20 de enero de 2026

Maristella Svampa: “El progresismo argentino hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. La cooperación, la solidaridad y la interdependencia son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental” (2/2)

Maristella Svampa es impulsora del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, una organización dedicada a la construcción de dinámicas sociales capaces de responder y contrarrestar las dinámicas de reacomodo capitalista, de la concentración de riqueza y de la destrucción de los ecosistemas. También es miembro del Colectivo de Acción por la Justicia Ecosocial (CAJE) y forma parte del Colectivo Mirá Socioambiental, una asociación cultural compuesta por escritoras, periodistas e investigadoras -entre ellas Claudia Aboaf (1959), Gabriela Cabezón Cámara (1968), Dolores Reyes (1978) y Soledad Barruti (1981)- con una perspectiva ecofeminista cuyo objetivo es contribuir a la instalación del debate sobre la emergencia climática y su relación con el modelo neoextractivista en la Argentina y la región latinoamericana. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Konex de Platino en Sociología otorgado por la Fundación Konex de Argentina, la Beca Guggenheim que otorga la John Simon Guggenheim Memorial Foundation de Estados Unidos, el Premio Georg Forster que entrega la Alexander von Humboldt Stiftung de Alemania, y el título de Profesora Visitante de la cátedra Simón Bolivar de la University of Cambridge de Inglaterra.
 

Entre los numerosos ensayos que ha publicado pueden mencionarse “El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista”, “Desde abajo. La transformación de las identidades sociales”, “La brecha urbana. Countries y barrios privados en Argentina”, “La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo”, “Cambio de época. Movimientos sociales y poder político”, “Debates latinoamericanos: indianismo, desarrollo, dependencia, populismo”, “Del cambio de época al fin de ciclo”, “Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. Conflictos socioambientales, giro ecoterritorial y nuevas dependencias” y “Policrisis. Cómo enfrentar el vaciamiento de las izquierdas y la expansión de las derechas autoritarias”. Lo que sigue es la segunda parte del compilado de entrevistas publicadas en la revista digital “Límbica” el 20 de diciembre de 2025 y en la revista “Ñ” nº 1112 el 3 de enero de 2026.
 
Dentro de tu frondosa obra en la que te dedicaste a radiografiar la sociedad, a identificar nuevos actores sociales y a, en definitiva, interpretar la transformación permanente de la sociedad, ahora sacás conclusiones del panorama local, especialmente mutado con el afianzamiento del gobierno de Javier Milei.
 
Me parecía necesario marcar el momento actual porque, después de la pandemia, entramos en un escenario que ya no es sólo de crisis aisladas, sino de policrisis sistémica o civilizatoria. Durante la pandemia se hizo más visible la desigualdad, los orígenes zoonóticos y ambientales del virus, y surgieron múltiples propuestas de transición ecosocial. Sin embargo, no salimos mejores: salimos peores. Se acentuó la crisis climática, se enturbió la discusión sobre la transición energética, se aceleraron las desigualdades sociales y apareció algo relativamente inédito: el protagonismo político de los superricos, la expansión de las extremas derechas y la erosión de las democracias”.
 
¿Cómo se entrelazan todos estos condimentos tan dañinos?
 
Todos estos procesos no son fenómenos separados, sino dimensiones entrelazadas de una misma crisis. Pueden escalar -y de hecho están escalando- y generan un escenario de incertidumbre permanente, una suerte de “tormenta perfecta” en la que no está claro por dónde empezar ni cómo enfrentarla. A esto se suman otros elementos, como el desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial, todavía poco comprendido socialmente, y la amenaza de nuevas pandemias, que nunca puede descartarse y que también forma parte de esta crisis sistémica donde todo está conectado.
 
Muchos comparan este momento con el menemismo. Hay intelectuales y militantes que dicen: “contra el menemismo estábamos mejor”. ¿Ves paralelismos?
 
Hay algunos puntos de contacto, pero también diferencias muy importantes. En los inicios del menemismo tampoco hubo una respuesta creíble e inmediata por parte de la oposición, que tuvo que reconstruirse. Incluso mantuvo puntos ciegos, como la imposibilidad de cuestionar el plan de convertibilidad. Sin embargo, en los ‘90 hubo dimensiones que no entraron en juego y que hoy son centrales. Una de ellas es la llamada “batalla cultural”, que es muy propia de las extremas derechas contemporáneas. Una cosa fue el neoliberalismo clásico, en el marco de la globalización triunfante que afirmaba que no había alternativa; otra muy distinta es esta narrativa pancapitalista del fin, que le da una vuelta de tuerca al neoliberalismo y lo refuerza. Hoy vemos supresión de derechos, expansión del extractivismo fósil, una presión creciente sobre los territorios y, al mismo tiempo, una ofensiva sistemática contra todo tipo de derechos. Eso no estaba tan claramente presente en los años noventa. Lo nuevo es que las extremas derechas se han convertido en una alternativa política global. Antes eran marginales o rápidamente descartadas; hoy asistimos a su desmarginalización y naturalización. Esto incluye la crítica a toda demanda de derechos, descalificada bajo el rótulo de “cultura woke”. En parte, estas derechas reaccionan frente a la crisis ecológica, que pone límites al progreso y al crecimiento indefinido. Como ya chocamos contra las fronteras planetarias, se vuelve inevitable cambiar el modelo de desarrollo. Frente a eso, la extrema derecha propone una utopía reaccionaria: volver a un pasado que ya no existe y negar la crisis del progreso.
 
¿Qué lugar ocupan hoy en la sociedad temas como la ecología, el fracking o el cambio climático?
 
Estamos en un momento muy sombrío. Por un lado, hay una aceleración de las políticas extractivistas; por otro, un negacionismo climático que no es solo discursivo, sino que se expresa en políticas concretas de desmantelamiento. Se atacan normas ambientales, organismos públicos, instituciones vinculadas a la protección de los bienes comunes, a la prevención de incendios, a la adaptación al cambio climático. El caso de la Ley Nacional de Glaciares es muy ilustrativo: hoy está directamente en la mira del gobierno. Desde abajo, la situación es más compleja. Hay una mayor sensibilidad social frente a temas como la defensa del agua o del territorio, pero las urgencias cotidianas -la supresión de derechos sociales, el acceso a la salud, la asistencia a personas con discapacidad- absorben la agenda y vuelven menos visibles estas problemáticas, que sin embargo también son centrales porque tienen que ver con la defensa de la vida.
 
Escribiste con Enrique Viale el libro “El colapso ecológico ya llegó”. ¿En qué punto del colapso estamos hoy?
 
Hay un consenso extractivista muy fuerte en la sociedad, que se basa en no discutir ciertos temas: la expansión hidrocarburífera, el fracking, la explotación offshore. La minería genera más resistencias, pero aun así el consenso existe y hoy está exacerbado por la política del gobierno. El colapso es parte del antropoceno y se manifiesta en puntos de inflexión. Lo que observamos es la multiplicación de colapsos climáticos localizados, asociados a eventos extremos: incendios, inundaciones, sequías, olas de calor, tornados. En pocas horas, una ciudad puede convertirse en zona de desastre, como ocurrió en Bahía Blanca. Allí confluyeron la crisis climática y las deficiencias estructurales, agravadas por la ausencia de políticas públicas: días antes de la inundación se había disuelto la Dirección Nacional de Emergencias. Estos eventos no son excepcionales, sino cada vez más frecuentes. Sin embargo, no están incorporados en la planificación económica ni política. En Argentina se celebra Vaca Muerta como si los combustibles fósiles no fueran la causa principal de la crisis climática.
 
En el libro hablás de metabolismo social. ¿Qué es y porqué es clave para pensar la transición?
 
El metabolismo social refiere a la cantidad de materia y energía que una sociedad necesita extraer, producir, consumir y desechar para sostener su forma de vida. El metabolismo social del capitalismo es insostenible porque requiere cada vez más recursos y energía de manera exponencial. No se trata solo del consumo, sino de todo el proceso: extracción, producción, circulación y residuos. Hoy la pregunta central es cómo construir un metabolismo social sostenible, que no atente contra la regeneración de la vida. Sin cambiar el modelo de consumo y producción, no hay transición posible.
 
¿Hay casos de falsas soluciones a esta crisis como parte de la transición energética como, por ejemplo, el caso de los autos eléctricos que no serían tan ecológicos como se sostiene?
 
La transición energética corporativa tiene muchos problemas. No cuestiona el sistema social ni el modelo de consumo, y reproduce las desigualdades del régimen fósil. Pensar la transición como el reemplazo de un auto a combustión por uno eléctrico para cada familia es una trampa. Eso no replantea el sistema de transporte ni reduce el consumo; al contrario, lo exacerba. Esta transición implica una enorme expansión de la minería, que genera nuevas zonas de sacrificio, como en las Salinas Grandes o en Jujuy, consume agua, destruye ecosistemas frágiles y desplaza comunidades. A esto se suma que no hablamos solo de una transición energética, sino también digital y militar. En un mundo con crecientes tensiones geopolíticas, hay una carrera por el control de las materias primas críticas: litio, cobalto, tierras raras, muchas de ellas altamente contaminantes. El problema de fondo es que, sin cambiar este modelo de consumo, no hay litio ni mineral que alcance.
 
¿Cómo ves el panorama argentino en esto que estás señalando?
 
En Argentina se da una convergencia especialmente perversa. Por un lado, avanza una transición verde corporativa que impulsa minería y extractivismo en nombre de lo “sustentable”; por otro, hay un negacionismo climático que desmantela toda la normativa ambiental. El resultado es devastador. Hay empresas que vienen del petróleo y se diversifican hacia el litio y otros minerales, avanzando sobre territorios que las comunidades defienden desde hace años.
 
Y desde esta visión, en este contexto: ¿Qué estado necesitamos?
 
Para empezar, te digo que no necesitamos menos estado, sino más estado. Pero no cualquier estado, porque este que existe es deficiente, tiene graves problemas, necesitamos construir un estado ecosocial, que reorganice la sociedad desde otro eje, que implique incorporar las demandas de justicia social con las de justicia ambiental, que no pueden ser separadas, además, este es el gran desafío en el marco de la policrisis. Con Rubén Lovuolo pensamos en un estado ecosocial no implica la acentuación de una matriz estadocéntrica, si no el reconocimiento de la comunidad a la que debe obligar y, sobre todo, debe cuestionar la idea de que el mercado lo organiza todo. Todo lo contrario, una transición ecosocial bajo el mercado que lleva a la destrucción y al acentuamiento de las desigualdades, en una palabra, al capitalismo del caos, sin duda un estado ecosocial implica varios estímulos o promover varias herramientas, entre ellas una reforma tributaria, que implica una redistribución económico-social que hoy no está siendo pensada. Una reforma tributaria fundamental, así como un ingreso universal ciudadano, se concibe como la base desde la que actuar. También estamos pensando en un sistema nacional e integral de cuidado. Los cuidados tienen que ser la clave de la construcción del estado ecosocial y no solo entendidos como el cuidado del otro, de los más vulnerables, sino también los cuidados en relación al trabajo, la salud, los cuidados en relación a la crisis climática. Los cuidados se van a multiplicar en términos de fuentes de trabajo en ese contexto. Creo que hay que apostar a la creación de un nuevo estado que debe articular la dimensión social con la ambiental.
 
¿Vos pensás que en la Argentina rompimos la relación con la naturaleza? ¿Es posible la reparación?
 
Nosotros tenemos un vínculo con la naturaleza que es muy perverso, que implica desarrollar una visión muy instrumental de ella como lugar de conquista y de utilización como si fuera ilimitada en términos de bienes y recursos. Tenemos que incorporar una visión, primero relacional de la naturaleza y, segundo, promover una valoración de ella porque el cuidado de ella significa la preservación de la vida. En Argentina, hay una multiplicidad de experiencias que plantean otro vínculo con la naturaleza, que buscan producir con energía renovable, cuidar el territorio, el agua, producir alimentos sanos. Tenemos todo tipo de extractivismo: expansión de la frontera hidrocarburífera con el fracking, con proyectos offshore, todo energía extrema. Hay expansión de la megaminería en todos sus formatos: metálica a cielo abierto, de litio, de tierras raras. Tenemos impacto de los agroquímicos, que es otro punto ciego. Nadie quiere hablar de ello. También se están destruyendo los humedales y ni siquiera pudimos sancionar la ley que quedó ahí varada en su tercer intento en 2020. Todo eso requiere repensar el modelo productivo argentino de un modo tal que implique respeto de la naturaleza en todo el desarrollo de actividades económicas, que no atenten contra ella, sino que aseguren al menos la continuidad y regeneración del tejido de la vida.
 
¿Qué pasa con el progresismo en este escenario? ¿Cómo se conectan o desconectan del descontento?
 
El progresismo argentino atraviesa una crisis profunda. El problema central es que hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. El progresismo peronista aparece absorbido por disputas internas y consignas que interpelan a pocos, sin una verdadera disputa de agenda con el gobierno ni una autocrítica sobre los errores que condujeron a este escenario. No venimos del “mundo feliz peronista”. Se crearon las condiciones para que Milei capitalizara un descontento social profundo, visible durante la pandemia en protestas muy heterogéneas: desde antivacunas hasta trabajadores que no podían dejar de salir a ganarse la vida. Allí hubo una desconexión del progresismo con la ira y la frustración de los sectores populares, que encontraron proyección en lo desconocido. Reconectar con esa “estructura de sentimiento” es uno de los grandes desafíos. Problemas como la inseguridad –que golpea sobre todo a los sectores más pobres–, la corrupción o el extractivismo fueron puntos ciegos. ¿Cómo articular todo eso en una nueva narrativa esperanzadora? Hoy no lo sabemos. Desde arriba, claramente, no está ocurriendo. Desde abajo, la Argentina sigue mostrando una gran capacidad de movilización y de construcción de lazo colectivo. Pero hay una parte de la sociedad profundamente rota, que el progresismo no ha sabido comprender ni interpelar. Milei tampoco les ofrece una reconstrucción real: su proyecto favorece a los sectores más ricos. Aun así, el golpe político fue muy duro, especialmente para las organizaciones sociales movilizadas -trabajadores de la salud, jubilados, familias de personas con discapacidad- que recibieron un mensaje muy desalentador tras las elecciones.
 
¿Hay alternativa a este modelo, se la está pensando?
 
Las sociedades contemporáneas se caracterizan por la aceleración y la volatilidad. Puede haber cambios, pero exigen una narrativa política integradora que hoy no existe. Milei recibió un voto de confianza acotado, no una carta blanca. Resta ver si ese amplio sector social que hoy no encuentra representación logra reconocerse en una alternativa futura.