Maristella Svampa es
impulsora del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, una organización dedicada
a la construcción de dinámicas sociales capaces de responder y contrarrestar
las dinámicas de reacomodo capitalista, de la concentración de riqueza y de la
destrucción de los ecosistemas. También es miembro del Colectivo de Acción por
la Justicia Ecosocial (CAJE) y forma parte del Colectivo Mirá Socioambiental,
una asociación cultural compuesta por escritoras, periodistas e investigadoras
-entre ellas Claudia Aboaf (1959), Gabriela Cabezón Cámara (1968), Dolores
Reyes (1978) y Soledad Barruti (1981)- con una perspectiva ecofeminista cuyo
objetivo es contribuir a la instalación del debate sobre la emergencia
climática y su relación con el modelo neoextractivista en la Argentina y la
región latinoamericana. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos
reconocimientos, entre ellos el Premio Konex de Platino en Sociología otorgado
por la Fundación Konex de Argentina, la Beca Guggenheim que otorga la John
Simon Guggenheim Memorial Foundation de Estados Unidos, el Premio Georg Forster
que entrega la Alexander von Humboldt Stiftung de Alemania, y el título de Profesora
Visitante de la cátedra Simón Bolivar de la University of Cambridge de Inglaterra.
Entre los numerosos
ensayos que ha publicado pueden mencionarse “El dilema argentino: civilización
o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista”, “Desde abajo. La transformación de las identidades sociales”,
“La brecha urbana. Countries y barrios privados en Argentina”, “La sociedad
excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo”, “Cambio de época.
Movimientos sociales y poder político”, “Debates latinoamericanos: indianismo,
desarrollo, dependencia, populismo”, “Del cambio de época al fin de ciclo”, “Las
fronteras del neoextractivismo en América Latina. Conflictos socioambientales,
giro ecoterritorial y nuevas dependencias” y “Policrisis. Cómo enfrentar el
vaciamiento de las izquierdas y la expansión de las derechas autoritarias”. Lo
que sigue es la segunda parte del compilado de entrevistas publicadas en la
revista digital “Límbica” el 20 de diciembre de 2025 y en la revista “Ñ” nº
1112 el 3 de enero de 2026.
Dentro de tu frondosa obra
en la que te dedicaste a radiografiar la sociedad, a identificar nuevos actores
sociales y a, en definitiva, interpretar la transformación permanente de la
sociedad, ahora sacás conclusiones del panorama local, especialmente mutado con
el afianzamiento del gobierno de Javier Milei.
Me parecía necesario
marcar el momento actual porque, después de la pandemia, entramos en un
escenario que ya no es sólo de crisis aisladas, sino de policrisis sistémica o
civilizatoria. Durante la pandemia se hizo más visible la desigualdad, los orígenes
zoonóticos y ambientales del virus, y surgieron múltiples propuestas de
transición ecosocial. Sin embargo, no salimos mejores: salimos peores. Se
acentuó la crisis climática, se enturbió la discusión sobre la transición
energética, se aceleraron las desigualdades sociales y apareció algo
relativamente inédito: el protagonismo político de los superricos, la expansión
de las extremas derechas y la erosión de las democracias”.
¿Cómo se entrelazan todos
estos condimentos tan dañinos?
Todos estos procesos no
son fenómenos separados, sino dimensiones entrelazadas de una misma crisis.
Pueden escalar -y de hecho están escalando- y generan un escenario de
incertidumbre permanente, una suerte de “tormenta perfecta” en la que no está
claro por dónde empezar ni cómo enfrentarla. A esto se suman otros elementos,
como el desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial, todavía poco
comprendido socialmente, y la amenaza de nuevas pandemias, que nunca puede
descartarse y que también forma parte de esta crisis sistémica donde todo está
conectado.
Muchos comparan este
momento con el menemismo. Hay intelectuales y militantes que dicen: “contra el
menemismo estábamos mejor”. ¿Ves paralelismos?
Hay algunos puntos de
contacto, pero también diferencias muy importantes. En los inicios del
menemismo tampoco hubo una respuesta creíble e inmediata por parte de la
oposición, que tuvo que reconstruirse. Incluso mantuvo puntos ciegos, como la
imposibilidad de cuestionar el plan de convertibilidad. Sin embargo, en los ‘90
hubo dimensiones que no entraron en juego y que hoy son centrales. Una de ellas
es la llamada “batalla cultural”, que es muy propia de las extremas derechas
contemporáneas. Una cosa fue el neoliberalismo clásico, en el marco de la
globalización triunfante que afirmaba que no había alternativa; otra muy
distinta es esta narrativa pancapitalista del fin, que le da una vuelta de
tuerca al neoliberalismo y lo refuerza. Hoy vemos supresión de derechos,
expansión del extractivismo fósil, una presión creciente sobre los territorios
y, al mismo tiempo, una ofensiva sistemática contra todo tipo de derechos. Eso
no estaba tan claramente presente en los años noventa. Lo nuevo es que las
extremas derechas se han convertido en una alternativa política global. Antes eran
marginales o rápidamente descartadas; hoy asistimos a su desmarginalización y
naturalización. Esto incluye la crítica a toda demanda de derechos,
descalificada bajo el rótulo de “cultura woke”. En parte, estas derechas
reaccionan frente a la crisis ecológica, que pone límites al progreso y al
crecimiento indefinido. Como ya chocamos contra las fronteras planetarias, se
vuelve inevitable cambiar el modelo de desarrollo. Frente a eso, la extrema
derecha propone una utopía reaccionaria: volver a un pasado que ya no existe y
negar la crisis del progreso.
¿Qué lugar ocupan hoy en
la sociedad temas como la ecología, el fracking o el cambio climático?
Estamos en un momento muy
sombrío. Por un lado, hay una aceleración de las políticas extractivistas; por
otro, un negacionismo climático que no es solo discursivo, sino que se expresa
en políticas concretas de desmantelamiento. Se atacan normas ambientales,
organismos públicos, instituciones vinculadas a la protección de los bienes
comunes, a la prevención de incendios, a la adaptación al cambio climático. El
caso de la Ley Nacional de Glaciares es muy ilustrativo: hoy está directamente
en la mira del gobierno. Desde abajo, la situación es más compleja. Hay una
mayor sensibilidad social frente a temas como la defensa del agua o del
territorio, pero las urgencias cotidianas -la supresión de derechos sociales,
el acceso a la salud, la asistencia a personas con discapacidad- absorben la
agenda y vuelven menos visibles estas problemáticas, que sin embargo también
son centrales porque tienen que ver con la defensa de la vida.
Escribiste con Enrique
Viale el libro “El colapso ecológico ya llegó”. ¿En qué punto del colapso
estamos hoy?
Hay un consenso
extractivista muy fuerte en la sociedad, que se basa en no discutir ciertos
temas: la expansión hidrocarburífera, el fracking, la explotación offshore. La
minería genera más resistencias, pero aun así el consenso existe y hoy está
exacerbado por la política del gobierno. El colapso es parte del antropoceno y
se manifiesta en puntos de inflexión. Lo que observamos es la multiplicación de
colapsos climáticos localizados, asociados a eventos extremos: incendios,
inundaciones, sequías, olas de calor, tornados. En pocas horas, una ciudad
puede convertirse en zona de desastre, como ocurrió en Bahía Blanca. Allí
confluyeron la crisis climática y las deficiencias estructurales, agravadas por
la ausencia de políticas públicas: días antes de la inundación se había
disuelto la Dirección Nacional de Emergencias. Estos eventos no son
excepcionales, sino cada vez más frecuentes. Sin embargo, no están incorporados
en la planificación económica ni política. En Argentina se celebra Vaca Muerta
como si los combustibles fósiles no fueran la causa principal de la crisis
climática.
En el libro hablás de
metabolismo social. ¿Qué es y porqué es clave para pensar la transición?
El metabolismo social
refiere a la cantidad de materia y energía que una sociedad necesita extraer,
producir, consumir y desechar para sostener su forma de vida. El metabolismo
social del capitalismo es insostenible porque requiere cada vez más recursos y
energía de manera exponencial. No se trata solo del consumo, sino de todo el
proceso: extracción, producción, circulación y residuos. Hoy la pregunta
central es cómo construir un metabolismo social sostenible, que no atente
contra la regeneración de la vida. Sin cambiar el modelo de consumo y
producción, no hay transición posible.
¿Hay casos de falsas
soluciones a esta crisis como parte de la transición energética como, por
ejemplo, el caso de los autos eléctricos que no serían tan ecológicos como se
sostiene?
La transición energética
corporativa tiene muchos problemas. No cuestiona el sistema social ni el modelo
de consumo, y reproduce las desigualdades del régimen fósil. Pensar la
transición como el reemplazo de un auto a combustión por uno eléctrico para
cada familia es una trampa. Eso no replantea el sistema de transporte ni reduce
el consumo; al contrario, lo exacerba. Esta transición implica una enorme
expansión de la minería, que genera nuevas zonas de sacrificio, como en las
Salinas Grandes o en Jujuy, consume agua, destruye ecosistemas frágiles y
desplaza comunidades. A esto se suma que no hablamos solo de una transición
energética, sino también digital y militar. En un mundo con crecientes
tensiones geopolíticas, hay una carrera por el control de las materias primas
críticas: litio, cobalto, tierras raras, muchas de ellas altamente contaminantes.
El problema de fondo es que, sin cambiar este modelo de consumo, no hay litio
ni mineral que alcance.
¿Cómo ves el panorama
argentino en esto que estás señalando?
En Argentina se da una
convergencia especialmente perversa. Por un lado, avanza una transición verde
corporativa que impulsa minería y extractivismo en nombre de lo “sustentable”;
por otro, hay un negacionismo climático que desmantela toda la normativa
ambiental. El resultado es devastador. Hay empresas que vienen del petróleo y
se diversifican hacia el litio y otros minerales, avanzando sobre territorios
que las comunidades defienden desde hace años.
Y desde esta visión, en
este contexto: ¿Qué estado necesitamos?
Para empezar, te digo que
no necesitamos menos estado, sino más estado. Pero no cualquier estado, porque
este que existe es deficiente, tiene graves problemas, necesitamos construir un
estado ecosocial, que reorganice la sociedad desde otro eje, que implique
incorporar las demandas de justicia social con las de justicia ambiental, que
no pueden ser separadas, además, este es el gran desafío en el marco de la
policrisis. Con Rubén Lovuolo pensamos en un estado ecosocial no implica la
acentuación de una matriz estadocéntrica, si no el reconocimiento de la
comunidad a la que debe obligar y, sobre todo, debe cuestionar la idea de que
el mercado lo organiza todo. Todo lo contrario, una transición ecosocial bajo
el mercado que lleva a la destrucción y al acentuamiento de las desigualdades,
en una palabra, al capitalismo del caos, sin duda un estado ecosocial implica
varios estímulos o promover varias herramientas, entre ellas una reforma
tributaria, que implica una redistribución económico-social que hoy no está
siendo pensada. Una reforma tributaria fundamental, así como un ingreso
universal ciudadano, se concibe como la base desde la que actuar. También
estamos pensando en un sistema nacional e integral de cuidado. Los cuidados
tienen que ser la clave de la construcción del estado ecosocial y no solo
entendidos como el cuidado del otro, de los más vulnerables, sino también los
cuidados en relación al trabajo, la salud, los cuidados en relación a la crisis
climática. Los cuidados se van a multiplicar en términos de fuentes de trabajo
en ese contexto. Creo que hay que apostar a la creación de un nuevo estado que
debe articular la dimensión social con la ambiental.
¿Vos pensás que en la
Argentina rompimos la relación con la naturaleza? ¿Es posible la reparación?
Nosotros tenemos un
vínculo con la naturaleza que es muy perverso, que implica desarrollar una
visión muy instrumental de ella como lugar de conquista y de utilización como
si fuera ilimitada en términos de bienes y recursos. Tenemos que incorporar una
visión, primero relacional de la naturaleza y, segundo, promover una valoración
de ella porque el cuidado de ella significa la preservación de la vida. En
Argentina, hay una multiplicidad de experiencias que plantean otro vínculo con
la naturaleza, que buscan producir con energía renovable, cuidar el territorio,
el agua, producir alimentos sanos. Tenemos todo tipo de extractivismo:
expansión de la frontera hidrocarburífera con el fracking, con proyectos
offshore, todo energía extrema. Hay expansión de la megaminería en todos sus
formatos: metálica a cielo abierto, de litio, de tierras raras. Tenemos impacto
de los agroquímicos, que es otro punto ciego. Nadie quiere hablar de ello.
También se están destruyendo los humedales y ni siquiera pudimos sancionar la
ley que quedó ahí varada en su tercer intento en 2020. Todo eso requiere repensar
el modelo productivo argentino de un modo tal que implique respeto de la
naturaleza en todo el desarrollo de actividades económicas, que no atenten
contra ella, sino que aseguren al menos la continuidad y regeneración del
tejido de la vida.
¿Qué pasa con el
progresismo en este escenario? ¿Cómo se conectan o desconectan del descontento?
El
progresismo argentino atraviesa una crisis profunda. El problema central es que
hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. El progresismo peronista
aparece absorbido por disputas internas y consignas que interpelan a pocos, sin
una verdadera disputa de agenda con el gobierno ni una autocrítica sobre los
errores que condujeron a este escenario. No venimos del “mundo feliz
peronista”. Se crearon las condiciones para que Milei capitalizara un
descontento social profundo, visible durante la pandemia en protestas muy
heterogéneas: desde antivacunas hasta trabajadores que no podían dejar de salir
a ganarse la vida. Allí hubo una desconexión del progresismo con la ira y la
frustración de los sectores populares, que encontraron proyección en lo
desconocido. Reconectar con esa “estructura de sentimiento” es uno de los
grandes desafíos. Problemas como la inseguridad –que golpea sobre todo a los
sectores más pobres–, la corrupción o el extractivismo fueron puntos ciegos.
¿Cómo articular todo eso en una nueva narrativa esperanzadora? Hoy no lo
sabemos. Desde arriba, claramente, no está ocurriendo. Desde abajo, la
Argentina sigue mostrando una gran capacidad de movilización y de construcción
de lazo colectivo. Pero hay una parte de la sociedad profundamente rota, que el
progresismo no ha sabido comprender ni interpelar. Milei tampoco les ofrece una
reconstrucción real: su proyecto favorece a los sectores más ricos. Aun así, el
golpe político fue muy duro, especialmente para las organizaciones sociales
movilizadas -trabajadores de la salud, jubilados, familias de personas con
discapacidad- que recibieron un mensaje muy desalentador tras las elecciones.
¿Hay alternativa a este
modelo, se la está pensando?
Las sociedades
contemporáneas se caracterizan por la aceleración y la volatilidad. Puede haber
cambios, pero exigen una narrativa política integradora que hoy no existe.
Milei recibió un voto de confianza acotado, no una carta blanca. Resta ver si
ese amplio sector social que hoy no encuentra representación logra reconocerse
en una alternativa futura.

