2 de septiembre de 2007

H.P. Lovecraft: el alquimista alucinado

Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island; era hijo de Winfield Scott Lovecraft y de Sarah Susan Phillips, los dos de ascendencia predominantemente inglesa. La madre de Lovecraft, que tenía numerosos hermanos y hermanas, no estaba despojada de distinción; su padre, por otra parte de condición modesta, poseía una bibliote­ca importante, cuya estantería a menudo sirvió de refugio al joven Lovecraft. Era viajante de comercio y la gente solía reprocharle sus aires pomposos; tres años después del nacimiento de Howard hubo necesidad de imponerle un tutor judicial, y cinco años más tarde, llegado al pun­to culminante de una enfermedad que lo aleja­ba cada vez más de la normalidad, terminó por morir.
Winfield Lovecraft estaba atacado de paresia (una parálisis leve de la musculatura) y Sarah -que era neurótica-, había decidido principalmente resguardar a su hijo de los rigores y de los peligros de la vida. No sólo es probable sino muy verosímil que Lovecraft nunca supo ni se enteró de las “molestias” que sufría su padre y de la manera como murió.
En Providence, Howard pasó su infancia y su juventud en un círculo relativamente restringido, alrededor de esta ciudad que contaba con una campiña sonriente, atravesada por el río Seekonk. Los Lovecraft pasaron los años correspondientes a la primera infancia de Howard en Auburndale, Massachussetts, donde vivían con una amiga de la madre de Howard, Louise Imogen Guiney, poetisa muy conocida. Su madre, que lo amaba hasta la locura, lo llevó algunas veces a Dudley, Massachussets; allí trabó el más amplio conocimiento con la naturaleza que, como escribiera más tarde “despertó su sentido de lo fantástico”. Aparte de los años pasados en el College Hope, tuvo una formación autodidacta. Ese muchachón un poco enjuto era de un temperamento enfermizo; durante largos períodos de su adolescencia y de su edad adulta, fue un semi impedido. Tal vez porque era muy mimado, sensible en exceso y manifiestamente distinto a la mayoría de los muchachos de su edad -lo apasionaban la lectura, la química, la geografía-, desde muy temprano comenzó a crearse un mundo para él, o más bien a darle mediante la escritura, una forma concreta a su universo imaginario.
Fue precoz, tanto en su infancia como en su adolescencia. Apenas tenía uso de razón, cuando ya escribía poemas y, hacia los 13 años, compuso su primera historia "The beast in the cave" (La bestia en el sótano), dentro de la tradición gótica. Pero sus primeros escritos, a partir de los 7 años, eran en su mayoría, ajenos a la ficción. Se interesó en tal forma por la astronomía, que pronto se encontró comprometido en la publicación de una revista mimeografiada, "The Rhode Island Journal of Astronomy" y, a los dieciséis años, entregaba cada mes un artículo sobre los fenómenos astronómicos corrientes al "Tribune" de Providence. Todavía iba a clases, pero su estado de salud no le permitía entrar en la Universidad como lo había proyectado.
En 1914, Lovecraft se adhirió a la United Amateur Press Association y allí encontró no sólo a numerosos colegas que rápidamente se convirtieron en amigos y corresponsales, sino también un desahogo para una parte de sus obras de imaginación. En 1916, la United publicó su historia titulada "The alchemist" (El alquimista), escrita en 1908. Luego vino "The beast in the cave", en la pequeña revista de W. P. Cook, "The vagrant". Sólo a partir de 1917, Lovecraft se puso a escribir los cuentos que debían asegurarle un lugar preponderante entre los autores norteamericanos de relatos macabros; aquel año escri­bió "Dagon", la primera historia aparecida en el número de octubre de 1923 de la revista Weird Tales. Pero no es la primera vez que Lovecraft se manifiesta como escritor profesional: en 1922, su cuento melodramático "Herbert West: reanimator" (Herbert West: reanimador) apareció en el "Home Brew", ya desapareci­do; y más tarde, en el mismo año, esa misma revista publicó igualmente su historia de horror "The lurking fear" (El miedo que está al acecho), con ilustraciones de Clark Ashton Smith, de California. Pero fue la fundación de Weird Tales (1923) lo que debía asegurarle un mercado hasta su muerte prematura en 1937.


Nunca tomó compromiso alguno que supusiese una sujeción de su naturaleza demasiado sensible a cualquier cla­se de dominación; sin embargo, intentó enrolar­se en la guardia nacional de Rhode Island, en 1917, pero lo eliminaron por inaptitud física, específicamente por "malestares nerviosos". La fortuna de la familia no cesaba entonces de declinar, aun luego de la muerte del abuelo materno de Lovecraft, Whipple V. Phillips, ocu­rrida en 1904.
La pobreza influyó sobre la existencia de Love­craft. Ante todo, como no era capaz de "hacer plata", debió restringirse y vivir el resto de sus días con casi 15 dólares por semana; así, se encontró cada vez más sometido a la dominación afectuosa, no sólo de su madre sino igualmente de las hermanas de ésta, las señoras Clark y Gamwell, quienes fueron las únicas que lo sobrevivieron hasta 1941; la decli­nación de la señora de Lovecraft fue acelerada: terminó por recluirse en el Butler Hospital en marzo de 1919. Esta mujer estaba agotada mental y físicamente, obsesionada por la cercanía de la bancarrota. Consideraba a su hijo como "un poeta de un grandísimo vuelo" y presentaba se­rios desequilibrios psíquicos de variado orden. Dos años más tarde, en mayo de 1921, la señora Lovecraft murió. Howard, creyendo que no podía ganar su vida con una actividad literaria crea­dora, ofreció sus servicios como "corrector" de textos en prosa o en versos, y de esta manera se aseguró una renta que apenas sobrepasaba el mínimo vital.


Su actividad como corrector le procuró nuevos amigos y corresponsales, del mismo modo que su trabajo para Weird Tales; Lovecraft redactó un largo texto para el ilusionista Harry Houdini, "Marginalia"; estimuló a otros autores; sugirió, en ciertos casos, temas de novela: así, fue el inspirador de un bello cuenta del reverendo Henry S. Whitehead. Imaginó el punto de partida viendo un espectáculo de feria en Nueva York: era un embrión de un mellizo que formaba un tumor. Esta actividad, asimismo lo puso en contacto con la señora Sonia Green, de Brooklyn, para quien hizo el trabajo de revi­sión de una de sus obras. Por lo menos "The in­visible monster" (El monstruo invisible), publicada en Weird Tales, lleva la marca de Lovecraft. La señora Green era miembro de la United Amateur Press Association; tenia alrededor de diez años más que Lovechaft y una nieta. Era una mujer de negocios, ocupa­ba una situación importante en una elegante tienda de modas de la Quinta Avenida. La des­criben como una mujer grande, morena y llena de gracia. Sin duda fue atraída por el tímido Lovecraft. Se casaron en Nueva York, en marzo de 1924.
El matrimonio duró poco. Menos de dos años después se separaron, y realmente se divorciaron algunos años más tarde. No podían entenderse por muchas razones: Lovecraft escribía en 1931 que su "única experiencia matrimonial se había terminado frente a un tribunal de divorcios por razones financieras en un 99 por ciento". Pero no eran las únicas: en 1931 escribía a Vernon Shea: "Dificultades financieras, unidas a divergencias crecientes en nuestras aspiraciones y relativas al medio en el que creíamos vivir, nos condujeron al divorcio sin que mediaran reproches de un lado o del otro, ni tampoco acrimonia".


Es vano especular sobre la existencia íntima de Lovecraft como hombre casado, pues hay en sus cartas un abundante material propuesto para el estudio de los psiquiatras; era reticente respecto de su unión; en los cinco millones de palabras que representan su correspondencia, nadie fue ca­paz de descubrir una sola que constituya una crítica a su mujer; si hubo puntos débiles en ese matrimonio, Lovecraft asumía la responsabilidad. Su esposa era una mujer llena de vitalidad y de seguridad, Howard era tímido y reservado; sus personalida­des no se complementaban en absoluto. Además, Lovecraft no podía sufrir a Brooklyn, donde vi­vía con ella; a tal punto que el doctor Frank Belknap Long estimaba que su salud mental padecería si no se tomaban medidas para que volviera a Providence y se interpuso para persuadir a la tía de Lovecraft -la señora Gamwell- de que to­mara medidas para así poner fin al infortunio y al estado lamentable del escritor. Luego, Lovecraft se quedó en Providence. La excepción fueron algunos viajes cortos para visi­tar a los amigos bajo cielos más clementes: el reverendo Henry S. Whitehead y R.H. Barlow en Florida, por ejemplo; para estudiar los monu­mentos históricos en las viejas ciudades del continente norteamericano: St. Agustin, New Orleans, Charleston, Natchez, Quebec, Boston, Filadelfia y otras. Parecía ser alérgico a las temperaturas rigurosas y reaccionaba desfavorablemen­te a temperaturas inferiores a los 20°, y en sus últimos años 30°. Por eso viajaba poco en el invierno; de tanto en tanto iba sin embargo a New York, para visitar el Kalem Club, un sitio insólito y extraño que congregaba a escritores y fanáticos de la ficción.
El Kalem fue probablemente la primera de las organizaciones de "fans" que se crearon desde esa época. El nombre de Kalem fue adop­tado porque los apellidos de los miembros del Club comenzaban por una K, una L o una M, no solamente los de los tres fundadores, Rheinhardt Kleiner, Frank Belknap Long, Everett Mc Neil (este último, un conocido autor de libros para jóvenes), sino también los de los miembros más recientes: H.P. Lovecraft, Samuel Loveman, George Kirk, Arthur Leeds, James F. Morton y Herman C. Koenig.


Con los años gozó de una pequeña reputación. Dos historias entre las más señaladas, "The colour out of space" (El color que bajó del cielo) y "The Dunwich horror" (El horror de Dunwich), obtuvieron las tres estrellas en la colección anual de los mejores cuentos publicados por O'Brien. Algunas de esas historias fueron reproducidas en el "London Evening Standard", en las antologías "Not at night" de Christin Campbell Thompson y en el "Creeps by night" de Dashiell Hammett. Sus publicaciones aumentaron, sin que fuese de una manera espectacular, pero ellas comprendían, ade­más de las del "Amazing Stories", el "Astouding Stories" y la "Tales of Magic and Mystery", a las publicadas en "Weird Tales", que recogió ocho de cada diez relatos escritos por Lovecraft.
Los años le trajeron otros cambios menos agra­dables. En 1932 su tía, la señora Clark, moria y menos de un año más tarde, Lovecraft y su tía sobreviviente, Annie Gamwell, fueron a instalarse en el N° 66 de la College Street, casa que iba a ser el último do­micilio de Lovecraft en Providence. Sólo le gus­taba escribir por la noche, aun cuando durante el día cerraba los postigos para trabajar con luz eléctrica; mantenía una voluminosa corresponden­cia con casi un centenar de personas y ello en forma regular. Era un epistolario brillante. Ado­raba pasearse por la noche por las calles de Pro­vidence, las mismas que Poe había fatigado muchos años antes: de tiempo en tiempo abandonaba su correspondencia para escribir una nueva historia. Pero nunca es­taba muy satisfecho de su trabajo, que encontra­ba cargado de un espíritu comercial; lo que producía le parecía demasiado lejos de lo que había soña­do, aunque escribía cada vez menos. Fuera de sus viajes, sus costumbres no variaban. Durante el invierno vivía como ermitaño; en verano, iba a los bosques a encontrar los lugares que había conocido en su infancia, a escribir cartas, poemas (en el estilo de su querido siglo XVIII) y frag­mentos de historias.
Sin embargo, su estado de salud se agravaba poco a poco. Entre sus cartas escritas en 1936 se encuentran alusiones a pequeños inconvenientes y a debilidades desagradables, aunque nada de ello ni aún de lejos, se parecía a una queja. Mientras tanto, su enfermedad se complicó durante el otoño de 1936 y a comienzos del invierno de 1937. Debía estar al corriente de la naturaleza de su enfermedad, dado que el 17 de febrero de ese año, hablando del renacer de su interés por la astronomía, escribió: "Es raro advertir como las curiosidades de la juventud renacen hacia el fin de la vida". Poco tiempo después era llevado al Jane Brown Memorial Hospital, de Providence.
Murió en la madrugada del 15 de marzo de 1937, de un cáncer instestinal. Tres días más tarde fue enterrado en la concesión que su abuelo tenía en el cementerio de Swan Point; desde hacía diez años hablaba de aquel lugar cada vez más. Solía profetizar: "Ese es el lugar donde reposaré un día". Su nombre está grabado sobre el monumento central, pero ninguna lápida señala el emplazamiento de su sepultura. Tenía apenas casi cuarentisiete años, los que dadas las peripecias de su vida, parecieron muchos más.