamental para ello.
 
Quienes hacemos “Límbica” creemos que es posible una praxis del cuidado que desafíe las lógicas del capital. ¿Cómo sostenemos la apuesta por la igualdad en un mundo donde parece legitimarse la desigualdad y la ausencia del Estado como garante de derechos? ¿Emergen en estos momentos nuevas prácticas de cuidado?
 
Por supuesto que hay numerosas expresiones desde abajo que apuntan a otras narrativas, narrativas relacionales contrahegemónicas que expresan otras formas de habitar el territorio, otros lenguajes de valoración que dan cuenta además de otros vínculos de interdependencia, de complementariedad en el marco de una acción colectiva. Y en esa línea uno podría destacar, por un lado, los movimientos ecofeministas que se están expandiendo en todo el sur global y muy particularmente en América Latina. Lo que yo llamo los feminismos ecoterritoriales del sur, que se expresan no solamente en la lucha contra los neoextractivismos sino también desarrollando experiencias de agroecología. Por ejemplo, pienso en el caso de La Verdecita en Santa Fe, también están aquellas que desarrollan viejos oficios en el marco de la crisis ecológica, como las mujeres que se convierten en brigadistas forestales. En Córdoba existe un colectivo de mujeres en las Sierras Chicas, Las Fuegas, que son mujeres que combaten los incendios, que entran y salen del fuego construyendo comunidad. No es solamente el combate contra el fuego en sí mismo, sino que también recogen semillas, cuentan historias, hacen un trabajo con la comunidad luego de los incendios. Han elaborado, por ejemplo, un nuevo protocolo de intervención que apunta a despatriarcalizar el lenguaje de los brigadistas forestales. Hay numerosas experiencias ligadas a la transición energética. En Colombia, de hecho, el gobierno impulsa los proyectos comunitarios ligados a la transición energética que, desde abajo y con un carácter muy local, implican una mayor autonomía y participación de la comunidad. Bueno, esto para dar cuenta de que efectivamente existen muchas experiencias faro en América Latina. Pero por supuesto también somos conscientes de la dificultad de escalar estos ejemplos que son absolutamente necesarios para pensar una transición, podríamos decir, a gran escala. Desde mi punto de vista es fundamental tener en cuenta, y esto lo desarrollo bastante en mi nuevo libro “Policrisis”, que estas experiencias desde abajo muestran también que es posible construir un régimen de afectividad diferente al que está planteando la extrema derecha. Un régimen que está basado no sólo en la indiferencia, sino en la crueldad, en el sufrimiento de los más vulnerables, y que plantea además un distanciamiento mayor entre los seres humanos y, por supuesto, entre humanos y no humanos. Entonces claramente ese régimen de afectividad que plantea la extrema derecha es un régimen de destrucción y de separación, mientras que los nuevos lenguajes de valoración y las prácticas que ponen en movimiento los movimientos sociales, los feminismos ecoterritoriales y también los pueblos originarios, incluyen otra afectividad, una afectividad ambiental que apunta a la cooperación, a la solidaridad y la interdependencia. Estos son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental.